... Y OTROS LLEVAN LA FAMA
Hace tiempo tuve fama de poeta. Al principio me gustaba, la
verdad, eso de que me viera la gente como capaz de crear belleza con las
palabras aunque no necesariamente fuera cierto porque uno de poeta siempre tuvo
poco. Como mucho, y con muchas matizaciones, de autor de ripios.
La fama la gané por un soneto que apareció en una de esas
revistas literarias de escasa tirada y más escaso aún público al que premiaron
con un absurdo trofeo, algo así como "el mejor poeta urbano", o alguna cosa
parecida, del año. El texto en cuestión decía así:
que siempre quiero más, aunque no debo.
después de haberme usado de mancebo.
pero en el placer nunca te arrebollas...
me usas como a otras muchas pollas.
No puede decirse que Garcilaso a mi lado fuera un
destripaterrones. Sin duda los ripios son horrendos y, caso de caer en manos de
algún crítico profesional o poeta aficionado, serían reos de muerte (quizá
también yo lo fuera, en ese improbable caso porque, gracias a Dios, los textos
tristes quedan entre tristes, sin salir mucho más allá de su topera). Sin
embargo, el hecho de su publicación en la que consideré revista mediocre –de la
que no diremos el nombre, por no hacer ofensa a nadie- me abrieron las puertas
de una fama que nunca esperé, jamás busqué y, sin duda, no merecí. Pero los
maquetadores de la revista en cuestión publicaron el texto premiado por los
editores y, además, añadieron una fotografía del que esto escribe, con lo que en
poco tiempo comencé a sentir las miradas de los otros como signo inequívoco de
mi reconocimiento.
Digámoslo claro: muchos miraban porque raro es ir por la
calle, cruzarse uno con gente y ni mirarla. Otros, quizá, mirarían esperando un
movimiento brusco por mi parte para ponerse a la defensiva. Quien sabe si habría
también quienes mirarían para baremar la necesidad de cambiar de acera.
Posiblemente una minúscula porción de las miradas que recibía –como todo mortal-
cada día se debían al reconocimiento de la foto de la revista.
Sin embargo, eso era por la calle. Pero uno, pese a ser
horrendo vate, aspiraba al crecimiento personal y profesional y aspiraba, por
tanto, a mejorar poco a poco en sus rimas. Por eso acudía a festivales,
lecturas, veladas literarias y demás saraos de ésos que hay por el ancho
mundo de las letras. En esos certámenes –si bien no en todos, es de entender-,
sí se me identificaba como el premiado poeta urbano.
En una lectura celebrada en mi ciudad, en un pequeño café del
centro que organizaba periódicamente ese tipo de eventos y al que había acudido
con anterioridad a la concesión del premio sin obtener un mínimo de atención,
fue celebrada mi entrada con aplausos e iluminación propia. "Ha venido
O’Halloran", oí que se comentaba entre las mesas cuando franqueé la puerta del
local. Antes de poder identificar quién o quiénes eran los responsables de las
voces, me deslumbró el foco que se centraba en la silla del minúsculo escenario
mientras por megafonía oía mi nombre dentro de una construcción tan llamativa
como incorrecta: "esta noche, contamos con la inexcusable presencia de Nicholas
O’Halloran entre nosotros". ¿Inexcusable presencia? Desde luego, podía ser
fácilmente excusada: ni había sido invitado ni tenía obligación alguna por estar
allí. En todo caso, el público allí reunido rompió a aplaudir y me vi casi
literalmente empujado al escenario.
Todo hay que decirlo, la escena estaba ocupada en aquel
momento –o mejor dicho, la silla de la escena- por una joven poetisa que,
después lo supe, había viajado más de trescientos kilómetros para leer sus
versos aquella noche. Un tipo vestido de negro la desplazó rápidamente para
dejarme su sitio a mí. Perplejo como estaba, apenas pude buscar una hoja en la
que había apuntado un soneto horas antes, por si se terciaba darle lectura. Y
leí
¡El placer que te doy a manos llenas
de saliva y sudor,de piel caliente,
de pasión un tanto adolescente
por el ansia y las dudas, a centenas
recorriendo tu cuerpo y sus condenas
los besos de este amante indigente
de amores, trasnochador delincuente,
ladrón de todas las que son ajenas!
Condenado tu cuerpo por hermoso,
condenado tu pecho por airoso,
condenado tu sexo por hidrante,
condenada mi sed, siempre expectante
de encontrar la calma en la brillante
humedad que bordea lo jugoso.
Se me iba secando la garganta mientras avanzaba por sus
versos. Mientras los leía, pensaba que quizá hubiera sido más deseable ni
leerlo. Lo cierto es que llevaba encima el papel a la espera de la ocasión
propicia que, en ese tipo de certámenes, son realmente dos: una, cuando el nivel
etílico de la sala ha alcanzado la cota suficiente para producirse una especie
de jam session poética en la que la lectura de cualquier texto ripioso es
acogida con aplausos. La segunda ocasión es más improbable aunque más grata:
cuando, al final de la noche, consigue uno quedarse sin haber leído cerca de
alguna aficionada con mejor cuerpo que gusto. Por aquello del ligoteo,
básicamente… que a muchas ellas les fomenta el ripio ajeno la lubricidad propia.
Sin embargo me hicieron leerlo cuando apenas llevaba el más
esponja de la reunión una o dos cervezas, con lo que cayeron mis frases en el
silencio sepulcral y calló la gente tras ellas. Miradas: eso era todo. Había de
todo tipo. Unos, miraban con resabiada suficiencia, como diciendo "sabía que no
merecía el premio: lo merecía yo". Otros, con incredulidad: "¿Y a éste le hemos
aplaudido al entrar?". Unos terceros, con el ceño pensativo del que sabe que el
que ha hablado tiene fama aunque por lo dicho no la entienda: "Igual no lo he
pillado bien… Debe ser bueno, lo que pasa es que yo no lo he entendido". También
detecté la mirada más peligrosa –pero peligrosa sólo si pasa de la mirada a la
dicción-, ésa de lástima que suele acompañarse con un pensamiento del estilo:
"¡Qué gilipollas!". Casualmente esa mirada era la que me lanzaba la joven que me
antecedió en la silla de los lectores y a la que le robé más de trescientos
kilómetros de su espacio y de su tiempo. Se oyó la voz de la megafonía:
- Poetisas y poetas, ¡Nicholas O’Halloran!
No sabía muy bien si por megafonía repetían mi nombre para
que el público supiera a quién debía buscar a la salida para atarlo a un palo y
formar una hoguera o para animar al inconsciente colectivo a unir nombre, foto,
premio y fama en un desesperado intento de aplauso. Hay un axioma de la
sociología que dice que el individuo es racional, pero la masa no. Apelando a la
masa, la voz de la megafonía consiguió lo irracional: estallaron los aplausos.
Un joven de gafas de pasta y pelo inverosímil se levantó de
la primera mesa y vino corriendo al escenario para ser el primero en estrecharme
la mano. "Impresionante", me dijo. "Realmente potente, cautivador, desgarrador".
No fue el único que dirigió elogios (si es que pueden llamarse así) a lo
anteriormente leído: recibí un baño de multitudes donde antes sólo había
cosechado una remesa de miradas de las que, en el mejor de los casos, recibía
indiferencia. Oí cosas como "unos versos nacidos de las experiencias más
arcanas: casi nos hablan de las cavernas" (igual me estaba llamando hombre de
Orce); "a través de tus letras se respira la falta de aire misma de la
existencia" (fantásticos pulmones que respiran sin aire); "he llorado al oírte:
he llorado" (nunca supe si de pena o de qué); "tienes el dolor justo para que no
duela, para que resulte exquisito" (los poetas y la manía del sufrimiento);
"nadie podría cautivar tan exactamente lo difuso de la experiencia humana"
(exactitud en la imprecisión: fantástico); y otras perlas del mismo cariz.
Estuve dando manos y recibiendo palmaditas mecánicamente hasta que oí un
"muchacho, ¡cuánto tiempo sin verte!" que me hizo volver en mí.
La voz que pronunció las últimas palabras era la de Alejandro
Leal, un amigo también aficionado al ripio al que conocía de algunas correrías
literarias años atrás. Alejandro tuvo a bien rescatarme del océano de brazos que
se me extendían y acompañarme a la barra. Observé con el rabillo del ojo que me
rescató también del joven de las gafas de pasta y el pelo inverosímil que estaba
montando guardia a pie de escenario y que, al verme bajar acompañado, apunto una
mueca de lamento y volvió a su silla.
- Volvemos ahora –habló de nuevo la megafonía- con Susana
Monóver, poetisa.
Mientras conseguía que el camarero dejase de felicitarme y me
pusiera una copa medianamente digna, descubrí que Susana Monóver, además de
haber sido desplazada por mí a mi llegada, tenía una dulce voz, una interesante
melena y un universo poético bastante cercano, por lo carnal, al mío.
- Bueno, chico… Cuéntame, ¿qué es de tu vida?- me interpeló
Alejandro.
- Pues ya ves, como siempre, por aquí. No consigo dejar de
pertenecer al universo de mediocres del que tenemos pase VIP tú y yo.
- Vi tu foto en la revista. Curioso.
- Imagínate…
Alejando comenzó a hablarme de sus últimas andanzas, de cómo
había decidido probar suerte en Barcelona, porque allí había mejores editoriales
que en Valencia, y de cómo había tenido que volver tras perder los ahorros con
los que viajó y no poder recuperarlos a base de servir hamburguesas en una
cadena de hamburgueserías (aunque prefieren llamarse "restaurantes de comida
rápida") norteamericanas. Mientras, comencé a prestar atención a los versos de
Susana, escuchando, entre otros,
¿Por qué no vienes, amor, y me matas
definitivamente de amor?
¿Por qué sólo la ausencia alrededor?
¿Por qué ese crimen tanto dilatas?
¿Por qué tan cruelmente me maltratas?
¿Por qué me das vacío aterrador,
prolongando mi último estertor
a través de estas líneas insensatas?
Ven, amor, amado, y dame muerte.
Convierte lo que está vivo en inerte,
que mi cuerpo al hálito despida.
¿No ves que lo que quiero es recorrerte,
gozarte todo entero... sí, joderte...
y morir de placer en tu corrida?
Reconozco que me gustó lo de morir de placer en la corrida
ajena y reconozco que fui poco cortés con Alejandro porque, a mitad de su
discurso, le hice un gesto para conseguir su silencio y escuchar a Susana con
más atención. Leyó ésta cuatro o cinco poemas del mismo cariz que el
anteriormente citado y, al acabar, ni la megafonía ni el público hicieron
absolutamente nada. Yo aplaudí y contagió mi aplauso al personal. Pero no hubo
mar de brazos para ella, con la fortuna añadida de que no tuvo que soportar
frases idiotas.
Bajó del escenario y se vino a la barra, aunque no con
nosotros, obviamente: fue a buscar refugio en una cerveza. Subió a declamar el
joven de gafas de pasta y pelo inverosímil, del que escuché únicamente un
¡Vida! Dame tu extremaunción
para mis excrementos mentales
antes de volver a prestar atención a Alejandro Leal, que me
volvía a hablar.
- ¿Te gustaron los versos de Susana?
- Pues sí. Me parecieron interesantes.
- Oye, pues yo la conozco.
- ¿De verdad?
- No sé si ella me conocerá a mí, porque fue clienta mía en
la hamburguesería, pero ya sabes cómo son esos sitios.
- Ya.
- ¿Quieres que lo intentemos y te la presente?
- Hombre, pues estaría bien.
Dicho y hecho, Alejandro se acercó a Susana. Al minuto de
estar hablando con ella consiguió el protocolario intercambio de besos –señal,
supuse, de que había conseguido ser recordado- y se vino con ella detrás hacia
donde yo había quedado, bebiendo tranquilo mi bloody Mary a la espera del
desenlace de sus gestiones.
- Susana, éste es Nicholas… aunque igual ya lo conozcas.
- Pues no –dijo ella procediendo a los protocolarios besos,
en este caso conmigo-, pero supongo que igual debería, por lo espectacular de su
entrada aquí.
No quise entender lo último como un reproche: a fin de
cuentas, ella sabía muy bien que había sido el propio local el que me había
cedido su sitio, no yo. Pero con estas cosas de dignidades heridas es mejor no
poner la mano en el fuego.
- Siento lo que pasó –le dije-. La verdad es que es la
primera vez que montan tanto jaleo.
- Y, si puede saberse, ¿por qué?
- Bueno, me dieron un premio. Ya sabes cómo son estas cosas.
- Pues no –me dijo-, no lo sé. A mí me han dado algún premio
y nunca me han montado ese recibimiento. ¿Te han dado el Nacional de Poesía y no
me he enterado?
- No, qué va –le respondí sin querer darme por enterado de su
ironía-. Un premio local. Publicaron mi poema con mi foto al lado.
- Ah. Es lo que tienen los premios locales: no llegan más
allá de la propia ciudad.
- Cierto –terció Alejandro, que andaba viendo cómo los
comentarios de Susana intentaban, cuando no ser ofensivos, si ser un tanto
mordaces-. Pero mejor es eso que lo mío, que ni conseguí publicar ni lo
conseguiré.
- Todo es cuestión de intentarlo –dijo Susana-. En este país
publican a cualquiera.
Ese cualquiera ya me lo tomé como una cuestión personal
porque fue pronunciado mirándome directamente a mí y con la inflexión de voz
exacta para conseguir ofenderme. Bebí despacio un generoso trago de mi copa
antes de responder. Mientras tanto, Alejandro guardaba silencio aunque con la
mirada intentaba tranquilizarme. Posiblemente porque me conocía de antiguo.
- Ya dije que lo sentía.
- Eso ya lo he oído.
- Pues ya está todo dicho. Yo no tengo la culpa. Si eres lo
suficientemente imbécil como para no entender eso, posiblemente también seas lo
suficientemente imbécil como para no entender nada de nada, así que cualquier
conversación contigo será más bien un monólogo. Y para monólogos, prefiero mi
casa.
Me miró entre sorprendida y divertida.
- Puede que sea lo suficientemente imbécil como para no
entenderte, pero no soy lo suficientemente imbécil como para darme cuenta de que
tú, hablando aquí con tu amigo, poco monólogo harás.
- Me has entendido perfectamente –dije con voz grave y gesto
digno, justo antes de caer en la cuenta de que había cavado mi propia tumba
dialéctica.
- Tú lo has dicho, aunque quizá seas lo suficientemente
imbécil como para decir una cosa y su contrario.
Alejandro me miró como diciendo "touché". Tuve que
reconocerlo, porque lo cortés no quita lo valiente.
- Vale, de acuerdo, me he pasado un poco. Pero es que, hija,
entiéndelo: desde que has llegado no has parado de darme caña.
- Espera, que me gusta –dijo Susana-. Puede que seas lo
suficientemente imbécil como para pensar que soy tu hija cuando, en todo caso y
por edad, podría ser tu amante. Por otro lado, si así fuera y fuera tu amante…
la caña que te iba a dar iba a ser muy distinta.
- Desde luego –terció Alejandro-, hay que reconocer que se
desenvuelve muy bien… en lo lingüístico. ¿Verdad, Nicholas?
- Verdad –reconocí por segunda vez en poco rato.
Me quedé mirándola tranquilamente y con bastante desvergüenza
por lo claro de la mirada. Sabido de antiguo es que a mí las mujeres
totipotentes me atraen de forma bárbara. Me refiero con totipotentes
a las mujeres que saben lo que quieren y lo buscan con el punto de fiereza
necesario para no andarse por las ramas e ir directas a lo importante. En ese
momento, traté de calcular las posibilidades que tendría si, llegado el caso,
decidiera averiguar si mi imbecilidad llegaba al grado suficiente como para
probar la hipótesis de que ella fuera mi amante. Me sacó de mi cálculo su voz,
cuando anunció un "voy a mear" que, aunque daba más información de la
estrictamente necesaria, vino a afianzar mi posición en lo tocante a su
totipotencia. Alejandro demostró ser cabal:
- Oye, ¿te ha metido viaje, o qué?
- Pues me da a mí que sí, aunque la chica es de armas tomar.
- Sí… de tomarla al asalto, derribando su puerta con el
ariete…
- Joder, Alejandro… Qué burro suena eso.
- Tú sabes lo que quiero decir. ¿Hago mutis por el foro?
- Chico, si a mí no me molesta tu presencia. Además, sigues
sin ser rival, ¿no?
- Si te refieres a si he dejado de ser homosexual o no, te
diré que sigo sin ser rival. Pero ya sabes, en este tipo de comercios tres son
multitud con independencia de sus inclinaciones. Además ella no sabe que a mí no
me van las mujeres.
- Pues haz lo que quieras.
- Casi mejor que me voy. Mira –me dijo tomando una servilleta
y apuntando un número de teléfono-, me llamas mañana y hablamos, y ya me cuentas
qué tal te ha ido.
- Vale.
Pagó su consumición y la mía, se puso la chaqueta e hizo
ademán de marcharse. Le detuve tomándolo del brazo.
- Oye –le dije quedo al oído-, que gracias.
- De nada… Tú habrías hecho lo mismo… -me dijo guiñándome un
ojo.
- Eso no lo dudes –le respondí.
Sin duda habría hecho lo mismo, máxime cuando yo, para él,
tampoco era rival. Cuando se marchó me quedé esperando a que volviera Susana del
servicio. Lamentablemente para mí, estaba acabando mi copa cuando oí una voz a
mi lado, una voz que ya había oído antes hablando de excrementos y
extremaunciones, dirigiéndose al camarero y encargándole, para mí, otra y, para
él, otra también de lo mismo que tomase yo. Soltó un billete de veinte euros y,
en plan rumboso, le comentó al camarero que se quedase con las vueltas. Acababa
de dejar de propina, el muy cretino, casi el coste de las copas, quizá por
parecer importante o quizá, lo más seguro, porque sus vicios se los pagaba un
papá forrado de dinero.
El joven de gafas de pasta y el pelo inverosímil tomó asiento
donde antes había estado sentado Alejandro.
- Olvídale –me dijo-, no va a volver. Nadie que se despida
con un guiño respeta al que despide. Además, si me lo permites, no te conviene:
tiene demasiada pluma.
- Oye, chaval –comencé a decirle-, creo que te estás
confundiendo porque...
No llegué a terminar de explicarle el error en el que había
caído ya que detrás de mí sonó la voz de Susana, recién salida del baño, directa
a la yugular.
- Eres un poeta de mierda, tus versos son un asco, tu pelo
parece diseñado por tu peor enemigo y, si haces el favor, te agradeceré que
salgas cagando leches de aquí.
Totipotente y arrabalera. O sin complejos, como prefiera
verse. Yo nunca hubiera sido capaz de decirle esas palabras al joven de gafas de
pasta y pelo inverosímil, aunque debo reconocer que en el fondo eran exactamente
las que me hubiera gustado dirigirle. En ese exacto momento llegaron dos
bloody Mary. Sin saber muy bien cómo reaccionar ante la intervención de
Susana, busqué ocultarme detrás del mío. El joven de gafas de pasta y el pelo
inverosímil, que tampoco sabía muy bien qué hacer en ese momento, alargó la mano
hacia el suyo… pero Susana fue más rápida: lo tomó, le dio un sorbo generoso, se
puso al lado del enmudecido muchacho y, con una sonrisa mitad amistosa mitad de
cocodrilo, le susurró quedo:
- Adiós.
Fue suficiente: el chico bajó del taburete y se perdió en la
noche. Me quedé mirando a Susana mientras bebía lentamente mi copa. Ella me
miraba a su vez, en silencio, directamente al fondo de mis ojos, como si pudiera
leer el pensamiento con sólo mirar ahí y estuviera haciéndolo en aquel preciso
momento.
Cuando apenas me quedaba un sorbo para acabar mi copa, ella
tomó la suya y la apuró de un trago. Bajamos nuestros vasos vacíos al mismo
tiempo.
- No me gusta el bloody Mary –me confesó-, y se me ha
quedado un sabor de boca horroroso. Así que, como he visto que tu amigo es
inteligente y que el otro imbécil ha sido lo suficientemente ídem como para
dejarnos el terreno libre, tú elijes: o me besas o me invitas a cenar.
- Bueno… -repuse un tanto azorado-. ¿No pueden ser las dos
cosas?
- Depende del orden.
- Primero te beso, después cenamos y, después, ya veremos.
¿Te parece bien?
- Cualquier otra respuesta me hubiera parecido mal.
Así que la besé.
***
Por la calidad de mi memoria tengo una generosa agenda de
teléfonos donde, además de conocidos, compañeros y socios varios, llevo también
apuntados los teléfonos y las direcciones de restaurantes, garitos, hoteles,
servicios de teletaxi e incluso el número al que debes enviar un SMS para que la
Empresa Municipal de Transportes te diga cuánto tardará en pasar por la parada
el autobús escogido.
Mi lista de restaurantes es selecta y, aún así, extensa.
Quizá porque uno de sibarita tiene poco y porque como bastante fuera de casa. La
cuestión es que busqué una arrocería de confianza porque ella, siendo de
Barcelona -inferencia errónea, pero entonces no lo sabía: me dejé guiar por el
hecho de que Alejandro Leal la conocía de sus experiencias en la ciudad condal-
no habría tenido la oportunidad de degustar una paella como Dios manda. Además
la dicha arrocería estaba cerca del local donde se desarrollaba la lectura, así
que tampoco perderíamos mucho tiempo de camino al condumio. Esto era relevante
porque, a qué negarlo, acababa de besar a una chica de la que sólo sabía que era
totipotente, arrabalera y poetisa. Y eso, con excesivo tiempo por
delante, puede resultar en un coctel explosivo de consecuencias difícilmente
baremables. Era preferible llegar cuanto antes y conseguir la separación de la
mesa como trinchera desde la que defenderme de mis instintos para atacar cuando
el momento fuera propicio.
Encargamos un arroz a banda -especialidad de la casa, por
cierto, aunque lejos de los fantásticos que pueden degustarse en la Marina...
pero el mundo no es perfecto, ni falta que hace- porque ella comentó que de
paella nada, que le sonaba a turista. Intenté explicarle que, realmente, el
arroz a banda -como el arrós negre- también se cocina en paella.
- ¿Qué? Se cocinará en una paellera, no en una paella...
¿Cómo vas a cocinar un plato encima del otro?
- Es que la paellera, querida, es la señora que cocina la
paella. "Paella" es la palabra valenciana para lo que en castellano se nombra
como "sartén", hecha la diferencia de la forma y las asas.
- Ya. Pues pides una paella y te ponen comida, no una sartén.
- Correcto. Pero ya sabes eso de la metonimia y la parte por
el todo. De hecho, pides una paella y te ponen tanto una paella valenciana como
una paella de marisco... o incluso la aberración esa de la paella mixta. Por no
hablar de esa otra aberración: la paella de verduras.
- Pues entonces "paella" es el plato: lo estás diciendo tú.
- No. El nombre del plato, si quieres purismo, sería "arroz
en paella". Lo que pasa es que la mayoría de arroces secos se cocinan en paella
por esta zona de España.
- ¿Arroces secos? ¿Qué pasa, que los hacen sin agua?
Decidí abandonar la batalla perdida no sin antes hacerle
notar que, al menos desde 1764, año de la publicación del Diccionario
valenciano-castellano de Carlos Ros, notario que fue de la ciudad, "paella"
es la palabra valenciana para el castellano "sartén". Pensé que quizá su
confusión se debiera a ser ella de Barcelona, por lo que tenía ciertas
posibilidades de ser de lengua catalana, donde vaya usted a saber qué se
entenderá por "paella", porque yo no soy catalanohablante. Sin embargo, recordé
la definición de "paella" que daba el Diccionario diferencial valencià-català
de Carles Recio: "plat típic valencià". Según esto, tenía sentido la
confusión. Claro que el dicho diccionario vio la luz en 1985, cuando ya estaban
los políticos metiendo baza en el tema lingüístico -y de qué manera-, por lo que
era poco de fiar. Así que me dejé guiar por la clarificadora y autorizada voz
del valenciano del XVIII para sentar cátedra al respecto. Pero en ningún momento
conseguí su asentimiento: meramente un "vale, lo que tu digas", dicho a última
hora y a regañadientes.
Pedimos también un vino alicantino, del municipio donde
reside la mayor colonia de noruegos fuera de Noruega: Alfás del Pi. Era un
Enrique Mendoza cabernet sauvignon sabroso y contundente que, sin saber
de maridajes ni otras zarandajas de gourmet, acompaña a la perfección
cualquier cosa. Incluso ninguna, si sólo hay vino.
Acerté con la elección del vino: lo encontró excelente, tras
comentarme que ella, de vinos, sí sabía algo. E incluso bastante más que yo,
debo reconocer. En un momento me dio una master class sobre el tema que
no sé si nació de una experiencia acumulada altamente peligrosa para el hígado o
del visionado fanatizado y repetitivo de la película Entre copas.
Acerté, también, con la elección del arroz: le gustó. No tanto el hecho de que
le hiciera comerlo al modo tradicional -directamente de la paella, con cuchara y
sus toques de allioli-, porque le parecía poco higiénico.
- Pero mujer, si acabo de explorar tus amígdalas con mi
lengua y tú mi campanilla con la tuya... ¿te da asco ahora que nuestras cucharas
estén en el mismo plato?
- Es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Cuando nos besamos, no pensaba en la posibilidad de los gérmenes que pudieras
tener en la boca: sólo besaba.
- Pues haz lo mismo ahora: sólo come.
- Cuando la como, tampoco pienso en los gérmenes -dejó caer
como si viniera a cuento.
Se sonrió, posiblemente, porque notó en mi cara mi asombro,
no tanto por lo que afirmaba, sino por el hecho mismo de que la tal afirmación
se hubiera producido. Sopesé brevemente el siguiente paso a dar: callar, ante lo
incontestable de la afirmación; buscar una réplica ingeniosa -"ni yo pensaré en
tus gérmenes cuando me la comas" fue la que se me ocurrió en ese momento, pero
no me parecía demasiado ingeniosa-; cambiar radicalmente de tema o, opción
finalmente elegida, hacer realidad el dicho ése de que "de perdidos al río" y,
si ella era bruta, ser yo bruto y medio.
- Cuando follo un culo, yo tampoco pienso en los gérmenes.
- Pues ahí sí que hay bastantes -dijo casi automáticamente,
como si hubiera estado leyendo mi pensamiento y hubiera podido preparar su
siguiente comentario.
- Ya te digo -dije yo. "Triste, muy triste", pensé nada más
oírme a mí mismo.
- Tranquilo, esta noche no tienes ni que preocuparte por eso.
Fantaseé mínimamente con su comentario. Una de dos: o no le
gustaba el anal -pero en eso no fantaseé, porque puestos a fantasear uno elige
sus fantasías y siempre son lo más pornográficas posible- o, a la voz de "voy a
ponerme cómoda", se iba a meter en el cuarto de baño a aplicarse un enema de
betadine. Conozco, porque algo de televisión sí que veo, que el mundo del enema
está muy desmitificado, con anuncios donde presentan minienemas portátiles,
preparados para darse uno un momento de higiene íntima en cualquier momento y en
casi cualquier lugar (aunque sólo casi, supongo), pero eso del enema de betadine
me hizo gracia al pensarlo. Y sonreí.
- No te creas que me voy a untar el culo con mercromina
-continuó diciendo. Casi me había leído el pensamiento. Pero sólo casi-.
Sencillamente, no vamos a hacerlo así.
- Ah -se me escapó. Ergo, vamos a hacerlo. Buenas
noticias, por tanto. Viva-. ¿No te gusta, o no lo has probado?
Uno no es, de suyo, tan sucio en sus conversaciones.
Introduzco este comentario porque, para cualquiera que esté leyendo esto ahora
mismo, creo que transmito la sensación de ser un pervertido lingüístico. Es que,
sencillamente, ya puestos, si el otro acompaña -el otro dicho del otro
conversador, no necesariamente de un otro masculino, se sobreentiende... o no.
Por si acaso-, no le hago ascos a meterme en conversaciones de cualquier tipo.
Me gusta conversar. Incluso de lo que no tengo ni idea puedo ser buen
contertulio, si el otro me da el suelo necesario para que no resbalen demasiado
mis pies.
También diremos que, llegado ese momento de la noche, con el
vino disfrutado y el buen arroz degustado, ya me daba un tanto igual el decoro.
Y diremos, ya puestos, que con una mujer totipotente y bellamente
arrabalera, el decoro puede guardárselo usted donde buenamente le quepa.
- Lo he probado y me gusta -me reveló-. Sencillamente, no es
el momento. Para llegar a esas intimidades debe haber más comunicación, más
conocimiento propio: debemos sentirnos más a gusto juntos.
¿Sentirnos más a gusto? En fin... Por lo que parecía prometer
la noche, íbamos a sentirnos muy a gusto dentro de no demasiado tiempo. ¿Cómo
sentirte más a gusto que en el orgasmo compartido? Misterio insondable de la
naturaleza femenina, ella conocía algo que le hacía sentirse más a gusto que el
vulgar éxtasis sexual.
- Bueno, tampoco es tan importante -repuse-. A fin de
cuentas, imagínate lo poco importante que es que nosotros, los valencianos, en
vez de mandar "a tomar por culo" mandamos "a fer la mà". No sé si vosotros
también lo haréis.
Aquí su cara fue un poema. Pensé que "a fer la mà" no
necesitaría traducción para una catalana. Literalmente significa "a hacer la
mano": la expresión es correspondiente a la castellana "a cascarla". Sin
embargo, no pareció entender demasiado bien la frase.
- ¿Cómo? ¿Nosotros?
- Sí. ¿No decís también los catalanes ves a fer la mà,
cuando queréis mandar a alguien a tomar por saco?
- ¿Nosotros los catalanes? Yo no soy catalana.
- Ah -y supongo que ahora, mi cara fue el poema-. Como
Alejandro me dijo que te conocía de Barcelona.
- ¿Alejandro?
- Mi amigo, el que nos ha presentado.
- Ah... Pues la verdad es que no sabía quién era. Me dijo que
él me había conocido en una hamburguesería de Barcelona, lo que no es imposible
porque alguna vez he estado allí y he ido a alguno de esos sitios, pero no soy
de allí.
- Creí que sí.
- No. Hace un tiempo iba bastante, porque tuve un novio de
Barcelona.
- ¿Y de dónde eres? -le pregunté.
- ¿Es importante eso?
- La verdad es que no: es meramente por curiosidad.
- Yo soy de Madriz, con zeta.
- Vaya. Curiosa pareja, el catalán y la madrileña.
- ¿Por qué curiosa?
- Bueno, porque ya sabes, la política y eso, el fútbol... no
sé, siempre aparecen de morros, madrileños y catalanes.
- Pues para follar no importa ni la política ni el fútbol,
aunque sí los morros.
- Ya.
- Además, te diré: él era del Barça y yo del Rayo. Por ahí no
había problemas.
- Ya veo, ya.
- Incluso por lo político, si quieres: los dos somos de
izquierdas.
Me mordí la lengua por no preguntarle si ella pertenecía a la
Federación Socialista Madrileña y él al Partido Socialista de Cataluña porque,
si hubiera sido así, cada uno por separado tenía suficientes problemas como para
juntarse a fabricar más. Pero no me la mordí mucho tiempo: ella continuó
hablando.
- Nada de sociatas, ojo -como si, una vez más, hubiera leído
mi pensamiento-. Yo simpatizo con Izquierda Unida y él era militante de
Esquerra.
- Yo soy falangista -le dije en plan de broma.
- Vete a la mierda -me respondió bastante sería.
- ¿Qué? ¿Cómo? -balbuceé.
- Si es verdad, vete a la mierda. Y si bromeas con eso, vete
a la mierda también.
- Ah... Pues de puta madre, la tolerancia, ¿no?
- Espera... Que no lo decía en serio, lo siento. Sólo que no
soporto a los fachas. Me parecen despreciables.
- Ya. Oye, pues yo elegante no soy, sabes... Voy siempre con
una facha...
- Mira, no me importa cuál sea tu pensamiento político. De
hecho, ni siquiera me importa. Únicamente, no quiero estar con un facha ni en
pintura.
- Mujer, lo que me llama la atención es esa cerrazón tuya a
otras posiciones políticas.
- Esos no son "otras posiciones políticas": son nazis,
dictadores...
Por un momento estuve a punto de preguntarle si conocía algo
sobre la historia del Partido Comunista desde Marx y su Manifiesto hasta
nuestros días porque, a qué negarlo, el comunismo tiene un cierto récord de
dictaduras a lo largo del siglo XX. Pero quizá eso hubiera significado perder
una buena noche en aún mejor compañía y a uno, la verdad, mientras la persona
sea persona, le importa un pijo del color que se pinte el cerebro. Incluso si no
se lo pintase, como es mi caso: los únicos a los que no tolero son a los que no
tienen cerebro. Y de esos hay desde las extremidades izquierdas y derechas hasta
el centro mismo.
Me salvó del atolladero la visita del camarero, que retiró la
paella, se llevó la botella de vino vacía y nos ofreció la carta de postres.
- ¿Quieres postre? -le pregunté cuando ya el camarero había
marchado.
- Piruleta de carne -me respondió.
- Pues yo tomaré, si puede ser, pastelillo de entrepierna.
Pagamos y nos fuimos. Tampoco tomamos café.
***
Hacía una noche gélida, la calle estaba fría y yo iba
bastante caliente. Por un momento pensé en lo inconveniente que sería llevarla a
mi casa, un piso bonsai de soltero donde, si algo no se iba a encontrar, era
brillo. Ni, tampoco, sábanas limpias. Y no era cuestión de meter a una
semiconocida en un zulo como mi casa, por mucho que tirase el tema inguinal.
Siempre estaba la opción de ir a un hostalucho a compartir
una cama. Lo precario de mi economía no me permitía costearme, para el capricho,
una habitación decente, así que traté de imaginármela entrando conmigo en uno de
esos cuartos sin calefacción, con una pila al fondo, en la pared, un retrete
tras una cortina y un plato de ducha sin agua caliente. Tampoco era una imagen
confortable.
Por un momento, sinceramente, creí que lo mejor sería ir a un
garito, tomar unas copas, darnos un quita calentones en los retretes y aquí paz
y, por Madrid, el rey. Pero uno debe tener algún tipo de pacto no conocido con
los demonios venales -que no veniales-, porque ella habló y se abrieron los
cielos.
- Oye, yo estoy en el Venecia, al lado del Ayuntamiento. Hay
de todo en el baño, así que, si no quieres, no tienes por qué pasar por casa.
Fantástico ofrecimiento. Repetir ropa al día siguiente,
pudiéndome asear convenientemente, me parecía un mal menor al lado de la ventaja
incalculable de pasar la noche -porque eso era, a eso se refería con un "hay de
todo en el baño", no a echar un polvo rápido, sino a pasar la noche- con ella.
La plaza del Ayuntamiento no estaba lejos y la tercera planta
del Hotel Venecia tenía una moqueta azul por la que parecía que aún no había
pisado nadie. Había silencio en el corredor y silencio hubo también en el
conserje, que viendo regresar a dos cuando sólo salió uno, ni hizo preguntas ni
gesto alguno que permitiera diferenciarle de las macetas que decoraban el
vestíbulo, excepción hecha del alargar la mano y darle a Susana un llavero con
un inmenso 308. Bromeé en el ascensor:
- La 308... la habitación del chocho.
- Siempre supe que eras un gran poeta -me respondió. Y nos
besamos con un beso profundo y húmedo que fue fantástico, a pesar de allioli
y quizá gracias al vino.
Me llamó la atención que en un sitio recientemente reformado
como era el Venecia no utilizasen llaves magnéticas, sino todavía cerraduras
clásicas. Lo cierto es que la llave era de seguridad, pero seguía siendo llave.
La habitación era amplia. No era una suite, ni nada parecido,
pero sí era amplia: un pasillo acogía un armario empotrado y la puerta del baño
y, tras él, la cama de matrimonio -"de matrimonio"... una expresión un tanto
extemporánea en los tiempos que corren-, dos mesillas, un escritorio, una
televisión de veinte pulgadas...
Los hombres somos animales primarios. Digo "los hombres", no
los humanos: me refiero a los individuos de nuestra especie que tenemos rabo. Lo
primero que hice fue, respondiendo a mi instinto como macho, buscar el mando a
distancia. Lo encontré, claro: había que ver cuántos y qué canales tenía la
tele.
- Oye... ¿quieres que veamos una peliculita, o que nos
montemos una nosotros? -me preguntó con un cierto tono contrariado.
- Ehem... -le respondí haciendo esfuerzos por apartar la
vista de la pantalla.
Pero lo logré: aparté la vista de la pantalla cuando se quitó
el suéter de cuello alto que llevaba y descubrí que ni camiseta ni sostén ni
leches. Me dieron la bienvenida dos pechos generosos con unos endurecidos
pezones marrones.
Además de generosos, sus pechos eran firmes aunque suaves en
lo dérmico. Lo supieron mis manos y lo supo mi boca, antes de que ella tuviera
tiempo de decir algo del tipo "voy un momento al baño" o "quítate la ropa" o
"fóllame" o "Jesús": fue quitarse el suéter y salir yo disparado, como si un
resorte oculto me hubiera impulsado hacia su pecho. Sí que dijo "Jesús", pero
exclamándolo, cuando sintió mis dientes mordisqueando su pezón izquierdo.
Intentó quitarme mi jersey, sin conseguirlo, porque ni la
postura de mis brazos -uno tomándola del talle, el otro flexionado con la mano
oprimiendo su pecho derecho- le ayudaba ni yo estaba por la labor de separar mi
boca de su pezón izquierdo.
- Que me vas a erosionar la teta -me dijo separándome de sí.
Aprovechó la separación, que sin duda imaginaba temporal,
para quitarme el jersey (ahora sí que contó con mi colaboración), sentarme en el
borde de la cama y comenzar a desabrocharme la camisa.
A mí, a aquellas alturas de la historia, la camisa,
justamente, no era lo que más me molestaba. Debo decir y digo que andaba ya todo
mi cerebro seco, concentrada como estaba -viva Newton y el bajar natural de las
cosas- toda mi sangre en la polla. Ella no pareció darse cuenta hasta que llegó
al último botón de la camisa, la abrió para acariciar mi pecho, bajó la cabeza y
subió la mirada. Directamente, una vez más, a mis ojos.
- ¿Sabes? Ni queriéndolo, después de ver eso -y cuando dijo
el "eso" puso mi mano sobre mi entrepierna- puedo pensar ahora en los gérmenes.
Llevaba unos vaqueros de botones y pensé que acabaría con
ellos rotos, pero no: no tardó más de un segundo su mano en pasar de estar sobre
mi entrepierna a dentro de mi bragueta abierta, bajo mis bóxers, acariciando mi
miembro. Aunque tenía la mano fría no noté frío, sino calor, cuando estrechó mi
sexo con su mano. Hizo un par de movimientos que pensé masturbatorios pero que,
en realidad, iban destinados a sacarme la polla fuera de los vaqueros. Ni pude
reaccionar: antes de darme cuenta, la tenía dentro de su boca.
Supongo que no es posible, pero juraría que todavía creció
más con el contacto de su lengua. La boca que antes había besado seguía húmeda y
profunda como en el beso, pero la sentía muchísimo más grata. Empapaba todo mi
miembro con su saliva para recorrerlo despacio. Jugaba en mi glande con su
lengua mientras me masturbaba. No dejaba de masturbarme excepto cuando se metía
toda su extensión en la boca, llegando con sus labios hasta la base del tronco,
mojando de saliva mi vello púbico.
La anatomía humana es un mundo de contrastes. Sin ser yo nada
del otro mundo, sí que tengo unas dimensiones que han hecho que jamás ninguna
mujer esbozara sonrisa ni se quejara del tamaño. Tampoco ha habido nunca quejas
sobre el rendimiento -que todo hay que decirlo- aunque, para ser sinceros, más
de una sonrisa e incluso risa ha habido después del mismo. Pero en esos casos
siempre ha sido sonrisa y risa compartida porque uno, si no ríe cuando folla,
pues lo disfruta menos. Y no es plan.
Por otro lado, conocía su boca de besos anteriores y tampoco
podemos decir que fuera un pozo sin fondo. Tenía una sonrisa amplia y sincera,
pero eso no implica que tuviera unos labios elásticos. Obviamente digo esto
porque aún hoy no entiendo cómo demonios era capaz de tragarse todo mi sable sin
aparente esfuerzo. Incluso juraría que me hablaba con toda mi polla dentro de su
boca, algo así como "qué rico" o "qué bueno" o "cómo me gusta". Tampoco un
discurso y apenas una frase, pero era capaz de hablar. Para terminar de explicar
mi desconcierto de entonces y de ahora añadiré que, siendo el glande la parte
más sensible de la polla -supongo que de "la polla", y no sólo de mi polla
aunque, la verdad, jamás lo he comentado con amigos ni tengo otra polla con la
que comprobarlo por mis propios medios- nunca sentí tope ni freno ni roce
excepto el que su lengua y la parte interior de sus mejillas querían imprimirle
en el conocido movimiento de succión al que los maromos solemos alentar a las
amantes ocasionales con un poco afortunado "chupa".
Debo decir que yo, en aquél momento, ni "chupa" ni nada: era
incapaz de hablar. Únicamente se me escapó un "esto es la hostia", expresión
harto infrecuente en mí, que soy de buen hablar porque ya mis padres me
procuraron una buena educación. Pero es que no lo pude evitar.
Lo que sí -gracias sean dadas- pude evitar fue correrme en
ese momento felante, aunque estuve a punto de hacerlo. No me corrí, aclarémoslo,
no por falta de ganas: cualquiera que haya tenido entre las piernas una melena
igual de interesante que la de Susana Monóver, una boca húmeda y profunda y
caliente alojando el falo propio y un baile de mano ajena en ese mismo lugar de
su anatomía entenderá que la reacción natural sea el abrirse de la llave de paso
y el derramar tanto semen denso y cálido como capaces sean los huevos de
fabricar. Pero no fue el caso, porque caí en la cuenta de lo inadecuado de la
situación. No me había quitado los pantalones, apenas tenía la camisa abierta
por el pecho, ella únicamente tenía sus pechos desnudos... y yo me estaba
perdiendo mi postre. Ella tenía el suyo, cierto, su piruleta de carne, pero a mí
me faltaba mi pastelillo de entrepierna. Y con las cosas de comer no se juega.
Conseguí liberarme de su poderosa succión y su emocionante
movimiento manual, para ponerla de pie frente a mí y meter la punta de la lengua
en su ombligo mientras, sin previo aviso, comenzaba a desabrochar sus vaqueros.
También eran de botones, pero yo tardé Dios y ayuda en conseguir deshacerme de
todos. Bajé sus pantalones hasta debajo de sus rodillas y me quedé extasiado
ante la vista que se abría frente a mí: un tanga negro como la noche y como la
muerte, con el borde bordado de rojo y verde con motivos florales.
Fue ella la que acabó de quitarse totalmente los pantalones y
se quedó así, sin pantalones y en tanga, esperando mi siguiente movimiento. Pero
es que me había quedado helado, hipnotizado por aquél tanga de tela que suponía
suave y que marcaba su sexo depilado y el mínimo vello que llevaba sobre él, en
el bajo vientre. Era aquél un coño de los que creo que se denominan a la
brasileña o, también, con frenazo. Y estaba allí, frente a mí,
totipotente y arrabalero, oculto bajo un tanga al que le hubieran quedado
los segundos contados si yo no fuera un caballero y no supiera que es de mala
educación destrozar a bocados las prendas íntimas de las damas.
Reaccioné a tiempo de empapar mi lengua en mi boca y buscar
con ella el sexo de Susana a través del tejido. Mojé su tanga y brilló la tela,
marcando aún más el pastelillo que iba a ser mi postre y, si todo iba bien, mi
desayuno del día siguiente. Porque a uno el dulce le gusta y, si está bueno, no
le importa repetir. Incluso si no es dulce porque, al aplicar mi lengua sobre
él, supe que era salado. Pero incluso así. Y se me escaparon unos ripios
antiguos, que decían
Tu pubis, aunque es salado,
es el mejor de los postres
cuando nos damos
un antropofágico banquete.
- Pues es tu postre -me dijo.
- Pues me lo como -le dije.
Y dicho y hecho, la tomé de la cadera, la tumbé en la cama,
le separé las piernas y me lancé vertical y hacia abajo justo sobre su tanga.
"Al final tendré que quitárselo", pensé cuando, tras unos cuantos lametones, lo
que había sido bella prenda no era ya más que trapo mojado. Pero me gustaba
lamérselo a través del tanga, sabiendo dónde estaban perfectamente sus labios.
La tela se iba haciendo casi como transparente con mi saliva.
A ella se le había escapado, en mi faena lingual, algún breve
suspiro. Pensé que podríamos intensificar el sonido si, mientras lamía su sexo,
estiraba una mano para pellizcar con suavidad un pezón. "Qué asco, tener siempre
razón", pensé sin falsa modestia alguna cuando el suspiro breve se tradujo en
prolongado gemido. Lo peor fue que arqueó su espalda, con lo que su pecho se
desplazó y perdí lo pellizcado.
Musité nuevos ripios antiguos:
¡Un yate para tu pubis, y navegarlo!
¡Un flotador
para cuando en él naufrague!
Y, lentamente, aparté la tela empapada de los labios de su
sexo para lamerlo en todo su esplendor. Comprendí entonces por qué el tanga se
había transformado en el pingajo mojado que era en aquel momento: no sólo lo
había mojado mi lengua. Ella, silenciosa y traicionera, había hecho lo propio
desde sus adentros.
Me planteé dedicarme a la labor –que se demostró absurda- de
conseguir acabar con sus humedades a golpe de lengua. No fue nada sencillo,
porque para ello tenía que conseguir el tener siempre cerca de mi boca su sexo y
ella, bien porque no le apetecía el desecarse, bien por lo irracional que
tenemos todos de vez en cuando, no colaboraba en absoluto. Es más, dificultaba
constantemente mi trabajo, con un despliegue de movimientos impresionantes que
fueron desde el mero arquearse hasta el cimbrearse y el, podríamos decir,
contorsionarse. Y claro, yo allí intentando hacer presa con los brazos en un
cuerpo incapaz de estarse quieto, centrado en mi faena oral… Entre los esfuerzos
meramente musculares de mis extremidades superiores, los de las inferiores
–porque tenía que mantenerme en equilibrio, sin dejarme arrastrar por el
tembleque que poseía a Susana- y los estrictamente linguales, el cansancio
comenzó a hacer mella en mí.
El cansancio, decimos, que no el desánimo. El desánimo vino
cuando caí en la cuenta del problema al que me enfrentaba. Podríamos quizá
definir el problema como la imposibilidad de aislar las variables que estaban
jugando papel activo (mi lengua) y pasivo (su coño) en la situación concreta.
Porque veamos, ¿cuánta humedad de la existente era causada por mí y cuánta por
sus adentros? Al utilizar un instrumento húmedo para alcanzar la sequedad ajena,
se volvía complicado saber cuándo había llegado tal sequedad. Sabía que la misma
seguía existiendo: me lo decía el sabor de lo lamido, que no era tanto el de mi
saliva como el de mi saliva más sus fluidos. Pero claro, no era suficiente.
Se me abrieron los cielos –o, si se quieren menos
misticismos, se me hizo la luz o se me iluminó la bombilla- al dar con la
solución. ¡Claro! ¡Únicamente hay que usar un elemento secante que no sea al
mismo tiempo humidificante! Como soy hombre del siglo XX aunque llevo bastante
bien la incursión en el XXI, concluí que la respuesta era el abandono de la
técnica rudimentaria empleada hasta ese momento y el salto a la era digital.
Como habrá visto el discreto –o habrá entendido, que ver no
creo que vea más que letras, aunque quizá en su mente, por aquello del
"significado" y el "significante" pueda haberse compuesto más o menos una imagen
aproximada de la situación-, el párrafo anterior hace referencia a que pasé de
comerle el coño a meterle los dedos. Nadie se alarme: ya dije que hace tiempo
tuve fama de poeta y debe comprenderse en ese sentido el alejamiento de lo crudo
de la prosa. En todo caso, me di cuenta de lo complicado que era intentar
secarla mojándola, y busqué nuevas posibilidades.
Recordaba de mis tiempos escolares un vídeo que nos
proyectaron en clase de educación sexual. Aunque uno tiene una edad en la que
los tiempos de escuela pueden considerarse casi ya como antiguos, recibía clase
de eso, que mi colegio siempre fue muy avanzado. Pero no se concluya que
nos ponían películas pornográficas en el aula, no: era un vídeo educativo donde
un señor muy elegante, con su corbata y su bata blanca, daba una primera
introducción sobre la teoría del punto G o punto de Gräfenberg antes de abrirse
el plano y acercarse a una camilla donde esperaba una señorita estupenda, en
pelota picada, para pasar a la parte práctica.
La cuestión es que, pese a las distintas teorías sobre la
fisiología real de los genitales femeninos, parece ser que el tal punto G
proporciona, cuando se le estimula convenientemente, orgasmos inenarrables. Y en
aquel vídeo se me explicó cómo y uno, que ya había hecho anteriormente sus
intentos con diversos resultados –aunque ninguno lamentable-, decidió poner en
práctica lo aprendido.
Dicho y hecho, me separé de su pubis y la miré a los ojos.
Con la mirada parecía darme a entender que qué era aquello de dejarla allí, sin
más; que su cuerpo pedía salsa y que estaba esperando a que yo se la
proporcionase. Sus pechos eran una montaña rusa, de movimiento que traían los
pobres por lo entrecortado de su respiración. Viéndola en aquella tesitura –las
piernas separadas, el sexo brillante, la melena levemente pegada al cuerpo por
el sudor, maravillosamente desnuda excepción hecha del pingajo que tenía por
tanga, jadeante y anhelante-, estuve a punto de abandonar mi idea de explorar su
punto G y pasar directamente a la penetración ruda y bellaca, más llevado por la
excitación que por la razón. Pero si bien el corazón tiene razones que la razón
no entiende, no es menos cierto que la razón tiene sentimientos que no alcanzan
a la comprensión del corazón y, en aquel momento, lo que se terciaba para el
goce y satisfacción de Susana, al que sin duda acompañaría el mío poco después,
era la manipulación, en sentido estricto y por mi parte, de sus partes.
Empapé a conciencia los dedos corazón y anular de mi mano
derecha mientras con la izquierda ejercí una leve presión en su vientre. Lo de
la presión es importante, aunque no imprescindible, por dos motivos. Primero,
porque evita que la amante, llevada por la estimulación, comience a tener un
episodio de falta de tonicidad muscular cercano a la epilepsia. En segundo
lugar, baja la pared de la vagina, con lo que el juego de dedos dentro de su
cuerpo aumenta sus posibilidades de alcanzar los resultados óptimos esperados.
No me costó introducir mis dedos dentro de su cuerpo, debido
a la interesante cualidad de Fontana di Trevi que tenía Susana entre las
piernas. Los metí a conciencia, hasta que el meñique y el índice hicieron tope
en forma de garra sobre sus glúteos. Me planteé la posibilidad de juguetear
levemente con el pulgar en su clítoris, pero la desestimé por el momento.
"Primero vamos a lo conocido", me dije, "y después ya buscaremos la filigrana".
Recordando al ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y al
polémico efecto llamada de sus regularizaciones masivas, hice lo propio
con mis dedos dentro de su cuerpo: llamé mediante el movimiento transcultural de
"ven". Y sí, quería que se viniera en mi mano.
Tengo los dedos largos, aunque no tanto como para llamar la
atención. Aún así, es importante una buena longitud dactilar porque facilita el
acceso a la zona necesaria que viene estando, más o menos, unos cinco
centímetros dentro del coño. Esta estimación es únicamente una media: puede
hallarse prácticamente desde los dos centímetros hasta casi los siete e,
incluso, creo que más allá. La cuestión es que, para no fracasar en el intento,
y puesto que es posible el hacerlo, lo mejor es no confiar en estadísticas y
abarcar el campo completo. Así que mi efecto llamada actuaba sobre la
pared de su vagina desde el lugar en que mis dedos, profundamente clavados en
ella, comenzaban a arquearse hasta casi la abertura misma de la gruta de mis
desvelos.
Y por allí debía estar el lugar indicado, porque al ir
aumentando la efusividad de mis "ven, ven, ven", ella iba aumentando el volumen
de sus gemidos, la frecuencia de sus jadeos y –bendita mano izquierda
sujetadora- sus movimientos incontrolados.
Se corrió como una campeona, con todo lo que debe tener un
orgasmo: grito, tembleque, sudor y una descarga altamente satisfactoria de calor
en el sexo acompañando a tal variedad de espasmos vaginales que me dio lástima
de mi polla erecta el hecho de que no los disfrutara ella. Pero yo, juez y parte
de su placer, no paré: intenté conseguir el siguiente orgasmo sin que acabase el
primero, dándole una sobredosis de estimulación sexual que, sin duda, no puede
ser sana. También fantaseé con el hecho de llegar a conseguir una eyaculación
femenina que me empapase entero, pero todo quedó en fantasía.
Consiguió como pudo zafarse de mi mano y tumbarme a mí en la
cama, quedando ella recostada a mi lado. Aún no había llegado a recuperarse del
todo de su orgasmo cuando su mano tomó mi polla y comenzó a masturbarla
pausadamente, mirándome a los ojos.
- ¿Sabes? –me dijo-, pareces un barco, todo en horizontal y
con el mástil desafiando a los cielos.
- Pues, ¿sabes? –le dije-. Este barco quiere naufragar en el
océano de tu coño.
Pensé que en ese momento, cual vaquero de película de sábado
por la tarde, iba a saltar sobre mi pubis y a ensartarse mi carne en ella para
cabalgarme. Pero no. Y, la verdad, me dejó un poco descolocado.
- No. Primero tienes que correrte.
Creí que no había oído bien, pero su siguiente frase acabó de
confirmarme que no padecía problema alguno de audición y, de paso, confirmó
también mi estupor.
- Quiero ver toda tu leche manar como un torrente.
- Ehem… Susana –le dije-, supongo que sabes que si eso pasa,
y te advierto que de seguir así pasará pronto –porque ella había acelerado el
movimiento de su mano- el tamaño de la polla menguará, su dureza no le irá a la
zaga y, en definitiva, lo que ahora es indómito ariete carnal se transformará en
colgajo lamentable.
- Lo sé, Nicholas, pero… ¿de verdad crees que me importa? ¿Tú
tienes prisa? Pues ahora te corres –casi fue una orden, por el tono de su voz-
que así, cuando sea el segundo, aguantarás más rato. Que no quiero que me metas
la punta y te vacíes y no sentirte bien.
La idea, expresada así, me pareció correcta. Así que cuando
ella añadió a su mano, que apretaba fuertemente la piel de mi miembro,
haciéndola retroceder y avanzar sobre mi glande a una velocidad realmente grata,
el calor de su boca y su humedad y su lengua y su mirada clavada en la mía y el
olor a sexo que lo envolvía todo y yo que cierro los ojos y… me corrí.
Cierto es que no le avisé, pero también es cierto –y quizá
por eso apretaba tanto, para estar sobre aviso- que lo sintió venir, se apartó
con muchísima educación y acabó dirigiendo la seminal manguera hacia mi pecho.
Me rebocé en mi propia leche porque, a qué negarlo, la sesión de orgasmo
femenino anterior me había puesto a cien. Susana, en un gesto que la honra,
limpió cuidadosamente el estropicio de mi eyaculación con su lengua, tanto en mi
polla como en mi cuerpo.
"Tristeza post coito: no me mires a la cara", cantaba
Siniestro Total hace bastantes años. Y es cierto: tras el orgasmo (porque se
supone que el coito acaba en eso, aunque no siempre, que hay buenos actores
tanto en el bando de los rabudos como en el de las tetónicas), uno entra en un
estado entre soporífero y reflexivo donde poco espacio queda para la euforia.
Eso de que en las películas se feliciten tras el feliciano en plan "qué
polvazo", "follas como Dios" y demás vulgaridades, no deja de ser eso: ficción
cinematográfica. E incluso videográfica, directamente, en muchos casos.
Así que quedamos tumbados, cansados y satisfechos, uno al
lado del otro. Aunque desnudos ya -que había tenido tiempo, durante mi arte
amatoria sin penetración de deshacerme de la impedimenta- excepto por el pinjago
en el que se había convertido su tanga, en honor a la verdad debo decir que no
paseé mi mirada por su cuerpo: quedé mirando al techo, y eso solo a ratos,
porque cerraba también los ojos, de vez en cuando. No sé cuánto tiempo estuvimos
así. Sólo sé que cuando volví a la vida la tenía estimulando oralmente mis
genitales.
Sin duda buscaba la segunda erección, esa que, una vez
conseguida, duraba más que la primera y permitía, por lo tanto, más tiempo de
vida útil para lo sexual. Así que supuse que, ahora sí, iba a caer un polvo como
escrito está en los cánones de la materia. Pero sin alardes: realmente deseaba
con toda mi alma que fuera ella la que hiciera todo el esfuerzo, de tan cómodo
como estaba tumbado sobre el colchón. No me hubiera molestado que me hubiera
follado con toda la violencia del mundo, con dureza, cabalgándome sin perdón
mientras arañaba mi pecho como una gata en celo. Pero con Susana -y esto yo ya
había ido averiguándolo sobre la marcha- nada estaba seguro hasta el momento en
que acontecía. Y, para variar, no fue mi deseo el que se vio satisfecho por el
devenir de los acontecimientos.
Porque ella tenía otros planes, tanto para ella como para mí.
Cuando logró que la dureza de mi polla fuera la suficiente como para poderla
llamar con tal nombre con propiedad, la sacó de su boca.
- ¿Sabes? -me preguntó. Y uno de sus "¿sabes?" siempre
anticipaba algo comprometido-. Nunca se me ha corrido nadie entre las tetas.
Miré sus pechos. Y, la verdad, no me lo creí. Ya dije antes
que era de pechos generosos, con pezones fantásticamente marrones y endurecidos:
no podía entender que nadie hubiera querido ser el beneficiario de eso que
llaman cubana. Nuevamente pareció leerme el pensamiento.
- He hecho más de una cubana, pero nunca hasta el
final. ¿Crees que serás capaz de soportar que te masturbe con mis tetas hasta
correrte en mi boca?
- Ehem... Susana, muchacha -repuse-, supongo que eres
consciente de que hace nada -porque no sabía realmente el tiempo que había
pasado- me he corrido...
- Tranquilo, potro. Seguro que eres capaz.
¿Potro? ¿Me había llamado potro? No sé, si hubiera sido al
menos caballo... Potro sonaba a juvenil, a aprendiz, a candidato. Y, qué
demonios, yo acababa de darle un orgasmo de lengua, dedos y punto G como casi
seguro que nadie antes le había dado. Cierto, ella también a mí, así que supongo
que estábamos en paz, en lo tocante a donaciones y recepciones, pero... ¿potro?
No me gustó el sustantivo, la verdad. Lo que pasa, como
tantas veces en estos casos, es que uno no se pone a defender sus principios no
porque no los tenga, sino porque cuando debería empezar la defensa comienzan
cosas más interesantes. Dijo alguien que más valía honra sin barcos que barcos
sin honra pero, metidos en temas más carnales, más vale polla entre tetas que
una discusión semántica. Sin embargo, sí que tuve que puntualizarle un matiz.
Más que nada, porque iba a ser claro como el agua que su deseo de cubana
finalizante en la boca no podría verse satisfecho.
- De todas maneras, no creo que metiendo la polla entre tus
tetas llegue a tu boca.
- Tú tranquilo, que de eso ya me encargo yo.
Ensalivó mi polla con generosidad, dejándola brillante de
puro húmeda y, colocándome en el borde de la cama, se puso entre mis piernas. Se
acercó tanto que toqué con los huevos uno de sus pezones, cosa que debió notar
porque en ese mismo momento me sonrió. Se puso mi polla en el canalillo y
comenzó a masajearse los senos.
Fruto de sus movimientos, el miembro se me zarandeaba
provocándome gratas sensaciones sin llegar a ser lo suficientemente placenteras
como para suponer que a base de vaivenes iba a llegar mi orgasmo. Pero aquí
viene como anillo al dedo el refrán ese que dice que "tanto va el cántaro a la
fuente que al final se rompe", porque con el meneo en la blandura pectoral se
iba alegrando cada vez más el asunto.
Ella debió vérmelo en el rostro, porque paró de bailarse los
pechos e hizo presa sin movimiento alguno. "Fóllamelas", me dijo, así tal como
suena, sin reparo alguno ni eufemismo que valga. Uno, que es de natural
obediente cuando se trata de menear el rabo, como si de perrete faldero se
tratase, comenzó un ligero movimiento de caderas mediante el cual la polla iba
deslizándose por su canalillo hasta asomar el glande y parte del tronco por la
parte superior de sus tetas, a la altura de la clavícula.
Pero era un movimiento pausado. Como ya dije antes, mi deseo
era que ella me montase y cabalgase, forma un tanto equina de decir que no
estaba en mi ánimo el hacer el mínimo esfuerzo. Así que pausado movía las
caderas, casi cansado podría decirse, hasta tal punto que conseguí lo único que
se puede conseguir en esos casos: el reproche.
- Vaya puta mierda de follada, tío -me dijo, alejando de sí
mi polla y liberando sus tetas de la presión de sus manos.
Se quedó de rodillas entre mis piernas, con los brazos en
jarras. Quizá duro un segundo o incluso menos ese momento, pero sucedió que me
quedé mirando sus pechos recién desnudos de manos: volvieron a su lugar natural
con un movimiento que se me antojó sensual hasta el infinito. La visión de ese
cumplimiento de las leyes de la gravitación universal, bendito Newton, consiguió
ponerme, como suele decirse, berraco perdido. Añadíase que brillaba su
canalillo, sin duda por la transferencia de su saliva de mi miembro a su cuerpo
realizada durante su meneo y mi balanceo anteriores.
Me incorporé cual de si un atleta se tratase, utilizando a
fondo mis abdominales -porque, lo juro, aunque ocultos bajo una no excesivamente
generosa capa de tejido adiposo, yo también tengo de eso-, acertando en el
esfuerzo a introducir mis brazos por las improvisadas asas carnales que formaban
los suyos en jarras y, aferrándola de los sobacos, la elevé lo justo para
tumbarla sobre la cama.
Quedó medio asustada y medio aturdida, boca arriba y en
tanga, en tanto en cuanto yo acababa de incorporarme y la observaba desde una
posición elevada. Desde arriba el ataque casi siempre triunfa. No sé si eso lo
sabía Sun Tzu, pero es bastante intuitivo. Y desde abajo, y ella lo sabía en ese
momento, la defensa suele ser bastante complicada. Por eso me miraba con unos
ojos enormes, fijos en los míos, mientras se le aceleraba la respiración. Creo
que incluso comenzó a brillarle el nacimiento del cabello con un sudor nacido de
la incertidumbre.
Escupí en mi mano y masturbé mi miembro sosteniéndole la
mirada. Sus pupilas se dilataron, dudando un par de veces entre centrarse en las
mías o en mi entrepierna. Su boca se entreabrió, su lengua mojó su labio
superior... y yo supe que era el momento de atacar.
Estaba dispuesto a no hacer prisioneros pero, para ello, era
fundamental la rapidez de la operación. En ese momento, cuando ya me lanzaba a
alancear cárnicamente a las huestes enemigas, descubrí que mi objetivo
principal, que hasta ese momento había sido su coño, se encontraba perfectamente
protegido por el pingajo que a esas alturas tenía por tanga. Pero no vacilé: la
mejor defensa es un buen ataque, y a mí ni siquiera me había llegado el momento
de defenderme. Si el objetivo principal se encontraba fuera del alcance,
legítimo era centrar la operación en el secundario.
Sin dudarlo un instante, me coloqué de rodillas con las
piernas situadas a los lados de su cuerpo y apreté sus pechos con la dureza
suficiente como para que se quedasen pegados y casi se juntasen mis manos.
Penetré con fuerza en la estrecha abertura que se había formado entre ellos, si
bien jugando con la presión de las manos para facilitar mínimamente la
operación. Hundí toda mi polla en aquel desfiladero y la cabalgué como si
follarme sus tetas fuera la última cosa que fuese a hacer en mi vida, casi con
desesperación. Y, ahora sí y sin dudas, ella sudaba.
No le quedaba otro remedio: apoyaba mi cuerpo sobre el de
ella, sin llegar a dejarlo caer, para provocar un mayor contacto y, fruto de mis
movimientos, casi toda ella se movía a mi ritmo. Intentaba, a pesar de la danza
en la que nos encontrábamos envueltos, levantar la cabeza y mirar hacia abajo,
sin demasiado éxito. De hecho, en alguno de sus intentos mi polla chocaba
violentamente contra su barbilla. Pero yo no paraba.
¿Mierda de follada, me había dicho? ¡Ah, no! "Puta mierda de
follada", había sido exactamente su forma de referirse a mis anteriores
intentos. Estaba dispuesto a darle una follada king size aunque me
quedase sin riñones en el intento.
- ¿No dices nada ahora? -le pregunté desafiante.
Pero ella, naturalmente, ni respondió. Uno de los motivos,
sin duda, era la imposibilidad de articular palabra con el movimiento que le
estaba dando. Incluso su respiración se hacía cada vez más sonora, acompañada de
unos gemidos que iban ganando poco a poco en intensidad.
Me apoyaba con las manos en sus pechos, fabricando el cárnico
canal por el que deslizaba mi polla dentro y fuera, cuando caí en la cuenta de
la existencia de sus pezones. De verdad, que en toda la operación, encegado como
estaba por la necesidad de actuar con rapidez para evitar que el factor sorpresa
desapareciese, no había reparado en que desde arriba sus senos estaban coronados
por el pináculo marrón y duro de sus pezones.
Intenté conseguir la misma presión en sus pechos pasando de
oprimirlos con mis manos a dirigirlos desde las pequeñas piedrecitas que se
hallaban en sus cumbres. Para ello hice presa con mis dedos, estirándolos hacia
arriba, arrancándole a su garganta un pequeño grito, y tratando de conseguir su
contacto. Sin embargo, por el salvaje empuje de mi sexo, aquello no parecía
conducir a buen puerto. Por ello decidí bajar la intensidad de la cabalgada y
centrarme en la manipulación de sus pezones, moviéndolos arriba y abajo y en
círculos y pellizcándolos. Al bajar la intensidad, recuperó la capacidad del
habla, si bien entrecortada por pequeños gritos.
- ¡Esto sí..., ay..., que es una...., ay..., follada! -me
dijo.
Y añadió, haciendo acopio de fuerzas y de un tirón:
- ¡Fóllame de veras!
¿De veras? ¿Cómo que "de veras"? ¿Que era lo que estaba
haciéndole en ese momento, follármela "de coña", "de broma"? ¿Un simulacro de
follada? Sabía que no, porque me había dicho que aquello sí que era una follada,
pero ese "de veras"... Obviamente supe que se refería a su coño, y lo recordé
como lo había tenido antes, empapado y jugoso y caliente, y supe también que
sería imposible: la imagen de su sexo frente a mi boca, la estimulación de mi
polla entre sus pechos y sus gritos provocados por mis manipulaciones en sus
pezones hicieron que estuviera a punto de estallar.
- ¿No lo querías en la boca? -le pregunté casi gritándole-.
¡Pues ábrela!
Y la abrió. Aunque, la verdad, no sé si para lanzar otro
grito, para decirme que de eso nada y que se la hundiera entre las piernas o
para recibir mi semen. El hecho fue que en el mismo momento en que la abrió
separé yo mi polla de su canalillo y, dejándome vencer hacia adelante, comencé a
manar una leche cálida y espesa milisegundos antes de hacer contacto con la
humedad que habitaba entre los labios de su cara.
El primer lanzamiento seminal, quizá por cuestiones de
movimientos inerciales y parábolas varias, salpicó su pelo. El segundo ya se
produjo dentro de su boca. Y el tercero. Conté hasta siete espasmos
eyaculatorios, aunque muy posiblemente en alguno de ellos no saliera líquido
alguno de mi sexo. La cuestión es que me quedé como muerto, hincado de rodillas,
apoyado sobre mis manos por encima de su cabeza, mi polla hundida en su boca
bañándose en el líquido que se formó de la unión de su saliva y mi esperma.
Aunque mis dudas sobre sus verdaderas intenciones al abrir la
boca aún estaban allí, creo que acerté y que no se sintió ofendida porque, justo
sobre la punta de mi glande, sentía el juguetear de su lengua. Me dejé hacer,
aunque separé un poco mi pubis de su cara para que pudiera respirar mejor.
Notaba cómo ella iba tragando poco a poco la mezcla líquida que habíamos
formado, sin dejar de lamer y mover los labios en torno a mi sexo. De repente,
sentí como un movimiento extraño.
Me giré y vi cómo, con una mano y sin sacarse mi miembro de
la boca, apartaba su tanga y se masturbaba. Así estuvimos un corto lapso de
tiempo porque, a poco de comenzar con su juego digital, torció la cabeza casi
escupiendo mi polla y, con un gemido largo y medio apagado, se corrió
suavemente.
Exhaustos por los esfuerzos realizados, quedamos tirados en
la cama. Yo me dormí, y supongo que ella también. Cuando desperté aún era de
noche y, extrañamente, estábamos con las cabezas en la almohada. Igual en ese
momento al que llaman duermevela habíamos ido poco a poco situándonos de
la forma más común para el descanso, no sé. Sí que se que era de noche y que
tenía su melena justo delante de mi cara.
Ella dormía en aquel momento. Estábamos tumbados sobre el
costado derecho, muy juntos. Tenía mi brazo derecho pasado por debajo de su
cuerpo a la altura de su vientre y el izquierdo recostado sobre su cadera. Me
llamó la atención lo extraño de la posición, porque yo soy incapaz de dormir
abrazado a nadie. Supongo que el cansancio provocado por los juegos anteriores
había conseguido que cayera dormido como un tronco, en lugar de las frecuentes
vueltas que suelo dar sobre el colchón hasta conciliar el sueño. En todo caso,
no recordaba cómo ni cuándo nos habíamos puesto en la caprichosa pose en la que
me desperté. Y aún era de noche.
Mi mano izquierda sobre su cadera descubrió que por toda
prenda ella llevaba el conocido tanga que aún no había tenido tiempo de quitarle
y que, por ello, había frustrado el prometedor polvo. "Aún así", pensé, "tampoco
ha estado nada mal".
Repasé mentalmente lo acontecido desde la lectura poética
hasta aquel mismo momento. No soy persona que triunfe con los individuos del
sexo complementario con tal facilidad que pueda decirse que el estar acostado
con Susana después de dos orgasmos fuera algo esperado o supuesto. Ni lo uno ni
mucho menos lo otro. Me sentía, mientras notaba mi mano derecha en su vientre su
tranquila respiración en el sueño, el rey del mundo.
Aun así, ¿por qué yo, esa noche, compartía cama y placer con
Susana Monóver? Quizá había sido un capricho suyo, sola en una ciudad que puede
que no conociera lo suficiente, con ganas de fiesta. O igual de echar una cana
al aire. No le había visto anillo ni señal en ningún dedo que hiciera suponer
que había alguien esperándola en Madrid cuyo lugar estaría ocupando yo esa
noche. Pero lo de las "ganas de fiesta" tampoco acababa de convencerme. Ni soy
un bailarín de discoteca ni un mazas de gimnasio ni nada parecido, sino
posiblemente el tipo más vulgar que alguien pueda encontrarse por la calle.
¿Ganas de fiesta, y me elige a mí? Raro, muy raro.
Recordé que me había confesado durante la cena que no conocía
a Alejandro. Entonces, vino a mí, se me acercó, quizá dolida por usurpar su
puesto en la lectura, con ganas de venganza lingüística… y con la conversación y
la situación, había acabado en venganza lingual.
Estuve dándole vueltas a la cosa durante un tiempo, aunque al
final llegué a la conclusión de que venía dando igual la causa. Estaba encamado
con una mujer totipotente y bellamente arrabalera, así que, ¿para qué
más?
Repasé entonces lo sucedido en esa misma habitación. Caí en
la cuenta de que seguía habiendo en el ambiente un cierto olor a sexo
desbordado, ese olor mezcla de fluidos y de sudor que, la verdad, me encanta.
Olí su melena: olía a lo mismo, a placer buscado y conseguido y disfrutado y
compartido. Y claro, uno que no es de piedra, comenzó a empalmarse.
Separé con cuidado mi cuerpo del de Susana, porque no quería
despertarla con mi erección. Sin embargo, tampoco podía separarlo demasiado,
porque eso habría supuesto sacar mi brazo derecho de debajo de su cuerpo y ahí,
fijo, sí que la habría despertado.
Al estar yo desnudo, andar mis bajos volviendo a las andadas
y no poder separarme lo suficiente, no tardó la punta en rozarse con una de sus
nalgas. Pero era apenas un roce, una caricia casi, como las que provocaba mi
mano en su cadera, no tenía porqué romperse su sueño por eso. Quizá, me ilusioné
en pensar, ni se diera cuenta. Pero me ilusioné vanamente: se dio cuenta.
No llegó a despertarse, pero su respiración se alteró: se
hizo más profunda, más sentida. Al mismo tiempo, movió su culo entangado hacia
donde mi polla había intentado ganar refugio, de tal modo y manera que quedó
aprisionada entre sus dos nalgas y mi vientre, mirando hacia arriba, casi
mirándome a los ojos y diciéndome, la pobrecilla: "ya que estamos, iremos al
sacrificio… ¿no?".
Traté de hacerle entender a mi sexo excitado que no, que no
iba a despertar a Susana para únicamente follar, que no me parecía serio porque,
a fin de cuentas, ella tenía derecho a reposar, después de lo bien que nos había
tratado a ella –mi miembro- y a mí. Pero la carne irrigada en sangre que había
ganado conciencia propia entre mis piernas me dijo que de eso nada, que fíjate
tú lo suave que es su culo y que parece que incluso lo está moviendo levemente,
que a ver si me había figurado yo que con esos estímulos iba ella a ser capaz de
estarse quieta y, por último, que o la metía yo dentro de su coño o se metía
ella donde primero pillara, y que ya había oído yo las opiniones de Susana sobre
el sexo anal aquella noche.
Era talmente un ultimátum lo que me dio mi polla erecta.
Entiéndase que no pude decir que no, porque los daños podían haber sido
irreparables. Así que deslicé mi mano izquierda desde las caderas de Susana
hacia su pubis y traté de apartarle el tanga del sexo con sumo cuidado. Mi brazo
derecho, testigo de su sueño, estuvo a la escucha: si hubiera habido cualquier
cambio por minúsculo que fuera en su respiración, habría cesado automáticamente
en mi tarea. Pero no lo hubo. Incluso ella, con un movimiento mecánico, separó
un poco las piernas para permitir que mi mano llegase hasta encima de su sexo.
Pude sentir con la punta de mis dedos que se había humedecido levemente. "Igual
esté teniendo un sueño erótico", pensé. Y aparté con cuidado la tela.
Pero aún así, no era sencillo conseguir la posición idónea
para penetrarla desde atrás. Mi polla iba dirigiéndome, traicionera, hacia su
culo y no hacia su coño. Mis movimientos eran lentos y cautelosos para evitar
despertar a Susana y, aún así, me daba la impresión de que ella era consciente
de todo, porque lentamente curvó sus nalgas para facilitarme la entrada de su
sexo. Con mi mano izquierda desde su pubis toqué la punta de mi polla y la situé
justo frente a su vulva.
Creí que se acababa el mundo cuando mi glande sintió el calor
de su humedad. Pero como el mundo no se acabó –cosas que tiene el mundo éste en
el que habitamos-, empuje con suma suavidad y noté cómo, sin problema alguno,
iba entrando mi miembro en ella, sin dificultad alguna. Y entró entero, hasta la
empuñadura, como los sables bien manejados por los buenos toreros. Cuando ya
estuvo dentro, habíamos quedado Susana y yo unidos por lo cárnico y pegados por
la piel, su espalda en mi pecho, sus nalgas en mi pubis, nuestras piernas casi
también en contacto. Y me moví.
Fui muy suave, nada de sacarla y meterla en plan martillo
neumático, sino casi más bien en plan gusanillo reumático. Despacio, lento,
sintiendo su calor y disfrutándolo mientras me iba empapando de ella, con
cuidado de no despertarla. En una de mis penetraciones, cuando llegaba hasta el
fondo, ella emitió un gemido. Paré. Quedé quieto como intentando no ser
descubierto. Sabía que en cuanto abriera los ojos iba a averiguar qué estaba
sucediendo, porque vaya… es de cajón: tenía una polla en el coño, eso no se le
escapa a la gente normal.
Por eso quedé quieto tras su gemido, pero no sucedió nada.
Desapareció el sonido de la habitación y comencé yo de nuevo a moverme despacio.
Mi brazo derecho detectó un nuevo cambio en su respiración. Para asegurarme de
que todo estaba bajo control, con mi mano izquierda realicé una leve
comprobación en sus pezones. La blandura hubiera significado que ahí no pasaba
nada, que su cuerpo no estaba reaccionando ante mis avances cárnicos en él y que
podía continuar sin problemas. Pero no fue eso lo que encontré.
Volvían a ser piedras. Sin embargo, mi polla me sacó de mis
dudas: "si aquí abajo está esto tan mojado, ¿cómo quieres que esté la cosa ahí
arriba?", me dijo. Jamás fue tan verdad eso de que los hombres pensamos con la
polla porque, al menos en este caso, pensé con ella y me pareció un pensamiento
de lo más razonable. Y ella gimió de nuevo.
Gimió, es cierto, pero ya no me detuve. Entre otras cosas,
porque su gemido vino acompañado de un ligero movimiento de caderas cuyo único
fin era conseguir que mi penetración fuera menos complicada y porque, además,
con el movimiento susurró algo así como "qué rico", "qué bueno" o "cómo me
gusta", como en sueños. Sin duda, pensé, estaba teniendo un sueño húmedo.
Dicen que los sueños se componen de imaginación y memoria, y
que suelen ser expresión del subconsciente, cuando no del inconsciente, si se
cuela en ellos. La imaginación de Susana no se la conocía, pero desde luego la
memoria a corto plazo, que sí juega papel importante en el soñar, no podía ser
otra que los excesos lúbricos compartidos conmigo en aquella habitación. Así que
andaba soñando con que me la follaba. Si su mente quería imaginar eso, ¿por qué
dejar a su cuerpo fuera del lote?
Cierto es, puede puntualizar alguno, que quizá era la memoria
a largo plazo la que estaba en acción en aquel momento en Susana. Ahí el
argumento anterior parece que haga aguas, pero sólo lo parece. En efecto, si
ella soñaba con sexo, a mí, que no soy celoso, me daba igual que fuera conmigo o
con cualquier otro –o cualquier otra, naturalmente-. La cuestión principal era
que su cerebro estaba montándose una peliculita grata mientras su cuerpo quedaba
al margen. Y eso sí que no, que el cuerpo también es criaturita del Señor y
tiene su derecho a divertirse.
Lo dicho: que no paré. Ojo, tampoco aceleré. No por falta de
ganas, en un principio, sino por no despertarla. Lo que pasa es que uno, porque
es de fácil contento, cuando le encuentra el gustillo a algo no intenta
cambiarlo porque sí. Y le estaba encontrando el gustillo a ese sexo dormido y
lento.
Sentía cómo se me iba empapando la polla con sus fluidos y
eso, cuando se ejerce de mecánico fornicante con la quinta metida hasta el
fondo, a veces se pierde. Cada tiempo tiene su afán, que decían los antiguos, y
mi afán en aquel justo instante era quedarme muy abrazado a Susana mientras mi
miembro jugaba en sus adentros. Y vaya si jugaba.
Porque una cosa es que fuera lento y delicado y otra muy
distinta es que fuera monótono. Gracias a la posición que ella en su sueño había
adoptado, la penetración era cómoda y sencilla lo que, liberado del esfuerzo
físico de otras poses más parecidas a la gimnasia que al fornicio, permitía
alguna que otra filigrana.
Por ejemplo, el profundizar en el tema hasta no poder hacerlo
más y trazar –o intentarlo- círculos dentro de ella a base de movimientos
pélvicos. Por ejemplo, también, el jugar al "como sí": ahora la endiño, pero
paro a mitad, ahora la saco, pero no llego a hacerlo del todo… es como si la
metiera, pero no; como si la fuera a sacar, pero no… Cualquiera es muy libre de
pensar que estos intentos míos de filigranáticos no tenían ni un ápice, pero yo
me entretenía en ellos. Y eso era interesante.
Primero, porque tenía sueño. Recordemo