Mi Vecino
Era un domingo en la tarde cuando lo vi llegar, la casa de al
lado estaba desocupada, hacía mucho tiempo, por eso me quedé pegada mirando a
los nuevos inquilinos bajar sus cosas y acomodarse en su nueva casa, me pareció
que era un matrimonio y su hijo y no puede evitar clavar mis ojos en el hermoso
cuerpo de aquel joven que vestía pantalones cortos y una polera muy ajustada.
El tiempo pasó y los nuevos vecinos poco a poco comenzaron a
ser nuestros amigos, mi marido se entretenía mucho con el joven conversando de
fútbol y de su trabajo, yo, entre tanto, comencé a tener una gran admiración por
el chico, lo encontraba dulce y muy caballero, era alegre, simpático y muy
inteligente, no sospechaba qué, en su mente, elucubraba innumerables deseos
lujuriosos hacia mí.
Una noche estaba sola, mi marido se había ido a uno de sus
interminables viajes de trabajo, el verano me hacía presa fácil del calor y la
libido me despertaba el deseo de estar en los brazos de un hombre que me hiciera
apagar la sed de el amor, el joven golpeó mi puerta so pretexto de pedir un
favor que ya ni recuerdo, sentí su mirada penetrante y deseosa pero pretendí que
nada estaba pasando, por eso, lo invité a pasar y le ofrecí algunas copas de
vino.
La noche comenzó a avanzar lentamente, nos reímos a
carcajadas, yo me sentía otra vez en mis veinte años y sin pensarlo el tenor de
la conversación se volvió más sedicioso y profano, él comenzó preguntándome por
mis apetencias y gustos más exóticos y yo me desinhibí al punto de contarle
hasta lo más íntimo de mi ser, me sentía jovial y dichosa y con el correr de los
minutos, más deseosa.
En un acto involuntario, mis pezones comenzaron a erectarse,
producto de la lujuria que despertaba en mí, aquel joven hermoso y varonil, mi
sexo comenzó raudamente a ser lubricado por caldos ardientes que manaban
eufóricos por entre mis piernas, mis labios deseaban con bravía un beso ardiente
de aquel galán, y él lo noto al instante , por eso, se me lanzó encima como una
flecha y me embarcó en un viaje de besos ardientes y paganos, en donde su lengua
gruesa y babosa hurgueteada cada milímetro de mi boca, sus manos recorrían en
orbitas mis pezones duros y las mías buscaban con afán su tan deseado sexo.
Sentados en el living de mi casa, me desnudó de súbito, mi
cuerpo de cuarenta años, se estremecía con su caricias fuertes y sus succiones
en mi vientre, sus manos recorrían mi cuerpo dándome un placer incalculable y su
lengua nadó incansable hasta llegar a mi caverna para poseerla, la sentí entrar
y salir como desaforado de ella y mis bramidos se hicieron mas intensos, jalaba
su pelo para descargar así mi pasión, mientras él daba pequeñas succiones en mi
clítoris, todo era monumental y para él, lo imperioso era hacerme disfrutar las
maravillas que mi esposo nunca me había dejado conocer.
Me rendí a su fuerza y me tendí el la alfombra, como todo un
maestro besó mi cuerpo por completo, mis pechos, mi vientre, mi espalda, mi
sexo, mi ano, el joven vecino era un maestro, a sus veinticinco años sabía
exactamente qué hacer y donde tocarme, sus manos eran espadas que se clavaban en
mi caverna, mientras su boca mordía con finura mis pezones erguidos para él y mi
cuerpo se convertía en un alud de acciones, que dejaba que aquel macho cabrio,
hiciera de las suyas en él.
No fue necesario que yo invadiera su sexo con mi boca, me
acomodó de rodillas y sin previo aviso me penetró con una fuerza increíble,
sentía su cetro de venus entrar y salir de mi cuerpo con una fuerza y quiméricos
movimientos que casi me dejan sin respiración, mis quejidos pasaron a bramidos y
luego, a gritos desaforados, producidos por la voluptuosa y magna escena que
estaba realizando y por el gran tamaño de su poder.
Estaba cumpliendo con todas mis fantasías, y me sentía plena,
sin ninguna ignominia, mientras dejaba regar toda mi polución por la alfombra él
me acomodaba de mil maneras diferentes, tiraba de mis cabellos y ponía mis
piernas en sus hombros, yo estaba prendada.
En un momento pensé que él joven nunca acabaría, pero
afortunadamente, para ambos, no fue así, al oído me susurró que ya era su tiempo
de tocar las estrellas, habían pasado más de cuatro horas de lujuria casi
ininterrumpida y el descanso se convertía en una premura, por eso, me puso boca
abajo y ligeramente de lado, abrí un poco las piernas y él se tendió encima de
mí, con una mano acarició con fuerza mis pechos y con la otra, hurgueteó
indecoroso mi caverna, acomodó su poder entre mis nalgas y lo clavó dentro de mí
con tal fuerza, que casi me hace escapar, pero me sujetó con bravía y me
convenció al instante de continuar aquel camino, besando mi cuello, apretando mi
cuerpo y estimulando mi clítoris en grado sumo.
Entonces comenzó su cabalgata ardua, profunda y sediciosa,
pude sentir el temblor de su cuerpo en mi espalda y pensé que no podría
esperarlo más, hasta que me dio la buena noticia de que podríamos llegar juntos
al nirvana, por eso, intenté acrecentar mis movimientos hacia él, hice lo que
pude, y de pronto, sentí la magnificencia de mi orgasmo que me dejó sin aliento
y a los segundos, la de él que quedo casi sin respiración.
Nos quedamos recostados sin hablar por un par de minutos, no
sabía que decirle, quería agradecer tan noble tarea hacia mí, pero no
ambicionaba comprometerlo. No tuve que decir nada, cuando se reincorporó, me
miró a los ojos, me besó sutilmente y me dijo sin preámbulos: "¡Quieres que sea
tu amante?". Hasta la fecha, cada vez que mi marido se va de viaje, mi buen
vecino me visita.