Un calor poco habitual para los
primeros días de un febrero loco, nos hacía más duro el trabajo de aquel viernes
para todas las personas de mi empresa. Era horrible sentir que nos faltaba el
aire y, encima eso... viernes, con todo el estrés que esa palabra provocaba a
mis compañeros y a mí misma. Por fin, el reloj nos dio el alivio que todos
necesitábamos: las cinco en punto de la tarde.
Todos se fueron yendo poco a
poco. Me quedé unos minutos con mi jefe para ultimar los detalles de lo que iba
a ser la faena para el lunes. Acabada esta tarea de última hora, mi jefe me
propuso irnos juntos en un taxi, puesto que yo tenía prisa, porque había quedado
con mi madre para ir a hacer unas compras, y él debía ir a llevar el material
acabado a su tienda. Con las chaquetas en la mano y los bolsos colgados, fuimos
a una calle principal a coger el taxi. No tardamos en encontrar uno libre.
De camino a la tienda de mi
jefe, éste y yo no parábamos de hablar, pero ya no de faena, sino de cosas
nuestras, personales, pero no tanto, ya que había una persona extraña a la que
no le debía importar nuestros diferentes asuntos privados.
Parados en un semáforo, no pude
remediar mirar al retrovisor central del coche, ya que hacía rato que me sentía
observada. No me equivoqué. En aquel espejo me encontré una mirada dulce,
intensa, limpia, verde...; el taxista no quitaba su vista de mí. Aquello me hizo
bajar la mirada y me produjo tal rubor, que el calor crecía y crecía a pesar del
viento fresco que entraba por la ventanilla del coche en marcha. Yo creo que él
se dio cuenta, porque nos preguntó si preferíamos que pusiera el aire
acondicionado... bueno, no lo creo; estoy segura de que se percató.
Ya estábamos frente a la tienda
de mi jefe, se bajó no sin antes darle al conductor lo que marcaba el taxímetro
y decirle que yo seguía con mi viaje, que me llevara adónde yo quisiera ir. El
taxista me llevó donde yo deseaba ir... por supuesto que lo hizo...
Sin nadie más, solos aquel
taxista y yo, con el sonido de fondo de su radio, intercambiamos nuestras
primeras palabras que se acabaron enlazando para crear una conversación. Él
seguía mirándome, de forma intermitente, a través de aquel retrovisor, pero ya
no me costaba sostenerle la mirada. Supongo que sería la conversación.
Aparte de aquellos maravillosos
ojos verdes, aquel chico era extremadamente atractivo para mí. En el cabezal de
su asiento, reposaba su media melena negra, algo ondulada y bien cuidada. Sus
hombros parecían fuertes, al igual que sus brazos, bien marcados por una
camiseta ajustada de color rojo. Por lo poco que podía ver de sus piernas,
también tenían pinta de estar bien formadas, con aquel vaquero apretado y
desgastado que llevaba. Sus labios estaban bien perfilados, carnosos, en medio
de una pequeña barbita bien cuidada.
Sin saber cómo, la conversación
acabó derivando a algo más íntimo y, de ahí, al sexo. Ya era imposible que yo
apartara mi mirada de él. Hablando de nuestros gustos sexuales sin tapujos, nos
dimos cuenta de los muchos puntos que teníamos en común y de aquellas fantasías
que el uno había realizado y el otro se moría por probar.
-No puedo creer que tú hayas
hecho eso... Y encima me dices que lo hiciste hace tiempo... pero, ¿cuándo? ¡Si
apenas eres una niña!
-No creas que tan niña; tengo 24
años y me inicié en el sexo (con penetración) el día que cumplí los 16. Ocho
años de experiencia y experiencias dan para mucho, ¿o no?
-Joder, parecías más joven
todavía. Yo tengo 32, pero no tengo tanta experiencia como tú, nena.
Nos dio la risa y tardamos en
poder parar de reír, para seguir hablando. Incluso temí tener un accidente y
todo... No dejaba de decirle: "No te rías y mira hacia delante, niño" Aquellas
palabras sólo sirvieron para que siguiera riendo un rato más.
Cuando por fin se pudo,
reanudamos la conversación el en punto ardiente donde la dejamos. Creo que
ninguno de los dos pudimos evitar excitarnos con todas aquellas palabras que
intercambiamos, porque las miradas de ambos pasaron a ser de deseo y, de vez en
cuando, lo miraba mordiéndome levemente el labio inferior, para que el deseo se
hiciera más latente de lo que ya era.
Para horror de los dos, ya
habíamos llegado a mi destino y tocaba despedirse; quizás nunca más
coincidiríamos. El taxímetro marcaba 16,40€. Cogí mi monedero para buscar el
dinero.
-Si me dices tu nombre, me das
tu número de móvil y me dices que nos vamos a volver a ver mañana por la noche,
esta carrera corre de mi cuenta.
¿Qué le podía decir a ese chico?
Estaba deseando darle todo lo que él me pedía, pero, por supuesto, lo de menos
era el dinero de la carrera. Y él estaba ahí, mirándome a los ojos, cara a cara,
sin retrovisor de por medio. Mi respuesta fue un si rotundo, claro.
-Pero con una condición, Sergio.
Mañana por la noche te invito yo a cenar. Eso correrá de mi cuenta. Así
estaremos en paz.
-No me puedo negar si me lo
dices con esa carita. Lo que ganaré será mucho...
¡Dios, como me excitaba ese
hombre con el tono de su voz, esa manera de mirarme con esos ojazos! Me bajé del
taxi, muy a mi pesar y me alejé rumbo al lugar donde había quedado con mi madre,
que todavía estaba por llegar. Sergio dio la vuelta en un lugar seguro para
marcharse en dirección al centro de Barcelona. Hizo sonar el claxon para que me
girara y mirarnos por última vez antes de acelerar su coche.
Qué lento nos parece que corre
el tiempo cuando estamos pendientes del reloj. El sábado se me estaba haciendo
eterno. Una llamada de Sergio hacia las doce del mediodía, puso hora y lugar
para el encuentro: me pasaría a buscar a casa a las nueve de la noche. Pocas
veces en mi vida estuve tan nerviosa como ese día.
Las nueve menos diez de la noche
y mi teléfono sonando.
-Estoy fuera, esperándote. ¿Ya
estás lista?
Mientras hablaba con él, salí
por el portal de mi casa. Me acerqué a su coche, pero no sabía por qué puerta
meterme. Boba de mí, me reí sola con mis tonterías e intenté serenarme y no
dejar que los nervios me dominaran. Cogí aire de un golpe y lo expulsé despacio,
acto seguido, entré en el coche. Nuestros "Hola" sonaron igual de nerviosos,
pero, aún así, nos acercamos el uno al otro para darnos un pequeño y tímido
primer beso.
El cine y la cena que
compartimos fueron de lo más divertidos. Con un sentido del humor tan parecido,
las bromas y chorradas, nos hicieron reír todo el tiempo. Ya de vuelta en el
coche, en el parking de aquel centro comercial, dejamos de reír. Se hizo un
pequeño silencio. Nuestras miradas nos decían "Ven", el uno al otro. El segundo
beso no tardó nada en llegar. Nos besamos de forma intensa y muy apasionada;
entrelazando las lenguas, apretando los labios de uno en los labios del otro,
saboreando bien cada rincón de nuestras bocas. Ese beso iba acompañado, claro,
de nuestro primer abrazo, de nuestras primeras caricias. Mis manos y las suyas
iban recorriendo el cuerpo del otro, con curiosidad, con ganas de explorar. La
gente pasaba por delante de nosotros, pero ninguno de los dos vio a nadie. Sólo
existíamos él y yo.
-Quiero estar contigo, mi niña.
Vamos a un lugar que conozco.
Sergio arrancó el coche y nos
fuimos a un pequeño hotel, discreto, moderno, de buen aspecto. Entramos cogidos
de la mano y si dejar de hacernos arrumacos.
-¿Cuántas horas van a estar?
-dijo el hombre de la recepción
-Si puede ser toda la noche, nos
haría un favor. -le contestó Sergio con una amplia sonrisa.
-Si, claro, no hay ningún
problema. Esta noche no ha venido casi nadie.
El señor nos dio la llave de la
habitación y nos indicó donde estaba ubicada, Sergio abrió la puerta despacio,
sin dejar de besarme. Entramos. La habitación tenía una luz tenue, la cama era
grande, y habían velas y bebidas, todo lo ideal para una buena noche de pasión.
Sin poder remediarlo y no dejar
que aquello se alargara más, Sergio y yo nos lanzamos el uno a por el otro. Un
choque de trenes. Ya no nos besábamos, nos devorábamos la boca y, casi, nos
arrancábamos la ropa a tirones. Estábamos desnudos, tumbados en la cama. Paramos
de besarnos un segundo y nos miramos a los ojos. La forma de tocarnos y besarnos
se tornó calmada, sin prisa, pero sin pausa.
En ese momento me di cuenta que
había algo que se me había pasado por completo; su miembro estaba duro y desnudo
para mí. Con un movimiento rápido, lo saqué de encima de mí y lo tumbé boca
arriba en la cama. De su boca, mi boca bajó por su barbilla, acariciando con mi
lengua los pelos de su escasa barba, siguió por su cuello, delineó su pecho,
lamiendo y atrapando con los dientes sus pequeños pezones, siguió su camino por
el ombligo y se detuvo en su polla, tan erecta, de forma perfecta y libre de
vello púbico.
Abrí la boca para atrapar su
rosado y mojado glande. Mi lengua jugaba con él mientras mi mano acompañaba con
movimientos en el tronco de la verga. Sus huevos estaban tan duros como el resto
de su miembro. También a ellos les dediqué buena parte de mi mamada. Sergio no
dejaba de jadear a cada movimiento de mi boca y mi lengua en su rabo. Volví a su
grande, el cual succioné como tratando de sacar todo lo que había en él. Un
fuerte gemido acompañó este acto. Volví a la boca de Sergio a besarlo, mientras
éste seguía temblando. No podía remediar seguir tocando su rabo con mi zurda. A
mis caricias en su entrepierna las acompañó las caricias de Sergio en mi coño,
extremadamente mojado y deseoso de atrapar todo lo que este hombre pusiera a su
alcance.
Los dedos de Sergio se movían
hábilmente por mi raja, se ocultaban y volvían a salir. Yo no podía dejar de
tener orgasmos, uno tras otro. Bajó su boca hasta mi coño sin sacar sus dedos de
mí. Lamió y lamió, con devoción, cogiendo mi clítoris entre sus labios,
pasándole la lengua, clavando los dedos de una mano en mi chocho, los dedos de
la otra en mi culo. Estaba tan dilatada ya, que si hubiera intentado meter los
puños, lo habría conseguido con toda seguridad en ambos agujeros.
Mientras él me trabajaba los
bajos, su polla y su culito se quedaron a mi merced. Me acerqué, le agarré bien
el rabo con mi mano izquierda, con la diestra comencé a acariciarle su
agujerito. Mi lengua iba de una lado a otro, de su verga a su ano. Aquello le
puso a mil, porque el ritmo de su lengua en mi sexo se aceleró de forma
frenética lo que provocó que mis orgasmos me llegaran a producir una sensación
de vértigo increíble. Los espasmos de mi vagina eran tan fuertes que obligaron a
Sergio a sacar sus dedos de mí. Se tumbó a mi lado y me abrazó con esa dulzura
que hacía tiempo que no sentía. Apaciguó mi fuego con tiernos besos y esperó,
tranquilamente, a que yo me repusiera para seguir amándonos.
Entrelazamos las manos, sus ojos
fijos en los míos. Se puso encima de mí, con sus piernas abriendo las mías, su
polla erecta marcando el camino a seguir, sabiendo cual era su lugar, su cálido
cobijo. Su capullo encontró la entrada de mi vagina y comenzó a abrirse paso,
despacio. Temblaba sintiendo cada centímetro de su verga dentro de mí, fuerte,
caliente. Su cuerpo atlético encima del mío, sus manos dibujando mis apretadas
redondeces, mis manos atrapando sus nalgas, su boca pegada a mi cuello, la mía
echando gemidos al aire. Sus intensas embestidas me hacían vibrar una y otra
vez. La energía sexual de Sergio era fantástica y su rabo se movía tan rápido
dentro de mi coño, que éste chorreaba, con abundancia, de gusto.
Encima de él, mi larguísimo pelo
rojo rizado y suelto caía sobre su hermosa carita y nuestros alientos se
juntaban en cada descanso que nuestras bocas se daban. Su pene, de considerable
medida y grosor, parecía llenar todas mis entrañas con aquella profundidad que
esa postura nos permitía disfrutar.
En un brevísimo descanso, saqué
de mi agujero delantero su buen rabo, me lamí y humedecí bien un par de dedos de
mi mano derecha y, con toda aquella saliva, lubriqué mi ano. Metí en él un dedo,
luego tres, para empezar a abrirlo. También jugué con mi sexo, hundiendo mis
dedos para extraer mis flujos y colaborar en la labor de mojar mi otro
agujerito. Listo mi culo, cogí su polla, puse su capullo en la entrada y fui
sentándome sobre él.
El rabo de Sergio fue rasgando y
abriendo, uno a uno, los anillos de la entrada de mi recto. Aquello me produjo
un pequeño dolor, pero tan placentero, que gocé como una loca cuando su polla se
encajo por completo. Profundamente acoplados, comencé a cabalgar lentamente. Su
nabo se deslizaba cada vez con mayor facilidad, lo que permitió que mis
movimientos se volvieran más rápidos y poder galopar sobre mi macho.
Sin sacar su verga de mí, Sergio
hizo que me tumbara cara abajo, él encima de mí. Mis piernas cerradas
intensificaban la presión que mi agujero posterior ejercía en su polla. El
placer que ambos sentíamos en aquel momento, nos hacía gemir, sin poder evitar
el alto volumen de éstos.
Con mi cara sobre la almohada,
de lado, mi pelo se pegaba a ella a consecuencia del sudor. Con su mano, mi
chico me los apartó, colocándolos tras mi oreja y dedicándome tiernos besos en
aquel único perfil visible de mi rostro encendido por la pasión. Sacó su verga
de mí, me tumbó boca arriba, quitó el resto de mi cabello pegado y, mirándome de
la forma más intensa posible, me dio un dulce beso, el mejor que jamás me
dieron.
En aquella postura y sin dejar
de besarnos, abrazados, con su miembro duro entre mis piernas y sobre mi sexo,
noté su espesa y caliente leche saliendo de él acompañada de unos fuertes
espasmos. Estreché con más fuerza a Sergio entre mis brazos, como queriéndole
dar todo el cariño que este hombre había empezado a despertar en mí.
Con la boca seca, algo cansados
después de más de dos horas de intenso sexo, buscamos en el mini-bar un par de
refrescos, dimos unos cuantos sorbos y fuimos directos a la ducha a aliviarnos
del calor y del sudor.
El agua y el jabón resbalaban
por nuestros cuerpos. Sus manos frotaban el mío, las mías el suyo. Fue tan
delicioso deslizar mis manos por todo su fuerte cuerpo y seguir encontrándome,
una y otra vez, aquellos ojos color verde mar enfocados en los míos, marrones,
todavía tímidos. Acabada la ducha y liados en las grandes y blancas toallas, con
el olor a jabón en nuestra piel, nos tumbamos en la cama, acabamos el refresco
y, abrazados, nos dormimos a la luz de una aromática vela.
Fue tan increíblemente bello
despertar a su lado...
Ya fuera del hotel, el astro rey
que lucía la mañana de aquel domingo de febrero, nos deslumbraba. Dirigimos
nuestros pasos a un pequeño bar ubicado en la esquina de la misma calle del que
había sido nuestro nidito de amor. Dos bocadillos de jamón serrano, con su "pa
amb tomàquet" (pan con tomate, en catalán) y su chorrito de aceite de rigor, y
dos cafés con leche fue el desayuno que acompañó a nuestras imperturbables
miradas. Imposible separarlas desde que se cruzaron por primera vez dos tardes
antes.
Montados en el coche, pusimos
rumbo a mi casa. Mi mano izquierda descansó todo el trayecto sobre su pierna
derecha; se deslizaba de arriba a abajo, de la ingle a la rodilla y viceversa.
Ya frente al portal de mi edificio, Sergio detuvo el vehículo y hablamos un rato
más. El Cd que había puesto en la radio seguía sonando de fondo. Nuestras voces
se cortaron con las primeras notas de una canción: el grupo El Último de la Fila
con su tema "Las hojas que ríen". La primera reacción de ambos fue callar, la
segunda... subir el volumen. Los dos en silencio con el sonido de aquella
canción, los ojos fijos en el otro, a la melodía le acompañó un "Quiero pasar el
resto de mi vida contigo" saliendo de la boca de Sergio. Nos besamos.
Nunca antes una frase había sido
dicha con tanta precisión. Pasé con él todo el tiempo que le restaba de vida;
los mejores siete meses de mi, hasta la fecha, existencia. Una mirada nos unió,
el amor mantuvo esa unión, la hizo más fuerte, el sexo la complementó, la
sinceridad le proporcionó estabilidad, el respeto mutuo la tranquilidad.
Si bien la vida me ha puesto
diferentes personas en el camino con las cuales he compartido amistad, cariño y
sexo, del más simple al más morboso y excitante, nadie ha logrado impregnar mi
alma con tanta delicadeza. El Sol brilla cada día, aún detrás de la espesas que
provocan lluvia.
Todavía tiemblo al oír aquella
canción...
MISSHIVA