Ni sé como pude llegar al lugar de la carretera en que me
cambiaba de indumentaria para regresar a casa con el aspecto de mujer respetable
y no de la miserable esclava y prostituta que realmente era. Mi corazón latía a
punto de reventar por la angustia que me producía la nueva situación. No paraba
de pensar en mi familia, en mi trabajo, en mi vida en general. ¿Qué me esperaba
en el futuro? ¿Qué significaba aquella expresión de que no tendría problemas de
marido ni de trabajo? ¿Por qué me recogería en casa esperándolo en cueros? ¿Cómo
me haría salir de mi casa? ¿Qué pasaría con mi pequeña Corina? …. Yo recordaba
que se la había mencionado durante el acto de mi venta, pero no recordaba la
causa. Daba igual. Mi primera preocupación era yo misma.
Pero incoherentemente mi coño soltaba jugos rabiosamente.
Aquel hombre me había impactado. Seguro de todo y sobre todo de sí mismo.
Imperativo. Altivo. Me había embelesado sobremanera la forma en que había
expresado incontestablemente su absoluto dominio sobre mí. Y lo había
conseguido. Y, además estaba un hecho que aún hoy en día me avergüenza confesar:
Iba a ser más estricto que mi antiguo Amo y tenía intención de explotar mi
cuerpo de una manera más intensa e implacable.
Esa reflexión me llevó a recordar los tiempos de mi doma
inicial en la SEC. En la institución hay tres niveles de doma: Suave, Intermedio
y Estricto. Mi Amo me inscribió en el Suave, pero una de las lecciones incluidas
en el programa era la de contemplar las actividades de adiestramiento de los
esclavos inscritos en los niveles superiores. La intención era obvia: si no te
sometes dócilmente tu amo te pasará al nivel superior, pagará más por tu
educación y sufrirás más. O sea, una esclava de ínfima calidad. Una infamia para
siempre en tu pedigrí de sumisa.
Pero me avergüenza reconocer que la contemplación de las
operaciones de adiestramiento de esos dos niveles superiores impulsaba a mi coño
a regar mis muslos de manera absolutamente obscena, tanto que hasta los
domadores y domadoras lo percibieron y fui la risión de todos. Incluso en muchas
de las disciplinas a que eran sometidas las esclavas anhelé estar en su lugar.
Esas reacciones de mi lascivo cuerpo fueron las que me condujeron a la
convicción de que mi destino era ser un sumiso animal sexual disponible para
quien quisiese, pero dominado por alguien que no me obligase a pensar. Y parecía
que había llegado a ello en una medida muy superior a la que había logrado.
Tan enajenada estaba por poder cumplir las órdenes de mi
nuevo Amo que no dudé en concertar cita con mi salón de belleza habitual para la
depilación a sabiendas de que sería la comidilla de sus clientas. No me
importaba. Mi coño palpitante lo requería.
La forma de obtener una mayor holgura de las perforaciones de
mis pezones y clítoris me vino de inmediato a la cabeza: En el jardín de casa
había una acacia espinosa. Sus espinas correosas de casi un palmo de longitud
crecían en anchura desde la punta a la base, de forma que me resultaría fácil
insertarlas en mis pezones y mi clítoris e irlas empujando gradualmente para
forzar la amplitud de mis perforaciones. Para ampliar la capacidad de dilatación
de mis agujeros seguro que encontraba algún instrumento en la cocina.
Enfebrecida y ya provista de las espinas entré en casa
apresuradamente, fui a la cocina, tomé un calabacín y una zanahoria y me dirigí
a mi habitación saludando a la nada ya que mi marido aún no había llegado y a
Corina la había acostado la criada como era costumbre.
Me desnudé sin importarme adonde iban a parar las prendas y,
ante el espejo del baño privado de mi habitación, procedí a introducir las
espinas de acacia por las perforaciones de mis pezones hasta que sentí que
podían rasgarse. Igual hice con el agujerillo de mi clítoris, que me dolió mucho
más y me exasperó porque la introducción que logré con la espina era mucho menor
que con los pezones.
Después me metí en el ano la zanahoria, comprobando que no
era gran cosa a pesar de haberme parecido gruesa y seguí con la introducción del
calabacín en la abertura vaginal. También entró sin problema. Me puse nerviosa.
Aquello no valía para dilatar mis agujeros. Afortunadamente me acordé de que en
el frigorífico había visto pepinos.
En ese momento mi niña Corina llamó a la puerta.
- Mami, mami, no puedo dormir. Tengo sueños raros.
- Espera nena ahora te abro.
Me coloqué rápidamente unas bragas, para sujetar el calabacín
de la vagina y la zanahoria del ano, y un camisón para ocultar las espinas de
acacia de los pezones y le abrí la puerta.
- ¿Qué sueños tienes cariño?
. . . . .
Quizá deba comentar que mi hija Corina no me inspiraba ningún
cariño. La consideraba, y nunca mejor dicho, una hija de puta que mi Amo me
obligó a gestar para obtener mejores plusvalías sobre mi cuerpo. Pero, comparada
con sus dos hermanos mayores, si a alguien atendiese primero sería a ella.
Su nombre, que me costó un enorme combate con mi marido para
convencerle, obedece a una putita del burdel donde mi Amo anterior me explotaba
los primeros sábados de cada mes en uso de su derecho sobre mi persona, por
supuesto.
La putita, que no tendría más de quince años, fue vendida al
burdel por su padre por el precio de tres millones de pesetas de entonces y era
virgen. Un viejales apestoso y gordo compró su desvirgamiento por quinientas mil
pesetas, pero la Madame rectora del prostíbulo me pidió que acompañase a la nena
en su desvirgamiento para vigilar que el cerdo vejete no la estropease.
- Mira, yo le pago cien mil pelas a tu amo aunque no
intervengas, solo por estar. Solo vigila que el viejo no me estropee la
mercancía. El cabrón solo paga quinientas mil y la nena me costó tres millones.
Si la puedo reconstruir el virgo dos veces ya tengo un millón más. Después, a
razón de doscientas mil por cliente ya que es tan jovencita, la amortizo en
menos de dos semanas. El resto, pasta líquida.
- ¿Qué hago si el viejo la maltrata?
- No me has entendido: No importa que el viejo la maltrate,
el asunto es que no la estropee el cuerpo. ¿Lo captas zorra?
- Creo que sí Madame.
El caso es que cuando el viejo se hizo cargo de la putita
para llevarla a la habitación y la Madame le informó de la condición de mi
presencia, preguntó:
- Y pa que me sirve a mi esta zorra preñá?
- Es un servicio adicional de la casa. Dése cuenta que la
putilla es virgen y sufrirá un trauma. La ramera preñada es experta para
controlar la reacción de la niña y ayudará en que el servicio a tan distinguido
cliente sea a satisfacción.
- Pero puedo usar también a la preñá?
- Por supuesto caballero. Como usted disponga. Las
prostitutas de esta prestigiosa casa tienen un solo lema: "La opinión del
cliente es la base del salario". Si la ramera preñada no le auxilia a usted
también, además de a la virgencita, no cobrará su estipendio.
- Bueno, pos vamos con las dos putas. Si la preñá es gratis …
pos mejó. Ta güena también.
La Madame del prostíbulo aquél sería competente en la rutina
diaria, pero en lo excepcional demostró ser algo inepta. El caso es que quedamos
la nena y yo ante le cliente sin saber qué hacer. Y encima la niña se puso a
llorar, cosa de esperar viendo aquella ruina que pagaba por su primera
penetración vaginal.
Tomé la dirección del operativo.
- Bueno, caballero, venga con nosotras que veo está
disponible la habitación 23.
Tomé de la mano de la niña y del otro brazo al cliente y nos
dirigimos al lugar donde se produciría el desvirgue de la criatura pagado a
medio millón de pelas.
Sorprendentemente, tras entrar en la habitación y disponerme
a preparar a la nena, el viejales dijo:
- Ya que tengo dos putas por el precio de una, mostradme como
hacéis una tortilla.
- ¿Tortilla?
- Si, cojones, un numerito lésbico.
Fue delicioso cumplir la orden del cliente con la niña. Me
solacé con su fresco coñito pulcramente afeitado para su desvirgue y ella no
tuvo inconveniente, tras unos segundos de titubeo, en comer dulcemente mi
depilada almeja. El viejo decidió penetrarla cuando yo estaba tendida boca
arriba, y ella besando mis labios sobre mi y mi enorme barriga.
La sujeté dulcemente y la animé cuando notó el dolor del
desvirgamiento cuchicheando a su oído que pronto se pasaría y le gustaría, y
lamí las lágrimas que derramó. El viejo se corrió demasiado pronto para que ella
conociese el placer de un orgasmo. Antes de separarnos le pregunté:
- ¿Cómo te llamas?
- Corina.
- Corina se llamará la hija de puta que llevo en esta
barriga.
- Gracias.
El viejo se largó sin decir ahí os pudráis zorras, y mi
intención de procurarle el merecido orgasmo a la nena con mi lengua fue
frustrada por la Madame, que irrumpió con prisas en la habitación para
llevársela a fin de restaurarle el himen lo antes posible. No la volví a ver.
Días más tarde, la puta confidente y felpudo de la Madame,
hablando de las bajas y altas del prostíbulo, y comentando la suerte de La
Begoña, que se largó porque un cliente viejo pero adinerado la había pedido en
matrimonio, dejó caer:
- Lástima que otras no tengan tanta suerte. Como La Corinita,
que la han vendido a un burdel del Yemen, que sabe dios dónde esta ese sitio y
cómo son los indígenas.