La nena encontró su vocación Nena es mi princesa, pero hay
cosas que sólo se pueden hacer con una puta, ¿no crees?
Este relato lo escribo porque quiero compartir la historia de
mi muy reciente incursión en el delicioso mundo de la sumisión. Tengo diecinueve
años, siempre he sido una niña consentida, soy la hija más pequeña de una
familia de cinco hermanos, por lo que estoy acostumbrada a que me traten como
una reina. Mi hermano Luis que me lleva cuatro años es quien más me cuida, pero
irónicamente fue por él que me encontré con la única persona que me trata como
una perra: Gerardo, mi amo.
Él es amigo de Luis desde hace mucho tiempo, siempre me había
gustado por ése aire de chico malo que se carga, fue con él con quien tuve mi
primer "faje" como les decimos acá en México, es decir fue el primer hombre que
tocó a placer mi cuerpo, en aquel entonces también él me trataba como a una
diosa, y me encantaba, sus tatuajes, su pelo largo, su moto… pero transcurrieron
dos años para que nos hiciéramos formalmente novios. En contraste con su
apariencia es muy romántico, no pasaron seis meses antes de que le entregara mi
virginidad, fue de novela: entre un montón de jazmines (mi flor favorita) y a la
luz de las velas… aunque la penetración si fue bastante dolorosa, tal vez sea
debido a que hay una gran diferencia física entre él y yo, el mide 1.85 m. y yo
1.55m., además de que su miembro es de un muuuy buen tamaño.
Si bien nuestra situación económica es algo mejor que la
suya, Gerardo no es para nada pobre, pero a mi padre le molesta sobremanera que
trabaje en uno de los talleres mecánicos de su papá. Como es de esperarse mi
familia no lo soporta –excepto Luis, obviamente- según ellos yo soy una niña
bien, una princesa y merezco alguien mejor que "ese mugroso mecánico". Así
pasábamos por alto todos los obstáculos porque nos amábamos, Gerardo era
cariñoso, caballeroso y apasionado conmigo, me tenía mucha paciencia, pues ya he
dicho que soy muy caprichosa. Luego de casi dos años de noviazgo mis papás se
iban resignando, mi madre se mostraba complacida en ver que sus intereses eran
"serios", mis demás hermanos no opinaban, algunos habían sido compañeros de
Gerardo en la escuela y conocían su carácter explosivo y ciertamente violento.
El tiempo también fue trayendo cosas malas, entre ellas que
yo empezaba a llegar tarde a nuestras citas o le hacía esperar cuando iba a
recogerme y a él la paciencia se le iba agotando, cada vez soportaba menos mis
rabietas. Me reclamaba y me amenazaba con irse la siguiente vez que fuera
impuntual a un compromiso con él, yo le decía que no me importaba y que si me
dejaba plantada no se lo perdonaría nunca.
También teníamos problemas porque cuando salíamos con sus
amigos me sentía muy incómoda, varios de ellos eran también mecánicos o
traileros (conductores de camiones), que se me imaginaban una bola de
depravados, así que me iba vestida como una abuela; también le ponía cara porque
tomaban, aunque sólo eran una o dos chelas, luego no quería que se me acercara y
no lo dejaba besarme ni para despedirse, porque el olor de la cerveza siempre me
ha dado mucho asco, total que el pobre me aguantaba de todo, y se iba algo serio
pero resignado a su casa. Gerardo casi siempre dejaba el asunto por la paz, pero
muchas veces buscaba la forma de desquitarse, así que me hacía pequeñas maldades
y bromas.
Una de las formas en las que a Gerardo le gustaba divertirse
a mis costillas era burlándose de mi tonito infantil cuando pedía algo a mi
padre, y aunque no era demasiado en serio, me hacía la ofendida cada vez que me
imitaba o me llamaba "la nena de papá".
También un día durante una fiesta con mis primos se puso a
fumar –otra cosa que me molestaba- mientras yo bailaba, luego fui sentarme junto
a él en la barra y por alguna extraña razón apagó su cigarrillo en mis jeans, a
lo que respondí abofeteándolo pero él parecía muy divertido, me dio un beso con
la boca llena de cerveza y no sé cómo le hice para no vomitar.
Seguía teniendo momentos cariñosísimos, yo lo adoraba, en la
cama era muy dulce conmigo, me hacía el amor despacio, suavemente, para que no
me hiciera daño con ese enorme miembro que tiene, aunque frecuentemente me
insistía con que le dejara hacérmelo por atrás, pero yo nunca aceptaba, sólo de
vez en cuando le dejaba meterme un dedo ahí, pero nada más.
Estaba muy feliz con él, lo amaba, pero era una niña
malcriada y egoísta, y un día lo hice sobrepasar sus límites. Íbamos a asistir a
una fiesta con unos amigos suyos, nos quedamos de ver cerca de mi casa, pero
como siempre, se me hizo tarde, llegué veinte minutos después y él se había ido.
Le hablé furiosa por teléfono, le reclamé que se hubiera ido,
lo insulté y colgué. Ya que estaba tan bien arreglada se me hizo fácil ir a una
reunión con mis compañeros de la escuela. Ahí el coraje y los tequilas que me
eché me hicieron terminar bailando obscenamente con un chico, mientras los demás
nos rodeaban, Gerardo me llamó al móvil, pero al ver el número le colgué.
Pasaron cerca de quince minutos y cuando estaba quitándome la blusa para seguir
bailando en sostén, vi a Gerardo salir de entre la bola de curiosos, asustada
retrocedí, pero él de tres pasos se me puso enfrente, tomó mi muñeca con una
mano, con la otra hizo a un lado al tipo que bailaba conmigo y usó su fuerza que
yo hasta entonces desconocía para arrastrarme afuera del barcillo y empezar a
regañarme. Yo no hacía caso de nada de lo que me decía, y cuando vi un taxi
acercarse le hice la parada, le dije a Gerardo que se fuera al demonio y huí.
Según yo me daba gusto recordar la cara que puso cuando me
subí al auto, pero él no me llamo ni nada, pasaron varios días, nada, en las
noches no podía dormir mirando el techo que él me había llenado de estrellitas
fosforescentes, sus fotos en las paredes, su camisa que olía tanto a él que me
hizo tener un sueño erótico la tercera noche. Al otro día por fin oí su moto
estacionarse en el patio, pero para mi sorpresa a quien buscaba era a mi hermano
y no me hizo el menor caso, como si no me conociera. Recordando el sueño que
tuve y el vacío que sentía, me tragué el orgullo y pasados otros dos días en que
no me buscó, yo le llamé.
-Gerardo, siento mucho todo lo que pasó, te prometo que no
volverá a ocurrir.
-Claro que no ocurrirá de nuevo, porque no te lo voy a
permitir, me cansé de esto
-De verdad discúlpame, te prometo que ya nunca llegaré tarde,
-Eso es lo de menos, resulta que conmigo te portas como una
santa y cuando te doy la espalda, te embriagas y bailas como una mujerzuela con
el primer idiota…
-Gerardo, discúlpame, te prometo… -empecé a llorar- dame otra
oportunidad
-Si quieres otra oportunidad tienes que ganártela Nena –su
tono no me gustaba- tienes que venir esta noche a mi casa y pasarla conmigo
-Pero… ¿en la noche? No puedo… ¿cómo?
-Cuanto lo siento, si no te interesa regresar conmigo…
-Espera, espera… trataré de estar ahí
-No tratarás, estarás aquí. Te quiero a las siete en punto,
ponte la falda de mezclilla con la blusa negra de tirantes, bien maquillada y
sobre todo a tiempo.
-Si Gerardo pero…
-Ya te dije, lo cumples o te olvidas de esto- y colgó.
No sabía qué hacer, claro que quería seguir con él, lo amaba,
pero no podía irme así como así a dormir en su casa, así que le pedía a una
amiga que pasara a recogerme a las seis, para inventar que me iba aquedar con
ella, ya con una coartada me dediqué a arreglarme justo como él me había dicho,
la falda de mezclilla me la había regalado él, era muy corta y ajustada, la
blusa negra nunca me la ponía, mostraba demasiado mis pechos, así que me puse
una chamarra de mezclilla corta y unas sandalias de plataforma muy lindas, me
sentía extraña, me veía como una zorra, pero ya que iba con mi amiga no me
montaron pleito y pude salir.
Me fui en taxi para llegar a tiempo, pero fue una pesadilla
ver al asqueroso conductor mirar mis piernas y mis pechos por el espejito
convexo que tenía en el tablero precisamente para eso (quienquiera que se haya
subido a un taxi Volkswagen en la ciudad de México sabrá de lo que hablo). Por
fin llegué a casa de Gerardo, el conductor me acarició la mano con su manaza
sudorosa cuando le pagué y ya estando abajo me dijo quién sabe qué tanta
marranada.
Caminé hasta la puerta, toqué el timbre, en eso una fila de
muchachos dio la vuelta en la esquina, me puse nerviosa, empezaron a reír y a
chiflarme, luego dieron en gritarme cosas conforme se iban acercando:
¡mamacita!, ¡quiero!, ¡qué nalgas! , y yo seguía tocando el timbre cada vez más
desesperada, porque ya estaban a unos tres metros de mí. ¡Chiquita! ¿No quieres
divertirte con nosotros? En eso la puerta se abrió, al lado del alto y fornido
Gerardo los acosadores recuperaron sus dimensiones de adolescentes enclenques.
Gerardo sólo se les quedó mirando, me rodeó los hombros con
un brazo y les dijo
-Piérdanse idiotas, esta preciosidad es sólo para un hombre
de verdad
Los fulanos se alejaron sin decir nada, entonces me quitó la
chamarrita y la arrojó dentro de su jardín sobre una maceta y cerró la puerta.
Me dio el casco para que me lo pusiera, no me había dicho ni hola, yo dudé,
¿cómo me iba a subir a la moto con aquella pequeña falda?
-¡Vamos! ¿A qué estas esperando?
-No me habías dicho que íbamos a salir…
-No tenía por qué hacerlo y vete acostumbrando, aquí se hace
lo que yo diga, tú te callas y obedeces, ¿entendido?
Me puse el maldito casco, él se puso el suyo, subió a la moto
y la encendió, mientras yo peleaba con la faldita, me subí detrás de él,
abrazándome a su espalda, arrancó. El aire me helaba todo, y como él es tan alto
tenía que girar mi cabeza para que mi rostro no se aplastara contra su espalda,
así que veía las caras de lujuria de los conductores que pasaban a nuestro lado,
en un semáforo nos detuvimos al lado del edificio de un banco y en el reflejo de
los cristales vi mi imagen: parecía una prostituta, la blusa que apenas cubría
mi pecho y la minifalda arremangada, con todas las piernas descubiertas y
abiertas, Gerardo bajó la mano y me acarició el muslo derecho. No sabía a dónde
nos dirigíamos, pero la cosa no me gustaba demasiado.
Llegamos cerca de uno de los talleres de Gerardo, unas cinco
calles adelante arribamos a un bar, ahí se estacionó, normalmente me hubiera
ayudado a bajar de la moto, pero esta vez sólo esperó a que yo lo hiciera sola,
con mucho trabajo y dándole un buen espectáculo a todo aquel que estuviera en el
estacionamiento. Me quité el casco y por costumbre se lo extendí, pero él se dio
la vuelta y se dirigió a la entrada, yo iba dos pasitos detrás suyo, al parecer
lo conocían, por que el de la puerta le dijo
-Buenas güero, -y mirándome agregó- muuuy buenas, ¿verdad?
-¿Qué dices Juan? Saludó
-¿Qué ya no andas con la fresita ésa? –definitivamente sí lo
conocían
-Claro que sí, pero Nena es mi princesa y hay cosas que sólo
se pueden hacer con una puta, ¿no crees? –Gerardo cruzó la puerta, y me quedé
petrificada, ¡me había dicho puta!
El tipo de la puerta me observó de arriba abajo, yo apresuré
el paso y alcancé a mi novio.
Dentro del bar estaban varios amigos suyos, éstos sí me
conocían, algunos me saludaron, pero todos se me quedaron viendo impactados del
cambio. Me estaba asustando. Gerardo se sentó y me llamó con la mano, me paré al
lado suyo mientras él platicaba con los tipos esos; se acercó la mesera, él
ordenó una cerveza, la chica se me quedó mirando, pero él le contestó que yo no
iba a tomar nada. Siguió platicando mientras acariciaba la parte de atrás de mis
piernas sin ningún recato, de pronto se detenía en mi trasero, le daba
palmaditas, me estrujaba la carne sin perder el hilo de la conversación, luego
de un rato me tomó de la cadera y me hizo sentarme en una de sus piernas,
mientras su mano izquierda acariciaba mi muslo, tomaba su cerveza con la otra y
me olisqueaba el cuello, sus amigos estaban extrañados, como que no querían
hablar delante de mí, así que Gerardo les dijo que hicieran como que yo no
existía, luego de un rato uno de ellos empezó a hablar de sexo y los otros le
siguieron.
Entre ellos había uno que siempre me había caído peor que los
demás, Darío, sobretodo porque me miraba lujuriosamente y una vez me había
rozado el trasero en un concierto al que fue con nosotros. Ahora vestida así me
comía con la vista con todo descaro y mientras uno de los otros contaba cómo se
había tirado a una tipa a la que había levantado en la carretera, Darío empezó a
acariciarse el miembro sobre la ropa, viéndome todo el tiempo. Gerardo se dio
cuenta, pero no pareció molestarle, en vez de eso, como para mostrarle a Darío
que podía mirar pero solo él me podía tocar, subió la mano metiéndola en mi
blusa y me acarició los pechos descaradamente, yo estaba a punto de llorar de la
vergüenza, los demás fulanos se regocijaron, sólo uno de ellos miraba a Gerardo
desaprobatoriamente y como para que se acercara la mesera él se comportara,
pidió otra ronda de cervezas y me preguntó si quería algo de tomar. Mi novio
respondió antes que yo
-¿A quién le estás hablando cabrón? ¿No ves que no eres digno
de ella? –Los muy malditos rieron –Ella no toma nada hasta que yo lo diga, ¿está
claro?
La mesera llegó con los tarros de cerveza, miró los dedos de
Gerardo que salían por el escote de la blusa, pero él la miró tan duramente que
se fue sin decir nada. Yo tenía calor y los nervios me habían secado la boca,
cuando Gerardo tomó su cerveza me ofreció, acercándola a mi boca, pero el olor
me hizo fruncir la nariz y él retiró el tarro de mis labios
-¿Ven? –Les dijo- esta es una perra fina, ni porque se esté
muriendo de sed probaría estas porquerías
Mi corazón latía muy rápido, las caricias de Gerardo en mis
pechos estaban dando resultados a pesar de la vergüenza que sentía, entonces
empezó a presionar mi pezón izquierdo cada vez más fuerte, hasta que de mis
labios escapó un gemido, él me lanzó un shhhht! y me apretó más duro, luego su
otra mano subió por mi muslo y con un dedo empezó a acariciarme suavemente el
coño, era raro porque no me había dado un beso en toda la noche, así que en
serio sentía como una puta, cuando estábamos juntos no paraba de besarme más aún
si íbamos a hacer el amor, sólo me mordisqueaba el cuello y los oídos, yo me
moría por besarlo, pero cuando traté de hacerlo se tiró para atrás con una
sonrisa burlona, sus dedos bajo la falda me volvían loca, ya ni siquiera oía la
obscena historia que relataba otro de los tipos, una de mis manos se apoyaba
detrás de la nuca de Gerardo, mientras la otra se crispaba apretándole la
rodilla, empecé a sentir enormes oleadas de placer, y estúpidamente trataba de
evitar que sus amigotes lo notaran, pero de pronto involuntariamente cerré los
ojos y eché la cabeza hacia atrás, en ese momento Gerardo hizo a un lado mis
braguitas y de golpe me hundió dos dedos en la vagina, una mezcla de placer y
dolor me recorrió
-hummmmmmmmmm –se me escapó un gemido
Gerardo se acercó a mi oído y me dijo
-Quiero que vayas al tocador y te saques las bragas, que las
estás empapando
Me sacó los dedos con la misma rudeza que me produjo
escalofríos. Con las piernas temblorosas me levanté para obedecerle, él me dio
una sonora palmada en el trasero mientras se llevaba los dedos a la boca, luego
tomó un largo trago de cerveza. Yo caminé hacia el baño cruzándome con la mirada
compasiva de Bruno, en medio de las demás que eran de sorna y lujuria.
El baño estaba pintado de rojo, algo sucio pero no tanto como
yo lo temía, entré a uno de los compartimentos, subí mi falda y alzando una
pierna me empecé a sacar la tanga, mis jugos hicieron un hilo, alcé la otra
pierna y miré la prenda húmeda, era pequeña y de encaje, traté de quitarle lo
más posible el transparente fluido, luego de bajarme la falda me lavé las manos
y ya que estaba ahí decidí lavarme también el coño, así que subí la pierna al
lavabo. El espejo me devolvió el reflejo más obsceno que hubiera visto, creo que
hasta entonces no había visto mi coño abierto, me quedé ahí unos segundos
congelada, mirando mis labios rosados y brillantes, el pubis decorado por el
escaso vello negro bien recortado, se veía lindo. Abrí la llave del agua y me
lavé, estaba helada, pero me sentía mejor así que toda pegajosa.
La puerta se abrió de improviso y la mesera se asomó, apenas
tuve tiempo de bajar la pierna, pero seguro que se dio cuenta de lo que estaba
haciendo
-Gerardo dice que te apures o va a venir a sacarte
-Voy –respondí pero no se fue. Entró y cruzó los brazos
mirándome mientras me arreglaba un poco el cabello y la blusa
-No entiendo a los hombres –empezó a decir –yo creí que
Gerardo era diferente, nunca llega con viejas, cuando me he acercado a él me
rechaza diciendo que ama a su dulce novia… y luego se aparece por aquí con
alguien como tú…
La miré furiosa, me giré e instalada de nuevo en mi trono de
reina le espeté
-¿Qué te hace pensar que eres mejor que yo, mesera muerta de
hambre? ¿Te has visto en el espejo? Un hombre tan hermoso como Gerardo no te
miraría dos veces si no fuera necesario, mucho menos saldría contigo ¡estúpida
ilusa!
-Cuando menos yo tengo un trabajo honesto… me respondió con
la quijada temblando
-Hahahaha –me burlé- atender a un montón de borrachos y
limpiar sus porquerías, es justo para ti eh, y por si te interesa, no me está
pagando, estoy con él porque yo quiero y porque él quiere…
Salí del baño algo halagada, según lo que dijo la mesera,
nunca había llevado otra mujer al bar y rechazaba a las que se le insinuaban…
pero esa seguridad se volvió a desplomar en cuanto salí del pasillo de los
baños, los hombres volteaban a verme, caminé lo más sensual que pude por si la
estúpida mesera iba detrás de mí, pero por dentro tenía muchas ganas de que la
noche acabara pronto. Gerardo me miraba complacido de ver que le obedecía, las
bragas iban en mi mano, cuando estaba a unos diez pasos, levantó la mano
diciendo "arrójalas", aunque dudé un momento las hice bolita y se las lancé, las
miradas de todos me palpitaban en la cabeza, él extendió la tanguita mientras me
llamaba con las manos, una vez que estuve a su lado me rodeó con el brazo
izquierdo y al mismo tiempo golpeó a Darío con las bragas y se las aventó
diciéndole
-Esto es para ti… -y cuando éste las tomó sonriendo, Gerardo
agregó- disfrútalo porque es a lo más que llegarás con ella.
Los demás se rieron, yo estaba roja de la vergüenza, pensé
que Darío se cohibiría, pero en vez de eso las olisqueó mirándonos, y mientras
las guardaba en su bolsillo bromeó
-¿Qué puedo decirles?, ya me conocen soy patético –de nuevo
risas, el único que no parecía compartir el mood era Bruno.
Gerardo me tomó de la cintura y me sentó de nuevo en sus
piernas, esta vez un poco cerradas, haciéndome sentir su miembro que iba
endureciéndose, los hombres seguían con sus historias sucias, hablaban de cosas
que Gerardo jamás habría ni insinuado delante de mí, ahora dos de ellos estaban
contando cómo se habían cogido a una chica que vendía fresas en una carretera de
Guanajuato, mientras describían cómo le daba sexo oral a uno de ellos mientras
otro se la ensartaba por el culo, sentí el miembro de Gerardo brincar levemente,
y entonces me susurró en el oído "¡muévete!" sus manos en mis caderas me hacían
restregarme contra él, le complací siguiendo el movimiento despacio, mientras él
subía sus manos de nuevo a mis pechos, me levantaba un poco para no lastimarlo y
cada vez me movía más, su enorme miembro ya estaba durísimo, ya poco me
importaba la vergüenza, de nuevo me estaba mojando, bajó las manos y tiró
levemente de mi falda hacia arriba, quedé sentada sobre él con el trasero al
aire, a Darío casi se le salen los ojos, eso sólo él lo había notado porque
estaba muy cerca, aún así eché un vistazo para ver si alguien más nos veía.
El bar no estaba muy lleno y nos encontrábamos en un privado
al fondo del lugar, cerca de una mesa de billar en la que dos de sus amigos
estaban jugando, por lo que ciertamente era difícil que los demás clientes nos
vieran. Una de sus manos empezó a palpar mis nalgas, luego mi coñito y con la
humedad que ahí encontró acariciaba mi culito, se metía muy ligeramente, yo
sentía qué me volvía loca de placer, se me olvidó hasta dónde estábamos, pero él
me bajó de nuevo a la tierra cuando me dijo al oído
-¡Híncate y hazme una mamada!
Me detuve en seco, ¿estaba hablando en serio?
-¿Qué no oíste? –casi me gritó y de nuevo todos me
miraron-¡al suelo, vamos!
Me giré poniéndome en cuclillas, y entonces Bruno se levantó
ruidosamente y dijo:
-No puedo tolerar esto, ¡ustedes están enfermos!
Los demás se rieron, Gerardo sólo lo miró mientras se alejaba
molesto. Yo me había quedado quieta, los demás empezaron a burlarse de Bruno,
los que estaban jugando billar regresaron a la mesa y Gerardo bajó los ojos
-Anda, ¿a qué esperas? ¡Chúpamelo!
Como tardé en reaccionar me dio unas palmaditas en la cara
con la mano derecha, mientras con la otra mano se abría el cinturón, los
pantalones y bajaba su cremallera, metí mi manita, tomé su miembro y lo saqué,
algunos de los tipos se admiraron de su tamaño, luego se hizo un silencio, sus
amigotes estaban atentos a lo que hacía, pero él les dijo
-Eah cabrones ¿qué miran, que la distraen? –ellos volvieron a
sus asuntos, o cuando menos así me pareció
Su miembro estaba totalmente erecto desplegado frente a mi
rostro en todo su enorme esplendor, mojé mis labios y empecé a metérmelo en la
boca, a chupársela, sacando la lengua, metiéndola hasta donde podía, él bajó las
manos y volvió a acariciar y torturar mis pezones, mientras yo peleaba por meter
cada vez más en mi boca ése gran pedazo de carne, siempre me había costado
trabajo hacer eso, aunque debo admitir que me gustaba su sabor, pero la
situación era insoportable y empecé a llorar, además era demasiado grueso, él
empujaba mi cabeza para que fuera más adentro, involuntariamente hacía ruidos,
gemía y de vez en cuando ruidosos ¡chup, chup! se escapaban, trataba de hacerlo
lo mejor posible, pero sabía que si su intención era correrse en mi boca me
quedaba mucho tiempo de trabajo. Estaba casi completamente debajo de la mesa y
por el rabillo del ojo empecé a percibir que Darío y otro de ellos se habían
sacado los aparatos y se pajeaban como si cualquier cosa. De pronto Gerardo sacó
un cigarro y pidió fuego, cuando la mesera se acercó casi se le salen los ojos,
yo sentía que no podía más con la humillación, pero miré a mi novio con
verdadero placer mientras me metía su delicioso miembrazo en la boca, ella le
encendió el cigarrillo sin quitarme la vista de encima y él le echó el humo en
la cara, luego otro de los tipos a quien no veía le dijo con sorna
-¡Mira qué cara pones Martha! ¿Qué?, ¿se te está haciendo
agua la boca?
Todos se rieron, ella no atinaba a moverse ni un ápice, yo
para fastidiarla empecé a gemir ruidosamente mientras seguía con mi tarea, ella
por fin reaccionó y se alejó rápidamente y temí que nos hiciera un escándalo.
Extrañamente ni el barman ni el de la puerta vinieron a calmar las cosas. Yo
seguí mamándosela bastante rato, los que se pajeaban terminaron, Darío dos veces
y Gerardo seguía fumando el cuarto o quinto cigarrillo tan tranquilo.
-Bueno basta –me dijo tomándome del codo levantándome- que
quiero jugar billar
Me paré y él también, se guardó como pudo el erecto aparato
en los pantalones, le dio un trago a su cerveza, otros se habían levantado, yo
arreglaba mi falda, de nuevo estaba muy mojada y mis muslos se sentían
pegajosos, Gerardo y uno que le apodan el negro empezaron a jugar billar, yo
sólo esperaba parada al lado de mi novio, casi agradecida de que hubiera dejado
de prestarme atención, como yo no sé nada de billar sólo me hacía tonta y
esquivaba la mirada de Darío que volvía a masturbarse desde la mesa.
Gerardo se sacó la playera, quedándose en una camiseta sport
sin mangas, sólo ver su marcado pecho y el brazo derecho adornado por el enorme
tatuaje me hizo desear que me alzara en sus brazos y me hiciera el amor, pero en
vez de eso me llamó, pensé que iba a continuar una lección pendiente de billar,
porque me puso entre él y la mesa, me besó la nuca y lo oídos mientras el negro
hacía su tiro, luego me tomó algo rudamente de la nuca y me tendió sobre la
mesa, y me usó para recargar su codo y apuntar a una bola, cuando el resultado
fue el que él esperaba alzó mi falda con la mano izquierda y acarició mi coñito
divirtiéndose y reía, otro tiro del negro, con buenos resultados también, una de
las bolas giró hasta mi rostro suavemente, Gerardo, me dio una nalgada antes de
tirar otra vez, según yo ya casi acababan el juego, él me volvió a meter los
dedos al coño, los sacó y los chupó de nuevo, el negro jugaba con una enorme
erección que se tallaba de vez en vez con el taco, Gerardo se me pegó a la
altura del culo dejándome sentir que estaba aún bien empalmado, los demás no
perdían detalle, Gerardo entonces mojó sus dedos en mi coño y empezó a acariciar
mi culito, me penetró con uno de ellos, y yo gemí de dolor y placer cuando
empezó a moverlo, luego introdujo el otro y un gritito que se me escapó hizo que
ahora si todo el bar volteara a veme, era lo más humillante del mundo, todo el
montón de amigos de mi novio, los borrachines de siempre, un grupo de muchachos
que iban con otra chica, todos mirándome tendida sobre la mesa de billar
mientras los enormes y largos dedos de Gerardo me abrían cada vez más el culo, a
él eso debió excitarle de sobremanera, porque arrojó el taco a la mesa y sacando
me los dedos dijo:
-¡Al demonio con este juego estúpido! -me levantó y me ordenó
en voz alta-¡Vámonos que ya te quiero coger!
Me guiaba duramente con la mano en mi nuca mientras nos
abríamos paso entre los vítores de sus amigos y parroquianos, algunas caras
consternadas, salimos a la puerta, el guarro de la entrada nos dio los cascos y
también se mostraba divertido, caminamos sin que nadie nos siguiera hasta el
estacionamiento, que estaba medio lleno, al llegar a la moto Gerardo me dijo:
-no puedo manejar en este estado, así que híncate otra vez y
mámamela
Yo no quería obedecer, estábamos al aire libre, pero él me
bajó mientras se desabrochaba los pantalones de nuevo, el suelo estaba lleno de
piedrecitas, así que me quedé en cuclillas y lo hundí en mi boca, ésta vez el no
esperó a que aumentara mi ritmo, me tomó del cabello y empezó a bombearme en la
boca, yo apenas alcanzaba a respirar, sacaba la lengua y trataba de relajar la
garganta para que no me dieran arcadas, volteé a verlo y él estaba deleitándose
con el reflejo de mi culo en el auto plateado que se encontraba detrás de mí,
"mastúrbate mientras me la chupas putita, quiero que sientas el placer que me da
tu linda boquita" yo bajé la mano y empecé a acariciarme, despacio, "más rápido"
me ordenó, y seguí moviendo mi mano ahora frenéticamente, él se estaba
emocionando demasiado, casi me ahogaba de tanto que me la metía en la garganta,
incluso me dolía, pero el placer estaba llegando a mí también, cuando estaba
cerca del orgasmo ocurrió algo que me enfrió en un tris: pro el rabillo del ojo
vi llegar el carro de mi hermano, tenía que ser ése, reconocí los diseños de
flamas pintados a mano en el mustang negro, pasó de largo detrás de nosotros,
pero seguramente que se detuvo cerca, Gerardo también lo notó, pero el efecto
fue totalmente el opuesto, soltó un gemido, aumentó el ritmo y me preguntó
"¡mira quién llegó!, ¿quieres que le hable a Luis para que vea cómo su hermanita
me chupa la verga?, ¿quieres que vea cómo suelto mi leche en tu boquita Nena?"
Yo negué con la cabeza, traté de zafarme, pero Gerardo me
tenía bien agarrada del cabello y me la metió aún más duro y profundo en la
garganta, de la desesperación volví a llorar, Gerardo por fin empezó a correrse
en mi boca, a borbotones, bajó un poco el ritmo y yo sentía su glande palpitar
contra mi paladar antes de que él me bombeara de nuevo, yo trataba de tragar
todo lo que seguía saliendo de su miembro, estaba caliente y su sabor me
encantaba, pero era demasiado y empezó a escurrir con cada mete y saca, lo
recogí con la mano, y cuando dejó de salir lamí o que había quedado en mi mano,
mientras él me acariciaba la nuca, sobándome donde había tirado de mi cabello.
Se metió el miembro de nuevo en los pantalones y me levantó. Me dio el casco y
se puso el suyo, yo sólo podía pensar que Luis nos viera o que los que estaban
en el bar le contarían lo que había pasado, Gerardo se subió a la moto "anda
putita mía, que ya quiero llegar a casa para llenarte de verga" Me puse el casco
y me trepé a la moto detrás de él, arrancó justo en el momento en que la voz de
mi hermano detrás nuestro le llamaba. Nos dirigimos a su casa, yo iba algo más
relajada, pero no tenía idea que eso sólo era una prueba de lo que me esperaba
aquella noche…
Autora: Nena