Memorias de un brujo: un pago inolvidable
Ella fue la de la idea de la apuesta. No muy alta, de piel
tersa y blanca, siempre vestida con sobria elegancia, Mónica era una mujer que
se sabía apetecida y deseada por todo hombre que la conociese: de anchas y muy
generosas caderas, senos firmes y redondos, un hermoso rostro, ojos color
caramelo y una preciosa melena entre rojiza castaña y rubia. Realmente era del
tipo de mujer madura –pero no tanto-, que ocasionaba que, donde sea que
estuviese, atrajese decenas de miradas masculinas -de jóvenes y de viejos-,
hacia su espectacular y apetecible cuerpo, así como a su bello rostro. Era
casada, pero muy descuidada por su infiel marido. Poco a poco habíamos creado
una verdadera amistad, pero nunca pude ocultar mi deseo de hacerla mía aunque
sea una sola noche. Ella lo sabía muy bien, y se entretenía haciéndome sudar en
cada visita suya, cuando se sentaba frente a mí, sonriendo pícaramente, luciendo
una blusa de seda blanca, muy ajustada, que desabotonada casi hasta la mitad, me
permitía ver sin esfuerzo, sus enormes y firmes senos blancos. Se podría decir
que Mónica necesitaba causar el deseo de los hombres como el oxígeno mismo: todo
en ella exhalaba sexo. Era imposible no desear poseerla.
Desde que nos conocimos, no pasaba una semana sin que nos
viésemos: yo, un conocido parapsicólogo. Ella, una fanática de la lectura de
cartas y de todo lo esotérico. Una tarde aburrida de febrero, ella estaba
sentada frente a mí en la mesa, en mi consulta, acostada casi sobre la misma,
aburrida. La noté triste y le pregunté el por qué. Ella, desperezándose
deliciosamente, se incorporó y, meneando su cabellera dorada oscura, comenzó a
contármelo todo.
Estaba enamorada –o por lo menos eso era lo que ella creía-,
de un hombre que, extrañamente, jamás mostró interés alguno por ella: es más,
ignoraba olímpicamente semejante monumento de mujer, por la cual muchos darían
la vida por poder atraerla para sí. Eso la tenía desesperada y al borde de una
crisis de nervios. Había intentado todo, absolutamente todo lo que conocía en su
amplísimo arsenal de seducción y ni siquiera había avanzado algo en varios años.
El tipo en cuestión era, para los de la clase social de Mónica, "el hombre
perfecto": no muy mayor, alto, rubio caucásico, atlético, apuesto, rostro de
actor italiano, millonario y soltero. En fin, hacía suspirar desde las
preadolescentes de colegios "bien", hasta señoronas entradas en años,
liposuccionadas y estiradas con los dólares de sus maridos, y que apenas
disimulaban los ardores que ese Adonis les provocaba. Era, en pocas palabras, el
bocado más apetecido por todas las mujeres de la pequeña "High Society" de la
ciudad. Lo que más desesperaba a Mónica del asunto era que las conquistas del
galán se contaban por cientos,….y a ella ni siquiera se dignaba a sonreírle. No
era mentira, que Mónica, estaba dispuesta A TODO, con tal de conseguir su
anhelo.
-Sé que tú puedes lograr mucho con tu magia –me dijo de
pronto-, ¿puedes lograr que sea mío?....
La verdad era que sí podía, pero realizar un hechizo que
echase a los brazos de otro al objeto de mi mayor deseo no era una de las cosas
que me emocionaran realmente -para ser sincero-, así que, si iba a perder en
esta ocasión, debería valer al menos algo mi sacrificio.
-…Bueno, sí….- le respondí, tratando de acentuar en algo el
misterio de la respuesta-, pero no creas que es barato…
Mónica ni siquiera se inmutó: no tenía por qué hacerlo, era
rica. Aunque su sonrisa enigmática me advirtió que ella tenía en mente otra
cosa.
-Puedo pagarte lo que quieras –dijo-, pero también sé que si
lo haces más motivado, saldrá mejor….
Poco a poco comencé a entender lo que Mónica quería: no
solamente deseaba que cumpliese con mi trabajo, nooo: ella quería que yo lo
hiciese como si en él dependiera mi propia vida.
-No te voy a pagar con dinero: consíguemelo y me tendrás a mí
-, dijo mientras alzaba los brazos, haciendo que me fije en su escultural pecho.
No hubo necesidad de más acuerdos y explicaciones; si bien el precio no era el
que yo esperaba, había picado mi orgullo y era todo lo que ella necesitaba para
convencerme.
No empecé inmediatamente con el encargo: me pasé aquella
noche acostado en mi cama, pensando. Estaba realmente seguro de poder
conseguirlo, pero mi mente no dejaba de pensar en Mónica y su cuerpo de infarto:
sus enormes caderas, su piel tersa, sus labios carnosos, sus pechos
blanquísimos, su sexo que me imaginaba peludo y castaño. Por más que quisiera
pensar en otra cosa, no podía dejar de imaginarme de mil formas distintas
haciéndoselo sin parar. Mientras estaba cavilando y jugando con mi pene erecto,
mi celular sonó: mi corazón dio un vuelco, era ella:
-Estuve pensando en lo que acordamos hoy…. -me dijo con su
voz melosa y ardiente, la cual era sencillamente deliciosa-, ¿sabes qué?, ¡estoy
excitada! - agregó en medio de una risita nerviosa y sin ningún pudor.
Yo la escuchaba muy atentamente:
-….Jamás se me había ocurrido PAGAR algo de esta manera,…. me
siento como una puta -, me decía riendo y divirtiéndose, imaginándome con mi
pene totalmente tieso, a punto de explotar, lo cual era cierto-, ….y si voy a
comportarme como una puta, quiero que así sea. Te propongo algo: el día que te
pague el trabajo, te llamaré por teléfono; quiero que nos encontremos en una
esquina que yo escoja. Estaré disfrazada de puta y me llevarás a un hotel y seré
tuya.
La conversación no siguió mucho rato después que aceptase su
propuesta. Cuando finalmente se despidió, había yo tomado la decisión de lograr
el objetivo de ese ritual, cueste lo que cueste.
Pasaron un par de meses y las visitas de Mónica se habían
espaciado. Yo había realizado el trabajo solicitado de la manera más minuciosa
posible y utilizando todas mis habilidades y conocimientos esotéricos, por lo
que me extrañaba su desaparición. Un día cualquiera, cuando casi me había
olvidado del asunto, reapareció. Estaba divina con un ajustado pantalón blanco
inmaculado que resaltaba sus anchísimas caderas y lo remataba con una blusa con
un espectacular escote que dejaba ver con toda confianza sus espléndidos globos,
dejando a quien se fijase en ella irremediablemente bizco. Se sentó frente a mí,
cruzando provocativamente las piernas y mostrando su hermosa y contagiosa
sonrisa. Tras conversar un buen rato de banalidades, finalmente se animó a
decirme a qué debía el placer de su visita.
-¿Recuerdas el trabajito que te encargué? -, me dijo de
pronto, riendo pícaramente-, pues no sé qué es lo que hiciste, pero funcionó.
Me sentí halagado de que no había perdido mi "toque",… aunque
también sufrí una decepción que tuve que disimular: sentía rabia de pensar de
que aquel tipo ya había gozado de las delicias de esa mujer espectacular que era
"mi" objeto del deseo.
-….¿Y fue satisfactorio para tí?... -, le pregunté. En ese
momento ella se quedó callada, aunque no desapareció su sonrisa del rostro. Se
encogió en hombros.
-….Bueno, la verdad es que no fue lo que esperaba,….no sé; me
da vergüenza contártelo,… -, respondió algo avergonzada, algo impropio en ella.
Tras insistir un buen rato para que me contase lo sucedido,
finalmente ella se animó. El inicio de su relato fue de por sí más que
intrigante:
-….Rey, ¿para ti, qué es pequeño??....
Realmente aquella frase no tenía para mí ni pies ni cabeza.
Tras pedirle explicaciones más detalladas acerca de su pregunta, sólo recibí de
ella la misma contestación, con algunos gestos algo nerviosos con la mano,
acompañados de coquetísimos respingos de nariz. Tras mucho romperme la cabeza,
finalmente comprendí: ¡ella se refería al tamaño del pene de un hombre!. Una vez
que entendí y se lo hice saber, ella rió atronadoramente. La historia era
realmente sencilla, y Mónica comenzó a relatarme el encuentro con su amado
tormento, disfrutando al relatarme cada detalle: una noche, exactamente 28 días
después de que había yo iniciado el ritual pedido, ella fue a un conocido bar
dónde se reúne la "gentita bien" de la ciudad. Tras sentarse en una mesa a
compartir unas bebidas con dos amigas suyas, modelos de espectacular estampa,
descubrió casi al filo de la medianoche al objeto de su deseo en medio de la
muchedumbre del local. Alto, elegante, estaba acompañado por dos jóvenes ex
candidatas de un concurso de belleza, níveas y rubias adolescentes que se
colgaban de sus brazos mirándolo fijamente, muertas de amor. Apenas el sujeto
vió a Mónica, sólo tuvo ojos para ella. Mónica, por su parte, no dudó un
instante en utilizar un pequeño "refuerzo" a sus encantos evidentes y que yo le
había dado como parte del trabajo solicitado. Lamentablemente, no puedo develar
qué es, puesto que no suelo revelar mis más poderosos secretos.
Obnubilado como estaba el Adonis, no tardó casi nada en dejar
en la barra a sus acompañantes y presto se sentó solo en una mesa a espaldas de
la mujer que le había flechado, con ayuda mía, claro está. Mónica sentía cómo
todo su cuerpo vibraba al sentir, desde la nuca a sus anchas caderas, la mirada
del macho en celo. Hubiera querido que él la poseyese en ese preciso momento,
ahí en frente de todos, pero no le quedó otra más que desplegar todos sus
encantos femeninos y esperar a que él se le acercase. No debió esperar mucho; no
pasaron más de 10 minutos antes que se animase a hablarle. Una par de horas
después se hallaban ambos bailando en una parte del local, embelezados, viéndose
a los ojos como si de dos adolescentes enamorados se tratase, generando el
comentario general del bar y los maldisimulados berriches y odios de las
despechadas féminas del lugar.
-Después de que me abrazó y me besó de improviso, casi a la
fuerza, en medio de todos, como para que lo miren bien, metiéndome la lengua
hasta el fondo, decidí que me dejaría hacer todo por él; estaba mojada como
nunca-, dijo Mónica, casi revolcándose de risa sobre la silla, como una mocosa
emocionada.
Continuó contándome cómo el tipo la sacó de ese bar y,
sentándola junto a él en su poderosísimo y muy caro auto deportivo del año, la
llevó a recorrer la noche de la ciudad, deteniéndose en cuanto mirador para
apreciar las luces de la ciudad, aprovechando cada rincón oscuro para besarse y
frotarse hasta casi no poder contener el deseo de tirarse al suelo y revolcarse
jadeantes. Yo me moría de celos; ella lo disfrutaba. Como buena diosa del deseo
que era ella, sabía cómo tener a un hombre al borde de la locura, y así me tenía
a mí.En ese momento, su rostro risueño cambió de pronto a una desacostumbrada
seriedad en ella.
-….¿Qué es en realidad "pequeño"? -, me preguntó una vez más.
Viendo que me convenía responder, por un presentimiento,
levanté mis dedos índices frente a ella, mostrándole sin decirle, claro está, un
espacio entre ellos que representaba el tamaño de mi propio pene erecto:
-¿esto para ti es pequeño?- le interrogué- Nooo, ¡para mí eso
está muy bien! -, replicó con picardía.
Volví a hacer el mismo ademán, pero ya reduciendo el espacio
a unos 12 centímetros, aproximadamente; su respuesta fue un no con la cabeza. El
gesto y sus respuestas continuaron por tres veces más, hasta que finalmente la
dejé en unos ridículos 7 centímetros.
-….¡Siii! -, me respondió mientras afirmaba con la cabeza,
mostrando su rostro una mezcla de mofa y desolación.
Era una de esas raras situaciones en las que, uno descubre
que en el mundo a veces las apariencias engañan: era lo que me venía a la cabeza
al pensar en la respuesta final, y al ver la cara de Mónica, por lo que había
pasado. Yo había recibido de Mónica una fotografía del sujeto en cuestión, de
cuerpo completo, ¡quién se podría imaginar que semejante tipazo tendría entre
las piernas algo menos chico que lo de un niño de 12!. Mónica continuó su
relato, gesticulando su sorpresa y abriendo sus hermosos ojos enormes, muy
enormes, contando así el momento de la sorpresa-decepción.
-…. Cuando estuvimos en su departamento, frente a su cama, le
bajé el pantalón y lo tuve ante mí: me quedé boca abierta, con los ojos
abiertos, ¿crees que se habrá dado cuenta de mi cara?... -, me dijo.
Sólo tuve que atinar a afirmar con la cabeza, sabiendo, como
hombre que soy, del peso del orgullo que puede o no tener un macho por su
virilidad.
-….Por un momento pensé que era por el frío….- continuó como
explicándose a sí misma-, comencé a chupárselo,…¡PERO NADA!!!,....¡todo
igual!... -, agregó con desolación.
-….¿Y te cogió?...-, le pregunté ya excesivamente curioso.
-….¡Siii, y no sentí nada!!...-, replicó.
Luego, se acercó a mí como en tono de confidencia, cogiéndome
la mano, acariciándola, haciéndome estremecer al sentir su suave piel, como si
acariciase un miembro erecto, como yo soñaba que acariciase mi pieza parada con
esa manito.
-….¿Sabes?,…no debería contarte eso, pero…. – agregó,
haciendo que sienta su perfume dulzón mientras se acercaba a mi oído, engolando
cada palabra que decía-, ….le pedí que me la meta por el culo, a ver si así le
crecía,….
Mónica ya me tenía a su entera merced, hasta casi podía decir
que ella se había dado cuenta que mi otra mano la ocultaba debajo de la mesa,
frotándome el pene por sobre el pantalón, desde que casi empezó su relato, en un
vano intento mío por tener un atisbo del placer que ella me negaba.
-…Y qué pasó? -, le pregunté, casi sin poder controlar las
ganas de írmele encima, y terminar violándola.
-¡NO PASÓ NADA!!-, dijo finalmente, sentándose de nuevo en la
silla, desconsolada-. ….¡sentí como si me metieran un dedito, qué desgracia!...
Realmente no sabía que hacer. Ella, a la que deseaba con
locura, estaba frente a mí, mirando a ninguna parte, con los ojos húmedos, casi
al borde del llanto. De pronto, salió con una de sus salidas suyas y muy suyas:
comenzó a reír a carcajadas. Dado que no había ya nada que hacer, había optado
por reírse de su propia desdicha. Se podría decir que con cada sonora carcajada,
Mónica se quitaba de encima un gran peso. Me sentí aliviado.
-….¡Y yo caí como una tonta!; ¡cuántas tipas que conozco
hablan maravillas de él en la cama!" -, exclamó entre risa y risa-, "para mí que
no dicen nada por vergüenza, ¿o será que les paga para que no hablen?, ¡qué
divertido!...
Tras unos momentos de desahogo, ella encendió un cigarrillo,
soltó una gran bocanada de humo y mirándome fijamente a los ojos, volvió a poner
esa mirada de femme fatale tan suya.
-….¡Bueno, a otra cosa!,….tenemos un asunto pendiente….
-,dijo.
En ese momento, mi pene que se había entiesado aún más que lo
normal tras sus palabras. No sabía si podría contenerme en ese momento,
anhelando que se refiriese a lo que yo tanto anhelaba.
-Tú cumpliste con tu trabajo,…. y yo siempre cumplo mi
palabra: debo pagarte -, dijo con voz queda y muy sensual.
No supe que realmente responder; afirmé con la cabeza
mirándola como ella me miraba, muy fijamente. Mónica sonrió, y sabiéndose dueña
de la situación, se incorporó y acercándose a dónde yo estaba sentado, acerco
sus labios rojos y mojados a mi oído y me dijo:
-….Pero hoy no puedo: ten listo un auto y prepárate. Te
llamaré una noche de estas. Chau.
Tras estamparme un dulce beso en la mejilla, salió rauda de
mi oficina. Me cuesta admitir que en ese momento me eyaculé en mis pantalones,
mientras veía ese espléndido culo contoneándose y alejándose de mí. Iba a ser
una semana muy larga.
Tener a mi disposición un auto no fue problema: un amigo que
tenía una camioneta bastante decente me debía un enorme favor y viajaba a
trabajar su hacienda en un valle de la costa por dos semanas, así que ese
aspecto lo tenía cubierto desde el primer día. Como loco corrí la mañana
siguiente a sacar todos mis ahorros del banco, puesto que no sabía qué podía
esperar: quería estar preparado para todo; dudaba que ella aceptase que la lleve
a un hotel que mínimo tuviese cinco estrellas. Mis amigos se molestaron conmigo,
pues durante toda esa semana rechacé todo tipo de invitaciones, tratando de
estar disponible. Algunos otros no entendían que estuviese todos los días muy
elegantemente vestido, como para ir a una fiesta importante. Unas amigas
sugirieron que una mujer me había cambiado. Las noches fueron un eterno
tormento: no dormía, y luchaba contra mi propia naturaleza, al tener unas
tremendas ganas de masturbarme a cada segundo, desesperado por ya recibir "mi
pago". Con los nervios casi al borde, un lunes sin importancia, apenas pasada la
una de la madrugada, estaba aburrido y despierto, mirando una mala película,
recostado en mi cama. De pronto, mi celular sonó, al responder, percibí una
ansiosa y deliciosamente sexy voz, muy familiar para mí:
-….¿Reynaldo?, te habla "Solange" -, dijo para mi extrañeza-,
soy su "dama de compañía A-1" para esta noche; ¿usted pidió una compañía que
haga realidad todas sus fantasías, verdad?...
Yo respondí casi tartamudeando. Ella se río quedamente:
-Bien. Le espero en media hora en la esquina de las avenidas
Alto de la Luna con Estados Unidos. No tardeee….
Mentiría si no dijese que salté jubiloso de la cama. A la
carrera me vestí lo mejor que pude, cogí un fajo escandalosamente grande de
billetes -todos los ahorros de mi vida-, y las llaves del auto prestado, rumbo a
mi anhelada cita. Casi me estrellé al voltear la primera cuadra de mi loca
carrera.
Un poco más tarde de la hora convenida, detuve el auto a una
cuadra de la esquina convenida. Apagué los faroles y observé detenidamente. La
avenida entera estaba totalmente desierta, excepto por una escultural figura que
se recortaba en la esquina, iluminada por un farol. Apoyada en una pierna, con
unos tacones altísimos y muy finos, enfundadas sus piernas en ajustadas y
contorneantes pantyies, resaltando sus anchas y generosas caderas en una
espectacular micro-mini de cuero que relucía con la luz del farol y destacando
su apretada cintura y sus enormes y deliciosos pechos erguidos enfundados en un
diminuto polo de tiritas muy escotado de lentejuelas negras y a medias tapados
los hombros y los brazos con una chompita de angora color rojo fuego; la
escultural mujer apuraba chupadas a un cigarrillo, mirando a ambos lados de la
avenida. Pero algo no andaba bien: la mujer en cuestión lucía una inmensa melena
lacia negro azabache, que le llegaba hasta la cintura, casi hasta el trasero, y
sabiendo yo que Mónica usaba el cabello más corto. Pensé por un instante en que
podría ser un error o una broma cruel. Tras unos minutos, decidí jugarme el todo
por el todo y encendí de nuevo el motor.
Conforme las luces del carro la iluminaban y me acercaba
lentamente, pude ver más detalles: en ambas muñecas lucían varias pulseras
grandes, sus uñas eran largas y afiladas, pintadas en color rojo sangre. Su
hermosa boca también estaba pintada de ese color, estaba maquillada, no
exageradamente, mas bien, con excelente gusto; de sus orejas colgaban grandes
aretes de pedrería, su cuello estaba enmarcado por un ajustado collar de perlas,
su ombligo al descubierto estaba enmarcado con una aplicación adhesiva que
brillaba, de esas que usan las bailarinas de danzas hindúes. Finalmente, sobre
su hombro colgaba una larga cadena que sostenía una diminuta carterita de
lentejuelas. No se veía vulgar, se veía perfecta. Apenas me detuve en la
esquina, ella me miró y regalándome una amplia sonrisa, se apuró a avanzar a
rápido caminar, haciendo resonar sus tacos aguja por toda la desierta avenida.
-….Hola mi amor, ¿cómo estás?... -, me dijo Mónica apenas
bajé la ventanilla, mirándome con picardía-, esta noche seré tu compañía: ¿te
apetezco?...
Tras afirmar con la cabeza y después de un acostumbrado
"Sube" de mi parte, abrí la puerta y se sentó junto a mí. Algo nos iluminó desde
atrás. Un taxi nos hizo juego de luces desde unas dos cuadras de distancia,
mientras ella volteaba, luego partió por otro rumbo.
-¿Y eso? -, le pregunté.
-….Es una amiga de confianza; tenía que cuidarme. ¡No sabes
la cantidad de tipos que se me han parado para levantarme, jijijiji! -, exclamó
mientras mostraba su hermosa sonrisa -, ¿por qué tardaste tanto?
Comencé a explicarle que me dejó poco tiempo y el problema
del tráfico. También le dije que casi no la reconocí por la peluca.
-Bueno ya basta -, me cortó en ese punto-, sígueme el juego a
partir de ahora o si no, no hay nada de nada, ¿entendido?
Afirmé inmediatamente, dispuesto a no dejar pasar esa
oportunidad, a la vez que encendía el auto. Me era difícil mantener los ojos en
el camino, teniendo a la vista a Mónica-Solange sentada a mi lado, echada en el
asiento como en un diván, mirándome, haciendo incrementar mi deseo por ella,
cruzando las piernas, mostrándome cómo al sentarse así se destacaban unos
coquetísimos ligueros rojo encendido al final de sus pantyes negras, mostrando
también un poco de su piel blanquísima que tanto me enloquecía, a la vez que
jugaba con una mano con su diminuto polito, agrandando a ratos la abertura que
me permitía ver sus divinos senos.
-Mi nombre es Solange, ¿y el tuyo mi amor? -, dijo de pronto.
Yo le respondí, siguiendo el juego.
Ella se puso a mirarme mientras jugueteaba con la lengua,
mojándose los labios.
-Mmmm,…. me encantan los hombres elegantes-, me dijo.
Yo sabía que el terno me sentaba muy bien (más de una mujer
que conozco me lo ha dicho), y a "Solange" le parecía un buen detalle de que
haya ido a su encuentro vestido como si fuese a una boda ó a una reunión de
negocios importante.
-¿Quieres pasar conmigo media hora ó toda la noche? -, me
soltó de pronto, mientras se acercaba a mí. Al preguntarle yo qué diferencia
había, ella me respondió al oído-, ….te recomiendo que escojas la segunda, papi,
mmmm….. y te haré pasar una noche que no olvidarás.
Casi de inmediato, me mordisqueó la oreja, desconcentrándome
de la tarea de manejar, haciéndome desear detener el dichoso auto en alguna
calle oscura, para dar rienda suelta a mis bajos instintos que ella estaba
desencadenando. Solange, por su parte, reía y disfrutaba cada vez más de la
situación, casi deseando que escogiese un hotel donde tuviésemos que bajar del
auto, para que caminásemos enfrente de todos, por el lobby, tomados del brazo,
ella vestida como una alocada prostituta de alto vuelo, yo como si fuese un
potentado empresario. Dicho exhibicionismo imaginario la excitaba muchísimo en
esos momentos, como ella me contó tiempo después.
Yo luchaba contra mí mismo mientras trataba de no despegar
los ojos del camino, mientras que Solange seguía jugando, imaginándose a ratos
la bola de cosas que estaría pensando en ese momento su amiga y confidente que
se había prestado a cuidarla ratos antes desde un taxi, y que era la única
persona en el mundo que sabía que estaba haciendo ella esa madrugada del lunes.
Solange, excitada, se me pegaba, frotando su cuerpo con el mío, hasta casi
hacerme impedirme conducir.
-….Mmmm, ¡apúrate mi amor, ya no aguanto máaas! –dijo de
pronto, apretujándose más a mí. De pronto, bajó la cabeza hacia mi entrepierna,
así como sus manos-, ¿no quieres que te la chupe mientras papito?...
Casi nos estrellamos; mientras trataba de controlar el auto,
ella por su parte reía muy divertida. Sin llegar a ser ofensivo, le pedí que
deje de jugar; Solange trató de contenerse, aunque no por mucho tiempo.
-¿Tienes algo de beber en el carro, mi rey? -, me preguntó.
Tuve que decirle que no.
- Entonces deberás pedir algo de beber en el hotel,….voltea a
la derecha: conozco uno muy bueno.
A los pocos minutos enfilaba el carro hacia un conocido hotel
en el que se podía entrar a las habitaciones directamente, sin bajar del auto:
cada cuarto-departamento tenía cochera propia. Era el sitio más discreto
posible; el autocontrol de Solange se había impuesto ante su inesperado deseo de
unos instantes atrás, de exhibirse. Tras escoger un cuarto amplio y espacioso,
con jacuzzi y sauna incluido, estacionamos el carro en la cochera y subimos
arriba. Solange, comenzó a caminar por la habitación, despacio, elegantemente,
en silencio. Parecía contar con ojos en la nuca, puesto que parecía que en todo
movimiento que hacía tenía la total certeza que yo le miraba, lo cual era
cierto, mientras llamaba a pedir una botella de champagne y otra de whisky, como
Solange me lo había pedido.
Finalmente, una vez que por una compuerta nos trajeron el
pedido, al fin estábamos solos: me costaba trabajo contener los nervios mientras
servía un par de vasos de whisky muy fuertes, con hielo. Uno de mis más caros
anhelos estaba a punto de concretarse y me sentía a la vez nervioso y excitado.
Solange caminó lentamente, contoneándose hacia mí, tomando de mis manos el ancho
vaso. Los grandes tacos que tenía puestos la hacían ser más alta que yo, y ella
sonreía mostrando sus blanquísimos dientes, sintiéndose ama de la situación.
-….¿Y te pago ahora o después, mi amor? -, le pregunté.
Ella, sin dejar de mantenerse en su papel, caminó hacia donde
estaba un equipo de sonido. Prendió la radio y tras buscar una estación con
música, alzó el volumen al escuchar lo que justamente buscaba; era una de esas
canciones populacheras que ponen en los nigth clubs para que las chicas bailen.
Tras caminar unos pasos hacia mí, alzó una pierna y sin ningún miramiento me
empujó con violencia, haciéndome sentar de golpe en la cama.
Dejando de lado la copa vaciada de un golpe, Solange comenzó
a bailar para mí: su manera de bailar era la indicada para el ritmo que escogió,
entre intensamente lascivo y algo vulgar. Yo estaba alelado, erecto como nunca
en mi vida, observando hipnotizado su monumental trasero que se meneaba una y
otra vez frente a mí, enfundado apenas en cuero negro y lustroso. Girando sobre
sus tacones, Solange se contoneaba haciendo volar su cabellera azabache,
haciendo saltar de cuando en cuando sus enormes pechos que mostraban ya unos
deliciosos pezones erectos apuntando al frente. Sonriendo y mirándome ahí
excitado, la hermosa mujer se relamía los labios mientras se agachaba
lentamente, apretándose con ambas manos sus blancos y deliciosos pechos frente a
mí, separando lentamente las piernas conforme descendía, mostrándome así a
momentos el diminuto hilo dental rojo que apenas cubría su deseable sexo. Casi
al borde de la desesperación, Solange no me dejó actuar, casi inmediatamente se
incorporó y girando en su sitio, rápidamente se sentó sobre mí, posando su
inmenso trasero sobre mi durísima pieza, meneándose violentamente al ritmo de la
música, casi haciéndome eyacular, aprisionando la cabeza de mi pene en medio de
sus dos nalgas, zarandeándola hasta el paroxismo.
Yo respiraba muy agitadamente, mientras ella echaba su
cabellera negra sobre mi rostro, descansando sobre mí tras terminar la música.
Finalmente pude sentir las delicias de su cuerpo; con firmeza comencé a apretar
sus pechos, primero con algo de timidez, luego con más confianza, apretando sus
grandes pezones con mis dedos, haciéndola suspirar y arquear la espalda,
pidiendo más. Solange hizo caer a un lado su melena, permitiéndome besar su
largo cuello, lamiendo su nuca con la punta de mi nariz, haciéndola estremecer.
El dulce aroma de su piel era sencillamente embriagante. Ella no quiso
permitirme tomar el control de la situación, por lo menos no aún. Dejándome al
borde de la desesperación se incorporó de pronto, tomando mi corbata y jalándome
de ella:
- ….Mmmm, ahora te voy a poner a punto, papito. Luego harás
conmigo lo que quieras….hoy vas a gozar a la mejor puta del mundo…mmmm….
Rápidamente se puso de rodillas y con gran presteza, me abrió
el pantalón, liberando de golpe mi pene; ella abrió los ojos y soltó una
exclamación de satisfacción al verlo tieso y muy grande, rezumando ya mis
incipientes jugos. Abriendo sus labios carnosos y apenas sacando la lengua, se
introdujo mi pene en la boca muy lentamente. Era fantástica. Mostrando cierta
dificultad, Solange se lo metió todo en la boca, enrojeciéndolo con su lápiz de
labios, desde la base, casi toda mi pieza conforme me la iba chupando. Me tenía
totalmente a su merced mientras me aprisionaba el pene con su boca, subiendo y
bajando, ensalivándomela toda, mientras me acariciaba los testículos con su
mano, arañándome de rato en rato con sus largas uñas postizas.
No cabía en mí de gozo. Comencé a tomarla de la cabeza,
alzándola y bajándola con fuerza, en un endemoniado vaivén. Ella se dejaba
llevar, mientras gemía con fuerza, jadeando, tragándose toda mi polla. Cuando
estaba punto de explotarle todo mi semen en la boca, ella, sabiamente, se sacó
mi pene de su boca y, con un rápido movimiento, sacó al aire sus enormes pechos
blancos, aprisionó mi pene con ellos, y comenzó a masturbarme con ellos un ritmo
aún más demencial. La puntita de su lengua, rasposa como de gata, me arrancaba
deliciosos estertores, que recorrían todo mi cuerpo como descargas eléctricas.
No tardé mucho en vaciarme sobre sus pechos, boca y rostro.
Sonriente, Solange se relamía mi leche satisfecha,… pero no
tanto. Casi sin darme respiro, me comenzó a desnudar rápidamente: yo estaba
tirado boca arriba. Definitivamente quería más.
- Tranquilo mi amor – me dijo con voz melosa-, recuéstate que
yo te voy a poner de nuevo a cien…..mmmmmm….
Sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a lamerle los
testículos, a la vez que con una mano me comenzaba a masturbar lentamente.
Conforme mi pieza agarraba cuerpo de nuevo, como toda una experta del sexo, me
abrió de piernas y comenzó a introducirme su lengua en mi ano. Era la primera
vez que me hacían el beso negro, y simplemente fue excitante y maravilloso. Su
lengua, cual lanceta, se introducía en mí, haciendo que mi pene se erectase de
golpe. Yo respiraba agitadamente, mientras ella me lamía a su antojo, sin dejar
de masturbarme. Ya listo yo de nuevo, se incorporó de pronto, y abriendo las
piernas me miró fijamente, mientras aprisionaba mi pene, como con una garra.
-¿Quieres verme desnuda por completo o no, papito? –, me
dijo.
Apenas afirmé con la cabeza, comenzó a quitarse todo. En
segundos quedó desnuda frente a mí, toda ella una diosa amazona dispuesta a
cabalgar. Y eso fue lo que hizo. Abriéndose de piernas, se montó encima mío,
ensartándose mi pene en medio de la deliciosa y abundante mata dorada, que muy
húmeda se la tragó toda. Su cabalgada fue demencial; los labios de su vagina se
contraían alternadamente, apretando mi pieza cada vez que ascendía. Haciéndome
sentir que me iba a arrancar la cabeza del pene en cualquier instante. Sus uñas
se me clavaban en el pecho, mientras ella saltaba sobre mí, con los ojos
cerrados, gimiendo con fuerza, deleitándome con sus espléndidos pechos erectos,
que saltaban sin cesar. Sin quitarse de dentro suyo mi pene, giró por completo,
cogiéndose de mis tobillos, y aumentó el ritmo aún más, mientras me mostraba un
espléndido primer plano de su culo y su sonrosado y apetecible ano. Estaba fuera
de sí. Se había corrido varias veces seguidas: su raja soltaba abundantes
secreciones, mojando por completo mi pieza, mis bolas, sus nalgas,…eran
realmente generosas sus oleadas de placer.
-….. Mmmm,….ven papi: vamos a la ventana,….mmm…..
Casi aprisionándome con los labios de su vagina, me hizo
incorporar sin sacarlo de dentro suyo, y despacio, fuimos los dos hacia la
ventana del cuarto. La ventana daba a los estacionamientos del hotel. Sin decir
nada, Mónica abrió las cortinas de golpe: era una bonita noche de luna llena.
Mónica se apoyó al vidrio y me pidió que la coja con más fuerza. Con las
cortinas abiertas, cualquiera que pasara en auto, entrando de la calle y rumbo a
otro cuarto del hotel, tenía ante sí aquel delicioso espectáculo: ella -con su
identidad oculta por la distancia y la peluca-, desnuda, pegada contra la
ventana, abierta de piernas y comprimiendo contra el cristal sus inmensas tetas,
a la vez que su velluda mata completamente mojada humedecía el cristal palmos
más abajo, mientras gesticulaba, gemía se contorsionaba, mientras tiraba hacia
atrás y hacia delante, alternadamente, sus firmes caderas mientras que yo,
oculto en la penumbra descargaba contra ella con toda la furia de un macho en
guerra.
Mónica-Solange disfrutaba como loca; imagino que realmente se
sentía puta al estar en la posibilidad de que algún desconocido la viese siendo
cogida. Y fue precisamente lo que sucedió: un auto entró en ese momento al
hotel, pero no siguió su camino. Se detuvo y apagó las luces, en medio del
estacionamiento. Mónica y yo pudimos ver a sus pasajeros: eran un hombre algo
mayor al volante, y una jovencita. El típico cuadro del jefe y su secretaria,
diría yo. Sin inmutarnos ni detenernos, continuamos con lo nuestro. Yo gozaba
con cada poderosa embestida de mi verga contra su inmenso y suave culo, mientras
su larga cabellera falsa se enredaba en mi pieza mojada completamente por ella.
Mónica, incontenible, tratando de llegar a otro orgasmo, excitada como estaba
exhibiéndose, me empezó a rogar:
- …SIIII, SIIII!,….Pregúntame si soy tu mujer…..ahhh,… AHHH!….
- …¿Eehhh??....
-¡PREGÚNTAME SI SOY TU MUJER!!!... –, replicó con fuerza.
- …¿DIME SI ERES MI MUJER?!!!! -, pregunté con fuerza,
suponiendo que eso quería.
- …. ¡SIIIIÍ: SOY TU MUJER!!! -, casi gritó fuera de sí-,….
¡PREGUNTAME SI SOY TU HEMBRA!!!, ¡HAZLO!....
- … ¡DIME SI ERES MI HEMBRA!!! -, dije, casi a punto de
estallar.
- …..¡SIIIIÍ: SOY TÚ HEMBRA, SIIIIÍ!!!! -, replicó acelerando
ella el choque contra sus caderas -, ¡AHHH!,…¡PREGÚNTAME SI SOY TU PUTA!!!...
- ¿¡¡¡¡ERES MI PUTA!!!!??
-¡¡¡¡SIIIÍ SOY TU PUTA!, ¡SOY TU PUTA!!!!, ¡SOY TU PERRA, MI
AMOR!!!, ¡CÓGETE A TU PUTA!!!, ¡RÓMPEME: SOY TU PUTA, SOY TU PUTAAAA!!!!...
Estaba totalmente descontrolada: abajo la cosa estaba igual:
tras un forcejeo, el conductor del auto, fuera de sí, se le abalanzó a la chica
y, a la fuerza, le arrancó la ropa y se la sentó encima. Así Mónica y yo gozamos
viendo a la chica ser penetrada sin compasión, exhibiéndose ante nosotros en
contra de su voluntad. Aquello nos excitó aún más. Yo clavé mi mirada a través
de la penumbra, en sus pechitos expuestos que trataba de ocultar, sin dejar de
bombear. Mónica gritaba como una poseída, diciéndome a gritos que me amaba,
junto a un sinnúmero de obscenidades que hubiesen
avergonzado a la más grande de las putas. La demencial cogida culminó con la más
grande eyaculada que tuve en mi vida, y que se terminó rebalsando de la vagina
de Mónica. Un segundo después un hilo de orina saltó de ella, para pegar de
lleno en el cristal. Apoyados contra la ventana, respirando con dificultad,
vimos que las luces del auto se encendían de nuevo. El vehículo lentamente
avanzó hacia el frente de otra habitación mientras sonaba la bocina, como un
tipo de agradecimiento y despedida.
Mientras yo trataba de recuperar mis ya alicaídas fuerzas,
tumbado en la cama, ella se incorporó de la cama, dándome el indescriptible
placer visual de ver su escultural cuerpo desnudo yendo hacia el jacuzzi que
teníamos en el cuarto. Como si se hubiese olvidado de mí, se quitó la peluca
azabache, e introduciéndose en el agua burbujeante, se apoyó en el borde opuesto
a mí, mostrándome su trasero blanquísimo, flotando a medias en medio del agua,
como una inmensa isla de placer. Solange había vuelto a ser Mónica, haciéndome
de nuevo desearla a la distancia. No pasó mucho tiempo antes que su cuerpo
húmedo, su cabellera castaña y desordenada, y sus enormes globos que se me
ofrecían bamboleándose lentamente sobre las aguas, me encendieran de nuevo. Me
levanté de la cama desordenada y tomando la botella de champagne helado, me
dirigí al jacuzzi lentamente. Mónica apenas me miró de reojo, para luego
continuar meneándose indiferente a mí, sonriendo y tarareando la cancioncilla
que me bailó. Apenas se sobresaltó cuando descorché de golpe el champagne,
haciendo saltar el corcho y cayendo una catarata de la espumosa bebida. Sin
perder un instante dejé que la bebida cayese sobre su espalda y sus nalgas. Ella
lanzó un grito al sentir la frialdad del champagne sobre su cuerpo para luego
reír a carcajadas, agitándose, como pidiendo más del inesperado baño.
Me metí en el jacuzzi. Ella ni se inmutó, quedándose en la
posición en la que estaba. A pesar de todo el jaleo, mi cuerpo me pedía a gritos
continuar. Cogí ya con toda confianza sus caderas con ambas manos. Ella apenas
se inmutó. Me fui a la carga con todo. Se la metí de un solo golpe. No gritó.
-…¡WOOOOOWWWW!!!!... –fué lo que exclamó. Mi pieza se le
introduje completa. Calzaba como en un guante, en medio de sus nalgas-,… ¡LA
SIENTO ENOORRMEEE!!!,.. ¡LA SIENTO ENOOOOORRRMEEEE!!!!....
Tomando su cintura, le dí sin piedad. Sus nalgas golpeaban
contra mi cadera, sintiendo el golpe de su pelvis. Golpeando y abriendo sus
nalgas a cada embestida, ella gritaba de placer mientras el agua del jacuzzi
saltaba por todos lados.
-…. ¡DAMMEE ASIIII!!!!,…DAME ASIIIII!!! –gritaba sin cesar-,
¡ERES MI HOMBRE, ERES MI HOMBRREEEE!!!!!....
Apoyando su cuerpo contra el borde de la tina, descargué por
última vez dentro de ella. Mónica se quedó apoyada ahí, jadeante. Me apoyé al
otro lado del jacuzzi, viendo embelesado su ano dilatado y rojizo, soltando de
rato en rato borbotones de mi semen, que se mezclaba con el agua burbujeante.
Rendidos los dos, pasamos el resto de la noche acurrucados en la cama. Era una
visión que nunca olvidaré: yo, acostado boca arriba: ella, acurrucada, desnuda,
con su rostro apoyado junto a mi pene, el cual besaba con ternura de cuando en
cuando. Al despertar a la mañana siguiente, ella no estaba. En la mesa de noche
estaba mi billetera. Dentro había un buen fajo de dólares -que no eran míos-, un
carísimo reloj importado y una nota. "Adiós mi amor; te quiero, pero prefiero
recordarte. No quiero perder tu amistad, y eso pasará si somos amantes". Quedé
desolado. Fue maravilloso, pero así fué el final. No nos hemos vuelto a ver más.
Sólo me queda este relato para añorarla.