EL CASO DE LA CHICA DEL GANGSTER
ONCE: LA TENSA ESPERA
La noche de espera era especialmente calurosa. Aparte de no
poder dormir por esa causa, tampoco ayudaba el no saber si Seal había picado o
no, no saber si el negro Davis y sus amigos estarían ahora mismo dirigiéndose
hacia allí... y, sobretodo, los ruídos que venían de las habitaciones
colindantes, donde unas señoritas -quizá incluso alguna señora- aliviaban los
bajos a varios parroquianos que, a juzgar por los chirridos y los berridos,
podían muy bien pertenecer a un coro de germanos hasta arriba de cerveza.
Cuando empezó el traqueteo, Carol me miro medio divertida.
- Parece que ahí se divierten.
- Eso parece.
- ¿Y aquí?
- Aquí no.
- Eso parece.
Cuando llegó el segundo participante en el festival, Carol
volvió a mirarme.
- ¿Tú crees que a nosotros se nos oiría tanto?
- No creo.
Justo el que teníamos del lado de la cabecera de la cama
empezó a hacer unos extraños sonidos en la pared.
- Parece que esté dándose con la cabeza contra ella -le dije
a Carol.
- Será que está empujando con ganas.
- Eso será.
Llegó un momento en que parecía que todo el edificio entero
estaba fornicando, excepto nuestro hueco.
- Oye, Patrick.
- Dime.
- ¿No vamos a hacerlo?
- ¿Hacer qué?
- Lo que están haciendo todos.
- Yo no soy mono de repetición, nena.
Lo cierto es que hubiera podido hacerlo, y me hubiera incluso
apetecido, de no ser porque tenía otras cosas en la cabeza. Carol no,
claramente: comenzó a bajarme la bragueta, y tuve que pararla.
- ¿Qué haces?
- ¡Intento animarte, amuermado! -me dijo con violencia.
- Oye, nena... ¿Tú sabes que mañana podemos ser millonarios,
o podemos estar muertos, y posiblemente nada más?
- Será medio millonarios, ¿no?
- Mmmmm... -maldita sea... siempre fui un bocazas.- Era una
forma de hablar.
- Lo se de sobra. Pero aquí todo el mundo está dale que te
pego, y no por dejar de hacerlo ahora vas a seguir vivo mañana.
Hay que reconocer que la chica tenía razón. Pero yo no tenía
la cabeza para ponerla en otro sitio que no fuera el plan.
La verdad es que me lanzó una de sus miradas de desprecio. Le
salían muy bien, esas miradas. Se puso de pie y se metió en el baño.
- Eso es -le dije mientras se iba.-, date unas duchas frías,
que eso templa el espíritu.
- ¡Que te jodan!
Era terrible, lo de su vocabulario.
Seguía yo intentando concentrarme en medio de tanto jolgorio
como había en aquel cuchitril, cuando caí en la cuenta de que en el cuarto de
baño hacía mucho rato que no se oía caer agua. De hecho, no podría asegurar que
hubiese caído en algún momento.
Quizá Carol había decidido jugármela y se había largado por
la ventada del cuarto de baño con la esperanza de dar con el negro Davis y el
resto de la panda. Pero aquello no era muy probable.
Quizá el propio negro la había localizado. Carol es bastante
llamativa, y su visita al banco, y sus paseos por la zona, y su entrada en aquel
burdel de baja estofa en el que estábamos de seguro no había pasado inadvertida.
Recordé que el cuarto de baño tenía un amplio ventanal por el que, con la
agilidad adecuada, se podía entrar fácilmente.
Tomé la Beretta y me acerqué a la puerta. Traté de escuchar,
pero con el festival que tenía aquel edificio me fue imposible oír nada que no
fuera el crujir de las vigas de madera y los golpes de colodrillo del vecino
contra la pared.
Cargué contra la puerta empuñando el arma. Carol gritó.
Inspeccioné visualmente la zona todo lo rápido que pude:
"detrás de la puerta, armarios, espejo, retrete, cortina de la ducha, bañera,
Carol desnuda metiéndose los dedos, ventana entreabierta..."
- ¿Pero qué coño haces?
"¿Carol desnuda metiéndose los dedos?"
- ¿Es que le has cogido afición a follarme con la pistola?
- No... No escuchaba el agua, así que no sabía si te
encontrabas bien...
- Para lo que hago no me hace falta agua -me dijo.- Sólo
esto...
Se sacó los dedos y me los enseñó: estaban brillantes del
baño de cuerpo que les estaba dando.
- Oye, ¿tú nunca te sacias, o qué? -le pregunté.
- Mira: cuando hay ganas, hay ganas -volvió a meterse los
dedos.- Si quieres participar, ya sabes que hay sitio para ti.
- Creo que mi sitio anda ocupado.
- No estés tan seguro.
Volvió a sacarse la mano de entre las piernas, y abrió sus
labios para mostrarme "mi sitio". Debo reconocer que me quedé parado: no sabía
muy bien cómo reaccionar (para variar).
Se acercó hacia mí, y paso una mano por mi bragueta. Sentí
sus dedos.
- Parece que lo que has visto te ha gustado, ¿eh?
- Estaría muerto si no hubiera sido así.
Cuando quise darme cuenta, mis pantalones andaban ya por los
tobillos.
- Oye, ¿cómo lo haces?
- ¿Excitarte? No es difícil, no eres más que un hombre...
- No... Eso de bajarme los pantalones tan rápidamente.
- Tengo práctica.
- Ya veo, ya.
- Pues no has visto nada.
Me llevó a la cama.
- ¿Quieres una clase de sociología?
- ¿Qué?
- Ya te he dicho que tengo práctica...
- ¿Qué dices?
- Mira... -cogió mi polla con sus manos.- Así se hacen las
pajas en los graneros de Choochootanooga, de dónde yo soy.
- ¿De dónde?
Sus manos, cerradas haciendo presa en mi miembro, se
deslizaban arriba y abajo.
- Choochootanooga.
- ¿Eso dónde está?
- Qué importa... duré muy poco allí.
Creí advertir una cierta tristeza en sus ojos mientras me lo
decía. Intenté imaginarla joven, muy joven, en esos graneros de su pueblo natal,
donde se habría iniciado en el sexo, posiblemente haciéndoles pajas a los
vecinos.
- Es como si arrancases rábanos de la tierra, ¿verdad? -me
preguntó. Lo cierto es que no supe que decirle.- Sin embargo, por Missouri las
prefieren así.
Su mano izquierda pasó a apoyarse en mi vientre. La derecha
tomó una velocidad inconmensurable en su labor de subir y bajar por mi miembro.
- A algunos les gusta que les retuerzan los huevos, a otros
no. Sobre eso no hay un acuerdo. Sobre lo que sí que lo hay es acerca de las
pajas.
- Te veo muy puesta.
- ¿A qué parece que estés agitando el cubilete de los dados?
Supongo que será por aquellos casinos flotantes que andaban por esas tierras...
- Pues quizá. ¿También anduviste por Missouri?
- Puedes jurarlo... El viejo sur... Aquello sí que eran
caballeros...
- ¿Y has estado por muchos más sitios?
- Algunos. Mira: así les gustan las mamadas a los campesinos
de Virginia.
Cogió mi pene con su mano derecha y lo mantuvo totalmente
vertical, mientras su lengua iba recorriéndolo de arriba a abajo.
- Nada de tragarlo, sólo lamerlo... Tragarlo es de esclavos.
- Vivan las diferencias sociales.
- Sin embargo, los picapleitos de Memphis las prefieren así
-dijo sin soltar mi sexo. Lo bajó, luchando contra su dureza natural y, en
tensión, iba describiendo círculos con su lengua, desde el glande hacia la base,
introduciéndolo lentamente en su boca.
Empecé a intentar imaginar todos los tipos con los que habría
estado Carol en una cama, en un granero, en un retrete, y vaya usted a saber en
cuántos sitios más.
- A los de la costa este, lo que más les encanta es esto...
-oí que decía. Lo cierto es que ya no andaba prestándole mucha atención, en la
labor imaginativa en la que estaba sumido. La vida no tenía que haber sido fácil
para aquella mujer... o quizá sí... porque parecía como si realmente todo
aquello le gustase... Volví al mundo real cuando sentí mi sexo mojado: se me
había sentado encima, de cara a mí, pero no subía y bajaba, sino que restregaba
su sexo con el mío dentro contra mi cuerpo.- Algunos te cogen las tetas -dirigió
mis manos hacia ellas- y las aprietan hasta casi hacerte gritar de dolor...
- Que poco cuidadosos...- dije cuando conseguí recuperar el
ritmo normal de respiración.
- Hay de todo: esto les gusta a los estibadores del puerto.
Pero a los tipos de traje del centro les va más esto otro.
Sacó mi sexo del suyo.
- Ponte de pie al lado de la mesa.
Lo hice. Ella se puso delante mía, mirando a la mesa. Se dejó
caer sobre ella sin levantar los pies del suelo y, con una mano, guió mi pene a
su interior. Comenzó a moverse contra mí, cada vez con más fuerza. Para mantener
el equilibrio, yo empujaba en su dirección.
- ¿Te gusta, eh? Sabía que eras un tipo de traje del
centro...
- Si tú lo dices...
La tomé de las caderas. Tanta clase me había abierto el
apetito de ella, así que comencé a hundirme más y más en su sexo. Ella no pudo
evitar el grito. Se zafó de mí, y volvió a dejar a mi pene al aire.
- ¿Sabes lo que más le gusta al gobernador?
- No.
Me guió de nuevo a la cama y me tumbó. Se situó mirándome
cara a mí.
- Pensaba que eso era lo de los estibadores del puerto.
- El gobernador tiene orígenes humildes -dijo guiando mi
polla hacia ella.- Pero sólo los orígenes.
Se dejó caer despació sobre mi miembro mientras acariciaba
fieramente su clítoris. Esta entrando en su culo, despacio, muy despacio, pero
sin pausa. Fue un deslizarse en el que noté su presión y creí que iba a estallar
allí mismo. Se llegó a sentar por completo sobre mí, todo mi sexo rellenándola
mientras ella se masturbaba. Comenzó a moverse ante mis atónitos ojos.
- Esto le ponía a cien, ¿sabes? Debo haber tenido más de una
cisterna de su esperma ahí detrás.
Debo reconocer que me estaba portando bien, sexualmente
hablando. Mi erección era duradera, y había podido jugar a la masturbación, a la
felación y al coito vaginal y anal. Y me había gustado. Pero pensar en una
cisterna de esperma de un tipo como el gobernador... digamos que me distrajo.
Pensé por un momento en todos los tipos que debían haber usado aquel cuerpo. No
me importaba hacerlo con mujeres que habían sido de otro u otros hombres. Era,
únicamente, que en toda aquella historia suya faltaba algo.
- Sabes lo que le gusta a muchos tipos de hombres, ¿no?
- Sí... -gimió sin dejar de moverse. Creo que intentaba que
mi verga volviese a su esplendor anterior.
- Oye, ¿y algún hombre sabe lo que te gusta a ti?
Paró en seco. Debería decir que me miró con un cierto odio,
porque así era. Pero lo cierto es que tras ese odio percibí toneladas de pena.
- Eso sólo lo sé yo, cabronazo -me dijo mientras sacaba mi
pene de su culo.
Se metió en el baño y cerró la puerta. Supuse que estaría
masturbándose, acabando la sesión que había empezado sola, y de la que yo había
participado en una cierta medida. Me acerqué a la puerta, porque el pensamiento
de Carol tocándose me había vuelto a excitar. Yo mismo estaba acariciándome.
Pensé que si oía su orgasmo iba a manchar el suelo con mi esperma.
Me acerqué, por tanto a la puerta y, claro, sólo oí el
consabido chirrido, golpes de colodrillo y vigas de madera. Pero en uno de esos
momentos en los que -oh, maravillas del destino- se hizo un aparente silencio,
la oí claramente.
Mi pene volvió a posición de descanso. Carol estaba llorando.
DOCE: EL PEZ MORDIÓ EL ANZUELO
Me dejé caer en la cama tal y como estaba. Cuando desperté,
Carol estaba abrazándome por la espalda. Sus manos se entrelazaban en mi pecho.
Escuché su respiración rítmica, propia del sueño. Quizá debería haberme largado
a comprobar en los bancos cómo iba el tema del dinero de Seal, porque el sol ya
había salido y juraría que estaba ya alto, pero me pareció más correcto dejarla
dormir. Puse mis manos sobre las suyas. Me quedé yo también dormido.
Lo malo que tienen los momentos que se viven con tensión es
que desfallecen a uno. El viaje en camión, las llamadas a Frank Seal, la
creación de las cuentas, la espera, la tristeza de Carol... por no contar los
bloody Marys que me había tomado, consiguieron que necesitase una dosis de sueño
superior a la que es normal en mí.
Cuando desperté, estaba solo en la cama. Supuse que Carol
andaría en la ducha, pero no oí agua. Me acerqué a la puerta del cuarto de baño,
donde unas horas antes la había oído llorar, pero no escuché nada. Abrí
despacio: vacío.
Entonces descubrí la nota encima de la mesa:
"Dormías y no quise despertarte. He ido a ver si tu plan era
tan maravilloso como me contaste. Como lo eres tú. Y sí, mi amor: Frank mordió
el anzuelo, y de hecho hizo el ingreso en la oficina de la octava avenida a las
19.25 horas de ayer. En el medio oeste lo recibieron a primera hora de la mañana
y a las 13.24 llegaba un furgón a esta sucursal con los fondos. No me dijiste
que habías pedido un millón: eres un genio, mi vida.
He ido a comprarte algo de ropa (bueno, también para mí...).
Te espero en el bar de Sue: no quiero entrar cargada de ropa nueva en esa
pensión de mala muerte. Llamaría demasiado la atención.
Perdona mi numerito de anoche. Fuiste muy dulce. Eres la
única persona que jamás se ha preocupado por mí.
¿Sabes? Es duro decirlo por escrito, pero no me sale
decírtelo a la cara: te amo.
Carol."
Me di una ducha. Estaba radiante. Mi plan, un éxito, todo
perfecto. Y un millón. Y el amor de Carol. Y una nueva vida. Me reuniría con
ella, compraríamos un billete de tren a Oakland y allí uno para el próximo avión
que abandonara el país. Echaría de menos los bloody Marys de Sammy, pero qué
demonios... empezaba una nueva vida.
Cuando llegué al bar de Sue, pedí una copa. Me supo a gloria
el jugo de tomate, el punto de tabasco... Fue el mejor bloody Mary que jamás
había bebido, el primero de mi vida de millonario.
En el segundo, degusté la vodka. A partir de aquél momento,
sólo tomaría vodka rusa.
Cuando me acerqué por el tercero, dieron las seis en el
reloj.
- ¡Felicidades! -me gritó Sue.
- ¿Felicidades? ¿Por qué?
- Por su cumpleaños, naturalmente.
- ¿Mi cumpleaños?
- Le ha dejado este regalo. Me lo dijo muy claro: Sue, dáselo
a las seis en punto, ni antes ni después, junto con un bloody Mary cargadito,
muy cargadito. Es la hora a la que nació... La hora exacta.
- ¿Un reg...? -"mierda, mierda, mierda".- ¿Quién?
- Su mujer, naturalmente... Debe estar muy enamorada de
usted...
Me alargó el paquete y el bloody Mary. Me fui a la mesa más
cercana a los servicios. Abrí el paquete. Había dos sobres, uno con un enorme
uno y otro con un dos. Abrí primero el uno, naturalmente.
"Patrick: hoy naces de nuevo. Exactamente a las 13:32, para
que puedas recordarlo. Volví con el dinero al hotel y estuve a punto de pegarte
un tiro, pero supuse que eso llamaría la atención. ¿Cuándo ibas a decirme que
era un millón completo? ¿Ibas a darme la mitad, o sólo un cuarto? Avaricioso
cabrón.
En fin, que una vez más te demuestro que soy bastante más
lista que tú."
Abrí el segundo sobre, no sin antes beberme medio bloody Mary
de un solo sorbo. Dentro había cinco mil dólares y otra nota.
"Te dejo esto porque no soy una ladrona. Es el pago por tu
Beretta. ¿Sabes? Me gustó como la usaste. Creo que jugaré mucho con ella. Espero
que con el tiempo deje de recordarme a ti".
¡Mierda! No la tenía, era cierto, palpé a toda prisa todos
mis bolsillos. Carol me la había jugado, pero bien. Acabé mi bloody Mary de otro
sorbo y, con toda la dignidad que pude, guarde mis cinco mil en el bolsillo del
pantalón mientras me iba al servicio a vomitar.
--- FINAL DEL CASO DE LA CHICA DEL GÁNGSTER ---