EL CASO DE LA CHICA DEL GANGSTER
NUEVE: A PUNTO DE DEJARLO
Una vez más, y contra todo pronóstico, estaba vivo después de
haber recibido la visita de la muerte. Sé que así queda muy dramático, pero
bueno...
El volver a la conciencia fue un pelín traumático, porque
entre la intoxicación por el humo y la intoxicación que me provocó el tipo del
bar, lo cierto es que andaba bastante descompuesto. Tan descompuesto que vomité
nada más volver en mí. Quisieron los hados que me despertara mirando hacia lo
que quedaba de hoguera, y no hacia Carol. Mis arcadas la despertaron.
- ¿Estás bien?
- ... (¡argh!)
- Parece que no...
- ... (¡blopss..!)
- Joder, qué asco, tío...
- ... (¡mmmurggh...!)
Se levantó con esa desnudez que tanto me había excitado antes
y salió del cubículo. La mini escalera de madera que daba paso al sótano se
había quemado, pero gracias a Dios el desnivel no era tan difícil de salvar.
Cuando estiró su pierna para subir, pude volver a ver su sexo.
Me sobrevino otra arcada, sin ningún tipo de relación con la
visión, sino meramente con la ingesta e intoxicación posterior. Me miró con asco
y la perdí de vista.
Al rato, volvió con un Bloody Mary de emergencia.
- Toma, te repondrá.
Se había cubierto con un chal, pero no había llegado a
vestirse.
Me aclaré la boca con el combinado.
- Oye, dime una cosa, nena.
- Pregunta.
- ¿Tú como crees que nos han encontrado? Les oí hablar de que
el barman había cooperado...
- No tiene que ser tan difícil encontrarte, Blind. Tu pinta y
tu afición por los Bloody Marys te delata. Frank, posiblemente, sólo tuvo que
hacer unas llamadas. El muy cabrón.
- Otra cosa...
- Dime.
- Antes, en el sótano...
- ¿Qué?
- Cuando empezaste a follarme...
- Por si quieres saberlo, no estaba pensando en ti.
- Ya lo sé.
- ¿Te molesta?
- ¿Debería hacerlo?
- Supongo que no. ¿Entonces, qué quieres saber?
- Nada. Únicamente, si tú realmente amabas a ese tipo.
Me miró con unos ojos que me transmitieron una tristeza
indescriptible.
- Escucha: A veces, el amor, no tiene nada que ver.
- Nada que ver, ¿con qué?
- Con la vida.
La miré. Acaricié su mejilla.
- Te entiendo.
Me miró. Acarició la mía, donde lucía aún su arañazo. La
acarició de nuevo y me dio unos suaves bofetones antes de decirme:
- Y una mierda.
Había mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo, así que no
seguí con las preguntas. Teníamos que salir de allí, desaparecer sin llamar
mucho la atención y pensar qué demonios íbamos a hacer a partir de entonces.
Pero aquella labor iba a verse ligeramente importunada por el hecho de que el
negro Davis, Paul y el tercero en discordia del que no sabía el nombre, habían
robado, de paso que nos mataban, nuestro coche. Así que en medio de la nada,
tenía que huir con una tía que estaba cañón y descalzo, porque aunque llevaba
algo de ropa en la maleta mínima con la que salí de casa, no había cogido otros
zapatos. Genial.
El ofrecimiento de Carol de prestarme unos suyos me pareció
propio de su sentido del humor particularmente enfermizo.
Comenzamos a caminar por el bosque, siguiendo el camino que
desembocaba en la carretera. Estaba claro que no podíamos ir al pueblo donde
había estado dejándome ver, ya que quizá aquellos matones estaban por la zona
pasando unos días de relax. Había que salir de allí, rápidamente, y sin llamar
mucho la atención.
Conseguimos, ya en la carretera, que nos parase un camión que
iba hacia Modesto. Aquello no nos alejaba mucho, pero sí lo suficiente. Carol
subió a la cabina, al lado del camionero y yo, naturalmente, con la carga, un
cajón cubierto y cerrado lleno de balas de paja -al menos iría cómodo- que
estaba separado de la cabina por un ventanuco oblongo por el que podía ver lo
que sucedía al otro lado.
Debo decir que no estaba celoso del camionero, aquello
hubiera sido una estupidez, porque ni tenía nada ni quería tener nada con Carol.
Pero sí que me tocaba mucho las narices el hecho de que aquél fulano que no
había hecho nada por ella se la pudiera beneficiar igual que me la había
beneficiado yo, que le había salvado la vida. Era una mera cuestión de justicia.
Sé que ponerse a pensar en eso denota una mente enfermiza.
Carol no tiene por qué ir tirándose a cualquier tipo que se le ponga a tiro.
Aunque lo cierto era que lo había hecho, siendo yo testigo, con su
guardaespaldas y conmigo, y quizá si no lo había hecho con más gente era porque
la había tenido secuestrada, factor este que ayuda a reducir el ámbito de las
relaciones sociales bastante. Pero no por ello tenía que estar dándole vueltas
al tema. A fin de cuentas, era la chica del gángster (aunque Frank Seal había
querido eliminarla y, mientras viajábamos en camión a Modesto, más de uno la
creía muerta): no era cuestión mía lo que hiciera con la parte interior de sus
muslos. Mi problema en aquél momento era ordenar el desorden en el que se había
convertido una situación perfecta como era mi plan de secuestrar a aquella
mujer.
Visto que la idea de cobrarle rescate por la vida de Carol no
le interesaba, comencé a sopesar seriamente la hipótesis del chantaje. Lo bueno
que tenía la situación era que, oficiosamente muerto, no debería sospechar de
mí. Así que aquello era tan simple como llamar directamente a Frank Seal y
plantearle la cuestión. La primera vez que llamé no reconocieron mi voz y ahora,
si lo hacía bien, tampoco me relacionarían con el tema. Tan sencillo como eso,
cobrar la pasta, y desaparecer.
Por cierto, si alguno tiene que desaparecer algún día, que no
lo haga por carreteras secundarias en un cajón de camión lleno de paja: llegué a
Modesto con todo el cuerpo picándome. Cuando bajé del cajón, Carol se arreglaba
el vestido, no sé si porque con el viaje se le había subido un poco o por alguna
otra cuestión. Decidí no preguntar porque, a decir verdad, tampoco era cosa mía.
Cosa mía era, por el momento, conseguir una habitación en algún sitio no
demasiado céntrico, donde no llamásemos la atención. Y lo logré, en una pensión
de esas que alquilan la habitación varias veces en una noche. Era barata y
limpia, y no se fijarían mucho en nosotros los posibles vecinos.
Nos instalamos y decidimos trazarnos un plan de acción.
Básicamente, la situación era como sigue:
Yo abogaba por llevar a la práctica el plan de Carol, pero
Carol prefería olvidarse de todo y empezar de nuevo. No le apetecía volver a
cocerse en un horno mientras unos matones esperan oler a carne quemada. Es una
posición muy respetable y comprensible, pero yo tenía una vida de la que ya no
quedaba nada, y no tenía la capacidad de Carol para empezar de nuevo, entre
otras cosas porque carecía de sus atributos.
- Escúchame: nos quedamos aquí... Yo curro en la pensión y tú
te buscas algún trabajo en plan granjero o algo, ¿no te parece?
- Vamos a ver... Cómo quieres que te lo diga: yo no soy
granjero. Además, tú tampoco eres puta, así que no me vengas con esas.
- Cualquier mujer, querido, puede ser puta si quiere. Sois
bastante fáciles de tratar.
- Mira: tenemos una pasta a tiro de piedra, así que ni hablar
de tirar la toalla.
- No quiero que me maten.
- Tampoco a mí me apetece, pero para ganar al póker hay que
apostar, ¿no crees?
- Ya... Y siempre está la posibilidad de perder, ¿no?
- Cierto.
- Pues yo no sé si quiero seguir apostando.
Maldita sea. Iba a rajarse, lo veía en sus ojos. Algo me
decía que aquella chica había llegado al límite, y que no quería ir más allá.
Pero sin ella no había chantaje posible, porque era la que conocía bien los
trapos sucios de Frank Seal. Así que no tenía otro remedio que conseguir
convencerla como fuese. Y el único modo era al viejo estilo.
- No te voy a dejar atrás, nena.
- No me importa si lo haces: sobreviviré.
- No lo dudo, pero no quiero testigos.
- ¿Qué dices?
- Que si yo sigo sin ti, tú no sigues en absoluto.
- ¿Qué?
Volvió a relucir mi Beretta.
- Mi amiga te lo explicará.
- ¿Vas a matarme?
- Si me complicas la vida, no lo dudes. No tengo nada que
perder, y sí mucha pasta que ganar.
- No me jodas, Blind.
- No te jodo, nena. Ya te jodí en el sótano, ¿no lo
recuerdas?
- Patrick...
Sus ojos habían cambiado. No sé si la había impresionado con
mi voz queda y grave y la mirada dura directa a sus pupilas. Quizá lo que le
impresionó realmente fue el cañón de mi pistola acercándose hasta dejarle una
pequeña marca circular en la sien.
- ¿Sí, Carol?
- ¿Qué tal si te vas mucho a tomar por culo?
Volvió a saltar la gata. Esta vez creo que por milímetros no
me arrancó el brazo del arañazo que me dió. Con esta tipa, no iba a ganar para
vendas. Tuve que propiarle un buen bofetón que la alejó unos metros de mí.
- Maldita sea, nena... Deberías cuidar más tus modales...
- ¿Mis modales? ¿Y tú qué, hijo de puta? - me dijo
acariciándose la mejilla enrojecida por mi golpe.
- Yo ya ando de vuelta de todo. Cuando vine aquí quemé mis
naves, y ahora sólo puedo ir hacia adelante.
- Pero... ¡conseguirás que te maten!
- Utiliza bien los pronombres. En todo caso, conseguiré que
nos maten.
Me acerqué a ella y la tomé por los hombros. La puse en pie y
a apreté contra mi pecho.
- Estás conmigo, nena... Para bien o para mal.
- Creo que será lo segundo, Patrick.
- Pues de perdidos al río, nena.
- ¿Sabes? -me dijo.- Si todo sale bien, después del reparto y
como despedida, te follaré como nadie te ha follado.
Carol cuando quería hablaba como una auténtica fulana.
- ¿Sabes? -le dije yo.- En muchos sentidos, ya lo has hecho.
DIEZ: SE LANZA LA CAÑA
Supongo que más que convencerla yo le convenció la
perspectiva de un dinerito en el banco y el no tener que hacer la calle, o la
cama, según se mire. En todo caso, lo importante era que había entrado al trapo
y que volvía a estar en el ajo. Así que decidimos dar una vuelta a la caza y
captura de algún local con teléfono público donde su barman no tuviera demasiada
pinta de ir a delatar a nadie. Encontramos uno con una mujer tras la barra. Dijo
llamarse "Sue" (no sé por qué esa manía de algunos camareros que, sin conocerte,
se ponen a darte conversación... una conversación en la que ellos te cuentan su
vida... debería ser al revés), y estar de paso por Modesto. De hecho, su
estancia de paso se había prolongado ya siete años, pero bueno... ella seguía
teniendo el sueño de plantarse cualquier día en Los Ángeles y triunfar como
actriz. No sé si lo haría bien delante de una cámara, pero sus Bloody Marys no
estaban del todo mal. Mucho tiempo sin probar uno decente.
Aprovechando que allí se podía beber, me tomé otro para
aclarar las ideas, y otro más para darme el valor de ir al teléfono a llamar a
Frank. Carol me advirtió que vigilase mi dicción: debía ser clara y dura. Si a
través del auricular notaban que yo estaba "borracho" -recuerdo perfectamente
que utilizó esa palabra-, sabrían en el acto quién era. Pensé que aquella nena
se creía muy lista, con sus veladas alusiones a mi afición por la buena vida.
Utilicé un pañuelo sobre el auricular.
- ¿Sí?
- Páseme con el Sr. Seal.
- ¿Quién le llama?
Tuve que improvisar.
- Dígale que el Sr. Nightmare tiene una información valiosa
para él.
- ¿Nightmare?
- El mismo.
Oí de fondo los típicos comentarios en voz baja. Me pareció
entender claramente una voz que decía: "yo no sé quién coño es".
- Un momento, por favor. Le atiende enseguida.
- Dese prisa, no tengo todo el día.
No deseaba eternizar la conversación. Aunque según parecía
antes nos habían localizado por la delación de un camarero, no acababa de tener
claro que no pudiesen localizar la llamada.
- Frank Seal al aparato.
La voz era grave, ostentosa. Estaba claro que venía proferida
por las cuerdas vocales de un tipo que tenía los pies en la tierra, muy bien
clavados, y muchos millones en el banco, muy bien asegurados. La voz delataba
una gran seguridad en sí mismo.
- Soy el Sr. Nightmare.
- No le conozco.
- Yo a usted tampoco, pero encantado de hacerlo, aunque sea
por teléfono.
- Dígame, ¿de qué se trata?
- Digamos que tengo cierta información que le interesa.
- ¿Qué tipo de información?
- No se preocupe. Usted también la conoce.
- Entonces, ¿para qué la quiero?
- No la quiere. O, mejor dicho, estoy seguro de que la quiere
sólo para sí.
- Desembuche.
- ¿Que le parecería si hablo con el gobernador y le cuento
sus chanchullos para comprar al candidato de la oposición?
- ¿Qué dice?
- Digo que medio millón y mi silencio es suyo.
- ¿Está loco?
- Un millón entero. Piénselo.
Colgué.
Bien. Ahora en algún despacho del emporio Seal, el tipo debía
estar haciendo una lluvia de preguntas a sus maromos: quién era el tal
Nightmare, cómo podía tener esa información... Supuse que lo primero que haría
sería tratar de localizarme. Obviamente, esperaría que volviera a llamar, para
tener preparado el localizador de llamadas. Por suerte, Carol no sólo tenía un
teléfono para ponerse en contacto con Seal. Así que la próxima vez llamaríamos
por la otra línea, y podríamos extender un poco la conversación. Había mucho que
decir, y muchas instrucciones que dar.
Volví a la barra. Otro bloody Mary.
- Está en marcha, nena.
- ¿Qué te ha dicho?
Miré a Sue y nos retiramos con nuestras copas a una mesa.
- Por ahora nada, no le he dado tiempo.
- ¿Cómo vas a hacer para recibir la pasta?
- He estado pensándolo.
- El que tú pienses me da miedo.
- Tranquila... -la miré con suspicacia.- Pensé en el camión,
no había probado ni gota.
El plan era abrir una cuenta en una oficina de un banco
nacional. Por supuesto, esto no impediría que Seal nos localizara, pero nos
haría ganar algo más de tiempo que si la abriésemos en uno local. Siendo ya
clientes del banco, pediríamos que alguna de sus oficnas en el medio oeste
abriese una cuenta en otro banco nacional y, de ese otro banco, daríamos el
salto a uno local de la ciudad donde Seal realizaría el ingreso. Después todo
sería automático para nosotros, pero más lento para Frank. No le costaría más de
un par de días dar con nosotros, pero para entonces ya habríamos volado.
- ¿Y a nombre de quién vas a abrirla?
- Le he dicho que soy el Sr. Nightmare.
- Vaya... ¿Y qué documentos tienes para demostrarlo?
- Ninguno. Pero seguro que el banco no pone problemas.
Diremos que andamos de viaje y tenemos una cierta prisa, porque nos han robado,
o cualquier cosa de esas.
- No creo que funcione.
- Funcionará.
- ¿Cómo estás tan seguro?
- Porque mi Sr. Nightmare existe. Es un fulano al que
investigué por un lío de faldas. Aún recuerdo su número de la seguridad social.
Lo facilitaremos, y el banco podrá comprobarlo sin problemas. Como el dinero lo
sacaremos en persona, nos conoceran y confiarán en nosotros. Este es un pueblo
pequeño.
- Pero... medio millón de dólares... Aquí no los van a
tener...
- De eso no te preocupes. Ahora, vamos al banco.
No le dije nada de que había pedido, al final, un kilo
completo. ¿Para qué preocuparla innecesariamente?
Dicho y hecho, abrir la cuenta no fue problema. Delante de
nosotros realizó una llamada y le confirmaron que los datos que había dado
-dirección, matrícula de coche, fecha de nacimiento... todos los imaginables-
eran correctos. Es lo bueno de ser detective, que llegas a conocer tanto a
algunas personas que después, si te ves en un aprieto, puedes tomar por un
momento prestadas sus vidas.
Dimos instrucciones en la sucursal para la apertura de la
otra cuenta en el medio oeste. Aquello fue aún más simple, porque de la lista de
poblaciones que nos dieron elegimos la más pequeña, con lo que se conocían
incluso los trabajadores de los bancos. En unos minutos tuvimos las dos cuentas
disponibles. Cuando fuimos a abrir la tercera, la voz con la que hablábamos por
teléfono nos informó de que las oficinas en la costa este ya estaban cerradas.
- Pero eso no puede ser: es un asunto de vida o muerte...
Malditas diferencias horarias.
Al final, conseguimos dar con unas oficinas que trabajaban
por la tarde. Era un pequeño banco, casi un establecimiento familiar de la
octava avenida. Volvimos a dar todos los datos, y no pusieron reparos en darnos
nuestro número de cuenta por teléfono.
- Escuche -le dije.- Van a realizar un ingreso importante en
esta cuenta. Quiero que lo transfiera inmediatamente a esta otra -facilité el
número de la del medio oeste. Hice lo mismo con aquella.
- Pero las transferencias llevarán su tiempo -me comentó
Carol.
- Seguro. Pero si Seal ingresa por la tarde, al día siguiente
ya estará en el medio oeste y, con un poco de suerte, a última hora lo tendremos
aquí. Y supongo que Seal estará atento a la oficina de la octava, por si entra o
sale alguien.
- Dios te oiga.
- A no ser que sea sordo, seguro que sí lo hace.
Volvimos al bar, al bloody Mary (ahora ya directamente en
mesa) y al teléfono. Marqué la otra línea.
- ¿Seal?
- ¿Quién es?
- Páseme con él. Espera mi llamada.
"Es él", oí como decía una voz.
- Sr. Nightmare... cuánto tiempo...
- Escuche: un millón, antes de las ocho de esta tarde, cuenta
4565-45-34-6000343139.
- Pero eso es imposible.
- Esa palabra no existe, Sr. Seal.
- Yo no puedo juntar tanto dinero en tan poco tiempo.
- Miente usted muy mal, Sr. Seal. Llamaré al ... -y aquí,
bendita Carol, pude dar el teléfono privado de la casa del gobernador. Sabía que
Seal lo identificaría.-, y lo que le diga dependerá de usted.
- Oig...
- Adiós.
De nuevo colgué. Bien. Aquello era jugar a póker descubierto.
Cartas arriba. Ya tenía lanzado el anzuelo. Ahora habría que esperar a la mañana
siguiente, a ver qué hacía Seal.
Pasamos el resto del día bebiendo con Sue (además de preparar
los Bloody Marys bastante bien, también sabía hacerlos desaparecer), cenamos
pastel de carne en un restaurante oscuro y maloliente, y volvimos a la pensión.