EL CASO DE LA CHICA DEL GANGSTER
CINCO: SORPRESAS EN LA CASITA
No dudo que a algunos les puede parecer idílico el habitar
una casita en medio del monte: con sus dos pisos, su amplio ventanal en el
salón, su cocina en la que se podría jugar sin muchas apreturas un partido de
baloncesto y sus hermosas vistas al bosque. Sin embargo, para un individuo de
natural bastante más prosaico y urbano como yo, aquello era un auténtico
agujero, a kilómetros de cualquier bar. Horroroso. Menos mal que, en principio,
la inquilina iba a ser Carol.
Entramos y cerré la puerta con llave. Mientras estuviese yo
allí, ella podría andar libremente por toda la casa. Cuando tuviera que salir,
la confinaría en un sótano no demasiado apestoso al que, con su incalculable
ayuda, llevé una de las camas de los dormitorios de la planta alta.
- ¿Aquí me vas a encerrar, cabrón?
- Cuide su lenguaje, señorita. No quisiera tener que
enseñarle modales.
Carol, obviamente, no estaba por la labor de dar facilidades:
intentó escapar por uno de los ventanales del salón, pero le di caza antes de
que hubiera corrido más de diez metros por el bosque; se puso a gritar como una
posesa por una de las ventanas del piso alto, pero obviamente nadie podía oírla.
Quedó levemente afónica, lo que añadía una ventaja: la de no tener que oírla a
cada momento.
Eso estaba bien, porque me permitía pensar. Aún no tenía
claro cómo ponerme en contacto con Frank Seal para pedir el rescate. Me parecía
excesivo el volar de nuevo y localizarle en la ciudad. Excesivo por el tiempo,
el dinero y el riesgo que conllevaba. Decidí contactarle por teléfono. En la
casita no había, pero con el coche no quedaba muy lejos el pueblo. No tenía su
teléfono, pero sí el del negro Davis, que seguro que no tendría ningún problema
en servirme de mensajero. Encerré a Carol en el sótano y fui a buscar una cabina
al pueblo. Llamé.
- ¿Ssí?
- Escucha, negro Davis... - puse un pañuelo entre mi boca y
el auricular - ... este es un mensaje para tu jefe, Frank Seal.
- ¡Coños, Blinds! ¿Cuántass vecess voy a tener que
matartess?...
Me guardé el pañuelo. Sí que íbamos bien, reconocido nada más
empezar. De todos modos, no sabían dónde andaba, y no sería fácil que me
encontraran, así que tampoco era muy preocupante. Lo único que tenía que pensar
era a qué país iba a emigrar una vez cobrado el rescate.
- Bien, negro: las cartas cara arriba. Tengo a la chica de
Frank, a Carol.
- ¿No la hass matadoss, como a la otrass?
- Para tu información, te diré que yo no maté a Daryl. Pero
ahora quiero que Frank me haga un favor, a cambio de su nena.
- Hablass...
- Quiero que me subvencione una nueva vida. Dile que si
quiere volver a ver a Carol viva tiene doce horas para preparar medio millón de
dólares. Ya volveré a llamar para decirle dónde tiene que enviármelos.
- ¿Medios millónss? Juegas fuertess...
- No lo dudes.
Colgué.
Una de las cosas importantes a la hora de jugar con gángsters
es dejarles claro quien tiene al toro cogido por los cuernos. Calculé
mentalmente la hora que sería en aquél momento en la costa este. Los bancos
andarían cerrados ya, pero no creo que Frank Seal tuviera que recurrir a ellos
para juntar la pasta. Era dinero, desde luego, pero a tipos como Frank el vil
metal no les supone ningún problema. Decidí darle diez horas antes de volver a
llamar.
Aproveché el viaje al pueblo para pasar por una tienda de
comestibles y avituallarme con unas buenas cajas de latas nutritivas y,
naturalmente, algo de vodka y jugo de tomate para mis Bloody Marys. De hecho, me
tomé un par en el bar local aunque, obviamente, nada que ver con los de Sammy:
cuando una copa deja de serlo para convertirse en una mera mezcla de líquidos,
es señal indudable de que el local en la que se consume no nos merece como
clientes. Así que sólo fueron dos las copas lamentables, antes de volver al
coche y con el coche a la casa.
Cuando llegué, Carol ya debía haberse tranquilizado, porque
no se le oía. Pensé por un momento que quizá había conseguido escapar, pero
respiré cuando vi que la puerta del sótano seguía cerrada e intacta.
Acercando el oído a la puerta no capté sonido alguno, por lo
que supuse que estaría dormida. Quizá consiguiese que la chica se portase bien
si la despertaba con una buena cena. Las latas de habichuelas y carne en salsa
que había comprado me sirvieron para preparar una especie de potaje no demasiado
bien definido, pero que -hay que reconocerlo- no olía del todo mal. Una de las
cosas positivas que tenemos los solteros es que sabemos hacer casi de todo,
aunque no hagamos nada a la perfección: somos supervivientes. Tengo amigos
casados que serían incapaces de cenar algo preparado por ellos mismos,
básicamente porque no pueden preparar absolutamente nada. Puse parte del potaje
en un plato, tomé una cuchara y lo probé. Tenía uno de esos gustos peculiares,
sin duda nacido de la mezcla de los distintos sabores de las latas utilizadas,
puesto que cada una de ellas venía preparada para ser consumida como un plato
distinto. Pero, qué demonios... un plato de habichuelas es tristísimo a la
vista.
Mezclé en un vaso un poco de zumo de tomate y un bastante más
de vodka, junto con unas gotitas de tabasco. Cierto, no era Sammy. Pero un
Bloody Mary de emergencia viene bien siempre. Me dirigí con mi vaso a la puesta
del sótano y la abrí.
Carol estaba acurrucada encima de la cama, con los ojos
desencajados, con una mirada absolutamente histérica, como si estuviese viendo
en ese momento no a su secuestrador, sino a la misma muerte. Fue, una vez más
-qué reflejos los de la niña- vista y no vista: saltó de la cama y corrió, casi
diría que a través mío si en el empujón no me hubiera tirado el Bloody Mary por
encima, hasta el centro del salón. Allí se dejó caer en el suelo, como si
hubiera corrido la Maratón de Nueva York en un tiempo récord.
- Mil veces mal nacido, cabrón...
- ¿Qué le pasa? ¿No se alegra de verme?
- ¡Esa mierda de sitio donde me metes está llena de
cucarachas!
Miré hacia dentro y apenas distinguí dos o tres de ellas.
Llena. Típico histerismo de niña malcriada.
- Pues más vale que se haga amiga de ellas, porque ahí se va
a pasar todavía algún tiempo.
- Ni lo sueñes, bastardo.
- Modere su lenguaje... He preparado la cena, por si la
señorita tiene hambre.
- No pienso comer nada que hayas cocinado tú.
- Bueno... Realmente no lo he cocinado... Sólo lo he
calentado, pero allá usted.
Me acerqué hacia ella y la ayudé a levantarse.
- Por cierto... - comencé a decirle. Reconozco que quizá
estuve muy duro en ese momento, pero me salió del alma: la abofeteé - ... ¡no
vuelva jamás a vaciarme un Bloody Mary!
No debí hacerle mucho daño, porque se quedó de pie frente a
mí con los ojos clavados en los míos. Si la mirada pudiera matar, andaría entre
los muertos desde ese instante. Sin embargo, pronto su mirada cambió en otra más
divertida.
- Vaya bofetada de niña que gastas... Tanta pistola y tanto
secuestro y tanta cucaracha, y después resulta que eres una nenaza.
- No soy una nenaza... Únicamente quería reprenderla, no
golpearla.
- Ya... Mira, yo no soy muy lista, pero de las pocas cosas
que sé es de recibir golpes... Y lo tuyo no ha sido ni la caricia de un abanico
de plumas comparado con los de Frank...
- Frank será muy fuerte, pero yo soy más listo... Le voy a
sacar una buena pasta por tu pellejo.
- Frank es un capullo y tú eres capullo y medio.
Debo reconocer que aquello me descolocó. No por lo de
calificarme a mí de capullo y medio, que cosas peores me han llamado otras
mujeres -normalmente las que llegan a conocerme un poco mejor-, sino por lo
tocante a su protector, amante o lo que fuera.
- Pues el capullo de Frank me va a solucionar la vida.
- ¡Qué imbécil eres! - de repente, su mirada cambió. - Oye,
¿qué hay de esa cena?
Fuimos hacia la cocina y allí, en la mesa, puse dos platos de
potaje, frente a frente, con una cuchara cada uno. Comencé a comer el mío. Ella
apenas olisqueó el suyo.
- ¿Qué se supone que es esta bazofia?
- Esta bazofia no se supone... es la cena.
- No pienso comer esta mierda.
- Pues no hay ninguna otra mierda disponible para la
señorita.
- Mira: no te conozco ni sé de dónde sales. Pero me parece
que eres un imbécil integral... -he de reconocer que aquello me pilló de
improviso. Me quedé mirándola con la cuchara en la boca y con una expresión que,
de poder vérmela, yo mismo calificaría de imbécil integral - y por eso mismo
inofensivo. Así que te voy a hacer un par de favores. El primero, preparar algo
decente de cenar.
Se levantó hacia el mármol de la cocina. Tuve el tiempo justo
de detenerla aferrándola por detrás cuando estaba a punto de llegar al cajón
donde se guardan los cuchillos.
- Eres muy lista, nena... Pero yo lo soy más...
- ¿Qué haces? ¿Nena? ¿Qué hay de lo de señorita y el trato
correcto y cortés?
- Ni lo sueñes... No voy a tratar con algodones a alguien que
intenta matarme.
- ¿Qué dices?
- Digo que incluso sin fuerza, un corte con un cuchillo
jamonero puede dejarme fuera del tablero de la vida, así que... buen intento,
nena.
La llevé de nuevo a la silla. Ella puso las manos encima de
la mesa.
- Escucha... Tú has visto demasiadas películas, ¿sabes? Para
tu información, ni había caído en la cuenta de lo del cuchillo jamonero, pero
gracias por la información. Y, por si te interesa, nunca he matado a nadie ni
voy a empezar ahora a hacerlo. Además, te necesito vivo.
- Ya...
- Si no, ¿quién me va a conseguir la pasta suficiente para
salir de aquí?
- ¿Qué?
La cabeza de Carol parecía funcionar de una forma distinta a
como yo había pensado.
- Esto será lo que haremos... ¿Cuánto le has pedido a Frank?
- ¿Cómo?
- ¡El rescate, coño!
- Medio millón.
- Joder, tampoco es mucho. Bueno, un cuarto de kilo para cada
uno tampoco está tan mal.
- Espera... Esto es un secuestro, ¿sabes? Tú eres la
secuestrada y yo el secuestrador. Te diré como funciona este juego: yo pido una
pasta por ti, Frank me la da, y yo te devuelvo a Frank y me piro.
- Ya. ¿Y no se te ha ocurrido pensar que quizá a mí no me
interese volver con Frank?
- ¿Qué dices?
- Escucha, pardillo. Frank es un putero, que se acuesta con
cualquier cosa que tenga un agujero dispuesto. Y presta atención a que no digo
que se acueste con cualquier cosa que lleve faldas. Supongo que me entiendes.
- ...
- Por otro lado, es cierto que junto a él nunca me falta
dinero, pero me cuesta mucho ganármelo, dejando que me folle (y lo hace fatal) y
me muela a palos. Así que han cambiado las reglas del juego, niño. Ahora vamos a
medias.
- ¿Pero tú estás bien de la cabeza?
- Te diré otra cosa: lo más seguro es que Frank pase de darte
ni un pavo, y te meta en el cuerpo un buen puñado de balas. Y después a mí, una
buena dosis de bofetadas. Le pone eso, ¿sabes?
Definitivamente, la cabeza de Carol no es que funcionase de
una forma distinta a como yo había imaginado, sino que no funcionaba en
absoluto. Aquella tía estaba loca. Rematadamente, vamos... Me senté frente a
ella en mi silla, y tomé un sorbo de mi segundo Bloody Mary de emergencia. Ella
continuó hablando.
- Así que esto será lo que haremos: lo primero, te voy a
contar algunas cosas para que se las hagas saber a Frank. Yo no le importo gran
cosa, aunque pueda parecer lo contrario, pero tengo cierta información que a
Frank puede incomodarle que se sepa. Así que vamos a jugar esa baza. Ahora estoy
fuera de su control y puedo permitírmelo. Te aseguro que así, Frank sí que
estará interesado en pagar. Y pagará, ya lo creo que pagará.
Comí un par de cucharadas de potaje con una cara que, sin
duda, no dejaba oculta mi incredulidad. Lo cierto es que tampoco me parecía muy
descabellado lo que estaba diciéndome, pero aún así... ¿podía fiarme de ella?
Supongo que de ser yo una mujer que no está a gusto con un fulano, y que puede
llevarse de la noche a la mañana un cuarto de millón de dólares para comenzar
una nueva vida, también lo intentaría. No sé por qué, pero decidí fiarme de
Carol. Por otro lado, mejor tenerla de aliada que de enemiga, menos problemas.
De todos modos, tendría que andar vigilante por si la dama cambiaba de opinión
en el peor momento.
- Está bien. Vamos a acabar de cenar, y después lo hablamos
más tranquilamente.
- Después no sólo vamos a hablarlo.
- ...
SEIS: CONOCIENDO MEJOR A LA CHICA
Acabé de cenar yo, porque ella apenas sí probó el plato.
Cierto es que no se volvió a levantar para preparar algo alternativo, quizá
porque pensaba que no le dejaría, tal y como había hecho la primera vez. Tomo un
par de cucharadas del potaje y, aunque yo temía que le dieran arcadas, las tragó
sin demasiada dificultad. Eso sí, acompañada cada cucharada de un festival de
muecas de asco que podrían haber competido con el más consagrado de los mimos
profesionales.
Al acabar de cenar, preparé un par de Bloody Marys de
emergencia y le alargué uno a ella.
- Toma... Esto te vendrá bien para nutrirte un poco: es muy
vitamínico.
- Gracias. -Lo probó- No está mal. ¿Has probado los que
prepara Sammy?
- Nena... Sammy es mi dios.
- Lo entiendo. Los hace realmente fantásticos.
- Puedes jurarlo.
Con nuestras copas y un pequeño equipaje compuesto por
aquellas cosas necesarias para seguir fabricando otras, nos dirigimos al salón.
Me di cuenta de que Carol comenzaba a cimbrear las caderas al caminar: antes no
lo hacía. Eso sólo podía significar una cosa: que empezaba a sentirse a gusto.
Así que me convencí de que hablaba en serio durante la cena, y me relajé yo
también un poco. Obviamente, no lo suficiente para perder de vista a mi querida
compañera de fatigas, mi pistola. La Beretta descansaba en una mesilla auxiliar
junto a mi copa, al lado del sillón en el que me senté. Ella se dejó caer,
quedando echada sobre el sofá que había a mi derecha. Desde mi perspectiva, sus
piernas eran una autopista interminable. Las distinguía claramente porque la
falda, al estar tumbada, se le había subido un poco, casi hasta las rodillas.
Fantaseé con la idea de esa autopista. Una autopista que
comenzaba en sus pies, subiendo por aquellas pantorrillas que se adivinaban
fuertes, musculadas, pero sin resultar excesivamente antiestéticas. Sus muslos
sin duda alguna subirían hasta el primer peaje del camino, una caseta donde el
cobrador, un señor aparentemente tranquilo, solía hincharse de orgullo cuando
llegaba el momento de sacarte el dinero. La caseta del cobrador está siempre
expuesta al sol y, por tanto, es cálida. Posiblemente haya gran humedad en el
ambiente, de esa que hace que no puedas dejar de sudar.
Pasado el primer viaje, la ruta continúa por un tramo liso
apenas roto por algún problema del asfalto, algún hoyo en la carretera, ese
ombligo que yo no veía, pero imaginaba en el centro de un vientre de modelo
pin-up. Más allá del ombligo, se accede al cañón entre las dos montañas rocosas,
llamadas así porque en la cumbre tienen una roca que desafía las leyes físicas,
una roca que nunca se desprende de la montaña, como si estuviera pegada a ella.
Entre esas dos montañas rocosas se lleva a la clavícula y el cuello, un estrecho
puente que te deja casi justo del segundo peaje: otra cabina húmeda y cálida
donde te atiende una dama retorcida como una serpiente que intenta siempre
liarte. He de reconocer que por la tensión y el cansancio de los viajes, quizá
estaba más proclive, a aquellas horas ya nocturnas, a los pensamientos
libidinosos. En aquel momento los tuve. No sé que vería ella en mi mirada, pero
me dijo:
- ¿En qué piensas?
- En lo que has estado diciéndome-mentí.
- Y una mierda.
No lo dijo como desplante, sencillamente aquella mujer debía
hablar así en su vida cotidiana. Mientras dejaba salir la expresión malsonante,
dirigió su mirada hacia mis pantalones. Yo no me había dado cuenta, pero -por
decirlo de alguna forma- mi hombría se había puesto de manifiesto. No sabía muy
bien qué decir.
- ¿Qué te pasa? ¿Te has quedado sin lengua, o qué?
- ...
- A ver si esto te ayuda...
Se desabrochó un par de botones de la blusa, dejando aparecer
el canal entre sus pechos, y una interesante porción de su sujetador de encaje.
- ¿Y bien?
Yo seguía sin palabras.
- Vaya... No me digas que aparte de pegar como una nenaza
también lo eres...
Consiguió picarme.
- Ya te dije que no soy una nenaza.
- Eso tendrás que demostrármelo.
- ¿Quieres que te golpee?
- ¿Estás idiota o qué? Quiero que me enseñes eso que escondes
ahí... -me dijo señalándome la entrepierna.
- ¿Que te lo enseñe?
- Exacto.
- Tú estás loca.
Ella subió un poco más su falda. Desde mi sillón podía ver
claramente su ropa interior. Con total tranquilidad, metió una mano bajo su
falda y, cuando la sacó, sus dedos llevaban entre ellos justamente esa ropa
interior. Su sexo estaba desnudo ante mí.
- Yo te lo estoy enseñando, ¿no? ¿A qué esperas?
- Oye, ¿tú que quieres?
- Definitivamente eres tonto.
Tomé la Beretta y me puse de pie. Le apunté.
- No me gusta que intenten tomarme el pelo tan seguido, nena.
- ¿Vas a dispararme?
- Si intentas algo extraño, sí.
- ¿No te he dicho ya en la cocina lo que pienso de este
secuestro? ¿No te he dicho que estamos los dos en el mismo barco?
- Ya. Me relajas, me haces un numerito, y después me vendes.
- Vale. Así que es eso...
Bajó despacio del sofá, y vino andando a gatas hacia mí.
- Mira... No sé tú, pero a mí esta pistola no me interesa
-dijo mientras se metía el cañón de la Beretta en la boca. Habló con dificultad-
Si quieres matarme, ánimo. Pero usa esta otra pistola.
Su mano se cerró sobre mis genitales. Noté la presión sobre
mis testículos y mi pene. Acarició todo el paquete con su mano, haciendo presión
con la palma y deslizando después suavemente los dedos. Abrió la bragueta y sacó
el miembro de los calzoncillos, acariciándolo con las dos manos.
Seguía con el cañón de la Beretta en la boca, y por un
segundo pensé en lo desgraciado que me sentiría si en ese momento fallaba el
seguro. Me masturbaba a dos manos mientras veía cómo enroscaba la lengua en la
pistola, jugando con sus labios en ella como si le estuviera practicando una
felación. Aquella mujer tenía una experiencia en el mundo del sexo de la que yo
carecía. Se sorprendió cuando comencé a eyacular profusamente en sus manos.
Apartó su boca de la pistola.
- Pues vaya... Qué poco aguantas, tío.
- Lo siento-fue todo lo que pude decir.
- Pues es una pena... Con la cantidad de leche que sueltas,
podrías rellenarme de crema. Sería un auténtico pastel...
Volvió al sofá y yo me quedé allí, con el pene pringoso
colgando y con el convencimiento de que aquello no era normal. Solía aguantar
más en mis relaciones sexuales. Quizá el haber estado calentándome en exceso con
la mente había llevado a esa situación incómoda.
- Y ahora, ¿yo que hago?-dijo mientras se subía la falda
hasta la cintura y comenzaba a acariciarse el sexo.- Este conejo quiere su
zanahoria. Y... ya sabes...
- Ya sé... ¿el qué?
- Que me la debes... Yo te he dado un orgasmo... Dame tú
uno...
Mi mirada volvió a denunciar mi estupor.
- Oye... realmente quería follarte, ¿sabes? -me dijo.- No voy
a intentar nada, así que haz que me corra, que lo necesito... y no me apetece
cansar la mano.
A veces, uno no sabe muy bien con qué tipo de persona está
tratando. Carol, desde luego, tenía toda la pinta de no estar mintiendo en
absoluto, porque mientras me hablaba me lanzaba una de esas miradas plenamente
viciosas, acompañada de un cierto vaivén de todo su cuerpo al ritmo que su mano
marcaba entre sus piernas. Por otro lado, lo bueno que tiene que te digan las
cosas claras es que no hay lugar para la duda. Aquella mujer quería que le diera
placer y, la verdad, en aquel momento me dio la impresión de que sería capaz de
hacerlo.
Acerqué mi mano a su sexo. Ella abrió un poco más las
piernas. Casi con sólo rozarlo pude sentir en la yema de mis dedos el calor y la
humedad que provocaban su necesidad. Con sólo pasar mi dedo sobre él pude
hundirlo dentro. No había ningún freno para el encuentro íntimo entre mi mano y
su cuerpo. Más bien, había una clara predisposición por su parte.
Jugué un poco con mis dedos entre sus piernas. Era divertido
sentir cómo a cada roce con su clítoris todo su cuerpo se electrizaba. Había
algo de mágico en aquella diminuta porción de su carne, que conectaba
directamente con la zona del cerebro que provoca las sensaciones placenteras.
Cuando dos de mis dedos buscaron su yo más íntimo, emitió un gemido profundo.
No soy un experto en mujeres. Se puede decir que la mayor
parte de las veces que he accedido al cuerpo de una hembra ha sido interponiendo
entre ella y yo el contenido de mi billetera. Pero aquel gemido no era como los
que lanzaban las putas del barrio chino: no salía de la garganta, sino
directamente del lugar donde ya tres de mis dedos exploraban. La espeleología
vaginal tiene esa propiedad: a medida que los exploradores se van adentrando en
el territorio por conocer, toda una serie de sonidos envuelven al explorador. Me
recordaba las películas de Tarzán, en las que el hombre blanco se adentraba en
la jungla para descubrir toda una serie de sonidos misteriosos entre los que,
naturalmente, no faltaban nunca los cantos de los pájaros, algún que otro león y
los tambores de la tribu cercana. Allí, en el país que ahora estaba yo
descubriendo, no había pájaros ni leones ni tribus, sino algún tipo de cuestión
quizá metafísica que provocaba la profusión de gemidos con los que Carol iba
llenando el silencio de la casa-cárcel a medida que mi mano aceleraba el ritmo
de mis dedos.
Lamenté la visión de mi verga flácida. Realmente aquél era un
pozo profundo donde se hubiera encontrado a las mil maravillas de haber estado
en condiciones.
Me incliné sobre su pubis y lamí su sexo, sin dejar de
masajearlo. Las manos de Carol, que habían estado ocupadas en las labores de
desabrocharse la blusa, quitarse el sujetador y acariciar sus pezones, formaron
una zarpa en torno a mi cráneo, hundiéndolo contra su sexo. Al sentir la
presión, pensé que volvía a intentar alguna treta para escapar. Pero los oídos a
veces son más potentes que el cerebro y, al sentir cómo aullaba -ya no gemía-
cada vez que mi lengua solicitaba la colaboración del clítoris para realizar la
danza de los siete orgasmos, se despejaron los pensamientos negativos.
Con mis labios en torno a su clítoris, mi lengua jugando con
él y mis dedos clavados en lo más profundo de su ser, intenté alcanzar el grado
de concentración necesario para conseguir una erección lo suficientemente
resistente para penetrarla. Pero la banda sonora con la que acompañaba Carol
aquellos momentos impedían que pudiese pensar con claridad: imposible alcanzar
la suficiente dureza. Envidié por un momento a mi Beretta, que nunca
desfallecía, siempre dura, siempre recia, siempre preparada.
Mordisqueé delicadamente el clítoris de Carol. Se le salieron
las entrañas en el gemido que lanzó. Decidí pasar de la envidia a la acción, y
coloqué el cañón de la pistola justo en la entrada de su sexo. El tacto frío del
arma la hizo estremecerse.
- ¿Qué haces? -me preguntó. Ahora era su cara la que mostraba
estupefacción.
No le respondí. Sencillamente, empujé a mi Beretta hacia el
único lugar donde podía empujarla. El cañón entró entero sin ningún tipo de
dificultad. Carol gritó, pero no le dio tiempo a hacer muchas más cosas, porque
su respiración alcanzó una velocidad de crucero prohibida incluso para los
monoplazas de las carreras cuando comencé a deslizar la pistola dentro y fuera
de su cuerpo. Aunque seguía con mi mano libre estimulando su clítoris, ella no
paraba de gritar que quería más. Yo ya no sabía que más darle, la verdad.
Intenté llegar con mi boca hasta sus pechos, pero la posición que tenía que
adoptar para ello era excesivamente forzada, así que desistí.
Comencé a escuchar el ruido de la pistola dentro de su
cuerpo, un "chap-chap" que acompañaba cada introducción del arma en su interior,
difícilmente perceptible por entre los gemidos, aullidos, gritos y jadeos con
que Carol acompañaba mis manipulaciones. Aceleré el ritmo.
Carol se desmadejó como una marioneta a la que le cortan las
cuerdas que la unen a su cruceta. Exhaló un suspiro inmenso y, sencillamente,
desapareció del mundo de los conscientes. Quedó tirada en el sofá, los brazos
caídos, el pecho manifestando la respiración, las piernas muertas... Saqué la
pistola. Daba pena verla, de pringosa que estaba.
Mientras esperaba que Carol se recuperase del orgasmo, me lavé las manos y
limpié el arma. Nunca se sabe cuando va a hacer falta que una Beretta en vez de
placer reparta plomo.