EL CASO DE LA CHICA DEL GÁNGSTER
TRES: RESURRECCIÓN
No había mucho tiempo y, por tanto, tampoco podía permitirme
el lujo de perderlo. No me costó encontrar un taxi que me dejara en el
aeropuerto. Averigüé que el vuelo directo a Oakland próximo sería a las tres y
cuarto de la tarde. Eran las dos de la mañana, y tenía por delante aún mucho
trabajo que hacer. El más importante, dar forma al segundo apartado de mi plan,
el del secuestro. Porque para secuestrar, hace falta un sitio donde meter al
rehén y, obviamente, no podía ser ni mi despacho ni mi casa. Por si acaso las
cosas se torcían, pedí también información de vuelos con escalas. Son más
largos, pero también más discretos. A Richmond se podía llegar en dos escalas, y
el primer vuelo salía a las cinco cuarenta de la tarde. Lo tendría en cuenta.
Era momento de volver al despacho y pensar un poco. Aún me quedaba algo de
Bloody Mary en la sangre como para poder emprender la tarea.
Hubiera jurado que había cerrado la puerta con llave, pero al
meter la llave en la cerradura, ésta no giró más de un cuarto de vuelta.
- Patricks Blinds... Buenas nochess...
Lo supe por la voz, por el siseo. Tenía sentado en mi sillón,
escorado hacia la izquierda para no recortar su figura en la ventana, al negro
Davis. ¿Qué demonios hacía ahí? No lo sabía. Sí sabía, por un chasquido metálico
que acompañó su saludo, que estaba siendo encañonado con algún cacharro, lo que
no me atraía en absoluto. Llevaba mi Beretta en uno de los bolsillos de la
chaqueta pero, obviamente, yo era un blanco mucho más sencillo de alcanzar, y el
más leve movimiento sospechoso mío podía conllevar otro movimiento igual de leve
en la mano que sostenía el arma que me apuntaba, en concreto ese movimiento
asqueroso del dedo contra el gatillo que me podía mandar a charlar con mis
antepasados en menos de lo que se tarda en beber un Bloody Mary cuando se tiene
sed.
Mi única opción era la calma, la tranquilidad, y la
conversación. Si tenía que irme a servir de nutriente a las flores, al menos
quería saber por qué.
- Negro Davis... ¿Qué tal? ¿Es cómodo mi sillón?
- Parece ques ssí...
- ¿Y qué te trae por mi humilde morada?
- Ah... ¿Nos lo ssabes?
- ¿Debería?
- Pareces que hass andado últimamentes haciendo algunass
preguntass sobre la chicas de Frank Seals...
- ¿Ahora trabajas para él?
- Hay que busscarsse la vidas...
- ¿Y es algo malo preguntar por Daryl?
- Sabess bien que Daryls está muertas...
- Ah...
- A Frank le preocupas muchos que le passe algo a Carols...
Desspuéss de lo de Daryls, apareces tús preguntandos por Carols... ¿Tú qué
penssaríass?
- ¿Debería pensar algo?
- No. Frank ya lo ha hechos por tis. Estamoss todoss
assombradoss, Blinds. Nadie penssaba que tuvierass tantos redañoss... ¿Cuánto te
ofrecieron por Daryls? ¿Y cuántos por Carols? ¿Y quiéns? Esso es lo que le
interessa a Franks...
- Qué curioso es tu jefe, ¿no?
- No te creass. Realmentes lo único que le interessa de
verdad es quiéns paga... Pero comos dentro de un ratos no vass a poder seguir
hablandos...
- Ya.
No sabía muy bien quién podría haber informado a Frank Seal
de mis andanzas, pero sólo podían ser dos personas, o Sammy o Pam. Con el negro
no había llegado a hablar. En todo caso, el hampón había extraído sus propias
conclusiones, y todo parecía indicar que estaba condenado. Ahora sólo quedaban
dos caminos: intentar convencerle de su error o quitarme al negro Davis de
encima. Lo primero era imposible, y lo segundo improbable. Pero lo que no se
puede probar no quiere decir que no pueda ser, así que era mi única alternativa.
Ahora bien, ¿cómo?
Reconozco que lo vi en una película, no sé si de Gary Cooper
o de John Wayne. Al final de la peli, cuando el héroe está sólo contra toda una
banda de villanos, conduce su carreta contra ellos, salta en marcha y, en el
aire, amartilla su Winchester y se cepilla a un buen número de ellos.
Obviamente, mi situación era más favorable, porque no había una banda, sino sólo
uno, y la Beretta no necesita ser amartillada.
Calculé la distancia hasta el archivador. Si saltaba lo
suficientemente fuerte y alto, podría sacar la pistola y, en pleno vuelo,
meterle un par de balas al negro. Si fallaba, siempre podría parapetarme tras el
archivador. Davis posiblemente se parapetase tras la mesa, pero ahí estaríamos
ya en igualdad de condiciones. La cuestión era encontrar el momento correcto de
comenzar el circo.
- De todos modos, negro, me maravilla que te hayan elegido a
ti para esta visita.
- ¿Te maravillass, Blind?
- Claro. Esperaba que me mandaran un pistolero decente, no un
aficionado.
- Buenos... Tampocos tú eres Billy the Kidss...
- Lamentaré tu muerte negro.
- ¿La míass?
Ese era el momento. Salté como un jaguar escorado hacia el
archivador. Mi mano fue un rayo dentro de mi bolsillo. Lo que no fue tan
sencillo fue el dar con la pistola a la primera. Todo el fuego del infierno me
llegó al hombro derecho en el mismo instante en que oía una detonación. No
conseguí dar con mi arma. Por otro lado, tampoco me hubiera servido de nada,
porque calculé mal la distancia y acabé dando con mis sesos en el canto metálico
de mi supuesta trinchera. Oí un ruido de tacones de zapatos, pero nada más.
Perdí el conocimiento.
Cuando lo recuperé, estaba sólo en medio de un charco de
sangre. Me había reventado una ceja mediante una estupenda brecha que manaba
profusamente. La herida del hombro dolía, maldita sea. Pero no parecía grave. Ya
era de día, y traté de mirar el reloj. Las siete y media. El negro,
posiblemente, se había acercado y, viéndome inconsciente y ensangrentado, debió
pensar que me había matado. Es lo malo que tienen los aficionados. Un
profesional se hubiese asegurado haciéndome un segundo foramen mágnum en el
cráneo. El negro Davis no. Supongo que ahora estaría contando cómo acabó conmigo
con una sola bala.
Para las heridas de bala -también lo he visto en una
película- suele funcionar muy bien tirar la pólvora de otra bala en ella y
prenderla. Cauteriza, creo. Una cosa que hay que saber de las películas -yo lo
acababa de averiguar en mi patosa imitación de Gary Cooper, o John Wayne- es que
no siempre pintan las cosas tal y como son. Abrir una bala no fue difícil.
Vaciar el contenido en la herida tampoco, aunque escoció bastante. Prenderle
fuego, obviamente no era complicado. Lo realmente imposible era soportar el
dolor. Volví a perder el conocimiento.
Eran las once, y estaba muerto. Al menos, para Frank Seal y
sus matones. Eso me daba dos ventajas. La primera, no seguirían preocupándose de
mí, por lo que podía tomar el vuelo directo a Oakland sin problemas. Lo segundo:
tampoco protegería especialmente a Carol, así que, si tenía suerte y no la había
vuelto a traer a la ciudad, seguiría en Herculoso.
No estaba tan mal la situación. Ahora, el apartado de
problemas: mi camisa estaba llena de sangre -ni sueñes en coger un taxi así:
ningún taxista te permitirá subir, y si pasa un coche patrulla te inflarán a
preguntas. Si encima resulta que tienes una herida de bala, ya ni te cuento- y
mi única chaqueta presentaba un bonito agujero en el hombro derecho. La chaqueta
tenía el forro ensangrentado, pero si la llevas puesta, no se nota. El agujero
del hombro... se podría disimular con un bolso de ésos de bandolera: a fin de
cuentas me iba de viaje. La camisa era harina de otro costal. Tenía que
conseguir una apariencia más o menos decente si quería ir sin llamar mucho la
atención por la calle. Decidí utilizar toda la tinta que tenía en la oficina en
fabricarme una camisa oscura. Ni que decir tiene que no lo conseguí y, aunque
algunas personas sí se fijaron, la mayoría no prestó mayor atención a un tipo
con la chaqueta cerrada y una extraña camisa a tonos granates y negros sin
ningún tipo de trama racional en el diseño.
Hacer el mínimo equipaje necesario no me costó tiempo.
Plantarme en el aeropuerto tampoco. A las dos estaba ya comiendo en el bar del
aeropuerto, con el billete comprado y dispuesto a meterme en el artefacto
volador que me tenía que llevar a la otra punta del país. Sería un vuelo de
varias y tediosas horas. Y, aunque se me olvidó decirlo antes, lo digo ahora: no
me gusta volar. Así que tomé un nutritivo almuerzo de siete Bloody Marys -ni
punto de comparación con los de Sammy- y, cuando subí al avión, tomé un par de
whiskys más.
Mi viaje fue un maravilloso sueño del que sólo despertaba de
tarde en tarde, con el tiempo justo de llegar al baño a vomitar.
CUATRO: EL ENCUENTRO
Al llegar a Oakland, debía procurarme un medio de transporte
decente. Alquilé un viejo Ford y me dirigí hacia el norte, buscando Herculoso.
No había estado en mi vida allí, pero las carreteras estaban bien señalizadas.
Ahora tenía dos problemas: uno, dar con la chica. Dos, tener un sitio donde
esconderla.
Crucé Richmond y vi el anuncio: había unas casetas en el
monte que prometían soledad y bellos paisajes. Me desvié a la derecha y avancé
por el camino de tierra. Reservé la más alejada de la carretera y del mundo
habitado. No llegué a verla, pero me llevé las llaves: ya tenía sitio donde
meter a la chica.
Eso solucionaba el segundo de los problemas. El primero fue
todavía más sencillo: sólo había un hotel en Herculoso, y no de excesiva
categoría. Era el primer sitio donde mirar. Quizá Frank Seal había alquilado
alguna caseta para la chica, pero me daba en la nariz que estaría en el hotel:
comida sin problemas, servicio de habitaciones... cero trabajo. El recepcionista
era un tipo calvo con gafas.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes.
- Quería saber la habitación de la señorita Carol Parish.
- Lo siento, no puedo darle esa información.
Hasta ahí, todo correcto. Había que empezar el juego y,
naturalmente, era el momento de echarse el farol.
- Amigo... ¿Le dice algo el nombre de Frank Seal?
- Claro... Es buen pagador: pagó un mes por adelantado.
- Muy bien. Y, ¿conoce usted a Frank Seal?
- No personalmente. He hablado con él por teléfono.
- Bien. Pues yo soy Frank Seal -el farol lanzado. El tipo me
miró a través de sus gafas. Ahora, después de plantear la jugada, había que
echarle más sal al guiso-, y ya que, como veo que recuerda, pagué un mes por
adelantado, quiero al menos disfrutar quince días. Así que dígame cuál es la
habitación.
- N... Naturalmente, señor Seal -es maravilloso el respeto
que cogen los trabajadores a sus pagadores-. La 34. ¿Quiere que avise a la
señorita de que está subiendo?
- No se moleste. Será una bonita sorpresa.
Ya lo creo que iba a serlo. A la altura de la puerta 32 (los
números pares a la derecha, los impares a la izquierda) comencé a oír los
chirridos mecánicos y suaves jadeos. Los jadeos iban en aumento a la altura que
me acercaba a la puerta correcta. Cuando llegué a la altura del cuarto, había un
concierto de jadeos, gemidos, y somieres cantando de coro. Eso me daba la
ventaja de no ser escuchado. Supuse que habrían cerrado la puerta, pero esos
hoteles de tercera tienen unas cerraduras muy malas. Forcejeé un poco con un
metalito que llevo a guisa de ganzúa, y supe que podría entrar. Naturalmente,
llevaba mi Beretta preparada. Abrí de golpe.
En una cama, mirando hacia la puerta, había una mujer puesta
a cuatro patas con lo que en un principio me pareció un armario ropero detrás.
Pero no. Era un tipo absolutamente enorme que, la verdad, no sé cómo no la
partía de los empujones que le daba. Al abrir yo la puerta, quedaron como
congelados. Era una escena graciosa.
Naturalmente, dirigí el cañón de la pistola hacia la cabeza
del fulano.
- No se muevan.
- ¿Quién coño es usted?
- Menudo lenguaje en una señorita.
- ¡Que te follen!.
- Gracias. Espero que sea igual de grato que vuestro
folleteo. ¡Tú, patán! -el fulano no se había movido todavía, ni había abierto la
boca- desmonta a la dama, pero despacito, y te me quedas ahí paradito al lado de
la cama.
Siguió las instrucciones al pie de la letra. Un chico majo.
Pensé en principio que igual era un amante temporal, pero no. Demasiado grande,
demasiado musculoso y, a juzgar por la funda sobaquera con pipa incluida que
colgaba del respaldo de una silla, demasiado asesino. Ese tipo era la escolta.
Desde luego, a Frank le gustaría saber cómo le guardaba las espaldas a su chica.
O quizá, mejor dicho, cómo se las cubría. Cuando estuvo quieto, le hice
arrodillarse con las manos en la nuca y le descargué un golpe certero en la
cabeza con la culata de la Beretta, con la idea de que quedase inconsciente. No
me apetecía que hubiera testigos, pero tampoco podía ponerme a matar gente así
como así.
La buena estrella, o la mala fortuna del follador, me ayudó.
El golpe fue certero y, al caer, lo hizo contra el canto de la mesilla, con tal
mala fortuna que se desnucó.
- ¡Asesino!
Tuve el tiempo justo de protegerme cuando la oí gritar. Saltó
sobre mí como una gata, arañándome la cara. La aparté con más mala leche que
elegancia y la tiré sobre la cama.
- No hagas el imbécil: no quería matar a nadie.
- ¿Y qué es lo que quieres? ¿Esto? -me dijo señalando su
sexo.
- Tampoco.
- A Frank Seal no le gustará saber que un fulano mata a sus
trabajadores y viola a su chica.
- Ya vi como te trabajaba su trabajador.
- ¿Acaso tú no lo harías? ¡Quince días con ese tipo aquí
dentro! Tarde o temprano tenía que pasar.
- Vístete.
- ¿Estás seguro? - me dijo con una mirada viciosa mientras se
pasaba la mano por los pechos.- El patán, como tú le llamaste, me dejó a medias.
Aquella Carol era demasiado desinhibida para lo que yo estaba
acostumbrado. Nunca había secuestrado a nadie (siempre había estado del otro
lado del río del delito), pero no me parecía una buena idea el comenzar el
secuestro cepillándome a la víctima. Igual ese ofrecimiento tenía algo que ver
con el llamado "Síndrome de Estocolmo". En todo caso, la examiné con la mirada
y, naturalmente, ella se dio cuenta: cuando miré su boca, humedeció sus labios;
cuando mis ojos recorrían su cuello, dejó caer la cabeza hacia atrás; cuando
dirigí mi mirada a sus pechos, volvió a la actividad masajística que ya había
mostrado anteriormente; cuando bajé despacio con la vista por su vientre, noté
cómo lo tensaba marcando su musculatura (tenía un cuerpo realmente cultivado);
cuando me fijé en el vello que cubría su sexo, hizo desaparecer uno de sus dedos
dentro de su cuerpo... Dejó escapar un gemido quedo mientras practicaba la magia
de hacer aparecer de nuevo el dedo desaparecido...
- Estoy seguro. Vístete o, si quieres y te has quedado a
medias, te acabas antes de vestirte.
Me lanzó una mirada de odio y se sentó en la cama. Separó las
piernas. Ahora su mirada era de desafío: "¿de verdad crees que no soy capaz de
hacerlo?", parecía decirme con los ojos. Su mano izquierda abrió los labios de
su coño con dos dedos, dejando al descubierto un interesantísimo clítoris
hinchado y una superficie rosada que brillaba como perlada de sudor. Volvió a
hacer de las suyas con un dedo de la mano derecha, humedeciéndolo en lo que
creía sudor para subir con él al clítoris y pulsarlo como si de un botón se
tratase. Tras unos pocos juegos en él, vi como su sexo se tragaba, sin ningún
tipo de problema, dos de sus dedos derechos. La mano marcaba todas sus venas
mientras se tensaba para hacer entrar y salir los dedos ocultos. Incluso podía
adivinar que los separaba cuando estaban realmente clavados en su cuerpo.
Se masturbaba con sus ojos clavados en los míos. Sentía cómo
su respiración era profunda, lenta, marcada como estaba por el movimiento de sus
pechos. Su mano estaba igual de brillante que su sexo. O tenía un problema de
sudoración, o aquella mujer tenía el delta del Nilo oculto entre las piernas.
Iba acelerando su mano, alternando la autopenetración digital con el jugueteo en
el clítoris. La penetración solía ir acompañada de grandes inspiraciones de sus
pulmones, con lo que el pecho se realzaba hasta extremos realmente preocupantes.
El masaje clitorial solía venir junto a unos pequeños gemidos que profería,
lentos, mirándome con esa mirada que sólo ciertas mujeres pueden darte: parece
que están mirando a tus ojos pero es mentira. Miran directamente al cerebro, a
tus ideas, a lo que estás pensando. Pueden leer tu mente de ese modo. Los ojos
son sólo la puerta de acceso a ella. Y sus gemidos y sus miradas y su
respiración y su humedecerse los labios e incluso mordisquearse el inferior iban
cada vez más acelerados, quizá porque la mano derecha también aceleraba poco a
poco. Despacio, pero sin pausa.
Estaba sentado en la silla, con la Beretta apuntando hacia mi
secuestrada, cuando supe que también la apuntaba con otra cosa, menos metálica
pero no menos dura, y quizá más caliente. Ella también se dio cuenta.
- Oye, lo estás deseando. Y mira, a mí esto de que te hayas
cargado a Johnny me ha puesto a mil...
"Así que el armario se llamaba Johnny. Bueno, encantado de
conocerte, Johnny", pensé. También tuve un segundo pensamiento, este con
bastante envidia, para Johnny, básicamente porque la mujer en cuestión tenía
pinta de poder satisfacer realmente a un hombre. La única cuestión era que no
tenía tan claro que este hombre -yo- pudiera satisfacer realmente a una mujer
como la mujer en cuestión.
- ¿Por qué no me enseñas tu segunda arma?
Empezaba a convencerme de que tampoco pasaría nada si me la
hacía allí. Total, me había cargado a uno de los matones de Frank Seal y estaba
secuestrando a su chica. Algo me decía que aquello sólo tenía dos finales: mi
muerte, o el triunfo. Lo más seguro sería que tocase la china con la primera
opción, así que, puestos a irnos, al menos marchémonos robando las cucharillas
de plata de la vajilla.
A Carol ya no le hacía falta ayudarse con la mano izquierda,
así que dedicaba la labor de sus cinco dedos a la estimulación de sus dos
pezones que, por otro lado, tenían toda la apariencia de estar lo
suficientemente duros como para competir con el diamante en cualquier prueba
gemológica. Por otro lado, la derecha estaba que no paraba, de tanto jugar con
aquella parte tan húmeda de su anatomía. Ella ya no gemía esporádicamente: era
un constante jadeo acompañado de una especie de estertor que dejaba escapar
echando la cabeza hacia atrás.
"Vanidad de vanidades, y todo es vanidad", como dice la
Biblia. La leemos poco, pero en aquel momento yo no debería haber olvidado ese
fragmento. Comencé a convencerme no sólo de que podía tirármela y de que quería
hacerlo, sino de que ella realmente lo deseaba porque, a fin de cuentas -curioso
razonamiento psicológico-, si podía haber matado a su semental, ella debía
pensar que sería mejor que él... y también en la cama.
Carol estaba al borde de eso que llamamos orgasmo. Se podía
oír, ver y oler en aquella habitación. Decidí aprovechar la coyuntura y, antes
de darme cuenta, tenía los pantalones y la ropa interior por los tobillos, y una
maravillosa erección por la cintura, un poco más abajo. Esperaba que ella
abriera unos ojos como platos y, al grito de "¡clávamelo, clávamelo!" me dejara
el paso franco a su lago húmedo y cálido. Sin embargo, el orgasmo se le cortó
como mayonesa mal hecha, y sólo fui consciente de ello cuando sentí la patada en
la sien.
Con los pantalones haciéndome presa en los pies, caí al
suelo. Tuve el tiempo justo de gritar el alto y apuntarle con la pistola: ella
ya tenía el pomo de la puerta en la mano, gloriosamente desnuda, a punto de
lanzarse a la huída en plan Lady Godiva escaleras abajo. Me miró. La miré.
Intenté decirle con la mirada que era muy capaz de estropearle el maravilloso
manto de piel desnuda que llevaba puesto a puro balazos. Debo ser muy
convincente con los ojos, porque volvió a la cama despacio, mientras yo me
incorporaba. Maravillas de la naturaleza, con tanto jaleo no había perdido la
erección.
- Ahora es cuando me follas, ¿no?
- No. Vístete. Despacio. Yo haré lo mismo. Lo haremos a la
vez, y sin chorradas.
No sé si me miró con fastidio o con alivio. La verdad: no
sabía muy bien si realmente quería que me la hiciese. En todo caso, se vistió.
Casi estaba más hermosa vestida que desnuda: era una gran dama -si olvidamos el
vocabulario barriobajero y la experiencia onanista que había tenido el placer de
contemplar-, de un estilo impresionante. Temí que desentonásemos mucho, yo con
mi traje y mi chaqueta agujereada, ella vestida como para una recepción en
alguna embajada.
En todo caso, le expliqué claramente de qué iba aquello, le
aleccioné sobre cómo comportarse si quería continuar con vida, le llevé hasta el
coche y llegamos los dos, sin más percances, a la casa-cárcel que había
alquilado a tal efecto. La primera parte del plan estaba completa y correcta.