- Estoy muy nerviosa – dijo, mientras se ajustaba una cinta
blanca en el cabello.
- ¿Es tu primer trabajo?
- Sí, la verdad es que sí – Virginia se volvió y sonrió a
Sonia; era una de las monitoras más expertas, y le enorgullecía que le prestara
atención y que se interesara por ella.
La otra, sentada en un banco del vestuario, le devolvió la
sonrisa y siguió atándose los cordones de sus deportivas:
- Tranquila; ya verás que no es para tanto.
Podría serlo o no podría serlo, pero sentía que su corazón ya
palpitaba medio desbocado: quería quedar bien a toda costa, asegurarse ese
trabajo y poder dedicarse a lo que más le gustaba… Sólo tenía 17 años y era su
primera oportunidad…, y debía aprovecharla.
- Quiero hacerlo bien y triunfar aquí – dijo Virginia en voz
alta, mirándose en el sucio espejo de su taquilla.
Sonia levantó de nuevo su cabeza y dirigió su mirada a
Virginia; "esta niña es tonta", se dijo. Su única ilusión era abandonar aquel
lugar cuanto antes: las colonias con niños y niñas desarraigados, con problemas
familiares y afectivos, no eran la meta de su vida. Aquella chica se volvió
hacia ella y casi le gritó:
- ¿Crees que daré el pego?
La sonrisa bobalicona que le mostraba le confirmó la
sensación de que su nueva compañera era bastante estúpida; de todos modos, hizo
un esfuerzo y se dignó a mirarla con calma: el bañador negro se aferraba a su
cuerpo realzando las generosas curvas de sus caderas; el trasero era respingón,
de nalgas exuberantes; por contra, sus pechos no eran abundantes, aunque no
desmerecían su figura: seguramente, el nacimiento de sus tetas, cuyos grandes
pezones insistían en marcar su forma, sería más que agradable a los ojos
masculinos. La melena castaña, que caía en ondulaciones hasta el final de los
tirantes del bañador, enmarcaba un bonito rostro desmerecido un poco por una
nariz afilada, pero de ojos verdes y carnosos labios.
- No te preocupes – contestó la pelirroja Sonia – Venga,
ponte las deportivas y vamos a la reunión.
Virginia se apresuró a obedecer y siguió como una perrita a
su compañera; de pronto, a medio camino, se cruzaron con un hombretón de
horrible rostro deforme y elefantino, que emitió un gruñido como saludo.
Virginia cogió del brazo a Sonia y le susurró al oído:
- ¿Quién es ese monstruo? ¡Es horroroso!
- Es Augusto – le respondió – Es algo retrasado y huraño,
pero buena gente. Tuvo una enfermedad, no sé cuál, y de ahí su cara.
Virginia volvió la cabeza: de espaldas parecía un armario
andante; sintió un escalofrío.
La reunión sirvió para señalar a monitores y monitoras el
grupo del que debían hacerse cargo, y para concretar el objetivo del día: llegar
a cierta colina siguiendo un plano topográfico; el primer grupo en llegar
recibiría un premio. Virginia se veía ya triunfadora y alabada por todos, pero,
cuando recibió una copia del plano, se quedó a cuadros: no entendía nada de lo
que se representaba en él.
Si el plano la había desanimado un poco, la puntilla a su
previo optimismo se la dio el grupo de chicos y chicas que le habían asignado:
rondarían los 14 años, y parecían verdaderos delincuentes. Unos gritaban, otros
fumaban, algunos se peleaban y los había que se besaban y toqueteaban,
totalmente indiferentes a sus intentos de presentarse o llamar su atención.
Desesperada, decidió hacer lo que le habían enseñado: coger un cabeza de turco y
volcar en él todo su enfado; lamentablemente, escogió al líder del grupo. A
pesar de que éste la miró con cierto desdén, consiguió que la situación se
calmara y pudo transmitir las instrucciones, entre la indiferencia de todos
ellos.
Con Virginia al frente, empezaron a andar; no se sentía muy
segura, pero por el rabillo del ojo vio que la seguían y se tranquilizó, ajena a
la conversación de José, el líder:
- Ese culo gordo me las va a pagar.
- Tiene un buen trasero, sí señor – respondió Julián, que iba
a su lado.
- Ésa es una vaca gorda – repitió José – Y le daré su
merecido.
- Pero si está muy buena, tío – insistió otro que le había
oído – Aunque yo me apunto a joderla.
- Sí, yo también – terció una chica con gafas – Es una
creída; y tienes razón, José… Mucho culo y poco de aquí – añadió tocándose una
más que respetable teta.
- Bueno, chicos; dejadme pensar – guiñó un ojo José.
Y así fueron avanzando, entre risas y charlas de las que
Virginia, aislada, no participaba; de vez en cuando, se detenían mientras ella
observaba con desesperación el plano: por mucho que lo intentara, no sabía dónde
estaban. A la tercera parada, se armó de valor y sonó por primera vez su voz,
indecisa y algo chillona:
- Perdonad, chicos… ¿Alguien podría ayudarme con el mapa?
Se hizo un silencio gélido; diversos pares de ojos, burlones
y desdeñosos, se clavaron en ella; se sintió nerviosa y el corazón empezó a
latirle con fuerza:
- Bueno, ¿qué? – casi gritó.
- Yo mismo, si no te importa.
Virginia miró agradecida a José, que se le acercó y tomó el
plano, para mirarlo con gran seguridad.
- Ahora es por ahí – dijo, señalando hacia un bosque a su
izquierda.
- Gra… gracias – sonrisa bobalicona - ¡Venga, adelante, que
ganaremos!
Y empezó a menear su trasero en aquella dirección; José se
apresuró a ponerse a su lado y entabló conversación: le preguntó su nombre
completo, cosas de su vida, etc… A Virginia empezó a gustarle aquel chico e iba
ganando confianza en sí misma; ahora le sabía mal haberle gritado, pero ya no
había remedio…, aunque el muchacho parecía haberlo entendido. Llevarían unos
diez minutos andando entre los árboles cuando José le dijo:
- Parece que no caes muy bien en el grupo.
- Ya lo sé – unos ojos verdes le miraron un instante -. Me
gustaría que fuésemos como una piña, pero no sé cómo hacerlo – confesó.
- Quizá yo lo sepa.
Virginia se detuvo:
- ¡Alto! – alzó la voz – Vamos a descansar un poco.
No hubo protestas; inmediatamente, todos se sentaron o se
echaron al suelo.
- ¿Te sientas conmigo y me lo explicas? – imploró a José.
- Claro – respondió aquél.
Se sentaron un poco aparte; Virginia, con los brazos
cogiéndose las piernas y mostrando su poderoso muslamen, acercó su cabecita a
José.
- Dime…
"Madre mía… Vaya puta la vaca ésta", pensó el chico, que
dijo:
- Tienes que ganarte su confianza.
- Pero, ¿cómo? – insistió Virgi.
- Son muy brutos… Sólo hay una manera – siguió muy serio José
-. Te advierto que no es muy agradable y, aunque lo han hecho todos los
monitores, no todos han superado la que llamamos "prueba de la confianza".
- Sigue, sigue… - se interesó la chica, deseosa de triunfar.
- Verás… La llamamos también la prueba del árbol… Va de que
te dejas atar a un árbol y luego hacemos que nos vamos…, pero a los cinco
minutos regresamos y te desatamos – la miraba fijamente; había sinceridad en sus
ojos.
Virginia dudó:
- Uy…, no sé…
- Ya te digo – continuó el chico -. No hay otra manera.
La chica apretó los labios para pensar: era cierto que le
habían dicho que la confianza del grupo era un pilar para el éxito; dirigió su
mirada hacia el chico y lo que le pareció ver fue decisión y franqueza.
- De acuerdo – sonrió - ¿Seguro que funcionará?
El muchacho se animó:
- ¡Al cien por cien! ¡Eres una chica valiente!
Virginia se sintió halagada; cuando vio que José se disponía
a levantarse, lo cogió por un brazo y le dijo:
- ¿No retrasará mucho nuestra misión?
- No te preocupes – respondió ya de cuclillas, mirándola
fijamente con sus ojos marrones -. Serán cinco minutos y, luego, perderán el
culo por que lleguemos los primeros… Los conozco bien – ahora sonreía – y son
los mejores… Has tenido suerte en tu primer día.
Suavemente se desasió de su mano y se puso de pie.
- ¿Qué harás ahora? – inquirió una esperanzada Virginia, que
se veía ya coronada como la mejor monitora del campamento.
- Tranquila, déjame a mí – José la miraba sonriente desde lo
alto -. Lo haremos en la próxima parada. Mientras, iré hablando con ellos y
explicándoles tu valiente decisión. Con eso, ya muchos te admirarán, Virgi.
El hecho de que pronunciara su nombre le produjo una
agradable impresión: era como un primer paso hacia lo que más deseaba, hacerse
suyo el grupo. Muy animada, se pudo en pie y gritó:
- Venga, chicas y chicos. ¡Adelante! ¡El triunfo es nuestro!
De nuevo se pusieron en marcha avanzando por entre la
espesura, más o menos en línea recta. Virginia no cabía en sí de gozo y,
obviando la prueba que debía pasar, sólo fantaseaba con la admiración que se
granjearía entre sus compañeros. De vez en cuando echaba la vista atrás y veía a
José hablando con éste o aquélla…, cumpliendo su promesa. "Soy única ganándome a
los chavales. Será mi simpatía natural", se dijo repleta de orgullo.
Al cabo de un cuarto de hora, José se puso a su altura y le
hizo una seña con las cejas, a la que ella contestó divertida; desesperado, el
chico hizo unos aspavientos con los brazos que la descolocaron y la obligaron a
mirarle interrogativamente…
- ¡Ya!, parémonos. Es el momento – masculló el muchacho.
- Uy… ¡qué tonta soy! – susurró ella - ¡A ver! ¡A descansar!
Se fueron deteniendo, formando un círculo a su alrededor;
José se adelantó y dijo:
- Como os he dicho, nuestra monitora está dispuesta para la
prueba.
Virginia dio un respingo: se había olvidado completamente de
aquello; con una sonrisa forzada, añadió asintiendo:
- Sí, chicos: estoy dispuesta. Confío en vosotros y espero
que también…
- Ese árbol servirá – cortó su indecisa perorata el chico.
Las miradas se dirigieron hacia un árbol que tenía un par de
ramas en forma de uve; se encaminaron hacia él, aunque Virginia no las tenía
todas consigo:
- ¿No me haréis daño, verdad?
- ¿Ahora con remilgos? – José se había vuelto hacia ella –
Queremos creer en ti.
"Sé valiente. Aquí te juegas tu futuro", y, algo nerviosa, se
acercó al árbol.
Las acciones se sucedieron con sorprendente rapidez: dos
chicos se habían encaramado a las ramas luciendo en sus manos unas gruesas sogas
de esparto que, tras levantar Virginia los brazos a instancias de José,
enrollaron alrededor de sus muñecas y aseguraron con fuertes nudos, dejándola de
puntillas.
- ¡Aaaay! ¡Esto duele! – protestó Virginia - ¡Estoy muy
incómoda! ¡Ay! – se quejó meneando sus poderosas nalgas en busca de una mejor
posición.
Los chicos de las ramas ya habían desaparecido: delante de
sus ojos sólo había el rugoso y áspero tronco; oyó como los pasos de sus pupilos
se alejaban entre risitas…
- ¡No tardéis mucho! – gritó, empezando a sudar - ¡Confío en
vosotros!
Al cabo de un cuarto de hora, las cuerdas habían enrojecido
de manera brutal sus muñecas; los brazos estaban entumecidos… Todo el cuerpo le
dolía, pero no podía parar de moverse sobre sus puntillas; sudaba ya
copiosamente y, aunque había intentado darse la vuelta, la distancia entre las
ramas se lo impedía… En sus esfuerzos por acomodarse, se había dado ya varios
golpes dolorosos contra el tronco y casi se había descoyuntado los hombros… La
desesperación empezó a adueñarse de ella:
- ¡Chicos! ¡Chicos! – chillaba ya como una loca - ¡Ya está
bien! ¡Soltadme! ¡Socorro! ¡Socorro!
Pero nadie contestaba a sus lamentos: lágrimas mezcladas de
rabia y de dolor acudieron a sus verdes pupilas: no sabía qué hacer y empezaba a
intuir que quizá aquellos muchachos no regresarían… Pensó también en lo que
significaría pasar la noche allí, en los animales, en los insectos…
-¡Socorro! ¡Socorro! – con renovados esfuerzos, se meneaba
intentando liberarse de las terribles cuerdas.
Oyó unos pasos a sus espaldas.
- ¡Por fin! – respiró aliviada - ¡Soltadme, por favor! ¡Estoy
destrozada!
Notó confundida que una mano le acariciaba los cabellos y le
sacaba la cinta con suavidad…; luego, cómo la desgarraban.
- ¿Qué…? – no pudo decir nada más; alguien le puso la cinta
en la boca y se la apretó brutalmente para atársela en la nuca.
- Mmmm…. mmm… - protestó, intentando girar la cabeza: los
ojos se le llenaron de horror, de espanto; el corazón se le heló… Era el
monstruo, el vigilante subnormal, el que la miraba con una horrible mueca:
- Eres muy guapa – oyó que le decía con aquella voz de
retrasado.
Empezó a moverse frenéticamente; pequeñas gotas de sangre
salían de sus muñecas debido a la tirantez de las sogas. Augusto le acarició una
mejilla:
- No te asustes. Yo te quiero.
El terror se apoderó de Virginia; quería chillar, pero la
cinta se lo impedía. Casi no podía ya moverse. Mientras, el monstruo había
liberado su cipote: un miembro enorme, enhiesto, semejante a un grueso palo
nudoso; se pegó a ella y le hizo notar el poderoso pene entre las nalgas, en la
raja del culo. Friccionaba su cuerpo, se removía con una respiración
entrecortada y babeante que retumbaba en los oídos de la dolorida Virginia.
- Mmmm…, mmmm… - se debatía intentando librarse de aquella
pesadilla, pero las fuerzas la iban abandonando. Alzó la cabeza, moviéndola a un
lado y a otro para huir de los babosos besos que el horroroso ser daba en su
cuello; a sus ojos, más ramas y pequeños regueros de sangre que descendían por
sus brazos…
Siguió restregándose en su trasero, empujándola contra el
tronco; las poderosas manos del monstruo liberaron sus pechos del bañador y
juguetearon con los pezones, pellizcándolos salvajemente y apretando sin
compasión ni medida sus tetas. Era un tormento, un tormento añadido al que ya
sufría por su forzada posición; las lágrimas manaban de sus pupilas. Aquella
bestia seguía repitiendo:
- Te quiero, te quiero.
De pronto, sacó sus manos y la empujó contra el árbol; el
golpe fue brutal. Virginia notó que le estiraba el bañador, que se le clavaba en
las caderas y se le hundía en el coño y que casi la levantaba del suelo. Todo el
peso convergía en su cara y en sus tetas, que frotaban dolorosamente con el
tronco. Un desgarrón, y el bañador quedó flotando al aire, partido en dos. Un
fornido brazo la cogió por la cintura y la llevó hacia atrás… Sintió horrorizada
que algo intentaba introducirse en su ano…
- Mmmm…, mmmm… - se debatió como pudo, meneando sus nalgas,
que recibieron un espantoso y sonoro cachete.
- No te muevas – resoplaba el monstruo -. Yo te quiero.
Y la agarró con tal fuerza de los cabellos que no pudo
moverse más; el susurro de aquella voz anormal rozó sus oídos:
- No quiero hacerte más daño.
El terror heló su corazón; quedó a su merced sin atreverse a
hacer más movimientos. Notó como Augusto soltaba sus cabellos y como pasaba un
brazo por su cintura y la agarraba con fuerza; sin duda, la otra mano dirigía el
potente miembro de nuevo hacia su culo… ¡Dios! ¡Qué lacerante dolor le produjo
cuando se empezó a introducir aquella descomunal verga! Torrentes de lágrimas
anegaron sus ojos mientras venían a su mente recuerdos de infancia… Encajada la
mitad del pene en aquel reducto, la mano, ya libre, se apresuró a magrear las
tetas sin ningún tipo de delicadeza.
Aquel enorme instrumento se hundía y hundía en su antaño
pequeño agujerito haciéndole olvidar cualquier dolor que no fuese el de su culo;
ni los bestiales apretujones y pellizcos que sufrían sus tetas, ni las terribles
rozaduras del tronco en sus mejillas conseguían alcanzar el tormento que padecía
su ano.
Al final, el desmesurado falo, teñido ya de rojo, se acomodó
entero en aquel lugar. Le pareció a Virginia que sufría entre dolores intensos,
que la iba a atravesar, a partir en dos… Sus ojos giraban, enloquecidos, su pelo
se le pegaba a la piel y a la cara, sus gemidos cada vez tenían menor
intensidad. Era tal el sufrimiento que las muñecas prácticamente habían quedado
en carne viva, en sus vanos intentos de huida.
Augusto inició un movimiento acompasado pero frenético, más
propio de un animal que de un ser humano; las idas y venidas del descomunal
aparato desgarraban las estrecheces traseras de Virginia, que manaban sangre… No
pudo soportar más el peso de aquel ser bestial y uno de sus brazos, anegado de
color rojo, se descoyuntó produciéndole tal dolor que perdió el sentido un poco
antes de que el semen del monstruo inundara copiosamente su culo; la emisión fue
acompañada de gemidos infrahumanos…
Tardó aún Augusto en verter en su interior todo aquello que
llevaba acumulado; una agitación de su cuerpo significó el final de aquel
proceso. Extrajo su miembro, largo, enorme, pero ya fláccido, del ano de
Virginia y se lo miró preocupado: estaba tintado de sangre. Torpemente, casi
llorando, se lo limpió con un jirón del bañador, que colgaba a las espaldas de
la chica, la cual, desmayada, mostraba su arañada cara al cielo.
- Yo no quería… Lo siento, lo siento – intentaba levantarle
la cabeza.
Puestos ya los pantalones y viendo que Virginia no
reaccionaba, asustado, huyó de aquel lugar…
- ¡Dios mío! – chilló Sonia, a la vista de aquel guiñapo.
Virginia colgaba del árbol, con la cabeza echada hacia atrás
y mirando al cielo; sus brazos, atados por poderosas cuerdas a las ramas, eran
encarnados. El bañador volaba al viento, cubriéndole únicamente el cuello y, a
veces, parte de la cara; innumerables rasguños nacían en su pelvis y ascendían
por el torso y las tetas hasta alcanzar sus mejillas. El culo y sus muslos
ensangrentados completaban la dantesca imagen.
Nada hubo que hacer: aunque en el hospital, en el que
Virginia pasó dos meses, certificaron que había sufrido una violación anal, ella
no quiso pasar por la vergüenza de enfrentarse a aquel monstruo en un juicio, ni
reconocer que había sido él quien la había forzado. El dinero que recibió de la
casa de colonias sirvió para pagar el tiempo de hospitalización… De todo ello,
sólo le quedó una breve nota de despido:
"No supo ganarse la confianza de los chicos".