Prologo
A mis 40 años largos y después de tener varias esclavas por
diferentes periodos de tiempo a mi servicio, tuve una brillante idea que de
funcionar me solucionaría varios problemas a un mismo tiempo:
La dificultad de abastecerme de un variado numero de mujeres
de todo tipo de condición, clase social, edad, y físico.
Pues aparte de su sumisión y humillación total ante mi, lo
que mas me excita es la variedad.
Además, me permitiría olvidar un trabajo rutinario que no me
aportaba ya ningún aliciente, y me proporcionaría sustanciosos ingresos.
Tuve que solventar ciertas dificultades iniciales, a saber:
La mas delicada, rodearme de 4 socios mas, de absoluta
confianza y con mis mismos gustos e intereses. 5 era el numero mágico para mi,
siempre me ha dado suerte en el pasado y reconozco soy un tanto supersticioso.
Arrendar una casa en las afueras, con amplio jardín, una
tupida y alta valla que lo aislara y protegiera de miradas indiscretas, de
dimensiones adecuadas, y que además no resultara demasiado cara.
Y por ultimo, acondicionarla para los fines a los que estaba
destinada a servir.
Para que se hagan una idea, mi idea era convertirla en una
especie de mansión (en versión más modesta) parecida al castillo de la Roissy
(Historia de O):
Amplio salón, provisto de confortables sillones de piel, y
una calida chimenea presidiendo el lugar y dándole el necesario acogedor
ambiente para el placentero uso al que estaría destinado: sala de reuniones y
disciplinas varias.
Varias pequeñas habitaciones a modo de celdas, con el mínimo
mobiliario y comodidades, cómodos dormitorios para los cinco componentes de la
sociedad, amen de una cocina, salón comedor, y una espaciosa sala de castigos
provista de todo tipo de accesorios de S/M y castigo, dejo a la imaginación de
los posibles lectores que se hayan interesado por mi historia, la larga lista de
artilugios, por otro lado nada originales ni inusuales en este tipo de
practicas.
No fue fácil, pero con tesón e insistencia pocas cosas en
esta vida son imposibles de realizar.
Reunidos en el cómodo salón con sendos vasos de whisky de
malta, mis socios y yo discutíamos sobre la normativa, estatutos de la sociedad,
y demás papeleo legal, necesario para poner en marcha nuestro negocio.
Por unanimidad y dado que mía fue la idea y el impulso
inicial se me nombro director general, aunque en nuestra particular empresa se
me llamaría "el Maestro", y mis cuatro compañeros de aventuras ostentarían el
titulo de Amos.
Una de los puntos sobre los que más insistí e hice hincapié
fue en que la clave del negocio, aunque discreto y exclusivo, debía ser su
transparencia y legalidad en todo momento y sentido:
Las futuras inquilinas de nuestra institución debían ser
mayores de 18 años e ingresar por propia voluntad, ya fuera por propia
iniciativa o a expensas de su propietario legal del momento. Y los gastos del
cursillo dependerían del periodo de estancia y del nivel requerido por la o los
interesados en cuestión y deberían abonarse por adelantado.
Habría una palabra clave que la sumisa o el sumiso en
cuestión podría decir y el tratamiento finalizaría de inmediato, y se le
expulsaría de las instalaciones de inmediato, pero perdería la cantidad
satisfecha, sin derecho a reembolso por nuestra parte… y un sin fin mas de
cláusulas que no narraré por no aburrir a la audiencia de forma innecesaria.
Al fin, y después de varios meses, mi proyecto estaba a punto
de su fruto.
Insertamos varios discretos anuncios en revistas
especializadas y en Internet que rezaban así:
ESCUELA PARA PERRAS
"Adiestramos mujeres u hombres, hasta convertirlos en
esclavos y sumisos ideales.
Varios grados de experiencia y tratamiento dependiendo de la
necesidad del cliente.
Tarifas flexibles ajustadas a su cartera.
Seriedad, discreción y efectividad son nuestro lema."
Y luego adjuntábamos nuestro teléfono, y dirección de correo
electrónico, ya que las citas serian concertadas previa conversación anticipada,
de esa forma nos quitábamos de encima a los curiosos y demás elenco innecesario
(periodistas etc, etc. )
1.- Nerea
Sin embargo los comienzos no fueron exactamente como yo
esperaba, tras dos semanas, solo habíamos tenido dos entrevistas:
En una un tipo bastante mal encarado pretendía que
adiestráramos a mujeres que él nos iría trayendo, secuestradas y contra su
voluntad.
Claramente era un negocio de trata de blancas, así que de
inmediato y con la máxima frialdad y claridad nos negamos y le instamos a que
abandonara la casa para no volver jamás, y le recomendamos que se olvidara de
nosotros, en un tono que no dejaba lugar a dudas de su intención amenazante.
Y la otra era de un despistado que creía que adiestrábamos
perras de verdad, y nos traía a una hembra de Pitbull recién nacida.
Al fin, y cuando el desanimo y la duda comenzaba a florecer
en mi, llegó al despacho que habíamos alquilado en la ciudad, una pareja,
(matrimonio) de unos treinta y tantos a primera vista.
Elegantemente vestidos, él con un traje chaqueta cruzado y
ella con un sencillo vestido de corte sobrio y nada llamativo.
Llamaba la atención el contraste de actitud de ambos:
Decidido y enérgico, no exento de cortesía en él. Y nervioso
y sumiso por parte de ella, que en toda la entrevista no levantó apenas los ojos
de su regazo, donde dejaba descansar sus manos, entrelazadas en un claro ademán
de auto protección.
Resumiré la conversación mantenida diciendo que Nerea, la
esposa, había sido pillada en una relación extra conyugal, y Hector, el marido,
le había dado dos opciones:
El divorcio, sin recibir ningún tipo de pensión. O someterse
voluntariamente a este curso de readaptación y modales.
Una vez Nerea aceptó someterse a dicho cursillo y después de
firmar un contrato Standard, y un pliego de descargos, la invitamos a que
esperase en la sala de recepción y Héctor y yo ultimamos los detalles.
Le expliqué los diversos tipos de tratamientos y sus tarifas,
pero me interrumpió diciéndome que quería el curso completo, no importaba el
coste, quería que sometiéramos a su mujer a todo tipo de privaciones,
humillaciones, y castigos hasta que la convirtiéramos en una esclava total,
incapaz de decir no a cualquier cosa que se le pidiera, por aberrante, sucia, o
desagradable, que pudiera parecerle.
Naturalmente eso descartaba la posibilidad de que Nerea
pudiese decir la palabra de seguridad que interrumpiría el tratamiento.
Además, Héctor deseaba un seguimiento en video que le seria
enviado quincenalmente a un apartado de correos previamente acordado.
En principio acordamos un periodo de tres meses, extensible
dependiendo del resultado y grado de sumisión de la perra en cuestión.
Una vez recibí el sustancioso talón de nuestros honorarios,
el cual bastaría para mantenernos durante varios meses, le di las instrucciones
de entrega.
Nerea debía estar al día siguiente en un punto determinado de
la ciudad, sin ningún tipo de equipaje o bolsa.
Puntualmente estaba la mujer, con el mismo sobrio vestido,
plantada en la acera mirando nerviosamente a todos lados esperando aparecer a
alguien que le diera razón de su espera.
Pare mi lujosa furgoneta con cristales ahumados a su lado, y
con un corto y seco:
-Sube y no digas una sola palabra.- por todo saludo,
la ordené a que se instalara en el vehiculo.
Así lo hizo, no sin cierta vacilación.
En el interior la esperaba uno de mis socios, quien
simplemente y sin apenas mirarla, la conminó y ayudó a ponerse una capucha de
tela gruesa con el fin de privarla de la vista e impedirle que supiera su punto
de destino.
El motivo, mas que nada, era condicionarla y convencerla de
su indefensión, y desde el principio hacerla saber que desde ese momento era un
pedazo de carne sin mas voluntad que la de sus dueños temporales.
El trayecto fue corto, apenas media hora durante las cuales,
Nerea, apenas movió un músculo, aunque se la veía temblar debajo del liviano
vestido a pesar de que estábamos en pleno verano.
Aparqué la furgoneta en el garaje de la casa y sin quitarle
la capucha, guiamos a Nerea hasta el salón de reuniones, cuya chimenea, a pesar
del calor, se encontraba encendida.
Allí estábamos los cinco socios, cómodamente aposentados para
la solemne reunión y Nerea, de pie, parada en medio de nosotros, todavía con la
capucha privándole de la vista.
La mantuvimos así algunos minutos mas, mientras bebíamos buen
brandy y fumábamos nuestros caros y exclusivos puros habanos.
Al fin, yo tomé la palabra como exigía la dignidad de mi
cargo y le ordené con suavidad y sin levantar apenas el tono de voz:
-Puedes quitarte ahora la capucha, perra.
Parpadeó varias veces hasta acostumbrarse a la claridad del
recinto y fijó alternativamente la vista en todos y cada uno de nosotros, quien
a su vez la mirábamos como un corro de niños golosos miraría un suculento pastel
que van a devorar de inmediato.
-Bien, ahora desnúdate por completo, y hazlo
lentamente, sin prisas – continué aleccionándola.
Pareció dudar durante unos instantes, pero antes de que
tuviera la necesidad de repetirle la orden, tímidamente dirigió sus dedos hasta
la botonadura de su vestido y de inmediato este comenzó a deslizarse
lánguidamente por su esbelto y bien cuidado cuerpo. Para haber entrado en la
veintena lo conservaba casi como el de una adolescente: terso y prieto, sin
apenas un gramo de grasa.
Realmente era una hembra muy atractiva e íbamos a disfrutar
muchísimo con su doma y adiestramiento.
Agradeceré cualquier tipo de comentarios o sugerencias
constructivas, tanto si les ha gustado o no este comienzo de relato.
Especialmente por parte del elenco femenino a quienes me gustaría enfocar y
dedicar esta historia.
Sean del tipo o naturaleza que sean, y prometo contestar
todos y cada uno de los correos recibidos, siempre que estén redactados con la
mínima corrección y cortesía.