M
M la llamó por teléfono como de costumbre. ELLA temblaba cada
vez que intuía su voz, identificándola con la razón primera por la que respiraba
cada día. M era muy convincente. Tras la llamada, ELLA se dirigió a su casa como
cada noche que lo hacía. El mismo sonido de la llave traspasando la
cerradura. La misma oscuridad tras la puerta de entrada. El mismo olor. Los
mismos sonidos de las pisadas sobre el suelo conocido. ELLA se fue directamente
a la habitación indicada. Permaneció allí, como le pidió M, a oscuras y en
silencio. Pasaron minutos, bastantes minutos, tal vez un par de horas y sólo oía
su propia respiración. ELLA se había enamorado de M en un autobús repleto de
personas anónimas. Ni siquiera iba en él cuando ocurrió. Estaba bajo la
marquesina del Cine Emperador la tarde que lo vio pasar tras los cristales
mojados por la lluvia. Después ocurrió todo muy deprisa. Una presentación
casual, unas miradas y M se dio cuenta de que la tenía. ELLA estaba allí, de
nuevo, en su casa, porque no podía estar en ningún otro lugar. En silencio, a
oscuras, esperando, viviendo, con una indignación a veces impertinente, la
ausencia de M. ELLA se observaba como una mujer valiosa, inteligente, pero
vencida. Cuando aquella vez pasada, en el café, él la había citado para un
asunto importante, ELLA sabía que diría sí. M fue muy poco galante en aquella
ocasión. La miró a los ojos. ELLA no lo pudo resistir. Se lo dijo como un
experto que transmite datos de una sucursal a otra. Le confesó que estaba casado
con una mujer a la que amaba profundamente, pero quería tener su propia puta. A
ELLA, la palabra puta se le clavó como una saeta afilada en el corazón vencido.
M no quería un nuevo romance ni quería dejar a su mujer, quería únicamente
que ELLA fuera su puta. M pidió aquella tarde un café solo, sin azúcar. ELLA no
dejó de mirar una servilleta usada que estaba junto a la mesa. Ahora, en la
oscuridad de la habitación conocida, ELLA recordaba aquellas palabras junto con
el sonido de la cucharilla sobre la taza de café. Recordaba cómo le respondió,
fijando siempre la mirada sobre la servilleta, que sería su puta...
ELLA oyó la llave de la puerta principal. M hablaba con su
mujer y reían como dos niños. ELLA no quiso respirar desde la habitación oscura.
Escuchó las pisadas, los besos y hasta las caricias. ELLA recordó las palabras
de su amiga la tarde del mus. Recordaba cómo le había dicho que aquel hombre no
era bueno para ella. A veces bailaban estas palabras en su cabeza mientras
masturbaba a M con la boca. Pensaba en la tiranía de M y la sentía como su
propia tiranía. Oyó cómo se encendió la luz de la habitación conjunta. M solía
atar a su mujer junto a la cama y ELLA lo sabía porque había estado en aquella
habitación muchas veces y había sido atada otras tantas. M se lo había
confesado. Le había dicho que allí ataba a su esposa mientras la gozaba. ELLA
había escuchado siempre aquellas palabras con unos celos inmensos. El placer de
una mujer celosa es siempre un placer doloroso. ELLA se había hecho adicta a ese
tipo de placer. Pensaba, en ocasiones, si ya no sería capaz de amar a nadie
fuera de ese dolor intenso. Notó que el perfume que se había puesto para M se
estaba desvaneciendo como la espuma fuera del agua. ¿Qué querría M esta vez? La
primera vez que lo hizo para él fue una noche de invierno. En aquella ocasión la
tuvo encerrada en la misma habitación hasta que terminó de follarse a su mujer.
Después la despidió como a una virgen, sin tocarla, porque tenía sueño. ELLA
estaba de nuevo allí, esperando. Recordaba que M sólo la había penetrado una
vez. Fue una tarde de celos insoportables para ella. Fue también la primera vez
que ELLA se atrevió a reprocharle su actitud con otras mujeres. M hizo el ademán
de marcharse, tal vez para no volver. Entonces ELLA le suplicó que no lo
hiciera. Se arrodilló delante de la puerta y comenzó a romperse la ropa. M
miraba impasible. Medio desnuda, lloraba como nunca lo había hecho hasta
entonces. M, finalmente, se acercó con parsimonia. La levantó del suelo y le dio
dos sonoras bofetadas. Luego la poseyó con furia. ELLA nunca más mencionó su
problema con los celos...
Toda la casa era un solo silencio. ELLA se había adaptado a
la oscuridad de su habitación. M abrió la puerta con lentitud. ELLA se alegró de
verlo y quiso rendirle un beso, pero M se llevó el dedo a la boca y no aceptó la
cortesía. ELLA fue conducida a la habitación conjunta. Su esposa estaba
profundamente dormida. Casi desnuda, yacía de lado con la informalidad propia de
la dueña que posee. M no habló demasiado, únicamente le dijo a ELLA que si
despertaba a su esposa todo habría terminado. La condujo junto a la cama y la
arrodilló en el suelo. M miró disimuladamente a su mujer dormida y se dejó caer
con fuerza sobre el coño de su puta. ELLA desprendió parte de un grito
desesperado, pero M tiró tan fuerte de su pelo que lo reprimió con bravura. Se
mantuvo dentro durante unos segundos, hasta que volvió a caer sobre el coño
dócil que esperaba ser ensuciado. M no dejó de mirar a su esposa durante las
cuatro o cinco veces que lo hizo. No fueron más. ELLA intentó volverse para ver
a su amado, la razón por la que decía respirar, pero M se levantó y la hizo
levantar. M le ordenó que se marchara. Podía irse a su casa. Ella obedeció con
tristeza. M, a solas con su esposa, acercó su glande al cuello dormido. No
necesitó masturbarlo demasiado para vaciarse sobre la mujer que amaba.
Sorprendida, despertó recibiendo el semen cálido y respirando con dificultad. M
le deseó feliz aniversario de boda. Su esposa se sintió la mujer más feliz del
mundo.