Me sacó del pensamiento la voz de Rosa que preguntaba;
"¿quieres librarte de otra tanda?"...
"Sí, ama, claro que sí, ordéneme algo, por favor", dije yo y,
en mi voz, había tal tono de suplica, o de desesperación, que hasta Jeni se echó
a reír con lo trabajada que ya estaba en ese momento. Yo tenía solo una
esperanza a esas alturas, que llegara de una vez Marta, me diera una tunda de
padre y muy señor mío y me mandara, al fin, al hospital, porque cuanto más
tardara la otra, más palos me daría Rosa.
"Ven aquí a cuatro patas, y hazme un buen servicio con la
boca, si consigues que suba al cielo te librarás de la tercera tanda y pasaré
directa a la cuarta, fíjate, te habrás librado de la mitad del castigo inicial y
aún puedo ser más generosa".
Ni que decir tiene que lamí como si en ello me fuera la vida,
quizá me iba la vida. Cuando Rosa se recuperó me mandó volver a colocarme sobre
sus rodillas. Yo lo hice como me había mandado, pero le dije que no me parecía
justa la paliza que estaba recibiendo si, además, después iba a recibir otra de
Marta. Fue entonces cuando Rosa nos dijo y, al hacerlo nos dejó paralizados por
la sorpresa, en mi caso también por el miedo, "Marta no va a venir, solo fue un
globo sonda que lancé para ver que hacía mi amiga", después, dirigiéndose a ésta
le comentó, "ya ves, podías haberte ahorrado los golpes que llevas encima, ahora
es demasiado tarde, ya sé que no me eres fiel y no debo confiar en ti".
Jennifer se echó a llorar desconsoladamente, Rosa se sintió
poderosa y feliz ante tal desconsuelo, me dio cuatro o cinco zapatillazos y,
súbitamente la mandó acercarse y ponerse a su lado a cuatro patas; Rosa la
acarició, la cara de la perrita era un poema, con los lagrimones el rimel se le
había corrido llenándole las mejillas de manchas negras que junto a las marcas
de los golpes, el resto del maquillaje también corrido y el sudor de la pelea;
el pelo revuelto, la expresión miedosa y suplicante... le daba un aspecto en
verdad penoso, solo se salvaban del naufragio general sus preciosos ojos verdes,
que en su humedad seguían brillando como siempre, incluso con más luz. Rosa
pareció que se apiadaba de su amiga, le habló con cariño, como si fuera una niña
muy pequeña que estuviera asustada, había razones serias para ello: "¿qué le
pasa a la pobre pequeñita?, ¿ha sido muy mala y mamá ha tenido que castigarla?,
¿quiere la pequeñita que mamá la perdone?"
Algo me dio miedo, ¿qué buscaba Rosa?, no tardé en saberlo,
apenas la vencida contestó que sí.
Si quieres librarte del resto del castigo, dijo dirigiéndose
a su esclava, más aún, si quieres volver a ganarte el favor de tu ama, tienes
que darle una paliza; una verdadera paliza a este estúpido y arrogante animal
que tengo prisionero. No esperé a escuchar que contestaba la perrita, me volví
hacia mi vencedora diciéndole suplicante: "Si me sigues pegando me matarás, por
favor para ya, hazme alguna otra cosa, pero nadie en el mundo puede resistir un
castigo tan tremendo como el que me estás dando y ahora quieres añadir más
todavía". Ella se echó a reír.
"Pobrecito mío, aniquilado en su orgullo, suplicando como una
débil mujercita" y dijo a continuación: "no te preocupes, si mi amiga te da la
paliza te libraré de varias tandas de zapatillazos y quizá después te folle por
el culo, si hago eso te quitaría aún más tandas de jarabe de palo; y para que
veas que soy buena te puedo repartir el resto entre hoy y mañana" y añadió,
después de estar unos instantes dubitativa, "deja ya de portarte como una
nenaza, a mi me daban de pequeña auténticas tundas con la zapatilla y no me
hicieron ninguna cosa grave en el culo".
"Anda ya", saltó Jeni impulsiva al oír hablar a su compañera,
"a ti como mucho te dieron cuatro zapatillazos y solo alguna vez que combinaste
algo muy gordo, conozco muy bien a tu madre".
"Ay, ay", dijo Rosa, "esta estúpida perrita no aprende nada,
¿desde cuándo una esclava contradice a su ama", dos rotundas bofetadas cruzaron
la cara de Jeni, Rosa tomó de una oreja a su amiga y tirando la obligó a
acercarse mientras le preguntaba, "¿qué se dice?, perrita estúpida".
"El ama siempre tiene razón, el ama siempre tiene razón. Ama,
por favor, déme alguna orden para que pueda cumplirla, lo que usted desee, ama,
sea lo que sea. Yo solo quiero servirla".
"Está bien", dijo Rosa me echó de encima de sus piernas
empujándome, después de esto las abrió, "mete aquí tu lengua, cuando acabes de
hacerme el servicio le darás a este imbécil la paliza que se merece", y la
agarró por el pelo dirigiendo la cabeza de la vencida a su objetivo.