Estaba bastante confuso con lo que había pasado y no dejaba
de darle vueltas al tema, por lo que comencé a caminar sin rumbo fijo. No me
importaba el lugar donde pudiera acabar; sólo quería airear un poco las ideas.
Bajé toda la calle donde se encontraba la casa de Juan y di a parar a una gran
avenida, y a partir de ahí, la recorrí en toda su longitud durante media hora.
Llegué hasta un parque y pensé que aquel era buen lugar para sentarme un rato a
descansar antes de dar la vuelta y volver de nuevo a casa. Me adentré hasta la
oscuridad y busqué un banco. Pensé que quizás aquello no era muy buena idea y
que en cualquier momento podían atracarme, pero en ese momento descubrí a una
pareja que en otro banco se besaba a unos pocos metros de mí. Bien, al menos no
estaba solo. Y me tranquilicé.
Fueron pasando los minutos y mis ojos se acostumbraron poco a
poco a la oscuridad. Me di cuenta de que la presencia de aquella pareja no era
una excepción, y que el parque no parecía tan solitario como yo pensaba. Pero
para sorpresa mía, por allí sólo había hombres; hombres de todas las edades
paseando de un lado a otro. Conté a siete u ocho y al momento supe que esos
tipos no estaban allí dando un simple paseo. Nos olemos, lo sé. Cuando un tío
busca sexo con otro tío nos percatamos de ello al instante. Quizás, sin saberlo,
había ido a parar a La Alameda, el pulmón de Pontevedra, un gran parque alargado
alrededor del cual se encuentran varios edificios históricos de la ciudad.
Siempre que visito un lugar nuevo, suelo consultar una página web donde informan
de los lugares de encuentros gays de cada ciudad. Y con Pontevedra no había
hecho una excepción, aun sabiendo que ese fin de semana se lo iba a dedicar por
completo a mi amigo y no iba a tener tiempo de tonterías. Pero por si acaso,
siempre lo consulto, y leí que en esta zona de la ciudad se concentraban muchos
gays buscando sexo. ¿Qué coño me estaba pasando? Acababa de protagonizar con
Juan un episodio bastante conflictivo (sobre todo para él), y en lugar de estar
pensando la manera en que iba a afrontar el problema con mi amigo al día
siguiente, lo único que me apetecía en aquel momento era vivir una experiencia
sexual en aquel parque. Y la polla respondió; y no hubo manera de hacerla
cambiar de idea.
El caso es que me levanté de aquel banco y comencé a caminar.
Me crucé con un tío más o menos de mi edad que me echó una mirada de arriba
abajo como si estuviera inspeccionando el ganado. No me importó mucho: en el
fondo todos lo hacemos cuando vamos en busca de una presa; hay que ser
selectivos. Y yo lo hice con él. No estaba mal, si no había otra cosa, claro. Él
se detuvo y estuvo largo tiempo mirándome esperando una respuesta mía, pero le
ignoré. Continué andando y preferí seguir buscando y comparar. Seguí cruzándome
con más hombres, pero la mayoría pasaban de los cuarenta. Parecía que ese parque
sólo era frecuentado por gente mayor. ¿Dónde se metían los más jóvenes? Supuse
que al ser viernes por la noche estarían por ahí de marcha en los pubs y
discotecas del centro. No había nadie que me gustara, pero la calentura seguía
ahí, y decidí ir en busca del primer chico con el que me había cruzado minutos
atrás para proponerle tema. En otras circunstancias no me habría fijado en él,
pero en esos momentos era lo único "potable" que había.
Estuve como diez minutos dando vueltas por los jardines y ni
rastro de él. Me senté en un banco y esperé a que apareciese por algún lado. Al
rato, oí ruido tras de mí y exaltado me volví. De unos arbustos salieron un par
de tíos, uno era el chico que había estado buscando y el otro era un maromo con
pinta de portero de discoteca. Sin duda se habían estado enrollando y acababan
de terminar. Joder, qué suerte había tenido el cabrón, y yo allí, plantado como
un gilipollas. Parece que el destino quiso gratificar a aquel chico después de
que yo le rechazase poniéndole en su camino a un tío bueno, y yo, por
avaricioso, me había quedado sin premio. Tuve la tentación de seguir caminando
por el parque por si la suerte se ponía de mi parte y me daba una segunda
oportunidad, pero sabía que las opciones de encontrar un buen tío eran muy pocas
y no quería salir de allí totalmente frustrado.
Cuando me disponía a salir del parque para coger la Gran Vía
de Montero Ríos, un chico que venía de frente y al que no había visto, se
interpuso en mi camino y me hizo pararme en seco.
Hola Marcos, ¿qué haces por aquí? – soltó aquel
desconocido.
No acababa de entender cómo, encontrándome a cientos de
kilómetros de mi ciudad, alguien a quien no conocía supiera mi nombre. El caso
es que su cara me resultaba familiar, pero no terminaba por ubicarle. Aquello sí
que era raro.
Ya te dije que nunca olvido una cara, pero por lo que
veo tú sí… - dijo al ver mi cara de extrañeza.
Su frase "nunca olvido una cara" me transportaron a la escena
de esa misma mañana en el supermercado y enseguida me di cuenta de que era el
cajero que me había atendido.
Álvaro. Eres el chico del supermercado… - contesté
Jajaja, bueno, veo que al fin vas recuperando la
memoria
Perdona tío, pero es que con esa ropa y ese peinado
que llevas no te había reconocido
Sí, claro. No acostumbro a salir por la noche con el
uniforme del curro – dijo guiñándome un ojo y yo respondí con una
carcajada dándome cuenta de mi estupidez
Pues parece que al final sí hemos podido vernos antes
de volver a Madrid – le dije
Y no sabes lo que me alegro. Tenía ganas de volver a
verte
¿Y eso?
Me pareció evidente que esta mañana estabas ligando
conmigo – soltó sin rodeos
Jejeje, puede ser… ¿se notó mucho?
Nooo, que va – dijo en tono de broma – Pero no
termino de comprender por qué la mujer que iba detrás de ti me comentó
nada más irte que hacíamos buena pareja…
Jajajajaja, ¿en serio te dijo eso?
Sí, te lo juro, las marujas son así… Bueno, aún no
has contestado a mi pregunta
¿A cuál?
A qué hacías por aquí a estas horas
Dando una vuelta; necesitaba salir de casa para
pensar
Ya – dijo poco convencido por mis palabras – por eso
estás tan lejos del barrio y saliendo de los Jardines de La Alameda…
¿Qué pasa con estos jardines? – pregunté como si no
supiese de qué iba la historia
Bueno, a ningún gay de Pontevedra se le escapa que en
este parque hay mucho mamoneo…
¿Ah sí?, no sabía; será que como no soy de aquí… –
contesté simulando sorpresa
Bueno, y qué, ¿ha habido suerte? – preguntó mirándome
a los ojos sabiendo que no le estaba diciendo la verdad
De acuerdo… Sí, vengo de buscar un poco de rollo.
Pero te juro que he llegado hasta aquí sin darme cuenta. No estaba
buscándolo – contesté sin saber muy bien por qué estaba justificándome
ante aquel chico al que apenas conocía
Jajajaja, lo sabía – dijo victorioso
¿Y tú qué haces por aquí? – le interrogué
¿Tú qué crees…? Buscando lo mismo que tú
Pues a no ser que te vayan los maduritos, creo que no
vas a tener mucha suerte. Yo me voy sin mojar - dije
Me lo imaginaba. Los viernes esto está algo vacío de
jóvenes. Suelen aparecer a partir de las 3 ó 4 de la madrugada, cuando
ya se van a casa después de salir de marcha
Ajá, entiendo, una buena mamada antes de irse a
dormir – contesté sabiendo a qué se refería (allí en Madrid, en la zona
de Polvoranca ocurría lo mismo)
Exacto. Yo estaba con unos amigos por aquí cerca
tomando unas copas y me había pasado por aquí por si acaso
Nos ha salido mal la jugada, jajajaja
Oye, ¿te vas ya para casa? – preguntó de repente
No voy a tardar mucho en irme. Aún me falta una buena
caminata hasta el piso de mi amigo – contesté expectante ante lo que
imaginaba iba a proponerme
¿Te apetece que nos adentremos en el parque y nos
divirtamos un rato? Luego puedo acercarte en el coche hasta tu casa
¿Por qué no? – dije con una sonrisa.
Él también sonrió y volvió a enseñarme sus dientes blancos y
perfectos. Sin duda, aquella sonrisa era lo más bonito de su cara. Nos perdimos
en la oscuridad y durante un tiempo estuve siguiéndole hasta una zona de
arbustos. Se notaba que el tío conocía bien el parque porque a pesar de estar
todo a oscuras, se movía con mucha rapidez y agilidad. La de pajas que se habría
hecho allí… Reconocí la zona donde nos detuvimos como el lugar en el que minutos
antes había descubierto a los dos chicos. Debía de ser la zona de encuentros del
parque.
Álvaro fue directamente al grano, y en dos segundos ya le
tenía de rodillas tragándose mi polla. Me pilló tan de sorpresa que aún no me
había dado tiempo a empalmarme del todo, pero su maestría con el uso de la boca
hicieron que enseguida mi rabo tomase su máximo tamaño. Ya era el segundo
galleguito que me la comía en el día (primero Ismael en los servicios de la
Estación, y ahora Álvaro) y ninguno de los dos lo hacía nada mal. Era como si en
los institutos de Pontevedra impartiesen una clase especial donde se enseñaba a
comer pollas.
Unos minutos después de que comenzara esa estupenda mamada mi
polla empezó a dar síntomas de flaqueza y no tardó tiempo en disminuir algún
centímetro hasta quedarse en estado morcillona. Llevaba tiempo notando que la
cosa no iba bien y que mi excitación iba en minuendo. Arrastraba unas cuantas
pajas y corridas, el cansancio acumulado de todo el día, el matador viaje en
aquella litera del tren… Quizás no podría volver a correrme aquella noche.
¿Qué pasa? ¿No te gusta? – preguntó Álvaro
deteniéndose en su mamada y mirando hacia arriba
Perdona tío, no sé lo que me pasa. Claro que me mola
lo que haces… lo haces de puta madre
No pasa nada, estas cosas ocurren – dijo comprensivo
A mí no suele pasarme. No sé, será el estrés, o que
hoy ya me he corrido bastantes veces
¿Quieres que lo dejemos?
No, no quiero – dije orgulloso – Ven, sube, que ahora
soy yo el que va a hacerte una buena mamada
Saqué su rabo y me impresionó su tamaño. La verdad es que no
esperaba un espécimen de esas dimensiones; bastante desproporcionado para el
cuerpo de aquel chico (que debía de estar alrededor de los 170 cm y 62 kg).
Definitivamente tenía muy buena polla; muy pero que muy buena. La mejor para
comérsela, aunque la peor para recibir por atrás. Y aún así, mi polla seguía sin
responder. No entendía qué me estaba ocurriendo. Me la metí en la boca y empecé
a mamársela. Aunque ese rabo me encantaba y era sin duda de lo mejor que había
catado en la vida, en ese momento estaba más pendiente de recuperar mi erección
que de degustarla. Mi orgullo propio no podía admitir hacer el ridículo de esa
manera.
Entonces, sin saber por qué, me acordé en ese instante de
Juan, y de la paja que nos habíamos hecho dos horas antes, y de nuestro morreo,
y de cómo se había corrido sobre mí. Y mi polla resucitó y volvió a apuntar al
cielo como acostumbraba a hacer. Por fin me había recuperado de aquello y volvía
a ser el tío de siempre. Pero todo a costa de Juan, y eso no acababa de
parecerme bien. Quise quitármelo de la mente y no pude. Por mucho que lo
intentaba, más aparecía él en mis pensamientos. Y me imaginé que a quien estaba
comiéndole el rabo era a Juan. Soñaba con que esa polla hubiese sido suya; cómo
lo deseaba...
Debí de esmerarme mucho en mi mamada porque Álvaro se apartó
bruscamente de mí para correrse sobre la tierra. Yo también estaba muy cachondo
con la "visión" que había tenido de Juan y apenas bastó que me rozara un poco la
polla para soltar toda mi corrida a varios centímetros de distancia. Al ver
aquello, Álvaro sonrió y se alegró de que hubiese recuperado la excitación que
había perdido minutos atrás. Él imaginaba que su descomunal rabo había sido el
causante de mi "resurrección", pero yo sabía perfectamente que si no hubiese
fantaseado con Juan, no habría podido correrme. Me acercó en coche hasta la casa
de Juan y estuvimos hablando durante un rato de cosas banales. Intercambiamos
nuestras direcciones de correo para charlar algún día por Messenger.
Si vuelves algún día por Pontevedra, ya sabes dónde
encontrarme – dijo con ganas de que aquello ocurriese
En La Alameda, ¿no? – dije divertido
Jajaja, ¡Qué tonto eres! Sabes que me refiero al
supermercado – contestó
Ya lo sé
Y acto seguido me despedí de él con un pico. En realidad no
sé por qué lo hice, porque antes en el parque no nos habíamos morreado, pero en
ese momento me apeteció besar esa boca que me había conquistado desde que la vi
sonreír esa misma mañana. Él pareció sorprenderse por mi beso, pero lejos de
molestarle, parece que le agradó. Salí del coche y abrí la puerta del portal. El
coche de Álvaro arrancó y desapareció.
Entré con cuidado de no hacer ruido y fui directamente al
baño para darme una ducha rápida. Cuando volví a mi habitación me acosté y me
fijé en la hora: las 3 de la madrugada. Tardé tiempo en coger el sueño porque
estuve dando vueltas en la cama pensando en Juan y en el "accidente" que
habíamos tenido, y hasta las 4:30 no caí dormido.
Abrí un ojo pensando que aún era temprano. Miré el reloj. Me
había equivocado; ya eran cerca de las 3 de la tarde. Había dormido de un tirón
y no me había dado cuenta de nada. Salí de la habitación en bóxer y con la
camiseta de dormir hacia el salón. Juan no estaba allí. Directamente me tumbé
aún medio dormido en el sofá y me puse a ver un programa de "zapping" que
echaban en la tele. A los veinte minutos oí que abrían la puerta de la calle y
apareció mi amigo, que venía vestido con pantalón corto de deporte y bastante
sudoroso. Traía muy buen humor.
¡Buenas tardes! – me gritó entrando al salón
Y con razón… - añadí - porque por la hora que es ya
es por la tarde… ¿De dónde vienes?
He ido a correr un rato. ¡Hace un día maravilloso!
Tenemos que aprovechar e ir luego a dar una vuelta después de comer –
contestó sin perder el entusiasmo
Joer, parece que has desayunado un bote de vitaminas…
Este sí que es el Juan que yo conozco, y no el de ayer… - dije.
Me alegraba verle de tan buen humor después del estado de
ánimo tan bajo que arrastraba con toda la historia de Lola, pero me sorprendía
ver que lo de la noche anterior no le había afectado mucho. Parece que yo había
quedado más tocado que él. O quizás sólo eran apariencias.
Bueno, supongo que hay que intentar ser positivo… Me
ducho y comemos ¿ok?
Vale, ¿pero comemos en casa o vamos a salir? –
pregunté
En casa – gritó desde el baño – He comprado un pollo
asado
Hubiese preferido salir a comer fuera porque desde que llegué
habíamos estado encerrados en casa casi todo el tiempo, pero en ese momento
estaba tan cansado que no me pareció del todo mal el plan. Comimos en la mesa
pequeña, sentados en el suelo sobre cojines. Me comentó que había estado
esperando a que me levantara para ir a correr juntos y que vista la hora que se
había hecho, decidió irse solo.
Pues has hecho bien, porque estaba destrozado y te
hubiera dicho que no – le dije al tiempo que me estiraba
Me imagino. Ayer volviste tarde
¿Me oíste llegar?
Sí, estaba despierto. Y aunque no lo hubiera estado,
cualquiera duerme con el ruido que hiciste en la ducha…
Perdona, es verdad – dije algo avergonzado - ¿Y qué
hacías ayer despierto a las 3 de la madrugada? - pregunté
Nada; pensar – soltó
Ah! – es lo único que atiné a decir no muy seguro de
querer saber lo que estuvo pensando
Terminamos de comer y Juan preparó un par de cafés. A mi me
vino de vicio, porque cuando estoy tan cansado necesito algo de cafeína para
coger energías. Juan aprovechó ese ambiente de confidencias que se crea en torno
a un café para sacar el tema.
Marcos, respecto a lo de ayer…
No te comas la cabeza – le interrumpí – No pasó nada
Bueno, tanto como que no pasó nada…
Pasó lo que pasó y no creo que haya que darle más
vueltas
Pero quiero que sepas que yo no soy gay – añadió con
ganas de aclararlo
No hace falta que me lo jures
Ya. Pero nunca me había besado con un tío – dijo con
dificultad como si el simple hecho de pronunciar esa frase le
avergonzara
Pues ya tenemos una experiencia más que acumular en
nuestra vida. Ahora sólo nos falta plantar un árbol y escribir un libro
– añadí intentando bromear con la situación
Juan se sonrió ante mi sugerencia, pero aún seguía bastante
pensativo. Mi razonamiento de no dar importancia a lo ocurrido no acabó por
convencerle y me daba la impresión de que quería decirme algo más.
Marcos, tú eres gay ¿no? – me preguntó directamente
Sí – contesté tras unos segundos de pausa consciente
de que no podía engañarle durante más tiempo
¿Y por qué no me lo has dicho nunca?
Ufff, es algo complicado… a ver… cada uno tiene su
ritmo para asimilar las cosas y para contárselas a los demás…
¿Aún no estás seguro de si eres o no gay?
No, no es eso. Claro que lo sé. Ahora sí. Pero tardé
varios años en comprenderlo y en aceptarlo
No es malo ser gay – soltó como si hubiese
descubierto la fórmula de la relatividad, pero con total inocencia
Me hace gracia cómo muchos heteros responden cuando les
confiesas tu homosexualidad: te intentan convencer de que ser gay es algo normal
y que no pasa nada por ello; como si nosotros no lo supiéramos ya. Lo que no
saben ellos es que antes de dar el paso de confesarlo públicamente, hemos pasado
por un tiempo largo, no falto de obstáculos sociales, asimilando y aceptando
nuestro propio ser.
Jajajaja. Juan, no me hables como si tuviera 15 años
Tienes razón. Ha sido un comentario un poco estúpido
– dijo avergonzado
¿Un poco? Yo diría que bastante, jejeje – contesté de
forma burlona
¿Lo sabe tu familia?
No, aún no
¿Y a qué esperas?
Ey, no sigas por ahí. Tienes que comprender que cada
uno decide cuándo y cómo tiene que hacer las cosas. Y yo quiero marcar
los ritmos – dije tajante
Comprendido. No quería ofenderte
No me has ofendido. Es más, quiero que sepas que
hacía mucho tiempo que quería contártelo y quería que tú fueras la
primera persona en saberlo, pero entre unas cosas y otras no ha surgido
la oportunidad
Pues como lo mío con Lola, me hubiera gustado
contártelo antes…
Pero ¿sabes una cosa Juan?
¿Qué?
Que siento que hemos recuperado el tiempo perdido y
que no me importa que hayamos tardado tanto tiempo en hablar. Ahora me
siento muy cerca de ti
Y yo también tío – y se acercó a mí para darme un
abrazo
¿Por qué sabías lo de mi homosexualidad? – le
pregunté
Hace años que lo sospechaba. Y bueno… uno va atando
cabos… tu mala experiencia con las chicas…
Sí, tienes razón. Lo que no sé es como aún no lo
sospechan mis padres
Eso es lo que tú crees. Los padres no son tontos,
sobre todo las madres…
Sí, eso es lo que me dice mucha gente, pero yo no
acabo de encontrar un mínimo atisbo de sospecha en ellos - dije
Te voy a preguntar una cosa, pero espero que no te
ofendas - dijo
¿El qué? – contesté un poco asustado
¿Lo de ayer lo tenías planeado?
Juan, no seas niño, lo de ayer pasó porque los dos
quisimos. Surgió y pasó. Y si quieres saber si alguna vez he estado
enamorado de ti, la respuesta es NO – contesté sinceramente. Lo que no
le conté es que después de lo que pasó, enamorado de él no estaba, pero
sí me sentía atraído sexualmente.
Seguimos hablando un largo rato sobre mi condición sexual y
Juan no paraba de hacerme preguntas bastante interesado, como si entendiese que
yo necesitaba hablar de aquello para sentirme más tranquilo. Bueno, qué le
íbamos a hacer; si eso le hacía feliz, no iba a ser yo quien cortase la
conversación. Yo no necesitaba ninguna terapia, pero continué hablando con él
del tema porque sabía que Juan requería aún de un tiempo para normalizar lo mío.
Pero lo que sí que es cierto es que después de decírselo me sentí mucho más
liberado y con una confianza mucho mayor en nuestra relación de amigos. Lo de la
noche anterior ya estaba olvidado y aquello sólo sería una pequeña mancha en
nuestra larga amistad.
¿O quizás no estaba del todo olvidado?
¿Por qué será que, por mucho que intentemos evitarlo,
nuestros bajos instintos nos hacen siempre tropezar con la misma piedra?
No lo sé, pero nunca debió pasar lo que unas horas después
ocurrió.
CONTINUARÁ…