Nota del Autor: Este relato va dedicado a Edu, fuente
inspiradora, y agraciada espalda y trasero del sur de Madrid. No sé si lo leerá
algún día, pero quiero dejar constancia de ello. Para tod@s l@s demás: "Be
always semen, my friends".
..........................................................
Confío en que Carlos nunca lea esto, porque probablemente no
le haría mucha gracia saber que voy contando lo que pasó aquella noche a un
numeroso grupo de pajilleros (entre los que, por supuesto, me incluyo) con ganas
de morbo gratis.
Para quien no conozca la Macumba, diré que es una
macrodiscoteca house que está por la zona de la estación de Chamartín, en Madrid
capital. Aquel sábado era 'sunflowers' y pinchaba Roger Sánchez, un dj que nos
flipa. Al novio de Ana no lo conocía aún demasiado. Llevaban unos meses
saliendo, pero hasta hacía poco tiempo no se habían decidido a mezclarse con sus
respectivos grupos de colegas. Ese sábado Carlos era nuestro, aunque ese
'nuestro' no tardó en singularizarse y transformarse en un 'mío' que para nada
podía yo imaginar.
Carlos es el típico cachas metrosexual que vuelve locas a las
pibas, y que trae de cabeza a los tíos como yo; de sonrisa blanca y perfecta,
viste camisetas Dolce & Gabbana, un maromo que se sabe atractivo, que se gusta y
que le gusta gustar... Eso se nota cuando te fijas un poco en su modo de andar,
o en cuando coge la copa, levanta una ceja y mira a su alrededor como si
quisiera dar a entender que él ya ha vivido esa misma situación y que la tiene
controlada. Su mejor virtud es una sonrisa que te desarma, y la peor, quizá, la
sensación de frialdad que te provoca verle tan lejano e inalcanzable.
Lo que cuento sucedió hace un año y pico, pero aún lo retengo
en mi mente como si hubiera sido el fin de semana pasado. No esperábamos
quedarnos de fiesta hasta las nueve o las diez de la mañana, como tantas otras
veces, porque Ana tenía al día siguiente una comida familiar y no le apetecía ir
de empalmada. Fue por eso que quemamos la noche con ganas; bailamos al ritmo que
Roger Sánchez nos impuso, y Carlos enseguida dio muestras de haberse metido ya
unos cuantos éxtasis. Yo tengo por norma no meterme pastis hasta perder el
sentido si no es con mi grupo de total confianza. En esta ocasión había alguien
con nosotros (Carlos) a quien no tenía muy fichado, y ese fue el único motivo de
que me controlara bastante aquel sábado.
Sobre las seis, puede que un poco antes, Ana se me acercó, y
me dijo que estaba muerta de cansancio y que se iba a largar; lo hizo a gritos,
que era la única forma de hacerse entender en el atronador ambiente de la
Macumba. "¡Vale, pues pasadlo bien y cuidadito no os perdáis!", le voceé,
guiñándole un ojo y mirando hacia el bastante descontrolado Carlos, que bailaba
a un ritmo imposible, perdiendo desde hacía un par de horas todo signo de
frialdad y lejanía. "¡No, que él se queda!", soltó entonces Ana, y aunque yo la
había escuchado le pedí que me lo repitiera.
-¡Que me voy yo sola, tío! ¡Me pillaré un taxi aquí fuera!
-¡¿Y Carlos?! ¡Mira sus pupilas! ¡¡Lleva un 'ciego' que te
cagas!!
-¡Ya lo sé, tío! -se arrambó a mi oreja-. Oye, te voy a pedir
un favor. Esta noche estás solo en casa, ¿verdad? -asentí con la cabeza, notando
en todo mi cuerpo los espasmos de la música que había dejado de bailar-. ¿A ti
te importa si duerme la 'melopea' en tu piso? Es que si sus padres le ven tan
colocado...
-¡A mí me da igual! -las caderas se me iban solas, y ni
siquiera era muy consciente de a lo que estaba accediendo-. ¡Pero paso de
obligarle! ¡Si él no quiere, ya se las arreglará!
-¡Que no, que no! Si es él quien me ha dicho que te lo
pregunte. ¡Además, tú eres el único que va medio bien y que no tiene a nadie en
casa! ¡No me fío de los demás!
-¡Ah, pues vale, Ana! ¡¡Yo me encargo!!
Volví a recuperar el ritmo perdido, mientras observaba a mi
amiga yendo hacia Carlos, le veía decirle algo al oído, y cómo él me sonreía y
me guiñaba como agradecimiento uno de sus ojos de pupilas dilatadas. Luego se
estuvieron dando el palo unos minutos, pero mi atención ya se desvió hacia el
resto del grupo para seguir bailando frenéticamente. La marcha de Ana la celebró
su novio con una pastilla (creo que la última), un buen trago a su botellita de
agua, y después ya uniéndose sin complejos al desfase de cuerpos sudorosos que
se concentraban en aquel lugar.
Nos dieron las siete y pico, y Carlos seguía en pleno
subidón. Traté de decirle que estaba cansado, que no iba a tardar en largarme,
pero él simplemente sabía sonreír y repetirme que aún era "demasiado pronto". Me
cogía del brazo y me invitaba a seguir su baile desenfrenado. La mayoría de
colegas del grupo también se fueron dando el piro, y al despedirse de mí no
dudaban en soltar una carcajada y un "te ha caído una buena" nada esperanzador.
Nos dieron las ocho, y el local empezaba a vaciarse, pero
Carlos debía pensar que mientras hubiera música y nadie nos echase a patadas, la
fiesta debía continuar. Opté por sentarme, pero tampoco eso dio resultado,
porque Carlos seguía en su mundo, bailando frente a mí como si me quisiera
animar. Yo no hacía más que pensar que todo lo que tenía de macizo el muy
cabrón, lo tenía también de plasta.
La verdad es que se contoneaba con gracia. El desfase del
principio, cuando trataba de soltarse, parecía haber sido un buen entrenamiento
para demostrar ahora que en realidad sabía moverse sin parecer un pastillero
flipado. Tenía la camiseta empapada en sudor, pero ni con esas se mostraba
agotado. Cuando fue a pedir una copa más, le debieron decir que tenía que ser la
última, pues volvió con ella y me dijo que en cuanto se la acabase, nos
largábamos. El problema es que no me dijo adónde.
Supongo que a esas alturas de la noche cualquier cosa con
faldas le debía parecer irresistible, porque aquella camarera no era
precisamente guapa. Y sin embargo, se puso a dar palique con ella, y me empecé a
mosquear cuando vi que la tía le seguía el juego. En cierta forma, Ana me había
dejado al cargo de que no le pasase nada malo, pero supongo que el favor incluía
tratar de controlar que no se liara con otra. Entonces Carlos se me acercó:
-Oye, ¿tú eres muy colega de Ana? -balbuceó como un crío.
-Yo diría que sí...
-Vale, tío, pues entonces será mejor que nos larguemos,
porque si no es posible que me acabe tirando a esa piba -miró hacia la barra;
ella sonreía, coqueteaba con un maromo que debía parecerle un auténtico bombón,
y que posiblemente no le andaría detrás si no fuera porque llevaba un 'ciego' de
la ostia.
En cualquier caso, por fin recogimos nuestras chaquetas y
salimos de la disco. Carlos no se mostró muy hablador por el camino, todo lo
contrario. Caminaba en silencio, seguía mis pasos sin proponer ir a algún
'after', que era lo que yo me temía: tener que seguirle el ritmo durante unas
horas más. Fuera hacía bastante 'rasca', y tal vez por eso se le habían pasado
las ganas de fiesta; o al menos eso me pareció.
Pillamos un taxi en los bajos de la Estación, y por suerte
nos tocó un taxista que debía estar haciendo la primera carrera de la mañana,
pues simplemente escuchaba su radio en silencio. Cuando llegamos a mi barrio,
Carlos me hizo pensar que había estado reflexionando durante su prolongado
silencio; con voz afectada, me dijo:
-No se lo vas a decir a Ana, ¿verdad?
-¿El qué? Ah, no te preocupes -le tranquilicé enseguida.
-Es que en aquel sitio hacía mogollón de calor, y casi no
podía ni pensar... Yo qué sé, macho, me estaba poniendo malísimo.
-Supongo que esta noche esperabas tener 'temita' con Ana,
¿verdad? -traté de empatizar con él, consciente de que aún me quedaba un ratillo
de aguantarle.
-Buah, es que las 'pirulas' me han puesto mogollón de
caliente. Si no llegas a estar ahí, fijo que me llevo a la camarera al baño y me
la tiro. Me hubiera arrepentido mogollón, lo sé.
-Me alegra que digas eso. Por un momento he pensado que eras
un cabronazo y que le ibas a poner los cuernos a Ana en mis narices.
-No, tío, no querría... -le costaba pronunciar las palabras,
hablaba como abotargado, y ya no se movía con la misma agilidad que media hora
antes.
De hecho, parecía ahora más grande y pesado, como si se
arrastrara, incapaz de mover su propio cuerpo. Aquella chaquetilla fina por
encima de la camiseta de manga corta, no era suficiente abrigo para la
temperatura de aquella mañana. Le avisé de que ya estábamos llegando, y una vez
en el portal, al ver que pasaba delante de mí, comenté que vivía en el segundo.
Carlos subía lentamente las escaleras, y la perspectiva que me regalaba al
hacerlo era bastante agradable: un buen culazo embutido en un pantalón de vestir
blanco que se contoneaba escalón a escalón.
Se detuvo en mi rellano y esperó a que yo abriera la puerta.
Esta vez pasé el primero. Como ya era de día, y pese a que las cortinas estaban
echadas, se colaba por ellas suficiente claridad como para no tener que encender
las luces. "¿Dónde tienes el váter?", me preguntó, y supuse que no esperaba una
ruta turística por el piso. Le señalé la dirección correcta y entré al salón,
quitándome la chaqueta y tirándola sobre una silla.
Yendo hacia la cocina, le vi a él de espaldas. Estaba con la
puerta del baño abierta y los pantalones bajados hasta los tobillos; llevaba
unos boxer blancos bien arrapados al culo, que tenía tan buena pinta en aquella
posición como la que le había supuesto mientras subíamos las escaleras. Un brazo
le colgaba a lo largo del cuerpo, y con la otra mano se debía coger la minga
para mear. Estaba echando un chorretón de caballo, largo y ruidoso. Me lo quedé
observando unos segundos, como si durante aquella larga noche no le hubiera
prestado toda la atención que aquel buen ejemplar de macho merecía.
Cuando la meada parecía estar llegando a su fin, lanzando ya
discretos chorrillos contra la taza, me metí en la cocina y me serví un vaso de
agua. Yo también tenía ganas (y necesidad) de echar un meadote, así que esperé a
verle aparecer. Después del segundo vaso, me extrañó que Carlos siguiera en el
baño. Me asomé y le vi aún allí de pie, con la diferencia de que se había
quitado la chaquetilla y ninguna de sus dos manos estaba a la vista. Temiéndome
lo peor (en este caso, lo mejor), fui hasta el centro del salón, y desde allí le
pregunté si estaba bien.
-Sí, sí, ahora voy -respondió enseguida, como apresurado.
-Ah, vale, tranquilo. Sólo preguntaba por si te encontrabas
mal.
-No, no, ya estoy. Es que estaba a punto de reventar, colega
-su voz se fue oyendo más cercana a cada palabra.
Carlos entró en el salón con la chaquetilla en la mano, y
para mí fue más que evidente que le había interrumpido el preludio de un pajote.
Su cimbrel estaba apretujado a un lado de la cremallera, pero vistosamente
morcillón. Se lo miré con tanto disimulo que ni siquiera llegó a intuir que se
le notaba bastante trempado.
-¿Voy a dormir aquí? -me preguntó, tras lanzar la chaquetilla
sobre el sofá.
-He pensado que lo mismo estás más cómodo en mi cama, y ya
duermo yo aquí. Es que sobre las doce o la una van a llegar mis compañeros y te
van a despertar. Mi habitación está al fondo, y allí no se escucha jaleo ninguno
-se encogió de hombros como toda respuesta-. Ven, que te digo cuál es -empecé a
caminar por el pasillo, notándole muy cerquita a mi espalda.
-Venga, gracias, tío -me dijo una vez que le enseñé mi
cuarto, que no era gran cosa; iba a ajustar la puerta, pero Carlos me detuvo-.
Déjala abierta, si quieres, por si tienes que entrar a buscar algo. Al fin y al
cabo es tu habitación, ¿no?
Me dedicó una sonrisa cansada, y le vi sentarse en mi cama
antes de salir yo hacia el lavabo. A pesar de su apariencia de niño bien de
gimnasio y clase media-alta, el pis se le escapaba a discrección sobre la taza
como al resto de los (machos) mortales. Me desabroché el botón y la cremallera
de los vaqueros, sacándome el paquete por encima del calzoncillo, y mis
pantalones quedaron sujetos a mi cintura. Observando aquellos goterones
amarillentos, sentí el impulso de imitar a Carlos, aunque luego me tocase
limpiarlo.
Meé cerca del borde, como si me diera igual mojar el suelo, e
incluso me bajé los vaqueros hasta los tobillos, quedando justo en la misma
posición y postura que él cuando le había estado observando antes. Sólo se me
ocurría una razón para tener las dos manos hacia adelante, como le había visto
hacer a Carlos, así que también en eso le imité: me sobé un poco los huevecillos
mientras que con la otra mano me daba algo de alegría al vergajo. No tuve que
hacer gran cosa para que se me empezara a poner bien 'tocha'.
-Oye, Edu, ¿te importa si me pongo un chándal de éstos, para
dormir más cómodo? -oí de pronto.
Casi por inercia, me guardé la polla bajo el calzoncillo y me
abroché el botón de los vaqueros, pero sólo el botón. Aunque me lo había
parecido durante décimas de segundo, la voz no procedía de mi espalda, si no de
la habitación. Caminé hasta el umbral de la puerta, y le observé con un pantalón
mío en la mano, uno de deporte azul oscuro que había dejado por allí tirado
aquella tarde. Obvié la información de que probablemente apestara a sudor entre
las piernas, y simplemente le dije que se pusiera lo que quisiese.
Y aunque esto no lo dije, sí que lo pensé: "Por mí, mejor si
no te pones nada, colega". Lo pensé porque la imagen que había ante mí era de lo
más morbosa. Carlos se había deshecho de sus pantalones y de su camiseta, y
llevaba únicamente aquellos boxer blancos deliciosamente pegados a su bien
formado paquete. Tenía todo su potente pecho depilado, lo mismo que unos muslos
de apariencia robusta. Me quedé un momento allí quieto, mientras que él se
agachaba para meter las piernas en el chándal. Cuando se incorporó y se ajustó
el elástico a la cintura fibrada, su mirada se dirigió más abajo de mi ombligo,
y la acompañó con una sonrisa.
-Joder, chaval, parece que se te va a escapar el pajarraco...
-¿Qué? -miré hacia la zona indicada, y me sentí muy ridículo
al no haberme dado cuenta de que media polla se me salía, embutida en el
calzoncillo naranja, por el hueco de la cremallera; me afané en subsanar aquel
fallo técnico ocasionado por las prisas, pero ya era demasiado tarde.
-No pasa nada -siguió sonriendo-. Creo que yo también me voy
a hacer una antes de dormir, por aquello de quedarme más relajadito. Con el
calentón que me han dado las putas pastillas, no creo que sea capaz de dormir si
no me la casco un rato.
Mientras decía esto con absoluta naturalidad, aparentemente
ajeno al esfuerzo con que me estaba recolocando yo mi artillería ridículamente
expuesta, Carlos había apartado la sábana y la colcha, y se estaba tumbando
sobre 'mi' cama, en 'mi' habitación, y con 'mi' pantalón de chándal puesto. Pese
a todos esos 'mi' sobre los que se movía, aquel tío no había tenido reparos en
admitir que pensaba hacerse una paja antes de acurrucarse bajo el calor de 'mi'
edredón. Y yo allí de pie, en el umbral de la puerta, tal vez esperando algo,
tal vez incapaz de moverme.
-No te preocupes, Edu, que soy un chico limpito -broméo al
verme allí tan tieso (en todos los sentidos).
Pensando yo en el váter meado, no pude más que mostrarme
incrédulo ante aquella afirmación. Sonreí por la ironía, y simplemente le di las
buenas noches antes de alejarme. Le dejé tumbado, con una mano en la nuca y la
otra sobre su estómago. Más de uno hubiera entendido esa pose como una
invitación a acercarse, pero yo estaba demasiado atontado a aquellas horas de la
madrugada como para leer entre líneas. Me metí de nuevo en el baño, aunque no
con intención de acabar lo que antes había empezado, si no más bien para limpiar
todo el pis charqueado. Cuando hube acabado, ni siquiera giré la cabeza hacia la
habitación antes de tirar para el salón.
Me quité los vaqueros allí enmedio, después de sacarme las
deportivas sin desatar los cordones, y me tumbé en el sofá con la manta que
usábamos para ver la tele. Ni cinco minutos pasaron antes de oír los pasos, el
tiempo justo para que yo empezara a sentirme relajado, escuchando los latidos
acelerados de mi propio corazón, cayendo lentamente en el pozo del descanso.
-¿Carlos? -pregunté, levantando la cabeza; tardé unos
segundos en recibir algún tipo de respuesta: en este caso fue él asomándose-.
¿Necesitas algo?
-No, nada... -dijo sin elevar la voz-. Es que he pensado que
me sabe mal que tengas que dormir aquí en el sofá. No parece muy incómodo, pero
estando en tu propia casa... No sé, parece que me he adueñado de tu habitación.
-Y así es, pero porque te la he cedido. En serio, tío, no te
preocupes, que estoy bien aquí.
-Okey, tú mismo... -dicho lo cual se encogió de hombros, dio
media vuelta y desapareció por donde había venido.
Si la sugerente postura de antes en la cama podía ser
entendida como una invitación sutil, este repentino arranque de 'lástima' por su
parte era un evidente signo de que algo le barruntaba a Carlos por la cabeza.
Pero yo seguía en mi inopia. Sin darle más vueltas de las necesarias, me acomodé
como buenamente pude, y me dispuse a quedarme frito en cuestión de segundos.
Lo siguiente que recuerdo es que Carlos estaba de pie en
mitad del salón, desnudo de cintura para arriba y con un cigarrillo colgando de
los labios. Mi pantalón de chándal visiblemente abultado sobre su entrepierna, y
su mirada perdida a los pies del sofá, justo donde reposaban mis vaqueros.
-¿Qué hora es? -le pregunté, con la voz reseca.
-Ahora mismo son cinco minutos más tarde que cuando me he ido
-fue su respuesta; a mí me daba la impresión de que habían pasado al menos un
par de horas-. Es que no puedo dormir, macho. ¡Estoy acelerado!
-¿No te ibas a hacer una paja? -el haber sido despertado de
mi profundo sueño casi instantáneo, parecía darme licencia para decir lo que me
saliese de los cojones.
-Sí, pero no me concentro, tío. Debe ser por la mierda de los
éxtasis -razonó, casi para sí mismo.
-Pues piensa en Ana, yo qué sé... -dejé caer la cabeza sobre
el cojín, sin ser muy consciente aún de estar manteniendo aquella conversación
tan absurda.
-Qué va, qué va... Con Ana sólo funciono cuando ella está
presente. Nunca la meto en mis fantasías -me explicó, mientras apagaba el
cigarrillo a medio consumir en un cenicero de la mesita-. Venga, vete a tu cama,
si quieres, que yo no creo ni que duerma.
-¿En serio no vas a dormir?
-No creo que pueda, mientras siga así... ¡Venga, ve!
En mi supina modorra, me pregunté si Carlos se estaría dando
cuenta de que la polla se le estaba poniendo cada vez más dura bajo el chándal
(sin necesidad siquiera de tocársela); de que era evidente que había perdido sus
boxer blancos en algún momento del último cuarto de hora (tal vez en mi
habitación); de que saltaba a la vista (cuando tiró de la manta que me cubría),
que se mostraba en todo su esplendor mi trempera involuntaria y somnolienta bajo
el calzoncillo naranja...
Todo eso me preguntaba mientras quedaba sentado en el sofá, y
Carlos se deshacía de la manta y se acercaba lo suficiente como para plantar su
tremenda tienda de campaña, nunca antes tan exhibida, a escasos centímetros de
mi cara. Aquello ya no podía ser casualidad, ni producto de mi mente
calenturienta, así que simplemente elevé mis ojos y le clavé la mirada a aquel
fornido chaval, al tiempo que le decía:
-Yo puedo ayudarte a que cojas el sueño enseguida -al
instante de oírme decir esto, las pupilas de Carlos se dilataron tanto como con
cada pirula que se había zampado aquella noche.
-¿En serio? Y ¿cómo vas a hacerlo? -parecía un perro ansioso,
y sólo en ese instante me di cuenta de que era precisamente 'eso' lo que el
chaval iba buscando desde el mismo momento en que habíamos entrado en mi piso.
-Puedo hacerte una mamada, si quieres. Para aliviarte un poco
la tensión.
-¡Ah, vale, de puta madre! Una buena mamada me irá genial...
Ni bien estaba diciendo esto, que ya se había sacado la polla
del chándal y se la meneaba voluntariosamente delante de mi nariz. Aquel cabrón
estaba realmente espídico, como si le hubiera subido de golpe el efecto de las
tres o cuatro pastillas que había tomado durante la noche.
-Sí, una buena comida de polla hará que me relaje
enseguida... ¿Te la puedo meter ya? -me preguntó, plantando todo su rosáceo
capullo frente a mi boca.
Tanto si le decía que sí, como si le decía que no, aquella
verga me iba a empalar en cuanto despegara mis labios. Así que opté por
contraatacar. Sin mediar palabra, ni mucho menos pedirle permiso, le cogí todo
aquel rabaco desde la base, invitándole con poca sutileza a que apartara su
manaza torpe y me dejara 'trabajar' a gusto. Se la meneé unos segundos,
chupándole el glande al mismo tiempo, saboreando el precum con restos de pis
mientras se la trajinaba con toda mi experiencia adquirida en noches mucho más
gloriosas que aquella.
-Venga, tío, ¡cómetela ya!, que no necesito que me pongas a
tono -dicho lo cual, el bueno de Carlos llevó ambas manos a mi cabeza y me
invitó, de un modo mucho menos sutil que el que yo había empleado, a que tragara
más y más polla, como si me quisiera dar doble ración por haber sido tan amable
de ofrecerme a relajar su tensión espídica.
-Tomátelo con calma, macho, que no soy una muñeca
hinchable...
-Es que necesito correrme, colega. Luego ya me haces los
jueguecitos que quieras, pero ahora... ahh... ahora haz que me corra, porque si
no voy a estallar -no creo ni que fuera muy consciente de lo que estaba
diciendo-. ¿Tú eres de los que se lo tragan, tío? Porque me molaría mazo
correrme en tu boca... ahh... O si no... ohh... te chorreo la cara... aahhh...
que eso debe ser la ostia de guapo... oohhh, chaval, que corrida más rica me voy
a pegaaar... aaahhhh...
Al ritmo que me estaba follando la boca el muy cabrón,
parecía casi imposible negarle algo, aunque sólo fuera por falta de tiempo. Me
la endiñaba como un autómata, dominándome como se hace con las yeguas y los
potros, agarrándome con fuerza de la crin y embistiendo sin contemplaciones. Los
golpes secos de su cadera los frenaba él mismo con las manos que me cogían del
pelo; si hubiera tenido una polla descomunal, me habría perforado sin duda la
campanilla.
Nuevos jadeos, cada vez más intensos, me anunciaron que
Carlos estaba a sólo unos segundos de endilgarme un lechazo de campeonato. Ni
siquiera me había dado ocasión a responder si yo era de los que tragaban:
supongo que era evidente que me iba a desayunar todo lo que aquel maromo tuviera
a bien ofrecerme aquella mañana. Pero él iba a su bola. A sólo unos instantes de
eyacular, se agarró el manubrio con la mano bien abierta y me lo sacó de las
fauces que lo devoraban sin remedio.
-¡Abre la boca, abre la boca... aaahhhh...! ¡¡Toma,
tomaaaa... aaahhh!! ¡¡¡Toma leche, colegaaa... aahhh!!! Aahhh... aahhh...
aaaaahhhhh... aahhh... ahh... ahh... ¡¡Qué buenooo... oohhh!! ¡Ufff, qué ganas
de correrme, macho... ohh...! Menuda boca tragona que tienes, cabronazo...
Yo seguía allí sentado en el sofá, tratando de tragar el
semen más amargo que me habían enchufado nunca. Incluso me raspaba en la
garganta como si fuera una salsa grumosa difícil de digerir. Carlos, satisfecho
como nadie, me acariciaba ahora la cabeza con la misma mano que antes me
agarraba del pelo para poder empalarme con su pollaza. Tuve que corresponder
aquella cortesía con una sonrisa, y además le empecé a lamer el prepucio como si
de allí hubiera salido la lefa más exquisita jamás probada.
Es lo que tiene ser un chico bien educado.
La pija de Carlos seguía dentro de mi boca. Le había cogido
tanto empeño a aquella especie de limpieza de bajos, que ninguno de los dos
tenía prisa por finalizar la escena. El chaval me sonreía, supongo que
sintiéndose orgulloso de estar allí de pie, con un pibe sumiso que le lamía el
cipote con devoción.
-No sabía que fueras marica -comentó sin ningún tono
despectivo-. Ana no me había dicho nada.
-Pues ahora ya lo sabes -tiré sin fuerza de la bolsa de sus
cojones hacia abajo, y chupé toda la parte superior del tronco de su rabo ya
medio caído. Después decidí subirle el pantaloncito de chándal que le había
prestado, y esconder debajo de la tela aquella jugosa tranca. Me recliné hacia
atrás, apoyando la espalda en el sofá, en cierta forma para mostrar que mis
calzoncillos naranjas estaban casi reventados por la presión-. Tienes una polla
deliciosa, colega. No me extraña que Ana esté tan encoñada contigo.
-Sabes que yo no lo soy, ¿verdad? Quiero decir... que te
agradezco la mamada y todo eso, pero yo no soy gay -hablaba con bastante calma,
denotando al fin una relajación que por mi parte agradecí.
-No te preocupes, que lo sé. Me he comido ya alguna otra
polla hetero, y sé cómo funciona esto -le devolví la sonrisa-. No soy un novato,
así que no sufras por mí.
-El caso es que... -se cortó a sí mismo, tomando la decisión
voluntaria de sentarse junto a mí en el sofá, tal vez para darle un tono más
confidencial a lo que al parecer quería decirme-. Bueno, no sé, que no ha estado
mal, ¿sabes?
-¿Por qué iba a estar mal, si te has quedado la mar de a
gusto?
-Ya, pero me refiero a que me ha molado que fuera un poco...
no sé, un poco cerdo. Una mamada guarrilla, vamos. Que las pibas, con el tema de
comerte la polla, siempre ponen algún reparo. Ves a las de las pelis, que tragan
y chupan como cabronas, y al final acabas creyendo que a todas las tías les mola
ese rollo guarro, que les embadurnes de lefa toda la cara.
-No me parece que Ana sea de esas -le dije, arqueando las
cejas.
-Qué va, ni de coña, tío. Ya me cuesta lo mío conseguir que
me la chupe... -se volvió a interrumpir a sí mismo-. Vaya, no sé si está bien
que hable así de tu amiga.
-Pero ¿qué dices, colega? Te acabo de comer el nabo; creo que
eso nos da cierta intimidad, ¿no? -sonreí otra vez, y ahora deslicé también mi
mano estómago abajo, para acariciarme sutilmente el paquete; no quería intimidar
a Carlos al hacerlo, ni que se sintiera violento-. Supongo que me he criado con
las mismas pelis que tú, sólo que yo he asumido el rol de la rubia de bote con
tetas de silicona.
-La que se zampa el semen sin rechistar.
-Y con una sonrisa de oreja a oreja, como debe ser...
Los dos nos reímos esta vez con ganas, mientras que mi mano
se acomodaba ya sin reparos sobre mi tronco inclinado a la izquierda, guardado a
presión bajo el calzoncillo naranja. Carlos se había dado cuenta de que me la
estaba sobando un poco, y también dejó caer la espalda sobre el respaldo del
sofá en el que minutos antes tenía intención de dormir.
Continuará...