Esencia de rosas
El estrés y el insomnio habían hecho mella en mi cerebro,
necesitaba relajarme y qué mejor forma de hacerlo que probar por primera vez un
masaje tántrico. Después de visitar varios blogs en internet encontré por fin el
de Ruth y un mundo desconocido y misterioso se mostró ante mis ojos: ritual
pranalingam, éxtasis tántrico, Shiatsu,, Hatha Yoga, Vipassana, Chi Kung,
caricia cósmica... aromaterapia. Mi ignorancia absoluta me hizo pensar "tanto
nombre para una pajilla".
Con acento argentino Ruth me dio la dirección de su
apartamento, en el barrio viejo, en un encantador callejón empedrado donde se
tiende la ropa de una fachada a la otra y donde la vieja ciudad se extingue
lentamente. La cálida sonrisa de Ruth me saludó en el estrecho rellano y me
pidió que me descalzara. Un intenso aroma a incienso empezó a envolver mis
sentidos mientras la observaba: ataviada con ropa hindú se mostraba joven y
bellísima, mucho más hermosa que en la foto de su blog, y sin dejar de mirarla
me mostró el cuarto de baño para que pudiera darme una ducha. Mientras tanto
Ruth fue encendiendo velas por todo el apartamento y alrededor de un tatami en
el suelo, que sería el altar donde se oficiaría el misterioso ritual que tanto
me intrigaba.
Completamente desnudo me pidió que me sentara en el centro
del tatami frente a ella, y con una voz susurrante me preguntó que tal estaba,
un poco nervioso, le contesté. Luego, y ante mi sorpresa, me pidió que le
contara aquello que me atormentaba y que ella había ya intuido, y sin darme
cuenta me encontré hablándole de mi sufrimiento por amor, de mi desesperanza, de
su ausencia... Todo acontece por algún motivo, afirmó Ruth, yo no tengo la
solución a tu problema pero lo que tenga que ocurrir, ocurrirá y seguro que
sabrás que hacer. Sus susurros me reconfortaban todavía más cuando cogió mis
manos y me enseñó a respirar: respira cuatro veces y a la quinta hazlo
profundamente...
Ya tumbado boca abajo empezó el ritual cuando ella hizo sonar
un triángulo. La suave música de una flauta hindú acompañó su armónica danza a
mi alrededor mientras movía un incensario de bronce. Yo no dejaba de respirar
como Ruth me había enseñado y una extraña mezcla de excitación y calma se
apoderaba de mi espíritu, incrementándose cuando mi piel recibió las primeras
caricias en mi espalda como pétalos de flores. Al suave placer del aceite
caliente sobre mi cuerpo le siguió el masaje de Ruth, suave como un tenue
soplido, como si se tratara de una brisa de verano que me erizaba todo el vello.
Yo le entregué definitivamente mi cuerpo, que ella convertiría en un templo de
infinito placer: caricias largas, circulares, amasando mi carne, presionando
levemente con sus dedos, todo era bienestar para mis sentidos. Vertió entonces
más aceite sobre mis glúteos y empezó a amasarlos con energía mientras deslizaba
sus manos entre mis piernas, exploró con delicadeza el orificio del ano y
lentamente insertó un dedo en mi culo. Nuevamente escuché el susurro de su voz
que me pedía que me diera la vuelta.
Resiguió mis piernas al terminar con mis pies manipulando mi
cuerpo a su antojo, gimiendo incluso ella en señal de deseo y excitación. Colocó
con delicadeza mis huevos en una mano, mientras con la otra me cogía firme la
polla dura como una roca, yo seguía en posición mostrando fotográficamente mi
cuerpo para ella. Su movimiento iba aumentando junto con mis gemidos de placer,
hasta que oí su dulce voz: ¿quieres eyacular?., claro, respondí. Luché por
contenerme al máximo pero no pude, mi cuerpo ya no respondía y tuve una intensa
y abundante corrida, siempre con nuestras miradas fijas. Seguidamente ella se
incorporó y regó mi cuerpo con esencia de rosas. Le agradecí semejante regalo y,
ya mientras me vestía, me lamenté de no poder ofrecerle nada; dame un abrazo,
dijo, y será un maravilloso regalo.
Ruth me enseñó nuevos caminos a explorar, y mientras grababa
su teléfono en mi móvil mi tormento regresó a mi mente...