Príapo. Dios menor de la mitología griega, venerado por los
romanos como principio fecundador de la naturaleza y protector contra el mal de
ojo.
Hijo de Afrodita, según la versión mitológica tradicional, o
de Quíone, según otras fuentes. En lo que hay un auténtico lío es en atribuirle
un padre. Candidatos posibles: Dionisos, Hermes, Adonis y Zeus.
Personalmente, aunque sé que la mayoría de los especialistas
en cotilleos del Olimpo discreparán, me inclino por Zeus. Por tres motivos:
El cabreo que pilló Hera, su mujer, una mala pécora
que se vengó del pobre Priapito haciéndole nacer deforme (léase, con una
polla descomunal).
Los antecedentes de Zeus, un pichabrava que no iba a
dejar pasar la oportunidad de tirarse a la "Afro", la maciza mitológica
más calentorra.
¿No quedamos en que Zeus era el jefe? Pues eso, el
acoso laboral no es nada nuevo.
Ésta es la versión "oficial", acompañada de algún picante
episodio a propósito de las cualidades fálicas del muchacho. Parece ser que no
hacía buenas migas con los asnos, lo cual es muy comprensible, dado que los
asnos mitológicos hablaban –el rebuzno resultó ser una regresión genética-,
razonaban con gran sentido común y ya gastaban la misma talla de apéndice fálico
que sus congéneres actuales. Entiendo que el muchacho los viese como una molesta
competencia.
Otro aspecto curioso de la personalidad de Príapo era su
fijación por las bellas ninfas, preferiblemente dormidas. Las fuentes antiguas
nos hablan de una tal Lotis, que prefirió convertirse en loto, la muy tonta,
antes de que nuestro buen amigo la desvirgara. Y de Hestia, otra ninfa, aunque
el nombre me suena a chica de página de contactos.
Es una historia muy divertida, aunque a los fanáticos de la
sección zoofílica no se lo parezca. Imaginemos a Hestia, una adorable ninfa
rubia. Podemos imaginar a una de esas chicas de anuncio de desodorante,
insultantemente bella, negligentemente vestida con una túnica de lino
semitransparente –vamos, prácticamente en pelota-, las ondas de su melena
impecablemente dispuestas, ocultando el seno -prometo que la próxima vez usaré
teta, pero que conste que también pudo llegar a ser un repelente finolis-
izquierdo e insinuando la perfecta curva inferior del derecho, dormida a la
orilla de un rumoroso arroyuelo. Aunque, si nos fijamos bien, veremos que sus
voluptuosos labios entreabiertos (los de arriba) y su profunda respiración -en
cada inspiración sus tetas se agitan de tal modo que amenazan con desordenarle
la rubia melena- nos harán sospechar que muy dormida no está, o que las bellas
ninfas duermen la siesta en poses dignas de páginas centrales de revistas para
tíos.
Ahora aparece nuestro alegre Priapito, también ligerito de
ropa, trotando feliz y silbando de contento. El bulto del taparrabos le cuelga
más abajo de la rodilla…realmente curioso. La cara de adolescente salido lo
delata, aunque adolescente y salido ya sé que son sinónimos, y hará intuir al
astuto lector que aquí se masca una tragedia griega.
Nuestro mitológico héroe, con la vista perfecta que
caracteriza a los habitantes del Olimpo, no necesita tropezar con la durmiente
para empezar a darle las gracias a su todopoderoso papá (Zeus) por ponerle a
huevo un chochito como éste. Admiremos las increíbles proporciones que su, ahora
enhiesto, taparrabos va adquiriendo, según se acerca con felina agilidad y
sigilo a su presa.
Hestia sigue pareciendo dormida. Ha oído pasos y espera
ilusionada la aparición del hermoso Apolo, su ídolo, que suele dar un paseo por
aquí todos los días. Se ha jurado que hoy se lo tira, por las buenas o por las
malas. Así que entorna los ojos y dibuja una sonrisa cuando una sombra se cierne
sobre ella.
¡Ah, el divino Apolo…qué sensual perfume a macho en celo
exhala!
-¿Joder, es que hoy no se ha lavado? El sensual perfume huele
más bien pies sudados y polla con grumos de leche agria. Estos chicos de la alta
sociedad, siempre tan excéntricos- Alcanza a pensar la bella Hestia, mientras un
escalofrío la recorre al notar las manos de su apolíneo amante separarle las
piernas y un gemido se le escapa cuando un dedo audaz le acaricia el chochito.
-¿A qué estás esperando, Hestia? ¡Huye, corre, vuela,
desaparece!- Es la voz de su asno. ¿Quién la mandaría traerlo hoy? El muy
borrico le va a chafar el plan. Se va a enterar éste de quién es la ninfa Hestia
con mala hostia, cuando volvamos a casa.
Ahora ya no le queda más remedio que fingir un sobresalto y
despertarse. Pero el sobresalto tiene poco de fingido cuando descubre la
identidad de su amante -inminente amante, para ser preciso-, con un hilillo de
baba resbalando por la comisura de los labios y un tufo que tumbaría de espaldas
a un empleado del servicio público de recogida de basuras.
-¡La puta que te parió! ¡Quítame las manos de encima,
engendro!- Un lenguaje tan vulgar en boca de una chica, más tratándose de una
ninfa, confunde al muchacho, que la mira sorprendido.
-¡A buenas horas te acuerdas de saludar, pedorra! Vas a ser
buena chica, ¿verdad? Ahora dale un besito a mi amiga. ¡Mira lo contenta que la
has puesto!- A Hestia los ojos se le salen de las órbitas y la mandíbula
inferior se le descuelga por efecto de la impresión. Una polla de más de tres
palmos, tirando por defecto, con un diámetro de puño de y medio, se encuentra a
menos de un centímetro de su cueva del conejo. Ahora se acuerda de una buena
amiga, más puta que las gallinas, que le contó un encuentro con un sátiro –un
amiguete de éste, seguro- y a la que tuvieron que recomponer el útero.
En otras circunstancias negociaría una mamada y, en un
descuido, saldría por pies. Pero ahora las circunstancias no eran las más
adecuadas: el cabrón la tenía trincada por los tobillos, tirando para separarle
las piernas y acercándola poco a poco a la monstruosa polla. Aquello amenazaba
con convertirse en una carnicería.
Pero los milagros existen, sobretodo en los lances
mitológicos, y el valiente asno de Hestia se lanzo intrépido al rescate,
acertando con una de sus coces muy cerca de los huevos de Príapo. Hestia pudo
escapar, pero el asno no. Resultó imposible convencer al chico de que no le
retorciera el pescuezo al cuadrúpedo, por chivato y tocapelotas.
De todas formas, ésta no deja de ser una anécdota menor,
entre las muchas que se le atribuyen al bueno de Príapo.
Los romanos, que no demostraban el más mínimo respeto por el
copyright de la mitología griega, le sacaron mucho más partido al personaje. Se
le honraba con esculturas, pinturas y "hermas" (unas pedazo pollas de madera,
tamaño XXL especial), presentes en todas las casas respetables. En concreto, uno
de los aspectos de su culto, exigía que la esposa fuese desflorada con un
"herma", en caso de que el marido fuese incapaz de consumar el acto en la noche
de bodas.
Pero todos estos son aspectos más o menos conocidos, así que
dejaré de aburrir al sufrido lector con tanta monserga mitológica y me centraré
en la sórdida cuestión de la maldición.
La autora, como en toda maldición que se precie, no podía ser
otra que una tía encabronada y con muy mala leche. Además, tenía un calentón de
cojones, y es de sobra conocido que las maldiciones son mucho más efectivas
cuando se lanzan en estado de máxima excitación, sobretodo cuando la excitación
la provoca el cabreo.
Cecilia Emilia Junia, una buena chica, virgen, de arruinada
familia aristocrática, casada con un rico comerciante cincuentón, se vio en el
trance de tener que sentarse en el "herma" de la casa de su esposo. Para su
desgracia, con los nervios del momento, la falta de experiencia que su intacto
himen demostraba y que su marido era corto de vista, resultó que el pollón de
madera entró por dónde no debía. A mí no me extraña nada que la pobre jurara en
latín y se desmayara por el desgarro anal, pero no antes de soltar una maldición
que condenaba a todo aquel que tocase el "herma" a sufrir una erección perpetua,
sin posibilidad de eyacular.
La primera víctima fue su marido, que falleció de un
fulminante ataque al corazón, dos días después, mientras echaba el quincuagésimo
noveno polvo a una cualquiera de las esclavas de la casa. Aterrorizadas
esclavas, a las que pilló por sorpresa el ímpetu follador de su, hasta entonces,
tranquilo amo. La autora del desaguisado no estaba en condiciones de
aprovecharse de la situación, con siete puntos de sutura en el ojete.
La leyenda, puedo jurar que cierta, como se verá más
adelante, fue creciendo, afectando a todos aquellos incautos que creían en la
inscripción que mandó grabar Cecilia Emilia, la del siete en el culo, en el
pedestal del herma: "Por la gracia de Príapo, potencia infinita concederé a todo
aquel que ante mí se postre y mi polla mame".
Soplapollas siempre los hubo y, no me cabe duda, que entre
los antiguos romanos, más. Entre los varios cientos de amigos, conocidos, socios
comerciales y clientes del finado, más de la mitad terminaron dándole un lametón
al pollón…con graves consecuencias para la salud pública de la imperial ciudad,
tal como recogen las crónicas de la época, cuyos autores fueron testigos
horrorizados de tales hechos.
La fálica escultura fue pasando de mano en mano con el correr
de los siglos, hasta llegar a nuestros días convertida en una piltrafa apenas
reconocible, con más babas encima que un billete de lotería premiado.
Por suerte, o por desgracia, mi compañero- y sin embargo
amigo- Ricardo y yo somos conservadores del Museo Arqueológico Provincial. ¿De
qué provincia? ¡Joder, se me olvidó, cotillas!
Gracias a una ardua labor de investigación, conseguimos
desentrañar el misterio de la pieza arqueológica que llevaba un siglo acumulando
polvo en los sótanos del museo. También localizamos varios manuscritos que
aseguraban la efectividad del aparato, aunque con siniestras advertencias al
final. Nos descojonábamos, claro.
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Algún mosqueado lector se estará preguntando a estas alturas:
¿Y a mí qué cojones me importa la historia de la polla de madera de Príapo, con
maldición o sin ella? ¡Yo lo que quiero es un relato con mamonas de cincuenta
"p´arriba", coño! Y si no, que el plumillas éste no me vacile con un cuento en
la sección de maduritos.
Paciencia, sufridores. Comprendo la indignación de la
audiencia y, sin que sirva de precedente, procuraré ajustarme al guión.
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Decía, antes de que al jodido autor se le fuera la pinza –tal
como acostumbra cuando se olvida de tomar la medicación- que Ricardo y yo nos
tomábamos a guasa las pretendidas cualidades milagrosas de la reliquia. Hasta
que un día…
-¿Te puedes creer lo que me soltó ayer Maruja? ¡Que ya no la
satisfago sexualmente! Todo adornado con un discurso sobre educación, respeto
mutuo, sentido del humor, conocer gente interesante, viajar y un montón de
gilipolleces más. ¡La puta que la parió! Te digo que ésta me pone los cuernos…o
me los va a poner, seguro. Lo que yo te diga- No me esperaba una explosión
semejante de un, habitualmente, tranquilo Ricardo. Joder, si lo más excitante
que nos solía pasar era la partida de mus, los viernes por la tarde en la tasca
de Paco. Y a las diez en casita.
-Tranquilo, hombre, seguro que no es para tanto. Tú tírale a
la basura las revisas del Cosmopolitan ese, que les come el coco a las viejas
con ideas raras. Y baja la voz…¡Y deja de darle puñetazos a la barra, coño!- Los
clientes de la cafetería ya nos estaban mirando de reojo y a mí no me gusta dar
la nota donde me tomo los cafés en las pausas del trabajo: tres o cuatro, de
media hora cada una, según el agobio laboral que tengamos.
-¡A mi Maruja no la llamas tú vieja, amargao! Que, desde que
murió tu parienta, sólo mojas pagando. Y me da que pagas poco y mal-
Definitivamente, Ricardo estaba alterado. Como siguiera tocándome los huevos,
iba a volver calentito a casa. Cierto, y duele que te lo recuerden, que cada
tres o cuatro meses me hacía un apaño con la Pepi, una puta vieja que no me
cobraba más de veinte euros por una mamada. De mi difunta ya apenas me acuerdo,
salvo en los cabos de año y el1º de noviembre, cuando limpio la sepultura y dejo
unas flores.
-Atiende lo que te voy a decir, tarugo, porque no pienso
repetírtelo. A mis sesenta y dos años, ya tengo los huevos pelados. Con tres o
cuatro polvos al año voy que ardo, tampoco necesito más. Como vuelvas a mentar a
mi difunta, te meto una hostia por cada año que llevamos siendo amigos…y son
muchos. Y la vieja, ¿cuántos años tiene, cincuenta y ocho?...una yogurina con
las hormonas alborotadas, no te jode. Pues está claro que vas a tener que
esforzarte más, o buscarle un chulo que la ponga mirando a La Meca. Y, por
último, vete al médico, a ver si te receta un cargamento de Viagra…tonto´l culo-
No lo puedo remediar, a veces me paso de diplomático.
Al cabo de una semana un poco tensa, el humor de Ricardo
cambió. Se le veía más contento que unas castañuelas, derrochaba vitalidad por
todos los poros, piropeaba a las chicas de administración y hasta olía a colonia
por las mañanas. Me tenía un poco preocupado.
-Oye, ¿no te habrás tomado en serio lo de las pastillitas,
verdad? No sé, te veo un poco raro estos días…- Ocupábamos nuestro rincón de la
barra, el mismo de la bronca de la semana anterior. Lugar propicio para
confidencias.
-Pensarás que estoy loco. Júrame que no dirás una sola
palabra a nadie- Asentí. Lo de jurar va contra mis principios y el cabrón lo
sabía, así que la cosa iba en serio.
-¿Te acuerdas del pitorreo que nos traíamos a cuenta de la
inscripción de la polla de madera del museo? Pues funciona, ¡por mis muelas que
funciona! Te lo digo yo-
-Tú estás tonto. No me jodas que ahora te dedicas a mamar
pollas, aunque sean de madera…maricón- Yo estaba pensando en potingues
milagrosos, una amante cuarentañera…yo qué sé. Todo menos eso. Ofendía mi
sensibilidad científica.
-Vale, Descartes. Mira y convéncete. Pero te advierto que la
polla de Príapo es mía. Ayer me la llevé a casa- Casi lo mato. Valiente hijoputa
estaba hecho. Pero me dejó de piedra cuando llamó a Loli, la dueña de la
cafetería, y empezó a camelársela delante de mis narices.
Diez minutos más tarde desaparecían juntos por la puerta
trasera. Aparecieron de nuevo, hora y media después. No hizo falta que me
contara nada: la cara de éxtasis que lucía la tipa, no la mejoraba ni Santa
Teresa en sus buenos tiempos. El bulto en la bragueta de mi amigo, también era
muy convincente.
-Lo siento, nano, pero ya lo decía el manuscrito medieval que
tradujimos. ¿Te acuerdas?- Sí, joder, me acodaba. El cachivache sólo funcionaba
con su legítimo dueño, aquel que se hincara ante él y venerara al cabronazo de
Príapo. La única forma que había de hacerse socio del club era matando al
dueño…y mamando la polla. Por suerte para Ricardo, soy alérgico a la celulosa.
La cosa fue empeorando con el paso de los días. Empeorando
para mí. Tenía que aguantar sus fantasmadas: los cuatro polvos que le echaba
cada noche a su Maruja, el café del mediodía –ahora sólo tomábamos uno, de hora
y media, mientras le hacía un apaño a la Loli-, el alboroto que se organizaba en
las oficinas, cada vez que aparecíamos por allí -confirmándome lo que siempre
sospeché: las del gremio administrativo, una pandilla de putones-. Pero lo que
ya era la hostia es que le desapareció la barriguita cervecera y parecía
rejuvenecer cada día más. Joder, me sacaba dos años, le faltaba menos de uno
para la jubilación…y el cabrón ya aparentaba menos de cincuenta.
Revolví todos los archivos, buscando la documentación que
habíamos ido almacenando con el paso de los años sobre el chisme. Así me enteré
de la parte menos amable del programa: la imposibilidad de eyacular -menuda
putada-, la interminable lista de asesinatos que se asociaban con el caso
–Ricardo podía estar tranquilo al respecto, de momento-, el continuo crecimiento
del órgano viril del propietario -se describían casos espeluznantes de tipos con
pollas inverosímiles, muertos por falta de riego sanguíneo en el cerebro-, y la
lista era interminable.
-Estás jugándote la vida, tío. Quema el puto trasto y vuelve
a ser un tipo normal. ¡Joder, que te calles, no te aguanto otra historieta más!-
Se iba a callar por los cojones. Me contó con pelos y señales la carnicería que
había hecho entre un grupo de turistas japonesas. Ayer me extrañó no verle desde
las once.
-¡Jugosos chochitos, sí señor! Apenas había empezado con la
visita guiada, cuando una me metió mano. ¡La hostia, la que se montó! Empezó a
chillar y a poner los ojos en blanco. Me agarraron entre las otras cuatro y me
llevaron volando al hotel. Cuando conseguí salir de allí, pasada la medianoche,
la habitación parecía el escenario de una batalla, con las tres despatarradas en
la cama, una en el sofá y la otra desmayada en la ducha. Te juro que por lo
menos una era virgen…o tendría que haber llamado a un médico- No había remedio,
mi amigo estaba enganchado a algo peor que una droga.
Sólo una vez fui testigo de sus aventuras, ante de que
desapareciese –pero no adelantemos acontecimientos-. Yo tenía una duda por
resolver: ¿El cambio en su personalidad se debía a una renovada confianza en sus
atributos o la maldición tenía también algo que ver? Aquel lance me confirmó que
sí, que la puta maldición le había vuelto un ligón de tres al cuarto, pero que a
las tías las ponía como una moto, aún antes de que se fijaran en su paquete…y
había que estar muy cegato para no fijase.
Me llevó a una conferencia en la sede de la Asociación de
Amas de Casa. La ventaja, al margen del tema de la conferencia, de gran
interés…para las amas de casa, era que estábamos rodeados de maduritas. Alguna
hasta buena.
A mi me miraban con disimulo. A él, también, pero la que
tenía al lado le sobaba el bulto por encima del pantalón. Enseguida se corrió la
voz y se formó un corro alrededor. Yo estaba muerto de vergüenza y me quería ir
de allí, pero mi amigo -ahora con la polla al aire, sobada a dos manos por una
maruja que no era la de antes- me acusó de no tener los cojones bien puestos y
tuve que quedarme, faltaría más.
La conferencia se suspendió, después de que la ponente
tratara, sin éxito, de calmar el alboroto…y terminara sumándose a la fiesta.
Algunas, pocas, se fueron. El resto, chillando como si estuvieran en una
despedida de soltera, alucinaban con el empinado carajo de mi amigo. Normal, hay
pocas pollas que no puedan se abarcadas por cuatro manos, una encima de otra.
Alguna espabilada decidió aprovecharse de la situación y se
sentó -sin necesidad de flexionar las piernas- en el capullo, que sobresalía por
encima del último puño que intentaba, sin conseguirlo, rodear el tronco de la
polla. La tía, con la falda remangada y las bragas colgando del tobillo, bufaba
y gritaba que la rompía toda, pero empujaba con ganas. Las otras fueron
quitando, de una en una y con deliberada parsimonia, las manos que hacían de
tope. Por cada mano que quitaban, un "puñao" de centímetros de polla
desaparecían, como por arte de magia, en el coño de la intrépida amazona. No
aguantó la tercera. Cinco minutos después anunció, a voces, la mejor corrida de
su vida y le dejó el puesto a la siguiente.
A ver, que alcen la mano los testigos, en la cola de la caja
del supermercado, de una bronca entre marujas por un "yo estaba primero,
espabilada". "De eso nada, que ésta señora -¿dónde se ha metido ahora?- me
guardaba la vez mientras iba a por un par de latas de tomate, que están de
oferta y no me había enterado". Total, que como no aparezca la mentada señora
que guardaba la vez, el desmelene de moños está garantizado.
Esto venía a cuento de algo, seguro. Pero ya no sé muy bien
de qué. Joder, sí, a cuento de la ensalada de hostias que se rifaron aquel día,
hasta que se impuso el sentido común -y la amenaza de Ricardo de irse con viento
fresco, si no se procedía con orden y sin violencia-.
En el revuelo, alguna debió de fijarse en mí. Lo digo porque
me la estaban chupando, mientras el resto establecía el orden de las reservas a
bofetadas.
Uno ya está muy mayor, según para qué cosas. Y lo encandilar
a las tías con virguerías de índole sexual, es una de ellas. Hace unos años,
todavía; pero ahora es que se aburren antes de que se me ponga tiesa del todo.
Por eso me gusta tanto la Pepi: porque le pone arte y la suficiente dosis de
paciencia. Con esto quiero decir que lo mío se quedó en una "fellatio
interruptus". Luego intenté cascarme una paja, viendo al pichabrava de mi amigo
cepillarse a tres o cuatro mientras tanto. El latinajo de paja no consumada no
me viene ahora a la memoria, perdónenme los eruditos.
Cuando me harté del espectáculo, me fui. Aún tuve que
convencer a una dotación de la Policía Municipal de que la denuncia por
escándalo público era una fantasía de cuatro viejas reprimidas. Menos mal que se
lo creyeron. Si llegan a entrar, no salen vivos, seguro.
Poco después, Ricardo desapareció sin dejar rastro. La única
noticia que tuvimos de él, tanto su mujer como los amigos, fue la carta que
recibí seis meses después y que transcribo a continuación.
Bueno, nano, esto se acaba. Te escribo para despedirme y para
pedirte que me guardes el secreto: ni una palabra a mi Maruja, ¿entendido? Mejor
que siga pensando en que me fugué con una elementa y vivo a cuerpo de rey en el
Caribe, ¿no te parece?
La verdad, sólo para que tú la conozcas, es que voy a
palmarla uno de esos días. El médico no me da más de un mes. Algo relacionado
con la tensión, dice el jodido matasanos. La puta verdad es que tengo la polla
más grande que un burro, no exagero, y eso me está matando.
Pero nada de lagrimones, pedazo maricón, que te conozco.
Quédate con recuerdo de los viejos tiempos y el convencimiento de que palmaré
follando. Mejor así que jodido por la próstata. Te lo digo yo.
Ahora me pillas en Londres. Tengo una serie de compromisos
con la alta burguesía local. A 3.000 € por sesión, ¿quién es el guapo que dice
que no? Son las ventajas de haber ganado el Campeonato Europeo de Pollas
Legendarias.
Para descojonarse, tú. Yo creía que me la iban a medir -si me
la vieras ahora, te caes de culo- y ya. Pero no, resulta que se pagan fortunas
por ser una de las seleccionadas para integrar el equipo de animación, con
derecho a catar a los participantes. El público asistente también paga un pastón
y, encima, los derechos de imagen. ¡La hostia, tú!
Había un capullo, alemán, con un pollón poco mayor que el
mío, pero fue incapaz de que se le pusiera tiesa, por mucho que se esforzó la
tía que lo "animaba". Menos mal que, la que me tocó en suerte, tenía un culo
bien dado de sí. Por delante, ni de coña, no entraba. Por detrás, con dos tarros
de vaselina y mucho cuidado por mi parte, pude meterle un buen pedazo de polla,
antes de se desmayara. Como, además del tamaño, la funcionalidad puntuaba, gané
el concurso.
Ahora vivo de dar el espectáculo a grupos selectos de señoras
con pasta. Pero, si pudiera correrme, aunque sólo fuera una vez, te juro que
palmaba tranquilo.
Si, como dicen, hay otra vida, te espero para una partidita
de mus. Mientras tanto, cuídate, cabrón.
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De todo esto hace dos años. Hoy me han dado los resultados de
los análisis y la cosa no pinta bien.
Si, como sospecho, tengo los días contados, mucho me temo que
le voy a dar unos besos a la polla de madera. Por si acaso, repasaré el
juramento.
Apostillas del autor.
Entre contar una de las batallitas del abuelo, del mío -en
paz descanse el viejo ligón-, y la pesadilla que tuve hace poco, por la ingesta
masiva de mejillones con salsa vinagreta para cenar, prefiero la segunda y dejar
los trapos sucios familiares en el fondo del armario.
Estoy madurando la idea de iniciar una serie sobre mitología
-una mina, me pueden creer-, pero aún me escuecen las despiadadas críticas –las
valoraciones me las paso por el forro- que cosechó la extinta serie de Las
Voces. No sé, me tienta la idea de hacer una versión libre de las cachondas
ideas que se les ocurrían a los griegos, pero mi maltrecho ego no soportaría
otro aluvión de "constructivas críticas".
En cuanto a la extensión, sí, lo reconozco, me ha quedado un
pelín ladrillo. Pero, consuélense, podría haber sido peor. Se está haciendo
tarde, mañana tengo que madrugar y se me han quedado unas cuantas cositas en el
tintero. Lo dicho, que os salváis porque tengo sueño.