LA FUGITIVA
(Las Trampas del Destino)
"Pues las causas me andan cercando, cotidianas, invisibles
Y el azar se me viene enredando, poderoso, invencible"
"Causas y Azares" Silvio Rodríguez.
La moneda dejó de girar en el aire y cayó a tierra,
levantando un poco de polvillo. Recogiéndola del piso sonre;, parecía sería mi
día de suerte y caminé hacia el restaurante de la derecha, que el "águila" de mi
moneda de Dos Pesos había elegido por mí. Tras un breve desayuno volví a subirme
a mi destartalado VW Golf y busqué tomar de nuevo la carretera rumbo a Ciudad
Valles.
Mientras esperaba que el trailer de Bachoco que iba frente a
mí tomara de nuevo la carpeta asfáltica, reconté en mi mente todos los sitios a
donde debía yo de ir para acompletar el encargo al que mi padre me había mandado
a Valles. Casi todo era alimento para los pollos, pero también tenía yo que
comprar cable galvanizado para arreglar el potrero y una paca de forraje para el
caballo de la yunta. Eso último era lo que mas me desagradaba, pues solo podría
caber en el asiento trasero, lo cual significaría que quedaría lleno de pastura;
y eso no me gustaba. Parecía que mi padre se había decidido ya a tenerme como
peón en la granja; no solo me sacó de la secundaria ya hace varios años, sino
que apenas y me daba algo de libertad en la vida.
Por el espejo retrovisor del auto me miré; mis ojos, mis
cejas. De pronto me sentí mal conmigo mismo por no poder encarar al viejo y
tomar la vida en mis manos. No faltaría mucho para que él me hablara al teléfono
móvil para ver que no ande yo perdiendo el tiempo.
Fue en ese instante en que vi aparecer a Rosalba, a la
derecha de mí auto, violentamente. Ya la había visto yo sentada en el mismo
restaurante donde estaba yo desayunando. De inmediato la recorrí desde mi mesa
con los ojos. Era una güerita deliciosa, de ricas piernas y unas nalgotas que me
dejaron sin poder hablar. Pero en ese instante, junto a mi auto, se le veía
sobresaltada. Corrió hacia mí, colgándose casi del espejo lateral.
-¡Ayúdame por favor! ¡Me vienen persiguiendo! ¡Me quieren
violar!- me gritó desesperada. Por mi mente pasó el acelerar y no meterme en
problemas, o el llamar de inmediato la atención de los camioneros que por ahí
andaban; pero a media calle vi salir detrás de ella a dos enormes tipos que
echaron a correr para alcanzarla.
-¡Súbete! ¡Córrele, mija!- le respondí dejando que se trepara
al asiento de al lado del auto, y entonces aceleré cuanto pude para tomar la
carretera y dejar atrás a esos dos delincuentes.
A pesar de ir yo acelerando todo el tiempo, Rosalba no dejaba
de voltear hacia atrás, esperando no divisar a sus perseguidores.
- Iba yo en mi carrito hacia Matehuala y me detuve a
desayunar. Cuando fui a comprar unos chicles esos dos quisieron llevarme a la
fuerza hacia atrás de la tienda para violarme- me contó entre sollozos, con su
dulce rostro lleno de tierra y las lágrimas dejando zurquitos por entre la
mugre. No podía yo dejar de verla; era un verdadero angelito al cual estaba yo
salvando.
Poco antes de llegar a Tamuín nos detuvimos; ella quería
llamar a su padre por teléfono para avisarle lo que le había pasado.
-No estaba en su oficina- me dijo- pero en cuanto le den el
recado viene por mí.- Cada palabra suya seguro que me hacía sonreír como idiota
mientras me hablaba; quizá era la chica mas hermosa que alguna vez me hubiera
hablado.
Me apuraba el cumplir con el encargo de mi padre; pero estar
con ella me regocijaba, y me hacía tan feliz como jamás lo había yo estado
antes. Solo asentí sonriendo cuando ella me pidió: -No te vayas, quédate conmigo
por favor hasta que él llegue-
Tras ocultar el auto detrás de un taller mecánico nos fuimos
a esconder a una pequeña cantina, para esperar ahí. En ese sitio nos contamos la
vida, las penas y los planes para el futuro. Hacia el final de la charla llegó
un momento en que rozó su mano con la mía, estremeciéndome por completo. Hizo
una nueva llamada; el padre no estaba y necesitaba llegar a Matehuala para pedir
a su Tío Jimeno que fuera a recuperar el auto.
- ¿Puedes llevarme a Matehuala?
No podía yo aceptar; sería mucho el tiempo que perderíamos.
- Te dejo en Mante, y ya estuvo. Ya de ahí no faltará quien
pueda llevarte, o pedir una patrulla. Matehuala está re lejos, mija; si no con
mucho gusto.
Con una triste sonrisa ella aceptó, y yo solo en mi mente me
odiaba por no atreverme a romper las reglas una sola vez en mi vida. "Pero que
bruto soy" me decía.
- ¿Por qué me ves así? – preguntó de pronto a punto de
reírse.
- No, por nada- dije bajando la mirada.
- Anda, dime- me dijo hinchando los carrillos, con una
expresión divertida.
- Pos… pa que mentirle; la verdad es que estás re chula- me
animé a confesarlo. Ella se rió un poco, pero se puso seria de inmediato.
- Varias veces me han dicho ya antes que soy bonita, pero
nunca nadie me lo dijo de manera tan verdadera como ahora lo haces tú. Se siente
bonito, pa qué mentirte.- y fue entonces ella quien agachó la mirada para, un
par de segundos después levantarla sonriéndome cachondamente.
- ¿Y si rentas una habitación por unas horas crees que yo
pueda convencerte de que me lleves hasta Matehuala?
Yo me quedé frío al escucharla. Su sola mirada ya prometía
cumplir con las más ocultas de mis fantasías. Aún así, yo sabía qué era lo
correcto y qué es lo que yo debía de hacer, a pesar de que poder fornicar con
una mujer como ella solo había sucedido en mi mente, mientras me revolcaba yo
solo en mi cama. Era espantoso, pero debía negarme.
Con las cortinas de la habitación cerradas, el cuerpo de
Rosalba desnudándose apenas y se notaba, más que por los claroscuros que la luz
marcaba en sus formas y en su piel. Al acercarse, el percibir el delicioso aroma
de su aliento encendió hasta la última fibra de mi cuerpo.
Un suave empujón de ella me sentó en la cama. Ahí terminó de
bajar los pantalones raídos y sucios que yo siempre vestí. Librando mis
interiores de la ropa, ella sacó mi palo del interior de mis amplios calzones y
lo tomó suave y gentilmente con su mano. Sus ojos brillaban de deseo, de
excitación.
Con una sonrisa que nada borraba, Rosalba desnuda a mis pies
tomó mi pene con sus manos y comenzó a olerlo, a pasearlo por su cara,
delineando sus labios, su nariz, sus ojos, y después, tras darle un lento y
delicioso beso, lo dejó meterse entre sus delicados y hermosos labios. Solo de
verla comiéndose mi verga, estuve a punto de venirme… pero aguanté… disfruté;
jadeé como bestia en celo, como macho a punto de satisfacerse en la boca de la
hembra que desea y en la cual ha decidido uno darse placer infinito. En ese
instante ella dejó de ser la niña indefensa de la carretera, para convertirse en
la golfa a mi servicio, en la mujer deliciosa que yo amé, en la amante que nunca
tuve… en mi deliciosa putita. Casi grito de gusto.
Rosalba de rodillas entre mis piernas, lamiendo, succionando,
mamando. ¡Que delicia, carajo! Era exquisito. De tanto en tanto, ella volteaba a
verme y sonreía, para después volver a mamarme como una verdadera ninfa caliente
que tuviera como único objetivo en la vida el darme el mayor de los placeres. Mi
verga verdaderamente que tomaba proporciones alarmantes, lo cual a ella le valía
madres y seguía y seguía mamando.
Luego, deseoso, empujón a su pecho caliente; caer de espaldas
ante mí; ansias irrefrenables. Penetrarla de golpe; mi experiencia primera;
gemir de gusto y sorpresa ante un placer desconocido. Empezar a cogérmela… ufff…
Increíble.
-Rosalba… ahhh…- yo gemía, a la vez que su cuero se
contorsionaba al recibir cada centímetro de mi contundente hombría. No sería yo
ducho en coger, pero sé que tenía lo mío, y tal cual, lo aprovechaba para
alimentar el ansia de aquella hembra caliente que pedía carne dentro de ella.
-¡Así cabrón! ¡Así dame verga, hijo de la chingada! ¡Que
rico! ¡Que rico!- gritaba ella como poseída. A cada centímetro que yo le metía,
ella se contorsionaba y gritaba más, como posesa; enloquecida, totalmente
emputecida. No me importaba; yo solo la bombeaba más a mi gusto, y le daba
carne, centímetro a centímetro, hasta enloquecerla como a mí se me antojara.
Lamí sus tetas… ambas… golosamente. Con toda mi lengua, con
mis labios. Saboreé ambas… gustosamente. Me llené la boca, la lengua con sus
senos maravillosos. Pensé en todas las mujeres que quise lamer; pensé en todas
aquellas que se quedarán para siempre masturbándose soñando que yo se las lamo,
pero sin poder concretarlo nunca. Me reí por ello, villana, malvadamente. ¿Qué
importan mil amantes virtuales si uno tiene al menos una sola amante real? Me
cagué de la risa en ese instante. Bombeé y bombeé, disfrutando realmente.
Internet quedaba atrás; las pajas perdían su sentido. ¿Soñar? ¿Imaginar? Todo en
ese instante se convertía en idiota junto a la experiencia de sentir realmente a
la mujer que uno anhela.
- Miras mucho mis nalgas ¿te gustan?- me dijo en un tono
profundo que solo de oírla me enloqueció.
- Me encantan, son hermosas… duritas… redondas…- Rosalba me
miró durante un par de segundos y agregó
-Míralas bien, míralas todas- y se volteó para ponerlas
frente a mí, abriéndolas con sus manos, contoneándose, mostrándome sus formas y
el apetecible fondo oscuro que constituía una de mis más violentas fantasías. Su
risita sonó en la semi-penumbra de aquel sitio.
- No soy bruja, pero puedo adivinar qué tanto es lo que estás
viendo.- Yo me avergoncé… el pudor me ganaba. - ¿Te gusta lo que ves, amor? ¿Se
ve rico mi culito?
- Muchísimo, mija… estás buenérrima- contesté sin poder
retirar mi vista de su ano.
- Anda… tócalo con tus dedos- me invitó suavemente. Mi sangre
se helaba y calentaba a cada segundo. No podía yo creerlo.
- ¿Deveras, mija? ¿Me dejas acariciar tu ano?- le dije, pero
no esperé respuesta. Mis dedos puntearon despacito la dura y rugosa superficie
que resguardaba su esfínter. Uno, dos, tres suaves jadeos surgieron de su boca.
¡Le estaba gustando! Yo estaba maravillado.
- ¿Solo eso te gustaría hacerle a mi culito, amor?- Me dijo.
Era ya demasiado para mí. A duras penas pude contenerme y evitar eyacular ahí
mismo.
Fue cosa de nada entrar entre sus nalgas. Ganas a tope, carne
dispuesta, verga dura… poco esfuerzo. Gemido sordo, fue lo que surgió de ella;
apretón sumiso y placentero, fue lo que dio a mí. En la punta de mi falo, el
rozar durito y rasposo de alguna parte de su recto me produjo un placer
singular. Verla, boca abajo, con los ojos cerrados, su boca entreabierta, y
desde mi posición ver cómo el cuerpo impetuoso y salvaje de mi verga se
entremetía entre sus nalgas y se enterraba en su ano, me hacía gozar
tremendamente. Supongo que no requiero de demasiadas explicaciones; sé que todos
aquellos que de verdad se han cogido un culo saben de lo que escribo. En fin; me
enterré dentro de Rosalba hasta el verdadero y mismísimo fondo; al grado de que
mis bolas pegaban en sus nalgas a placer mío, y supongo que el de ella también.
Yo jadeaba, bufaba, gruñía con singular placer. De ella surgían mil y un
exclamaciones obscenas de placer, dándome más ánimos para seguir bombeándole mi
palo hasta el más recóndito rincón de sus vísceras. Ambos gozábamos como
dementes; ambos, lo sé.
Miré hacia debajo de mi cuerpo, disfrutando la vista de mi
falo entrando y saliendo del ano de Rosalba. Me encantaba esa sensación, lo
juro. De debajo de mis testículos calientes brotaba un electrizante brote de
placer que llegaba hasta el último rincón de mi cuerpo. No tardé mucho y empecé
a gritar por el orgasmo que era inevitable. Rosalba gimió enloquecida:
-¡Dámelo amor! ¡Llénamelo! ¡Vente en mi culo, papito!
No quise contrariarla; le hice caso.
Al salir del baño la encontré de pié, mirando a través de la
ventana y fumando un cigarrillo. Me acerqué a ella y la abracé por detrás.
- Te quiero, Rosalba. Me estoy enamorando de ti- le dije al
oído. Ella volteó a verme y sonrió iluminando por completo mi existencia.
- Mi hermoso caballero protector, mi tierno amante- susurró
alegre antes de darme un beso tierno en la mejilla y luego otro más tibio en los
labios.
Aquello era increíble; para no creerse. Yo, el tímido chico
novato que jamás había probado el sexo más que conmigo mismo, tenía ahora a una
hembra fabulosa que me regalaba su calor con mayor rapidez que la que obtiene un
galán experimentado. La reprimenda de mi padre –que seguramente me daría más
tarde- valdría la pena. Por ella era yo capaz de dar mi tiempo, mi futuro, mi
vida misma. La vida me mostraba al fin que todo tiene su tiempo y su recompensa.
Con precaución salimos del hotel en mi auto y tomamos de
nuevo la carretera. Decidí tomar una ruta secundaria, pues sería menos factible
que aquellos delincuentes que la perseguían nos buscaran por ahí. Por primera
vez en mucho tiempo tomé esa decisión sin tener que dejarlo al azar, lanzando la
moneda al aire. Rosalba iba abrazada a mí todo el tiempo, recostando su rubia
cabellera en mi hombro. Por momentos, intentaba yo verme con ella a través del
espejo retrovisor. Al poco rato, el calor del camino nos hizo detenernos en un
pequeño caserío donde había tienda, gasolinera, mecánicos y demás.
Rosalba bajó del auto, dio dos pasos y regresó, con su
constante sonrisa angelical.
- ¿Qué te gusta más, amor? ¿Cerveza o un refresco?- me dijo
sin parpadear siquiera, y sin dejar que la sonrisa desapareciera.
- Mejor agua, nada más, hermosa- repuse y ella se alejó
mientras yo marqué por mi celular a mi padre. La conversación que tuve con mi
viejo era de esperarse. En otro momento habría yo temblado temeroso, pero ésta
vez, el amor y la pasión me ayudaban a crecerme ante la adversidad. Bajé del
auto, fumé rápidamente un cigarro y miré a lo lejos, para disfrutar la vista de
mi hermosa dama acercándose a lo lejos hacia el auto mientras la retahíla
catilínica de mi padre resonaba aún en el auricular.
Rosalba caminaba en dirección a mí, cargando un par de bolsas
de papel conteniendo los víveres con los cuales sobrevivíamos hasta llegar a
Matehuala. La voz de mi padre aún resonaba en el teléfono, advirtiéndome,
amenazándome para que llegara cuanto antes a casa. Ya no contesté; apreté el
botoncito rojo y la comunicación se interrumpió definitivamente. Ya no importaba
nada mas que el poder vivir a plenitud de aquella mujer y de la experiencia mas
maravillosa que yo podría haber imaginado siquiera, y que ahora era realidad.
Los hermosos ojos azules de Rosalba comenzaban a percibirse a
medida que iba acercándose por en medio de la acera, atrayendo las miradas
obscenas de los camioneros que aparcaban en alguno de los muchos restaurantes de
aquel sitio. Me encantaba sentir los celos de saber que la mujer que había yo
conquistado era deseada por muchos, pero que solo era para mí.
Todo sucedió de repente. Detrás de una enorme camioneta
Suburban salieron dos oscuros y enormes hombres, que se abalanzaron sobre
Rosalba sin darle tiempo a decir nada. Ella soltó espantada las bolsas e intentó
echar a correr, pero la celeridad con la que aquellos tipos actuaron no le dio
tiempo a reaccionar con prontitud y pronto se encontró sujeta por los fuertes
brazos de aquellos malditos. Antes de que me pudiera yo dar cuenta, yo ya estaba
corriendo como loco en dirección a ellos. Tomé desesperado una gruesa barreta de
metal que estaba a la entrada de la vulcanizadora y en unos segundos llegué a
donde mi amada forcejeaba ferozmente.
Sentí el cráneo de uno de ellos fracturarse cuando recibió el
impacto de la barreta a mitad de su cabeza. Las uñas de Rosalba desgarraban la
piel del otro tipo, quien intentaba extraer una pistola de debajo de sus ropas.
Ella aprovechó el momento en que las manos de él la soltaron al recibir mi
primer golpe en las costillas para intentar correr. Ya a ese momento, los
camioneros y curiosos comenzaron a dispersarse al ver el arma que él blandía, la
cual fue arrancada de su mano por un segundo golpe de mi pesada barreta, ésta
vez en la muñeca. Al instante de que la pistola caía al suelo, perforé el tórax
del agresor con una de las puntas de metal de mi arma. Vi los ojos de aquel
tipo, expresando sorpresa, confusión, ira, antes de desplomarse desangrándose
sobre la banqueta, próximo a morir.
El rechinido de las llantas de una segunda Suburban resonó al
fondo de la calle, acercándose a nosotros. Rosalba retrocedió presurosa,
únicamente gritando: -¡Corre, cabrón! ¡Corre o nos chingan!
En otro momento de mi vida yo habría corrido, profiriendo
angustiosos gritos de terror; pero en ese instante era yo invencible y
todopoderoso; nada de espantaba ni me podía hacer cejar en mi empeño de proteger
a mi dama.
De la camioneta descendieron otros dos hombres, ambos armados
con carabinas M-4, listos para disparar.
Sin pensarlo dos veces, recogí la pistola del suelo y apunté
hacia la primera figura que apareció detrás de uno de los trailers, a menos de
20 metros de mí. Rosalba me tomó por el hombro e intentó llevarme lejos de aquel
sitio. Ella me amaba y quería protegerme, fue lo que pensé antes de comenzar a
jalar del gatillo.
Ninguna de mis balas dio en el blanco, sino que todas
rebotaron en los vehículos que servían de parapeto a los agresores de mi dulce
chica. Pero aún, mientras disparaba, el tronar de los disparos me dejó oír el
imperioso grito de aquellos hombres, antes de que contestaran el fuego con
ráfagas que llovieron sobre nosotros:
-¡Policía Antinarcóticos! ¡Suelten las armas, hijos de de su
pinche madre!
¿Fueron dos, tres o mas las ráfagas de metal hirviente las
que penetraron mi cuerpo haciéndome bailotear grotescamente como un guiñapo
humano antes de hacerme caer inerte al suelo? El dolor que me causaban me hacía
imposible poderlas contar. Con mi rostro arrastrándose por la acera, pude ver a
Rosalba tumbada al lado mío, con su hermoso pecho manchado por una borboteante
mancha roja. Sus ojos azules se encontraban bien abiertos, intentando buscar
algo que le permitiera escapar, no solo de aquellos hombres, sino también de la
inevitable muerte.
Los pesados pasos de los policías acercándose hacia nosotros
era lo único que mis oídos alcanzaban a escuchar. Mi cuerpo estaba fuera de mi
control; el dolor iba anegando mis sentidos hasta ya no poder sentir nada.
Rosalba, fijó su última mirada en mí, y apenas resollando musitó… - ¡Pendejo!-,
y quedó inmóvil para siempre.
Pensé en mi padre, pensé en qué pensaría y sentiría al
saberme muerto como delincuente; mientras la negrura comenzaba a invadirme pensé
en aquel momento en que decidí tomar la vida en mis manos, en el engaño atroz de
aquella chica, y en que esa última experiencia de mi vida fue la mas grandiosa
que hubiera vivido, tal como desde niño lo fantaseé… pensé… en las trampas del
destino… siempre sorpresivas y sorprendentes… pensé…
México DF, Noviembre 2007.
RELATO DE FICCIÓN