Laura salio apurada de su departamento. Aun tenia el pelo mojado y luchaba
con el para atarlo. Con sus dientes sostenía una carpeta color madera y segura
de que llegaba tarde a su trabajo, camino raudamente por el pasillo de aquel
enorme edificio hasta los ascensores. Siempre se preguntaba al igual que su
amiga Inés porque quedaban tan lejos. Inés era una amiga de la infancia de
Laura, ya hacia veintitrés años que se conocían, desde jardín de infantes más o
menos, y habían acordado vivir juntas en Buenos Aires para poder estudiar,
trabajar y no tener que vivir solas.
Laura trabajaba en la parte contable de una importante cadena de alimentos, si
bien no era para lo que ella estudiaba, servia como ingreso económico y le
ayudaba a pagar su carrera de arte. Inés, por otra parte estudiaba diseño
grafico y daba clases en una escuela cercana a hogar. La dos vivían juntas hacia
poco, pero a decir verdad lo llevaban bastante bien juntas.
Cuando el pasillo no podía ser aun mas largo, Laura vio que de la puerta de la
escalera salía el Señor Ernesto. Era un hombre grande y muy reservado, de escaso
cabello y panza prominente. Siempre llevaba unos gruesos anteojos que ocultaban
su mirada. Sus manos delataban una vida de trabajo, Laura a duras penas
recordaba su voz. Era un hombre morocho, se veía que rozaba los sesenta años.
Trabajaba en el edificio, se podría decir que era el conserje, hacia varios años
que estaba vivía ahí y el consorcio le había otorgado el trabajo cuando quedo
desempleado. Se encargaba de limpiar y arreglar el viejo edificio, y al ser un
hombre reservado pasaba desapercibido ante los ojos de la mayoría de los
inquilinos.
-Buenos días…- Saludo rápidamente Laura, que espero en vano una respuesta.
Ernesto apenas alzo sus ojos para verla. Mientras la joven esperaba impaciente
la llegada del ascensor, escucho como algún vecino abría la reja del mismo y
comenzaba a descargar algunas cosas de el. El tiempo pasaba y el señor Ernesto
seguía junto a la puerta de la escalera, Laura no sabia bien que es lo que hacia
aquel hombre a sus espaldas.
Empezó a sentirse incomoda, Ernesto no emitía ningún sonido, y esto afectaba en
la imaginación de la joven. Su pelo mojado humedecía la delicada camisa blanca
de laura, transparentando su corpiño bajo la tela. Laura tenia el pelo rubio,
siempre lo llevaba atado. Era una mujer bien proporcionada, de largas piernas y
una diminuta cintura, con unas soberbias nalgas que rara vez se animaba a lucir.
Sus senos eran duros, no muy grandes pero firmes. Tenia unos hermosos ojos color
canela y rasgos muy delicados, su boca era pequeña pero de carnosos labios.
Se imagino a aquel hombre, mirándola descaradamente. Sus pensamientos
seguían divagando al mismo tiempo que su fuerte temperamento se abría paso por
su interior. Se repetía incasablemente dentro de su cabeza cosas como “Que
descarado”, “¿Como se atreve?” y “Lo voy a denunciar”, pero todo era imaginación
de Laura. Cuando el ascensor llego y pudo entrar en el, vio que Ernesto no se
encontraba mas en pasillo, así que se dijo a si misma, “Soy una estúpida”.
El trabajo estuvo tranquilo, como siempre. Antes de volver paso por el mercado
para comprar algo para la cena. Como Inés trabajaba cerca del departamento
siempre llegaba antes y en mutuo acuerdo, ella se encargaba de la limpieza y
Laura de la comida y los víveres.
Laura entro al edificio como pudo, llevaba dos bolsas repletas en sus manos y
difícilmente se las había ingeniado para entrar. Un mechón de pelo le caía sobre
el rostro, cada tanto Laura lo soplaba para quitarlo pero este volvía a caer
sobre uno de sus ojos. Cuando llego a la puerta del ascensor, dejo una de las
bolsas en el suelo y apretó el viejo botón de plástico, el ruido del ascensor
descendiendo impidió que Laura notara la presencia del señor Ernesto. El hombre
tenía un trapeador que lentamente pasaba sobre el suelo de loza negro del
pasillo. Disimuladamente Ernesto se acerco a escasos centímetros de Laura, la
joven noto algo extraño y dio un veloz giro. Ernesto se encontraba a escasos
centímetros de ella. Con un agudo grito de susto, se aparto de un salto, dejando
caer algunos víveres sobre el suelo.
-¡¿Pero qué hace?! No ve que casi me mata de un susto. – Laura estaba
contrariada.
-Disculpe…
Laura junto sus cosas apresuradamente y se dirigió hacia la escalera, quería
alejarse de aquel hombre lo más rápido posible. Tenia que subir tres pisos y eso
no la hacia muy feliz, pero con tal de evitar a Ernesto, que le había dado un
buen susto, subir los tres pisos por la escalera no era gran cosa. Cuando llego
al codo de la escalera vio la silueta del señor Ernesto esconderse rápidamente.
Laura sabía que aquel viejo la había visto subir, el muy degenerado quería
espiar bajo su pollera. Todo este asunto giraba en la mente de Laura como un
torbellino, al llegar al departamento vio que Inés llevaba puesto ropa de entre
casa y ordenaba los almohadones de los sillones de a sala.
-¿Sabes lo que hizo el señor Ernesto?- Laura estaba muy molesta.
-No… ¿qué hizo?- Inés golpeaba con fuerza los almohadones.
-El muy degenerado se me acercó por detrás y casi me mata del susto, y cuando me
fui por las escaleras se quedo viendo como las subía…- Inés la interrumpió
-¡Jajaja! Pobre viejo, solo quería ver un poco, no es para tanto.- Inés se
arrepintió de haber dicho eso.
-¿¡Cómo que no es para tanto!?- Laura enfurecida acomodaba las cosas en la
heladera y la alacena.- Es un degenerado, no puedo creer que te lo tomes como
broma
-Bueno, bueno…- Inés trataba de calmarla.- Tampoco es para tanto… si te lo pones
a pensar, cuantos hombres te miran por la calle y hasta te dicen cosas y no te
pones así. No creo que fuese su intención asustarte…- Laura se había calmado
pero se notaba que aun seguía enojada.
-Esta bien, quizás este exagerando un poco, pero de todas formas me pone
nerviosa. Es un hombre muy extraño ¿no te parece?
-Es callado y la verdad, más que extraño es feo… - Las dos rieron.
Inés encontraba la situación divertida, le restaba importancia ya que
consideraba al encargado, un hombre incapaz de hacer daño alguno. Laura siempre
había sido mas recatada que Inés, siempre era su amiga la que llevaba o salía
con hombres mientras ella estudiaba o salía con sus compañeras de facultad.
Laura preparaba la comida mientras Inés miraba la tele y mandaba mensajes de
texto con su celular. Alguien llamo a la puerta, Inés se paro y fue hasta ella.
Al ver por la mirilla vio que era el señor Ernesto.
-Laura, es tu admirador secreto – Inés se reía entre dientes y le hablaba en voz
baja, para que no escuchara el encargado.
-¿¡Qué!? Decíle que no estoy, o mejor que me acosté a dormir o algo así, no
quiero ni acercarme.
-Bueno… seguro que viene a disculparse.
-No me importa, que se valla o voy a hacer que lo echen.- Volvía a enojarse.
-No seas así Laura. Deja que yo me ocupo…- Una sonrisa maquiavélica se dibujo en
rostro de Inés, Laura supo que algo extraño iba a suceder.
Inés era mas baja que Laura. Tenia el pelo cortó hasta la nuca y era de un
intenso color negro. Tenía curvas pronunciadas, de caderas firmes y una cola
digna de piropos. Sus tetas no se quedaban a atrás, tenían un gran tamaño,
siempre que podía las exhibía con orgullo dentro de vestidos escotados o remeras
ajustadas, sabia como llamar la atención de los hombres y le divertía hacerlo.
Laura no entendía bien que es lo que tenia en mente su amiga. Inés se quito el
sostén por debajo de la remera y se bajo los pantalones dejando asomar sus
bragas. Laura podía ver como se trasparentaban los senos de su amiga y se
balanceaban copiando los movimientos que ella hacia. Sin poder creerlo vio como
su amiga le abría la puerta al señor Ernesto. El hombre se sorprendió al ver a
Inés, que sin dejar de moverse como si recién se levantara de la cama, sacudía
sus pechos frente a él.
-¿Si, que desea?- Ernesto no quitaba los ojos de los rozados pezones, que
fácilmente se podían ver a través de la remera gastada.
- Mi cara esta acá arriba ¿Sabe?- Con una mueca provocativa se llevo su dedo
indicie al labio inferior de su boca y se lo estiro suavemente hacia abajo.
Ernesto retrocedió sobre sus pasos. – Le pido que no moleste más a mi amiga…
¿Si?- Y juntando sus brazos apretó sus pechos entre ellos sin dejar de mirarlo
fijamente a los ojos. Ernesto aun perplejo asintió con un gesto afirmativo y
salio rápidamente por aquel largo pasillo. Inés cerró la puerta de su
departamento y matándose de risa, se dejo caer sobre suelo ante la mirada
desaprobadora de su amiga.
-No puedo creer lo que hiciste. Estas loca ¿lo sabias?- Laura le sonrió,
mientras su amiga se descostillaba de risa.
Los días pasaron tranquilamente, Ernesto parecía haber desaparecido del
edificio. El verano llegaba a la ciudad y con cada día que pasaba aumentaba el
calor. El edificio tenía unos cinco pisos de alto y una terraza muy amplia que
era utilizada para secar la ropa y que casi nadie usaba, a no ser alguna de las
vecinas más viejas del quinto piso. Era un edifico de varios departamentos,
muchas personas ancianas vivían en el, cosa que lo hacia muy tranquilo. Ellas
consiguieron el departamento, gracias a la madre de Inés, que en una época lo
usaba de oficina y ahora lo tenia desocupado y había decidido alquilárselos a un
muy buen precio. Rara vez hacían reuniones, exceptuando sus cumpleaños ya que
sus vecinos se solían quejar de los ruidos molestos. Cada que Inés llegaba con
algún muchacho lo tenía que meter a hurtadillas para que la chusma de su vecina,
doña Josefina no se diera cuenta. En varias ocasiones la había agarrado con
diferentes pretendientes y le había dedicado un largo discurso de moral.
Si bien Laura era una Joven muy hermosa, no tenía mucha suerte con los hombres.
Solo había estado enamorada de su primer novio en la secundaria y este le había
roto el corazón en el viaje de egresados, engañándola con una de sus mejores
amigas. Siempre se repetía así misma, que las relaciones no eran lo suyo, pero
era mentira, añoraba estar en pareja. En su trabajo tenia un compañero que se
llamaba Daniel. Era el cadete de la oficina pero estudiaba Dramaturgia en la
misma universidad de Laura. Era un joven muy inteligente y gentil. Siempre le
ofrecía su ayuda a Laura, y esta sin saber como reaccionar, lo trataba de mala
forma, aunque en realidad quería hacer todo lo contrario, pero Daniel
simplemente le devolvía una sonrisa y seguía con su trabajo.
Esa tarde salio temprano de su trabajo. El calor era agobiante, y a falta de
lluvia se hacia casi insoportable. Laura llevaba una pollera corta, que le
pertenecía a su amiga, ella no solía usar ropa tan reveladora, pero el calor
bien lo ameritaba. También llevaba una musculosa de hilo bastante holgada, si
bien era para usar sin abrocharla hasta arriba, ella ya se sentía muy expuesta
con la pollera, por lo que solo tenia un solo botón desabrochado. Si Laura
levantaba sus brazos, fácilmente se podía ver parte de su sostén, así que la muy
ridícula caminaba como un robot, intentando no exponer su ropa interior.
Al llegar al edificio vio al señor Ernesto, este limpiaba meticulosamente el
portero eléctrico con una espesa crema color celeste, hacia rato que no lo veía
por el edificio y esto la hacia sentir un poco culpable. Sabía que había sido
una exageración por su parte y que la broma de su amiga lo había afectado sin
lugar a dudas. Así que sin más lo saludo amablemente. Como era de suponer,
Ernesto contesto el saludo casi de forma inaudible, con un gesto tosco les
sostuvo la puerta para que ella entrara, en ningún momento alzo la vista.
Laura llego hasta la puerta del ascensor y noto que aun era observada por
Ernesto, haciéndose la distraída se rasco su muslo, su pollera se subió unos
centímetros dejando al descubierto parte de su nalga izquierda. Una vez dentro
del ascensor se sorprendió de si misma, sin lugar a dudas no podía entender como
había hecho algo así. Se sentía atrevida y en parte un poco excitada, pensar en
que aquel hombre había visto parte de su nalga desnuda le proporcionaba cierta
cuota de adrenalina. Jamás le contó lo sucedido a su amiga Inés, de haberlo
hecho, esta no la hubiese dejado de molestar y de hacerle bromas por el resto de
su vida, así que decidió guardarlo como un secreto.
Las vacaciones de Laura llegaron, como era verano, ya hacia un mes que no acudía
a la universidad de arte y en su trabajo decidieron adelantarle las vacaciones.
Lamentablemente no tenía planes ni dinero, así que pasaría los días en su casa
junto al ventilador o saliendo con sus compañeras o Inés por la ciudad, no tenía
muchas expectativas al respecto y eso la desilusionó.
Aquella noche ceno sola, solo el sonio de la televisión le hizo compañía. Una
nota de Inés relataba “Hoy salgo, vuelvo tarde. Beso”. Ya hacia unas horas que
estaba acostada y justo cuando estaba a punto de dormirse escucho a Inés que
entraba al apartamento acompañada.
-Shhh… no hagas ruido que mi amiga duerme y los vecinos son unos chusmas.-
-Esta bien…- La voz de un hombre joven se oyó a través de la puerta del cuarto
de Laura. “Cada vez mas chicos los elige” pensó para si misma.-Tienes un lindo
departamento… ¿Pagas mucho de alquiler?- El joven esbozó una gran sonrisa.
-No seas aburrido ¿queres? Vení que quiero mostrarte algo.- Laura estaba
completamente despierta, no iba a ser la primera ves que escuchaba a su amiga
coquetear con alguno de sus múltiples novios, pero esa vez era diferente.
Laura escucho como los dos se recostaban sobre el sillón de la sala, con un
movimiento sutil y preciso abrió la puerta de su cuarto dejando una pequeña
ranura. Inés y aquel jovenzuelo se besaban apasionadamente, él se encontraba por
debajo de ella, se podría decir que era victima de su amiga. Laura noto que su
pulso se aceleraba y por unos instantes decidió dejar de verlos, pero en el
fondo ella sabia que no quería hacerlo.
Inés se subió su remera, sus dos enormes pechos apretados en un diminuto
sujetador negro quedaron al descubierto, frente a la inexperta mirada de aquel
joven.
-¡Vamos! Tócalas, son todas tuyas…- Una temblorosas manos apretaron suavemente
los senos de Inés, que acosaba con apasionados besos a aquel niño. Laura estaba
excitada, no podía negarlo.-Mira como te haz puesto… déjame ver.- Inés con gran
precisión y velocidad, desabrocho la cremallera de los pantalones y con su mano
busco dentro de ellos. -Wow…- Inés se sorprendió al ver el considerable
tamaño de aquel miembro, Laura sintió un cosquilleo entre sus piernas, nunca se
hubiese imaginado que un jovenzuelo como aquel podría ser propietario de
semejante verga. Inés sujetaba aquel pene entre sus manos, el joven
completamente avergonzado no reaccionaba ante las decididas caricias que Inés le
brindaba. Laura hizo lo suyo, con su mano sobre su sexo empezó a acariciarse
ligeramente sobre sus bragas imaginando el tacto de aquel enorme pene entre sus
manos. Su amiga Inés no perdía el tiempo, le lanzo una mirada provocativa y con
un leve gemido beso la cabeza del pene. Su lengua se asomo entre sus labios y se
deslizo a lo largo de la base de la cabeza, el joven gimió y se retorció
levemente sobre el sillón mientras Inés subía y bajaba su mano por su gruesa
verga. -Mmmm… que rica esta, ¿Te gusta así?- Laura apretaba con más fuerza sobre
sus bragas, la tibia humedad atravesaba su ropa interior y llegaba hasta sus
dedos.
-Si… me gusta.- La tímida voz del muchacho no interrumpió la delicada labor de
Inés. Tomo con suavidad los huevos de su victima y los amazo con firmeza a la
vez que abría su boca e introducía ese grueso tronco en ella. -Ah… me encanta,
seguí…- Las tímidas manos del joven acariciaban el cabello de Inés mientras ella
le propinaba una suculenta mamada. La saliva cubría aquel lustroso miembro, Inés
lo dejo por unos segundos, se quito el sostén, y con sus senos desnudos atrapo
aquel palpitante pene. Solo dos movimientos bastaron, el muchacho se vino en
seco sin previo aviso. Ante los sorpresivos sucesos, Inés solo pudo contemplar
como aquel enorme glande de un rosado claro, lanzaba grandes chorros de semen
sobre sus tetas y parte de su cuello, Laura también sorprendida, se rescato de
aquel transe y se zambulló velozmente en su cama.
-Lo siento…- El joven se disculpo, y como un niño asustado bajo su cabeza.
-No te preocupes…- Inés comprendió la situación y un poco perpleja y totalmente
excitada se encamino hacia el baño para limpiar la tremenda corrida de aquel
mozalbete.-No pasa nada.- Inés lo consolaba maternalmente. - La próxima me
avisas ¿Si?
-Si, te pido mil disculpas.- El joven ruborizado no podía mirarla a lo ojos.
-Bueno, ya se me ocurrirá algo para que repares tu error.- Y con un gesto
cómplice se lanzo sobre el muchacho como un león a una cebra.
Laura casi no pudo dormir, los gemidos de placer de Inés la distraían y sin
poder masturbarse tranquila, se quedo dormida al cavo de unas horas.
A la mañana siguiente, entre sueños, la imagen de aquella enorme verga no podía
salir de sus pensamientos. Seguía muy excitada así que decidió terminar lo que
había empezado la noche anterior. Rápidamente se encontraba completamente
mojada. Sus dedos recorrían la raja de su sexo a lo largo y a lo ancho,
recorriendo sus carnosos labios. Un fuerte golpe se oyó en la puerta. Laura casi
se cae de la cama del susto.
-¡Laura! Despertaté. Me estoy yendo al trabajo…- Su dulce amiga Inés golpeaba
sonoramente la puerta.
-Ya te escuche, ¡Déjame dormir tranquila que estoy en vacaciones!- Laura estaba
a punto de mandar al diablo a su amiga.
-Me olvide de decirte que se rompió la canilla de la cocina y que le pedí al
señor Ernesto que viniera a arreglarla. Así que levántate que en cuarenta y
cinco minutos llega y le tenes que abrir.- Inés agarro sus cosas y salio del
apartamento. Laura se quería matar. No podía creer que tendría que cortar aquel
momento y abandonar la cama para abrirle la puerta al señor Ernesto. Estiro lo
más que pudo el tiempo antes de salir de la cama, se vistió con lo primero que
encontró y se metió en el baño. No tenia tiempo para una ducha, así que se aseo
lo mejor que pudo. Se cambio las bragas que estaban empapadas, se limpio los
dientes y se peino. Cuando salio del baño, se escucho el timbre. Tenía una
remera deportiva, unos pantalones cortos y se calzo con unas sandalias, el sol
entraba con fuerza por la ventana de la sala y auspiciaba un día muy caluroso.
Abrió la puerta sin ganas y ahí se encontraba Ernesto.
-Bueno días… Vengo a reparar…- laura lo interrumpió.
-Si, si… ya se pase. Ahí esta la cocina.- Y sin mas la señalo con su mano. La
joven prendió la tele y sentada en el sillón miraba las noticias. Ernesto con un
mameluco color azul marino ya gastado dejo su caja de herramientas sobre el
suelo, e inspecciono la canilla de la cocina. Laura por otra parte intentaba
distraerse, la imagen de aquel grueso miembro la perturbaba, su pulso se
aceleraba por momentos y si bien hacia calor en la ciudad, el que sentía ella
era muy diferente. Ernesto salio de la cocina sosteniendo una pieza de plástico.
-Tengo que ir a mi apartamento, ahí tengo el repuesto.- Laura se
sobresalto.
-Esta bien… déjeme que le abro.- La joven se acerco al viejo, el fuerte olor a
hombre que despedía la podría haber asqueado en otra ocasión, pero debido a su
gran excitación produjo un efecto inesperado en ella. Un hormigueo recorrió sus
piernas, mientras sostenía la puerta. El conserje paso junto a ella y sin
ninguna intención rozo levemente uno de los senos de Laura, este insignificante
contacto basto para que su pezón se endureciera. Sobrepasada por la excitación
que sentía y sin poder hacer nada para calmarse, fue hasta el baño y se mojo la
cabeza para tranquilizarse un poco, Ernesto volvería pronto y no quería delatar
su estado ante aquel hombre.
A los pocos minutos se volvió a escuchar el timbre. Laura abrió la puerta,
mientras que con una toalla secaba su pelo.
-Discúlpeme ¿Se estaba bañando?
-No, no… pase.- El fuerte hedor de aquel hombre volvió a golpear los más bajos
instintos de Laura. Disimuladamente se dejo rozar por el brazo de Ernesto, no
podía creer lo que estaba haciendo, el conserje lo noto. Tras media hora de
trabajo, Ernesto se encontraba sumergido debajo de la mesada de la cocina
luchando con un caño. Laura entro a la cocina y con la excusa de buscar algo en
el refrigerador, quedo de espaldas a él que se deleito por unos segundos con la
increíble cola de Laura apretada en esos pantalones cortos. La joven jugueteo
por unos instantes con sus pantaloncillos, haciendo que estos se hundieran entre
la raja de su cola.
Cuando salio de la cocina, pudo ver que la gran panza de Ernesto se asomaba
entre el cierre del mameluco, la cabeza del conserje se ocultaba debajo de la
mesada. Una remera blanca por debajo apretaba su gran pecho, pero lo que mas
llamo la atención a Laura, fue el gran bulto que se erguía entre las piernas de
aquel viejo.
Sin poder dejar de pensar en aquella protuberancia, camino a lo largo de la sala
sin poder dominar aquella sensación que recorría su cuerpo. Noto como sus bragas
se humedecían y sus pechos se endurecían. Laura se asomo por la ventana en busca
de un poco de aire y distracción. Unos cinco minutos pasaron, la mirada de Laura
se perdía a la largo de la calle, cuando sintió que Ernesto salía de la cocina.
-Ya esta arreglado, señorita.- Estaba todo traspirado y con un pañuelo intentaba
secarse la frente. Había subido el cierre de su mameluco y se podía ver como
unas manchas de sudor se traspasaban por él.
-Muchas gracias…- Laura no podía explicarlo, pero aquella situación la tenia muy
excitada.- ¿Quiere tomar algo?- Pregunto amablemente. Ernesto no supo que
contestar.- Siéntese un momento Don Ernesto.- Laura se sumergió en la cocina
mientras el viejo recorrió con su mirada el cuerpo de Laura que pasó frente a
él. Laura en la cocina se preguntaba como podía estar coqueteando con aquel
viejo desagradable, ¿Tan desesperada estaba?
Ernesto estaba sentado en el sillón, parecía petrificado. Laura le ofreció un
vaso de jugo y Ernesto lo tomo con una de sus grandes manos.
-¿Dígame cuanto le debo por la reparación?
-Eh…- Ernesto no pensaba cobrarles.
-Vamos, dígame.- Laura le hablaba amistosamente.
-Nada señorita, es un favor entre vecinos.- Sorprendentemente Ernesto le dedico
una suave sonrisa, la joven por un momento sospecho de esa sonrisa, o mejor
dicho la había tomado como tal. Como si aquel hombre le hubiese hecho una
propuesta indecente de forma directa, Laura le devolvió la sonrisa. Ella podía
notar como aquel viejo le recorría el cuerpo con sus pequeños ojos ocultos
detrás de esos gruesos lentes. Se sentía deseada y eso la tenia muy excitada.
Laura se agacho frente al televisor y volvió a brindarle un grato espectáculo.
Mientras tarareaba una canción como una niña, movía suavemente sus caderas.
Ernesto de haberlo deseado, con solo estirar su mano podría haber tocado aquel
descomunal trasero, pero no lo hizo. Laura suponiendo que aquel hombre no
reaccionaria, siguió con sus jugueteos. Se sentó junto al señor Ernesto y
mientras festejaba unos chistes malísimos que se veían en la tele,
golpeaba o se agarraba de la rodilla del conserje en tono amistoso. Se sentía
una perra en celo.
-Que calor esta haciendo estos días.- Laura se bajo excesivamente el cuello de
su remera, y soplado dentro de ella asegurándose de que don Ernesto pudiera ver
bien sus pechos. Los minutos pasaron y como si ya fueran grandes amigos, Laura
dejo apoyada su mano sobre la rodilla de Ernesto, que con sus ojos vidriosos
pasaba, de la tele a la mano de su joven vecina.
-Si es cierto, hace mucho calor.- Se animo a decir Ernesto, que lentamente bajo
su cierre del mameluco. El tacto de la gentil mano de Laura sobre su pierna, lo
hacia sentir un poco mas seguro. Laura reía divertida, cuando sintió como la
gran mano de Ernesto se apoyaba en su hombro en tono amistoso. Laura se percato
que la situación estaba llegando a un punto crítico. Su cuerpo le pedía seguir
con aquellos juegos, pero su conciencia, la alertaba. La mano de aquel viejo
recorrió el hombro de Laura por la espalda hasta la base de su nuca. Lentamente
los gruesos dedos de Ernesto recorrieron su espalda acariciándola. Laura salto
en el lugar y ya de pie, le dedico una sonrisa nerviosa, tomo su bolso, de donde
saco un billete de veinte pesos y se lo dio a Ernesto.
-Bueno, aquí tiene. Va a ser mejor que se valla que tengo cosas que hacer.-
Laura estaba avergonzada, pero convencida de que hacia lo correcto.
-Tiene razón. Yo también tengo cosas por hacer. Y como ya le dije fue un favor.-
Ernesto dejo el billete sobre una mesa y salio del apartamento. Laura corrió
hasta el baño, encendió la ducha y se quito la ropa. Necesitaba refrescarse,
todo aquello la tenia muy confundida. Desnuda, frente al espejo, vio que unas
diminutas gotas de sudor se asomaban en su frente. Sus pezones estaban muy
sensibles y duros, respiraba con suavidad y pausadamente. Su rostro delataba el
estado en que se encontraba, los labios de su boca, más rozados y oscuros que
siempre, sus enrojecidos pómulos. Se soltó el pelo y lo peino con sus dedos, se
sentía muy sexy. Ya dentro de la ducha, el agua recorría y la refrescaba. En sus
manos el jabón se deslizaba sobre su piel, cubriendo cada centímetro de su
hermoso cuerpo. Cuando llego a su entrepierna, su sexo le agradeció las
caricias. Una y otra vez froto sus dedos sobre sus labios vaginales, entre sus
dedos, su clítoris se apretaba y se ocultaba. Laura respiraba fuertemente,
pronto unos gemidos salieron de su boca. Su imaginación describía un grueso
pene, completamente erecto. Se lo imaginaba dentro de ella, penetrándola una y
otra vez. Ese pene imaginario, pronto gano un cuerpo en la imaginación de Laura.
Ahora era el señor Ernesto quien la penetraba con violencia. Tres de sus dedos
se hundían profundamente en su vagina, su otra mano apretaba uno de sus senos.
Laura gemía desbocada, con un fuerte sacudón, la joven acabo en uno de sus
orgasmos más memorables.
Esa tarde cuando volvió Inés del trabajo, Laura se encontraba de muy buen humor,
no le contó nada de los sucesos con Ernesto. Esa noche hablaron y se rieron
mucho durante la cena y Laura se animo a preguntarle a Inés sobre el joven de la
noche anterior. En ningún momento le dio a entender que los había espiado, eso
le daba mucha vergüenza. Inés le contó con lujo de detalles todo lo sucedido,
hasta imito alguno de los gritos que había oído Laura la noche anterior y ella
se ruborizaba y hacia gestos de sorpresa.
-Mañana no voy trabajo.- Dijo Inés.- Si quieres podemos ir a la terraza y tomar
un poco de sol. ¿Qué te parece?
-Bueno, me parece bien. ¿Pero porque no vas al trabajo?
-Los niños se van de campamento así que tengo el día libre.- Y pinchando un poco
de ensalada con su tenedor siguió comiendo.
Al otro día, las dos amigas durmieron hasta eso de las once. Inés hizo el
desayuno mientras Laura seguía en la cama, estirando lo más posible el momento
de levantarse.
Inés preparo un pequeño bolso con unas mantas para tirarse al sol y puse varios
potes de bronceador y protector solar. Las dos amigas subieron al quinto piso,
trataron de no llamar la atención de sus vecinos así que con mucha cautela se
escabulleron en la terraza sin hacer ruido. El sol estaba fuerte, buscaron un
buen lugar y empezaron a acomodarse. Laura se quito la remera y sus pantalones
cortos, un bonito bikini color negro con detalles en rojo se acomodaba
perfectamente a su cuerpo. Saco unos anteojos de sol y se los puso. Inés imito a
su amiga, pero a diferencia de ella, llevaba un diminuto bikini, era tan
revelador que visto de atrás parecía que no llevaba la parte de abajo y de
frente se apreciaba con detalle como su entrepierna se marcaba notoriamente. En
cada movimiento que Inés daba, sus enormes senos parecían que iban a salir
despedidos del bikini, Laura no podía entender como su amiga se compraba ese
tipo de ropa, se imagino que de estar en una pelita o playa pública la podrían
meter presa, cosa que le causo mucha gracia.
-¿Y, qué te parece?- Inés hacia poses obscenas esperando la opinión de su amiga,
que entre risas le dijo.
-Pareces una actriz porno.- Esto no le gusto mucho a Inés, que sin dejar de
bromear tomo uno de los tarros de bronceador, el de forma mas fálica posible y
empezó a imitar una perfecta mamada. Las amigas se divertían sin darse cuenta
que a varios metros de ellas, detrás de uno de los tanques de agua, se
encontraba el señor Ernesto arreglando uno de los tendederos. Las risas de las
jóvenes llamaron la atención de él, que con sigilo se asomo para ver a estas dos
hermosuras sin ser detectado.
Inés sostenía entre sus muslos el pote de bronceador, mientras gritaba y se
movía exageradamente, sus grandes senos se sacudían y para regocijo de Ernesto
pudo ver parte de uno de los pezones de Inés. Laura reía al tiempo que su amiga
concluía la actuación con varios chorros de bronceador sobre su rostro y pechos,
Laura aplaudió la actuación de su amiga.
Ernesto por su parte tenía una tremenda erección, las dos jóvenes pensaban que
se encontraban solas allí, por lo que tomaban menos recaudos y se exponían más a
la perversa mirada de aquel viejo. Las jóvenes pasaron un buen rato tomando sol,
Ernesto no podía irse de la terraza sin ser visto, por lo que seguía escondido.
Pasaron unos minutos e Inés le dijo a Laura, que tenía que hacer algunas cosas y
que ya se iba para el apartamento. Laura tendida boca abajo vio como su amiga se
marchaba y la dejaba sola bajo los fuertes rayos del sol. Un solo edificio
sobrepasaba a aquel y se encontraba en la otra punta de la cuadra, Laura
considero que seria difícil que alguien pudiera observarla, así que con un toque
de osadía y sin dejar de mirar en todas direcciones, se quito la parte de arriba
del bikini dejando sus tetas al desnudo. Nunca había tomado sol de esa manera, y
lo encontraba muy placentero. Tomo un poco de bronceador y lo esparció por sus
tetas, luego se recostó y lentamente fue quedándose dormida bajo los
penetrantes ojos del conserje que apretaba con fuerza su dura erección.
Ernesto decidió acercarse, ya hacia largo rato que estaba escondido y bajo el
fuerte sol. Sus ojos no se apartaban del torso denudo de Laura, que brillaba
bajo el sol, cubierto en bronceador con aroma a coco. La erección de Ernesto no
diminuía, se frotaba sobre el pantalón debatiendo en su interior que debía
hacer. Poseído por lo encantos de Laura, el viejo decidió calmar su excitación,
bajo el cierre de su pantalón y con cuidado saco su verga erecta afuera. El
viejo se masturbaba toscamente, las gotas de sudor recorrían su espalda y su
frente, su respiración se agitaba, sus ojos se deleitaban viendo los pequeños
pezones marrones, como la tanga del bikini marcaba el sexo de Laura, no le
faltaba mucho para acabar.
Laura, entre sueños, escucho una agitada respiración. Sus ojos se abrieron
despacio, Ernesto seguía en lo suyo. Laura pudo ver a aquel viejo sacudiendo su
miembro a escasos pasos de ella, por un instante había pensado en gritar y salir
corriendo, pero lo medito por un segundo y decidió que seria mejor no hacer
espamento. Laura pudo observar con gran detalle el tamaño del pene de aquel
hombre, de seguro tenia mas de veinte centímetros de largo, pero su ancho era lo
mas llamativo. Ernesto recorría a lo largo su pene con su mano, cuando llegaba
hacia el glande, la piel que lo cubría se amontonaba sobre la punta, y luego lo
descubría esparciendo por toda la cabeza del pene un líquido viscoso y
transparente. Laura no se movía, respiraba pausadamente como si estuviera
dormida, todo aquello la excitaba mucho, se consideraba el objeto de placer de
aquel hombre y en parte la enorgullecía y la hacia sentir sexy. Los pezones se
le endurecieron, difícilmente el hombre lo hubiese notado.
El viejo se estremeció, cerro con fuerza sus ojos y frente a la mirada
indiscreta de Laura, una gran cantidad de esperma salto por los aires terminando
sobre el suelo de la terraza. Como si saliera de un trance, don Ernesto salio
apresurado de la terraza, guardando su flácido pene, evitando hacer ruido. Laura
espero unos segundos y se sentó en el lugar, vio unas cuantas gotas y varios
chorros de esperma desparramados por el suelo. Su vagina estaba empapada.
Los días pasaban y Laura no dejaba de pensar en el viejo Ernesto, nunca ningún
hombre había despertado aquel deseo en ella, era algo sucio y en parte
prohibido. Le preocupaba la atracción que sentía por aquel hombre, que con solo
verlo no poseía ningún atributo físico y menos intelectual, simplemente esa
enorme herramienta entre sus piernas. Aquella noche aprovechando que su amiga
había salido con otra de sus victimas, busco en el cuarto de su amiga el
consolador que había comparado hacia un tiempo atrás. Laura nunca lo había visto
pero su amiga se había jactado con orgullo de su nueva adquisición. Buscaba
entre las cosas del cuarto de Inés, abrió el cajón de ropa interior y vio una
perfecta imitación de un enorme pene descansando entre las prendas de seda.
Laura lo medito por un instante, pensó que esos juguetes eran privados y que no
debían prestarse, pero al sostenerlo entre sus manos fue presa del deseo. Era
increíble lo bien hecho que estaba y lo bien que copiaba la consistencia y la
textura de un pene real.
Una vez en su cuarto, Laura se quito la ropa y se recostó sobre la cama, una
suave música llenaba el cuarto ayudando a que Laura se sumergiera en su
fantasía. Se imagino a don Ernesto frente a ella, con su herramienta colgando
amenazante, Laura abría su boca y trago aquel pedazo de carne lo más profundo
que pudo, una y otra ves lo recorría con su lengua.
“Riiiinng” el timbre había sonado. Laura se incorporo y con sus ojos busco el
reloj. Eran las 23:30, se imagino que podía ser Inés que había olivado la llave
y furiosa fue hasta la puerta. Cubriéndose con una bata de baño, abrió la puerta
mientras imaginaba el insulto que le pensaba dedicar a su amiga, pero frente a
ella se encontraba Ernesto. La mirada del viejo tenía algo distinto, algo
amenazador.
-Eh…- Laura no sabía bien que decir. La presencia de Ernesto la tomaba por
sorpresa, pero no le disgustaba. El viejo seguía mirando a Laura sin emitir
sonido.- ¿Qué desea? ¿Necesita algo?
-¿Puedo pasar?- Laura dudo, pero sin saber que hacer dejo que el conserje
entrara al departamento. Laura le dio la espalda por un segundo, cerraba la
puerta cuando don Ernesto se lanzo sobre ella.
-¿¡Que hace!?- Laura estaba asustada. Ernesto la agarro con sus manos por los
hombros y la apretó contra la puerta.
-No te hagas la ingenua, hoy en la terraza me viste y por lo que note no te
escandalizaste demasiado que digamos.- Laura estaba atrapada.
-Pero como… Yo nunca… - Ernesto acerco su rostro al de ella, el cuerpo de aquel
viejo la apretaba contra la puerta y la joven podía sentir como un gran bulto
crecía entre las piernas de él. Ernesto beso el cuello de Laura, la lengua
dejaba un rastro de saliva a medida que avanzaba hasta la oreja de ella.
–Déjeme…
-Eso se oyó muy poco convincente.- Laura estaba a merced de aquel sujeto que la
besaba apasionadamente, el delicioso aroma del cabello de Laura se mezclaba con
el olor de su piel, creando el perfume perfecto.
Laura no forcejeaba, Ernesto la tomo del el rostro con sus dos manos y apretó
sus labios contra los de ella, las lenguas se pegaron y rozaron por varios
segundos. Las manos de él se deslizaron por su cuello y con un sutil tirón,
descubrió las tetas de Laura, que ansiosas esperaban las caricias de un hombre.
Los dedos de Ernesto describían la perfecta circunferencia de los senos de
Laura, una de sus manos apretó gentilmente uno de ellos y con su dedo pulgar
presiono sobre el duro pezón, Laura se mordió el labio para no gritar.
El viejo no dejaba de recorrer la tersa piel de la joven con su lengua, cada
tanto la besaba en los labios y volvía al cuello. Laura se sujetaba por detrás
de la cabeza de Ernesto, entregada al placer que aquel hombre le estaba
proporcionando. Ernesto la besaba y mordisqueaba las firmes tetas de Laura, que
sin poder contenerse gemía con fuerza.
-Eres hermosa…añoraba que algún día llegara este momento. ¿Te gusta así?
-S…si me encanta… siga… mmmmh.- Ernesto siguió succionando los pechos de Laura.
Las pequeñas manos de ella recorrían la espalda del viejo y acariciaban su
escaso cabello, alentando a que este siguiera comiendo sus tetas. El viejo
desato la cinta que ajustaba la bata por la cintura, sin demasiado esfuerzo
logro que la bata cayera al suelo. Ernesto bajo por el abdomen de Laura, su
lengua lo recorría con gran habilidad. Un exquisito y penetrante aroma provenía
de la entrepierna de la joven, que instintivamente fue separando sus piernas, a
la dulce espera de los estímulos del viejo.
Ernesto la sostenía con firmeza por la cintura. Se excito al ver lo húmeda
que estaba Laura.
-Qué mojada que estas.- Paso sus dedos por el escaso bello púbico de la joven
que se estremeció al sentir el tacto de aquel hombre tan cerca de sus sexo. El
viejo deslizo sus manos a lo largo de las caderas de Laura, acaricio los suaves
muslos de ella, acerco su boca, y beso la parte interna de sus piernas. Las
manos volvieron hacia arriba, pero esta vez se aferro a las nalgas de Laura. La
boca de Ernesto fue subiendo entre mordiscos y lamidas hasta que en el cuarto,
un gemido agudo seguido de varios jadeos llenaron el lugar.
Laura flexionó sus rodillas para facilitarle la labor al viejo, la boca de este
se llenaba de los deliciosos jugos de ella. Ernesto la atraía hacia el apretando
su culo metiendo sus rostro por completo entre las piernas de ella.
-Que rica esta.
-Mmmh… así, no pare…- Ernesto lamía los labios y el clítoris de Laura con gran
devoción. Su lengua se paseaba a lo largo de todo el sexo de ella, separando los
carnosos labios y presionándolos, la joven temblaba excitadísima. Laura tomo por
el cuello, la camisa de Ernesto, el se puso de pie y con ayuda de ella se quito
la ropa quedando solo con su slip. El pobre viejo no era nada atractivo, era un
cuadrado de carne con una gran panza y ese slip no le favorecía en lo absoluto,
pero a Laura solo le importaba una cosa que aguardaba palpitante dentro de la
ropa interior de él.
Con una sonrisa picara, Laura se arrodillo, frente a sus ojos un tubo grueso y
de grandes proporciones inclinado hacia la izquierda se marcaba sobre la tela de
algodón del slip. Laura acaricio el abdomen, bajando hasta las piernas del
viejo. Sus dedos agarraron el elástico gastado del slip y con lentitud fue
bajándolos, mientras su mirada expectante observaban como parte del oscuro y
venoso miembro aparecía ante ella. Con una fuerte sacudida, el miembro erecto se
desprendió violentamente. Laura se asusto un poco al ver el tamaño del pene de
Ernesto, la cabeza era grande y en su comisura se veía una pequeña gota
transparente que aumentaba de tamaño y se resbalaba por el glande.
-Es todo tuyo.- El viejo excitado, esperaba impaciente las caricias de Laura.
-Es… es enorme…- Laura acerco sus manos tímidamente y tomo entre ellas el
caliente miembro. Sus manos se movían sobre el rígido pedazo de carne que
parecía arder, mas líquido preseminal salía de él. Laura seguía pajeando a
Ernesto que cada vez que podía acercaba la punta de su pene hacia la boca de
ella.
-Vamos, mételo en tu boca.- Ernesto se impacientaba. Laura se quito el cabello
del rostro y beso el costado del glande, no estaba muy segura de querer probar
aquel liquido viscoso. El viejo gimió al sentir el suave contacto de los labios
sobre su pene, la joven iba y venia con su lengua sobre el tronco, mientras que
seguía masturbando al viejo con sus manos. Laura abrió ligeramente su boca y con
cautela comenzó a meter la cabeza del pene en su boca. Tenia un sabor fuerte y
salado, su boca se lleno de aquel gusto penetrante, el viejo empujaba, quería
que ella lo metiera aun mas en su boca, Laura se estaba por ahogar así que dejo
de lamerlo, para recuperar el aliento y volvió a arremeter contra el.
Laura tenia ese instrumento de placer a su entera disposición, lo saboreo por
largo rato, sus manos jugueteaban con los testículos, y hasta en ocasiones
estrangulaba con sus manos el tronco. Sacudía su lengua sobre la base del
glande, esto enloquecía a Ernesto que sujetaba con fuerza la cabeza de la joven.
La saliva recorría su mentón y parte de su cuello y fácilmente se podía ver como
la verga del conserje brillaba empapada en ella.
-Mmmmmh…mmmh…- Laura gemía con fuerza mientras cerraba los ojos.
-Si sigues así… voy a acabar…- Ernesto se retiro hacia atrás sin dejar de ver a
Laura arrodillada en el piso, que lo miraba como una niña a la que le habían
quitado su juguete favorito.- Acércate, te la quiero meter.- Laura se fue hasta
donde estaba Ernesto, sus bocas se volvieron a entrelazar. La joven rozaba con
su abdomen la dura verga del viejo que parecía hervir. Él la llevo hacia el
sillón, tomo asiento y tomándola por la cintura la invito a que tomaría asiento
sobre él. Laura sintió el gran tamaño del glande entre sus piernas, golpeaba
con torpeza causándole dolor.
-Espere… deje que yo lo haga… me va a ser daño si no…- La joven empujo con sus
dedos y ayudo a Ernesto a que se colocara en el orifico correcto, el viejo acoto
el deseo de ella y sin perder tiempo se concentro sobre los duros senos que
apretaba y amasaba excitado.
Laura se dejo penetrar con cuidado, su vagina no acostumbraba a recibir mucha
atención por parte de los hombres y menos de uno con tremenda herramienta. Por
suerte para ella estaba tan húmeda que la lubricación estaba asegurada, por lo
que el pene se abría camino en ella lenta y de forma fluida. Ernesto veía como
su miembro desaparecía dentro del cuerpo de Laura, la joven con sus ojos
cerrados y mordiendo su labio bajaba cada vez más, midiendo hasta donde podía
llegar sin hacerse daño.
-Como me gustas Laura, tienes la conchita muy estrecha.- Laura llego hasta un
punto en donde el placer se mezclaba con el dolor, faltaban escasos centímetros
para que Ernesto la penetrara por completo, pero la joven había decidido que por
el momento llegaría hasta ahí. Usando de apoyo sus pies y sus manos sobre los
hombres de él, Laura empezó a cabalgar muy despacio el gigantesco miembro. Laura
gemía con fuerza tapando la agitada respiración del viejo que se agarraba a los
caches del culo de ella. Laura comenzó a implementar un poco mas de velocidad en
sus movimientos, a cada embestía el pene de Ernesto lograba entrar cada vez mas
en ella, sus testículos golpeaban contra la base de sus nalgas dando fuertes
golpes. La joven volvió a besar apasionadamente a Ernesto, su rubio cabello
flotaba en el aire.
-¡Ah… ah…ah!- Laura gemía cada vez mas fuerte, el viejo estiro uno de sus dedos,
buscaba el pequeño ano de ella. Cuando lo encontró presiono sobre él, un fuerte
orgasmo estallo en Laura, sus músculos se tensionaron con fuerza, varios
espasmos la sacudieron mientras el viejo la abrazaba. Se quedaron así por un
largo rato.
La noche era calida, Laura descasaba sobre el sillón junto a Ernesto, los dos
estaban muy transpirados y cansados. El pene de Ernesto aun seguía erecto, se
apoyaba contra la parte izquierda de su abdomen, Laura lo tomo con su mano y lo
acaricio. Poco a poco se iba recuperando, el viejo disfrutaba de las manos de
ella.
-Dale preciosura, ayúdame con tu boquita.- La joven lo miro con picardía y
sostenido su cabello, se inclino sobre la entrepierna de Ernesto. El viejo le
acariciaba la espalda y parte de sus nalgas, también apretaba sus senos y los
pellizcaba mientras ella succionaba con fuerza la verga del viejo. La lengua de
Laura se movía velozmente sobre la cabeza del pene, para luego introducirlo
entre sus labios.
Laura ahora buscaba colocarse entre las piernas de Ernesto, tomando con sus
manos sus senos, atrapo el duro miembro entre ellos y lo masturbo con sus tetas.
Ernesto deliraba de placer, Laura busco la cabeza rozada entre sus pechos y cada
que se asomaba le dedicaba una lamida o la besaba deliciosamente. Ernesto tiro
su cabeza para atrás, su pene empezó a palpitar mientras una sustancia espesa y
caliente se desparramaba por el pecho y las tetas de Laura. Ella acerco su boca,
quería saborear un poco de este blancuzco liquido caliente. En sus labios y
lengua unas pequeñas gotas de semen brillaron bajo la luz del apartamento.
Ernesto se quedo sobre el sillón con su cabeza recostada por un buen rato. Laura
de pie en el baño, se limpiaba la espesa leche que recorría su cuerpo. Al verse
en el espejo se sintió una puta, cosa que no le desagrado en lo mas mínimo.
Pasaron un rato sin hablarse, parecía que el encanto se había terminado entre
ellos dos, Laura volvía a sentirse un poco incomoda aunque no sabia bien el
porque, con la bata puesta se sentía un poco avergonzada. Ernesto sin decir
nada, se puso de pie y con sutil saludo salio del apartamento.
Laura nunca volvió a tener sexo con don Ernesto, es mas se puso a salir con
Daniel, el compañero de su trabajo, pero siempre le estuvo agradecida ya que esa
pequeña aventura le había otorgado algo que le hacia mucha falta a su vida.
Espero que les haya gustado.
Salu2