Me llamo Isabel, tengo 45 años, estoy felizmente casada y no
tengo hijos. Mi físico no es que sea demasiado destacado –l,61 m. de estatura,
delgada aunque con curvas, pelo castaño y unas facciones correctas pero sin ser
una belleza-. Nunca se me habría ocurrido engañar a mi marido, pero a veces los
acontecimientos te obligan a realizar acciones impensadas.
Tenemos dos amigos, Julio y Carmen, un matrimonio de nuestra
misma edad a quienes conocemos desde niños. Los cuatro somos inseparables, tanto
que es rara la vez que una u otra pareja sale sola.
Desde siempre noté que le gustaba a Julio, a quien en
numerosas ocasiones sorprendí mirándome con la lujuria pintada en el semblante.
Tampoco Paco, mi esposo, era ajeno a los encantos de Carmen, una morena algo
entrada en carnes pero muy apetitosa y con unos pechos de mucho mayor tamaño que
los míos, que son más bien pequeños. Paco se los comía con la mirada.
Desde hace un par de años, durante nuestros encuentros
sexuales Paco empezó a insinuar el tema del intercambio de parejas, aunque sin
personalizar en nadie, algo a lo que yo me opuse tajantemente, pero tanto
insistió que al cabo de un tiempo, aun sin reconocérselo, me empezó a excitar la
posibilidad. El lo acabó notando, porque cuando lo sacaba a relucir mi
comportamiento en la cama era mucho más activo.
Una noche estábamos en la cama y me había calentado tanto
hablándome de intercambios y orgías, que cuando me preguntó si me apetecía
probar una nueva polla le dije que sí. Me preguntó a quien me gustaría follar y
le dije en un tono que le hizo adivinar mi calentura:
-Te lo cuento mientras me comes el coño-
No hizo falta que se lo repitiera. Abrió los labios de mi
sexo con los dedos y enterró allí su boca mientras yo, abrasada por la
excitación, comenzaba a hablar con voz ronca:
-Espero no arrepentirme de lo que te voy a decir. Mañana no
lo sé, pero en este momento me apetecería comerme una polla que no fuera la
tuya-
Interrumpió momentáneamente su lamida y me dijo:
-La de quien, entonces-
-La de nuestro amigo Julio- le contesté de sopetón
Una enorme sorpresa se reflejó en su semblante, pero iba
mezclada con una intensa mirada de lujuria.
-Si eso es lo que quieres, lo tendrás. No se me escapan las
miradas que te echa-
-Claro, y de paso tú te beneficias a Carmen, que lo estás
deseando desde hace tiempo-
Me miró muy serio:
-Eso es cierto, pero si ella no accediera, no me importaría
dejarlo para otro momento y que estuviésemos con él solo-
Y volvió a concentrarse en el cunnilingus. Mi mente se
enfrascó en la posibilidad de tener dos pollas a mi disposición y eso me calentó
tanto que en pocos segundos era presa de un fuerte orgasmo. Después me dispuse a
devolverle el favor y me dediqué a comerle la polla. Mientras lo hacía, Paco me
decía que imaginase que lo que tenía en la boca era el nabo de Julio, y así lo
hice, volviendo a calentarme de inmediato. Pronto preferí cambiar de posición
para volver a recibir placer y sentándome sobre mi marido enterré su polla en mi
coño.
Pese a que seguía estando muy caliente, preferí posponer lo
más posible el orgasmo para disfrutar más, moviéndome con lentitud. Mi marido lo
notó y quiso aprovechar la coyuntura para hablarme de sus planes, a sabiendas de
que yo en ese momento no iba a negarme a nada de lo que me propusiera.
-Que te parece si el próximo sábado los invitamos a cenar y
los tanteamos para saber su disposición-
-Me parece bien, pero debemos actuar con prudencia. No quiero
arriesgarme a perder la amistad con Carmen-
Paco se encargó de llamar a Julio para llevar a cabo la
invitación, que naturalmente fue aceptada, y la semana transcurrió sin novedad,
excepto que tanto Paco como yo nos privamos de mantener ningún tipo de relación,
para llegar al día ansiado con la líbido subida.
El sábado, sobre las 9 de la noche, yo había preparado una
cena a base de mariscos y embutidos ibéricos para no estar muy metida en la
cocina, y me había arreglado adecuadamente, con un vestido corto que realzaba en
contorno de mis piernas, y un conjunto de ropa interior muy sugerente, que solía
ponerme cuando quería provocar a mi marido para tener sexo con él.
Poco después sonó el timbre. Eran ellos. Carmen vestía sus
mejores galas; traía puesto un lujoso abrigo de pieles bajo el cual llevaba un
vestido negro muy escotado y ceñido, que marcaba sus voluptuosas curvas. Julio
también venía muy elegante. El y mi marido eran de un físico similar, altos y
corpulentos. Mientras intercambiábamos los besos de rigor, me paré a pensar si
su polla también se parecería a la de Paco, bastante bien dotado, y recordé que
alguna vez, estando en la playa, me había fijado en su paquete y había llegado a
la conclusión de que sus atributos viriles no eran de pequeño tamaño –en
aquellos momentos no sentía interés sexual alguno hacia él, pero las mujeres
siempre nos fijamos en esas cosas-
Cuando Julio me saludó, me di cuenta de algo: al besarme,
contra lo acostumbrado lo hizo muy cerca de la comisura de los labios y me
apretó levemente contra su cuerpo, valiéndose de uno de sus brazos; eso me hizo
percatarme de que Paco le había contado lo que se cocía en esa cena. El brillo
de los ojos de mi marido me confirmó que era así.
Tras hacer que se acomodaran en el comedor, donde la cena
estaba dispuesta, pedí a mi marido que me acompañase a la cocina, con la
disculpa de subir a una alacena a la que yo no llegaba a coger la cafetera, pero
lo que quería era hablar con él en privado.
-Eres un cabrón. Se lo has contado-
-Solo a él, y está de acuerdo. Carmen de momento no sabe
nada, pero es mejor que Julio esté enterado, porque de ese modo nos ayudará a
convencerla-
No me quedó más remedio que reconocer que tenía razón. Si
queríamos que nuestro plan saliese adelante, era mucho más viable con la ayuda
de Julio, y de cualquier modo él estaba dispuesto aunque su mujer no lo
estuviera, con lo que yo ya me había asegurado probar una polla nueva; solamente
quedaba saber cuando iba a ser eso, ante una posible negativa por parte de
Carmen esa noche. El mero hecho de pensar en eso me puso muy caliente. Si había
tenido alguna duda sobre echarme atrás en el último momento, estaba superada.
La cena transcurrió con normalidad, exceptuando las miradas
furtivas que Julio me dirigía, más descaradas de lo habitual. Hablamos sobre lo
divino y lo humano, mientras acompañábamos la degustación de manjares con
abundante trasiego de vino, que poco a poco desembocó en que el ambiente se
fuese haciendo más desinhibido, lo que podría ser propicio para que nuestras
intenciones llegasen a buen puerto.
Cuando terminamos de cenar nos fuimos a la sala para estar
más cómodos, y allí serví el café, acompañado de varias botellas de licor.
Disimuladamente, me paré a estudiar la actitud de Carmen: estaba tan relajada
que era imposible que estuviese al tanto de lo que teníamos previsto los otros
tres. Al igual que los demás, había ingerido bastante alcohol y estaba
ligeramente achispada, lo que me pareció idóneo para nuestros planes.
Lo difícil, para mi manera de ver, era encontrar el camino a
seguir para convencerla sin que ello produjera ningún trauma. Pero para eso
estaba Paco, que siempre fue un hombre de recursos.
De él partió la idea de ver una película porno, algo que ya
habíamos hecho en otras ocasiones, por lo que a nadie le pareció inadecuado. Era
una película francesa que Paco y yo ya habíamos visto, en la que el protagonista
intenta convencer a su mujer de que acceda a las relaciones extramatrimoniales,
recibiendo persistentes negativas por parte de ésta, hasta que al final ella no
resiste la tentación y termina participando en una tremenda orgía. La verdad es
que Paco no podía haber estado más acertado en la elección del tema.
Durante el transcurso de la película, habíamos apagado las
luces. Estábamos acomodados en un sofá de cuatro plazas, y yo estaba situada
entre Julio y mi marido, mientras Carmen ocupaba una esquina junto al suyo. Al
cabo de un rato del inicio, noté un ligero roce en uno de mis muslos. Procedía
de mi derecha, y no me hizo falta mirar para percatarme de que era la mano de
Julio. Actué con todo el disimulo que pude, como si nada ocurriera, pero no pude
evitar ponerme caliente, notando claramente la humedad que empezaba a anegar mi
coñito.
La caricia se fue haciendo más y más atrevida a medida que
avanzaba la película. Con mucha cautela, la mano de Julio arrastró la tela del
vestido hacia atrás, hasta llegar a la altura de mis bragas. Metió los dedos
bajo éstas, y me acarició superficialmente el coño, aunque pudo llegar a
comprobar su grado de humedad. Yo estaba temerosa de que el olor a sexo nos
delatara, pero no fue así. Cuando la película estaba llegando a su fin, separó
su mano de mí y volvió a bajar el vestido. Los otros dos no se habían enterado
de nada, absortos como estaban en la trama de la película, pero yo estaba como
un hierro candente.
Al encender las luces me fijé en Julio. El bulto que se
notaba entre sus piernas dejaba claro el estado en que se hallaba. Decidí que
tenía que comerme esa polla ya. Después reparé en Carmen. Su mirada delataba lo
caliente que se sentía, y temí que sus ansias de sexo la hicieran apresurar su
salida, acuciada por la urgencia de meterse en la cama con su marido para echar
un buen polvo, y malograsen nuestros planes. Pero Paco estaba en todo, y nos
propuso jugar a un juego. Como era previsible, Carmen se opuso, alegando que
tenía sueño, pero entre los tres la convencimos para que se quedara un poco más.
El juego consistía en una serie de sobres cerrados que cada
uno tenía que coger y seguir las órdenes que había en un papel que estaba en su
interior. En cada papel había dos órdenes diferentes, y había que elegir la que
más conviniera. Evidentemente, si esa persona no quería cumplir ninguna de
ellas, podía abandonar el juego.
Sorteamos para ver quien era el que iniciaba el juego. Para
alegría de los demás, le tocó a Carmen. Abrió el sobre con cierto nerviosismo y
al leer la nota que llevaba dentro los ojos se le pusieron como platos.
-¿Qué dice?- le pregunté
Visiblemente azorada, leyó la nota:
-La persona a quien le toque cumplir esta orden, deberá, si
es un hombre, lamer durante un minuto el sexo de una mujer del grupo que no sea
su pareja, y si es mujer, hacer una felación durante ese tiempo a un hombre,
igualmente ajeno a su pareja-
Se nos quedó mirando y dijo: -yo eso no lo hago-
Evidentemente, aquella orden era demasiado brusca. Temí que
se enfadara y diera por finalizado el juego.
-Y cual es la alternativa- terció Julio
Carmen continuó leyendo:
-En caso de no aceptar la primera orden, la persona deberá
permanecer encerrada en una habitación durante una hora con alguien del grupo de
sexo contrario que no sea su pareja-
-eso ya es más asumible- dijo Carmen para nuestro alivio
Junto al salón, había una habitación que no utilizábamos,
aunque siempre estaba dispuesta por si había invitados. Nos pareció adecuada
para que Carmen cumpliera su penitencia junto a Paco. Entraron ambos y cerraron
la puerta.
Nada más quedar solos, Julio se lanzó a por mí y me besó.
Nuestras lenguas se encontraron y comenzaron una fuerte lucha entre ellas. Sabía
besar. Su lengua recorrió la parte interna de mis labios, nuestras salivas se
mezclaban: estábamos literalmente devorándonos.
Sus manos tampoco estaban quietas. Una de ellas se introdujo
por mi escote, y tras salvar vestido y sujetado, se apoderó de uno de mis
pechos, que acarició con suavidad hasta llegar al pezón, que pellizcó con cierta
rudeza, haciéndome sentir una mezcla de dolor y placer que incrementaron aun más
mi estado de excitación. Su otra mano cumplió la doble función de acariciarme el
culo e ir subiendo el vestido hasta que mis braguitas se hicieron visibles y
pudo meter la mano dentro, acariciándome las nalgas.
.En ese momento, me pareció sentir un suave gemido procedente
del cuarto contiguo. Con toda la calentura que tenía, aun me picó más la
curiosidad de saber lo que ocurría en el interior de la habitación entre Carmen
y mi marido. El ojo de la cerradura permitía ver lo que pasaba dentro, y
separándome de Julio, me dirigí hacia allí, seguida de él.
Puse un ojo en la cerradura, y lo que vi me dejó
boquiabierta: Carmen, cuya cara era un poema, yacía boca arriba sobre la cama,
con el vestido subido hasta la cintura y las bragas a su lado, y sus piernas se
apoyaban en los hombros de mi marido, que arrodillado en el suelo entre ellas,
se afanaba en devorarle el coño.
Una oleada de lujuria recorrió mi cuerpo al ver aquello. Mi
reacción fue echar la mano hacia atrás, donde estaba Julio y localizar al tacto
el prominente bulto que había entre sus piernas, porque los ojos no los podía
apartar de la escena que estaba viendo.
Bajé la bragueta y no tardé en hacer salir su enorme polla al
exterior.
-Chúpamela- me pidió
-Está bien- le contesté –pero quiero que mientras lo hago
mires por el ojo de esta cerradura y me cuentes con pelos y señales todo lo que
ocurre ahí dentro-
Aceptó encantado. Me arrodillé ante él y vi por primera vez
su polla al desnudo. Estaba dura como el acero, fruto de la gran calentura de su
propietario. Era aproximadamente del tamaño de la de mi marido, aunque quizás
más cabezona. El glande estaba cubierto de líquido preseminal, que sin pensar
limpié con mi lengua, encerrándolo después entre mis labios y haciendo que se
introdujese con más profundidad, hasta tocar mi garganta. Mi lengua trataba de
enroscarse en su tronco y una de mis manos acariciaba sus testículos,
arrancándole gemidos de placer, y la otra la había introducido en mis bragas y
acariciaba mi encharcado coño. Julio, con voz entrecortada, empezó a contarme lo
que pasaba al otro lado de la puerta:
-Paco acaba de abandonar el coño de mi mujer y se están
desnudando mutuamente. La muy puta tiene una cara de vicio que no puede con
ella. Ya están desnudos. Ella se ha agachado y le está haciendo una comida de
polla como la que me haces tú a mí-
Aquello era demasiado. Estaba deseando que la llegada del
orgasmo se pospusiese al máximo, pero me di cuenta de que tenía la batalla
perdida: la llegada del placer era inminente, y yo no podía dejar de chupar ni
de tocarme. Por si eso fuera poco, La polla de Julio empezó a contraerse,
anunciando la inminente corrida, y en un instante lo que parecían ríos de leche
inundaron mi boca. Me la tragué con voracidad, sin dejar ni una gota, y en ese
instante me sobrevino un orgasmo tan intenso que creí que iba a desmayarme.
Tardé varios segundos en reaccionar. Cuando lo hice fue para
pedirle a Julio que me sustituyese y pasase a devorarme el coño, mientras yo
ocupaba su lugar mirando por la cerradura.
-Vale, pero ahora te toca a ti contarme lo que pasa-
Asentí. Mientras situaba mi ojo junto al agujero de la
cerradura noté como las manos de Julio asían mis bragas y las hacían descender
hasta liberarme de ellas, y a continuación uno de sus dedos pulgares se
introducía por la parte inferior de mi coño y su lengua comenzaba a lamer mis
mojadas paredes vaginales. El placer era inenarrable, y la morbosa escena que
contemplaba dentro de la habitación ayudaba a multiplicarlo.
Mi marido se había sentado al borde de la cama, con los pies
en el suelo. Carmen estaba de espaldas a él y frente a mí. Se había clavado la
polla de Paco en su coño y se movía acompasadamente. Podía ver perfectamente
como el rabo de mi marido entraba y salía del coño de mi amiga, en cuya cara se
reflejaba la intensidad del placer que estaba recibiendo, y así se lo iba
contando a Julio, que incrementó el ritmo de sus lamidas y chupeteos cuando le
dije que su mujer parecía una gata en celo.
Me fijé en sus tetas: eran todavía más grandes de lo que
parecía cuando estaba vestida. Sus pezones eran sonrosados y rodeados de una
aureola de gran tamaño. No sé si fue por el tratamiento que estaba recibiendo
entre mis piernas por parte de Julio, cuyos labios se habían apoderado de mi
clítoris y lo apretaban, alternando con las lamidas de su lengua, o por el
propio morbo de estar viendo la soberbia follada que se estaban pegando su mujer
y mi marido, pero en ese momento anhelé algo que ni por asomo había siquiera
pensado en toda mi vida: acostarme con Carmen. Me di cuenta que la deseaba más
que a nadie en el mundo. Tanto que me asusté.
En un momento dado, mi marido le dijo algo a Carmen, y ésta
se separó de él. Se puso de rodillas en el suelo y se dedicó a comerle la polla
con avidez. En pocos segundos, la expresión de Paco me anunció que se estaba
corriendo dentro de la boca de nuestra amiga, que no hizo ademán alguno de
separarse, tal y como yo había hecho momentos antes con su marido, aunque sin
que ella lo supiera.
En ese momento, Julio cesó en sus lamidas y me sorprendí. Mi
extrañeza duró solo unos instantes, porque noté como mi vestido subía y algo se
apretaba contra mi mojado coño. Era la polla de Julio, que sin esfuerzo alguno,
aprovechando lo resbaladizo de las paredes de mi coño, se introdujo de un golpe
en mis entrañas, haciéndome emitir un inconsciente gemido de placer, que fue
perfectamente audible para los que estaban al otro lado de la puerta
recuperándose del intenso polvo que acababan de echar; vi como se alertaban y
sus miradas se dirigían a la puerta.
Pero a esas alturas ya daba lo mismo. Todos estábamos
comprometidos, y no había porque ocultar nada, así que me decidí a abrir la
puerta. Me separé de la polla de Julio, nos quitamos la ropa y accioné la
manilla.
Al vernos completamente desnudos, quedaron inicialmente algo
sorprendidos, pero de inmediato fueron conscientes de que no había ningún
problema y que la fiesta no había hecho más que comenzar.
Sin hacer comentario alguno entre los cuatro, continuamos con
nuestras eventuales parejas. Me puse en cuatro sobre la cama y le hice una seña
a Julio para que continuase el trabajo que estaba haciendo antes de acceder a la
habitación. Lo entendió perfectamente y se situó detrás de mí en idéntica
posición, volviendo a penetrarme.
Nuestros respectivos cónyuges se nos quedaron mirando.
Estaban disfrutando del morbo de vernos follar por primera vez. Pronto se fueron
calentando y decidieron no permanecer inactivos. Paco pidió a Carmen que se
tendiera boca arriba y así lo hizo. Él se situó poniéndose de rodillas sobre
ella, con las piernas abiertas a ambos lados de la cabeza de nuestra amiga, y
dirigió su polla al canalillo que separaba las enormes tetas de Carmen,
uniéndolas después con ambas manos hasta dejar su miembro encajonado entre
aquellos melones.
Ante la escasez de espacio –la cama era de matrimonio, pero
de tamaño medio- se habían situado de forma transversal, de manera que yo,
mientras recibía desde atrás las embestidas de Julio, tenía a pocos centímetros
de mis ojos la polla de mi marido, entrando y saliendo de entre las tetas de
Carmen, que con sus manos había separado las nalgas de Paco, y elevando la
cabeza un poco, se dedicaba a pegarle una soberbia lamida de culo.
Los jadeos de placer y el olor a sexo inundaban la
habitación, que se había convertido en un templo dedicado a la lujuria.
La proximidad de las tetas de Carmen, completamente a mi
alcance, hizo que no pudiese resistir la tentación de tocarlas, y una de mis
manos comenzó a acariciar sus pezones, que estaban unidos por la presión de las
manos de mi marido, y finalmente los pellizqué con mis dedos.
Al no sentir ningún tipo de rechazo –Carmen continuaba sin
despegar su boca del culo de mi marido-, me atreví a más. Mis dedos fueron
sustituidos por mi boca, y me puse a lamer y a succionar los pezones, que
estaban tan erectos que parecía que iban a reventar.
Julio, además de la follada que me estaba pegando, disfrutaba
del tratamiento que yo le aplicaba a las tetas de su esposa y me animaba.
-Chúpale bien las tetas, que disfruta como una zorra cuando
se lo hacen-
Eso hacía que yo incrementase mi dedicación y me fuese
volviendo cada vez mas osada. Mi mano derecha se posó en el estómago de mi amiga
y fue descendiendo lentamente hacia su entrepierna en una caricia continuada.
Cuando llegaron a su coñito, mis dedos se dedicaron a desenredar los morenos y
rizosos vellos que lo ocultaban. Al sentir aquel suave contacto los muslos de
Carmen se abrieron de forma casi imperceptible y su piel se puso de "carne de
gallina", denotando la excitación que sentía.
En ese instante, noté como uno de los dedos de Julio entraba
en mi coñito, acompañando a su polla, y después se introducía en mi esfínter.
Aquello fue demasiado: me corrí como una auténtica cerda, en medio de grandes
alaridos. Inmediatamente noté que él también se venía, y quise que lo hiciera
dentro de mí. A continuación, agotado, se separó y se fue a sentar en un sofá.
Yo no estaba saciada. Continué lamiendo los pezones de
Carmen, que comencé a alternar con la polla de Paco, que entraba y salía de
aquel túnel cada vez a mayor velocidad, y dos de mis dedos ya se habían
introducido en el coño de ella, y se dedicaban a pellizcar su clítoris.
Noté que Paco estaba ya a punto de correrse, y así lo
manifestó en voz alta. Quise beberme su leche, pero Carmen tenía la misma idea y
se escurrió por entre las piernas de mi marido, se apoderó de su polla y se la
metió en la boca antes de que yo pudiera reaccionar.
Paco inició las convulsiones y su leche comenzó a llenar la
boca de nuestra amiga de tal manera que, incapaz de tragársela toda, se le
escurría por la comisura de los labios.
Viendo mi oportunidad, acerqué mi lengua hasta su boca y lamí
las gotas de leche que salían de ella. Mi marido ya había sacado la verga de la
boca de Carmen, pero yo continué repasando sus labios para que no quedara nada.
Ella los entreabrió y aproveché para unirme en un tórrido beso que fue
correspondido por ella con pasión. Nuestras lenguas se juntaros y comenzaron a
acariciarse, compartiendo la leche que no había tenido tiempo de tragarse.
Comenzamos a manosearnos las tetas, y poco después, ante el
alucine de nuestros maridos, mi boca comenzó a descender a través de su cuerpo,
mordiendo y lamiendo todo lo que encontraba a su paso: el cuello, las tetas
–donde me detuve un buen rato para disfrutarlas bien- el estómago, el ombligo y
finalmente llegué a su pubis. Lo abrí con los dedos: era precioso; sonrosado y
completamente encharcado de los jugos originados por su calentura.
Mi lengua pasó a acariciar, por primera vez en mi vida las
interioridades de otra mujer, pero yo no me sentía extraña: el intenso olor que
emanaban sus flujos me tenía embriagada de placer, como si aquel dulce néctar
fuese un afrodisíaco. Lamí sus paredes vaginales lentamente, disfrutando de cada
centímetro. Ella no paraba de emitir quejidos al tiempo que me pedía por favor
que no parase, que la estaba haciendo derretirse de gusto. Me pidió que me
moviera para poder hacerme lo mismo, y no lo dudé. Me situé sobre ella en
posición de 69 y le ofrecí mi coño. Al instante noté como sus dedos me lo abrían
y la lengua se abría paso en mi interior. Me invadió un placer tan grande que
estuve a punto de perder el sentido. Notaba sus lamidas en mis entrañas y
comencé a sentir la inminencia del orgasmo. Apenas tardó en llegar, y fue el más
intenso que viví en toda la noche.
Al notar mis espasmos de placer, sentí que ella también se
venía con intensidad. Cuando terminó aquel excelso clímax, quedamos desmadejadas
una encima de la otra, sin movernos, presas de un dulce agotamiento.
Yo quedé algo adormilada tal cual estaba, y de repente sentí
que los labios de Carmen besaban mis muslos, haciendo que el deseo reviviese en
mí y comenzase a hacerle el mismo tratamiento. Al mismo tiempo, algo comenzó a
acariciar el agujero de mi culo, provocándome un intenso placer. Me volví y vi
que era Julio, que tenía la cabeza enterrada entre mis nalgas, y sentí que su
lengua pugnaba por entrar en el estrecho agujero. Cuando volví a girar mi cabeza
hacia delante, me encontré con que mi marido estaba buscando la posición idónea
para follarse a Carmen. Se había arrodillado entre sus piernas y con sus manos
estaba elevando las caderas de nuestra amiga para poder ensartarla cómodamente.
A escasos centímetros vi como el rabo de mi marido se enterraba en el jugoso
chocho de Carmen, que lo recibía con un gemido de placer. Sin pensarlo, acerqué
mi boca para lamer simultáneamente a los dos amantes, mientras notaba como
debajo de mí, la lengua de Carmen volvía a atacar mi coñito.
Y en ese mismo momento sentí una fuerte presión sobre mi
esfínter. Julio, tras conseguir relajarlo con su lengua, había sustituido ésta
por su verga, y trataba de invadir mi hasta entonces virginal agujero. En otro
momento quizás me hubiese negado, como había hecho hasta entonces en numerosas
ocasiones con mi marido, pero el éxtasis que me invadía era tal que estaba
dispuesta a todo.
A él le costó trabajo penetrarme y a mí resistir el dolor,
pero ni por esas dejaba de concentrarme en las lamidas que conjuntamente
prodigaba a mi marido y a su mujer y las que recibía de ésta.
Al poco tiempo consiguió penetrarme totalmente, y el dolor
que sentía pasó a convertirse primero en una extraña sensación y después en un
profundo goce, incrementado por la lengua de Carmen comiéndome el chocho, tanto
que de inmediato me sobrevino el enésimo orgasmo de aquella fantástica velada,
que volvió a repetirse poco después, cuando sentí como la leche de Julio se
descargaba en mi intestino.
Casi al momento a mi marido y a Carmen les sobrevino un
orgasmo casi simultáneo, y éste desenterró la polla de su coño para meterlo en
mi boca y vaciarse en ella.
Después de aquello estábamos agotados y no podíamos más, pero
tremendamente satisfechos. En mi caso, me di perfecta cuenta que había aflorado
en mí la viciosa que llevaba dentro, pero no me sentía culpable, sino
extrañamente plena.
Charlamos distendidamente entre los cuatro, y salió a relucir
la rapidez con que se habían enrollado mi marido y Carmen –cuando los
descubrimos no habían pasado ni cinco minutos desde su entrada en la
habitación-, y Paco me dio la explicación.
-Al quedarnos solos en el dormitorio, le dije a Carmen que la
hora que teníamos que pasar juntos iba a resultar muy aburrida, así que ¿Por qué
no buscar algo para entretenernos?. Ella me preguntó en que estaba pensando, y
yo le solté: en hacer lo mismo que mi mujer y tu marido deben estar haciendo en
este momento. Me miró sorprendida, sin saber a lo que me refería, y entonces le
conté todo acerca de nuestro plan, y terminó aceptando-
Repuso Carmen:
-la película me había puesto muy caliente, con unas tremendas
ganas de follar, así que al saber lo que habíais tramado a mis espaldas, no puse
objeción alguna en hacerlo, y la verdad es que no me arrepiento de nada, ni
siquiera de haber hecho cosas que jamás había pensado hacer- dijo en clara
alusión a su tempestuosa relación conmigo.
Al principio de la narración hablaba de engañar a mi marido,
y eso no ocurrió en esa ocasión ni en las siguientes que practicamos el
intercambio con nuestros amigos, porque el era consciente y partícipe de mis
relaciones extramaritales, pero en realidad si que lo engañé, y lo sigo
engañando, puesto que no sabe que con bastante frecuencia, Carmen y yo nos
encontramos en su casa o en la mía y tenemos intensa sesiones de sexo a espaldas
de nuestros maridos, e incluso he llegado a mantener, de forma esporádica,
relaciones con una amiga de confianza, y no me cierro a hacerlo con otras. Eso
sí, con hombres nunca he traicionado a mi marido, ni pienso hacerlo.