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Con tres a la vez
TODORELATOS » RELATOS » OBEDECIENDO A NUEVOS COMPAñEROS
[ Vejez y hermosura nunca se vieron juntas. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 12 de Octubre, 2008.
Fecha: 13-Abr-08 « Anterior | Siguiente » en Dominación (3164 de 3445)

Obedeciendo a nuevos compañeros

Sandy88
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Jorge me dio un ultimátum: o me follaban nuestros compañeros también, o todo se acababa. No tardé ni un segundo en decidirme, y empecé a trazar el plan para tener una mañana movidita. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Pasaron varias horas y me desperté incómoda con la postura. Intenté mantenerme así pero sentía el cuerpo un poco aturdido. Forcejeando y sacudiéndome, logré tumbarme sobre la espalda. Pensé en todo lo que había sucedido por la noche y me sentí un poco avergonzada. Ahora los efectos del vodka se habían pasado y sólo me quedaba un inicio de dolor de cabeza y una cierta humedad bastante más abajo.

Miré por la ventana. Aún era de noche. No tenía ningún reloj a mano, y en casa no se oía ni un solo ruido. ¿Cuánto tiempo iba a pasar hasta que alguien viniese a por mí? ¿Sería Jorge, o ya se lo habría dicho a los demás? ¿Vendrían los tres? Mi mente saltaba de una cosa a otra sin orden ni coherencia y empecé a calentarme de nuevo. Respiré hondo varias veces. ¡Era tan difícil mojarme más y más sin poder solucionarlo de una forma placentera! ¿Y si me ponía boca abajo otra vez y conseguía rozarme? Seguro que tenía el clítoris hinchado y empapado pidiendo guerra, sólo haría falta un poco de…

"¡No, ya basta!" me enfadé conmigo misma "la cuestión no es el orgasmo sino la obediencia… si no soy capaz de obedecer en esto, entonces no merece la pena".

Al final, no sé cuándo ni cómo, logré quedarme dormida, no tengo ni idea de por cuánto tiempo, sólo sé que cuando volví a abrir los ojos tuve que cerrarlos porque la luz procedente de la ventana me cegó. Los tenía cerrados, intentando ignorar la resaca, cuando oí a mis compañeros hablando. Raúl preguntaba por mí. El corazón se me aceleró, sobre todo cuando oí a Jorge decir que iba a despertarme. Pocos segundos después le intuí a mi espalda. Cerró la puerta tras de sí y se acercó, poco a poco. Yo continuaba tumbada boca abajo sin saber qué hacer, así que simplemente me quedé quieta, esperando su iniciativa.

- Hola – dijo por fin, agarrándome de la cintura – ¿has dormido bien?

Giré el cuello un poco para mirarle.

- Sí, no ha estado mal.

- Date la vuelta.

Agarrándome me ayudó a quedar tumbada sobre la espalda, aún con las manos atadas. Me abrió las piernas bruscamente y metió un par de dedos.

- Empapada todavía, vaya. ¿El coñito te ha dejado dormir?

- Sí, bueno, me lo ha puesto un poco difícil.

Situó la cara dentro de mis piernas y dijo lo que llevaba toda la noche deseando oír.

- Pues ahora obedece corriéndote como una buena perrita, y disfrútalo, porque no sabemos cuando podrás volver a hacerlo.

Dicho aquello, dicho todo. Me pasó la lengua con fuerza por todo el clítoris mientras sus dedos se clavaban hasta el fondo de mi coño, primero uno, dos, tres, y hasta cuatro. Gemí tan alto que estaba segura de que mis compañeros me estaban oyendo. Estaba tan cachonda con Jorge entre mis piernas, que cuando me imaginé que la polla de Alberto o de Raúl podía acallar mis gemidos clavándose hasta el fondo de mi garganta, sentí una auténtica explosión de placer y ni siquiera me esforcé en disimular los gritos, moviendo el culo hacia abajo, y pidiéndole a Jorge que me follara entera y me hiciera suya.

Cuando el orgasmo terminó me quedé exhausta, con el coño chorreante y palpitante. Jorge sacó los dedos y vino hasta mí. Me los metió en la boca y los chupé sin oponer resistencia.

- Saben a perra, ¿eh? – me dijo al oído, mientras yo asentía con la cabeza y me esforzaba en limpiar mis restos con la lengua.

Me sacó los dedos de la boca, metió las manos por debajo de mi cuerpo y me desató. Por fin me puse de pie y moví las manos, que sentía entumecidas.

- Hoy van a follarte Raúl y Alberto. Yo tengo que irme.

- Muy bien.

- La cuestión es… que ellos no lo saben.

- ¿Cómo? ¿No saben qué?

- Les he dejado caer que ayer fue una noche interesante. Tienes que conseguir antes de las cinco, que llegue yo, que los dos te hayan usado, me da igual por dónde. Y desde luego que se hayan quedado satisfechos.

Eso era más complicado. Con Jorge había habido siempre cierta atracción, pero con los demás no tenía tanta confianza, no sabía por dónde empezar.

- Pero, ¿y si no lo consigo?

Me miró arqueando las cejas.

- Pues sentiré mucho no volver a follarme esa boquita y no haber catado otros agujeros.

- Es que no sé como hacerlo, de verdad.

- Sé viciosa, juguetona, guarra… en fin, sé tú.

- No sé si sería capaz…

- ¿Por qué no? Anoche lo hiciste conmigo, ¿no? Y no me vengas con el rollo de que estabas borracha, porque ahora no lo estás y, que yo sepa, has disfrutado bastante.

Di un largo suspiro.

- Está bien, lo intentaré.

Se acercó y me besó en los labios, con fuerza, como si quisiera comerme entera. Cada vez que su lengua jugueteaba con la mía volvía a excitarme, y si no acabase de tener un orgasmo bestial probablemente habría sido así.

- Lo harás, créeme – me susurró al oído.

Después se fue de mi habitación. Me quedé sentada encima de la cama, pensando. ¿Cómo debía hacer que ellos me follaran? Si se lo proponía y me decían que no, podía pasar la mayor vergüenza de mi vida. Aunque, ¿por qué iban a decirme que no? Jorge parecía muy seguro de que iban a aceptar encantados… ¿Qué les habría contado? ¿Y si se asustaban por ser demasiado directa?

Estaba tan distraída sumida en mis propios pensamientos que no oí el pomo de la puerta girarse. Cuando quise darme cuenta, Raúl ya estaba tapándose los ojos y disculpándose por haber entrado sin llamar.

- ¡Perdona! No sabía…

Cogí un peluche rápidamente, que era lo que tenía más a mano, y lo abracé, tapándome lo más que pude.

- No te preocupes, es que estaba distraída… Dime, ¿querías algo?

- Era… nada, sólo para que vinieras a desayunar, si quieres…

Se quedó mirando con descaro la zona donde el peluche me tapaba las tetas. Y pensé que, si tenía que follarme, primero le gustaría echar un vistazo, así que tiré disimuladamente el muñeco al suelo, dejando mi cuerpo al descubierto mientras me mordía el labio inferior y sonreía. Después, como si hubiese sido un despiste, lo cogí y volví a taparme.

- Claro que sí, lo que tú quieras – contesté, poniéndome de pie. Ahora apenas tenía tapado hasta el ombligo y la mirada de mi compañero estaba clavada en cierto lugar entre mis piernas.

Salió sin decir nada. No sabía si era buena o mala señal el hecho de que se hubiese quedado medio aturdido, pero lo hecho, hecho estaba. Así que me puse un camisón de tirantes y fui a la cocina. Mis compañeros cuchicheaban y se callaron en cuanto me vieron entrar. Raúl le dio un codazo muy poco disimulado a Alberto y los dos me miraron las tetas.

- Mejor me voy a la ducha, hace… mucho calor por aquí.

Me metí en el baño y les oí murmurando, pero por más que lo intenté no distinguí ni una sola palabra. De todos modos me sentía optimista. Seguro que era una buena señal.

Cuando estaba enjabonándome, Alberto entró. Me asomé a través de la mampara, sin taparme o hacer amago de esconderme.

- ¿Quieres algo? – pregunté, haciéndome la inocente.

- Sí… champú.

Se acercó y agarró un bote. Me miró de arriba abajo. Aproveché para poner el agua algo más fría. Me cayó por el pelo, los hombros, y cuando rozó mis pezones, respondieron endureciéndose un poco. Los toqué.

- Aún tengo un poco de calor.

Alberto, que decididamente era más lanzado que Raúl, me contestó medio en broma medio en serio para ver qué pretendía.

- Se me ocurren un par de ideas para enfriarte.

Me pasé la lengua por los labios.

- ¿Sí? Pues cuando salga si quieres me las cuentas todas.

- Seguro que a Raúl también se le ha ocurrido alguna cuando te ha visto antes.

Volví a sonreír.

- Pues quiero que me lo hagáis… digo, me lo contéis todo.

Cerré el grifo. Alberto se me quedó mirando fijamente y me enseñó la toalla.

- ¿Sales? – preguntó.

Apoyé los pies en la alfombra y dejé que fuese él quien me envolviera, ya que no parecía muy dispuesto a dármela. Empezó a secarme, sobándome por todos lados. Hombros, tripa, piernas…

Se puso detrás de mí y me secó a conciencia las tetas, masajeándolas y apretándolas.

- Mira que estás buena – me dijo al oído apretándome contra él, notando a la altura de mi culo algo que se iba endureciendo.

Jugueteó con la lengua en mi oreja y me mordió el cuello con suavidad, arrancándome un gemido y provocándome un escalofrío. Apoyé la cabeza en su hombro y abrí la boca, tentándole. Sin dejar de tocarme las tetas y pellizcar mis pezones me besó, primero con suavidad, después con más fuerza.

- Jorge ha dicho que eres obediente y un poco golfa – dijo metiendo las manos por dentro de la toalla y tocándome el culo.

- Compruébalo… - le reté.

Levantó la toalla y me empujó con brusquedad hacia su entrepierna, que se notaba ya como una piedra.

- Sólo por esto – me apretó aún más el culo contra su bragueta – voy a hacerte caso. Pero supongo que no tendremos nunca que recordarte que quien manda aquí somos nosotros tres y que esos comentarios sobran.

- No… claro que no. Lo siento, no quería decir eso, sólo que me gustaría poder demostrároslo – rectifiqué. De pronto me sentí un poco avergonzada.

Me quitó la toalla del todo, dejándola resbalar por mi cuerpo ya seco y caer al suelo, y me dio un azote muy suave en el culo, de esos que no sólo calientan el culo.

- Pues venga, que te vamos a follar como en tu vida, ya está bien de jueguecitos, que nos tienes cachondos perdidos. Espero que no hagas quedar mal a Jorge.

"Yo también lo espero" pensé, pero no dije nada. Me limité a seguirle a lo largo del pasillo.

Abrió la puerta de mi cuarto y me encontré con que Raúl ya estaba allí, sentado en una silla. Se puso de pie.

- ¿Qué te parece lo que te traigo? – le preguntó, haciéndome entrar delante de él.

Raúl soltó un silbido. Me paré frente sin decir ni hacer nada.

- Pues me parece que está de vicio.

- Si, vicio tiene para dar y tomar. Y ahora mucho mejor que hace un rato, porque ahora es nuestra… - me agarró de la cara para que le mirase – ¿a que sí?

- Por supuesto.

- Bueno, pues tendremos que empezar a probarla, ¿no? Que tenemos un día agitado.

No me molesté en preguntar por qué, seguro que me enteraría a su debido tiempo. Raúl se deshizo de los calzoncillos y, si me había parecido que su compañero un rato antes estaba empalmado, él ya parecía no poder más. Quedó al descubierto una polla de dimensiones considerables. Se agarró los huevos.

- Mira, cargaditos para ti – me dijo. Se acercó a mi cama y se puso de rodillas en ella. Yo no me moví hasta que no me dio órdenes de lo contrario – ven aquí ahora mismo a que te folle, a cuatro patas como las perritas, vamos.

Empecé a mojarme otra vez irremediablemente, y no hizo falta que me lo dijera dos veces. Adopté esa posición, alzando bastante el culo y me metió un par de dedos.

- Joder, y yo que creía que iba a tener que lubricarte… ¿Sólo con esto te has calentado? ¿Qué pasa, hace mucho que no te corres?

- En realidad me he corrido con Jorge hace un rato… - contesté, roja de vergüenza.

Los dos se echaron a reír.

- Ah, entonces esto es de la corrida anterior.

- No, es que… vuelvo a estar cachonda.

Alberto se acercó hasta mí también con la polla fuera y se puso de rodillas en la cama, esta vez frente a mi cara.

- Pues por lo que parece Jorge no nos ha mentido. Al menos en lo de puta, en lo de obediente no lo sé.

Raúl, a quien oía moverse la polla arriba y abajo, ya no pudo más.

- Vamos a comprobarlo.

Me asió de las caderas y me la clavó hasta dentro de un golpe seco, notando sus huevos rebotar. Se me escapó un fuerte gemido.

- Te voy a dejar abierta de follarte – dijo moviéndome con brusquedad, descargando algún que otro azote – no vas a ni a tener fuerzas para pedirme más. Eso suponiendo que tengas la boca libre para hablar, claro.

- Aaaahhh… sí, fóllame, folladme los dos, soy toda vuestra.

Alberto siguió meneándosela frente a mi cara y me rozó los labios con ella. Estaba dura y mojada y me puso más caliente. Abrí la boca para recibirla hasta la garganta, invitándole, pero siguió paseándola por mis labios, mojándolos.

- ¿Quieres que te tape yo otro agujero?

- Sí, por favor… fóllame tú también.

Me alejó la polla de la boca.

- ¿Qué tapamos?

- La… aah, la boca…

Mi otro compañero seguía penetrándome hasta los huevos, alternando los azotes en el culo con los pellizcos en los pezones.

- Cómo se moja la zorra, parece como si se mease – dijo entre jadeos.

- ¿Por qué quieres que te tape la boca? – preguntó Alberto.

A esas alturas estaba tan caliente que no sabía ni lo que decía. Y, sobre todo, porque sabía que cuanto más viciosa fuera más me calentaría, y cuanto más caliente estuviese yo más lo estarían ellos y menos tardaría Alberto en follarme la boca, que seguía abierta esperando su momento.

- Porque me pone cachonda… y sentir como me follan el coño mientras me como una buena polla como la tuya… tragarme tu corrida….

- Me gusta lo puta que eres y te la voy a follar ahora mismo, pero no te corras. ¿Está claro?

Cuando iba a contestar me la metió hasta dentro tirándome del pelo, así que sólo moví la cabeza arriba y abajo y me concentré en descargarle los huevos, que palpé con una mano y comprobé que estaban duros y apretados. Succioné, lamí, apreté con los labios, me la tragué hasta el fondo, recogí el líquido que iba saliendo con la punta de la lengua…

El primero en correrse fue Raúl, azotándome, apretándome el culo y moviéndose tan deprisa como era capaz, llevando el ritmo de mi culo mientras Alberto me agarraba del pelo y me penetraba hasta la campanilla, provocando alguna arcada. Cuando resopló y noté un azote más fuerte que los demás, moví el culo hacia atrás y empecé a sentir chorros calientes de semen en mi interior. Poco a poco la presión cedió y su orgasmo terminó. Antes de irse a sentar a la silla, me metió varios dedos en el coño y, con la mano manchada de un revoltijo de flujos míos y semen suyo, me acarició las tetas y la cara, pringándome.

Alberto me sacó la polla bruscamente de la boca y se la movió.

- ¿Qué tal un poco de leche por la cara y la boca? – preguntó.

Asentí con la cabeza y me agarró del pelo.

- No te he oído pedirlo.

- Dame leche por favor, córrete donde quieras, lléname toda.

Me cogió la mano y la situó en su polla. Me enseñó cómo menearla con su propia mano, que después apartó.

- Así. Sin alterar el ritmo y sin moverla. La boquita abierta.

Sus manos se dedicaron a mis pezones, duros y enrojecidos, algo doloridos, pero eso no me quitaba excitación ni mucho menos, estaba cachonda perdida. El primer chorro de semen caliente me dio de lleno en la boca, y la abrí más, esperando no desperdiciar nada. Pero él tenía otros planes y empezó a moverme la mano en todas direcciones, manchándome la cara y el cuello. Cerré los ojos para que no me entrase nada y, cuando los abrí, me noté toda pringada. Me fui a limpiar pero la mano de Alberto me detuvo.

- No te limpies.

Raúl vino hasta nosotros y me hizo darme la vuelta, mirando hacia el espejo del armario. Efectivamente, tenía la cara y el pelo manchados de la corrida.

- ¿Qué ves ahí? – me preguntó.

- Una… una zorra, caliente y con la cara manchada – murmuré, deseando que la respuesta fuese más o menos acertada.

- Eso es. Y resulta que, si no tuvieses la cara manchada, ya no parecerías tan zorra, y nosotros queremos que lo seas. La leche tiene que acabar en tu cuerpo o en tu estómago, ¿lo has entendido bien?

- Sí, entendido.

- Bueno, pues entonces – me bajó la cabeza, hasta que quedó mi boca a un dedo de la colcha - como antes se nos ha caído un poco, recógelo.

Observé la mancha blanca y redonda frente a mi boca y saqué la lengua para lamer los restos de leche.

- Así nos gusta, que seas obediente.

Los dos salieron de mi cuarto y dejaron la puerta abierta.

- Ah, se me olvidaba – dijo Raúl, asomándose – no se te ocurra correrte. Nos fiamos de ti, pero si lo haces y nos enteramos, y ten por seguro que nos enteraremos, habrás mandado toda esta historia a la mierda.

- No lo haré.

- Y vete a duchar otra vez, anda, que de lo zorra caliente que eres tienes hasta la cara manchada, no sé cómo no te da vergüenza – los dos se rieron – y tienes que estar presentable para esta tarde.

- Esta… ¿tarde? – no pude evitar preguntar.

- Sí, vamos a darte una vuelta para comprarte una cosita.

Sus risas y su forma de decirlo me aseguraron que no iban a ser unas compras normales, pero de todos modos no pregunté qué iba a pasar o qué pretendían ellos que pasase. No sabía si quería saberlo. Sólo crucé los dedos, esperando que me dejasen correrme, porque ni con diez duchas de agua fría se iba a ir aquel calentón, y me costaba mucho mantener la mente fría, que luchaba contra mis dedos, empeñados en acabar con semejante calentura y humedad.

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