Pasaron varias horas y me desperté incómoda con la postura.
Intenté mantenerme así pero sentía el cuerpo un poco aturdido. Forcejeando y
sacudiéndome, logré tumbarme sobre la espalda. Pensé en todo lo que había
sucedido por la noche y me sentí un poco avergonzada. Ahora los efectos del
vodka se habían pasado y sólo me quedaba un inicio de dolor de cabeza y una
cierta humedad bastante más abajo.
Miré por la ventana. Aún era de noche. No tenía ningún reloj
a mano, y en casa no se oía ni un solo ruido. ¿Cuánto tiempo iba a pasar hasta
que alguien viniese a por mí? ¿Sería Jorge, o ya se lo habría dicho a los demás?
¿Vendrían los tres? Mi mente saltaba de una cosa a otra sin orden ni coherencia
y empecé a calentarme de nuevo. Respiré hondo varias veces. ¡Era tan difícil
mojarme más y más sin poder solucionarlo de una forma placentera! ¿Y si me ponía
boca abajo otra vez y conseguía rozarme? Seguro que tenía el clítoris hinchado y
empapado pidiendo guerra, sólo haría falta un poco de…
"¡No, ya basta!" me enfadé conmigo misma "la cuestión no es
el orgasmo sino la obediencia… si no soy capaz de obedecer en esto, entonces no
merece la pena".
Al final, no sé cuándo ni cómo, logré quedarme dormida, no
tengo ni idea de por cuánto tiempo, sólo sé que cuando volví a abrir los ojos
tuve que cerrarlos porque la luz procedente de la ventana me cegó. Los tenía
cerrados, intentando ignorar la resaca, cuando oí a mis compañeros hablando.
Raúl preguntaba por mí. El corazón se me aceleró, sobre todo cuando oí a Jorge
decir que iba a despertarme. Pocos segundos después le intuí a mi espalda. Cerró
la puerta tras de sí y se acercó, poco a poco. Yo continuaba tumbada boca abajo
sin saber qué hacer, así que simplemente me quedé quieta, esperando su
iniciativa.
- Hola – dijo por fin, agarrándome de la cintura – ¿has
dormido bien?
Giré el cuello un poco para mirarle.
- Sí, no ha estado mal.
- Date la vuelta.
Agarrándome me ayudó a quedar tumbada sobre la espalda, aún
con las manos atadas. Me abrió las piernas bruscamente y metió un par de dedos.
- Empapada todavía, vaya. ¿El coñito te ha dejado dormir?
- Sí, bueno, me lo ha puesto un poco difícil.
Situó la cara dentro de mis piernas y dijo lo que llevaba
toda la noche deseando oír.
- Pues ahora obedece corriéndote como una buena perrita, y
disfrútalo, porque no sabemos cuando podrás volver a hacerlo.
Dicho aquello, dicho todo. Me pasó la lengua con fuerza por
todo el clítoris mientras sus dedos se clavaban hasta el fondo de mi coño,
primero uno, dos, tres, y hasta cuatro. Gemí tan alto que estaba segura de que
mis compañeros me estaban oyendo. Estaba tan cachonda con Jorge entre mis
piernas, que cuando me imaginé que la polla de Alberto o de Raúl podía acallar
mis gemidos clavándose hasta el fondo de mi garganta, sentí una auténtica
explosión de placer y ni siquiera me esforcé en disimular los gritos, moviendo
el culo hacia abajo, y pidiéndole a Jorge que me follara entera y me hiciera
suya.
Cuando el orgasmo terminó me quedé exhausta, con el coño
chorreante y palpitante. Jorge sacó los dedos y vino hasta mí. Me los metió en
la boca y los chupé sin oponer resistencia.
- Saben a perra, ¿eh? – me dijo al oído, mientras yo asentía
con la cabeza y me esforzaba en limpiar mis restos con la lengua.
Me sacó los dedos de la boca, metió las manos por debajo de
mi cuerpo y me desató. Por fin me puse de pie y moví las manos, que sentía
entumecidas.
- Hoy van a follarte Raúl y Alberto. Yo tengo que irme.
- Muy bien.
- La cuestión es… que ellos no lo saben.
- ¿Cómo? ¿No saben qué?
- Les he dejado caer que ayer fue una noche interesante.
Tienes que conseguir antes de las cinco, que llegue yo, que los dos te hayan
usado, me da igual por dónde. Y desde luego que se hayan quedado satisfechos.
Eso era más complicado. Con Jorge había habido siempre cierta
atracción, pero con los demás no tenía tanta confianza, no sabía por dónde
empezar.
- Pero, ¿y si no lo consigo?
Me miró arqueando las cejas.
- Pues sentiré mucho no volver a follarme esa boquita y no
haber catado otros agujeros.
- Es que no sé como hacerlo, de verdad.
- Sé viciosa, juguetona, guarra… en fin, sé tú.
- No sé si sería capaz…
- ¿Por qué no? Anoche lo hiciste conmigo, ¿no? Y no me vengas
con el rollo de que estabas borracha, porque ahora no lo estás y, que yo sepa,
has disfrutado bastante.
Di un largo suspiro.
- Está bien, lo intentaré.
Se acercó y me besó en los labios, con fuerza, como si
quisiera comerme entera. Cada vez que su lengua jugueteaba con la mía volvía a
excitarme, y si no acabase de tener un orgasmo bestial probablemente habría sido
así.
- Lo harás, créeme – me susurró al oído.
Después se fue de mi habitación. Me quedé sentada encima de
la cama, pensando. ¿Cómo debía hacer que ellos me follaran? Si se lo proponía y
me decían que no, podía pasar la mayor vergüenza de mi vida. Aunque, ¿por qué
iban a decirme que no? Jorge parecía muy seguro de que iban a aceptar
encantados… ¿Qué les habría contado? ¿Y si se asustaban por ser demasiado
directa?
Estaba tan distraída sumida en mis propios pensamientos que
no oí el pomo de la puerta girarse. Cuando quise darme cuenta, Raúl ya estaba
tapándose los ojos y disculpándose por haber entrado sin llamar.
- ¡Perdona! No sabía…
Cogí un peluche rápidamente, que era lo que tenía más a mano,
y lo abracé, tapándome lo más que pude.
- No te preocupes, es que estaba distraída… Dime, ¿querías
algo?
- Era… nada, sólo para que vinieras a desayunar, si quieres…
Se quedó mirando con descaro la zona donde el peluche me
tapaba las tetas. Y pensé que, si tenía que follarme, primero le gustaría echar
un vistazo, así que tiré disimuladamente el muñeco al suelo, dejando mi cuerpo
al descubierto mientras me mordía el labio inferior y sonreía. Después, como si
hubiese sido un despiste, lo cogí y volví a taparme.
- Claro que sí, lo que tú quieras – contesté, poniéndome de
pie. Ahora apenas tenía tapado hasta el ombligo y la mirada de mi compañero
estaba clavada en cierto lugar entre mis piernas.
Salió sin decir nada. No sabía si era buena o mala señal el
hecho de que se hubiese quedado medio aturdido, pero lo hecho, hecho estaba. Así
que me puse un camisón de tirantes y fui a la cocina. Mis compañeros
cuchicheaban y se callaron en cuanto me vieron entrar. Raúl le dio un codazo muy
poco disimulado a Alberto y los dos me miraron las tetas.
- Mejor me voy a la ducha, hace… mucho calor por aquí.
Me metí en el baño y les oí murmurando, pero por más que lo
intenté no distinguí ni una sola palabra. De todos modos me sentía optimista.
Seguro que era una buena señal.
Cuando estaba enjabonándome, Alberto entró. Me asomé a través
de la mampara, sin taparme o hacer amago de esconderme.
- ¿Quieres algo? – pregunté, haciéndome la inocente.
- Sí… champú.
Se acercó y agarró un bote. Me miró de arriba abajo.
Aproveché para poner el agua algo más fría. Me cayó por el pelo, los hombros, y
cuando rozó mis pezones, respondieron endureciéndose un poco. Los toqué.
- Aún tengo un poco de calor.
Alberto, que decididamente era más lanzado que Raúl, me
contestó medio en broma medio en serio para ver qué pretendía.
- Se me ocurren un par de ideas para enfriarte.
Me pasé la lengua por los labios.
- ¿Sí? Pues cuando salga si quieres me las cuentas todas.
- Seguro que a Raúl también se le ha ocurrido alguna cuando
te ha visto antes.
Volví a sonreír.
- Pues quiero que me lo hagáis… digo, me lo contéis todo.
Cerré el grifo. Alberto se me quedó mirando fijamente y me
enseñó la toalla.
- ¿Sales? – preguntó.
Apoyé los pies en la alfombra y dejé que fuese él quien me
envolviera, ya que no parecía muy dispuesto a dármela. Empezó a secarme,
sobándome por todos lados. Hombros, tripa, piernas…
Se puso detrás de mí y me secó a conciencia las tetas,
masajeándolas y apretándolas.
- Mira que estás buena – me dijo al oído apretándome contra
él, notando a la altura de mi culo algo que se iba endureciendo.
Jugueteó con la lengua en mi oreja y me mordió el cuello con
suavidad, arrancándome un gemido y provocándome un escalofrío. Apoyé la cabeza
en su hombro y abrí la boca, tentándole. Sin dejar de tocarme las tetas y
pellizcar mis pezones me besó, primero con suavidad, después con más fuerza.
- Jorge ha dicho que eres obediente y un poco golfa – dijo
metiendo las manos por dentro de la toalla y tocándome el culo.
- Compruébalo… - le reté.
Levantó la toalla y me empujó con brusquedad hacia su
entrepierna, que se notaba ya como una piedra.
- Sólo por esto – me apretó aún más el culo contra su
bragueta – voy a hacerte caso. Pero supongo que no tendremos nunca que
recordarte que quien manda aquí somos nosotros tres y que esos comentarios
sobran.
- No… claro que no. Lo siento, no quería decir eso, sólo que
me gustaría poder demostrároslo – rectifiqué. De pronto me sentí un poco
avergonzada.
Me quitó la toalla del todo, dejándola resbalar por mi cuerpo
ya seco y caer al suelo, y me dio un azote muy suave en el culo, de esos que no
sólo calientan el culo.
- Pues venga, que te vamos a follar como en tu vida, ya está
bien de jueguecitos, que nos tienes cachondos perdidos. Espero que no hagas
quedar mal a Jorge.
"Yo también lo espero" pensé, pero no dije nada. Me limité a
seguirle a lo largo del pasillo.
Abrió la puerta de mi cuarto y me encontré con que Raúl ya
estaba allí, sentado en una silla. Se puso de pie.
- ¿Qué te parece lo que te traigo? – le preguntó, haciéndome
entrar delante de él.
Raúl soltó un silbido. Me paré frente sin decir ni hacer
nada.
- Pues me parece que está de vicio.
- Si, vicio tiene para dar y tomar. Y ahora mucho mejor que
hace un rato, porque ahora es nuestra… - me agarró de la cara para que le mirase
– ¿a que sí?
- Por supuesto.
- Bueno, pues tendremos que empezar a probarla, ¿no? Que
tenemos un día agitado.
No me molesté en preguntar por qué, seguro que me enteraría a
su debido tiempo. Raúl se deshizo de los calzoncillos y, si me había parecido
que su compañero un rato antes estaba empalmado, él ya parecía no poder más.
Quedó al descubierto una polla de dimensiones considerables. Se agarró los
huevos.
- Mira, cargaditos para ti – me dijo. Se acercó a mi cama y
se puso de rodillas en ella. Yo no me moví hasta que no me dio órdenes de lo
contrario – ven aquí ahora mismo a que te folle, a cuatro patas como las
perritas, vamos.
Empecé a mojarme otra vez irremediablemente, y no hizo falta
que me lo dijera dos veces. Adopté esa posición, alzando bastante el culo y me
metió un par de dedos.
- Joder, y yo que creía que iba a tener que lubricarte… ¿Sólo
con esto te has calentado? ¿Qué pasa, hace mucho que no te corres?
- En realidad me he corrido con Jorge hace un rato… -
contesté, roja de vergüenza.
Los dos se echaron a reír.
- Ah, entonces esto es de la corrida anterior.
- No, es que… vuelvo a estar cachonda.
Alberto se acercó hasta mí también con la polla fuera y se
puso de rodillas en la cama, esta vez frente a mi cara.
- Pues por lo que parece Jorge no nos ha mentido. Al menos en
lo de puta, en lo de obediente no lo sé.
Raúl, a quien oía moverse la polla arriba y abajo, ya no pudo
más.
- Vamos a comprobarlo.
Me asió de las caderas y me la clavó hasta dentro de un golpe
seco, notando sus huevos rebotar. Se me escapó un fuerte gemido.
- Te voy a dejar abierta de follarte – dijo moviéndome con
brusquedad, descargando algún que otro azote – no vas a ni a tener fuerzas para
pedirme más. Eso suponiendo que tengas la boca libre para hablar, claro.
- Aaaahhh… sí, fóllame, folladme los dos, soy toda vuestra.
Alberto siguió meneándosela frente a mi cara y me rozó los
labios con ella. Estaba dura y mojada y me puso más caliente. Abrí la boca para
recibirla hasta la garganta, invitándole, pero siguió paseándola por mis labios,
mojándolos.
- ¿Quieres que te tape yo otro agujero?
- Sí, por favor… fóllame tú también.
Me alejó la polla de la boca.
- ¿Qué tapamos?
- La… aah, la boca…
Mi otro compañero seguía penetrándome hasta los huevos,
alternando los azotes en el culo con los pellizcos en los pezones.
- Cómo se moja la zorra, parece como si se mease – dijo entre
jadeos.
- ¿Por qué quieres que te tape la boca? – preguntó Alberto.
A esas alturas estaba tan caliente que no sabía ni lo que
decía. Y, sobre todo, porque sabía que cuanto más viciosa fuera más me
calentaría, y cuanto más caliente estuviese yo más lo estarían ellos y menos
tardaría Alberto en follarme la boca, que seguía abierta esperando su momento.
- Porque me pone cachonda… y sentir como me follan el coño
mientras me como una buena polla como la tuya… tragarme tu corrida….
- Me gusta lo puta que eres y te la voy a follar ahora mismo,
pero no te corras. ¿Está claro?
Cuando iba a contestar me la metió hasta dentro tirándome del
pelo, así que sólo moví la cabeza arriba y abajo y me concentré en descargarle
los huevos, que palpé con una mano y comprobé que estaban duros y apretados.
Succioné, lamí, apreté con los labios, me la tragué hasta el fondo, recogí el
líquido que iba saliendo con la punta de la lengua…
El primero en correrse fue Raúl, azotándome, apretándome el
culo y moviéndose tan deprisa como era capaz, llevando el ritmo de mi culo
mientras Alberto me agarraba del pelo y me penetraba hasta la campanilla,
provocando alguna arcada. Cuando resopló y noté un azote más fuerte que los
demás, moví el culo hacia atrás y empecé a sentir chorros calientes de semen en
mi interior. Poco a poco la presión cedió y su orgasmo terminó. Antes de irse a
sentar a la silla, me metió varios dedos en el coño y, con la mano manchada de
un revoltijo de flujos míos y semen suyo, me acarició las tetas y la cara,
pringándome.
Alberto me sacó la polla bruscamente de la boca y se la
movió.
- ¿Qué tal un poco de leche por la cara y la boca? –
preguntó.
Asentí con la cabeza y me agarró del pelo.
- No te he oído pedirlo.
- Dame leche por favor, córrete donde quieras, lléname toda.
Me cogió la mano y la situó en su polla. Me enseñó cómo
menearla con su propia mano, que después apartó.
- Así. Sin alterar el ritmo y sin moverla. La boquita
abierta.
Sus manos se dedicaron a mis pezones, duros y enrojecidos,
algo doloridos, pero eso no me quitaba excitación ni mucho menos, estaba
cachonda perdida. El primer chorro de semen caliente me dio de lleno en la boca,
y la abrí más, esperando no desperdiciar nada. Pero él tenía otros planes y
empezó a moverme la mano en todas direcciones, manchándome la cara y el cuello.
Cerré los ojos para que no me entrase nada y, cuando los abrí, me noté toda
pringada. Me fui a limpiar pero la mano de Alberto me detuvo.
- No te limpies.
Raúl vino hasta nosotros y me hizo darme la vuelta, mirando
hacia el espejo del armario. Efectivamente, tenía la cara y el pelo manchados de
la corrida.
- ¿Qué ves ahí? – me preguntó.
- Una… una zorra, caliente y con la cara manchada – murmuré,
deseando que la respuesta fuese más o menos acertada.
- Eso es. Y resulta que, si no tuvieses la cara manchada, ya
no parecerías tan zorra, y nosotros queremos que lo seas. La leche tiene que
acabar en tu cuerpo o en tu estómago, ¿lo has entendido bien?
- Sí, entendido.
- Bueno, pues entonces – me bajó la cabeza, hasta que quedó
mi boca a un dedo de la colcha - como antes se nos ha caído un poco, recógelo.
Observé la mancha blanca y redonda frente a mi boca y saqué
la lengua para lamer los restos de leche.
- Así nos gusta, que seas obediente.
Los dos salieron de mi cuarto y dejaron la puerta abierta.
- Ah, se me olvidaba – dijo Raúl, asomándose – no se te
ocurra correrte. Nos fiamos de ti, pero si lo haces y nos enteramos, y ten por
seguro que nos enteraremos, habrás mandado toda esta historia a la mierda.
- No lo haré.
- Y vete a duchar otra vez, anda, que de lo zorra caliente
que eres tienes hasta la cara manchada, no sé cómo no te da vergüenza – los dos
se rieron – y tienes que estar presentable para esta tarde.
- Esta… ¿tarde? – no pude evitar preguntar.
- Sí, vamos a darte una vuelta para comprarte una cosita.
Sus risas y su forma de decirlo me aseguraron que no iban a
ser unas compras normales, pero de todos modos no pregunté qué iba a pasar o qué
pretendían ellos que pasase. No sabía si quería saberlo. Sólo crucé los dedos,
esperando que me dejasen correrme, porque ni con diez duchas de agua fría se iba
a ir aquel calentón, y me costaba mucho mantener la mente fría, que luchaba
contra mis dedos, empeñados en acabar con semejante calentura y humedad.