Había pasado cerca de una semana de mi escarceo con Aníbal.
No habíamos hablado mucho del tema, pero habíamos repetido en un par de
ocasiones, una de ellas sin Abel. No quería pensar mucho en ello, pero empezaba
a pensar que Aníbal y yo estábamos avanzando hacía algo más serio que el simple
sexo por el sexo. No que nos estuviéramos pillando el uno por el otro, pero al
menos en la cama habíamos alcanzado cierto grado de complicidad. Nuestra segunda
vez fue similar a la anterior, Abel supervisando todo y Aníbal y yo haciéndolo
hasta que nos corríamos. Pero la tercera vez la cosa cambió considerablemente.
Aníbal se metió en mi cuarto cuando su hermano se quedó dormido.
-¿Estás despierto? –Dijo en voz muy baja.
-Si. –Respondí.
-¿Puedo pasar?
-Venga, pasa.
Cerró la puerta, se acercó hasta mi cama y se sentó en el
borde, mientras yo me incorporaba un poco y encendía la luz de la mesilla.
Estaba en calzoncillos, igual que yo, el pelo algo revuelto y los ojos medio
guiñados, tratando de adaptarse a la bombilla recién encendida.
-¿Qué quieres? –Le dije, tratando de sonar lo más cordial
posible.
-Nada, que no podía dormir y cómo Abel se ha dormido
enseguida, venía a ver si tú también tenías insomnio.
-Pues un poco, tengo sueño pero con el calor que hace no hay
quien duerma.
-Ya. ¿Qué tal tienes el culo? –Preguntó riéndose.
-Mejor, con la mini-polla que tienes no pretenderás hacerme
daño...
-Habló aquí Rocco Sifreddi, no te jode...
-Pero la tengo más grande que tú. –Dije en tono serio, aunque
por dentro me partía de la risa, el tono de la conversación era de lo más cómico
teniendo en cuenta lo que había pasado hacía unos días.
-Lo que tú digas, tío. Pero mira como la tiene Abel, así que
cuando tenga su edad yo la voy a tener igual. A ti a lo mejor te crece, o a lo
mejor no.
No sé quien se la sacó primero, el caso es que los dos
acabamos con la polla en la mano y tratando de ponérnoslas duras para comparar.
Aparentemente estaban muy parejas, la diferencia no debía de ser más de uno o
dos centímetros, pero el orgullo masculino y las ganas de tontear me hacían
seguirle el juego. No era plan de buscar una regla a las tantas de la noche, y
como había confianza más que de sobra, optamos por lo fácil, ponerlas al lado y
comparar.
Su glande se clavaba en mi pubis, el mío apenas rozaba su
vello. Por poco, pero mi hermanito me superaba. Comenzó a burlarse de mí, que sí
era más pequeño y la tenía más grande, que sí con eso no le iba a dar gusto a
las tías y no sé qué historias más. Al principio me hacía gracia, pero a la
decimoquinta broma me harté y empezamos a forcejear, medio en broma, sobre la
cama. Nuestras pollas aún estaban duras, así que mientras que tratábamos de
subirnos encima del otro, no hacíamos más que golpearnos con ellas.
Me dio mucho morbo sentir su piel rozándose con la mía, en
los dos encuentros anteriores nos habíamos limitado a meterla en el culo del
otro sin apenas tocarnos. Ahora notaba el calor que emanaba de sus poros, la
fuerza de sus brazos, la suavidad de sus nalgas, su fresco aliento con aroma a
la menta de la pasta de dientes... Se sentó a horcajadas sobre mi pecho,
obligándome a capitular, pero un rápido agarrón de huevos le hizo retroceder.
Cayó boca abajo sobre el otro lado de la cama, y yo aproveché para subirme sobre
él, con mi polla justo entre sus nalgas. Fingiendo seguir con el forcejeo,
comencé a restregarme contra él, haciendo presión por si entraba sin forzarla.
Intentó zafarse, pero estuve rápido y le sujeté por los brazos, retorciéndoselos
levemente hasta hacerle un poco de daño.
-Tú la tendrás más grande, pero yo puedo contigo. –Le dije
casi al oído. Con el pequeño escándalo que habíamos armado, no sería de extrañar
que hubiéramos despertado a alguien. –Estate quieto y no te haré daño.
-Suelta ya, coño. –Me dijo Aníbal bastante serio. No sabía
muy bien si bromeaba o se había mosqueado, pero como me interesaba seguí con el
juego.
-Te has pasado diciendo que soy un picha-corta, así que ahora
te vas a cagar. –Dije lo más amenazador que pude. Me ensalivé la mano y comencé
a humedecerle el ano, enseguida pude meter un dedo y comenzar a dilatarle.
-Joder tío, esto ya no tiene gracia. –Trataba de liberarse,
pero con la mano libre le agarraba un brazo y se lo retorcía cada vez que lo
intentaba. Técnicamente le estaba forzando, pero yo estaba demasiado cachondo
como para preocuparme por eso.
No teníamos el lubricante a mano, pues Aníbal no se lo había
traído, así que habría que probar sin él. Me escupí a la polla y extendí la
saliva por la punta. Para mi sorpresa y creo que para la de Aníbal también,
entró de un solo golpe. Yo gemí de gusto y él de dolor, al ser tan brusco le
tenía que haber hecho daño a la fuerza. Me apiadé de mi hermanastro y comencé a
follarle con suavidad, sin apenas moverme. Estaba muy caliente y creo que él
también, la situación había sido de lo más morbosa, pero tengo que reconocer que
me pasé un poco.
Aníbal ya no me pedía que parara, al contrario, se movía un
poco, como pidiéndome que fuese más deprisa. Levantó un poco las caderas y
comenzó a pajearse mientras yo se la metía, lo cual significaba que no era tan
forzado como parecía al principio. Quise echarle yo una mano, pero la posición
era un tanto incómoda, así que me dediqué a empujar contra su culo, más apretado
que en ocasiones anteriores. Me era difícil reprimir los gemidos, estaba muy
caliente y disfrutaba como nunca. Mis huevos golpeaban con los suyos, haciéndome
un poco de daño, pero no me preocupaba lo más mínimo.
Me iba a correr de un momento a otro, y quería hacerlo dentro
de él, como siempre. Comencé a embestir un poco más rápido, casi al límite, y
tratando de que no se me saliera para no hacerle más daño a Aníbal. Estaba casi
sin fuerzas cuando finalmente llegué, solté mi descarga y caí desplomado sobre
él, imposibilitándole que siguiera masturbándose. Había sido un orgasmo de lo
más intenso.
Me sentía un poco mal por Aníbal, y sin pensarlo demasiado
decidí pedirle perdón con hechos en lugar de con palabras. Le hice colocarse
boca arriba e hice lo que nunca pensé que haría: chuparle la polla. Chorreaba de
fluidos, su sabor era salado aunque no muy desagradable. Él se retorció desde el
primer momento, pero no para apartarme, sino de gusto. No lo había hecho nunca,
pero lo había visto hacer tantas veces que algo debía de haber aprendido.
Básicamente era hacerle una paja con la boca, pero a mi hermanastro debía
encantarle por la cara que ponía.
Así era, apenas pudo disfrutar de mi mamada y en apenas dos
minutos estalló sin avisar, en venganza por haberle tratado tan mal. Asumí mi
culpa y tragué todo lo que salió de su rabo hasta que, ya desempalmado casi por
completo, Aníbal me pidió que parara.
Nos pusimos de nuevo la ropa interior y se quedó a dormir
conmigo, acordando poner la excusa al día siguiente de que Abel roncaba y no le
dejaba pegar ojo (lo cual no era mentira del todo, Abel parecía un oso en cuanto
se quedaba dormido). Rehuyó mi primer intento de abrazarle, pero al final fue él
quien se pegó a mí antes de quedarse dormido. Sonará cursi, pero me hubiera
gustado darle al menos un beso de buenas noches, estaba guapísimo con los ojos
cerrados y un mechón de pelo cayéndole sobre la frente. No es que me esté
pillando por él, sólo creo que le estoy cogiendo cariño después de todo lo que
ha sucedido entre nosotros.
Pero la cosa no acabó ahí. A la mañana siguiente, Esther vino
a despertarme, como de costumbre. Le dijimos que él había dormido conmigo por la
excusa previamente concertada, y no pareció sospechar nada raro. Aníbal salió
disparado a su cuarto, pues debía de darle corte que mi hermana le viera en
gallumbos, así que nos quedamos solos. Fue entonces cuando Esther confesó:
-Jose, ¿te puedo contar una cosa?
-Por poder... –Le dije de broma.
-Te lo digo en serio, imbécil. Pero me tienes que prometer
que no vas a decir nada. –Era algo frecuente en mi hermana, me pedía que le
guardara algún secreto aún cuando no conocía a ninguno de los implicados en el
asunto. Imaginé que esta vez también sería algo así, que alguna amiga suya
estaba pillada por otro amigo, o simplemente que se había comprado algo de ropa
a espaldas de mamá.
-Que sí, si ya sabes que nunca me chivo.
-Es que es un poco fuerte, te vas a pensar que estoy de coña
o algo así...
-Pues si no me lo dices no salimos de dudas.
-Pues que creo que me gusta un poco Abel. Pero a él no le
digas nada...
-No ya, no voy a ir a contárselo. De todas formas, te
recuerdo que somos hermanastros y que sería "incestastro", como decía el de "Los
Serrano". –Dije, tratando de quitar dramatismo. Era un poco cínico decirle eso a
mi hermana después de habérmelo montado con Aníbal la noche anterior, pero había
que guardar las apariencias.
-Joder, pues por eso digo que es fuerte. Tú imagínate que nos
liamos, mamá nos echa de casa.
-Tampoco te lo tomes así, no sois hermanos de sangre. Otra
cosa sería que te liaras conmigo... –Me hubiera gustado añadir un "a mi no me
importaría", pero obviamente, no era muy adecuado.
-Ya.
-Mira, él no me ha dicho nada, pero yo creo que te mira raro.
Conmigo ya has visto que tiene más confianza, y contigo le sigue dando vergüenza
hablar. Yo creo que también le gustas un poco. ¿Por qué no lo habláis?
-Pues porque no. Te lo he contado porque me tenía que
desahogar con alguien, no para que hicieras de Celestina.
Seguimos hablando un rato más, pero no logré convencerle de
que diera el paso. No quería decirle que Abel me había dicho más o menos lo
mismo para no liarla, pero a él si que tenía pensado contárselo, para que la
cosa surgiera de él. Sin comerlo ni beberlo me había convertido en el
intermediario entre ellos dos, y tenía que actuar. Fui al cuarto de los hermanos
aprovechando que alguien se estaba duchando en su baño. Si era Abel siempre
podía decirle a Aníbal cualquier tontería, si el que estaba en la ducha era
Aníbal tendría vía libre para hablar con el mayor.
-¿Y tu hermano?
-Se acaba de meter a duchar. ¿Por? –Dijo Abel aún tumbado en
la cama.
-No, porque te tengo que contar una cosa de Esther.
-Dime. –Dijo poniéndose en pie de un salto. En sus boxers se
marcaba un gran bulto, debía de estar teniendo una erección mañanera..
-Acabo de hablar con ella y me ha dicho que cree que le
gustas.
-Venga ya, me estás vacilando.
-Que va, me lo acaba de decir. Que no le gusta mucho el rollo
de que seáis medio hermanos, pero que cree que está por ti.
-Joder, pues tengo que decirle a ella que yo también. –Dijo
Abel visiblemente emocionado.
-Yo creo que con suerte te va a decir que sí.
Y acerté, aunque eso es ya otra historia.