Un día cualquiera como tantos otros abro el mesenger y
encuentro una invitación de alguien que me agregó, una chica que no conocía,
pero ella por alguna referencia tomó esa decisión. Coincidimos en línea y nos
saludamos, era joven con sus 20 años.
Al estar trabajando ella no podía hablar mucho y dedicarme el
tiempo que yo quisiera; acababa yo de salir la ducha, aún sin vestir, verme a mi
mismo desnudo y hablando con ella a sus 20 años, bien puestos tal como comprobé
en la foto que me envió, me excitaba. Me la imaginaba con sus jeans, como
confesó que llevaba puestos, sentada frente al ordenador, apretando sus muslos y
su cuerpo de cintura abajo. Nos despedimos para seguir hablando en otro momento.
Al día siguiente nos encontramos de nuevo, estaba menos
apurada, me explicó sus obligaciones laborales, estando cara al público debía
atender los clientes, por ello habría momentos de mayor libertad para
escribirme, y otros que no.
Cada palabra de Nadia me resultaba morbosa, me despertaba los
más primitivos instintos. En la distancia y todo quería de algún modo sentirla
mía, que me daría placer, que fuera consciente que ella me satisfaría e iba a
participar conmigo en juegos eróticos que le propusiera, que me relataría
después de llevarlos a efecto.
Así en primer lugar le mandé ir al aseo, quitar la braga, y
volver al sitio, continuar el quehacer, con el roce del jeans directo en sus
carnes, pudiendo cada cliente, cuando se erguía para alcanzar alguna cosa,
percibir algo raro, pues para Nadia la situación tampoco era habitual, se sentía
desnuda a los ojos de deseo de los hombres, la protección del jean le parecía
insuficiente. Mientras yo esperaba frente al ordenador su confesión, y de ese
modo se manifestaba; es lógico que me calentaba leer lo acontecido nada más y
recién producirse. Mi niña me empezaba obedeciendo como una auténtica putita.
La dejé cumpliendo sus tareas para que se adaptara un poco a
la situación, mientras hice algunas cosas. Ella me tendría en mente por
múltiples razones, pero yo puedo decir que no la apartaba de mi pensamiento no
pudiendo concentrarme en nada que no fuese Nadia. Cuando la saludé nuevamente se
encontraba más relajada con la situación; entonces le pedí algo más. Tenía que
volver al aseo y dejar la cremallera del pantalón medio cerrada, de pie
quedarían las telas juntas sin verse nada de carne, pero no debía incorporarse
de la silla, sólo rodarla separándose de la mesa, de forma que, la presión de
sus carnes se dejara entrever por la abertura la cremallera. Sintió vergüenza,
rubor y apuro pero obedeció. Los clientes se desconcentraban y ella ya le daba
morbo. Por supuesto yo impaciente que ella me contara, la chiquilla digna,
honrada, para todos y a los ojos de todos; puesto que las cosas parecían
descuidos; era mi putilla particular.
Cuando llegó a casa ya me contó todo detalladamente, pusimos
la cam y comprobó como me corría ante sus ojos, me tuvo tan caliente durante el
día que no necesité apenas agitarla. Lo que daría por clavarla, entrar en el
fondo de sus entrañas. Todo tendría su tiempo y lugar.
Aquella noche y las sucesivas escogería su ropa del día
siguiente que me mostraba en la cam, de tal modo se me ocurrirían nuevas ideas.
Me mostró en una ocasión un vestido negro ajustado, que llegan hasta encima la
rodilla; la idea surgió en mí como relámpago; sólo debía ultimar detalles que
desconocía. Hubo suerte y me hizo saber por mis preguntas, que efectivamente
disponía de zapatos de tacón, pantys a media pierna y liguero negro, todo
conjuntado; la braga blanca era un elemento ya conocido de amplia disponibilidad
en su ropero. Al día siguiente domingo se pondría ese atuendo y a primera hora
de la mañana le diría qué y cómo hacer; toda la noche la mantendría en una
incógnita, a sabiendas que siempre velaría por su integridad, y no le pediría
nada de consecuencias nefastas para ella. Una vez la hacía sentirse mía,
cómplices y segura de mí al mismo tiempo.
Impaciente en la mañana recibió las indicaciones y más tarde
así me relató: Que había ido a la iglesia a misa, no estaba muy concurrida, pero
se sentó en el asiento delante de un señor ya entrado en años, y el que, por la
diferencia edad, podía ser su nieto. Al principio se les oía rezar y participar
en los cánticos con el sacerdote, ya se arrodillaban, se levantaban o sentaban.
Ella posó el bolso en el suelo, como le había dicho, y dejo caer un espejo,
mientras estaba arrodillada simulando sacar un pañuelo; debían ponerse en píe y
se situó encima del espejo; éste le reflejó hasta el ombligo, las medias negras
y ropa negra aportaban poca claridad, pero la braga blanca ofrecía un claro
contraste, resultando una visión más provocativa. No pasó desapercibida a los
ojos del joven, su concentración en la misa ya no era tal, no se oía participar
en nada, ni cantaba ni rezaba, tal vez en su interior rogase a Dios le
concediese lo que pensaba (dudo que Dios le concediese aunque estuviera en sus
manos, es cuestión de fe). Se tuvieron que sentar y el chico no paraba quieto en
el banco, lo podía notar a sus espaldas, aunque nunca giró la cabeza, el chico
joven y quizás virgen disfrutaba o sufría un calentón sin igual. Se levantaron
de nuevo, el chico quizás haya sido el primero de todos los feligreses en
ponerse en píe, no cabe duda de la ansiedad con la que esperaba el momento;
ahora el abuelo menos avispado se percató del espectáculo, y por supuesto no
estaba dispuesto a perder detalle. Esta vez separó un poco más las piernas, se
distinguía perfectamente la forma los muslos y el final de éstos, donde la braga
blanca tapaba el objeto deseado y preciado; en segundos el abuelo también
enmudeció, no se le oía nada; lo que debía decir no le interesaba y lo que
quería y apetecía decir no era procedente. Al arrodillarse cogió nuevamente el
pañuelo dejando salir cualquier cosa y así recogerlo todo, simulando no haberse
enterado de nada y esperar que el sacerdote diera por finalizados los oficios;
si bien, ni nieto ni abuelo rechistaron más, en el asiento no paraban oyéndoles
algún que otro resoplido.
Nadia todo aquello la estimulaba sabiendo que yo se lo había
pedido, que me lo debía contar, y que como buena putita con solo oírla, leerla y
verla me haría correrme. Estaba siendo mi puta en privado, pero en público la
mas digna de las mujeres, y jamás permitiría que no fuese así.