EL ARMARIO MÓVIL.
-¿Cómo se te ocurra proponer otra vez el jueguecito del
Armario, y se dé la casualidad de que salga un papelito con tu nombre, Valero,
te corto las pelotillas, ¿entendido? -esto se lo dijo Sabina a mi querido amigo
en un susurro, cuando apenas habíamos bajado del 4x4 de mis padres, y antes
incluso de darle un tierno beso en la mejilla.
Tierno y casto como tenía que ser, dado que un montón de
adultos nos rodeaban. El cumpleaños de Laura Morales había sido el 26 de abril,
pero sus papás esperaron al puente del 1 de mayo para celebrarlo. A los
madrileños ese puente se nos alarga un día más, y por eso estábamos un montón de
gente en aquel pueblo de Valencia donde los Morales tenían su segunda
residencia: una casa de tres plantas a todo lujo, con una gran piscina que el
tiempo inestable tal vez nos privara de disfrutar, rodeada de vegetación y buen
kharma.
Valero y Sabina ya eran pareja formal (con todo lo 'formal'
que puede ser una pareja a los quince). Eso significaba que ella había
estrechado su cerco de vigilancia sobre él, y que él trataba de aprovechar
cualquier ocasión para ponerla celosa. A mí me constaba que no se había
enrollado con ninguna otra chica desde que empezaron a salir 'en serio', una
semana después del cumpleaños de Zaira. Y con respecto a ésta conmigo, la verdad
es que estábamos en una especie de stand by.
Si alguien me preguntara si seguía siendo virgen, tendría que
haberle dicho que sí, pues no hacía más que pensar que el polvo rápido que
tuvimos en el armario de sus padres fue producto de mi imaginación. Además,
Zaira me había prohibido terminantemente que contáramos la verdad de lo que
habíamos hecho a nadie, ni siquiera a Sabina y Valero, nuestra más fiel
escudería. Por eso simplemente contamos (en la intimidad de nuestras
confidencias con la pareja) que nos habíamos besado y tocado durante los veinte
minutos que duró el juego, pero nada de mete-saca.
Laura nos enseñó su casa con la misma expresión risueña de la
que acostumbrábamos a mofarnos, tanto delante de ella como a sus espaldas. Era
una chica no muy alta, con aparatos en los dientes y dos trenzas perfectas y
morenas a ambos lados de su cabeza. Llevaba unas gafas de pasta bastante
modernas y desenfadadas, y la verdad es que no era una 'Betty-la-Fea'
cualquiera, aunque por mi descripción lo pueda parecer. Pocas veces vestía ropa
ajustada, tal vez porque le acomplejaba ser bastante pechugona, pero de cara era
maja; empollona, pero también resultona.
Las habitaciones que íbamos a ocupar durante el largo fin de
semana estaban ya dispuestas cuando llegamos, bien organizadas por la señora
Morales, que era una versión cañonazo-madurito de su hija. Menos de 40 tacos y
una apariencia realmente espectacular. Todas las chicas (es decir, Laura y sus
ocho amigas, entre ellas Sabina, Zaira y Silvia), se instalarían en la caseta de
la piscina, en plan acampada, supongo que con intención de tenerlas recogiditas
y bien lejos de nosotros. A los seis chicos nos habían preparado dos
habitaciones en el tercer piso de la mansión, que era el de los dormitorios
familiares. En la tercera habitación dormirían los Morales.
Supongo que habiéndonos puesto en el segundo piso se
arriesgaban a que hiciéramos escapadas nocturnas que les pudieran pasar
desapercibidas, por eso allí se instalaron los padres invitados, que podrían
ejercer de barrera defensiva entre las chicas y los chicos... Pero nada de eso
nos importó. Sabíamos que un buen rato de la noche sería sólo para los jóvenes,
cuando el resto bajaran a cenar al pueblo.
Valero y yo nos adjudicamos la habitación contigua a la del
matrimonio Morales, y se nos unió Gonzalo, que era un primo de Laura que no iba
a nuestro instituto, pero que conocíamos de haber coincidido algunas veces.
Cachitas y vacilón, no nos caía demasiado bien, pero al ser sobrino de los
anfitriones nos tuvimos que conformar. El bueno de Ramiro, Carlitos y Nacho se
quedaron con el otro cuarto.
-Lo vamos a pasar de puta madre este finde, ¿eh? -comentó 'el
primo Gonzalo', tirado sobre la que iba a ser su cama sin quitarse siquiera el
calzado de la calle; Valero y yo le miramos sin mucho afán-. ¿Sabéis por qué me
gusta esta habitación?
-No -mi amigo y yo levantamos los hombros con desinterés.
-Pues por las vistas, colegas. Desde aquí hay unas vistas que
te cagas... -miré por la ventana, ya que mi cama estaba junto a ella, mientras
sacaba alguna ropa de la mochila, y comprobé que no había nada de especial en
aquel paisaje; Gonzalo sonrió con cierta suficiencia-. ¡No me refiero a esas
vistas, capullo! Veréis... -se incorporó hasta sentarse, habiendo logrado captar
nuestra atención-. Cuando mi prima Laura era más pequeña le daba miedo dormir
sola en esta habitación, así que tiraron un trozo de tabique e hicieron una
puerta que comunicaba con el dormitorio de mis tíos. ¿Veis ese armario? -lo
señaló con la cabeza-. Pues la puerta sigue ahí detrás, y sé cómo abrirla.
La mirada que me lanzó Valero debió mostrar tanta sorpresa
como la que yo le dediqué. Puede que, al fin y al cabo, el musculitos de Gonzalo
no fuera tan primo como parecía, y acabara ganándose nuestras simpatías.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-¿Ha querido decir lo que yo he entendido? -me preguntó
Valero un rato después, cuando estábamos a solas frente a la piscina.
-Creo que sí.
-O sea que ese cabronazo utiliza la puerta de detrás del
armario para espiar a sus tíos mientras... -le costaba de creer, igual que a mí.
-Eso parece, colega.
Las chicas empezaron a salir de la caseta de pronto, como si
de un desfile de moda de baño se tratara, todas con sus bañadores o bikinis, y
la piel brillando por el efecto del bronceador. Zaira estaba impresionante con
un bañador gris clarito ajustado a sus escasas curvas, potenciando un pecho aún
sin desarrollar, pero francamente sensual. Sin embargo, la chica que hizo que
nuestras alarmas saltaran fue precisamente la homenajeada. Laura Morales (hija)
se había puesto un muy sugerente bikini rojo que daba buena muestra de lo mucho
que le habían crecido las tetas desde el último día de piscina del verano
anterior. Además, se había soltado las insulsas trenzas, y no volveríamos a
verla con ellas en lo que restaba de fin de semana.
"Jodeeer", exclamó Valero mientras ellas se acercaban a la
zona en la que estábamos. Supuse erróneamente que su emoción se debía al
conjunto de dos piezas de color blanco que su novia Sabina se había puesto para
la ocasión, resaltando que a aquellas alturas de la primavera tenía la piel ya
bastante morena. No quise hacer ningún comentario burdo sobre el estado de los
pezones de su chica, por si acaso se mosqueaba. "Cómo se ha puesto esa niña,
¿no?", soltó entonces mi querido amigo, dejando claro que su expectación no la
provocaba precisamente Sabina, si no una sexy e irreconocible Laura Morales. O
mejor dicho, sus espectaculares y nunca tan admiradas tetas.
-¿Qué, chicos, ya estáis planeando alguna de las vuestras?
-fue la propia Sabina quien nos lo preguntó; se acercó para darle un pico a
Valero, tal vez queriendo marcar un poco su territorio.
-Te sienta muy bien ese bikini, Sabina -le dije, sin querer
parecer baboso.
-Muchas gracias, Edu, pero a lo mejor debería ser mi novio
quien se fijara.
Aquel comentario no era una reprimenda hacia mí, si no hacia
Valero, que la había mirado sin decir nada, tal vez pensando aún en los
desarrollados pechos de Laura. "Claro que te queda bien, guapa, pero ¿qué te
puedo decir que no te haya dicho ya?", le soltó, con una sonrisita conciliadora.
Sabina se acercó a su oído para susurrarle algo que yo no pudiera escuchar, y
los rizos del otro parecieron ondularse aún más mientras que sus ojos se
iluminaban. "¡Que guarrilla eres!", susurró Valero cuando la chica se despidió
de nosotros con un guiño cómplice.
-¿Qué te ha dicho? -le pregunté, en cuanto Sabina se acomodó
en una de las múltiples tumbonas, rodeada por el resto de las chicas y sus
sugerentes bañadores.
-¡A ti que te importa, tío! Son cosas íntimas, de pareja...
-Ja, ja -me reí con sarcasmo-. Venga, ¿qué te ha dicho?
Valero decidió entonces imitar a su novia y se acercó a mi
oído mientras que la propia Sabina nos miraba de vez en cuando de reojo. Me
susurró lo que ella le había dicho y no pude evitar una sonrisa. "¡Qué
cabrona!", se me escapó, y los dos nos reímos a gusto. La verdad es que mirando
a la chica, acomodada sobre la tumbona y recibiendo el tímido Sol de aquel
mediodía, yo también hubiera deseado hacerle eso mismo que ella le había
propuesto hacer a Valero.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
A los chicos nos molaba más bañarnos, pero ellas preferían
lucir palmito sobre las tumbonas, tostándose con el escaso Sol de la jornada. La
verdad es que el tiempo no acompañaba, pero aún así nos habíamos tirado al agua,
y llevábamos ya un rato chapoteando y haciendo el tonto. Eran casi las siete de
la tarde cuando Gonzalo apareció con su bañador azul marca-paquete (él, que
podía), y sus musculitos de gimnasio, ganándose la admiración de las chicas
enseguida. "¡Joder con tu primo!", le oímos decir a Bea, una repetidora que sólo
se llevaba bien con Laura, pues el resto apenas la tragaban.
Su comentario quedó en el aire. "¿No os parece que ese tío es
un poco moñas?", preguntó Nacho antes de que el aludido le pudiera escuchar.
Sólo era envidia, por supuesto, y tanto Valero como yo nos callamos lo que
sabíamos sobre el armario móvil de la habitación. Aún así, todavía no teníamos
la confirmación de lo que a Gonzalo le gustaba ver a través de la puerta oculta.
Tal vez le ponía su tío... "A lo mejor lo es. Un poco moñas, quiero decir",
sugirió Carlitos, y los demás nos reímos, pues la ambigua sexualidad de nuestro
amigo siempre nos resultaba divertida.
Gonzalo se tiró al agua... Mejor dicho, no se tiró, si no que
dejó deslizar su fibrado cuerpo en una zambullida casi de nota, apenas
salpicando, saliendo a flote enseguida para echarse el pelo hacia atrás y nadar
hasta nosotros. No pude evitar fijarme en que Zaira se había colocado las gafas
de Sol sobre la cabeza en el mismo momento en que aquel tío había salido de la
casa. Ahora le seguía mirando, aunque desvió sus ojos cuando se percató de que
yo la observaba.
La punzada de celos se convirtió en algo diferente cuando
miré la cara empapada de aquel chaval y me di cuenta de que era capaz de
entender un poco la devoción que las chicas (y Carlitos) podían sentir por él.
Gonzalo era un tío que estaba físicamente muy bien y que además se gastaba unos
aires de misterioso seductor bastante atrayentes. Preferí dejar mis cábalas de
lado cuando me topé con la mirada y la sonrisa cómplice de Valero.
-¿Qué pasa, colegas? ¿Qué hacéis aquí reunidos? -dijo el
recién aparecido, consciente de ser el centro de atención-. Cualquiera diría que
estáis planeando algo...
-Sólo mirábamos a las chicas, porque nos molan las tías
-soltó Nacho-. Están todas súper buenas, ¿no crees?
Los demás no pudimos evitar reírnos ante la falta de sutileza
del amigo Nacho. "Un poco crías, pero sí, no están mal", respondió el otro sin
pillar la gracia. Mirando directamente a Valero, le dijo: "Sólo para que quede
claro: Sabina es tu piba; pero, ¿y las otras? ¿Las otras están libres?", como un
cazador ansioso. Los chicos me miraron, pensando que iba a decir algo sobre
Zaira, pero me callé, porque realmente no tenía nada que decir. Lo habíamos
hecho en aquel armario oscuro, pero después apenas me había vuelto a hablar, así
que no podía decirse que ninguno de los dos estuviésemos 'pillados'.
-Silvia y yo hemos estado tonteando -comentó Ramiro, aunque
sabíamos que después de la mamada en el primer juego del armario, la relación
entre ellos era igual de fría que la que Zaira y yo teníamos.
-Ok, entonces Silvia es intocable -se jactó Gonzalo, con la
suficiencia de quien cree que se va a poder follar a la que le apetezca, que
todas van a caer rendidas a sus pies.
-Y Zaira... -empezó a decir mi buen amigo Valero, al tiempo
que yo le fulminaba con la mirada-. Zaira es mi hermanita, así que también es
intocable -concluyó, provocando que los otros tres me miraran con una media
sonrisa.
Miré hacia las tumbonas y la vi allí tan feliz charlando con
Sabina, tal vez diciéndole lo cachonda que se ponía sólo con pensar en la
posibilidad de tirarse al musculitos...
Suerte que Valero iba a ejercer de hermano guardián con ella.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-Escuchad, chicos, ya lo tengo todo preparado -nos dijo sin
elevar la voz.
Valero y yo estábamos sentados en el borde de la piscina con
las piernas en remojo, y Gonzalo se había colocado ante nosotros, sumergido su
musculoso cuerpo de cuello para abajo. "Cuando queráis, subimos y os lo enseño",
añadió. Miré a mi amigo, y si no lo hubiera preguntado él lo hubiera hecho yo:
-¿El qué dices que está ya preparado?
-Pues el armario, joder -se echó la cabeza hacia atrás para
mojarse el pelo y después apoyó las manos entre Valero y yo-. Hacedme un sitio
-trepó a pulso y acabó sentando su cuerpo chorreando entre nosotros, que
estábamos ya casi secos; con un colegueo inesperado, nos rodeó el cuello con sus
brazos-. Lo he preparado todo para mostraros esta noche un espectáculo único.
Pero no tiene que salir de aquí, ¿vale? Sólo estais invitados vosotros dos
-susurró; después se puso de pie, colocando su paquete bien marcado demasiado
cerca de nuestras caras, y nos dijo que se iba a duchar, dejándonos con pinta de
pasmados.
-Oye, Edu, ¿ha sido impresión mía o ese tío estaba un poco
empalmado? -me sonrió Valero; no pude evitar soltar una sonora carcajada, pero
sí era cierto que al chaval se le marcaba el ceñido y húmedo bañador bastante
más de lo prudente.
-Este Gonzalo es un poco vacilón, ¿no crees? -tanteé a mi
amigo.
-Supongo que con ese cuerpo se lo puede permitir -soltó justo
lo que yo había pensado al verle salir de la casa-. Si yo estuviera así de
bueno, no sería tan humilde como soy...
-¡Y una mierda, humilde! Tú eres tan fantasma como él,
colega.
Dicho lo cual le empujé al agua y me puse en pie para que no
pudiera contraatacar. "¡Joder, cabrón, que ya estaba seco!", me gritó; yo le
ignoré, diciéndole que iba a subir a cambiarme. Y sólo cuando estaba entrando en
la casa, al pensarlo fría y detenidamente, me di cuenta de que había empujado a
Valero al agua porque quería evitar que subiera conmigo a la habitación. Y ¿cuál
era el motivo?, ¿que Gonzalo había subido a ducharse...?
-Será mejor que no entres con los pies mojados -aquella voz
me hizo detenerme-. Mi madre se pondrá histérica si te ve.
Laura me lanzó su toalla desde el sofá. Estaba sentada junto
a Bea, que me miraba como si me odiara (sentimiento mutuo, he de decir). Le iba
a preguntar a la anfitriona qué hacía allí sola, pero preferí guardarme el
cinismo para alguien que lo mereciera más que aquella estúpida de Bea.
Simplemente le di las gracias a Laura, viendo que su amiga se ponía de pie y se
alejaba sin mirarme siquiera. "Ven, Edu, siéntate aquí conmigo", me propuso la
cumpleañera. Entonces sí se lo pregunté:
-Tía, ¿qué haces aquí sola? -dejé las chanclas húmedas y
rodeé el sofá descalzo para acercarme, mirando un instante a la terraza-. Las
chicas están todas afuera.
-Lo sé, estaba charlando un rato con Bea -esperó a que me
sentara para bajar el tono de su voz-. Oye, Edu, ¿que rollo os traéis Zaira y
tú?
-Rollo ninguno. Creo que pasa de mí, eso es todo -le dije con
sinceridad.
-Yo también lo creo -aún llevaba aquel provocativo biquini
rojo, aunque la parte de abajo se la cubría una especie de pareo blanco-. Creo
que le va detrás a mi primo. Y que Gonzalo no le va a hacer ascos a Zaira si
ella le entra. Sé que es una putada, pero no creo que tengas mucho que hacer
contra mi primo...
No pude evitar que a mi cerebro calenturiento llegara de
repente, y en todo su esplendor, un voluminoso paquetón mojado, de color azul
elástico. "Contra mi primo". Entre la voz casi susurrante de Laura, que se había
descubierto de repente como toda una arpía, y las ambiguas intenciones con las
que me disponía a subir a nuestro cuarto, no pude evitar un cosquilleo en el
estómago. Para tranquilizar mi conciencia, quise pensar que me lo estaba
provocando aquella chavala con sus recién cumplidos quince años frente a mis
'ingenuos' catorce largos.
-Estás siendo un poco mala conmigo, Laura... -le sonreí.
-Y aún puedo serlo más cuando los viejos se vayan por ahí a
cenar, Edu -con sutil encanto, dejó que el pareo se le desabrochara de la
cintura y me mostró la parte baja de su biquini; miró hacia las escaleras y
hacia la terraza-. Depende de ti, amigo mío. Sólo te diré que mi madre se
pondría histérica si viera cómo estoy.
-¿Y cómo estás? -le empezaba a pillar el juego, y no lo
pensaba dejar pasar.
-Mojada, tío. Muy mojada...
Me pilló una mano sin prisas, con los ojos puestos a mi
espalda, comprobando que nadie nos pillara en aquel salón en penumbra; la llevó
bajo su biquini y dejó que yo mismo explorara el interior con mis dedos. Al
mismo tiempo me empezó a acariciar la cintura y el ombligo, fue moviéndose
sibilinamente hasta entrar en mi bañador, y una vez allí, me agarró la polla con
toda la mano y empezó a palparla como si fuera un juguete. La muy perra estaba
empapada, y se mordía el labio inferior mientras movía ligeramente las caderas
para que yo siguiera rozándole el coño con mis dedos.
-¿Sabes qué me gustaría hacer ahora, Edu? -se acercó un poco
más a mí para hablar aún más bajito-. Me gustaría bajarte el bañador y montarme
encima de ti... Tienes una polla bastante grande, ¿lo sabías?
-Joder, tía, córtate un poco, ¿no? -le pedí sin
convencimiento, con un par de dedos acariciando su clítoris-. Puede entrar
alguien y entonces sí que la hemos cagado.
-Estoy loca... aah, por follarte, Edu... -me bajó el bañador
lo justo para sacar mi verga dura al exterior y poder masajearla sin problema-.
Te la quiero comer, macho... Tu polla me vuelve loca...
-Laura, tía... nos la estamos jugando... -me calló con un
beso largo y húmedo como su coño.
-No te preocupes, niño... -me siguió morreando-. Bea está
vigilando las escaleras, ¿o te crees que estoy loca?
Se me arrambó aún más, hasta colocar cada una de sus rodillas
en uno de mis costados, montándome como era su deseo. "¿Y qué pasa con la gente
que hay afuera?", le pregunté con cierta dificultad neuronal, pues notar la
punta de mi polla en contacto con su biquini empapado podía hacer que perdiera
momentáneamente la cabeza. Ella quiso despejar mis dudas y para eso se
desabrochó la parte de arriba y dejó que la tela cayera por su propio peso.
Tenía los melones de una pava de dieciocho o veinte años, unos globos de grandes
dimensiones y nada caídos.
-¡A los de afuera que les den...! -se elevó un poco para que
pudiera hundir mi cabeza entre aquel par de pechos tan mamables.
Se los estuve comiendo un rato, sorbiéndole los pezones y
manoseando cada centímetro como si fueran las primeras que palpaba. De hecho,
las de Zaira ni siquiera las recordaba. Estaba todo tan oscuro, y fue tan rápido
nuestro encuentro, que apenas sí era capaz de recuperar poco más que un par de
sensaciones inconexas. Sin embargo ahora, aunque sólo nos alumbraba la luz
atenuada de una lámpara de pie, aquellas increíbles tetas eran como un rayo
cegador que me impidiera pensar con claridad.
-¡Bonitas peras, Laura! Ya tenía yo ganas de conocerlas en
persona -nos saludó entonces Valero desde el umbral de la terraza-. Niña, no
sabía que fueras tan zorrita...
Tanto ella como yo le miramos, pero la chica no hizo nada por
cubrirse. Simplemente dejó caer su culo sobre mi rabo y levantó las cejas: "¿Por
qué no te vas a joder con tu Sabina y nos dejas en paz, guapete?", le soltó
mientras le veíamos acercarse al sofá. Es posible que yo me hubiera puesto rojo,
o que lo estuviera por el aplastamiento sin compasión de mi polla extremadamente
empalmada, pero aún así no supe qué decir. Vi cómo mi mejor amigo se apoyaba en
el respaldo y se agachaba hasta plantar sus labios en mi oreja. Habló en un
susurro tan inaudible, que apenas le entendí:
-Te suponía arriba, disfutando tú solito del primo Gonzalo...
-o al menos fue eso lo que creí escuchar.
-¿Qué coño le has dicho, tío? -por suerte Laura no había oído
nada.
Entonces Valero y su espalda desnuda se encaminaron hacia las
escaleras, y eso hizo que me quedara con la intriga de saber si en realidad me
había dicho lo que yo había creido entender. Me guiñó un ojo con complicidad
antes de empezar a subir, y entonces Laura volvió a preguntarme qué me había
dicho. "Nada, cosas de tíos", respondí con cierta desgana, suponiendo que para
una chica que estaba montada sobre mí y deseando cabalgarme, eso sonaría casi
como un halago.
-Entonces qué. ¿Te apetece que sigamos, o vas a subir
corriendo a lamerle el culo a tu amiguito del alma, como un perrito faldero?
Durante unos segundos contemplé las escaleras vacías por las
que se había perdido Valero, y también los ojos encendidos con los que Laura me
atacaba. Si finalmente yo elegía subir, no sería precisamente por mi buen amigo
(o al menos no sólo por él), pero si desaprovechaba la ocasión de tirarme a
Laura, tal vez me arrepintiera, porque ella no me iba a dar otra oportunidad.
Continuará...
Estimad@ internauta, te propongo que sugieras cómo quieres
que continúe este relato. Sé que no es algo nuevo en todorelatos.com, pero me
apetece mucho esa experencia interactiva. Gracias y espero tu comentario...