Todo empezó cuando me di cuenta de que el sexo empezaba a
aburrirme, cuando comencé a sentirme sumergido dentro de una monotonía
exasperante. Supongo que por eso, aquel sábado, después de acostarme con una
chica a la que conocía poco, y a pesar de haber disfrutado, le dije con toda la
delicadeza que fui capaz que sería mejor no repetirlo. Ella sin decir nada, se
limitó a irse.
Me quedé tumbado en la cama, pensando. Siempre que pensaba en
algo relacionado con sexo, Sandra, mi compañera de piso, acababa apareciendo
claramente en mi cabeza. Sus grandes ojos grises, su pelo rizado, sus curvas, su
cuerpo proporcionado, su culito respingón, sus tetas, que no había visto pero
había imaginado hasta la saciedad…
Por segunda o tercera vez consecutiva, aquella noche soñé con
ella. Soñé que teníamos una larga sesión de sexo salvaje en que me pedía ser
follada a gritos y me desperté más empalmado de lo habitual.
¿A solas con Sandra en casa un domingo por la noche sin clase
al día siguiente? Eso sí que prometía. Me las ingenié para decir delante de ella
con toda la naturalidad que fui capaz que me quedaría en casa aquella noche y,
lo que era más importante, que no había nada entre la famosa chica de la noche
anterior y yo. Sandra estaba de espaldas a mí en la cocina fregando las cosas
del desayuno y no pude ver su expresión. Al rato le dejé caer si le apetecía que
cenásemos juntos y le pareció una idea fantástica.
Salí de mi cuarto sobre las diez, harto de estudiar, y allí
estaba ella hablando por teléfono. Llevaba una falda negra muy corta que dejaba
al descubierto la mayor parte de unas largas, fantásticas y torneadas piernas y
una camisa blanca lo suficientemente transparente para asegurarme que no llevaba
sujetador.
Me quedé mirándola embobado durante más tiempo del que se
considera educado.
- Qué… guapa – dije como un imbécil, cuando colgó el
teléfono.
Su sonrisa resplandeció, e incluso se sonrojó un poco.
- Gracias, ehm… ya he pedido la pizza.
Cenamos entre risas, como siempre, aunque se apreciaba una
complicidad diferente y cierta atracción. Después de la pizza tomamos unas
copas. Pensé que eso nos desinhibiría, pero nunca supuse que tanto.
Al tercer vodka a Sandra le brillaban los ojos con intensidad
y me miró fijamente. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por no besarla. Cuando ya
pensaba que no lo conseguiría, dijo, arrastrando un poco las palabras:
- Ayer os oí.
La miré sin comprender lo que quería decirme.
- Por la noche. Con la chica esa.
- Ah, ya… - la miré y solté la bomba, dando el primer paso –
y, ¿qué pasa? ¿Te pusimos caliente?
Abrió mucho los ojos y desvió la mirada. De pronto parecía
sentirse incómoda, apabullada. ¿Había dado en el clavo? Busqué su mirada y ambos
la mantuvimos fija durante unos instantes, los instantes más largos de mi vida.
- Te gustaría, ¿eh? – dijo por fin. Arqueé las cejas,
alucinado, y debió asustarse, así que cambió de tema disimuladamente- bueno, y
entonces, ¿qué pasa? ¿No quieres nada más con ella?
- Ahora mismo no me apetece tener novia. Sexo y desenfreno
todo el que quieras, pero... nada más.
- Y ella no, claro.
- No es eso, es que… tenemos… gustos diferentes. Los dos son
válidos pero a mí me gusta el sexo más…
- Más… ¿qué?
- Más salvaje. Pero no he conocido a ninguna chica que le
guste eso tanto como a mí.
Sonrió y se pasó la lengua por los labios. O estaba
intentando decirme algo, o mi cerebro caprichoso malinterpretaba todas las
señales. Di un largo trago de whisky y dejé el vaso encima de la mesa. La miré.
Sandra se acercó más a mí. Sin poder evitarlo eché una ojeada
a su escote entreabierto, a una altura perfecta para mis ojos. Y ahí las vi. Sus
tetas de tamaño normal, redonditas, los pezones levantando la tela de la ropa y
ni rastro de sujetador. Me estaba poniendo malísimo. Me pegué a ella con
descaro.
- No sé si conozco a alguna.
- Vaya, es una pena. Alguna que se ponga caliente sólo con
oírte cuando te masturbas, no sé, esas cosas.
Ya estaba seguro de que me lanzaba señales evidentes. Pero me
hice el despistado. No iba a ponérselo tan fácil, quería que ella diese el paso
para no asustarla, para que fuese ella misma quien me demostrara hasta dónde
quería llegar. Por si acaso, dejé caer lo que me gustaría a mí, como si no
supiese a quién más podía agradarle.
- ¿Sabes lo que quiero? Una chica salvaje, caliente, viciosa,
guarra y obediente. Que se corra a lo bestia, que no tenga tapujos ni tabúes,
que se deje follar por todos lados, que se exhiba, que si le digo que folle con
otro se le dibuje el vicio en la cara, que se ponga cachonda con las
humillaciones…
Apartó la cabeza y suspiró, casi un jadeo. ¿Estaría
calentándose? Porque yo ya sentía que estaba a punto de reventar.
- Ah... – murmuró.
Me acerqué mucho a ella, como si fuese a decirle un secreto,
y por fin palpé uno de sus invitadores pezones. Por accidente, por supuesto…
- Pero bueno, tendré que esperar a que alguna vez una chica
me lo pida de forma convincente, yo no voy a dar ese paso. Podría ofenderla… -
Sandra me miró, pero no dijo ni hizo nada, y decidí irme y dejarla actuar a ella
- En fin, me voy a estudiar un ratito, aunque no sé si seré capaz con esta
borrachera… Si quieres algo… cualquier cosa… ya sabes, ¿no? – hice especial
hincapié en esa "cualquier cosa".
- Sí… ya sé… claro.
- Puedes pedirme… lo que quieras.
Me metí en mi habitación y pegué la oreja a la puerta,
esperando oír alguna señal que me indicase que el plan estaba funcionando. Nada.
Bueno, era lógico, se lo estaría pensando, no era tan fácil tomar según qué
decisiones. ¿Y si yo me hacía ilusiones y luego no ocurría nada? Por fin oí los
tacones de Sandra por el pasillo. Pensé que pasaría de largo, pero entonces se
detuvo. Contuve la respiración. Llamó a mi puerta.
Me aparté, con el corazón acelerado, y la hice esperar unos
segundos. Cuando más o menos conseguí relajarme, fui yo mismo a abrir.
- ¿Qué pasa? – pregunté con aparente dureza.
Ni siquiera me miró a la cara. Estaba roja de vergüenza,
tartamudeando.
- Es… lo de antes, lo que hablábamos…
- No tengo tiempo de hablar, tengo que estudiar – dijo
cortante – si vas a decir algo dilo ya, y si no vete.
Ya está. Había soltado la bomba. Ahora podían pasar dos
cosas: o que me mandase a la mierda, o que se decidiese por la más placentera de
las opciones. Y sus palabras me sonaron a gloria cuando me miró a los ojos y
dijo suplicante:
- Jorge… Por favor Jorge, fóllame.
- ¿Qué? No te oigo.
- He dicho que me folles… por favor.
Me quedé mirándola de arriba abajo, como si estudiara la
posibilidad, y al final me aparté de la puerta para que entrase. Me senté en una
silla y me quedé mirándola, observando sus reacciones. Permanecía quieta en el
centro de la habitación, mirando al suelo, avergonzada, turbada, excitada y
encantadora. ¿Realmente querríamos ambos lo mismo? Estaba dispuesto a
comprobarlo y hablé con sequedad y firmeza:
- Creía que había quedado claro lo que hablábamos. Yo no
quiero a una tía que porque tenga un calentón en un momento determinado y quiera
follar venga a buscarme, y menos si vive en mi casa. Podría ser muy incómodo,
¿entiendes?
- No, de verdad, yo quiero hacerlo cuando quieras – insistió.
- Hacer, ¿qué?
- Que me folles.
- ¡No te enteras de nada, Sandra! No quiero follar y punto.
Quiero una puta, ¿estamos? Y no solo mía, también de Raúl y Alberto, alguien a
quien usar para disfrutar cómo, cuándo y donde queramos, no una niña pija a
quien le entra el calentón una vez al mes.
- No, yo quiero… de verdad…
Una parte de mí aun no se lo creía. ¿De verdad me estaba
pidiendo…? Hice la pregunta clave para asegurarme:
- Que quieres, ¿qué?
- Ser tu puta, tuya y de quien quieras… ¡por favor!
Mi polla ya no podía más, me pedía guerra a gritos. Tenía a
una de las tías más buenas que conocía pidiéndome que me la follara, y no solo
una vez, sino siempre que quisiera, como, donde, cuando y con quien me diera la
gana.
Por fin me acerqué a ella. Estaba deseando desnudarla,
palpar, acariciar, sobar ese cuerpo con el que tantas veces había fantaseado y
con el que tantas pajas habían caído. No abrí la boca, esperando ponerla
nerviosa. Le desabroché los botones de la camisa, y no me sorprendí cuando
efectivamente comprobé que no llevaba sujetador. Pero sí me quedé alucinado, en
cambio, cuando le quité la falda y vi un coñito depilado desprovisto de ropa
interior. Primero acaricié y pellizqué un poco sus pezones para terminar de
endurecerlos, lo que apenas me costó unos segundos, y le metí dos dedos en el
coño ya mojado. Vaya, vaya, aquella chica prometía…
Decidí empezar con algo de humillación, a ver si realmente le
gustaba. Y no me equivoqué.
- Vale, calentorra ya me has demostrado que eres, porque
estas empapada y encima vas sin ropa interior. Si consigues demostrarme que eres
puta y obediente, me lo pienso. Dime qué estás dispuesta a hacer, y sin
tonterías. No quiero cursiladas.
- No… sé a lo que te refieres.
- Pues que nada de palabras finas, si vas a ser puta habla
como tal. Nada de penes, pechos… aquí son pollas, tetas y coños. ¿Ha quedado
claro?
- Sí. Pues… a lo que quieras. Follarme la boca, el coño,
estar con quien sea, tragar leche, correrte donde te apetezca, exhibirme, me da
igual con tal de ser tu puta – dije casi sin respirar.
- ¿Encularte? ¿Te han enculado ya?
- Alguna vez, aunque no es lo que más me atrae, pero…
- No te he preguntado si te gusta, te he preguntado si te han
enculado y si estás dispuesta a que te lo hagamos.
- S.. sí – pareció dudar, y decidí que, si acababa
convirtiéndose en mi (o nuestra) puta tendríamos cuidado. Se trataba de
disfrutar todos, al fin y al cabo.
- ¿Tríos, orgías?
- He hecho dos tríos, y estoy dispuesta a hacerlo con quien
sea.
- ¿Qué pasa si te pongo de rodillas, te violo la boca y te
atragantas con mi polla?
- Nada. Sigo comiendo.
- ¿Si me descargo los huevos en tu boca?
- Me lo trago si no me dices lo contrario.
- ¿Si te digo que eres una zorra que solo sirve para ser
penetrada?
- Que… me excito – murmuré.
- ¿Cómo dices?
- Que… me pone cachonda.
- ¿Si te follo sin darte permiso para correrte?
- Obedezco.
- ¿Incluso si después te prohíbo masturbarte?
- Me costaría, pero obedecería.
Aquello sonaba a gloria. Respondía justo lo que quería oír en
el momento adecuado, y encima estaba tan cachonda como yo. Me la imaginé entre
mis piernas comiéndose mi polla hasta los huevos y me costó no ponerla a cuatro
patas y follarla, pero no. Tampoco quería ponérselo fácil.
La hice sentarse en la silla y me situé a su espalda,
agachado, hablando en su oído, tocando otra vez esa delicia de pezones.
Imagina que vamos juntos en el metro. Tú vas con minifalda,
muy corta y sin ropa interior, y yo quiero que se den cuenta de lo zorra que
eres. ¿Qué haces? ¡Deprisa, piensa rápido, lo primero que se te pase por esa
mente calenturienta!
- Me… me siento y abro las piernas subiéndome un poco la
falda… iría depilada como ahora… me… me meto un dedo en el coño disimuladamente…
lo saco mojado… lo chupo sonriendo al de enfrente… me pongo de pie…
Ya era demasiado. Sentía vergüenza al decirlo, y aun así cada
vez era más viciosa. Y encima estaba desnuda, a mi merced.
Me puse enfrente de ella y me saqué la polla, que ya estaba
tan aprisionada que no cabía en los calzoncillos. Completamente dura y mojada,
empecé a moverla arriba y abajo. Sandra se quedó callada y me la miró, abriendo
la boca inconscientemente.
- Deja de mirarme la polla y sigue contándome.
Miró al suelo. Se revolvía en la silla, imaginé que incómoda
por sentirse tan caliente y mojada, y tuve que reducir un poco el ritmo para no
correrme. Si todo iba como yo lo planeaba, si de verdad era tan cachonda como
parecía, esa noche no sería mi mano quien sacara la leche.
Continuó con su historia.
- Me pongo de pie… Alguien que se haya dado cuenta ya me mira
el culo… me agacho sin doblar las rodillas y la falda se me sube un poco…
- ¿El culito queda al aire?
- Sí… sí, un poco… y yo estoy cachonda y noto que me mojo e
incluso me resbala por los muslos un poco…
Dejé de masturbarme, haciendo un sobreesfuerzo.
- ¿De verdad quieres ser mi zorra?
- Sí.
- Mía y de quien yo quiera, recuérdalo.
- Sí.
- ¿Tus límites?
- Nada de dolor extremo. Ni cosas desagradables.
- Define "desagradable".
- Pues scat, o cosas así, ahora mismo no sé…
- Ya, ya. Está bien, nunca había pensado en eso. Quiero una
puta, no un váter. ¿Las corridas te suponen un problema?
- No, me gustan.
- Ya sé que te gustan, zorrita, digo que me corra en tu
precioso coño…
- No… o sea, tomo la píldora, pero…
- No, tranquila. Conmigo puedes estar tranquila, no dejaré
que cualquiera lo haga, no tengo tan poca cabeza.
Asintió con la cabeza.
- Vale – concluí – lo pensaré seriamente.
Me volví, dándole la espalda, y me di cuenta de que no se
había movido de su sitio. Todo iba tal como estaba planeado, o incluso mejor. Me
di la vuelta otra vez y mis ojos chocaron con los suyos, detectando deseo y
vergüenza.
- Vete a dormir – dije.
- Es que…
- Yo no he dicho que vaya a follarte ya.
- No, ya lo sé, pero… quiero demostrarte que lo digo en
serio.
- ¿Cómo sé que lo que no quieres es que te folle para
correrte a gusto y punto?
Se encogió de hombros.
- Fóllame la boca. Con eso no me correré y te demostraré que
no lo hago con esa intención.
¿Follar… su boca? Mi polla estaba convencida de que sí, y
estaba más que decidido.
- ¿Y qué ganas tú con esto?
- Tu confianza, espero, y tenerte complacido.
Tuve que esforzarme en no sonreír. Estaba resultando mucho
mejor de lo que yo había imaginado. Volví a fingir que me lo pensaba, y
finalmente me senté en la cama y me saqué la polla y los huevos por encima de
los calzoncillos.
- Aquí. De rodillas delante de mí. Ya.
Vino casi corriendo. Me la moví un poco y le di unos cuantos
golpecitos con ella en la cara y alrededor de la boca. Ella la abría al máximo y
la buscaba, impaciente. Por fin se la clavé y le puse las manos a la espalda.
- No las muevas de ahí.
Con una mano le movía la cabeza arriba y abajo y con la otra
pellizcaba sus pezones arrancándole gemidos. Al principio la movía despacio,
clavándosela profundamente, pero enseguida quise aumentar el ritmo y empecé a,
literalmente, violar su boca. Le dieron varias arcadas pero aguantó bien.
Entonces se me ocurrió… ¿Qué pasaría si añadiésemos unos azotitos?
- Muy bien puta, mantén el ritmo solita.
Empecé a acariciarle el culo con las manos, pellizcándolo,
masajeándolo, sobándolo, palpándolo, y cuando menos lo esperaba descargué un
azote. Jadeó y se sorprendió, dejando de comérmela.
- No recuerdo haberte dicho que parases.
Siguió a lo suyo, y yo a lo mío guiando su cabeza,
descargando azotes y pellizcando sus pezones. Toqué su coño varias veces,
notándolo encharcado, y me dieron ganas de follarlo, pero el objetivo de esa
noche era probar su obediencia y su aguante.
Empecé a notar esa sensación tan conocida pero nunca tan
placentera de cuando estás a punto de correrte y se la clavé todavía más dentro.
- Ah… trágatelo todo… ahí va, ahora veremos si eres tan
guarra.
Noté como los chorros calientes de leche salían disparados a
su garganta y se lo tragaba con vicio. Cuando noté los huevos descargados se la
saqué de la boca, y sin tener que decir nada me lamió los restos de la polla y
se relamió las comisuras de los labios. Fue la mejor mamada que me habían hecho
hasta la fecha.
Le solté la cabeza y permaneció en silencio y de rodillas a
mi lado. No se puso en pie hasta que yo se lo ordené. Me estaba dejando
alucinado. Si no acabase de correrme un segundo antes, sólo con pensar en
follármela al día siguiente y dejarla correrse lo que no iba a permitirle esa
noche, me habría puesto a cien.
Cogí una cuerda que había encima de mi mesa.
- Duermes boca abajo, ¿verdad? – pregunté.
- Sí – pareció extrañada con mi pregunta pero no dijo nada
más.
- Ven conmigo.
Fuimos hasta su cuarto, la hice desnudarse (llevaba la falda
y la camisa abierta) y poner las manos a la espalda para atárselas. Cuando
estuvo lista la besé con intensidad, tal y como llevaba tanto tiempo deseando,
jugando con su lengua.
Luego fuimos hasta su cama.
- Túmbate. Boca abajo. ¿Estás cómoda?
- Sí.
- Te he atado para evitar tentaciones – expliqué – Me has
hecho disfrutar mucho. Ahora quiero que me demuestres que puedes aguantar. Si lo
haces, si la noche pasa sin contratiempos y eres capaz de no correrte, a partir
de mañana serás nuestra puta.
- ¿Nuestra…?
- Sí. De los tres. Alberto, Raúl y yo. ¿Qué te parece?
Aunque primero tendría que hablar con ellos, pensé. Pero,
¿cómo iban a decirme que no? Si ella les gustaba tanto como a mí, me lo habían
dicho más de una vez, que tenía un buen polvo. Y ahora ella nos daba permiso
para echárselo, ¿qué tenía de malo?
Cuando se lo dije sus ojos brillaron y sonrió.
- Sería… un placer, un honor para mí.
- Pues hasta mañana.
CONTINUARÁ…
NOTA: ESTE RELATO LO HA ESCRITO LA MISMA PERSONA QUE EL
ANTERIOR, PERO CON LAS IDEAS Y COMENTARIOS DE JORGE. SE ACLARA PORQUE SERÍA
PERFECTAMENTE COMPRENSIBLE QUE ALGUIEN PENSARA QUE EL ESTILO LITERARIO ES EL
MISMO, PORQUE EN REALIDAD ES ASÍ.
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Sandra:
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Jorge:
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