El metro está lleno de gente, no cabe ni un alfiler, aún así
me aventuro a buscar un lugar donde sentarme pero no lo encuentro, así que me
quedo en pie en uno de los pasillos, mirando hacía la ventana, cogida
fuertemente a la barra de sujeción. El metro arranca y en pocos segundos
entramos en el túnel. La oscuridad, la gente, la gran ciudad sobre nosotros, el
ruido del tren.... En menos de un minuto, llegamos a la siguiente estación. El
convoy se detiene y entonces te veo. Alto, moreno, ojos negros, guapo. Estás
sentado en el banco. Tus ojos se cruzan con los míos y una corriente eléctrica
recorre mi cuerpo haciéndome sentir que podría amarte eternamente. Y el deseo
crece entre mis piernas, es un cosquilleo que me invade sin remedio y mi mente
vuela a miles de kilómetros de allí, otro lugar, un lugar sólo para nosotros
dos.
Una cama, dos mesillas de noche y tú y yo, llenando ese
espacio vital. Te acercas a mí y me tomas por la cintura. Tu mano acaricia mi
mejilla suavemente y con lentitud, como si quisiera retener ese momento en tu
memoria. Me miras a los ojos, los tuyo tienen un brillo especial y desde su
negra oscuridad me cuentan que me deseas como nunca antes has deseado a nadie.
Me besas, te beso, nuestros labios se unen en un beso largo, eterno. Beso de
lenguas que se busca, de labios que se devoran, de humedades intensas que se
juntas buscándose en este mar de placeres. Cuando nos separamos, te alejas unos
centímetros de mí, das unos pasos a mi alrededor, mientras yo me quedo quieta,
esperando. Te sitúas detrás de mí y vuelves a acercarte. Pegas tu cuerpo al mío,
besas mi nuca y desabrochas el vestido, bajando la cremallera con parsimonia. Me
lo quitas, dejándolo caer al suelo. Rozas mi cuello con el envés de tu mano y la
dejas caer lentamente por entre mis pechos, hasta mi vientre. Todo mi cuerpo se
eriza, tiemblo de placer. Apoyo mi cabeza en tu hombro y cierro los ojos para
dejar que las sensaciones me llenen. Tu mano vuelve a ascender por mi cuerpo,
resigue mi talle hasta mis senos, me desabrochas el sujetador, me lo quitas y lo
dejas sobre la cama. Posas tus manos sobre mis pechos, los masajeas
delicadamente, haciéndome estremecer y me pego a ti, tratando de sentir tu
virilidad pegada a mis nalgas. Te deseo y con cada caricia haces que el deseo
crezca.
Me quitas las braguitas, dejando que desciendan lentamente
por mis piernas, que yo abro, y cuando ya me las has quitado aprovechas, para
meter tus dedos en mi sexo y acuciarlo suavemente. Una descarga de placer cruza
todo mi cuerpo, estoy a mil y te deseo como nunca he deseado a nadie. Me haces
recostar sobre la cama, abres mis piernas y acercas tu boca a mi sexo, lo lames,
lo excitas, lo amas. Mientras todo mi cuerpo se contrae y estremece sintiendo
esa dulce lengua que viaja desde mis labios vaginales a mi clítoris y de mi
clítoris a mis labios vaginales; se introduce en mi vulva y lame sedienta, luego
vuelve al clítoris y lo chupetea con devoción.
Te pones en pie, y yo me siento sobre la cama. Te desabrocho
el pantalón y te lo quito, mientras tú te quitas la camisa. Te quito el slip,
dejando libre tu sexo erecto, que me apunta directamente y parece llamarme
deseoso de sentirme. Acerco mi boca a él y lo beso, lo lamo, lo excito, lo amo.
Acaricio el tronco con la mano, chupo el glande como si fuera un helado y
disfruto de cada rincón de ese maravilloso manjar que tanto me gusta. Cuando ya
estás suficientemente excitado me tumbo sobre la cama y te invito a que me hagas
tuya con sólo una mirada. Tú no lo dudas, te pones sobre mí, guías tu erecto
sexo hacía mi húmeda vagina y de un solo empujón me penetras, me haces sentirte
dentro de mí y empiezas a moverte, lenta y cadenciosamente, empujando tus
caderas hacía mí, te amo y me amas y siento que podría amarte eternamente. Tu
cuerpo y el mío se aman, compás de pasión en una noche desesperada, baile de
almas que se aman sobre una cama de deseo y placer. Poco a poco nuestro compás
se ajusta, nos sentimos mutuamente, hasta que el placer empieza a recorrer
nuestros cuerpos y estalla al unísono en ambos.
Y entonces despierto, y tu sigues frente a mí, sentado en el
banco de la estación. Una chica que acaba de bajar del metro se acerca a ti,
desvías tu mirada de mí y la miras a ella. Te besa en los labios y el metro
arranca. Te pierdo de vista y comprendo que nunca más volveré a verte…
Los días pasan y cada vez que paso por esa estación observo
detenidamente el andén esperando encontrarte de nuevo, pero día tras días mis
esperanzas se pierden en un mar de gente. Hace ya una semana que te vi por
primera y última vez y casi he perdido las esperanzas de volver a verte. Pero de
repente, hoy en el viaje de regreso a casa…
El metro se detiene en la estación, y te veo, estás allí, de
pie, esperando que las puertas se abran, sólo unos cinco o seis metros nos
separan y mi corazón empieza a latir a cien por hora. Te acercas a mí y mi
corazón empieza a latir a cien por hora, estoy más nerviosa que un flan, tiemblo
y… De repente tu mano roza la mía al cogerte a la barra de sujeción, nos
miramos, te sonrío, me sonríes pero bajo mi mirada al suelo, un tanto
avergonzada. El tren arranca y al hacerlo, pierdo un poco el equilibrio cayendo
sobre ti y empujándote.
Lo siento – me disculpó inmediatamente.
No pasa nada – dices tú.
Pero extrañamente nuestras manos se quedan unidas. El
contacto de tu piel caliente con la mía me hace temblar. Seguimos así, cogidos
de la mano el resto del camino y cuando llego a mi parada me suelto de tu mano y
me dirijo hacía la puerta, pero tú me sigues. Sin mirar, camino por la estación,
sabiendo que tú me sigues y sabiendo que tú sabes que yo sé que me sigues. Es un
juego divertido. Salgo al exterior y justo enfrente de la parada de metro está
la empresa donde trabajo. Es un edificio de varias plantas y en cada una hay
varios despachos. Entro y tú sigues detrás de mí. Entro en el ascensor y tú
entras conmigo y extrañamente, nadie más entra detrás de nosotros. Las puertas
se cierran y nos quedamos solos.
¿Por qué me has seguido? – Te pregunto.
Porque me gustas – y sin más, me coges por la cintura
y me acercas a ti y me besas.
No puedo creerme que este a punto de pasar lo que hace una
semana era sólo un sueño. Así como llevados por una pasión irrefrenable, tus
manos acarician mi cuerpo, y las mías el tuyo. Nuestros cuerpos están pegados,
se desean con ansia. Me tienes atrapada entre tu cuerpo y la pared. Aprietas el
botón de stop del ascensor. Sabemos que debe ser algo rápido, pero no nos
importa, llevamos una semana imaginando este momento. Por eso, me subes la falda
hasta la cintura, mientras mis manos desabrochan la cremallera de tu pantalón y
buscan tu sexo erecto. Un beso sucede a otro y luego otro, nuestras bocas se
comen literalmente la una a la otra. Tu mano aparta mis braguitas y busca mi
vulva, la acaricias delicadamente comprobando que estoy a cien, dispuesta se
recibirte cuando tú lo decides, luego diriges tus dedos a mi clítoris y también
lo acaricias, todo mi cuerpo se estremece. Entre tanto, yo he conseguido sacar
tu verga de su refugio y la acaricio suavemente, arriba y abajo, haciéndote
estremecer y gemir de placer. También yo gimo sintiendo tus dedos hurgando entre
mis carnes húmedas de deseo, me estremezco y te deseo. Trató de dirigir tu sexo
al mío y tú comprendes perfectamente lo que deseo. Me miras a los ojos, te
incrustas entre mis piernas y diriges tu sexo hacía el mío. Me penetras, te
abrazo, siento como entras completamente en mí y mientras nuestros ojos se miran
fijamente empiezas a moverte, entrado y saliendo de mí, empujando despacio una y
otra vez. Te siento, me sientes y nuestros cuerpos arden al unísono en este
fuego de pasión que nos ha invadido. Nada importa, nada nos preocupa, sólo tu y
yo y el placer de este momento, que poco a poco va dibujando la pasión entre
nosotros. Nuestros movimientos se aceleran, el sonido de nuestros gemidos
aumenta y se precipita hacía "le petit mort". Siento como te vacías en mí y tu
sientes como las paredes de mi vagina estrujan tu pene, alcanzando ambos el
éxtasis. Nuestros cuerpos se convulsionan al unísono y cuando finalmente se
calman, dejas que deposite mis pies en el suelo. Nos miramos de nuevo a los
ojos, me besas, esta vez tiernamente. Nos separamos y arreglamos la ropa.
¿A que piso tienes que ir? – me preguntas.
Al doce ¿volveremos a vernos? – te pregunto yo.
Aprietas el botón del ascensor y este arranca.
Sí, por supuesto. ¿A que hora sales?
A las siete – y entonces, no sé porqué la imagen de
aquella chica besándote en la estación reaparece en mi mente. -¿Tienes
novia? – te preguntó.
No – respondes simplemente mientras el ascensor sube.
Entonces, la chica del otro día en la estación ¿no es
tu novia? - el ascensor se detiene y las puertas se abre. Me miras a los
ojos y respondes:
No – ríes divertido – no, es mi hermana.
Entonces yo también río divertida al darme cuenta de la
equivocación. Salgo del ascensor y me quedo mirándote. Me lanzas un beso con la
mano y me dices:
A las siete.
Ni siquiera sé tu nombre, pero que importa. Sé que él es ese
hombre que esperaba, lo he visto en sus ojos y eso me basta.
Erotikakarenc (Autora TR de TR).
