A mediodía llegábamos a Dubrovnik. Había excursiones
preparadas para visitar la localidad, pero me daba en la nariz que no se iba a
llenar ni un microbús, visto el estado de cachondez del personal. ¡Joder, si la
parejita de la mesa de al lado ni llegaron a terminar el desayuno! Bueno, la
chica algo de leche si que tomó.
Yo me calcé gafas de espejo, las chancletas, el bañador
estampado hawaiano y la gorrilla de las tardes de sol y toros. Metí en la
mariconera (bolso de mano que usan los tíos cuando no queda más remedio.
Aclaración pertinente para los lectores ultramarinos) el bote de protección
solar, un libraco, un par de puros, el mechero y algún condón) y me dispuse a
pasar la mañana en la piscina. Alessandra se apuntó a una orgía y Natalia a un
cursillo básico para principiantes. Espabilada que es la chica. Algún yogurín
alucinaría con sus mamadas y alguna terminaría replanteándose su orientación
sexual, seguro.
Aquello parecía el "self-service" de un restaurante. La peña
estaba desmadrada y lo demostraba desde bien temprano. Rara era la hamaca que no
estaba ocupada por una pareja hetero o no, pareja de dos, tres o cuatro, además
de los mirones de alrededor. En la piscina no nadaba nadie, pero en los bordes
no cabía ni un alfiler y había mucho juego por las bandas. Del jacuzzi mejor ni
hablamos. No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero yo, cuando veo mucha comida
en la mesa, pierdo el apetito. Será que me estoy haciendo viejo.
Aún no había pasado del primer capítulo del libro -por las
distracciones, ya me entienden-, el puro no tiraba bien –supongo que por el
salitre marino- y la piña colada con pajita, sombrillita y bengala, sabía a
jarabe. Me estaba empezando a poner de mala hostia.
-¿Una mamadita, papito?- Una de las del equipo de animación.
Una mulatona impresionante, con acento muy meloso.
-No, gracias, guapa. Pero si te llevas éste brebaje y me
traes un escocés, te lo agradecería mucho.
-Su güisqui, caballero. ¿Puedo hacer algo más por usted?-
Ahora era uno de los animadores.
No está bien que lo diga, pero por un momento -sólo por un
momento-, estuve tentado a decirle que sí, que una mamadita me relajaría mucho.
La cara sonriente del chico me disuadió. No me van las mariconadas, ni en broma.
Tuve que aclarárselo. Dejó de sonreír.
A la tercera que llegó con la misma propuesta, ni le
contesté. Me limité a levantar el índice de la mano derecha y dejarlo caer
desmayadamente. Las dos parejas de al lado empezaron a cuchichear en guiri y a
dirigirme miradas de con un puntito de conmiseración. ¡Joder, ya me estaba
poniendo malo la situación!, pero no me daba la gana dar el brazo a torcer.
Cabezón que soy.
El caso es que una de las tías, la que me lanzaba las miradas
más apenadas, no estaba tan mal. Se le había pasado la mano con la talla del
implante mamario, pero estaba buenorra, la cabrona. Empecé con el juego de las
miraditas, aprovechando que los cuatro hacían un receso en la cama redonda que
se habían montado con las dos hamacas: la tía mira, le devuelvo una sonrisa
entre tímida y picarona. La churri se anima y me vacila de tetas, irguiendo la
espalda y balanceándolas. Yo silbo bajito, admirativamente, aunque me viene a la
mente la leyenda urbana de las tetas explosivas por un bajón de la presión en la
cabina de pasajeros de un vuelo transoceánico –tengo un cerebro que me juega
malas pasadas, lo admito-. La tipa fija una mirada interrogativa en mi paquete.
Sigo su mirada con la mía. Pongo cara de "no sé, nena…si insistes…igual se
anima".
No tengo ni puta idea de alemán, por decir algo. Igual la tía
hablaba en danés, checo o búlgaro, pero a mí me suena todo igual. Irma, eso sí
que lo pillé. La que no tardó ni un minuto en pillar cacho fue ella, prodigio de
eficacia teutona –o de por allí cerca-, bajándome el bañador con una mano (la
verdad es que tiene el elástico de la cintura muy flojo), apartando con la otra
el tanga hacia un lado y poniéndose en cuclillas, en posición de faena.
No la mamaba mal, era bastante delicada y apenas me rozó un
par de veces con los dientes el capullo. Dejé de disimular y me concentré en la
faena. Dejó de mirarme con pena y hasta creo que empezó a sospechar una tomadura
de pelo. Lo arreglé poniendo cara de sorpresa, dando gracias a los dioses, a
gritos, por su generosidad y trincándola por la coleta para que se concentrase
en la operación.
Las chicas bien educadas, hasta que cogen confianza, suelen
deshacerse en elogios alabando las proporciones, textura, sabor y olor de
aparato. Siempre se agradece un trato educado, e Irma tenía toda la pinta de ser
una chica bien educada.
Estaba a punto, a punto de avisarla que ya, cuando apareció
Soraya gesticulando al otro lado de la piscina. Me pareció entender que me
citaba para después de cenar, señalando el jacuzzi. Pero luego apareció su mamá
gritando y me bajó el vacilón. Asociación de ideas: acordarse de la fijación
oral de la vieja y que te la estén mamando en ese preciso instante, una mala
combinación. Irma, que por lo calladita que estaba y el meneo de caderas que se
traía, debía de tener un par de dedos jugueteando entre sus piernas, tuvo que
volver a empezar.
Luego ocurrió un milagro. Una parición celestial, de no ser
yo un agnóstico recalcitrante. La mismísima puta diosa pagana del sexo. Afrodita
surgiendo de las olas. Shakira meneando las caderas al andar. El culo de la J.
López por detrás y las tetas de la que anunciaba el Wonderbrá, como coño se
llame, que ya no me acuerdo, por delante. La melena rubia de otra que tampoco me
acuerdo ahora como se llama y la cara de la piba esa que se cepillaba (con una
espada, nada de que ver con la otra acepción de cepillar, manada de salidos) a
medio Japón en una peli del Tarantino. Uma Thurman. Bueno, a mí me ponen las
tías con narices grandes, ¿qué cojones pasa?
La tía venía derechita a mí. Eso mismo debían estar pensando
en ese preciso instante otros cincuenta tíos y bastantes tías, seguro. Pero ya
dije que se trató de un milagro. ¡Tachán!, el afortunado ganador del sorteo de
hoy es…¡Joder, yo! Seis y el complementario.
Se presentó como Ingrid, Jefa de Animación y Relaciones
Públicas del crucero, mientras yo hacía cálculos mentales sobre el número que
pelos que, de no ir depilada, adornarían el cochito que se transparentaba bajo
el pareo. Por cierto, la única prenda que llevaba. En cuanto al cálculo mental,
no llegué a ningún resultado concluyente, incapaz de decidirme entre una
densidad mayor o menor a 20 unidades/cm2. Y tampoco era plan de preguntarle,
así, de buenas a primeras, la superficie de su felpudo. Aunque faltó el canto de
un duro.
La que empezaba a mostrar signos de impaciencia era Irma,
supongo que harta de tantas distracciones. Le lanzó una mirada de soslayo a la
intrusa, en plan "a ver si tienes si tienes huevos de quitarme el caramelo,
monina", sin sacarse el caramelo de la boca. Amenazaba tormenta.
En un lapso mental cinematográfico, la situación me trajo a
la memoria un clásico: Duelo de Titanes. Yo apostaba por la de la melena rubia
-Ingrid-, aunque agradeciéndole a la de la coleta algo menos rubia -Irma- los
servicios prestados. Pero soy tan canalla, o quizá tengo un sentido del juego
limpio tan desarrollado, que no demostré ningún signo de interés -salvo un
ligero estremecimiento en la polla, imperceptible entre la lengua y el paladar
de Irma- por la recién llegada, ni tampoco le hice el ningún caso a la mamona.
¡Que gane la mejor…y a disfrutar de la película!
Intimidación: Acción mediante la cual el individuo mejor
dotado se impone sobre el que lo está menos, sin necesidad de llegar a las
manos. Lo usan los machos en celo de muchas especies animales y algunas tías.
Reduce el índice de bajas en las operaciones de acoso sexual.
Sin lugar a dudas, Ingrid estaba mejor dotada. Además, tenía
a su favor el factor campo y lo de Jefa de Animación y Relaciones Públicas, lo
soltó con gran autoridad, con el mensaje subliminal de "aquí se hace lo que yo
diga…y como me repliques, te meto un paquete que te cagas, guapa". Irma ni se
despidió. Lo dicho, intimidación pura y dura. ¿Qué gilipollez es esa de que el
cliente siempre tiene la razón?
-He estado observándote, es mi trabajo, nada personal. Me
preocupa que los clientes rechacen los servicios de mis emplead@s. ¿Alguna queja
al respecto?- Se había sentado en el borde de la tumbona, a la altura de mis
caderas y me hablaba, despacito, en la lengua oficial del imperio de la
hamburguesa. Yo me mostraba particularmente torpe en la traducción, pero es que
tener a mi polla, tiesa, dándose de cabezazos contra su culo, no ayudaba mucho,
¿saben?
-No, no, nada de eso. Un personal de animación muy servicial
y atento, siempre dispuesto a echarte una mano…o lo que haga falta- Creo que el
juego de palabras perdió su sentido por falta de un léxico más fluido. La
cabrona ni pestañeó, pero sí lo hizo cuando mi capullo le arreó un azote de la
hostia en el pandero.
-¿Has venido con alguien al crucero? Los clientes sin pareja
suelen ser los que más acosan a mis chicas, pero tú parece que no respondes al
perfil. Y creo que tendremos que hacer algo para calmar a tu amiguito…antes de
que me deje cardenales en las nalgas, ¿no te parece?- ¡Hostia! ¿Había oído bien,
o sería mi imaginación jugándome otra mala pasada? Además, aquello parecía de
las típicas parrafadas que yo suelto para camelar a una tía: muy serio, hago una
pregunta, no le dejo que la conteste, le cuento una milonga bien armada y con
sentido común, para terminar (enseñando el colmillo) con una invitación puede
tomarse como tal o no. ¡Coño, la tía, además de requetebuena, sabía latín!
-No. Las chicas andan a su aire. Mi pareja y su amante. La de
los dos, para ser precisos- Alzó una ceja -gran autocontrol-, sin que mi polla
tuviera nada que ver.
-No encajo en el perfil, es verdad. En ningún perfil. Algo
que solían decirme en las entrevistas de trabajo, hace muchos años- Una
sonrisita, por fin.
-Mi amigo es un traidor, un mal amigo. Siempre que conocemos
a una chica que me interesa, él se lleva todas las alabanzas. Me tiene harto- La
carcajada se oyó hasta en la sala de máquinas. Ahora ya sólo restaba hacerse un
poco de rogar, evitando espantar a la pieza con un movimiento brusco…y dejar que
mi amigo hiciese el resto.
A continuación, en una situación más de andar por casa,
debería de haber tenido lugar una escena de seducción: una esgrima de frases
ingeniosas, un acercamiento progresivo, algún toqueteo, algún besito, yo te como
la orejita y tú me dejas un chupón en el cuello, para terminar negociado en tu
casa, en la mía o en campo neutral. Pero no estábamos en un ambiente "natural",
Ingrid era toda una profesional…de las relaciones, yo un canalla, el
acercamiento ya estaba hecho, el toqueteo se lo estaba dando mi polla desde
hacía rato y, para comernos la orejita y dejarnos marcas en el cuello, ya habría
tiempo después.
Ingrid, igual que un torero en mitad de la plaza, brindando
la muerte del toro al respetable, se levantó, se quitó el pareo y recorrió la
plaza -digo, la piscina- con la mirada, cruzó una pierna por encima de la
tumbona, flexionó las rodillas, me calzó uno de los condones que llevaba en la
mariconera -demostrando dotes de visión de rayos X, o mucha práctica-, le dio un
tiento a su chochito restregándolo con mi polla y me quitó el liento cuando se
la encajó de golpe. Se oyó una cerrada ovación, lo juro.
Fiel a mis principios, y por mi manifiesta incapacidad para
describir para describir un polvo celestial, pasaré por alto la serie de
virguerías que me hizo y me concentraré en las sensaciones: las que debe tener
el huevo cuando lo meten en la Minipimer, lo baten y se transforma en mayonesa,
con sólo un chorrito de aceite. ¿Porque se hace así la mayonesa, no? Vale,
poeta, aclara que el huevo era tu polla, la Minipimer el coño de Ingrid y el
chorrito de aceite, la mezcla de lubricante vaginal y tu líquido pre-seminal,
saliendo a presión del coño de Ingrid con cada chop-chop, a ritmo de redoble de
batería rockanrrolero, poniendo perdida de pringue la tumbona. Si tarda un
minuto más en correrse, me deja seco.
-Ahora tengo que irme. Soy una adicta al trabajo. Volveremos
a vernos, ¿me lo prometes? Mientras tanto, disfruta de tu momento de gloria,
celebridad ¿No oyes los vítores?- Y la muy puta saludaba al público, doblando el
espinazo y señalándome a mí -igual que los magos de tercera, cuando dirigen los
aplausos del público a su ayudante, esa que hace un momento han metido en una
caja y serrado por la mitad-. Yo, que aún no había podido articular palabra y me
esforzaba en recuperar el resuello.
Cuando, tras esquivar las palmaditas en la espalda de parte
del público masculino y los intentos de alguna que otra loca de repetir la
jugada, conseguí llegar a camarote una hora más tarde -acepté un par de
invitaciones en el bar de la piscina, para no parecer un tipo engreído-, me
encontré con Ingrid, vestida, descojonándose de risa y metiéndome prisa para no
perder la excursión a Dubrovnik.
-¿Vas a tener las manos quietas?- Aunque ella afirmaba con la
cabeza, abrazándose las costillas con los dos brazos, evitando que alguna se le
saliera del sitio, el brillo en sus ojos me decía que no. Bueno, siempre que no
sea ahora mismo…
Apostillas del autor.
Dado que el episodio no se lo puedo endilgar a ninguno de mis
conocidos, ya que sigo haciéndome perdonar por sus parientas cierta indiscreción
cometida, y sigo pensando que tengo posibilidades de volver a saquearles el
mueble-bar, se lo adjudicaré a cierto borracho y fantasma sexual, fácilmente
reconocible, por dichas señas, por los amigetes.
En cuanto a las emisiones a presión de flujo vaginal, no son
una leyenda urbana. Yo también lo creía, hasta que casi me mata del susto una
elementa con dicha particularidad. Creo que no me perdonará nunca lo de "¿Oye,
te has meado?