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TODORELATOS » RELATOS » SOñANDO CON UN INTERCAMBIO
[ A grandes males, grandes remedios. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 22 de Mayo, 2008.
Fecha: 09-Abr-08 « Anterior | Siguiente » en Intercambios (789 de 809)

Soñando con un intercambio

CARLOS1502
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Todo comenzo por un sueño. Comentarios iban y venian hasta que la situacìón se dio. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor
  • Nunca se te ha ocurrido hacer un trío? – le pregunte a mi esposa

  • No te pases, no creo que te guste ver que otro me la meta o que se la chupe

  • Pero quien habló de un trío con dos hombres, yo me refería a dos mujeres

  • Qué gracioso, tu disfrutas doble, además no quisiera compartirte

  • Pero suena interesante

  • Bueno, si te gustaría hacer un trío, por qué no mejor un cuarteto, así los dos estamos a mano, tu con una chica nueva y yo con un chico nuevo

  • Suena interesante

Terminado el diálogo, mi mente empezó en automático, a buscar dentro de mis amistades alguna pareja o algunos amigos que estuvieran dispuestos a hacerlo.

Todo comenzó por un simple sueño. Había soñado que mi esposa y yo compartíamos la cama con la que era su mejor amiga. Esta amiga, Mary, en algún momento pudo ser mía. A ella la conocí antes que a mi esposa, pues trabajaba con ella, y gracias a ella la conocí. Era una chica de mi edad, voluptuosa, algo ingenua, pero viva a la hora del doble sentido. Ya en una oportunidad habíamos tenido ciertos coqueteos y conversaciones calientes por el Chat.

  • Qué preferirías, una pareja de amigos, que sean pareja o amigos por separado - me preguntó

  • Me da igual, tú cómo te sentirías más cómoda?

  • Si que estás empecinado con esto no? Pensé que era una broma

  • Broma o no, vamos a imaginarnos…qué dices?

  • Ay está bien, veamos qué prefieres…una amiga o un amigo mío?

  • De hecho que una amiga, por lo que a mí me tocaría poner al amigo.

  • Bueno, y qué amiga quisieras que sea? Erika? Vanessa? Ellas son simpáticas y de buen cuerpo.

  • Tal vez, pero son muy exquisitas, si me das a escoger, prefiero a Mary, la chica con la que trabajaste antes. Era medio movida, te acuerdas?

  • Si, me acuerdo que cuando se refería a ti, te llamaba su novio.

  • Ja, ja, ja. Si recuerdo, pero tú sabes que no pasó nada con ella, al contrario, por ella llegué a ti.

  • Ya, entonces ella sería por mi lado. Ahora me toca escoger a mí.

  • No, tú no puedes escoger, yo voy a decir qué amigo nos acompañará.

  • No vale, tú escogiste a Mary, me toca escoger a mí.

  • Es que no, el amigo que vendrá a hacer el cuarteto será Juan, mi compañero de trabajo.

  • Pero no dices que es medio mariconcito?

  • Justamente por eso, jajajaja. Qué dices, aceptas o no?

  • Bueno, total, sólo es imaginación.

  • No digas eso, no vaya a ser que un día estén los dos aquí en la casa y terminemos haciendo nuestro primer cuarteto.

  • Vamos a ver si es que algo así pasa.

Terminamos de conversar y la excitación había hecho que mi verga se parara. La ropa de dormir dejaba notar mi verga dura. Cogí la mano de mi esposa y la llevé hacia mi pene.

  • Mira cómo me he puesto mi amor.

  • Mmmm, veo que hablar de esa aventura te ha excitado mucho

  • Amor, chúpamela como sólo tú lo sabes hacer.

Mi esposa tenía el don de las mamadas. Sabía chuparla muy bien, con una delicadeza y una pasión incomparables. Ella era de las que se metía todo el pene a la boca y lo succionaba hasta dejarlo vacío. Le gustaba morder debajo del frenillo para trabajar directamente la vena que irrigaba el pene y hacía que se pusiera erecto. Lo olía, lo besaba, lo mordía, se lo pasaba por el rostro.

Después de un rato, cuando ya estaba a punto de terminar, le hacía una señal con la cual ella se arrodillaba delante de mí. Abría su boca y se preparaba a recibir todo el semen que tanto le gustaba. Le encanta el semen. Se lo toma todo. Cuando alguna vez me la ha chupado después de una paja nocturna en el baño, me reclama por no guardarle su bebida preferida.

Los días pasaron y la idea del cuarteto iba decayendo. Mi esposa no se comunicaba así no más con Mary, y a Juan lo veía cada vez menos.

Una noche que mi señora había recibido la visita de unas amigas del trabajo, encontré su msg abierto en la computadora. Me senté ingenuamente a revisar mi correo pero sin desconectar el de ella. Mientras revisaba mi correo me puse a ver las fotos que mi esposa y yo nos tomábamos, En nuestra época de novios teníamos la costumbre de tomarnos fotos desnudos o en pleno acto sexual. Las habíamos guardado pero ya no teníamos tiempo de tomarnos más fotos. El trabajo, el negocio, los estudios nos quitaban mucho tiempo. En esas fotos recordé las tardes y noches que pasábamos juntos. La veía en pantys, portaligas, corsé, sandalias, posando en todas las formas. Era, como le decía en esa época…mi puta.

En ese momento llega el aviso de que su amiga Mary se había conectado. Al principio no le tomé atención, pero cuando ella me mandó un saludo, atiné a responderle como si fuera mi esposa:

  • Hola amiga – escribió

  • Hola Mayu…cómo estás?

Mantuvimos una clásica conversación de dos amigas que hacía mucho tiempo no conversaban. Pasaban los minutos y me acordé de aquel sueño que había tenido y decidí contárselo como si mi esposa lo hubiera tenido:

  • Ay amiga, te cuento algo

  • Dime, que pasó?

  • La noche pasada, soñé contigo

  • Ay que linda amiga, que lindo saber que me tienes en tus sueños

  • Si amiga, lo se. Pero fue un sueño muy extraño

  • Por qué? Cuéntame

  • Pues soñé que tú y yo estábamos en mi casa, veníamos de comprar ropa y nos estábamos probándonos aquí en mi habitación

  • Ay mira, seguro tu mente te estará diciendo que vayamos a comprar…jajaja

  • Jajaja…no tonta, lo raro vino después.

  • Qué pasó?

  • Pues yo te estaba ayudando a ponerte un vestido de noche, y te quitaste el brasiere y te quedaste sólo en calzón

  • Debió de ser un vestido muy escotado seguro

  • Si pues, pero lo que pasó fue que, al verte desnuda, me quedé estática y…no se por qué, te acercaste a mí y me desnudaste. Yo me dejé desnudar, y mientras lo hacías, me acariciabas la espalda, los senos, las piernas…

  • Ay Liz, cómo haz podido soñar eso

  • No se amiga, pero después de eso, tú y yo, de lo más natural, empezamos a besarnos

  • Qué? A besarnos?

  • Si amiga, y lo peor es que me desperté y…me da vergüenza decirlo pero, estaba húmeda…estaba excitada

  • De verdad?

  • Si amiga, imagínate, y lo peor es que ese sueño se repitió una y otra vez, sólo que en los otros sueños aparecía Mario

  • Mario? Tu esposo?

  • Si, y entre los tres nos besábamos, o sea…nos hacíamos el amor

  • Y qué me hacía Mario en tu sueño?

  • Pues de todo, te besaba, te…ay que vergüenza…te la metía y todo eso

  • Ay amiga, no sigas, que me estoy poniendo a sentir cositas

  • Oye, es mi esposo, y fue sólo un sueño

  • Jajaja…ay amiga, discúlpame pero es que una no es de metal, y tu esposo es guapo y yo que me separé de Javier hace varios meses…pues, el cuerpo pide no?

Las cosas salieron mejor de lo que esperaba. Mary me estaba diciendo que le parecía atractivo y que estaba necesitada de actividad sexual. Era lo que quería escuchar y lo que me permitió dar el siguiente paso:

  • O sea que si tuvieras la oportunidad..te lo tirarías?

  • Ay amiga cómo hablas, es tu esposo, es papel quemado…no se le puede mirar

  • Y si te diera permiso de hacerlo?

  • Jajaja…cómo crees oye?

  • Digo no, tal vez no los dos solos, tal vez yo les hago compañía y terminamos en una noche como la de mis sueños

  • Mmm, puede ser ah? Jajaja

  • Bueno amiga, te dejo porque unas amigas de mi trabajo han venido a tomar unos traguitos y Mario aún no llega

  • Ya amiga, no te preocupes, y me avisas para ver cuando nos reunimos los tres…jajaja

Todo me había salido a la perfección. Uno de mis sueños estaba por volverse realidad, y éramos dos de las tres partes las que estábamos dispuestos a cumplirlo. Sólo faltaba la parte más dura de convencer, mi esposa.

  • Por qué no te vienes – le dije

  • Ahora?

  • Claro, vente a mi casa, estoy con mis amigas, de paso que te las presento, total, tú haz trabajado en la empresa y podemos rajar de nuestro antiguo jefe

  • Ay, pero ya es tarde, tengo que bañarme y cambiarme, arreglarme…

  • No te preocupes, vamos a estar hasta tarde…y si quieres, te quedas a dormir

  • Bueno, está bien, voy para allá

  • Ah, si puedes, ven con falda, sandalias y, si tienes, un hilo dental…y vemos que pasa en la noche…jijiji

  • Mmm quieres que vaya medio putona..no quieres que me ponga pantys también?

  • Me parece genial, ah! Como aquella vez que te dije que fueras así a trabajar y que después nos iríamos a otro lado, recuerdas?

  • Mario? Eres tú? – respondió Mary sorprendida al recordar esa conversación que habíamos tenido hace muchos años

  • Veo que no olvidas lo que conversamos aquella vez.

  • Cómo te haz podido meter al msg de Liz? Y encima las cosas que me haz hecho decir…que vergüenza!

  • Bueno Mary, tú y yo sabemos que siempre nos tuvimos ganas, y además le tienes un enorme cariño a Liz, entonces podemos los dos ir y darle cariño, y de paso te lo doy a ti también.

  • Eres un enfermo, pero…sabes…en el fondo todo esto me está gustando, pero ahora la cosa es cómo convencer a Liz para que participe de todo esto.

  • Ese será tu trabajo. Vas a darle de tomar, tratarla con cariño y una vez que vea alguna señal, yo entro, y no se, las abrazo a las dos, las beso…ya veo.

  • Entonces voy corriendo para allá.

  • Otra cosa, te gustaría que llame a algún amigo para ver si hacemos algo mejor?

  • Chévere, así cuando se vayan las amigas de Liz nos quedamos los 4 y hacemos una reunión de parejas, y si sale lo del trío bacán, si no, ya veremos que sale.

Salí a la sala para servirme algo de tomar. Le dije a Liz que me había encontrado con Mary en el msg y que la había invitado. Fuimos a la cocina y le dije que iba a invitar a un amigo para que después de la reunión con sus amigas, hagamos algo bonito, de paso que le presentamos un amigo a Mary ahora que estaba sola.

  • No llames a nadie, quiero estar a solas contigo, quiero que me hagas el amor.

  • Yo también me muero de ganas, pero me hubieses avisado antes.

  • Es que los tragos se me han subido, hazme el amor ahora.

  • Que se vayan tus amigas, los presentamos a Mary y a Juan y los dejamos solos y nos vamos al cuarto a hacer el amor ya?

  • Mira, no me dejes con las ganas que me muero por ir a la cama.

Mi esposa ya estaba calentona. La cosa se iba poniendo cada vez mejor. Llegó Mary, Liz la presentó a sus amigas. Yo mientras tanto lo había llamado a Juan y le había contado de la reunión que quería hacer y de la amiga que le quería presentar. Pasó una hora y cuando las amigas del trabajo estaban por irse, llegó Juan. Nos quedamos los cuatro en la sala. Saqué una botella de vino, preparé una jarra de sangría y nos pusimos a jugar un juego de castigos y premios relacionados con el tema sexual. El juego consistía en lanzar un dado, y el que sacaba el número más alto ordenaba la tarea. Como había el riesgo de que la tarea tuvieras que hacérsela a todos, se daban los castigos más suaves o graciosos. Lancé y saque el número más alto, así que ordené el castigo. Como los tragos habían ayudado a quitarnos los prejuicios, mandé que se le besara a la otra persona en el cuello por un minuto. Le tocó lanzar a Liz, y ella sacó el número cuatro, que indicaba besar a quien estaba a su izquierda, que era yo. Cumplió su castigo con mucho placer. Luego le tocó dar el castigo a Liz, y ella ordenó que el castigo sería besar en el oído por un minuto. Esta vez, Juan lanzó el dado y sacó tres, lo que lo obligaba a besar a la persona que estaba a su derecha, que era Mary. La besó a Mary durante un minuto. Se notaba que lo estaba disfrutando. Esta vez le tocó a Juan ordenar el castigo: "besarle los senos", dijo. Mary lanzó los dados y sacó el número uno, que significaba a todos.

  • Todos me tienen que besar los senos, o yo se los beso a todos? – preguntó

  • Creo que tú eres la castigada, así que tú tienes que besarlos – respondió Juan

  • Pero ustedes tienen tetillas – dijo Liz

  • Entonces que te los bese a ti – dijo Juan

  • Ni modo amiga, es un castigo.

Mi esposa se levantó el polo y el sostén. Mary se acercó a ella y tuvo que cumplir el castigo, aunque más que un castigo, parecía un premio. Los besos duraron un minuto. Besos, lamidas, mordiscos, todo lo que yo haría también. Noté que le estaba gustando a mi esposa, pues sus pezones se habían puesto duros.

Sin querer, y en base a un juego, ya estaba dando inicio a mi fantasía sexual. Liz se bajó la ropa y esta vez le tocaba a Mary dar el castigo. "Besarle su cosita", ordenó.

  • A qué te refieres?- preguntó Juan

  • A besarle su cosa pues, los hombres tienen la suya y las mujeres la suya, así que es besarle su cosa.

  • Ah ya, es para que no digas después que ellos tienen y ellas no? – pregunté

  • Así es, no te hagas el loco y tira los dados – me dijo

Tiré el dado y salió el tres, eso quería decir que tenía que besarle su "cosita" a la persona que estaba a mi derecha, que era…Liz, mi esposa. Ella se puso feliz, sin importarle la presencia de nuestros amigos, se levantó la falda, se apoyó en el sillón, se quitó el calzón y me dijo:

  • Bésame mi cosita mi amor…bésamela como tú sabes hacerlo.

Me eché sobre su concha y empecé a practicarle el sexo oral que a ella tanto le gustaba. Cada vez que se lo hacía ella legaba al éxtasis. Mary se acercó a ver cómo lo hacía.

  • Así es como se hace. El idiota de mi ex marido ni siquiera tenía el valor de hacer algo así. Te envidio amiga.

  • Si amiga, mi flaco es un experto en esto; ya quisieras saber lo que se siente.

  • Me lo prestas un ratito? Sólo para experimentar.

  • No amiga, no puedo parar, que te lo haga Juan.

  • Si quieres yo te lo hago, a mi también me encanta hacerlo.

Mary se arrecostó igual que Liz. Sin decir una sola palabra se quitó la falda, el calzón y Juan inició su labor. Mi sueño se había hecho realidad. Estaba compartiendo una noche de sexo con las tres personas que había planeado. La concha de Mary era peladita. Una concha blanca, de finos labios vaginales. La de Liz era más morocha, arrugada, con un clítoris más grande que el de Mary. Juan y yo les estábamos haciendo una rica sopa. Cuando vimos que las dos estaban con los ojos cerrados por el placer que las dábamos, aprovechábamos para tocar con los dedos la otra concha. Yo le apretaba el clítoris a Mary, Juan le metía sus dedos a Liz. Por fin estábamos teniendo el intercambio que tanto había deseado. Liz empezó a sentir las convulsiones del primer orgasmo. Su concha se había humedecido bastante, con lo que humedecí mi dedo de ese dulce jugo que eyacula su vagina. Con esa humedad remojé los labios de Mary, quien era conciente de lo que hacía, y cosa que aprovechó Juan para besarla, esparciendo el dulce sabor de mi mujer entre sus labios. Liz se dio cuenta de lo que había hecho. Lejos de amargarse o recriminarme algo, se levantó y de igual forma humedeció sus dedos con los jugos de la concha de Mary, esta vez ella humedeció mi pene y lo empezó a chupar. Mary cogió el pene de Juan para querer meterlo en la concha de mi mujer, pero ella no lo permitió. Ella misma se humedeció los dedos y cogió la pinga de Juan, le dio una breve paja para humedecerla bien. Yo estaba que estallaba de excitación. Había visto a mi mujer cogerle la verga a otro hombre. Esa pinga húmeda fue premiada con una rica mamada por parte de Mary. Ahora nuestras mujeres nos estaban dando a Juan y a mí, unas chupadas espectaculares. Cogí de la cabeza a Mary y la dirigí hacia mi pene. Mary quedó mirando como mi mujer me la chupaba con tanto placer. Ella se acercó y miró a Liz como diciéndole "invítame un poco". Habrá sido el trago, el momento, o no se qué cosa, que hizo que mi esposa dejara de chupar mi verga y le dijera a Mary:

  • Chúpala tú también

  • Ay amiga, gracias, se ve muy rica – respondió Mary

  • Si, pruébala, es riquísima

  • Por qué no se la chupas a Juan?

Liz me miró esperando que le de una señal. La miré y le hice un gesto de aprobación. Cambió el sitio con Mary, y se la empezó a chupar. Ella ya había probado la pinga de su anterior pareja. Cuando me lo contó con lujo de detalles, de cómo él la obligaba a hacerlo, de cómo una vez se corrió en su boca y la obligó a tragarse su semen, me dieron celos, pero tuve que entender que en esa época no era nada mío, y si lo hizo, fue porque era su pareja. Pero esta vez era yo el que la autorizaba a hacerlo. Habíamos invertido los papeles. Esta vez nuestras mujeres habían intercambiado nuestras vergas, y las estaban chupando con mucho gusto. Después de un rato, la jalé a Liz para que me la chupara junto con Mary. Mary había cogido la punta de mi pinga, mientras que Liz me estaba trabajando la parte de los testículos. Las dos conocían muy bien su trabajo. Se peleaban por mi pene. Felizmente no era pequeño, sino más bien mediano, de unos 18 cm, lo que permitía que cada una tuviera su pedazo suficiente para comer.

Juan, mientras tanto, se daba el sólo una paja. Mary lo vio y lo acercó más a mí. Ahora, estábamos los dos sentados uno al lado del otro, con las pingas disponibles para ambas perras hambrientas se los coman como ellas quisieran. Se iban a la pinga de Juan, regresaban a la mía. Mary se quedaba con la mía, Liz con la de Juan, y nuevamente intercambiaban posiciones. En una de esas en las que las dos me la chupaban, cogí sus cabezas y las junté, haciendo que se den, entre ellas, un apasionado beso que incluía intercambio de saliva e incrustación de lengua.

Juan y yo nos seguíamos dando unas pajas para no perder la erección. Coincidimos en la idea de colocarnos al lado de las chicas, uno a cada lado, y poner nuestras pollas entre sus bocas, con lo que el beso que se daban se complementaba con nuestros penes entre sus labios. Era demasiado para un día. La amiga de mi esposa me la había chupado y yo le había hecho la sopa. Mi esposa se la había chupado a mi mejor amigo y él la había sopeado a ella. Ahora, mi esposa estaba teniendo su primer beso lésbico, y yo, estaba teniendo un roce gay entre mi pene y el de Juan, que la verdad me agradó mucho y dio pie a hacer otras cosas.

Colocamos a nuestras mujeres en cuatro. Las recostamos sobre el sillón. Cada uno cogió a su mujer e inició la labor de penetración. Agarramos una cadencia en el mete y saca digna de la marcha de un ejército. Nuestras arremetidas eran constantes, con un movimiento suave y, de vez en cuando, con fuerza para que las perras sientan el dolor y placer que les dan sus hombres. Mi excitación era muy grande. Mientras las penetrábamos, le dije a Liz lo siguiente:

  • Amor, recuerdas que siempre que cachamos, te pones tus pantys de encaje?

  • Si amor, pero esta vez no ha habido tiempo de ponérmelas.

  • Pero tú sabes que eso me excita aún más, y mejor si te pones tu portaligas.

  • No vale, y yo qué me voy a poner? – preguntó Mary

  • No te preocupes amiga, yo tengo varios juegos, mis pantys negras, marrones, blancas; y de portaligas igual, tengo sus juegos.

  • Préstame unas entonces amiga, así los complacemos más.

Dejamos de penetrarlas y se fueron al dormitorio. Las putas se demoraron menos de lo esperado y vinieron vestidas más provocadoras. Pantys, portaligas, sus sandalias. Eran todas unas zorras. Legaron donde nosotros, pero esta vez, nosotros estábamos sentados en el sillón. En lugar de que Liz se siente sobre mí, lo hizo Mary, la perra le había quitado el pene a mi mujer, quien, lejos de quejarse o recriminárselo, cogió la pinga de Juan, y ella misma se la acomodó en su vagina. Esta vez parecía que se trataba de una competencia entre las dos. Subían y bajaban, cabalgando como dos amazonas sobre sus caballos. Se sentaban, giraban sus caderas para crear una fricción más grande sobre nuestros miembros. Era espectacular. Parecía que se trataba de una competencia, en donde la más perra resultaría la ganadora. Juan y yo nos mirábamos extasiados. No pasó mucho tiempo y Liz empezó a gemir más de la cuenta. Sus movimientos eran cada vez más intensos. Juan de igual forma empezó a gemir. Estaba bien que haya aceptado el intercambio, pero no aceptaría que él eyacule dentro de mi esposa. Liz se percató de eso. Se retiró de la posición en la que estaba y la llamó a Mary. Entre las dos le dieron una rica mamada que terminó en una eyaculación muy grande. Mi esposa, que conoce esos menesteres, había cogido de la cabeza a Mary y la había puesto de tal forma que ella recibiera el integro del semen, una parte en su boca, otra en su rostro, y otra cayó en la ingle de Juan. Juan estaba extasiado. No cabía en su cuerpo. Lo malo era que mis, ahora, dos mujeres, estaban aún insatisfechas. Las coloqué a las dos de espaldas y las empecé a penetrar. Mary se había puesto de tal forma que seguía lamiendo el pene de Juan manchado de semen. Liz a su lado quedaba lista para la penetración. Juan ya estaba en calidad de bulto, así que apelé a una nueva posición. Las puse a mis chicas a hacer un 69, de esa forma, las dos se darían dulces lamidas y yo, a la vez, podría ir penetrando una a una, sin que se peleen. Liz se acostó en el piso, Mary encima de ella, formando la figura que quería. Me resultaba más fácil ir penetrando a Mary. La empecé a penetrar, suavemente de forma que Liz pudiera darme unas lamidas de pene al mismo tiempo. Cambiaron de posición de forma que esta vez mi esposa estaba encima y recibiendo mi pene. Hice llegar a mi esposa al orgasmo, lo que incrementó mi excitación. Ya no pude aguantar y terminé eyaculando dentro de mi mujer. Fue una corrida deliciosa, y lo que pasó después, fue mejor. Mis mujeres no se habían movido. Liz se acostó sobre el cuerpo de Mary, y poco a poco empezó a chorrear el semen desde dentro de su concha. Mary abrió la boca y fue recibiendo mi leche. Abrí la vagina de tal forma que la leche empezó a caer en mayor cantidad. Liz, fiel consumidora de mi leche, se volteó y empezó a besar a Mary con la intención de tomar algo de leche. Había algo de leche en el rostro de Mary, por lo que Liz empezó a lamer su cara.

  • Amiga, no te tomes toda la leche de mi hombre.

  • Ah, ven, aquí tengo un poco, ven para dártela.

Los cuatro ya no jalábamos más. Nos fuimos a mi habitación y las mujeres se acostaron. Juan y yo nos quedamos en la alfombra, esperando superar la flacidez de nuestros cuerpos y miembros. La madrugada cayó. Las chicas no despertaron hasta el día siguiente, Juan y yo nos pusimos a recordar lo que habíamos hecho y planeando nuestro próximo encuentro.

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