Meaza dormía a mi lado. Todavía no se había dado cuenta que
estaba despierto, lo que me dio la oportunidad de mirarla mientras descansaba.
Su belleza negra se realzaba sobre el blanco de las sábanas. Me encantaba
observarla, sus largas piernas, perfectamente contorneadas, eran un mero
anticipo de su cuerpo. Sus caderas, su vientre liso, y sus pequeños pechos eran
de revista. Las largas horas de gimnasio y su herencia genética, le habían
dotado de un atractivo más allá de lo imaginable.
Pero lo que realmente me tenía subyugado, era la manera con
la que se entregaba haciendo el amor. Cuando la conocí, se lanzó a mis brazos,
sin saber si era una caída por un barranco, sin importarle el poderse despeñar,
ella quería estar conmigo y no se lo pensó dos veces. Tampoco meditó que iba a
significar para su familia, que yo fuera blanco, y cuando su padre la repudió
como hija, mantuvo su frente alta, y orgullosamente se fue tras de mí.
Ahora, la tenía a escasos centímetros y estaba desnuda.
Sabiendo que no se iba a oponer, empecé a acariciarla. Su trasero, duro y
respingón, era suave al tacto. Anoche, había hecho uso de él, desflorándolo con
brutalidad, pero ahora me apetecía ternura.
Pegándome a su espalda, le acaricié el estómago, no había
gota de grasa. Meaza era una mujer delgada, pero excitante. Subiendo por su
dorso me encontré con el inicio de sus pechos, la gracia de sus curvas tenían en
sus senos la máxima expresión. La gravedad tardaría todavía años en afectarles,
seguían siendo los de una adolescente. Al pasar la palma de mi mano por sus
pezones, tocándolos levemente, escuché un jadeo, lo que me hizo saber que estaba
despierta.
La muchacha, que se había mantenido callada todo ese rato,
presionó sus nalgas contra mi miembro, descubriendo que estaba listo para que
ella lo usase. No dudé en alojarlo entre sus piernas, sin meterlo. Moviendo sus
caderas con una lentitud exasperante, expresó sus intenciones, era como si me
gritase: -Te deseo-.
Bajando un mano a su sexo, me lo encontré mojado. Todavía no
me había acostumbrado a la facilidad con la que se excitaba, y quizás por eso me
sorprendió, que sin pedírselo, y sobretodo sin casi prolegómenos, Meaza
levantando levemente una pierna, se incrustara mi extensión en su interior.
La calidez de su cueva me recibió sin violencia, poco a poco,
de forma que pude experimentar como centímetro a centímetro mi piel iba rozando
con sus pliegues hasta que por fin hubo sido totalmente devorado por ella.
Cogiendo un pezón entre mis dedos, lo apreté como si buscara sacar leche de su
seno. Ella al notarlo, creyó ver en ello el banderazo de salida, y acelerando
sus movimientos, buscó mi placer.
Su vagina, ya parcialmente anegada, presionaba mi pene, cada
vez que su dueña forzaba la penetración con sus caderas, y lo soltaba relajando
sus músculos, al sacarlo. Nuestros cuerpos fueron alcanzando su temperatura,
mientras nuestra pieles se fundían sobre el colchón.
Separando su pelo, besé su cuello y susurrándole le dije:
-¿Cómo ha amanecido mi querida sierva?-
Mis palabras fueron el acicate que necesitaba, convirtiendo
sus jadeos en gemidos de placer, y si de su garganta emergió su aceptación, de
su pubis manó su placer en oleadas sobre la sábana. "Primer orgasmo de los
múltiples que conseguiría esa mañana", pensé mientras le mordía su hombro. Mis
dientes, al clavarse sobre su negra piel, prolongaron su clímax, y ya, perdida
en la lujuria de mis brazos, me pidió que me uniese a ella.
-Tranquila-, le contesté dándole la vuelta.
El brillo de sus ojos denotaba su deseo. Meaza me besó,
forzando mi boca con su lengua. Juguetonamente, le castigué su osadía,
mordiéndosela, mientras que con mis manos me apoderaba de su culo.
-Eres una putita, ¿lo sabías?-
-No, mi amo, ¡soy tu puta!-, me contestó sonriendo, y sin
esperar mi orden se sentó a horcajadas sobre mí, empalándose.
Chilló al notar que la cabeza de mi glande chocaba con la
pared de su vagina. No fue por dolor, al contrario se sentía llena, cuidada, y
agradeciéndoselo a mí, su dueño, sensualmente llevó sus manos a sus pechos y
pellizcándolos, me dijo:
-Amo, si soy buena, me premiarías con un deseo-.
-Veremos-, le contesté acelerando mis incursiones.
Sabía que fuera la que fuera su petición, difícilmente me
podría negar, y más cuando dándome como ofrenda sus pechos, me los metió en mi
boca, para hacer uso de ellos. Sus aureolas casi habían desaparecido al
erizársele los pezones. Duros como piedras, al torturarles con mis dientes,
parecieron tomar vida propia y obligaron a la mujer a gemir su pasión.
-¡Muévete!-, le exigí al notar que mi excitación iba en
aumento.
Obedeciéndome, su cuerpo empezó a agitarse como si de una
coctelera se tratase, licuándose sobre mis piernas. Con la respiración
entrecortada, me rogó que la regase con mi semen, que ya no podía aguantar más.
Muchas veces había oído hablar de la eyaculación femenina, pero nunca había
experimentado que una mujer se convirtiera en una especie de geiser, lanzando un
chorro fuera de su cuerpo, mientras tenía clavado mi miembro en su interior. Por
eso, me quedé sorprendido y sacando mi pene, me agaché a observar el fenómeno.
Justo debajo de su clítoris, su sexo tenía un pequeño agujero
del que salía a borbotones un liquido viscoso y transparente. Me tenía pasmado
ver que cada vez que le tocaba su botón del placer, volvía a rugir su cueva,
despidiendo al exterior su flujo, por lo que decidí probar su sabor.
Lo que sucedió a continuación no tiene parangón. Mientras mi
lengua se apoderaba de sus pliegues, Meaza se hizo con mi pene,
introduciéndoselo completamente en la boca y usando su garganta como si fuera su
sexo, comenzó a clavárselo brutalmente. Yo, maravillado por mi particular
bebida, busqué infructuosamente secar el manantial de su entrepierna y ella,
masajeando mis testículos, se lo insertaba a la vez hasta el fondo.
Con mi sed, totalmente satisfecha, me pude concentrar en sus
maniobras. Estaba siendo el actor principal de una película porno, la negrita
era un pozo de sorpresas, cogiendo mi mano se la llevó a la nuca para que le
ayudara. Fue entonces, cuando sentí que me corría y presionando su cabeza contra
mi sexo, en grandes oleadas de placer me derramé en el interior de su garganta.
Meaza no se quejó, sino que absorbió ansiosa mi semen, y disfrutando realmente
siguió mamando hasta que dejó limpio todo mi pene, y viendo satisfecha que lo
había conseguido, me miró diciendo:
-¿Le ha gustado a mi amo?-
Solté una carcajada, era una descarada pero me volvía loco.
La negrita se hacía querer y lo sabía, por lo que dándole un azote le dije que
me iba a bañar.
Debajo de la ducha, medité sobre la muchacha, no solo era
multiorgásmica, sino que era una verdadera maquina de hacer el amor, y lo mejor
de todo que era mía. Todavía recordaba como la había conocido, y como entre ella
y Maria habían planeado tomarme el pelo. Su plan falló por un solo motivo, Meaza
se había enamorado dando al traste toda la burla.
Saliendo de la ducha, me encontré a la mujer preparada para
secarme. Su sumisión era algo a lo que podría acostumbrarme, pero aún era algo
que me encantaba sentirla siempre dispuesta a satisfacerme hasta los últimos
detalles. Levantado los brazos dejé que lo hiciera.
-Fernando-, me dijo mientras me secaba,-¿me vas a conceder mi
deseo o no?-.
Tenía trampa, y por eso le pregunté cual era antes de darle
mi autorización. Arrodillándose a mis pies, me miró con cara de pícara, y me
contestó:
-Mi amo es muy hombre, y necesito una ayudante-.
La muy ladina, me quería utilizar para sus propios
propósitos, lo supe al instante, pero la idea, de tener dos mujeres a mi
disposición, me apetecía y sabiéndome jodido le dije:
-¿Tienes alguien en mente?-
Sonriendo, me respondió:
-María puede ser una buena candidata, siempre que no te
moleste-.
Mi buena sumisa estaba usando sus dotes, sabiendo que no me
iba a negar, ya que de esa forma mataba dos pájaros de un tiro, me vengaba y la
satisfacía. Me reí de su cara dura, y besándola le exigí que quería desayunar.
-Lo tiene en la mesa, ya servido, como cada mañana, mi
querido amo, y el día que no lo tenga: ¡castígueme!-.
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El trabajo en la oficina me resultó monótono, por mucho que
intentaba involucrarme en la rutina, mi mente volaba pensando en que sorpresa me
tendría esa noche, mi querida negrita. Desde que apareció en mi puerta hace
varios jornadas, se había ocupado de que mi vida fuera cada vez más interesante
y divertida.
Era parte de su carácter, no podía evitar el complacerme,
según me había confesado, en realidad, pensaba que había nacido para servirme, y
que ya no tenía sentido su existencia sin su dueño. Meaza podía parecer dócil, y
lo era, pero recapacitando me convencí que detrás de esa máscara de dulce
sumisión, estaba una manipuladora nata. "Tiempo al tiempo", pensé, "ya tendré
muchas oportunidades de ponerla en su sitio, pero mientras tanto voy a seguirle
la corriente".
A la hora de comer, me había llamado pidiéndome que no
llegara antes de las nueve de la noche, que la cena que me iba a preparar
tardaba en cocinarse. La entendí al vuelo, y por eso al terminar decidí irme a
tomar una copa al bar de abajo.
En la barra, me encontré con Luisa y su gran escote.
Treinteañera de buen ver, que en varias ocasiones había compartido mi cama.
-¿Qué es de tu vida?, ¡golfo!, que ya no te acuerdas de tus
amigas-, me dijo nada más verme. Coquetamente me dio dos besos, asegurándose que
el canalillo, entre sus dos pechos, quedara bajo mi ángulo de visión.
-Bien-, le contesté parando en seco sus insinuaciones. Si no
me hubiera comportado de manera tan cortante, la mujer no hubiese parado de
mandarme alusiones e indirectas hasta que le echara un polvo, quizás en el
propio baño del lugar.
-Joder, hoy vienes de mala leche-, me contestó indignada,
dándose la vuelta y yendo a intentar calmar su furor uterino en otra parte.
Una medio mueca, que quería asemejarse a una sonrisa,
apareció en mi cara, al percatarme que algo había cambiado en mí. Antes no
hubiese desaprovechado la oportunidad y sin pensármelo dos veces, le habría
puesto mirando a la pared .En cambio, ahora, no me apetecía. Solo podía haber
una razón, y, cabreado, me dí cuenta que tenia la piel negra y rostro de mujer.
Sintiéndome fuera de lugar, vacié mi copa de un solo trago, y
saliendo del local me di un paseo. El aire frío que bajaba de la sierra me
espabiló y con paso firme me fui a ver que me deparaba mi negrita.
Me recibió en la puerta, quitándome la corbata y la chaqueta,
me pidió que me pusiera cómodo, que como había llegado temprano, la cena no
estaba lista. Sonreí al ver, sobre la mesa del comedor, la mesa puesta. Sabía
que era buena cocinera, ya que había probado sus platos, pero al ver lo que me
tenía preparado, dudaba que fuera capaz de terminar de cenar y encima desde la
cocina, el ruido de las cacerolas me decían que todavía había más comida.
Esperando que terminara, me serví un whisky como aperitivo.
Mucho hielo, poco agua es la mezcla perfecta, donde realmente puede uno paladear
el aroma de la malta.
-¿Te gusta tu cena?-, me preguntó desde la cocina.
Antes de contestarle me acerqué a ver en que consistía, y
como había aliñado los diferentes manjares. Sobre la tabla, yacía María. Se
retorcía al ser incapaz de gritar por la mordaza que le había colocado en la
boca. Cada uno de sus tobillos y muñecas tenían una argolla con cadenas,
dejándola indefensa. Meaza se había ocupado de inmovilizarla, formando una x,
que podía ser la clasificación que un crítico gastronómico hubiese dado al
banquete.
Sobre su cuerpo, estaba tanto la cena como el postre, ya que
perfectamente colocada sobre sus pechos una buena ración de fresas con nata,
esperaban ser devoradas.
-Me imagino que la vajilla, no es voluntaria-, le contesté
mientras picaba un poco de pollo con salsa de su estómago.
-No, se resistió un poquito-, me dijo, saliendo de la cocina.
Me quedé sin habla al verla, en sus manos traía un enorme
consolador, de esos que se usan en las películas porno, pero que nadie, en su
sensato juicio, utiliza. Con dos cabezas, una enorme para el coño, y otra más
pequeña para el ano.
-¿Y eso?-
-Para que no se enfríe la cena-, me soltó muerta de risa
mientras se lo incrustaba brutalmente en ambos orificios.
El sonido del vibrador poniéndose en marcha, me hizo saber
que ya era hora de empezar a cenar, y acercándome a mi muchacha, le informé:
-Solo por hoy, te dejo comer conmigo-, y poniendo cara de
ignorante, le pregunté:- ¿Cuál es el primer plato?-.
Señalándome el pubis depilado de María, me dijo:
-Paté-.
-Haz los honores-
Orgullosa de que su amo le dejara empezar, recogió un poco
entre sus dedos, y acercándolo a mi boca, me susurró:
-Recuerda que siempre seré la favorita-.
-Claro-, le respondí dándole un azote, -pero, ahora mismo,
tengo hambre-.
El trozo que me dio no era suficiente, por lo que cogiendo
con el cuchillo un poco, lo unté en el pan, disfrutando de la cara de miedo que
decoraba la vajilla. Realmente estaba rico, un poco especiado quizás motivado
por la calentura, que contra su voluntad, estaba experimentando nuestra cautiva.
-Termínatelo-, le ordené a Meaza.
La negrita no se hizo de rogar y separando los pliegues del
sexo de mi amiga, recogió con la lengua los restos. Dos grandes lágrimas
recorrían las mejillas de María, víctima indefensa de nuestra lujuria. En plan
perverso, haciendo como si estuviese exprimiendo un limón, torturó su clítoris,
mientras recogía en un vaso parte de su flujo.
-Prueba tu próxima esclava-, me dijo Meaza, extendiéndome el
vaso.
En plan sibarita, removiendo el espeso líquido, olí su aroma
y tras probarlo, asentí, confirmándole su buena calidad. Conocía a Maria desde
hace cinco años, pero siempre se había resistido a liarse conmigo, diciéndome
que como amigo era genial, pero que no me quería tener como amante. Y ahora, era
mi cena involuntaria.
El segundo plato, consistía en el guiso de pollo en salsa,
que había picado con anterioridad, por lo que cogiendo un tenedor pinché un
pedazo.
-Te has pasado con el curry-, protesté duramente a mi
cocinera.
-Lo siento, amo-.
Era mentira, estaba buenísimo, pero así tenía un motivo para
castigarla. Nuestra presa, se estaba retorciendo sobre la mesa. Aterrada, sentía
como los tenedores la pinchaban mientras comíamos, pero sobre todo, lo que la
hacía temblar, era el no saber como y cuando terminaría su tortura.
-No te parece, que esta un poco fría-, me dijo sonriendo
Meaza, y sin esperar a que le contestara, conectó el vibrador a su máxima
potencia.
Como si estuviera siendo electrocutada, María rebotó sobre la
tabla, al sentir la acción del dildo en sus entrañas, y solo las duras cadenas
evitaron que se soltara de su prisión. El sudor ya recorría su frente, cuando
sus piernas empezaron a doblarse por su orgasmo. Y fue entonces, cuando mi
hembra, apiadándose de ella, se le acercó diciendo:
-Si no gritas, le pediré permiso a mi amo, para quitarte la
mordaza-.
Viendo que no me oponía y que la muchacha asentía con la
cabeza, le retiró la bola que tenía alojada en la boca.
-Suéltame, ¡zorra!-, le gritó nada más sentir que le quitaba
el bozal.
-¡Cállate!, que no hemos terminado de cenar-, dijo dándole un
severo tortazo.
Desamparada e indefensa, sabiendo que no íbamos a tener
piedad, María empezó a llorar calladamente, quizás esperando que habiendo
terminado nos compadeciésemos de ella y la soltáramos.
-Su postre-, me dijo señalando las fresas sobre sus pechos.
-¿Cuál prefieres?-.
No me contestó hablando sino que agachándose sobre la mujer,
empezó a comer directamente de su seno. Era excitante el ver como lo hacía, sus
dientes no solo mordían las frutas sino que también se cernían sobre los pezones
y pechos de María, torturándolos. Meaza tenía su vena sádica, y estaba
disfrutando. Nuestra victima no era de piedra, y mirándome me pidió que parara,
diciendo que no era lesbiana, que por favor, si alguien debía de forzarla que
fuera yo.
-Sigue tú, que no me apetecen las fresas-.
La negrita supo enseguida que es lo que yo deseaba, y dando
la vuelta a la mesa, empezó a tomar su postre de mi lado, de forma que su
trasero quedaba a mi entera disposición. Sin hablar, le separé ambas nalgas y
cogiendo un poco de nata de los pechos de María, embadurné su entrada, y con mi
pene horadé su escroto de un solo golpe.
-¡Como me gusta!, que mi amo me tome a mi primero-, soltó
Meaza, mientras se relamía comiendo y chupando el pecho de la rubia.
No sé si fue oír a la mujer gimiendo, sentir como el dildo
vibraba en su interior, o las caricias sobre su pecho, pero mientras galopaba
sobre mi hembra, pude ver que dejando de llorar, María se mordía los labios de
deseo. "Está a punto de caramelo", pensé y cogiendo de la cintura a mi negra,
sin sacar mi extensión de su interior, le puse el coño de la muchacha a la
altura de su boca.
Meaza ya sabía mis gustos, y separando los labios amoratados
de la rubia, se apoderó de su clítoris, mientras metía y sacaba el enorme
instrumento de la vagina indefensa. Satisfecho oí, como los gritos de ambas
resonaban en la habitación, pero ahora me dije que no eran de dolor ni
humillación sino de placer, y acelerando mis embestidas, galopé hacía mi propia
gozo.
Éramos una maquinaria perfecta, mi pene era el engranaje que
marcaba el ritmo, por lo que cada vez que penetraba en los intestinos de la
negra, ésta introducía el dildo, y cuando lo sacaba, ella hacía lo propio.
Parecíamos un tren de mercancía, hasta los gemidos de ambas muchachas me
recordaban a la bocina que toca el maquinista.
La primera, en correrse, fue mi amiga, no en vano había
tenido en su interior durante más de medía hora el aparato funcionando y cuando
lo hizo, fue ruidosamente. Quizás producto de la dulces caricias traseras del
dildo, una sonora pedorreta retumbó en la habitación, mientras todo su cuerpo se
curvaba de placer.
Tanto Meaza como yo, no pudimos seguir después de oírlo. Un
ataque de risa, nos lo impidió, y cuando después de unos minutos, pudimos parar,
se nos había bajado la lívido.
-¿Qué hacemos con ella?-, me preguntó, señalando a María.
Bromeando le contesté:
-O la convences, o tendremos que matarla, no me apetece ir a
la cárcel por violarla-.
-Quizá sea esa la solución-, me dijo guiñándome un ojo,- ¿Tu
que crees?-
La muchacha que hasta entonces se había mantenido en
silencio, llorando, nos imploró que no lo hiciéramos jurando que no se lo iba a
decir a nadie. Realmente estaba aterrorizada. Aunque nos conocía desde hace
años, esta vertiente era nueva para ella, y tenía miedo de ser desechada, ahora
que nos habíamos vengado.
Yo sabía que mi negrita debía de tener todo controlado, por
eso no pregunté nada, cuando soltándola de sus ataduras, mientras la amenazaba
con un cuchillo, se la llevó a mi cuarto. Durante unos minutos, me quedé solo en
el salón, poniendo música. Estaba tranquilo, extrañamente tranquilo, para como
me debía de sentir, si pensaba en las consecuencias de nuestros actos.
Meaza salió de la habitación. Se la veía radiante al quitarme
de la mano mi copa, y de un trago casi acabársela.
-Perdona, pero tenía sed-, me dijo sentándose a mi lado.
-¿Como está?-, le pregunté tratando de averiguar cual era su
plan.
-Preparada-.
-¡Cuéntame¡-
-¿Recuerdas las cadenas de mi pueblo?-.
Asentí con la cabeza, esperando que me explicase.
-Pues como ya te conté, aunque su origen era para mantener
inmovilizadas a las cuativass, las tuvieron que prohibir por la conexión mental,
que se crea entre el amo y la esclava. Nos vamos a aprovechar de ello. María,
después de probarlas, será incapaz de traicionarnos-.
La sola imagen de la muchacha atada, con las manos a la
espalda y las piernas flexionadas, en posición de sumisa, provocó que se me
alteraran las hormonas y besando a mi hembra, le dije que ya estaba listo.
Abrazado a su cintura, fui a ver a nuestra víctima. Meaza
había rediseñado mi cuarto, incluyendo en su decoración motivos africanos, y
otros artilugios, pero lo que más me intrigó fue ver a los pies de la cama un
pequeño catre, de esparto, realmente incomodo, aunque fuera en apariencia. Al
preguntarle el motivo, puso cara de asombro, y alzando la voz, me contestó que
no pensaba dormir con su esclava.
-¿Tu esclava?-, le dije soltándole un tortazo, -¡será la
mía!-.
Viendo mi reacción, se arrodilló, pidiéndome perdón, jurando
que se había equivocado, y que nunca había pensado en sustituirme como amo.
Cogiéndola de sus brazos, la levanté avisándola que ahora teníamos trabajo,
pero, que luego, me había obligado a darle una reprimenda.
Indignado, me concentré en María. Sobre mi cama, yacía atada
de la manera tradicional, pero acercándome a ella, descubrí que las cadenas con
la que estaba inmovilizada, no eran las que yo había comprado, sino otras de
peor calidad. Éstas eran plateadas, y las otras, doradas. "Debe de haberlas
comprado esta mañana", pensé al tocarlas.
La pobre muchacha nos miraba con ojos asustados. Nuevamente,
llevaba el bozal y por eso cuando enseñándome el genero, Meaza azotó su trasero,
lo único que oí, fue un leve gemido.
-Quítale la mordaza-, ordené a mi criada.
Mientras la negra se dedicaba a soltar las hebillas que la
mantenían muda, calmé a mi amiga acariciándola el pelo. Con palabras dulces, le
dije que no se preocupara, pero que ella era la culpable de lo que le había
pasado, al intentar hacerme una jugarreta. No se daba cuenta, pero las cadenas
estaban cumpliendo a la perfección con su cometido, ya que además de mantenerla
tranquila, poco a poco, la iban sugestionando, de manera que nada más sentir que
ya podía hablar, me dijo:
-Suéltame, si lo que quieres es hacerme el amor, te juro que
te lo hago, pero libérame-.
Sonreí al escucharla, y bajando mis manos por su cuerpo, le
contesté:
-Te propongo algo mejor, te voy a acariciar durante dos
minutos, si después de ese tiempo, me pides que te suelte, te vistes y te vas-.
La muchacha me dijo que sí, con la cabeza. Meaza estaba
esperando mis ordenes, haciéndole una seña, le dije que empezara. Poniéndose a
los pies de la cama, comenzó a besarle las piernas, mientras yo me entretenía
con el cuello de la niña, de forma que rápidamente cuatro manos y dos bocas se
hicieron con su cuerpo. Los pezones rosados de la rubia me esperaban, y
bordeando con mi lengua su aureola, oí el primer gemido de deseo al morderlos
suavemente con mis dientes.
-¿Te gusta?-.
-Si-, me dijo con la respiración entrecortada.
Mi criada estaba a la altura de sus muslos, cuando
pellizcando sus pechos, pasé mi mano por su trasero. Tenía un culo, bien
formado, sin apenas celulitis. Separando sus dos nalgas, ordené a Meaza que me
lo preparara. Su lengua se introdujó en la vagina, justo en el momento que mi
amiga se empezaba a correr, gritando su placer y derramándose sobre las sabanas.
Aproveché su orgasmo para preguntarle si quería que la
hiciera mía.
Llorando de gozo y humillación, me respondió que sí. Yo sabía
la razón, pero no me importaba que ella no fuera consciente de estar sometida
por la acción de las cadenas, lo realmente excitante era el poder, por lo que
retirando a la negrita, me acomodé entre sus piernas y colocando mi pene en la
entrada de su cueva esperé...
Su sexo, ya totalmente inundado, se retorcía, intentando que
mi glande entrara en su interior.
-Ponte delante-, le dije a Meaza.
La mujer me obedeció, colocando su sexo a la altura de la
boca de María pero sin forzarla a que se lo comiera. Viendo que estábamos ya en
posición agarré las cadenas, y tirando de ellas, metí la cabeza de mi pene
dentro de su coño. Mi amiga jadeo al sentir que su espalda se doblaba y que mi
extensión, ya totalmente erecta, la tenía en su antesala.
-¿Quieres que siga?-.
Ni siquiera me respondió, cerrando sus piernas, buscó el
aumentar su placer, sin darse cuenta que al hacerlo violentaba aún más su
postura, y gimiendo de dolor y gusto, se entregó totalmente a mí, gritando:
-Por favor, ¡hazlo!-.
Apiadándome de ella, la penetré de un golpe tirando de su
cuerpo para atrás, hasta que la cabeza de mi glande rozó el final de su vagina,
momento que Meaza aprovechó para obligarla a besarle su sexo. A partir de ahí,
todo se desencadenó y la lujuria dominando su mente, hizo que sus barreras
cayeran, y que su lengua se apoderara del clítoris de la negra, mientras yo la
penetraba sin piedad. No tardó en correrse, y con ella, mi criada. Los jadeos y
gemidos de las mujeres eran la señal que esperaba para lanzarme como un loco en
busca de mi propio placer, y agarrando firmemente las cadenas a modo de riendas,
inicié la cabalgada.
Mi pene apuñalaba su sexo impunemente, las cadenas tiraban de
su columna, y ella indefensa, se retorcía gritando su sumisión, mientras ajeno a
todo ello, solo pensaba en cuando iba a notar el placer del esclavista. La
primera vez que lo experimenté fue algo brutal, nada de lo que había sentido
hasta ese momento se asemejaba, era el orgasmo absoluto. Durante siglos, en
Etiopía habían estado prohibido por el poder de sugestión, y su uso estaba
limitado. Lo que me había parecido una exageración, tenía una razón, y no la
comprendí hasta que sacudiendo mi cuerpo, empezó a apoderarse de mi una
sensación de triunfo, que me obligaba a seguir montando a María, sin importarme
que en ese momento estuviera sufriendo y disfrutando de igual forma de una
tortura sin igual. Con su espalda, cruelmente doblada, y su coño, totalmente
empapado, se estaba corriendo entre grandes gritos. Era como si estuviera
participando en una carrera suicida, incapaz de oponerse, se retorcía en un
orgasmo continuo, forzando mis penetraciones con sus caderas, mientras la
tensión se acumulaba en su interior. La propia Meaza colaboraba con nuestra
lujuria, masturbándose con las dos manos.
La escena era irreal, la negra reptando por el colchón
mientras yo empalaba a María. De improviso, sin dejar de moverme, me vi dominado
por el placer, como si fuera un ataque epiléptico, comencé a temblar sobre la
muchacha, y explotando me derramé en su cueva. Durante un tiempo difícil de
determinar, para mi mente solo existían mis descargas, todo mi ser era mi pene.
Era como si las breves e intensas oleadas de semen fueran el todo, hasta que
cayendo agotado, me desplomé sobre la muchacha. Por suerte estaba Meaza que
evitó que le rompiera las vértebras al retirarme de encima de ella.
Tardé en recuperarme, y cuando lo hice, la imagen de la negra
retirando las cadenas a un María, con baba en la boca y los ojos en blanco, me
asustó.
-¿Qué ha pasado?-, pregunté viendo el estado lamentable de mi
amiga.
-Se ha desmayado, demasiado placer-, me contestó.
Los minutos pasaron angustiosamente, y la rubia no volvía en
sí. Ya estábamos francamente nerviosos, cuando abriendo los ojos, reaccionó. Lo
primero que hizo fue echarse a llorar, y cuando le pregunté el porqué, con la
respiración entrecortada, me respondió:
-No sé como no me había dado cuenta que te amaba-, y alzando
su brazos en busca de protección, prosiguió diciendo,-gracias por hacérmelo
ver-.
Todo arreglado, no quedaba duda de que sería imposible que
nos traicionara, pero quedaba la última prueba, y levantándome de la cama, les
dije a mis dos mujeres:
-La que me prepare el baño, duerme conmigo esta noche-.
Ambas salieron corriendo, compitiendo en ser la elegida. Era
gratificante el ver la necesidad de servirme que tenían, pensé mientras soltaba
una carcajada.