18. La fiera.
Al cabo de un rato, Nuria dio permiso a la doncella para
retirarse, no sin antes haberse deleitado minuto tras minuto en su triunfo.
Alba, desnuda, arrodillada, jadeando todavía, el sexo abierto, manchado,
expuesta a la sucia fantasía de su señora que se acariciaba mientras la
contemplaba.
- Puedes irte.
Alba recogió su ropa y, encerrado el culotte en un puño, se
apresuró a continuar con lo que había interrumpido: la compañía de Toni.
La primera planta estaba a oscuras. Toni solía dejar la
puerta de su habitación entreabierta para que la joven la encontrara más
fácilmente, sabía de su timidez para encender las luces a esas horas de quietud
nocturna, pero en esta ocasión la puerta estaba cerrada y la penumbra gobernaba
el largo pasillo. Alba hubiera encontrado la puerta de la señorita con los ojos
cerrados, eso no era problema, pero una incertidumbre desconocida se adueñó de
su tierno corazón. Por primera vez sintió el rechazo de Toni. Había creído sus
atenciones eternas y ahora, de pronto, era tratada con indiferencia.
Llamó a la puerta, un par de golpes débiles, temerosos de
causar enojo, prudentes de no ser oídos por el resto de las habitantes de la
casa. Toni no contestó. Alba quiso volver a llamar, más fuerte esta vez, tan
fuerte como fuera posible para que Toni respondiera, pero no lo hizo. Se quedó
con el rostro pegado a la puerta, sufriendo en silencio la angustia, la
posibilidad de que Toni no la dejara entrar nunca más en su cuarto.
Y Toni, Toni había oído perfectamente la llamada. Se
encontraba sentada en la cama, vestida tan sólo con el batín sin abrochar,
mirando fijamente la puerta, mordiéndose el puño. Guardaba la esperanza de que
Alba la creyera dormida y se fuera pero podía oír su respiración agitada, los
latidos fuertes como tambores que gritaban "ábreme"... Aguantó todo lo que pudo
pero no soportó saberla allí de pie intranquila, tal vez llorando, como lloraba
ella por dentro.
- Pasa.
Una sola palabra y Alba sintió que le volvía la vida y que
aquellos minutos de espera formaban parte de un pasado muy lejano. Abrió la
puerta temblando, con el único deseo de amarrarse al pecho de Toni y quedarse
por siempre acurrucada entre sus brazos. Se arrodilló frente a ella. Toni le
abrió la mano para recuperar su regalo pero Alba volvió a cerrar los dedos y,
apartando el culotte de su alcance, dijo:
- Es lo más bonito que he tenido nunca.
- Te regalaré otro.
- No, yo quiero éste.
No hubo opción a discusión porque Alba se abrazó a la cintura
de Toni. Un gesto tan inesperado como oportuno. Toni se conmovió y se excitó,
todo a la vez.
- Dime que quieres –Toni le acariciaba los cabellos
despeinados.
- Que me deje servirla, como siempre.
- Pero ¿qué es lo que desearías?
- Dígame lo que tengo que hacer y lo haré.
- No, no, qué quieres tú en realidad.
- Obedecerla.
- Entonces... ¿Estás aquí conmigo porque te lo he
pedido?
Alba la miró perpleja. Esa pregunta era extraña, intuyó la
doble intención.
- U-usted es mi señorita.
- ¿Soy sólo eso para ti?
No, claro que no, lo era todo pero... ¿cómo expresarlo sin
que resultara inapropiado? Se le exigía una respuesta inmediata. Alba volvió a
sentir el miedo al rechazo y, junto al miedo, la presencia de Toni, el aroma de
Toni, su vello púbico tan suave que le hacía cosquillas en los pechos. Suave,
suave... y qué bien olía. ¿A qué sabría?
Como hipnotizada, Alba descendió hasta el sexo de Toni,
respiró profundamente. Embriagada, drogada, dejó de escuchar y de pensar.
- No, Alba, espera... espera... Tienes que pedírmelo,
necesito que me lo digas...
Con la nariz pegada al vello, alargó la lengua con ánimo de
degustar todo lo que Toni tan celosamente guardaba.
- Basta... –Toni intentó apartarla-. Esta no es la
manera... tan sólo pídelo.
Pero el forcejeo de Toni resultaba inútil porque nada ni
nadie hubiera podido alejar a Alba de aquel paraíso ni prohibirle comer el
manjar que tan húmedo y dulce se le ofrecía. Toni la estiró con todas sus
fuerzas y Alba la empujó hacia atrás y se amorró a su fuente con desesperación.
-¡No! – gritó Toni tirándole de los cabellos, pero
era inútil.
Alba estaba tan bien agarrada que, de intentar arrancarla de
su objetivo, se hubiera llevado parte de la carne consigo. Toni se rindió a la
furia de la doncella. Y qué furia. Parecía que no hubiera comido por años, que
llevara el hambre alojada en la boca y el ansia en la lengua. Devoraba con
frenesí y Toni no pudo luchar contra el orgasmo que le sobrevino a los pocos
segundos. Y después de uno, otro, apetito insaciable.
Alba aflojó y Toni se la sacó por fin de encima. Viéndose
despojada de su alimento, la doncella despertó. Buscó entonces la mano de la
señorita, la besó, la frotó contra su mejilla esperando el perdón a su falta,
pero Toni, fría y seria, se la arrebató.
- Sólo tenías que pedirlo... Vete, por favor... No te
quiero en mi cama esta noche.