DUELO DE RASTAS VII: REENCUENTRO EN EL CLUB
POR ANUBIS
Habían pasado cuatro años desde
aquella noche en el motel, y Sol seguía pensando en ello. Para su desgracia,
sólo unos días después del inacabado duelo, la familia de Luna se mudó a otra
ciudad, y con ellos su peor enemiga. Por lo tanto, sus diferencias no se habían
resuelto.
Ahora Sol contaba con 25 años, y ya no llevaba rastas. Un
largo cabello rubio caía algo más allá de sus hombros. Había acabado su carrera,
y ahora viajaba a otra ciudad, donde ella creía que su buen currículum le
abriría las puertas a un excelente trabajo.
Habían pasado dos semanas, y Sol por fin había logrado un
trabajo. Pero no era lo que ella pensaba lograr. Tantos años de estudios para
acabar siendo bailarina go-go en un club de dudoso renombre. Pero al menos
pagaban bien. Muy bien.
Esta noche era su estreno, y la verdad es que lo estaba
haciendo muy bien. El público enloqueció con ella, y Sol disfrutó al verse
deseada por tantos hombres. Pero no eran sólo hombres quienes la observaban
detenidamente. Junto a su jefe, el empresario inglés Stevens, una go-go
observaba con especial atención la actuación.
- ¿Por qué la habéis metido
aquí a trabajar? -dijo la chica con envidia, al
ver los sensuales movimientos de la rubia.
- Necesitábamos a alguien más
aparte de a ti, y creo que ella es muy buena, como ya ves -dijo
el hombre, sin notar la tirantez de las palabras de la joven.
- Ahora veremos quién es la
mejor -dijo ella, y caminó hacia el escenario.
- ¡Espera Luna! -dijo
Stevens, pero la chica no se detuvo.
Luna subió al escenario, y Sol entonces la vio,
reconociéndola enseguida, a pesar de que Luna tampoco llevaba ya rastas. Su
cabellera castaña colgaba libre por su espalda, tan larga como la de Sol.
Las dos llevaban el oscuro traje "oficial" del club. Ambas
vestían altas botas de cuero negro, ajustadas medias oscuras y un aún más
ajustado conjunto de cuero negro de largos guantes, unas ardientes faldas muy
cortas, una chaqueta, un top y, bajo todo ello, un conjunto de ropa interior
extremadamente sensual, y por supuesto de color negro.
Todo el odio y envidia que se tenían afloraron rápidamente.
Ajustando mejor su top a sus tetas, Sol se encaró a Luna, preparada física y
mentalmente para cualquier desafío que Luna le ofreciera. Ambas recordaban que
estaban empatadas, y ambas estaban deseando -lo
habían hecho todos estos años- desnivelar la
balanza hacia su lado. Luna y Sol se estaban mirando con auténtico desprecio,
cada una en un lado del escenario, sin hacer caso a los gritos de los hombres,
que querían que el baile siguiera. Con movimientos muy lentos, las dos jóvenes
se acercaron la una a la otra, bailando con la máxima sensualidad que podían
obtener de sus bellos cuerpos.
Entonces ambas quedaron separadas por escasos centímetros,
donde aumentaron el ritmo de su baile. Finalmente ninguna pudo soportar más la
espera, y ambas juntaron sus cuerpos. Esto era algo que habían soñado durantes
numerosas noches en los últimos años. Así las dos bellas jóvenes comenzaron a
bailar muy juntas, mirándose directamente a los ojos con seguridad en sí mismas.
Rabiando ante la confianza de la rival, Sol y Luna apretaron
más aún sus cuerpos, para resolver sus diferencias de una vez por todas, y con
la mayor claridad posible, sin dejar lugar a duda. Con sus cuerpos frotándose
juntos, ambas comenzaron a recordar sus antiguos duelos, comenzaron a recordar
porque envidiaban y odiaban tanto a la otra.
Pensando en ello, Sol empujó con sus tetas a Luna, que
retrocedió un par de pasos hacia atrás. Durante unos segundos, Luna y Sol se
quedaron totalmente inmóviles, mirándose fijamente entre jadeos. Pero Luna se
sentía como si Sol llevara ventaja en su duelo de cuerpos, a causa del último
empujón de sus pechos. Mirándose ahora de arriba a abajo, jadeantes y calientes,
ambas observaron cada zona del cuerpo rival, recordando los puntos fuertes y
débiles de la rival, las partes en las que ellas dominaban o eran dominadas, o
en las que la igualdad era la nota predominante. Al final sus ojos se enlazaron
con una mirada de auténtico desprecio.
Y entonces Luna decidió que era hora de devolver el favor.
Así dio un par de pasos adelante, y chocó teta a teta contra la rubia,
haciéndola retroceder dos pasos. Enojada por ello, Sol caminó hacia Luna, y
estampó sus tetas contra los orbes de Luna con fuerza, al mismo tiempo que la
castaña empujaba con sus propios pechos hacia delante. Sus bellos senos se
aplastaron juntos, pero ninguna gimió, pues no deseaban mostrar debilidad ante
la rival. Sol volvió a embestir entonces, mirando fijamente a los ojos a Luna, y
cuando sus pechos chocaron juntos de nuevo la castaña retrocedió un forzado paso
atrás. Muy molesta por ello, Luna dio un paso rápido hacia delante y empujó a
Sol pecho a pecho. La rubia retrocedió disgustada, y volvió al ataque empujando
a su oponente con ambas manos sobre sus tetas. Luna respondió empujándola a ella
con rencor, aplanando también sus orbes.
Y cuando ambas parecían que iban a comenzar a golpearse,
dando un rápido paso hacia la rival con los puños apretados, Stevens se
interpuso entre ellas.
- ¿Qué pasa aquí? ¡Vamos a mi
despacho!
Tras oír la historia de boca de ambas muchachas, Stevens supo
que la rivalidad entre ambas era demasiado grande para mantener a ambas en el
club. Pero las dos eran demasiado buenas para despedir a ambas.
- Está bien, tengo una idea
-dijo finalmente-.
Tengo un cuarto privado en el sótano. ¿No sé si me entendéis?
- Perfectamente -dijo
Luna, mirando a Sol-. Nosotras hemos rivalizado y
peleado en infinidad de ocasiones, de distintas formas. Y el señor Stevens sólo
se quedara con una de nosotras, con la mejor -Luna
entrecerró los ojos levemente-. ¿Por qué no
resolvemos quién se queda el club, y quién se va lloriqueando y despedida? ¿Por
qué no nos enfrentamos cómo ambas deseamos? -concluyó
Luna impacientemente.
- Bien -dijo
Sol-. Ambas sabíamos que, cuando nos
encontráramos, esto sería inevitable. Así pues, veamos quien es la mejor de una
puta vez. Sólo una saldrá caminando del sótano.
- Que así sea -sonrió
Stevens, dándole la llave a Luna para poder abrir el sótano.
Sin una palabra más entre ellas, Luna y Sol bajaron hasta la
solitaria sala. Luna abrió la puerta y pasó a su interior. Sol cerró la puerta
detrás de ella. La habitación era bastante lujosa para ser un sótano. Una enorme
y suave alfombra azul cubría todo el suelo, y las paredes blancas estaban en
perfecto estado, casi recién pintadas. Un sofá en un lado, un sillón en el otro,
una estantería en una tercera pared, y una mesa en el centro era su mobiliario.
Una sencilla lámpara colgaba del centro del ancho cuarto. Luna y Sol movieron la
mesa hasta un lado, para poder maniobrar más cómodamente durante la pelea.
Al final, encarándose, la tensión entre ambas se restableció.
- Llevo años esperando esto -habló
Sol primero-. Esto tenía que acabar, y hoy
acabará.
- Nada de rendiciones -continuó
Luna-. Ninguna de nosotras saldrá de aquí hasta
que ambas estemos seguras y totalmente convencidas de quién es la ganadora. Y
por supuesto, todo vale.
- Aunque tengamos que estar
aquí durante un mes entero, lo nuestro se resolverá de una vez por todas. Sin
dudas para ninguna de las dos.
- Amén.
Luna y Sol se quitaron sus chaquetas, arrojándolas a un lado,
y se descalzaron las botas. Entonces se acercaron cautelosamente, pero deseosas
por empezar. Así, cuando estaban cerca, y reavivando el duelo que habían
comenzado hacia pocos minutos, las dos chocaron teta a teta en un ruidoso golpe.
Así se quedaron observándose, directamente a los ojos, durante un par de
segundos. Entonces colisionaron por segunda vez, un poco más duramente, y sus
pechos y estómagos se triturando muy juntos a través de sus oscuras ropas. Pero
ambas seguían sin soltar ni el más mínimo gruñido. Agarrándose ahora del
cabello, ambas chocaron una tercera y una cuarta vez. En este último encuentro,
ambas soltaron unos ligeros gruñidos de dolor. Un quinto golpe de cuerpos se
produjo entonces, y sus muslos chocaron también ahora, haciendo gemir a las dos
de nuevo. Un sexto encontronazo provocó un jadeo angustiado en ambas chicas, que
sentían como sus tetas, vientres y muslos se aplastaban juntos.
Sol y Luna mantuvieron sus cuerpos apretada y estrechadamente
juntos durante varios segundos, mirándose a los ojos con odio y agarrándose del
cabello, intentando demostrar la superioridad de un cuerpo sobre el otro.
Bajo las medias, las faldas, los tops, los sostenes y las
bragas, Luna y Sol podían sentir el curvilíneo cuerpo de la enemiga contra su
propia carne. Pero ninguna se impuso a la rival, y
con un enérgico y frustrado empujón dado con sus tetas, las dos se separaron
indignadas por el empate.
- ¡Vete a la mierda! -gritó
frustrada Luna unos segundos después, tras mirarse una a otra con odio, entre
jadeos.
- ¡Jodete zorra! -replicó
igual de rabiosa la rubia.
Ambas embistieron, y cuando sus cuerpos chocaron con una
bofetada ruidosa, Sol y Luna enterraron sus manos en el pelo de la otra, dándose
fuertes tirones. Sus tetas se volvían a estrujar muy juntas, haciendo gruñir a
ambas de dolor y rabia. Al final Sol logró zancadillear a su rival, derribándola
de espaldas al suelo, pero Luna no soltó su cabello rubio, por lo que ambas
cayeron al suelo. Con sus cuerpos frotándose y golpeándose juntos, ambas
lucharon momentáneamente en el suelo, hasta que comenzaron a levantarse la una a
la otra con duros tirones de pelo. Los gruñidos de tormento y los jadeos de
esfuerzo se mezclaron, mientras sus doloridas cabelleras sufrían terriblemente.
Ya de pie, Luna liberó su mano derecha del pelo de Sol y
abofeteó la mejilla izquierda de la rubia, que tras un gemido replicó
abofeteando la mejilla de la castaña. Sol volvió a repetir el tortazo, e
iracunda Luna se lanzó con sus tetas por delante, derribando a ambas al suelo.
Sus cuerpos se golpearon duramente contra la tierra, donde caóticamente las dos
bellas muchachas comenzaron a abofetearse en caras y pechos.
La tensión acumulada durante los últimos cuatro años hirvió y
explotó. Las dos jóvenes batallaron dura y viciosamente en el suelo, con gritos
amenazantes, jadeos de esfuerzo y gemidos de dolor y rabia. Ambas intentaron
intensamente dominar a la otra y demostrar irrebatiblemente quién era la mejor.
Pero aún cuatro años después ambas eran tan similares en constitución, fuerza y
habilidad, que ni una ni otra tuvo una ventaja clara durante más de tres
ardientes minutos de lucha en el suelo.
Sus manos tironeaban de cabellos, apuñeteaban costillas,
torteaban mejillas, estrujaban tetas, arañaban traseros. Ambas necesitaban más
manos para causar a la rival todo el dolor que deseaban. Sus rodillas ayudaban
clavándose en muslos y vientres, y sus tetas se estampaban constantemente contra
los orbes de la rival, o a veces contra su rostro.
Claramente empatadas, ambas envolvieron los brazos alrededor
del otro cuerpo, y se asieron por detrás del largo cabello. Rodando por el
suelo, ahora hacia la izquierda, ahora hacia la derecha, rubia y castaña
lucharon silenciosamente. Tras el anterior estallido de rencor contenido, donde
los sonidos de la lucha llenaron el sótano, ahora la pelea se desarrolló con un
silencio extraño y terrorífico. Nada se podía oír, excepto algún ocasional jadeo
o quejido muy breve y suave.
Tirándose duramente del pelo, Luna y Sol estrujaron juntos
sus ya sudorosos cuerpos. Pecho a pecho, vientre a vientre y muslo a muslo,
ambas pasaron de una guerra de ira y dolor a una guerra de envidias y
supremacía. Volvían a demostrar a la oponente quién tenía el mejor cuerpo.
Sin embargo, tras otros tres largos minutos, ninguna lo pudo
demostrar. Entonces Sol soltó el cabello de Luna y usó ambas manos para intentar
rasgar el top de la castaña. Luna supo su intención enseguida, y empezó a rasgar
también el top de la rubia. Tirando y torciendo el cuero, ambas se esforzaron
por romper el top de la contrincante antes de que ésta se lo rompiera a ella.
Pero entre los nervios, las prisas, los movimientos de la rival y la incomodidad
de la posición, ninguna pudo rasgarlo totalmente, y pagaron su frustración con
un mutuo tortazo en la mejilla izquierda de la rival.
Agarrándose del nuevo del cabello, ahora por los lados de sus
cabezas, las dos bellezas se obligaron dolorosamente a levantarse. De pie, ambas
batallaron dándose intercambiándose tirones de cabello con una mano y bofetadas
con la otra, hasta que Luna finalmente se lanzó hacia adelante y abrazó a Sol
con cólera, machacando sus pechos contra los de ella. Sus tetas, aún cubiertas,
se aplastaron juntas en un nuevo duelo. Sol, gruñendo por el repentino ataque,
presionó su mejilla contra la mejilla de Luna y trituró sus pechos duramente
contra las tetas de la castaña.
Tras varios segundos de jadeos y gruñidos, ambas giraron sus
cabezas para mirar a la rival a los ojos y ver cualquier mínima muestra de
debilidad, pues ambas se resistían a gemir más alto de lo normal. Entonces,
enojada porque su rival no diera ningún signo de flaqueza, Sol mordió el labio
inferior de Luna. La castaña gimió de dolor, y devolvió el favor mordiendo el
labio superior de la rubia. Entonces Sol estrujó el trasero de Luna con una
mano, mientras la castaña tiraba repentinamente del cabello de la rubia con
ambas manos. La cabeza de Sol salió despedida hacia atrás por el duro tirón,
dejando de morder a su rival. Y al mismo Luna alzó su rodilla derecha y la
dirigió veloz contra la entrepierna de Sol, pero falló por poco, golpeando el
muslo interior de la rubia. Con un gemido de dolor y sorpresa, Sol bajó su mano
y clavó su puño en el sexo de Luna, que gritó y se tambaleó atrás al tiempo que
lanzaba un segundo rodillazo que, ahora sí, conectó con la entrepierna de Sol,
que gritó de dolor. Cansadas y muy doloridas, ambas se tambalearon atrás,
separándose por primera vez en los diez primeros intensos minutos de la lucha.
Luna cayó sobre el sofá, y Sol sobre el sillón. Jadeantes, ambas examinaron el
daño que habían hecho a la rival, mirando sus cuerpos de arriba a bajo en busca
de heridas o contusiones. Sus tops estaban destrozados, pero seguían en su
sitio. Sus cuerpos transpiraban sudor a través de las medias y de los tops, y
sus bellos pechos se movían arriba y abajo, al ritmo de sus jadeos. Ambas tenían
sus cabellos enredados, algo sudorosos, y deshilados. Sus bellos rostros estaban
llenos de sudor también, estropeando levemente sus maquillajes, y sus mejillas
estaban rojas por los tortazos recibidos.
Sólo unos pocos segundos después ambas supieron que tenían
que seguir, ambas se dijeron con sus miradas que había más trabajo que hacer.
Levantándose a la vez, ambas se reprocharon los últimos golpes.
- ¡Mantén tus manos lejos de mi
coño puta! -gritó Luna.
- ¡Y tú tu rodilla de mi coño
zorra! -gritó Sol.
- ¡Vamos furcia... hagámoslo!
-dijo la castaña alzando las manos, dispuesta a
trabarlas en una prueba de fuerza contra Sol.
- ¡Vamos guarra! -gruñó
la rubia, aceptando el reto. Estirando sus brazos muy arriba, las dos chicas
trabaron las manos para ver quién dominaría a la otra. El tener las manos tan
altas no fue casualidad, pues ambas deseaban también traer sus cuerpos a este
duelo. Sus tetas primero vinieron juntas en un contacto leve y ocasional, pero
ambas fueron gradualmente acercando más y más sus orbes, buscando una ventaja,
aunque fuera momentánea, sobre la rival, ya que sus igualadas fuerzas sólo
obtenían algún jadeo o gemido de la contrincante.
Poco después, al seguir estancadas en la prueba de fuerzas,
Luna y Sol acabaron en contacto completo a lo largo de toda la longitud de sus
cuerpos. Al notar sus tetas aplastadas juntas, ambas dejaron el duelo de fuerza
y se agarraron del cabello, y comenzaron a chocar duramente sus tetas, unas
contra otras, antes de que acabar aplastándose juntos los orbes con tal
intensidad que ni siquiera una pluma cabría entre ellos. Ambas gruñeron y
gimieron de dolor y esfuerzo mientras que la combinación de la compresión de
tetas y los duros tirones de pelo las agotaba y dañaba.
Finalmente, tras un par de minutos así, ambas se empujaron, y
las dos creyeron haber ganado el duelo de pechos, aunque el empate había sido
obvio.
- Bueno, ahora que hemos dejado
claro quien tiene las mejores tetas, sigamos -jadeó
Sol, levemente agachada y con las manos prestas a agarrar. Luna estaba en la
misma posición, y ambas se circundaban.
- Sí, ha quedado bien claro
quien tiene las mejores tetas -jadeó Luna. Ambas
estaban seguras de su victoria.
- Creo que "alguien" está muy
equivocada en cuanto al concepto "mejores tetas" -comentó
Sol agriamente.
- Exacto. O quizás "alguien" no
es capaz de admitir su clara inferioridad en el duelo -replicó
ásperamente la castaña.
- ¿Crees realmente que eres
alguien? -dijo la rubia-.
Cuando esto acabe, lo veremos.
- Sí, me verás encima tuya,
mientras me chupas el coño.
- ¡Tú me lo chuparás a mí puta!
- ¡Furcia!
Las dos chicas dieron un paso adelante y comenzaron a darse
durísimas bofetadas con ambas manos. Aunque muchos golpes eran detenidos por la
rival o chocaban contra las otras manos, gran cantidad de los tortazos
conectaron ásperamente en sus mejillas. Gritos, maldiciones, gemidos y sonidos
de palmadas llenaron el aire mientras sus cabellos volaban de un lado a otro al
compás de sus cabezas, que eran giradas bruscamente por los rabiosos golpes de
la rival. Tras lograr conectar dos tortazos consecutivos en la mejilla izquierda
de Luna, Sol clavó su puño en el estómago de la castaña, que con un gemido de
angustia se dobló sobre sí misma.
Enseguida, deseando acabar con Luna de una vez, Sol la agarró
el cabello por los lados de su cabeza, preparando su rodilla para un enérgico
golpe que dejaría atontada a su oponente. Pero Luna fue más rápida y cargó
adelante con su cuerpo, hundiendo su cabeza en el liso estómago desnudo de la
rubia. Soltando un gemido mientras el aire de sus pulmones era obligado a salir
bruscamente al exterior, Sol cayó de espaldas al suelo, con Luna sobre ella.
Agarrando las muñecas de Sol y fijando sus brazos sobre su
cabeza, Luna ajustó su cuerpo al de la indefensa Sol. Entonces Luna cerró de
golpe sus tetas contra las de la rubia una y otra vez. Sol comenzó a gemir de
dolor al notar como sus pechos eran aplastados y derrotados por los orbes de la
castaña. Luna también gruñía con cada golpe, pues sus tetas no eran inmunes a la
firmeza de los pechos de Sol, pero su ventaja era clara. Tras casi una decena de
golpes, la rubia logró liberar una de sus manos y con ella agarrar la teta
derecha de Luna cuando ésta se disponía a descender con su cuerpo de nuevo.
Torciéndola 90 grados a la izquierda, Sol provocó que un angustioso chillido
surgiera de la abierta boca de Luna, que cayó a un lado. Ambas rodaron,
alejándose de su rival, para acabar arrodilladas. Sol se masajeó sus doloridas
tetas, mientras Luna hacía lo mismo con su pecho derecho.
Levantándose lentamente, mirándose con auténtico odio, las
dos jóvenes empezaron a quitarse sus desgarrados y húmedos tops, dejando al
descubierto sus mojados y oscuros sostenes. Mirándose con envidia los pechos,
ambas vieron que la rival no sólo conservaba aún unos orbes redondos, bellos y
firmes (algo que ya habían notado cada vez que sus tetas habían chocado en este
duelo), sino que éstos parecían ser ahora más consistentes y grandes (aunque
esto último quizá se debiera a sus sensuales sujetadores).
Rabiando por ello, Luna y Sol saltaron una contra otra, y
ambas se agarraron del pelo. Luna lanzó sus tetas hacia delante, y las estampó
directamente contra los pechos de su rival. Gimiendo, Sol deseó devolver todos
los golpes recibidos por las tetas de Luna, ya que no olvidaba que hacía unos
segundos ella estaba en el suelo, y sus orbes estaban siendo destrozados por los
senos de Luna. Así, la rubia embistió con sus tetas, golpeando duramente los
pechos de la castaña, que hizo una mueca de dolor por el impacto, pero replicó
de la misma manera mientras Sol volvía a atacar.
Ambas mujeres se volvieron salvajes, lanzando sus cuerpos
directamente contra el otro. Los golpes de cuerpo contra cuerpo eran oídos por
todo el sótano, y sus gemidos de dolor y rabia también. Igualadas, durante
algunos minutos ambas siguieron chocando ásperamente pecho a pecho, hasta que
Luna finalmente salió despedida hacia atrás con un gemido de dolor más alto de
lo normal. Cayendo sobre el sofá, Luna miró con odio a Sol, que enseguida saltó
sobre ella, inmovilizándola contra el sofá al agarrarle las muñecas.
- ¡Mis tetas son mucho mejores
que las tuyas puta! ¡Admítelo! -Sol esperó la
admisión de Luna, que la castaña aceptara su derrota en este duelo de pechos,
pero cometió el error de acercar demasiado sus tetas a la cara de Luna, que sin
dudarlo mordió su orbe derecho. Con un grito dolorido, la rubia fue empujada por
Luna, cayendo al suelo de culo.
- ¡De todas las veces que hemos
peleado, siempre he sido la mejor! ¡No te compares conmigo zorra! -gritó
Luna mientras ambas se levantaban.
Justo cuando Sol estuvo de pie, Luna embistió con las tetas
por delante. Sol notó como sus doloridas tetas (especialmente la mordida) se
aplastaban bajo los firmes pechos de Luna. La rubia gimió atormentada y cayó de
nuevo al suelo.
-¡Y por supuesto nunca compares
tus patéticas tetas con las mías! -Luna levantó
dolorosamente a la rubia por el pelo. Sol gritó atormentada al sentir como su
cuero cabelludo ardía de dolor. La rubia agarró con ambas manos su melena, como
si con ello pudiera evitar el castigo. Lanzándola contra la pared, Luna comenzó
a dar derechazos e izquierdazos en el cuerpo de Sol, que gritó con cada golpe
recibido. Luna entonces clavó su puño por dos veces en la teta izquierda de la
rubia, aplanando el pecho de su rival duramente. Sol apretó firmemente sus
dientes para no gritar, y replicó con un gancho a Luna en plena barbilla. La
castaña retrocedió dos pasos con un gemido de sufrimiento, y Sol la siguió para
clavar su rodilla en su ingle. La castaña soltó un terrible gemido de angustia y
se dobló sobre sí misma, cerrando las piernas y llevándose las manos a su dañada
entrepierna. Luna cayó de rodillas, pero enseguida Sol la agarró del cabello y
la levanto con un duro tirón que provocó un nuevo grito de la castaña.
Sin dudarlo, Sol clavó su puño en plena nariz de Luna, que
gimió de dolor mientras Sol repetía el golpe. Entonces Sol tiró a Luna al suelo,
para entonces pisarle con rabia el estómago por tres veces. Luna no pudo evitar
jadear por el aire que perdía bruscamente con cada pisotón, pero al fin
reaccionó y rodó a un lado, justo para evitar el cuarto golpe. Entonces Luna
pateó el tobillo derecho de Sol, que cayó al suelo de culo. Con sus manos en su
dolorido vientre, Luna se alzó lentamente, jadeando, sin perder de vista a su
rival. Por su parte la rubia se levantó y dio un par de pasos atrás para
mantener la distancia con Luna, mientras se masajeaba su dolorida teta derecha.
- ¡Parece que esto te ha
dolido! -se burló Sol, mientras los pechos de
ambas mujeres se levantaban por el esfuerzo.
- ¡Veo que no tanto como a ti!
-replicó Luna, mientras ambas empezaron a
circundarse. La castaña aún mantenía una mano en su vientre, y la rubia una en
su teta izquierda-. Entonces... ¿has aprendido
quién es la mejor ¿O tengo que golpearte más?
- ¡No te eches atrás furcia!
-jadeó Sol-.
¡Dijimos claramente que nada de rendiciones! ¡Ninguna saldrá de aquí hasta que
la otra sea total y definitivamente derrotada y humillada en todos los aspectos!
- ¡Tranquila perra! -resolló
la castaña, mientras ambas se detenían y encaraban, agachándose levemente y
alzando sus garras-. ¡No lo dejaré hasta que
probarte que soy mejor que tú en todos los aspectos!
Ambas arremetieron contra la rival. Sol lanzó un fiero
puñetazo, directo a la cara de Luna, pero la castaña se agachó y lo esquivó por
poco. Rápidamente Luna se colocó detrás de Sol, enlazando su brazo derecho bajo
el cuello de la rubia. La castaña cerró el cerco agarrando su muñeca derecha con
su brazo izquierdo. Así comenzó a asfixiar a Sol, que gruñendo arañaba y tiraba
del brazo de Luna con ambas manos.
- ¡Se acabó el juego puta!
-gruñó Luna en el oído de Sol.
Entonces la rubia alzó su brazo derecho, y lo lanzó atrás con
fuerza, dirigiendo primero su codo contra el lateral de la teta derecha de Luna.
La castaña gimió de dolor, pero mantuvo la fuerza de su llave. Contorneándose,
Sol logró ahora que su codo se clavará algo más profundo y algo más centrado
contra el pecho de Luna, cuyo gemido aumentó en volumen. Un tercer codazo en
pleno pezón de Luna la obligó a soltarla, dando un paso atrás y gritando rabiosa
y dolorida.
Sin dudarlo Sol se giró y, con llamas en los ojos, saltó
sobre Luna, derribándola al suelo. Tumbándose sobre ella, cuerpo contra cuerpo,
Sol taponó la boca de Luna con una mano mientras pellizcaba su nariz con la
otra. La castaña agarró las muñecas de la rubia frenéticamente, deseando escapar
de la dura llave. Pero Sol no le daba oportunidad alguna.
- ¡Ahora sí se acabó el juego
puta! -susurró eufórica Sol.
Pero Luna vio la inutilidad de intentar apartar las manos de
Sol de su cara, y decidió usar sus manos para otro menester. Así, la castaña
metió una de sus manos entre sus cuerpos. Sol notó esa mano culebreando por su
cuerpo, hasta llegar a su destino: su teta izquierda. Luna estrujó con rabia y
placer, y Sol gritó, soltando a su rival. Pero la castaña no soltó su teta, y
siguió estrujándola hasta que una dolorida rubia lanzó un gancho en la barbilla
de Luna, que cayó de espaldas al suelo con un gemido de dolor. Por su lado, Sol
también cayó de espaldas al suelo, tan cansada y dolorida como Luna.
Pero ninguna perdió un segundo, y tras un jadeo de dolor y
cansancio ambas se levantaron, comenzando a circundarse. Las dos habían
intentado acabar rápidamente con la pelea, asfixiando a la rival, pero ahora
sabían que ese no era el camino. Por un lado, la otra aún tenía fuerzas
suficientes para responder a ese tipo de ataques; por el otro lado, ambas
deseaban una victoria más humillante para la rival.
De repente ambas se lanzaron adelante, intercambiando una
ráfaga de puñetazos, tortazos y rodillazos en caras, pechos y vientres. Los
golpes no eran especialmente duros, ya que la mayoría de ellos, si no fallaban,
eran parcialmente esquivados o detenidos. Tras un minuto así, Luna y Sol se
separaron, circundándose de nuevo, y segundos después volviendo a la carga. La
misma suerte corrió para ambas otra vez, sin que ninguna lograra un golpe
devastador para tomar una mínima ventaja, y de nuevo volvieron a separarse
frustradas. Entonces, jadeantes, ambas volvieron a girar y girar, sin saber que
hacer para dominar a la oponente.
Entonces Sol embistió y empujó su propio pecho hacia fuera,
chocando con las tetas de Luna. La castaña jadeó y dio un paso atrás. Aceptando
el reto, Luna arremetió y chocó teta a teta con la rubia, que retrocedió con un
leve gemido.
En ese momento ambas atacaron a la vez, y sus pechos chocaron
duramente, haciendo gritar a las dos de dolor y rabia. Dando dos pasos atrás,
ambas arremetieron de nuevo, y ahora ambas cayeron de culo al suelo. Muy
enojadas por ello, las dos se levantaron rápidamente y volvieron a chocar orbes
contra orbes. Y esta vez Sol cayó gritando al suelo, mientras Luna sólo
retrocedía unos pasos atrás.
Sudorosas, con sus tetas subiendo y bajando al ritmo de sus
pesadas respiraciones, ambas se observaron. Luna hizo un gesto con su mano
derecha, e indicó a la rubia que se levantara para seguir. Sol se levantó
enojada, y ambas volvieron a estamparse teta a teta. Ahora Luna cayó al suelo de
culo, mientras Sol daba unos pasos atrás para mantener el equilibrio.
De nuevo ambas se miraban, y ahora Sol imitó a su rival,
haciendo el mismo gesto que había recibido antes. Y Luna se levantó rabiosa, y
ambas volvieron a atacar, chocando con sus tetas juntas una, dos, tres, cuatro
veces, hasta que ambas cayeron al suelo fatigadas y con las tetas muy dolidas.
Levantándose lentamente, sin perder el contacto visual con la
rival, Sol y Luna se prepararon para seguir con este duelo de pechos, motivo
principal de rivalidad para ellas.
- Ordeñaré tus tetas -dijo
Luna mientras se miraban con odio.
- ¿Por qué no pones tus tetas
contra las mías y vemos quién gana! -dijo caliente
Sol.
Chocando duramente, las muchachas gruñeron dolorosamente
mientras sus tetas se aplastaban espectacularmente juntas. Ambas repitieron el
golpe, intentando confirmar aunque fuera una mínima ventaja sobre la otra, pero
solo lograron un nuevo quejido. Intentando debilitar a los pechos rivales, Luna
y Sol empujaron hacia adelante, trayendo consigo sus planos y sudorosos
vientres. Ambas mantuvieron sus brazos abajo, colgando de sus costados,
dispuestas a ganar sólo con sus tetas en este nuevo duelo de fuerza. Apretando
los puños, las dos rivales gimieron de dolor, ya que ambas tenían los pechos
doloridos por la larga pelea. Sus orbes se estrujaron más y más, palpitando de
dolor, quedando casi planos, mientras el sudor rodaba por sus esculturales
cuerpos. Mirándose a los ojos directamente, Sol y Luna se odiaron, y empujaron
más fuertemente aún.
- ¡Querías ordeñarme! ¡Te
mostraré cómo hacerlo! -gruñó la rubia, apretando
los dientes y aplastando sus bonitas tetas contra los bellos orbes de Luna.
- ¡Aaagh! -se
quejó Luna, que apretó los dientes también-. ¡Tú
serás la que sea ordeñada! -la castaña empujó
hacia adelante con todas sus fuerzas, y ahora fue Sol la que gruñó de dolor.
- ¡Aaagh!
El duelo siguió, unas veces a favor de Luna, otras a favor de
Sol, o casi siempre estancadas en igualdad de fuerzas. En ningún momento
separaron sus calientes tetas o sus sudorosos vientres, ni siquiera un solo
milímetro, y así durante cinco minutos de lucha silenciosa salpicada de jadeos y
gruñidos. Y entonces, a causa del sudor que cubría sus cuerpos, ambas resbalaron
contra el cuerpo rival, y cayeron al suelo, una al lado de la otra.
Jadeando pesadamente, ambas se tumbaron boca arriba con gran
esfuerzo. Sus doloridos pechos se inflaban y desinflaban rápidamente, al ritmo
de sus aceleradas respiraciones. Enseguida ambas se llevaron las manos a sus
orbes, y los masajearon para reanimarlos, ya que sabían que los necesitarían más
en esta lucha, y que serían pilares básicos en su camino hacia la victoria.
A pesar de estar agotadas, ninguna quería dar tiempo a su
rival para recuperarse. Así un minuto después ambas se levantaron lentamente
sobre sus rodillas, gruñendo. Entonces Luna saltó repentinamente sobre Sol,
derribando a ambas contra el suelo. La castaña forcejeó con su rival hasta que
logró su objetivo: envolver sus piernas alrededor de la estrecha cintura de Sol.
Entonces Luna se inclinó atrás, sobre sus codos, y apretó con fuerza. Sol gruñó
por la dureza de la tijera, pero no lo dudó ni un momento y, metiendo sus manos
entre los muslos internos de Luna, intentó abrir sus piernas. La castaña aumentó
de intensidad, y Sol gritó de dolor, teniendo que cambiar de táctica.
La rubia ahora colocó sus garras abiertas sobre los dos
muslos de la castaña, y las arrastró hacia abajo lentamente, rompiendo las
medias de su rival y dejando una marcas rojizas en su piel. Luna echó atrás su
cabeza, y apretó los dientes para no gritar, manteniendo aún su tijera. Pero Sol
repitió la táctica de nuevo, y ahora Luna abrió las piernas de repente, dando un
grito de dolor.
Tras verse libre, Sol no perdió el tiempo y saltó contra
Luna, derribándola bocabajo. La cara de Luna golpeó duramente contra el suelo,
dejándola atontada durante unos segundos, que Sol aprovechó para sentarse sobre
la parte superior de la espalda de la castaña, al tiempo que agarraba los
tobillos de Luna. Así la rubia tiró hacia arriba y hacia ella de las piernas de
Luna, doblándolas con fuerza. Luna alzó su cabeza y chilló dolorida mientras su
cuerpo era arqueado violentamente. La castaña cerró los ojos mientras su rival
aumentaba la intensidad.
Luna lanzó atrás sus manos desesperadamente, arañando sin
mucha eficacia las piernas de Sol. La rubia decidió partir por la mitad a Luna,
y así echó atrás su cabeza y, apretando los dientes, aumentó aún más la fuerza
de su llave. Ahora la castaña se mordió el labio inferior y resistió a duras
penas el grito que afloraba de su garganta, que sólo apareció en forma de
dolorido gruñido. Y entonces notó algo que rozaba su cabeza: el cabello largo de
Sol. Sin dudarlo, alzó su mano derecha y lo agarró con rabia, dando un duro
tirón. Una sorprendida rubia gritó de dolor y cayó a un lado, perdiendo su
ventaja.
Jadeantes, ambas chicas alargaron rápidamente sus manos,
agarrando el cabello rival y tirando de la oponente hacia ellas. Así volvieron a
rodar por el suelo, muy juntas, hasta que un minuto después Sol logró empujar a
Luna a un lado. La castaña estaba agotada, y no pudo evitar que la rubia lograra
una tijera de piernas sobre su cuello. Sol cruzó los tobillos con fuerza, y
apretó. Luna gimió, perdiendo rápidamente el aire. Agarrando con ambas manos los
pies de la rubia, Luna intentó abrirlos para escapar de la destructiva llave,
pero Sol, apretando los dientes, no la dejó. Luna sentía como su cuello era
comprimido con una fuerza brutal. Enojada ante la idea de la derrota ante su más
amarga antagonista, la castaña lanzó adelante su cabeza, y mordió el tobillo
izquierdo de la rubia.
Sol chilló ante el inesperado dolor, y apartó sus piernas de
Luna. La castaña jadeó sin aire, pero no lo dudo ni un segundo y arremetió
contra la dolorida rubia. Vengándose por el golpe de antes, Luna agarró la cara
de Sol y estampó su cabeza contra el suelo. La rubia gimió y quedó atontada y
fatigada en el suelo. Lentamente la castaña se sentó sobre sus pechos, mirando
en dirección a las piernas de Sol, las cuales agarró por los tobillos.
Entonces Luna tiró hacia atrás de las piernas de Sol, con
tanta fuerza que la rubia gritó angustiada. Además, el firme trasero de Luna
aplastaba los bellos pechos de Sol, aumentando el dolor sufrido por la rubia.
Sol volvió a arañar los muslos de Luna, deseando apartarla de encima suya, pero
Luna se mordió el labio inferior y resistió el dolor, y así continuó con el
castigo.
La rubia siguió con sus arañazos a los muslos de la castaña,
pero fue en vano. Ahora Luna quiso aumentar el daño y se echó hacia atrás mucho
más, tanto que su espalda casi tocaba la nariz de la rubia. Las tetas de Sol
fueron comprimidas aún más, y el dolor en el cuerpo de Sol se multiplicó en
segundos. Pero la rubia sacó fuerzas ante la inminente derrota y vio clara su
salida. Así alzó un poco su cabeza y mordió la espalda baja de Luna, la cual
quedaba a su alcance. Luna gritó, dándose cuenta de su error. Entonces se dejó
caer a un lado, rodando lejos de Sol y de sus blancos dientes.
Aceleradamente ambas bellezas se elevaron para seguir con la
pelea, pero las fuerzas les fallaron y ambas quedaron arrodilladas en el suelo,
separadas por un par de metros. Jadeando ruidosamente, Luna y Sol sudaban
copiosamente. Sus melenas estaban húmedas y pegadas a sus cabezas, y destrozadas
por los tirones intercambiados. Sus sostenes oscuros estaban mojados por el
sudor, al igual que sus medias y faldas. Lentamente, ambas se quitaron los
largos guantes, mientras se miraban a los ojos.
- ¿Has tenido bastante o
quieres más furcia? -jadeó Sol.
- Puedo aguantar todo lo que me
des, y mucho más guarra -gruñó Luna.
- Yo he sido la que he estado
dominado toda la pelea zorra, y lo sabes -dijo la
rubia.
- ¿Tú? -contestó
la castaña-. La pelea ha sido mía siempre puta, y
bien que lo sabes.
- ¿Ah sí? -Sol
empezó a levantarse tambaleante.
- Sí -Luna
la imitó.
- Pues veamos quien de nosotras
está realmente más agotada -la rubia alzó sus dos
manos, retando a Luna a una prueba de fuerza.
- Veámoslo -Luna
alzó sus propias manos, aceptando el reto de su rival.
Acercándose la una a la otra, ambas notaron cada rasguños y
cada contusión que se habían infligido en la larga contienda. Por ello ambas
hicieron una mueca de dolor al moverse, que ocultaron rápidamente para que la
otra no percibiera. Y este hecho, el que hubieran recibido tanto daño de la
oponente las enojó en igual grado. Luna y Sol se miraban con rabia a los ojos,
mientras enlazaban sus manos juntas. Así empezó un nuevo duelo de fuerza.
Los cuerpos de ambas bellezas casi se tocaron cuando
comenzaron a forcejear, gruñendo y jadeando por el esfuerzo de dominar a la
otra. Plantando sus pies firmemente en el suelo, la rubia y la castaña
batallaron fieramente, sin obtener una ventaja inmediata. Cuando una de ellas
perdía algo de primacía, cambiaba de puesto sus piernas y el peso de su cuerpo
para volver a equilibrar la lucha. Redoblando los esfuerzos, los gemidos y
resoplidos de ambas aumentaron de intensidad; las dos tenían fuertemente
apretados sus blancos dientes y se miraban sin pestañear directamente a los
ojos, buscando cualquier signo de debilidad.
Finalmente, un minuto después, sus torsos sudorosos, sólo
cubiertos por sus no menos mojados sostenes negros, se juntaron con un férreo
golpe, comenzando a frotarse juntos como un nuevo intento de forzar atrás a la
otra joven.
- ¿Agotada Luna? ¿Dolorida ya?
-habló Sol con desprecio en el oído de Luna
mientras ambas aplanaban juntas sus tetas y empujaban las manos rivales hacia
atrás.
- ¿Cómo están esas tetillas
tuyas Sol? ¿Destrozadas ya? -respondió Luna en el
oído de la rubia, dando un breve empujón con sus tetas a los pechos de Sol. La
rubia gimió y replicó de la misma manera, haciendo gemir a la castaña.
Pronto ambas trajeron a la pelea sus lisos estómagos y sus
entrepiernas, aumentando la fuerza del duelo, hasta que sin poder evitarlo, Sol
y Luna cayeron sobre el sofá. Allí, con Sol sobre Luna, hubo uno pocos segundos
de forcejeo, hasta que las dos cayeron al suelo. Enseguida Luna consiguió la
posición superior.
- ¡No vales nada! -gimió
Luna, mientras ambas se agarraban los cabellos con ambas manos y tiraban
viciosamente. Entonces Sol logró rodar sobre Luna.
- ¡Tú vales menos! -gruñó
la rubia, mientras ambas siguieron tirando del otro cabello. Entonces Luna logró
rodar sobre Sol, pero la rubia logró que siguieran rodando. Así las dos chicas
empezar a girar y girar una sobre otra por la sala, hasta que Sol logró mantener
la posición superior unos segundos, agarrando la cabeza de Luna por sus cabellos
laterales y estampando su cabeza duramente contra el suelo.
- ¡Admítelo! ¡Admite que te he
batido! -gritó Sol, mientras Luna gruñía de dolor
por el golpe.
- ¡Nunca! -la
castaña alzó su puño derecho y lo clavó en la barbilla de la rubia, que gritando
cayó a un lado. Enseguida Luna se colocó sobre su rival, devolviéndole el
anterior favor, al agarrar la cabeza de Sol y estrellarla contra el suelo.
- ¡Ya lo sabes! ¡Te vencí!
-gritó Luna mientras Sol se quejaba por el cruel
golpe.
- ¡Jamás! -Sol
alzó sus manos, agarrando el cuello de Luna y apretando. Las castaña gimió sin
aire y bajó rápidamente sus manos, taponando la boca de Sol y pellizcando su
nariz. Así la rubia abrió sus ojos, desesperada por la falta de oxígeno. Ambas
se ahogaron mutuamente durante unos segundos, hasta que Sol soltó la garganta de
Luna y estampó su puño en la mejilla izquierda de la castaña, que gritando cayó
a un lado.
Sol se abalanzó entonces sobre Luna, con su puño listo para
volver a golpearle la cara a su rival. Pero Luna fue más rápida y, al tiempo que
se incorporaba sobre una rodilla, clavó un puñetazo en la boca de la rubia, que
cayó atrás con un grito de dolor. Ahora Luna saltó contra su rival, deseando
destrozarle la cara a puñetazos, pero Sol alzó sus pies y, colocándolos contra
las tetas de Luna, la impulsó hacia atrás. La castaña gimió al sentir como sus
pechos eran aplastados, y volvió a gemir al caer de espaldas al suelo.
Sol y Luna se arrodillaron a la vez, frente a frente. Sol
golpeó primero con un rápido puñetazo en la cara de Luna, y ésta replicó
enseguida con un puñetazo en las costillas de la rubia. Luna siguió con un golpe
corto en los labios de Sol, que ésta respondió con un gancho en la teta
izquierda de Luna. La castaña gritó de dolor, pero logró reaccionar con un duro
gancho en el orbe derecho de Sol. Gruñendo, la rubia no pudo impedir un segundo
gancho, ahora en su cara, que la derribó de espaldas.
Tirándose sobre su oponente, Luna levantó su puño para
golpear a Sol en su rostro, pero repentinamente la rubia abrazó a la castaña,
estrujándola con rabia, carne sudorosa contra carne sudorosa. Jadeando al sentir
las tetas de su rival clavándose en sus pechos, Luna agarró el cabello de Sol y
tiró de él, haciendo gemir a la rubia, que dejó de estrujar el cuerpo de Luna
para golpearla con su puño en plena boca.
La castaña gritó de dolor y cayó hacia atrás, y Sol saltó
sobre ella, golpeándola otra vez en la cara. Entonces Luna empujó a la rubia,
colocando ambas manos sobre los pechos de Sol. La rubia fue la que cayó atrás
ahora, gimiendo al sentir sus tetas aplanadas por las manos de su contrincante.
Jadeantes y sudorosas, ambas muchachas se arrodillaron, de
nuevo frente a frente. Ambas se observaron, descansando. Sus tetas subían y
bajaban al ritmo de sus pesadas respiraciones,. Mientras tanto la rubia como la
castaña se tocaban los lastimados labios y las doloridas mejillas.
- ¿Te están gustando mis
golpes? -jadeó Sol.
- No tanto como a tí los míos
-jadeó Luna-.
¿Seguimos con los puños?
- Si por favor -Sol
saltó contra Luna, derribando a ambas al suelo. Entonces las dos mujeres rodaron
salvajemente por el suelo, luchando violentamente con puños. Ambas chicas no
pararon de darse salvajes y rápidos puñetazos en sus caras, pechos, vientres y
costillas, y siempre que alguna lograba colocarse sobre su rival, se lo hacía
pagar caro. Tras más de dos minutos de intenso intercambio de golpes, ambas
cogieron un extraño ritmo: Luna se colocaba sobre Sol, estampando su puño
derecho en la mejilla de la rubia, luego su izquierda en la teta derecha de Sol,
su derecha ahora contra la otra teta, y finalmente su puño izquierdo contra las
costillas de su rival. Entonces la rubia empujaba a Luna, colocándose sobre ella
y haciendo el mismo recorrido: mejilla, teta derecha, teta izquierda y
costillas. Entonces Luna la empujaba y volvían a empezar este ritmo infernal.
Cuando las dos habían recibido media docena de combinaciones,
Luna, que estaba bajo Sol, la empujó, pero no siguió con la pelea. En lugar de
eso rodó lejos de la rubia, y Sol hizo lo propio hacia el otro lado. Ambas,
arrodillándose, recuperaron algo de aliento, mientras agradecían que el duelo de
puñetazos hubiera concluido. Las dos notaban sus cuerpos muy maltratados,
agotados y golpeados: sus caras, tetas, barrigas y costillas ardían de dolor.
Aunque les rabiaba reconocerlo, Luna y Sol sabían que ninguna se había impuesto
en este lance de golpes de puño, pues habían dado tanto sufrimiento como habían
recibido.
Lentamente las sudorosas luchadores se quitaron las faldas,
para así luchar más cómodas. Ahora sólo vestían con sostenes y bragas negras, y
sus medias. Diversos moratones llenaban sus cuerpos, y ambas notaban como
absolutamente la totalidad de sus cuerpos estaban llenos de un caliente dolor.
Sol y Luna empezaron a levantarse tras un minuto de descanso.
Necesitaban mucho más para recuperarse, pero no querían que la rival recobrara
sus energías. Acercándose muy despacio, tambaleantes y agotadas, las dos chicas
se trabaron en un nuevo duelo de fuerza, esta vez agarrando firmemente los
hombros de la oponente. Comenzaron a empujarse, cara a cara, gruñendo y
jadeando. Este ataque era todo lo que las dos extenuadas muchachas podían dar en
estos momentos, pues no tenían fuerzas para más. Tanto Luna como Sol deseaban
lograr derribar a la rival, para así subirse sobre ella y acabar el combate como
sea.
Entre gruñidos de dolor, jadeos de agotamiento y gemidos de
frustración y angustia, ambas siguieron luchando, intentando forzar a la otra
atrás, y abajo. Los músculos de sus piernas estaban muy tensos, y éstas estaban
apoyadas con fuerza en el suelo, ayudando a las chicas en este duelo. De pronto
ambas comenzaron a luchar en círculos, y acercaron un poco más sus sudorosos y
sensuales cuerpos, intentando ahora colocar una pierna detrás de la pierna de su
contrincante para tirarla al suelo, para zancadillearla. Luna logró colocar su
pierna finalmente detrás de la de Sol, pero la rubia se agarró sobre la castaña,
acercando sus cuerpos hasta casi rozarse, y así evito la caída. Entonces ambas
se relajaron, volviendo a sus posiciones anteriores e intentando lo mismo otra
vez. Poco después Sol logró colocar su pierna tras Luna, pero la castaña imitó
la táctica de la rubia y logró mantenerse en pie. Jadeando, sudando, gruñendo y
gimiendo, Luna y Sol siguieron con la pelea, y cada una estuvo a punto de
derribar a la rival en tres ocasiones, pero ninguno lo logró finalmente. Las dos
bellezas sabían que quien cayera al suelo, seguramente perdería el combate, pues
no tenían fuerzas para mucho más.
Poco después ambas se detuvieron, agarradas aún por los
hombros. Respirando pesada y ruidosamente, las dos se miraron con ojos cansados,
mientras intentaban recuperar algo de fuerzas antes que su rival.
- Pronto... estarás... en el
suelo... debajo mía -jadeó la castaña.
- Nunca... ocurrirá... eso...
nunca -jadeó la rubia.
Entonces ambas reasumieron la lucha, enlazando sus brazos
derechos sobre los hombros y tras la cabeza de la rival, y usando sus zurdas
para aferrar el brazo derecho de la rival. De nuevo volvieron a una lucha de
piernas, con una lentitud marcada por la fatiga acumulada. Entonces Luna logró
colocar su pierna con firmeza detrás de la de la rubia, y empujó tan duramente
como podía en sus condiciones. Sol gruñó y cayó atrás, pero no soltó a la
castaña, que cayó con ella. Pero antes de impactar contra el suelo, Sol giró su
cuerpo a un lado, haciendo que las dos chicas cayeran de costado, con un sordo y
ruidoso golpe que sacó bastante aire de las dos jóvenes. En un enredo de
miembros, las dos quedaron inmóviles en el suelo, gimiendo de dolor.
- ¿Te... rindes? -susurraron
ambas a la vez, sin fuerzas.
- Yo... te he... derribado
-jadeó Luna tras un par de segundos de silencio-.
Soy la... vencedora.
- Pero no... estás... encima
mía -jadeó un segundo después la rubia-. Además... tú estás... más cansada...
y... dolorida... que yo... He ganado.
Muy lentamente ambas acercaron sus cuerpos, abrazándose,
juntando sus tetas y vientres, en un abrazo final.
- Demuéstrame... que has...
ganado -murmuró la castaña.
- Ahora... mismo -replicó
Sol.
Sus húmedas y ya menos firmes tetas se aplanaron juntas, y
ambas jadearon ante el contacto. A través de sus mojados sostenes ambas notaron
como los erizados pezones de la antagonista se clavaban en la suave carne de sus
gastados pechos. Ambas movían sus torsos superiores con lentitud y fatiga,
jadeando y gimiendo suavemente. Con sus tetas frotándose unas contra otras,
frecuentemente sus pezones se encontraban, provocando un gemido de dolor y
angustia algo más elevado de lo normal. A pesar del sufrimiento que esto
provocaba, ambas destrozadas chicas decidieron usar sus pezones como armas
punzantes, clavándolas en la carne de los pechos de la rival con lenta saña,
hasta que hubo un momento en el que sus orbes quedaron totalmente frente a
frente, con sus cuatro pezones estrujados juntos. Luna y Sol gimieron
acongojadas, pero en lugar de apartar sus tetas, empujaron adelante con
lentitud.
- Tus... pezones... ya son...
míos -susurró Sol.
- Los míos... son los... que
están... ganando -jadeó Luna.
Las lágrimas de ambas mujeres comenzaron a recorrer sus
mejillas, mientras las dos gimoteaban y entrelazaban las piernas unas contra
otras. Gimiendo profundamente, las dos chicas no pudieron más y, a la vez, se
empujaron, rodando sobre sus espaldas y quedando bocabajo. En esa posición las
dos jóvenes bellezas lloriquearon suavemente, jadeando sin aire y gimiendo por
el dolor que latía en sus tetas.
Con movimientos muy pausados, ambas se dieron la vuelta,
quedando ahora boca arriba. Pasaban ya algo más de cuarenta minutos desde que
las dos comenzaron esta lucha, la que sería la definitiva, la que decidiría cuál
de estas chicas -que habían iniciado su rivalidad
hacia más de cuatro años, que habían alimentado su odio mutuo a través de seis
peleas además de ésta- era la mejor. Ninguna
contienda anterior había sido tan dura y larga como esta, pero el premio a ganar
-y perder- era
demasiado grande para dejarlo escapar. Estaba en juego resolver sin ninguna duda
quién de ellas, Sol o Luna, era la mejor mujer, la mejor fémina.
Pero ninguna se podía mover, a pesar de que tenían muchas
ganas de golpear y hacer más daño a su amarga oponente.
En ese momento la puerta se abrió, y Stevens, el dueño del
club, entró junto a tres hombres. Uno de ellos traía dos sillas, y los otros una
bandeja tapada cada uno. Las muchachas se sentaron lenta y dolorosamente, y
miraron extrañadas a su alrededor. Los hombres colocaron las sillas junto a la
mesa, en lados contrarios, y dejaron las bandejas sobre la mesa. Entonces se
marcharon.
- Ha sido un grandísimo combate
-dijo Stevens mientras andaba hacia la mesa y
levantaba la tapadera de una de las bandejas, mostrando una bandeja con un plato
de sopa, otro con pollo, y un vaso de agua, además de una copa de vino vacía y
unas servilletas de papel. Tras levantar la otra tapadera, se descubrió una
bandeja idéntica. Una botella de agua completaba el menú. El hombre sacó de su
chaqueta una botella de vino tinto, la descorchó y la dejó en medio de la mesa,
junto a la botella de agua, tras servir un poco en cada copa de vino-.
No se extrañen, aquí también hay cámaras -señaló a
una esquina, donde una mini-cámara grababa toda la habitación-.
Ví su estado actual, ví que estaban estancadas, y decidí que debían descansar y
comer un poco... y beber, han perdido mucho liquido. Han sudado mucho -concluyó
el hombre, marchándose y cerrando la puerta.
Las dos sorprendidas mujeres miraron la mesa, luego se
miraron mutuamente, y decidieron sin palabras darse un respiro. Tambaleantes,
gruñendo de dolor, ambas se levantaron y caminaron hasta la mesa, donde se
dejaron caer pesadamente. Enseguida se bebieron el vaso de agua de un solo
trago, y se echaron más líquido en el vaso. Comieron la sopa y la carne
ávidamente, sin modales, y se bebieron toda el agua. Tras limpiarse con las
servilletas, Luna y Sol cogieron sus copas de vino y se reclinaron en sus
sillas, mirándose a los ojos con renovadas fuerzas. Ambas miraban el estado de
la rival, sabiendo que ellas tendrían el mismo aspecto:
labios partidos, cabellos deshilados, tetas magulladas, mejillas enrojecidas.
Tras beberse ambas el vino de un sorbo, ambas se
levantaron con ansias de golpear a su odiada rival.
- Bien, zorra, ya has tenido el
descanso que querías -dijo Sol, mientras ambas
comenzaron a circundarse de perfil, caminando con tranquilidad, con sus brazos
colgando de sus costados. Vestidas sólo con sus sujetadores, sus bragas y sus
medias, Luna y Sol siguieron observándose y dando vueltas por la habitación.
- Tú, puta, era la que
necesitaba parar la pelea, porque no podías seguir -replicó
Luna unos segundos después. Entonces ambas se detuvieron, encarándose, y tras
dos segundos de malas miradas, caminaron adelante con seguridad.
- ¿Cómo quieres que acabe esto?
-gruñeron al unísono.
- Ríndete mientras puedas zorra
-dijo Sol.
- ¿Por qué no me obligas puta?
-replicó Luna.
Entonces, ya a menos de medio metro, Luna descargó su puño
cerrado sobre la mejilla izquierda de Sol, que tras un grito de dolor respondió
estrellando su puño en la teta izquierda de Luna. La castaña chilló dolorida, y
volvió a gritar cuando la rubia golpeó seguidamente su mejilla derecha con su
otro puño. Luna contraatacó con un duro golpe en el pecho izquierdo de Sol, que
aulló angustiada y arremetió contra su rival, agarrándola del cabello al tiempo
que Luna hacía lo mismo con su pelo rubio. Ambas alzaron sus rodillas derechas,
y golpearon el muslo interno izquierdo de la oponente, cerca de sus ingles.
- ¡Quietas chicas! -dijo
con firmeza una voz desde la puerta. Pero el ansia de sangre embotaba el oído de
ambas bellezas, y ambas siguieron luchando sin escuchar nada más que los
gruñidos de la rival. Ambas lanzaron un nuevo rodillazo dirigido a la
entrepierna de la rival, pero volvieron a fallar por poco, golpeando otra vez
sus muslos interiores-. ¡Separadlas!
Luna y Sol sintieron como unos fuertes brazos se envolvían
alrededor de sus cinturas, tirando de ellas hacia atrás y separándolas. Las dos
chicas, desesperadamente, rabiosas, lanzaron sus pies y garras hacia delante,
hacia su contrincante, deseando golpear y dañar más.
Ambas forcejearon un poco más, hasta que se calmaron entre
los brazos de los hombres. Entonces vieron que Stevens había vuelto.
- Chicas, si siguen así,
acabarán matándose, y como comprenderás no quiero eso en mi local -Stevens
paseaba por la sala, mientras Sol y Luna lo observaban y escuchaban entre
jadeos, cada vez más calmados-. He pensado que
podríamos hacer... unas pruebas. Ambas se retan a una batalla con cierta parte
del cuerpo, y la que gané más duelos, gana la pelea y se queda en este local
-el empresario se detuvo, mirando a las chicas-.
¿Qué opinan?
Luna y Sol se observaron entonces, con odio en las miradas.
Segundo después, la castaña rompió el silencio:
- Si ella se atreve, por mi
perfecto -dijo Luna.
- No seré menos que ella,
acepto -contestó Sol.
Los hombres soltaron a las chicas, y a una señal de su jefe
se marcharon, dejando a los tres en la sala.
- Hagan sus retos -dijo
quedamente Stevens, sacando una pequeña libreta para anotarlos.
- Un pulso, como hicimos
aquella vez en El Pulso, ¿recuerdas? No lo resolvimos -dijo
la rubia.
- Bien, acepto, también quiero
una prueba de fuerza con las piernas, con los pies juntos. Veamos quien tiene
las piernas más fuertes -dijo Luna.
- Acepto. Y una competencia de
tirones de cabello, como estábamos antes de que nos interrumpieran -siguió
Sol.
- Bien, estabas perdiendo, y lo
harás también en la prueba -habló la castaña,
pensando en otro duelo. Segundos después sonrió-.
Una lucha de nuestros culos. Nunca se han enfrentado. Quiero demostrarte que mi
trasero es mucho mejor que tu culo gordo.
- Ja, lo veremos zorra. Acepto,
por supuesto. ¿Y qué tal después un combate de tortazos eh?
- Me gusta puta, acepto. Luego
una batalla de tijeras de piernas.
- Y un duelo de arañarnos los
muslos también.
- Y luego un intercambio de
puñetazos en los vientres, para ver quién lo tiene más firme.
- Y después...
- ¡Suficiente muchachas!
-interrumpió Stevens, al ver como se lanzaban las
muchachas-. Con esto habrá pruebas de sobra.
Empecemos por el pulso -concluyó señalando la
mesa.
Las dos casi desnudas muchachas se acercaron a la mesa,
cogiendo sus bandejas y dejándolas en el suelo, para así dejar vacía la
superficie. Sentándose frente a frente, Luna y Sol colocaron sus codos en la
mesa, enlazando enseguida sus manos derechas. Mirándose a los ojos directamente,
la rubia y la castaña apretaron la mano de la rival con fuerza y rabia,
queriendo hacer daño a la otra belleza. Apretando los dientes, ambas comenzaron
el pulso. Los bíceps de las dos jóvenes mujeres se endurecieron, mostrando sus
firmes músculos, pero ni una ni otra era capaz de mover ni un milímetro el brazo
de la otra chica.
Luna trajo finalmente la mano de Sol hacia abajo un poco,
pero la rubia consiguió rápidamente devolver su mano de nuevo al punto de
partida poco después. Entonces Sol bajó el dorso de la mano de la castaña
levemente, pero Luna logró recuperarse, y además forzó la mano de Sol hasta que
ésta casi golpeó la mesa. Sin embargo Sol usó todas sus fuerzas y logró
remontar, hasta que las manos de ambas muchachas volvieron a su posición inicial
de empate. Ambas intentaban no perder esta primera batalla.
Entonces Sol presionó la mano de Luna abajo con todas sus
fuerzas, logrando que la mano de la castaña se acercase peligrosamente a la
superficie de la mesa. Luna resistió con un largo gemido en esa posición,
alargando el duelo, pero finalmente la rubia dio un ruidoso golpe a la mano de
Luna sobre la mesa. Ambas se echaron atrás, respirando difícilmente por su breve
pero intensísima lucha. El sudor descendía por el centro de sus pechos
jadeantes, mientras ambas se miraban: Sol con una sonrisa triunfal en la cara y
Luna con una enorme cólera. La castaña se levantó con premura, ansiando seguir.
- Vamos a por el siguiente
duelo zorra -dijo Luna iracunda.
- ¿Impaciente por perder otra
vez puta? -se burló Sol levantándose también.
- Sólo has tenido suerte esta
vez furcia. Agachémonos y veamos lo que aguantan esas piernecillas tuyas contra
las mías.
- ¡Vamos allá guarra!
Sentándose en el suelo, Luna y Sol se colocaron frente a
frente. Luna alzó su piernas derecha, y Sol hizo lo mismo con la zurda; sus
desnudas plantas de los pies se juntaron, y enseguida ambas hicieron lo mismo
con sus otros pies. Echándose atrás y apoyándose sobre sus codos, las dos
jóvenes se prepararon para el pulso de piernas.
- Esta vez no tendrás tanta
suerte zorra -gruñó Luna.
- No tengo suerte, sólo soy
mejor que tú guarra -replicó Sol, y ambas
empezaron a empujar con sus pies. Cerrando con fuerza los labios, castaña y
rubia empujaron y empujaron, más y más, y los músculos de sus piernas se
hincharon por el esfuerzo realizado por ambas. Diversos gruñidos de esfuerzo
salieron de las gargantas de las dos chicas, aunque ellas intentaran que fueran
lo menos ruidosos posibles para no mostrar ni la más mínima debilidad ante la
rival.
Un minuto pasó, y sus piernas no se movieron de la posición
inicial. El duelo estaba estancado. Ambas siguieron esforzándose al máximo,
tensando cada músculo de sus piernas para lograr la victoria. Otro minuto pasó,
mientras los gruñidos se hacían más ásperos y ruidosos. Entonces, con un gemido
más alto de lo normal, Sol logró un esfuerzo extra que logró que ganara unos
centímetros en el duelo. La castaña gritó de dolor, pero sacó fuerzas de la
rabia y de la idea de volver a ser derrotada, y con un grito de auténtico odio
empujó adelante con todas sus fuerzas, derribando a una sorprendida rubia sobre
su espalda.
Luna, orgullosa de su victoria, se levantó de un salto,
queriendo dar la imagen de que no le había costado nada ganar el duelo. Sol,
rabiosa por la derrota, miró la sonrisa prepotente de la castaña y se levantó
rápidamente.
- ¿Quién ha ganado ahora puta?
-sonrió Luna.
- ¡Vamos por los tirones de
pelo furcia! -gritó Sol, mientras ambas alzaban
sus manos y se lanzaban adelante con auténticas ansias de causar dolor a su
amarga enemiga.
- ¡Alto! -Stevens
se metió en medio de las iracunda muchachas, que chocaron contra él-.
Si no ponemos unas reglas, podrán tirarse toda la noche arrancándose pelo hasta
quedar calvas.
- Me encantaría estar toda la
noche ocupada arrancándole cada pelo rubio de la cabeza de esta guarra -comentó
Luna mirándose a su rival con fijeza.
- A mí también me encantaría,
puta, y te aseguro que estarías calva antes que yo -gruñó
Sol, devolviéndole la mirada a su oponente.
- Bueno, que os parece que la
primera que grite, pierde -el hombre miró a ambas
chicas-. Podéis gruñir, jadear y gemir, pero si
alguna chilla, el punto será para la otra. ¿De acuerdo?
- ¡Perfecto! -escupieron
a la vez las muchachas, que empujaron bruscamente a Stevens a un lado y se
lanzaron contra la rival. Sus manos se hundieron profundamente en el cabello de
la contrincante, agarrando con fuerza y tirando dolorosamente. El primer tirón
de ambas fue tan duro que las dos estuvieron a punto de gritar, pero lograron
ahogar el grito que afloraba de sus gargantas y convertirlo en sólo un doble
gemido angustioso.
Tironeando con dureza, las dos muchachas se tambalearon por
la sala, dándose unos bandazos de un lado a otro, casi derribándose. A pesar de
los duros tirones a sus cabezas, estaban tan fuertemente agarradas al cabello de
la rival que ninguna caía o se separaba de la otra.
Finalmente ambas cayeron de rodillas al suelo, y frente a
frente siguieron con el duelo, pero esta vez más lentamente. Viendo que sólo
lograban sonsacar a la otra gemidos y jadeos, ambas decidieron que había que
arrancar un buen mechó de cabello a la rival para hacerla chillar y así ganar el
duelo. Ambas aferraron con enorme fuerza un buen puñado de cabello de la parte
izquierda de la cabeza rival, y con sus manos derechas tiraron lenta y
dolorosamente hacia la derecha. Sus cabezas se inclinaron hacia ese lado,
provocando un enorme dolor en sus cueros cabelludos, ya lastimados de por sí por
el duro duelo. Todas y cada una de las fuerzas de sus cuerpos eran canalizadas a
sus manos derechas.
De repente, Luna logró arrancar un mechón de cabello rubio de
Sol, y ésta gritó de auténtico dolor, arrancando enseguida algo de pelo castaña
a su rival, que también gritó dolorida. La rabia se apoderó de ambas jóvenes, y
sus cuerpos chocaron en un enredo de miembros: sus brazos buscaban la cara rival
y sus piernas el cuerpo de la enemiga. Rápidamente Stevens corrió hacia ella, y
con bastante esfuerzo logró separarlas. Las ahora calmadas chicas se levantaron,
mirándose con odio, jadeantes, con sus pechos moviéndose al ritmo de sus pesadas
respiraciones, aún cubiertos por unos oscuros y sudados sujetadores.
- ¡Zorra! ¡He ganado este duelo
y me has atacado a traición! ¡Ya había acabado el duelo cuando has chillado como
la cerda que eres! -estalló iracunda Luna,
apretando los puños.
- ¡Puta de mierda! ¡Si quieres
dejamos estos duelos y peleamos con todo! -Sol dio
un paso adelante, apretando los dientes, rabiosa-.
¡Verás como te destrozo vaca!
- ¡Chicas, chicas! -Stevens
se interpuso entre ambas de nuevo, y las miró con fijeza-.
¡Sigamos con los duelos! ¿O alguna se quiere echar atrás?
- ¡Nunca! -gruñeron
a la vez, observándose con auténtico aborrecimiento.
- Bien -Stevens
miró su libretita, y habló-, ahora toca una lucha
de traseros.
- Oh, esto será muy divertido
-dijo Luna-. Vamos a hacerlo ya, tengo ganas de
poner más ventaja en la competición.
- ¿Ventaja? La suerte te ha
acompañado, pero ahora verás lo superior que soy a ti -replicó
Sol.
- Colocaros de espaldas a la
rival, enlazad vuestros brazos y luchad exclusivamente con vuestros culos. La
primera que caiga al suelo o que grite pierde -Stevens
dio un par de pasos atrás, mientras las dos bellas jóvenes se acercaban y
seguían sus instrucciones. Mientras enlazaban sus brazos de espaldas a la otra,
ambas se susurraron "puta" al unísono.
Y el duelo empezó repentinamente. Sus bien formados traseros
comenzaron a golpearse juntos y a bombear uno contra otro. Golpeándose de
frente, o desde la derecha o la izquierda, sus traseros batallaron
calientemente, pero al parecer en vano, ya que tres minutos después ambas
seguían estancadas en un claro empate, y ninguna parecía que fuera a tomar
ventaja inmediatamente. Las respiraciones de ambas mujeres aumentaron levemente
de intensidad, oyéndose de vez en cuando un pequeño jadeo de alguna de las
chicas.
Dos minutos más, y todo seguía igual... hasta que
repentinamente Sol separó todo lo que pudo su trasero del de Luna y embistió con
fuerza. La castaña jadeó por el golpe, sorprendida, y no pudo reaccionar ante la
segunda embestida de la rubia. Con un grito de sorpresa, Luna cayó al suelo, con
Sol sobre su espalda, estampándose el rostro contra el duro piso. Este asalto
era de la rubia, gracias a un rápido ataque sorpresa.
Sol se levantó, sonriendo por su inteligente victoria,
mientras Luna, tocándose la dolorida barbilla, se levantaba con una mirada
enojada.
- Ya sabemos quien de nosotras
tiene un mejor trasero zorra -dijo la rubia
sonriendo con burla-. No debiste nombrar este reto.
- Has hecho trampa puta, pero
no te va a servir de nada. Yo seré la que salga victoriosa de esta habitación,
te lo aseguro -replicó Luna.
- Van dos a dos -interrumpió
Stevens-. Ahora se enfrentarán a tortazos. Lo
harán por turnos. La primera que caiga al suelo, o su rodilla lo haga, perderá
-el hombre sacó una moneda-.
¿Cara o cruz?
- Cruz -dijo
Luna.
- Cara -dijo
Sol, mientras Stevens lanzaba la moneda al aire.
- Cara... empieza Sol -dijo
el hombre, esperando el comienzo del duelo.
Sonriendo por su suerte, la rubia se acercó a Luna, la cual
la esperaba.
- Dame tu mejor golpe furcia
-habló desafiante la castaña, alzando levemente su
rostro, de forma orgullosa.
- Será un placer puta -dijo
Sol, y echando atrás su mano, abofeteó duramente la mejilla izquierda de Luna
como nunca antes lo había hecho. La castaña gritó de auténtico dolor y dio tres
tambaleantes pasos hacia la derecha, pero logró mantener el equilibrio. A pesar
del daño que notaba en su mejilla, que había enrojecido con la marca de la mano
de Sol, Luna no la tocó como muestra de resistencia. En lugar de ello, miró
sonriente a la rubia.
- ¿Eso es todo? -Luna
caminó decidida hacia su rival-. Ahora verás lo
que es un auténtico tortazo. Ganaré este duelo de un solo golpe.
- Espero tu mejor golpe
-Sol alzó su rostro orgullosa y desafiante.
Luna lanzó rápidamente su palma abierta contra le mejilla
izquierda de la rubia, dándole una ruidosa bofetada a Sol; la más dura que la
rubia había recibido en su vida. Sol chilló angustiada y se tambaleó a su
derecha tres pasos al igual que Luna, y al igual que la castaña mantuvo el
equilibrio. La mano de Luna quedó marcada en su mejilla, pero Sol tampoco se
tocó, ya que no iba a ser menos que su amarga oponente.
La rubia se giró hacia Luna, y alzó su mano.
- ¡Tendrás que hacerlo mucho
mejor si quieres ganarme guarra! -gritó, y
abofeteó fuertemente la mejilla derecha de Luna. La castaña dio un paso atrás y
contraatacó en menos de un segundo.
- ¡Y tú también zorra! -replicó
al tiempo que clavaba una picante bofetada en la mejilla derecha de Sol.
Tortazo tras tortazo, ambas bellas chicas hicieron pivotar
sus brazos en el centro de la sala, conectando duramente con la cara de la
contrincante. Insultándose continuamente, al ritmo de sus tortazos, ambas
despreciaron la fuerza de las bofetadas de la rival, a pesar de que con cada
golpe recibido ambas chillaban desconsoladas, e incluso alguna vez habían
escupido involuntariamente saliva tras recibir una bofetada especialmente
viciosa. Ambas jóvenes perdían continuamente el equilibrio, pero lograban
mantenerse en pie, contraatacando en apenas un par de segundos a la rival, sin
dar plazo al descanso. Con sus brazos derechos cansados, Luna y Sol comenzaron a
abofetearse con sus zurdas, golpeando ahora las mejillas derechas. Pronto ambos
lados de sus bellos rostros estuvieron enrojecidos, y las lágrimas comenzaron a
fluir de sus ojos.
Poco a poco la pelea se fue retardando, hasta tener que
esperar más de diez segundos para replicar al tortazo de la antagonista.
Respirando entre pesado jadeos, rubia y castaña acabaron reclinándose,
deteniendo el combate durante unos segundos para recuperar el aliento perdido.
Con sus manos sobre sus rodillas, ambas observaron a la rival, viendo su rostro
lleno de marcas rojizas de dedos y de lágrimas. Esto hizo sonreír a las dos,
pues veían el sufrimiento y el dolor que había causado a la otra muchacha.
- Ya eres mía -jadeó
Sol, ya que era su turno. Dando un tambaleante paso adelante, abofeteó la
mejilla izquierda de la castaña, que con un gemido retrocedió varios pasos.
Estabilizándose, Luna caminó agotada hacia su oponente, y sin una palabra la
abofeteó viciosamente. Sol gruñó y dio varios oscilantes pasos atrás... y cayó
de culo al suelo. Este asalto era para Luna.
Sol quedó sentada, tocándose su dolorida cara, mientras Luna,
agotada, se dejaba caer al suelo, sentándose y masajeándose el enrojecido
rostro. Esta batalla había sido la más dura y violenta de los duelos acaecidos
hasta el momento.
- 3 a 2, zorrita rubia -jadeó
Luna.
- Tranquila, foca castaña,
pronto se te acabará la suerte -respondió Sol,
sabiendo que prueba venía ahora-. Agachémonos y
vamos a ver si esas piernas tuyas pueden hacerme gritar.
- Si, ahora toca un duelo de tijeras de piernas -corroboró
Stevens.
- ¿La primera que chille pierde
zorra? -preguntó Luna.
- Sí -dijo
la rubia, mientras se tumbaba sobre su costado, al igual que la castaña. Las dos
pusieron sus bellas piernas, cubiertas por sus oscuras medias, alrededor del
otro cuerpo, trabando un pie detrás del otro.
- Uno... -dijo
Luna con seguridad en su mirada.
- Dos... -siguió
Sol con la misma seguridad en sí misma.
- ¡Tres! -gritaron
al unísono, comenzando a exprimir. Con todos los músculos de sus piernas
esforzándose al máximo, tanto Luna como Sol gimieron de dolor al sentir como las
otras piernas las estrujaban sin piedad. Tras un igualado minuto, Luna puso las
manos en el suelo y se levantó para arriba, intentando aplicar más presión sobre
Sol. La rubia soltó un gemido cercano a un grito ante esta táctica, pero decidió
contraatacar. Para no ser aventajada, la rubia usó sus brazos para torcer su
cuerpo de un tirón, haciendo a Luna perder parte de su presión al mismo tiempo
que la castaña gemía angustiada. Ambas bellezas siguieron contraatacándose con
diversos movimientos bruscos, haciendo gemir de dolor a la rival con cada
maniobra. Tres minutos después, rodando lentamente en el suelo, Luna notó que
empezaba a perder su tijera de piernas. Sol, notando esto, usó todas las fuerzas
que le quedaban, sacudiendo y exprimiendo a Luna con rabia. Sol apretó los
dientes, y Luna abrió la boca de dolor, chillando finalmente. Tras un último
apretón de piernas adicional, Sol soltó a su rival y ambas se recostaron en sus
costados. Sus enrojecidas y sudorosas caras mostraban los estragos del duro
duelo de tijeras.
- Este duelo es mío, furcia
-sonrió Sol, mientras las dos se agarraban los
doloridos costados.
-
Aún estamos empatadas puta -jadeó Luna, mientras
ambas se arrodillaban, frente a frente-, y si no
recuerdo mal, ahora debemos arañarnos los muslos, según tu desafío.
- Oh sí, me encantará verte
llorar... otra vez -contestó Sol.
- Tú serás la que llore... de
nuevo. ¿Sin medias?
- Sin medias, no quiero nada
que se interponga entre mis uñas y tu grasienta piel.
Las dos chicas se quitaron las medias, con unos movimientos
sensuales intencionados, queriendo quedar por encima de la rival hasta en esto.
Tirando sus medias, destrozadas por la larga lucha, a un lado, Luna y Sol se
levantaron, encarándose.
- Acabas de decirme que iba a
llorar... ¿por qué no me lo demuestras? -habló la
rubia con seguridad-. ¿La primera que suelte una
sola lágrima pierde zorra?
- Perfecto, puta -contestó
con la misma seguridad Luna-. Te haré llorar
-acabó la castaña, mostrando su garra derecha a
Sol. Con una sonrisa malévola en su bello rostro, Luna bajó la mano hasta el
muslo izquierdo de la rubia. Sol mostró su mano derecha a Luna, sonriendo
también, y la colocó en su muslo izquierdo. Repitieron el ritual con sus manos
izquierdas, que colocaron en sus muslos derechos. Juntando sus pechos levemente,
ambas se miraron a los ojos con odio, y segundos después, sus rostros tomaron
enseguida una mueca de sufrimiento, mientras un doble gemido escapaba de sus
bellos labios. Habían empezado a arañarse los muslos.
Muy lentamente, casi sádicamente, las jóvenes siguieron con
este cruel castigo mutuo, arrastrando sus uñas de abajo a arriba de sus muslos,
dejando graves marcas rojas en ellos. Un minuto después, por instinto y
venganza, ambas usaron sus manos derechas para empezar a arañar la espalda de la
otra muchacha, de arriba abajo. Stevens dejó seguir el duelo, ya que ambas
habían cometido la irregularidad.
Así mientras con sus zurdas rasguñaban sus muslos, con sus
derechas rasgaban sus desnudas espaldas. Los sostenes estorbaban en el camino de
sus largos arañazos, pero no podían perder tiempo en soltarlos, pues ambas
notaban como sus ojos empezaban a humedecerse por el intenso dolor.
Y entonces, entre gemidos de auténticos dolor, una lágrima
salió de uno de los fuertemente cerrados ojos de las dos chicas. Ninguna podía
ver a la rival, así que fue Stevens el que dio la victoria a una de ellas.
- Sol ha ganado -dijo,
y ambas chicas abrieron los ojos, que de repente empezaron a soltar lágrimas,
como si las hubieran estado escondiendo en sus cerrados ojos.
- 4 a 3, perra -sonrió
Sol entre lágrimas-. Ya eres mía.
- Puta -murmuró
Luna con una rabia increíble.
Sus espaldas y muslos estaban llenas de horribles marcas
rojizas, que ardían en dolor.
- Última prueba, chicas.
Intercambio de puñetazos en los vientres -anunció
Stevens-. Lo mejor será que con enlacéis un brazo
alrededor del cuello rival, por detrás, mientras con el puño libre os golpeáis
por turnos. La que caiga de rodillas primero, pierde.
- ¡Perfecto! -gruñeron
al unísono, colocándose en posición. Una vez preparadas, con un brazo alrededor
del cuello de su rival, se jugaron quien empezaba a cara o cruz. Stevens lanzó
de nuevo una moneda, y esta vez ganó la castaña.
-- ¡Vamos vaca asquerosa!
-dijo Sol-. ¡Dame el
mejor puñetazo de tu puta vida!
Sin una palabra, Luna echó atrás su brazo, alzando su puño, y
lo descargó con fuerza y rabia contra el plano vientre de Sol. El puño se hundió
en el estómago de la rubia, que gimió mientras su cuerpo perdía aire
repentinamente.
- ¡Bien, guarra barata, ahí lo
tienes! -sonrió Luna al ver el sufrimiento
reflejado en la cara de su rival-. ¡Ahora dame tú
el mejor golpe que puedas dar con tu patética fuerza!
Rabiando por el duro golpe recibido por Luna, Sol alzó su
puño y lo lanzó contra el firme vientre de la castaña con todas sus fuerzas,
cargando el golpe con ira. Mientras su puño se hincaba en el abdomen de Luna,
ésta gemía dolorida, soltando aire bruscamente. Ahora fue Sol la que sonrió.
- ¿Qué tal furcia? ¿Sin aire?
-dijo la rubia, que enseguida recibió otro duro
golpe en su vientre por parte de Luna.
- ¿Y tú qué tal zorra? ¿No
puedes respirar? -se burló la castaña, que
enseguida enmudeció ante un nuevo puñetazo de su rival.
- ¡Respira tú ahora repugnante
engreída! -gritó Sol antes de recibir otro golpe.
- ¡Antes recupera tú la
respiración sucia prostituta! -gruñó Luna.
Así, las dos bellezas se ensartaron en un durísimo
intercambio de puñetazos en sus vientres, que les hacía perder el aire de sus
cuerpos rudamente, gemir extensamente y escupir saliva en ocasiones. Ya los
insultos y retos habían quedado atrás, pues no podían reunir aire bastante para
hablar antes de recibir un nuevo golpe en sus ahora enrojecidos vientres.
Cinco largos minutos después, ambas seguían golpeándose, pero
el ritmo había bajado de intensidad repentinamente; Sol y Luna tardaban muchos
segundos en devolver los golpes recibidos, y la intensidad de estos menguaba con
cada puñetazo lanzado.
Ahora, finalmente, ambas se detuvieron, jadeantes y
sudorosas. Era el turno de Sol, pero no podía golpear a Luna, aún no. No tenía
fuerzas.
- Vamos... zorra... ¿No...
puedes... más? -jadeó sin fuerzas Luna.
- Claro... que... si... furcia
-jadeó Sol, y lanzó como pudo su puño contra el
enrojecido y dolorido vientre de Luna, que se dobló de dolor al recibir el
golpe, escupiendo aire y saliva a la vez. Casi medio minuto pasó, y Luna no
devolvió el golpe aún, recuperando fuerzas.
- Parece... que... estás ...
acab ¡ough! -Sol no pudo acabar la frase,
recibiendo un duro golpe de su rival en el estómago. La rubia se tambaleó, e
inesperadamente clavó su rodilla derecha en el suelo. Había perdido.
Luna soltó a su rival, y ambas cayeron al suelo de rodillas,
con ambas manos en sus extremadamente lastimados estómagos. Ambas sollozaban
suavemente, encogiéndose sobre sí mismas.
Hasta más de un minuto después, no volvieron a alzar sus
llorosos ojos, mirándose con odio, rencor, desprecio y rabia, todo confusamente
mezclado.
- Han acabado los duelos, y
estáis empatadas a cuatro -dijo Stevens, perplejo
ante la igualdad de las chicas.
- Quiero jugármelo todo teta a
teta zorra -dijo Luna, ignorando al hombre.
- No sabes el error que estás
cometiendo puta -replicó Sol-.
Acepto.
Ambas se levantaron lentamente, y se acercaron la una a la
otra. Las dos bellas chicas, agotadas, se encontraron y clavaron sus cuerpos,
pecho a pecho. Sus frentes vinieron juntas, y sus manos, que colgaban de sus
costados, se engancharon mano a mano, dedos con dedos, para afianzarse.
Inmóviles, en silencio, se miraron con animadversión y rivalidad a los ojos.
Tras más de una hora de agotadora y dolorosa lucha, Sol y
Luna iban a decidir quién de ellas era la mejor mujer mediante lo que ambas
consideraban su máximo orgullo y exponente de feminidad: sus tetas, las cuales
habían enfrentado en infinidad de ocasiones durante las seis peleas anteriores y
durante la propia lucha de esta noche. La igualdad mostrada entre sus femeninos
orbes sólo había aumentado la rivalidad y competencia de las bellas jóvenes, que
deseaban más que nada destrozar y reducir a pulpa los pechos rivales con sus
propias tetas.
- Nada de empates esta vez,
guarra -dijo Sol, mirando a Luna a los ojos-.
Aunque estemos aquí durante horas compitiendo teta a teta, por muy igualadas que
estemos, no dejaremos esto sin una vencedora clara.
- Si, es hora de saber de una
vez por todas quién de nosotras tiene las mejores tetas -dijo
Luna, devolviendo la mirada a la rubia-. Hasta el
final, puta.
Luna y Sol empezaron a apretar sus pechos juntos. A pesar de
los sostenes, ambas notaban como los puntiagudos pezones de la otra se clavaban
en sus firmes orbes. Muy lentamente, ambas fueron empujando sus bellas tetas
contra las de la rival, sin dejar de mirarla a los ojos, y clavando sus uñas en
el dorso de las manos de la otra muchacha. Sol y Luna se mordieron los labios
inferiores para reprimir el dolor que procedía de sus ya lastimadas tetas, que
habían sido el objetivo principal durante la larguísima pelea.
- ¿Sientes cómo mis pechos
están haciendo retroceder a los tuyos zorra? -dijo
Sol, mientras ambas bajaban la mirada a sus pugnantes tetas. Los pechos de ambas
sobresalían por arriba, por los costados y por debajo, debido a la presión
ejercida.
- Sí, los siento... pero
totalmente aplastados por mis pechos puta -contestó
Luna, que a pesar de sus palabras veía como las tetas de ambas jóvenes estaban
aplastadas de igual manera. Sol también notó la igualdad, y al mismo tiempo que
su rival aumentó la presión aún más. Un gruñido de dolor salió del labio de las
dos chicas a la vez.
Entonces Luna comenzó a restregar lentamente sus tetas contra
las de Sol, que enseguida imitó a su rival y se frotó pecho a pecho con la
castaña. Arriba y abajo, a derecha y a izquierda, con lentos movimientos en
círculos, las dos chicas friccionaron sus bellos orbes sudorosos, jadeando
quedamente. Tras mirar como sus tetas peleaban sin imponerse a las oponentes,
Sol y Luna alzaron la vista y sus ojos se encontraron. Mordiéndose los labios
inferiores de nuevo, intercambiaron odio en sus miradas, mientras seguían teta a
teta, con sus manos entrelazadas a la altura de sus muslos.
- Estoy ganando puta -jadeó
Luna.
- El cansancio debe haberte
confundido... yo estoy ganando -contestó Sol.
- Creo que necesitas un poco
más de presión para aclararte la situación -dijo
la castaña, estrujando sus tetas contra las de Sol más duramente, y haciendo con
movimientos más tenaces.
- También puedo apretar más, zorra -dijo
la rubia.
Los pechos de las chicas empezaron a comprimirse mutuamente,
frotándose con rabia y batallando por el inexistente espacio que había entre
ellos. Los gemidos de ambas eran suaves, pero ahora eran más audibles. Y ambas
podían sentir en sus bellos rostros el caliente aliento de los jadeos rivales.
- Tus tetas no pueden soportar
a mis pechos durante mucho más, puta -dijo la
rubia.
- Mis tetas machacarán a las
tuyas finalmente, guarra -replicó la castaña.
- ¿Entonces por qué no nos
quitamos los sostenes y vemos si sigues tan arrogante y confiada? -jadeó
Sol.
- Perfecto -contestó
Luna-. Así verás como no eres tan dura sin ese
sujetador protegiéndote.
Las manos de las chicas se soltaron, agarrando el sostén de
la rival por detrás. Abriéndolos de un hábil tirón, Luna y Sol separaron sus
tetas durante menos de un segundo, dejando caer sus sostenes al suelo. Entonces,
rápidamente, volvieron a estampar sus ahora desnudas tetas juntas, ansiando
seguir con el duelo, pues ese medio segundo en el que las habían separado había
sido demasiado largo para ambas bellezas.
Vestidas sólo con sus negras bragas, rubia y castaña
comenzaron de nuevo a frotar sus orbes juntos, pinchando y a