DUELO DE RASTAS IV: EN EL RING
POR ANUBIS
Luna caminaba rápidamente por el patio de la Facultad de
Filosofía y Letras. Llegaba tarde a una clase. Se había entretenido con unos
amigos en la parada del autobús, y ahora pagaba las consecuencias. La bella
castaña esquivó a varios alumnos que charlaban en el centro del ajardinado
patio, y se acercó a la entrada que daba a varias aulas. Y entonces su mirada se
desvió un segundo a su izquierda, viendo a una rubia con rastas que charlaba con
una morena. Era Sol.
La rubia intuyó que la observaban, y giró su cabeza, viendo a
Luna. Desde su último enfrentamiento, hacía ahora casi tres semanas, ni una ni
otra se habían visto. Fue toda una casualidad, ya que las dos siempre se habían
cruzado en la facultad.
Sol despidió a su amiga con un gesto, mientras Luna se
acercaba a ella. Frente a frente, las dos muchachas se miraron a los ojos con
impasibilidad durante unos segundos, olvidándose de las clases, los amigos y los
cotilleos. Ambas estaban en un mundo, donde sólo habitaban ellas, enfrentadas.
-
Perdona por dejarte abandonada la última vez que nos vimos -sonrió
Sol, con ambas manos sobre sus curvas caderas-.
Estabas tan mona allí tirada en el barro, durmiendo... o mejor dicho
inconsciente.
- Lo mismo pensé yo cuando te
dejé en aquella playa -sonrió ahora Luna, cruzando
sus brazos bajo su firme pecho-. Fuiste una niña
buena. Antes de dormir te tomaste tu leche... de teta claro.
- También tú tomaste algo de
teta la última vez ¿no? -contestó Sol,
acariciándose su pecho derecho suavemente.
- Quizás deberíamos comprobar
quien se ha quedado con hambre -desafió sutilmente
Luna a la rubia, pasando lentamente una mano por su teta derecha.
- Bien zorra -susurró
Sol-. Dejémonos de rodeos. ¿Dónde y cuándo?
- Tengo un amigo que acaba de
montar un gimnasio en el centro de la ciudad -dijo
la castaña tras pensar un par de segundos-. Aún no
está abierto... y tiene un ring sin estrenar.
- Perfecto -sonrió
la rubia-. ¿Podrás conseguir la llave para esta
tarde? No puedo esperar más.
- Yo tampoco -dijo
Luna-. Te espero en la tienda de ropa Mujeres a las 5 en punto. Desde
allí te llevaré hasta el gimnasio. Está cerca.
- Allí estaré.
- Vaya, has venido -dijo
Luna.
- No me perdería esto por nada
en el mundo -replicó Sol-.
Y además, no te tengo ningún miedo.
- Ni yo a ti -contestó
la castaña colocando sus manos en sus caderas y sacando pecho–
. No sabes como ansío empezar la pelea.
- No tanto como yo, pero antes
quiero darte una sorpresa -dijo Sol-.
¿Ves ese bar de ahí? Te invito a un café.
- ¿Un café? -se
sorprendió la castaña, pero al ver el rótulo del bar sonrió-.
Ya entiendo... acepto puta.
Entrando en El pulso, Luna y Sol pidieron una mesa en
un pequeño cuarto privado. El camarero les preguntó si participarían en el juego
de hoy, y tras el sí de ambas él apuntó sus nombres. Ya en el privado, las dos
bellas jóvenes se sentaron juntas en un alargado asiento pegado a la pared, una
al lado de la otra, como si fueran dos amigas que querían intimidad -¡o
una pareja de novios!
Poco después el camarero les trajo el café, y ambas le dieron
un pequeño sorbo.
- Realmente no sé porqué sigues
intentándolo -dijo Sol mirando a su rival-.
Está claro que soy mejor que tú.
- Nuestras anteriores peleas
dicen lo contrario -contestó la castaña, acercando
su cuerpo al de su oponente-. He demostrado ser la
mejor de las dos.
- Te destrocé la última vez que
competimos, en el campo -dijo la rubia, juntando
sus tetas con las de Luna.
- Yo te destrocé a ti, pero me
venciste porque tuviste mucha suerte -replicó
Luna, aceptando la provocación de Sol y estrujando sus tetas contra las de la
otra chica-. Y además te vencí antes en la playa,
y sobrada de fuerzas.
- Mentirosa -gruñó
Sol furiosa al sentir y recordar la firmeza de las tetas de la castaña-.
Me derrotaste por muy poco, y gracias a un golpe de fortuna.
- En las tres peleas, yo he
sido la mejor -reprochó Luna con enojo, ya que
también experimentaba y revivía la fuerza de los pechos de Sol.
- Yo he sido la mejor -corrigió
la rubia, cada vez más enfadada.
- ¡Maldita engreída! -refunfuñó
entre dientes Luna, acercando lentamente su manos a las rastas de la rubia.
- ¡Estúpida vanidosa! -insultó
Sol alzando sus manos, dispuestas a agarrar a su rival de las rastas.
- ¡Señoritas! -llamó
una voz desde la otra parte de la cortina de entrada del privado. Separándose
rápidamente, Sol y Luna evitaron que el camarero, que acababa de entrar en el
privado, las descubriera-. Su turno.
Las dos guapas chicas subieron a un escenario donde había una
pequeña mesa y dos sillas. Cada una se sentó a un lado de la mesita, anhelando
fervientemente empezar. El pulso era un local así llamado porque se
hacían torneos de pulsos. Éstos eran muy populares entre los hombres, y por ello
era rarísimo ver a mujeres en esta situación. Todos los clientes estaban
exaltados por ello, apostando por una u otra belleza.
- ¡Aquí tenemos a dos apuestas damas!
-anunció el showman-. ¡A un lado,
la maravillosa Luna! ¡Y al otro, la espléndida Sol! -la
gente aplaudió y animó a las dos-. ¡Ya saben las reglas!
¡A la mejor de cinco!
- ¡Vamos allá! -susurró
con ansia Luna.
- ¡Adelante! -murmuró
con idénticas ganas de empezar Sol.
Enlazando sus manos derechas, las dos muchachas se
dispusieron a empezar. Mirándose a los ojos con seguridad en sí mismas, ambas
esperando impacientemente la señal de comienzo.
- ¡Ahora! -gritó
el showman.
Con fuerza y mucha aversión, Sol y Luna comenzaron el pulso.
La gente gritaba histérica al ver tanta determinación en los rostros de las dos
guapas chicas, que se esforzaron al máximo... hasta que Sol venció a Luna.
- ¡Un punto para Sol! -clamó
el showman. La rubia sonreía mientras Luna la miraba con auténtico odio-.
¿Preparadas para la segunda ronda?
Las dos muchachas volvieron a apresar sus manos derechas, y
tras las señal del hombre un nuevo e igualado duelo comenzó... y ahora fue la
castaña quien ganó.
- ¡Luna acaba de empatar! -gritó
el showman. Todos veían a la castaña sonreír a su enojada oponente-.
¡Vamos con la tercera tanda! ¡Ya!
Otra vez las dos chicas batallaron mano a mano, pero
enseguida Luna derrotó a Sol. Casi sin tiempo para el descanso, la cuarta ronda
comenzó, y ahora Sol derrotó rápidamente a la castaña.
- ¡De nuevo empatadas! -anunció
el showman-. ¡Ésta será la...!
- ¡Quiero un trago! -interrumpió
Luna-. ¡Un chupito de tequila para mí, y otro para ella!
Sol asintió, y el camarero llegó con dos cupitos. Mirándose a
los ojos, las dos bellezas dieron un único sorbo al cupito. Entonces Sol pidió
una segunda ronda, y de nuevo ambas tragaron sus bebidas sin dudarlo.
- ¡Bueno, sigamos con la gran final!
-pregonó el showman-. ¡Una, dos
y... Tres!
Las dos sensuales jóvenes volvieron a esforzarse más allá de
sus fuerzas, alentadas por una ardiente rivalidad y un pasional aborrecimiento
mutuo. El odio se palpaba en el ambiente, mientras Luna y Sol iban inclinándose
hacia delante, acercando cada vez más sus cabezas. Segundos después, ambas
tenían sus sudorosas frentes juntas. Sus brazos temblaban terriblemente por la
tensión del duelo; sus labios vibraban firmemente cerrados; sus ojos
intercambiaban abominables miradas de desprecio... era un encuentro íntimo entre
dos verdaderas enemigas que se detestaban a muerte.
- ¡Te odio con toda mi alma! -susurró
Luna con animadversión.
- ¡Yo también te odio con todo mi ser!
-murmuró Sol con aversión-. ¡Nunca
en mi vida despreciaré a nadie tanto como a ti puta!
- ¡Nuestra rivalidad nunca acabará
zorra! -gruñó la castaña-. ¡Tú y
yo lucharemos siempre, hasta que una de nosotras entierre a la otra con sus
propias manos!
- ¡Prepararé tu tumba furcia! -replicó
la rubia.
- ¡Antes prepara la tuya guarra!
-masculló Luna.
El público veía a las dos chicas con rastas susurrarse
palabras mientras seguían con el pulso. A pesar de no entender qué decían, el
gesto de desprecio de sus bocas y sus ásperas miradas lo aclaraban todo. Un
vínculo personal de eterna animadversión unía -y uniría-
a las dos jóvenes.
- ¡Vayámonos de este antro y
resolvamos esto de una puta vez! -gruñó Sol.
- ¡Estoy deseándolo mujerzuela!
-contestó Luna.
Levantándose de las sillas con premura -incluso
Luna derribó su silla-, las dos chicas se marcharon del
bar, ignorando los gritos de protesta de los clientes del lugar, y del propio
camarero, ya que no habían pagado sus consumiciones.
Con sus corazones latiendo calientemente deprisa, Luna y Sol
caminaron rápidamente hacia el gimnasio en el que iban a pelear a muerte. El
desempate estaba cada vez más cerca.
Minutos más tarde ambas bellas muchachas se encontraban en el
solitario ring de lucha, donde ni una ni otra se habían dirigido la palabra.
Sólo se habían colocado cada una en su esquina, donde calentaban muy
concentradas.
Luna vestía un conjunto
interior azul mientras que Sol llevaba uno rojo. Las dos habían decidido
combatir así para estar más cómodas y, de paso, hacer el duelo lo más íntimo
posible. Acercándose al centro del cuadrilátero, Sol bajó su vista y miró
directamente a las tetas de Luna.
- Creo que no necesitaré esto-
dijo Sol orgullosamente, quitándose el sostén y tirándolo fuera del ring-.
Y tú la verdad es que no tienes mucho que proteger. ¿Por qué no empezamos la
lucha en topless?
- Conozco muy bien tus tetillas
-dijo arrogantemente Luna, señalando las tetas de
Sol-. Con ellas quizás hayas logrado aprobar
alguna asignatura, pero aquí, como ya has comprobado antes, no te servirán de
nada -Luna se quitó su sostén y lo tiró lejos.
Entonces la castaña miró a su rival, miró cada curva de su cuerpo. La rubia
respondió de la misma manera, observando el cuerpo de Luna en su totalidad. En
las tres anteriores luchas, ambas habían comprobado con sus propias carnes la
sensualidad y firmeza del cuerpo de la rival, y ahora, evocando este recuerdo,
las dos se odiaron profundamente.
- Te espero furcia celosa
-dijo Sol mirando a los ojos de Luna al tiempo que
sacaba pecho. Entonces se inclinó e indicó con sus manos a Luna que se acercara
a ella-. Vamos puta.
- Yo no estoy soy celosa,
guarra, al contrario que tú -Luna se inclinó,
lista para empezar-. Solamente estaba pensando en
que hubieras querido mantener esas pequeñeces tapadas, porque podrían sufrir,
digamos, algún accidente.
- Calla y lucha de una vez
-Sol empezó a girar alrededor de Luna-.
Recuerda, sin reglas y sin compasión.
- Por supuesto -prosiguió
la castaña, girando en círculos-. Lucharemos hasta
el final, hasta que una de nosotras pierda el sentido o se rinda y reconozca que
su rival es la mejor mujer.
- Yo no pienso rendirme
-gruñó la rubia.
- Yo tampoco -replicó
Luna-. Por lo que sólo queda una salida.
Tras observarse durante casi un minuto, Sol tomó la
iniciativa. Con un rápido movimiento alargó su brazo y golpeó con su puño la
mejilla izquierda de su rival. Luna gruñó, pero reaccionó y, con el revés de su
mano zurda, abofeteó el rostro de la rubia. Ahora fue Sol quien refunfuñó
dolorida. Luna siguió con su ataque, clavando su puño en la teta izquierda de su
oponente. Sol gritó angustiada, aunque reaccionó a tiempo para lanzar hacia
delante su puño derecho y golpear una teta de la castaña, que chilló de dolor.
Sol volvió a embestir con su puño, pero Luna se agachó a tiempo, evitando un
duro golpe en su rostro. Así la castaña, desde abajo, lanzó un fiero gancho
contra la barbilla de Sol, pero la rubia retrocedió ágilmente, esquivando la
agresión de su contrincante. Luna volvió a arremeter contra Sol, logrando ahora
sí conectar un violento puñetazo en la nariz de la rubia. Sol sollozó levemente,
aunque pudo responder al ataque con un gancho en plena barbilla de Luna, que
retrocedió varios pasos mientras gritaba lastimada.
Entonces Sol lanzó un nuevo gancho, que Luna detuvo con su
antebrazo. Contraatacando con su puño, Luna intentó golpear a la rubia, pero
ésta también paró el ataque con su brazo. Así, frente a frente, cada una de las
guerreras enlazó un brazo tras el cuello de la rival con rapidez. Luna no lo
dudó y clavó su rodilla derecha en el firme vientre de Sol. Gimiendo, la rubia
hundió su rodilla en el liso abdomen de su oponente, devolviéndole el favor a la
castaña y haciendo gemir a ésta. Luna volvió a golpear la barriga de Sol con su
rodilla, y la rubia volvió a replicar.
- ¡Puta! -gritó
Luna impactando de nuevo con su rodilla el vientre de Sol.
- ¡Zorra! -contestó
la rubia regresando el golpe una vez más.
El intercambio de duros rodillazos de las dos enojadas chicas
continuó hasta que Sol logró golpear dos veces seguidas a Luna. Entonces, cuando
la rubia se disponía a estampar su rodilla por tercera vez en el estómago de su
rival, Luna empujó con resentimiento a Sol, alejándola de ella. Ahora Luna y Sol
se llevaron ambas manos a sus enrojecidos y lastimados vientres, inclinándose
jadeantes sobre sí mismas.
Segundos después Sol caminó hacia Luna con decisión, mientras
la castaña seguía intentando recuperarse. Agarrándola de las rastas, Sol levantó
la cabeza de Luna, obligándola a mirarla. Entonces la rubia abrió la boca para
maldecir a su contrincante, pero el único sonido que salió de la boca de la
chica fue un agudo grito de angustia. Luna había incrustado su puño en el
golpeado vientre de Sol. La rubia retrocedió varios pasos mientras se llevaba de
nuevo las manos a su maltratado estómago.
- ¡Maldita zorra! -gruñó
Luna agarrando las rastas de Sol y estampando repetidamente su puño contra el
vientre de su rival. Sol respingó y se estremeció de dolor cada vez que la
castaña trituraba su puño contra su estómago.
- ¡Furcia! -chilló
Sol tras recibir el quinto golpe de Luna. Reaccionando con furia, la rubia lanzó
su puño derecho y lo estampó en la mejilla de su rival, que retrocedió
tambaleante con un gemido de congoja.
Pero Luna no pensó el dolor de su cuerpo y atacó con un
derechazo a la cara de Sol, que gruñó dolorida aunque testarudamente mantuvo su
posición. Así la rubia lanzó un gancho a la barbilla de Luna, que retrocedió un
par de pasos gruñendo.
Entonces Sol avanzó decidida y golpeó la mejilla de Luna con
un duro puñetazo. Pero Luna, a pesar del grito que soltó, pudo reaccionar con un
gancho que conectó con la barbilla de Sol, que retrocedió gimiendo.
Agotadas por los severos golpes que se habían dado, las dos
bellezas desfallecieron levemente, por lo que se abrazaron en el centro del ring
para no caer a la lona. Con sus labios sangrando levemente y sus mejillas
enrojecidas, Sol y Luna descansaron entre jadeos. Al notar que las tetas de Luna
estaban en suave contacto con sus propios orbes, Sol empezó instintivamente a
empujar lentamente sus pechos hacia delante.
- ¡Espera! -dijo
la castaña-. ¡Aún no! ¡Quiero seguir peleando a
puñetazos contigo! ¡Aún no hemos resuelto quien es la mejor púgil!
- ¡Pues zanjemos el asunto
ahora mismo! -dijo Sol, hincando su puño en las
costillas de su oponente. Con un gruñido de dolor, la castaña devolvió el golpe
a la rubia. Así ambas empezaron a golpearse la una a la otra en las costillas,
gimiendo con cada golpe recibido. Pero medio minuto después era obvio que ni una
ni otra era tan hábil como para hacer más daño a la rival del que estaba
recibiendo, por lo que las dos mujeres se separaron tambaleantes.
Pero de repente Sol sorprendió a Luna con un rápido golpe al
riñón de la castaña. Gimiendo dolorida, Luna no pudo impedir un duro gancho en
su teta izquierda. La castaña retrocedió chillando, mientras Sol la siguió para
golpearla aún más. Entonces Luna contraatacó con un izquierdazo en plena nariz
de Sol, que gritó dolorida mientras su rival repetía el golpe, derribando a Sol
sobre las cuerdas del cuadrilátero. La rubia miró con odio a Luna, separándose
de las cuerdas, y la castaña le devolvió la dura mirada.
Calmándose el combate, ambas chicas comenzaron a girar en
círculos, una alrededor de la otra. Tras un minuto observándose y recuperando
fuerzas, Sol comenzó a atacar. Con un rápido paso adelante, lanzó un derechazo a
la cara de Luna, pero la castaña lo detuvo con el antebrazo, y contraatacó con
otro puñetazo, que fue también detenido por el antebrazo de Sol. Luna siguió con
su ataque lanzando un rodillazo al vientre de la rubia, pero ésta lo detuvo con
su palma e intentó dar un revés con su puño a Luna, pero la castaña se echó
atrás y lo esquivó.
Ambas siguieron atacándose intensamente con sus puños durante
más de dos minutos, y la mayoría de los ataques fueron detenidos o esquivados.
Pero los golpes que lograban conectar eran muy dolorosos para la rival, que
siempre gritaba angustiada.
Finalmente ambas se retrocedieron un par de pasos, quedando
con los puños en alto, jadeando y sudando copiosamente.
- No lo haces mal zorra
–dijo Luna con desprecio.
- Tú tampoco puta
–respondió con frialdad Sol-.
Pero estoy harta de jugar.
- Yo también -dijo
Luna-. Prefiero el combate cuerpo a cuerpo. Es más
intenso.
- Antes has rehuido mis tetas...
afronta ahora tu mayor miedo -retó Sol a Luna.
- ¿Miedo de tus tetillas?
-sonrió Luna-. Ven
aquí y veamos quien teme a quien.
Así las dos combatientes se acercaron lentamente la una a la
otra. Cuando estaban a escasos centímetros, Luna y Sol sonrieron perversamente.
Muy despacio, ambas chicas fueron aproximando sus tetas a los pechos de la
oponente, hasta que los cuatro orbes se rozaron. Aún pausadamente, rubia y
castaña siguieron acercándose a la rival, aplastando sus senos juntos. Las dos
muchachas adosaron entonces sus frentes, una contra otra, al mismo tiempo que
seguían mirándose y sonriéndose con prepotencia. Sus tetas estaban idénticamente
aplanadas, pero ambas seguían intentando forzar a los pechos de la otra a
allanarse más que los suyos.
Sin embargo segundos después las dos se dieron cuenta de que
esto no ocurriría sin apoyo, por lo que, rabiando por el empate, Luna y Sol se
abrazaron con fuerza, comprimiendo dolorosamente juntos sus pechos.
Un minuto y varios gemidos de esfuerzo y sufrimiento después,
la igualdad era tal que ninguna pudo contenerse más. Así las dos chicas se
empujaron a la vez con un gruñido de exasperación, pero sólo un segundo después
Luna saltó contra Sol. Las dos bellezas rodaron violentamente por todo el ring,
gimiendo una y otra vez. Sus manos y uñas rasgaban la carne rival sin piedad,
hasta que las dos enojadas jóvenes se colocaron de rodillas con una mano
agarrando las rastas de la enemiga mientras se daban salvajes tortazos con la
palma y el dorso de la otra mano. Sus bellas cabezas se balanceaban
constantemente con los viciosos golpes que se intercambiaban.
Finalmente ambas guerreras cayeron a la lona de nuevo,
volviendo a rodar por todo el cuadrilátero. Luchando furiosamente, Sol y Luna
tenían como principal disputa su duelo de pechos, algo que llevaban deseando
desde la primera vez que miraron las tetas de la otra muchacha. Sus preciosos y
desnudos orbes se prensaban juntos continuamente, provocando un irritante dolor
a ambas.
Harta de las tetas de Luna, Sol agarró los dos redondos
pechos de la castaña, clavando sus uñas profundamente en la tierna carne. Luna
gritó angustiada, pero replicó agarrando y estrujando con fuerza los sensuales
orbes de la rubia, que enseguida chilló de dolor. Ni una ni otra retiró sus
manos de los senos de la rival, por loo que el mutuo tormento continuó. Pero
tras casi dos minutos de dolor extremo, en los que ambas rodaron entre gritos
por la lona, las dos chicas se separaron y se levantaron con rapidez, con sus
firmes pechos sobresaliendo orgullosamente frente a la contrincante.
Entonces, segundos después, la rubia y la castaña avanzaron
decididas hacia la rival y se agarraron los antebrazos para forcejear y tratar
de dominar a la rival. Pero estaban extremadamente igualadas, y ninguna podía
con la oponente.
Así Sol decidió dar más a Luna, y estampó repentinamente sus
desnudos y húmedos pechos contra los de su antagonista. Luna gruñó con enojo y
empujó sus tetas hacia delante, aplastándolas contra los orbes de la rubia. Así
ambas empezaron a pelear con sus pechos fieramente juntos. Frente a frente y
mirando hacia abajo, Sol y Luna comenzaron una salvaje lucha de tetas, a veces
golpeando con sus pechos las tetas de la adversaria y otras abrazándose con
dureza. Las dos chicas empezaron a sudar aún más mientras seguían estrujándose
los pechos juntos, mientras la lucha se alargaba más de cuatro minutos.
Ahora las dos bellas jóvenes, inhábiles para imponerse a la
otra, se agarraron la una a la otra enlazando sus brazos en la espalda rival, y
se estrujaron ansiosamente, cayendo enseguida a la lona. Sol y Luna forcejearon
y rodaron por el centro del ring, mientras se tiraban del cabello y presionaban
juntas sus tetas. Sus piernas se cerraban en torno a las piernas de la rival,
mientras se golpeaban con la mano libre por todos los sitios de sus desnudos
cuerpos. Chillando maldiciones, las dos muchachas comenzaron a rodar despacio
ahora, sin que nunca sus pechos perdieran el contacto.
Agarrándose ahora con ambas manos de las rastas, las dos
guerreras se levantaron inestablemente. Sin soltarse de los cabellos, comenzaron
a tambalearse por el ring. Ocasionalmente se golpearon al unísono con los
pechos, provocando más dolor y ardor en las chicas. Luna finalmente pegó sus
pechos a los de Sol, y la rubia replicó pegando sus tetas a las de la castaña.
Así ambas bellezas de nuevo prensaron juntas sus tetas.
Otra vez empatadas, Sol y Luna dejaron de abrazarse y se
agarraron los pechos a la vez, apretándoselos viciosamente, gruñendo y gimiendo.
Pero pronto las aceleradas chicas cayeron a la lona, donde se agarraron de las
rastas con ambas manos y comenzaron a rodar por la lona con los pechos
aplastados muy juntos. Las jóvenes lucharon mejilla a mejilla, prensadas juntas
totalmente. Cada una podía sentir el sudoroso cuerpo de la otra, hasta que ambas
violentas chicas se separaron rabiando, cada una rodando hacia un lado.
Descansando durante sólo un segundo, Sol rápidamente saltó
encima de Luna y agarró con rabia sus tetas, oprimiéndolas. La castaña,
derribada sobre la lona, apretó los dientes para evitar gritar, y vio las bellas
tetas de la rubia colgando sobre ella. Luna no lo dudó y mordió una de ellas con
furia. Sol chilló y torteó varias veces a Luna, pero ahora la castaña agarró
ambas tetas de Sol y las estrujó, logrando así quitarse de encima a su dolorida
enemiga. Durante más de tres minutos las dos chicas intercambiaron la posición
dominante y se infringieron un extremo dolor en las tetas y los rostros.
Finalmente ambas quedaron tendidas, una al lado de la otra.
Jadeando sin fuerzas, las dos descansaron durante unos segundos. Entonces, al
unísono, Sol y Luna se giraron y sus pechos se prensaron juntos. Con rivalidad
en sus ojos, las dos luchadoras olvidaron su cansancio y se abrazaron de nuevo,
haciendo batallar a sus cuatro pechos otra vez. Así, furiosamente, Luna y Sol
rodaron en una nueva y dura lucha de tetas, ambas gimiendo y gritando doloridas,
hasta que al final las dos chicas se separaron bruscamente, sin poder soportar
más la presión sobre sus pechos. Mientras Sol rodó a un lado, Luna rodó hacia el
contrario.
Los minutos pasaron, y ni una ni otra se movía de la lona.
Tiradas, atontadas, jadeantes, Sol y Luna siguieron gruñendo mientras se movían
lentamente, queriendo – y no pudiendo–
levantarse. Ambas bellezas respiraban pesadamente mientras descansaban y
recobraban fuerzas para volver a la lucha. Sus bellos pechos se movían arriba y
abajo por la respiración agónica de las jóvenes. Sus tetas y el resto de sus
agraciados cuerpos estaban rasgados y magullados, con marcas de la pelea y con
pequeños goteos de sangre. Los arañazos y puñetazos aún dolían.
Más minutos pasaron, y por fin una de ellas empezó a moverse.
Arrastrándose con su último cartucho de energía, Luna se acercó agotada a la
rubia. Entonces la castaña agarró las bragas de Sol con ambas manos y tiró de
ellas hacia arriba. Sol empezó a chillar de dolor, mientras la castaña seguía
tirando más y más. La rubia notaba como su sexo era destrozado por sus propias
bragas, y por ello lloraba amargamente.
Finalmente las bragas de Sol se rompieron, y Luna cayó atrás
al estar tirando de ellas. Entonces una muy enojada Sol, con lágrimas en los
ojos, gateó hacia su derribada rival y, para vengar la humillación anterior,
agarró las bragas de Luna, tirando de ellas con fuerza y odio. Ahora fue la
castaña quien gritaba desconsolada, llorando, hasta que al final sus bragas se
rompieron y las dos cayeron muy fatigadas y doloridas al suelo.
Totalmente desnudas, rubia y castaña se quedaron tendidas y
completamente derrotadas. Ni una ni otra podía creer que
la rival hubiera luchado durante tanto tiempo y tan duramente. Habían dado todo
en esta pelea y no habían resuelto quien era la mejor mujer. Con estos
pensamientos, tras más de cinco minutos de lenta agonía, ambas bellezas se
derrumbaron a la vez, perdiendo el sentido.
Al despertar, sin dirigirse una sola palabra, las dos chicas
se vistieron dolorosamente y, tras una mirada de auténtico aborrecimiento y
rencor, ambas se marcharon tambaleantes del gimnasio. Ni una ni otra podía
creerlo, pero sus diferencias aún no estaban resueltas tras cuatro ardientes
peleas. Ahora las dos ansiaban un próximo enfrentamiento.