CAPITULO II: RAQUEL
Juan Camilo se había vuelto a acostumbrar a sus pajas
intensas y habituales sentado sobre su inodoro fiel aunque ya no tan abstractas,
pues las fantasías a las que mentalmente recurría eran más bien recuerdos de
momentos reales vividos con Noemí. Tenía bastante en su caja de memorias, pues
no en vano había sido el amante furtivo de su vecina por casi un año. Incluso
tenía contados las semanas que llevaba desde la última vez que copularon sin
planearlo en una noche sobre la mesa de trabajo estrecha del taller en la casa
de ella, aprovechando una ausencia breve de su marido justo cuando Juan Camilo
había ido tan solo a entregarle unos materiales que ella le había solicitado.
Eso hacia ya catorce semanas.
Juan Camilo había intentado enamorar a la bella Milena, una
joven muchacha, compañera de estudios con la que él sentía mucha afinidad. Pero
ésta acababa de terminar con un novio y experimentaba un desamor doloroso que la
alejaba de desear tener relación alguna. Juan Camilo ahora ya contaba con
diecisiete años y estaba a unos meses de ser ya un mayor de edad cuando en la
clase de historia entró a estudiar un tema que le fue de su mayor interés
intelectual: la segunda guerra mundial. El tema le interesó tanto que fue
notoria su participación en la clase de historia. La profesora Raquel, quien
tenía fama de dura y de ser una verdadera fiera con los estudiantes extrañamente
se encariñó con el único pupilo que se interesaba por su clase. Juan Camilo
incluso prestó algunos libros de la biblioteca personal de su profesora en quien
detecto ciertos atisbos de debilidad parecidos a los que alguna vez había
percibido con Noemí.
Se le pasó por la cabeza la idea de seducir a su profesora
aunque sus pronósticos eran poco alentadores. Pensó que debían ser ideas suyas y
que no debía confundir el aprecio, el respeto o la admiración con el deseo; eran
cosas distintas que podían convivir juntas, pero que había que diferenciar. Algo
le atraía en especial de su profesora de historia. Era un atributo físico en
especial: sus enormes senos que eran lo único en común que la profesora tenía
con Noemí, pero aún en mayor proporción.
Raquel era una mujer mucho mayor que Noemí, tenía cuarenta y
un años, veinticuatro mas que Juan Camilo, casada y dos hijos adolescentes. Era
una señora con una formación intelectual férrea y entregada a su mundo cultural.
No era muy cariñosa, pero si muy amable cuando se lograba ganarse su espíritu.
Raquel era alta, delgada de rostro óseo y ángulos finos y duros, pero resultaba
simpática. Su cabellera negra, abundante y larga le daba el toque femenino que
sus facciones le restaban. Su trasero era abultado y lograba asomarse a pesar de
lo recatada de sus vestimentas. Usaba lentes redondos de marcos gruesos y negros
que escondían una mirada noble y viva. Su boca era delgada y larga, casi sin
labios. Sin embargo de pie lucía siempre muy elegante a pesar de que su cuerpo
se veía algo extraño cuando ese su par de pechos desproporcionados se
balanceaban como gelatinas cuando caminaba. No en vano, esos senos eran los
protagonistas de comentarios obscenos por parte de más de un jovenzuelo.
Juan Camilo no dejaba de pensar y distraerse de vez en cuando
mirando a su profesora justo en esas masas más por añoranza que por deseo en sí.
Pero lo cierto es que entre ellos surgió una atracción que la misma Raquel
confundida se extrañaba de sentir, pues ella jamás había experimentado sentirse
interesada por las bondades de un jovencito que bien podría ser su hijo. Él, por
su parte, supo que algo le agradaba mucho de su profesora, y que iba más allá de
un simple atributo físico. Sintió un encanto algo parecido al que experimentó
para con Noemí, pero esta vez lo aceptó sin remedios y sin sentir vergüenza.
Una vez ella lo invitó a su casa un sábado para conversar
sobre el tema que tenía al joven apasionado. Le prestó libros sobre Hitler, los
campos de concentración, las estrategias de la guerra y todo lo concerniente al
tema. Juan Camilo se deleitaba de admiración al ver lo culta y sabia que
resultaba su profesora de historia. Pudo ver que no era la tal señora dura de la
que todos temían. Era simplemente una intelectual apasionada y con un corazón
muy noble. Todo era cuestión de ganársela, y el bien lo sabía tras haber ya
vivido una experiencia con una dama mayor. Conversaron largamente en la
biblioteca y allí Juan Camilo intuyó que su profesora debía ser una mujer con
una vida íntima muy escasa, puesto que se había casado con un tipo mayor que
ahora tenía más de sesenta años y que muy seguramente debía tener otros
intereses tal y como después el comprobaría. Debía ser una mujer insatisfecha en
la cama y eso lo indujo a intentar seducirla. Ahora sentía mucha confianza en
sí. Tal vez más de la que debía, pero todo esto era gracias a lo ocurrido con
Noemí.
Así que con los días Juan Camilo no solo era el alumno mas
cumplidor y admirado por Raquel, sino que era el único hombre que en años le
había dicho cumplidos aunque muy opacos y le regalaba galletas y notas de
pensadores escritas en papelitos cuando notaba que la profesora estaba triste o
molesta. En una ocasión Raquel con el corazón en la mano leyó muy emocionada un
poema muy breve que el osado Juan Camilo le escribió con letra de arte sobre un
pedacito de papel de colores. En él, muy decentemente Juan Camilo le expresaba
no solo admiración sino algo más parecido a un sentimiento de atracción. No hubo
reacciones sin embargo y las cosas siguieron como si nada hubiera pasado, pero
lo cierto es que Raquel, alejada del mundo de las emociones y del sexo leía con
interés ese poema cada vez que se encontraba a solas y sentía que volvía a
experimentar emociones perdidas de la vida. Se sentía avergonzadamente enamorada
de su alumno. No lo quería aceptar así, era algo ridículo, pero era inevitable
sentirse así. Todo le parecía una locura y no lo podía ocultar con miradas
lujuriosas que descuidadamente durante las clases daba a su alumno favorito.
Pero él se daba cuenta y supo de golpe que Raquel era una candidata para sus
propósitos.
Todo resultó más fácil de lo que se pensó. Juan Camilo,
astuto y muy respetuoso siguió dando detalles cada vez más reveladores a su
encantada profesora sin decirle tantas palabras hasta que todo se resolvió en
una ocasión en la que volvieron a estar solos en la biblioteca personal de ella
durante la tarde fresca de un viernes. Su marido desprevenido se había marchado
a jugar ajedrez con sus amigos como era ya su vicio de todas las tardes y sus
dos hijos afortunadamente no estaban de momento. Juan detectaba algo raro en la
atmósfera y su intuición le decía que era el momento de actuar, pues su
profesora parecía más atenta a él que a los asuntos intelectuales. Juan Camilo
desarrolló la capacidad de no parecer tan evidente y de ir siempre con cautela y
sutileza. Estaban en la cocina; ella lavaba unos pocillos para servir café
cuando él decidió lanzarse al vacío arriesgadamente y seguro de sí. De pié, la
tomó desde atrás por sus caderas y la abrazó sin atreverse todavía a pegar su
sexo contra las nalgas generosas de ella.
- Le quiero expresar algo que ya tal vez sabe: usted me gusta
mucho profesora – le dijo sin mas preámbulos
Raquel quedó impávida ante semejante acción y sin pronunciar
palabra estuvo indecisa entre detenerlo o dejarlo. No dejaba de sorprenderle la
osadía y el atrevimiento de ese chico siempre tan formal y respetuoso. Si lo
detenía tal vez perdía la oportunidad para siempre de vivir una experiencia con
un joven para ella tan prometedor y precioso. Sabía que no era el tipo de mujer
que agradaba de buenas a primeras a muchos hombres y menos a uno como éste. Por
otro lado, pensaba que si no lo detenía, ella podría experimentar un mundo
mágico del cual no sabía desde hacía muchos años, pero bajo riesgo de perder su
reputación y el respeto. El corazón y la emoción la dominaron en el momento.
Cerró los ojos indecisa con el aliento cálido de su estudiante justo detrás de
su cuello erizado. No hizo nada por detener al joven pero sin voltear y dejando
sus manos quietas con un pocillo en la mano le dijo:
- ¿Porqué te gusto Juan Camilo? Mírame, soy una mujer vieja y
fea para t.
i
- Usted es linda. Para mi lo es – dijo él sin dudar y con
sensatez, luego agregó – perdóneme la falta de respeto, pero de veras que me
gusta mucho y no pude contenerme de decirle esto que siento -
Raquel no dijo nada, solo se volteó lentamente hasta
estrellar su mirada desvanecida tras los cristales de sus gafas con la de Juan
Camilo, firme y segura. Lo encontró tan seductor que cerró los ojos. Juan sintió
que tenía luz verde. Se acercó un poco hasta que saboreó esos labios tensos que
poco a poco fueron cediendo a una posición más besable. Sintió esa sensación de
triunfo que había experimentado en los tiempos idos de Noemí. Todas las mujeres
tienes esa debilidad, pensó.
El beso se tornó profundo y exquisito y Juan se sorprendió de
lo dulce que podría ser su profesora cuando se lo proponía. La respiración de
ella era fuerte, parecía asustada por estar haciendo algo prohibido que le
podría costar caro si llegaba saberse. Juan Camilo se concentró en que su beso
fuera cada vez más seductor y embriagante para una señora que seguramente poco
ha besado en muchos años.
- Juan, esto no puede ser – dijo ella interrumpiendo el beso,
pero con una voz débil.
- Pero es. Olvide los tabúes y déjese querer que eso no duele
– le dijo con una seguridad en su voz de al que él mismo se sorprendía.
- Prométeme que no lo dirás a nadie – le dijo ahora con voz
más quebrada y con menos preocupación.
- Le doy mi palabra. Usted me gusta mucho – le dijo
triunfante y ahora seguro de que Raquel le estaba concediendo el acceso a sus
encantos.
Si algo tenía Juan Camilo, era la capacidad de ser reservado.
Y eso era muy valorado por las personas a su alrededor que muchas veces le
confiaban sus secretos cuando deseaban que alguien les escuchara. Esa virtud era
una prenda de garantía para mujeres como Raquel cuya mayor preocupación era
preservar su respeto y reputación.
Entonces el beso continuó hasta desbordar en caricias cada
vez mas atrevidas. No había mucho tiempo que perder. Raquel lo sabía. Era una
mujer muy ocupada y muy pocas oportunidades, iba a tener para estar a solas con
un joven como Juan Camilo. Así que simplemente tomó una actitud pasiva para
dejar que éste llegara hasta donde deseara. Juan Camilo abrazó a su profesora
que permaneció recostada al mesón de la cocina con las piernas medio temblando y
las manos quietas relajadas a lado y lado. Juan sintió el tamaño descomunal de
un par de tetas que chocaron con su cuerpo y que ansiaba conocer y chupar.
Raquel correspondía el beso seductor que disfrutaba como niña
de quince años cuando besa por vez primera. Él pronto empezó a deshacer los
botones de la camisa cerrada que Raquel lucía. Ella lo dejaba actuar sin
impedirle nada, se sentía totalmente entregada a sus encantos. La piel se le
sentía muy tibia. Raquel extendió los brazos hacia atrás y el joven sin
apresurarse le quitó la camisa. Miró por un momento los sostenes de grandes
copas exigidas al máximo para albergar tamaños senos que se desbordaban muy
sensualmente. Raquel tenía mas encantos de los que un hombre se podía imaginar.
Juan Camilo abrigaba ya una erección de hierro y se atrevió a tomar la mano de
su profesora para dirigírsela justo a su paquete e invitarla a que le diera
caricias en su sexo por encima del pantalón. Ella intentó reaccionar
negativamente, pero luego se deleitó con ese gesto de atrevimiento y conmovida
acarició con morbo el paquete encantador de su alumno. Hacía mucho tiempo no
experimentaba la sensación de tocar un miembro duro y tan varonil. La excitación
de Raquel se evidenciaba en su expresión. Juan Camilo retiró las gafas de su
profesora y encontró bellos esos ojos negros y miopes.
Raquel se quitó lentamente sus sostenes y Juan Camilo
abrumado no pudo evitar lanzar una mirada devoradora sobre las tetas caídas más
grandes que vería en su vida. Se desparramaban un poco hacia abajo por su peso,
pero lucían siempre gordas y firmes pese a ello. No parecían pertenecer a ese
cuerpo tan esbelto. Esos pechos parecían colgar como sacos redondos amarrados a
una viga firme. Los pezones eran de un marrón claro y bien carnosos, pero lo que
más le gustaban eran las aureolas: perfectamente redondas y de un tamaño muy
amplio. No tenían un límite definido simplemente se iban degradando en un
claroscuro hasta fundirse con el color natural del resto de la carnosidad del
seno. No había pequitas, ni venas. La piel de esos pechos era limpia y
totalmente lisa.
- Las tengo muy grandes. Que pena con tigo – le dijo ella
avergonzada después de mirar que su alumno no dejaba de contemplarle los senos.
- Ni se imagina lo mucho que me encantan – le dijo Juan con
morbo en su voz. Ella se avergonzó aún más y trató de cubrirlos con sus manos.
Juan Camilo se lo impidió y se lanzó sobre ellos. Su boca
pronto y bajo la complacencia de Raquel, empezó a devorar cada centímetro
cuadrado de la geografía sensible extensa y carnosa de sus senos. Raquel
experimentó un sabroso aleteo electrizante que le recorría los pezones y que se
le extendía a todo su cuerpo. Ya no había marcha atrás y la verdad el goce que
sentía ahora le parecía necesario para la vida. Se lamentó por un segundo de no
haber buscado esas sensaciones con anterioridad, pero al mismo tiempo agradeció
a la vida que por lo menos ahora las estuviera experimentando. Se sentía muy
complacida con ese jovencito que le estaba dando tanto placer y ni se imaginó en
ese instante lo que vendría en momentos postreros.
Juan Camilo estaba muy lejos de ser aquel chico tímido que
fue en los primeros encuentros con Noemí, ahora él tomaba las iniciativas si así
lo creía pertinente. Así que exhortó a su profesora a que se sentara sobre el
mesón. Raquel obedecía sin resistencia ante la alquimia de Juan. Éste desnudó
las piernas morenas de su profesora replegando al máximo la falda hacia las
caderas. Desnudó los muslos y parte de la prenda íntima. Era un calzón
amarilloso clásico y conservador típico de señoras, pero que a Juan eso
extrañamente le resultaba mucho más erótico que un mismo baby doll. Su lengua la
resbaló a lo largo de cada pierna de pies a muslos mientras sus manos extendidas
acariciaban cada uno los grandes pechos caídos y excitados. Raquel solo gemía y
gemía como fuera de sí, sin creerse lo que estaba viviendo. Luego ella se bajo
del mesón para facilitar las intenciones de su hombre. Juan Camilo sin retirarle
la falda larga deslizó el calzón a lo largo de las piernas al tiempo que se
agachaba. Arrodillado en el suelo y con el calzón en su mano, metió su cabeza
como perrito fiel y asustado por debajo de la falda amplia, miró hacia arriba y
divisó entre la obscuridad un montículo poco definido de pelos negros
abundantes. Su lengua se fue arrastrando cada vez mas hacia la encrucijada y
Raquel complaciente abría las piernas con la ansiedad de sentir que ese joven
intrépido que lamía sus muslos tocara finalmente su sexo que tanta necesidad
tenía de ser explorado.
Juan Camilo no la hizo esperar. No la torturó ni un minuto.
Con su lengua en punta buscó hasta contactar su clítoris. La humedad desbordante
de ese chocho le humectó las papilas que se reconciliaron con ese sabor a sexo
femenino que extrañaba tanto. El sabor que registró era un poco más suave y
delicioso que el de Noemí. Raquel casi gritaba sus gemidos al sentir una
corriente de placeres intensos emanarle se su zona erógena. Sentía que su pepita
estallaba con los jugueteos de su alumno. Juan Camilo estaba muy excitado y
complacido allí debajo, abrigado por la falda y con su boca comiéndose cada
palmo de ese chocho tan generoso. Las cosquillas del abundante pelaje alrededor
de su boca mientras lamía le encantaban, Se detuvo solo cuando la fatiga en su
cuello y en los músculos de su boca, le impidieron seguir. Se levantó luego y la
miró a los ojos. Los tenía desorbitados de tanto goce y parecían reclamarle el
hecho de que hubiera detenido ese cunilingus tan certero que hacía por lo menos
una década ella no había experimentado.
Juan tenía la boca untada de flujos vaginales y tomaba aire.
Se sentía embriagado con los aromas suaves y silvestres de ese chocho
impregnados en su nariz sucia de secreciones. Raquel con mucha dulzura se tocaba
sus pechos con lujuria evidente. Eso excitaba y de que manera a Juan que se
deleitó viendo a su profesora tocarse sus enormes tetas. Raquel estaba muy
desesperada y urgía de inmediato una penetración contundente sino quería
desfallecer de morbo. Sintió que no se pertenecía del todo. Así que sin
veleidades tomó a su hombre y le bajó a la vez el pantalón y el calzón de un
solo tirón hasta las rodillas. El pene de Juan salió disparado como resorte y a
Raquel se le iluminaron los ojos al ver un miembro largo y provocador que
prometía mucho placer. Quiso meterlo a su boca, lo ansiaba, pero su vagina lo
reclamaba a gritos. Lo tomó entre sus manos para halar a Juan Camilo quien
obligado dio un paso adelante. Sus bocas quedaron a centímetros y los ojos
llenitos de lujuria se estrellaron.
- Métemelo por favor. No aguanto más las ganas – le ordenó
dando un apretón con su mano justo en el cilindro carnudo que tenía atrapado
como una ave rapiña a un gusano.
Raquel se volvió a subir en el mesón de su cocina y abrió las
piernas aún con la falda puesta. Juan no hizo nada por destaparla toda, así,
medio vestida, le parecía mas excitante. Ella simplemente abrió más sus piernas
y alzó la falda. Juan Camilo entró su verga suavemente toda hasta el tope y sin
vacilaciones. Sus vellos púbicos se entrelazaron, pues ambos lo tenían en
abundancia. El mesón daba la altura perfecta como si hubiera sido diseñado para
él. Arremetió con disciplina y en un constante vaivén que lo reconcilió con ese
cosquilleo delicioso que tanta falta le hacía. Sintió un calor delicioso que
arropaba su verga. Raquel por su parte volvió a sentirse mujer. Miraba fijamente
los ojos de su amado y de vez en cuando se divertía al contemplar ese miembro
tan viril entrar y salir con soltura de su concha. El meneo la llevaba cada vez
más a un estado perturbador al borde de la locura. Sentía que algo bullía allá
dentro en su cueva y que estaba a punto de estallar. Primero jadeaba, luego
gemía y mas tarde sentía que iba a estallar en un grito inaguantable. Juan
Camilo no daba pausas. Parecía dotado de una energía inusitada como si fuera una
máquina de sexo. Metía y sacaba su pene como un pistón una y otra vez aun ritmo
constante mientras sus manos acariciaban las tetas gordas y grandes que Raquel
ofrecía. A veces se encorvaba para lamerlas y chuparlas, sin dejar nunca de
embestir a su necesitada profesora. Bañados en sudor ambos luego de varios
minutos jadeaban al unísono disfrutando del sexo simple y puro como burlándose
de los prejuicios de la edad. Juan siempre fue cauto y responsable con asuntos
de preñez. Así que por más ansioso y excitado que estuviera en una situación
siempre hacía la misma cuando sabía que el orgasmo era imparable:
- ¿Puedo terminar dentro? -
Raquel en su aparente inconciencia y goce a punto de estallar
alcanzó a asentir con su cabeza. Juan Camilo entonces prosiguió sus embestidas
con más ahínco y crudeza al tiempo que su boca mordisqueaba el pezón derecho de
su profesora. Se detuvo y emitió un grito corto y exasperante. Estalló dentro al
tiempo que ella parecía bullir de lujuria en un gemido grave, largo y profundo.
Habían copulado muy deliciosamente y no se despegaron hasta pasados muchos
minutos cuando sus cuerpos alterados no volvieron a encontrar cierto sosiego. Se
dieron un beso breve intenso que significó el inicio de una etapa nueva en sus
vidas. Juan Camilo se sintió triunfante y seguro de sus intuiciones. Era
consciente de ostentar cierto encanto poco común en los chicos de su edad. Tal
vez no le iba bien con las chicas de su edad, pero se complacía al saber que no
le era imposible conquistar a mujeres de apariencia difícil como Raquel o como
la misma Noemí.
Juan Camilo tuvo que esperar casi un mes y medio para poder
volver a tener sexo con su profesora, pues ésta no contaba con mucho tiempo y
privacidad. Todo debía ser planificado. Tuvieron que resolver todo en un campo
neutral: en un motel alejado de la ciudad en el que entraron en un taxi. Ella
accedió no sin antes colocarse una serie de atuendos que disimularan su
identidad; gafas oscuras, labios pintados, sombrero etc. A Juan todo le pareció
divertido y novedoso, pues para él fue la primera vez que entró a un motel de
enamorados.
Raquel fue ésta vez mas atrevida para con él. Se sintió mas
segura de sí misma una vez se halló encerrada en las cuatro paredes de esa
alcoba extraña y diseñada para el amor. Juan Camilo y ella se desnudaron
completamente y hasta tomaron un baño previo al sexo. Raquel se deleitó hasta el
cansancio haciendo lo que alguna vez más le gustaba hacer: chupar un pene. Lo
hizo hasta desgastarse de cansancio. Juan Camilo se sorprendió de lo obsesionada
que resultó ser su profesora con el sexo oral. No solo se lo mamaba por largos
momentos y sin pausa, sino que él podía tener orgasmos en la boca de ella. Eso
le encantaba a Raquel y llenaba a Juan Camilo de morbo. Fue algo novedoso puesto
que nunca Noemí se lo permitió.
Otra cosa que Juan pudo experimentar bajo los encantos de
Raquel por vez primera fue el sexo anal. Noemí le había dicho desde un principio
que a ella eso le resultaba cochino y doloroso y que por ello no lo accedía. A
Raquel por su parte el acto anal le parecía placentero siempre y cuando hubiera
excitación previa y una buena lubricación. Juan aprendió que en el mundo de las
pasiones, en el lado oscuro del ser humano; las apariencias engañaban muy
fácilmente, pues Raquel en apariencia podría percibirse mucho mas recatada en
asuntos de sexo que Noemí quien parecía más atrevida, pero lo cierto es que era
Raquel mucho mas complaciente para con todos los caprichos y gimoteos eróticos
que tanto enloquecen a un hombre.
Así que en ese motel Juan Camilo, con sus últimas fuerzas y
con su pene cansado de agitarse después de una prolongada penetración vaginal en
varias poses tuvo por fin sexo anal. Su verga todavía viril, pero sucia de su
propio semen, de jugos vaginales y de la saliva abundante de Raquel penetró
hondo y sin problemas en el culo de ésta. Sintió al principio una estrechez que
parecía imposible de franquear. Pero luego el anillo se dilató a tal punto que
sintió una ola de sensaciones deliciosas y calurosas en su pene. La visión de un
a mujer en esa pose, a cuatro patas, mostrando un trasero tan dotado y explayado
siempre le pareció una imagen muy cargada eróticamente como par resistirla. Y es
que tener a Raquel totalmente desnuda ante sí en cualquier pose que fuera, era
un espectáculo. Esa esbeltez y elegancia abanicadas por un par de senos
descomunales y un trasero no menos vistoso eran tremendamente seductoras ante
cualquier hombre que no se quedara con el concepto tonto de pensar que detrás de
esa señora de gruesos cristales y apariencia aburrida no había encantos.
Salieron felices esa vez y sería la pauta a seguir por varios
meses hasta que Juan Camilo por fin tuvo una novia de su edad: la gordita Maria,
una jovencita en un curso anterior al de él, pero que estaba bajo la batuta de
Raquel en algunas materias. Ésta, se sintió amenazada e incapaz de competir con
una joven y bella mujer cuando se enteró por boca de terceros del amorío. Juan
Camilo, apenado, descaradamente trató de convencer a su profesora de que él aún
así la deseaba, pero Raquel no le perdonó nunca la falta de sensatez y terminó
por alejarse lentamente de él disminuyendo cada vez mas sus encuentros furtivos.
Lo dejó definitivamente cuando encontró un remplazo con un joven universitario
al que ella asesoró en una tesis. De todas maneras ella siempre quedaría
agradecida con Juan Camilo por haberla conducido a un mundo de placeres al que
ella inconscientemente había renunciado. Él, resignado a perderla, aceptó su
falta y se dedicó a cultivar una bonita relación con su María hasta que por
razones de alejamiento romperían. Después Juan Camilo, ya todo un universitario
caería nuevamente en los abismos de una mujer que le doblaba la edad: su
profesora Isabel.