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Sumando los votos que han dejado en los comentarios y en mi e-mail, el vampiro vuelve a hacerle una visita a la camarera.
Hola a todos:
Les recomiendo que lean los capítulos anteriores para una
perfecta comprensión de este texto; al menos, la primera parte, para poder
entender algunas cosas que os parecerán extrañas. Espero sus comentarios y
críticas.
Hace ya cinco días que mi novia y su amiga hermafrodita se
habían marchado. Aún tenía unos días libres antes de tener que ponerme otra vez
a trabajar. Esa mañana me había levantado cachondísimo y a pesar de haber hecho
algo de ejercicio, haber ido a conducir un rato por el campo y haber comido en
un excelente restaurante, mi excitación no bajaba, sino que, al contrario, cada
vez tenía más necesidad de echar un buen polvo.
Tras mucho pensar, decidí ir a hacer una visita a aquella
camarera que había conocido en la discoteca. Según la tarjeta que me había dado,
se llamaba Niobe. Sobre la medianoche me dejé caer por su local. Al entrar, me
acerqué al ropero a dejar el abrigo y el sombrero. Allí dentro el ambiente
estaba caldeado y, aún sin abrigo, con la camisa blanca, el chaleco y el traje
negros acabaría teniendo calor. Me atendió un chico con el pelo de color platino
y la camiseta ajustada por encima del ombligo.
-Uy, abrigo y sombrero, ¡qué elegancia! –me dijo mientras
recogía las prendas.
-¿Cuánto es? –le inquirí.
-No se ven muchos hombres como tú por aquí... Y no pareces
muy mayor...
-¿Cuánto te debo? –le insistí.
-Ay, tienes prisa, qué lástima –soltó con voz de loca-. No
tienes que pagarme nada, este lugar tiene poca gente de tu clase. Pero me tienes
que prometer que me harás una visita por aquí, encanto.
Y se paso la lengua por la boca en actitud provocativa. No le
contesté a su oferta pero, aunque no era mi rollo, le agradecí el cumplido
guiñándole un ojo antes de darme la vuelta e irme hacia la nave principal de la
discoteca. Me adentré en la sala y mientras caminaba entre la gente, un bellezón
que salía en la pantalla gigante me llamó poderosamente la atención. Era una
rubia con un cuerpazo de escándalo, caracterizada como una diablesa. Llevaba un
antifaz bajo el que brillaban dos ojazos verdes y un corsé que aprisionaba sus
tetas, que debían ser bastante grandes porque luchaban por salir de su cárcel de
cuero. Unas braguitas a media nalga y unas botas hasta las rodillas completaban
su vestimenta, toda ella de color rojo. Cuando comenzó a dar vueltas al ritmo de
la música, pude ver como desde sus nalguitas salía un rabo que botaba y danzaba
al compás que marcaban sus caderas. En sus manos blandía un tridente con el que
amenazaba a la gente como parte de la coreografía. Sin embargo, cuando un par de
borrachos le empezaron a molestar agarrándole del rabo, la gogó no dudó en
soltarles dos buenos golpes con el tridente, que no debía ser de juguete, porque
ambos, tras recibir el "tridentazo" en la cabeza se marcharon hacia la barra
quejándose e insultándole.
En la barra a la que se dirigieron estaba Niobe. Me acerqué a
la tarima de la diablesa, pues desde cierto punto podía verlas a ambas. La
rubiaza estaba tan buena y se movía tan bien que a su alrededor se arremolinaban
una gran cantidad de hombres. Mientras la observaba me encendí un pitillo.
Cuando apagué la llama del mechero y recuperé la vista que el destello me había
robado, me encontré con un pedazo de escote delante de mi cara. Al levantar la
vista, allí estaba Niobe, sonriente y despampanante. Llevaba el pelo
exquisitamente recogido con un moño a media altura. Sus labios brillaban gracias
a algún tipo de abrillantador labial, aunque no tanto como sus grandes y
ligeramente achinados ojos azules. Sus grandes tetas lucían espectaculares con
aquel escote que formaba su camiseta negra. El pantaloncito, del mismo color,
era muy cortito, a raya con sus nalgas, desde donde descendían unas medias de
redecilla hasta unos zapatos de tacón, también negros. Le sonreí y, acto
seguido, me habló:
-Ya comenzaba a pensar que no habías sido real.
No dije nada, me limité a mirarle a los ojos, intentando
escrutar su nivel de excitación.
-La marihuana estaba buenísima –prosiguió-, pero ¿tanto como
para hacerme creer que había echado el mejor polvo de mi vida?
Me acerqué a su oído, lentamente, para que ella pudiera oler
mi aroma y así embriagarla con él. Me separé hacia atrás y puse mi boca justo
delante de la suya. Su gesto la delataba: cerró brevemente los ojos, más que un
simple parpadeo, y se mordió su labio inferior. Me volvía a acercar a su oído y
le susurré:
-Quizá... –aquí hice una parada- si haces un descanso para el
porrito podamos descubrir qué clase de sueño soy. De los buenos o de los malos.
-Dame 15 minutos y soy toda tuya.
Era una manera de hablar pero ciertamente ella sería mía,
literalmente. Y no cabía duda de que ella lo deseaba.
-Tráeme un Escocés. O aquel Malta al que me invitaste.
Un par de minutos después, se acercó a mí con mi vaso en la
mano. Mientras me lo daba intentó tocar mi paquete, pero se lo impedí cogiendo
su mano. Llevé dos de sus dedos a mi copa y los mojé con su contenido, para
luego saborearlo chupando sus dedos. Esto la calentó muchísimo y justo al irse
noté como echaba una mirada a mi paquete. La pobre debía estar deseando saber si
aquellos 30 centímetros que la habían vuelto loca eran, o no, una realidad.
Mientras ella acababa de atender a unos clientes esperando
que volviera su compañero para poder irse al área de descanso, yo me quedé allí
mismo, fumando, bebiendo y obsevando a la gente. Un chico de gafas y dientes
feísimos me señaló hacia la tarima:
-Oye, tío, creo que te está llamando.
La diablesa bailaba iluminada por un foco que recorría su
cuerpo de arriba abajo una y otra vez. Cuando vio que yo la miraba me empezó a
hablar, pero yo no la oía por culpa del volumen del sonido y se lo hice saber
con gestos. Ella, con sus manos, me pidió que me acercara a la tarima, que era
de forma cilíndrica y tenía cinco escalones para subirse a ella. Se agachó sin
doblar las rodillas hacia mí y, automáticamente, todos los que estaban a su
espalda se quedaron boquiabiertos con su culazo de cine.
-Tú no vienes mucho por aquí, ¿no? –me dijo.
-Pregunta retórica, supongo –le contesté.
-Je, je, je... ¿Me das un trago? Aquí en el infierno hace un
calor...
Alcé mi bebida y se la ofrecí. Apenas le dio un traguito pero
eso no era lo importante. Como todos los que vieron la escena, yo sabía que
cuando una gogó le pide de beber a alguien es por algo...
-Uy, ¡es whisky!
¡y sin hielo!
Así me gusta, las cosas calentitas –y comenzó a bajar por las escaleras-. Oye,
por qué no te portas mal un rato y luego, cuando acabe, te llevó a los
infiernos...
Pero de pronto llegó Niobe y me sacó de allí tirando del
brazo. No me hizo mucha gracia dejar el jueguecito a medias con la diablesa pero
bueno, una vez que se había fijado en mí, podía volver cuando quisiera y aceptar
su oferta.
Llegamos al cuarto donde Niobe hacía sus descansos; como
aquella primera vez, nada más cerrar la puerta se abalanzó sobre mí. Me besó
ardientemente y tuve que adaptarme rápidamente al ritmo con el que me comía la
boca. Estaba totalmente excitada y decidí jugar con ella.
-¿No habíamos venido a fumar un porro? –le pregunté.
-¡Qué le den al porro! – me respondió, atacando mis labios
otra vez. La separé y le dije:
-Quiero que me invites a un porro. Si no, me voy.
-¡Venga, hombre! –me soltó mientras llevaba su mano hacia mi
polla, que ya se había despertado un poco-. Olvídate del porro. Quiero follarte.
Luego, si quieres, nos fumamos el porro.
-Ni hablar –le dije seriamente, apartando su mano y
haciéndola girarse hasta situarla delante de mi, de espaldas-. Quiero que me
invites a un porro. Y que te lo líes tú. Y si no, me voy.
Ella iba a quejar se de nuevo, pero le mordí el lóbulo de la
oreja, mientras acariciaba su vientre con mis manos, una en dirección a sus
tetas y la otra descendiendo a su monte de venus.
-Cuanto antes te lo curres, antes podrás tener esto.
Y al decirle aquello, froté mi miembro entre sus redondas y
paraditas nalgas. Ella bufó de la excitación y tras unos segundos se decidió.
-Vale, vale. Me haré un porro rápidamente.
Se acercó al escondite de la droga y sacó la bolsita con la
marihuana y el papel. Cuando iba a sentarse en el sillón para liar el peta, la
cogí por las caderas y la obligué a mantenerse de pie. Se quedó quieta
recibiendo mis caricias. Al pasar mi lengua por su cuello, echó su culo hacia
atrás, buscando aquello que tanto ansiaba.
-Venga, vete haciendo el porro mientras yo miro por aquí lo
que tienes para mí –le dije con voz insinuante.
Ella, a pesar de que le temblaba el cuerpo y, con él, las
manos, comenzó a deshacer la marihuana como buenamente podía. Mientras tanto, yo
volvía a retomar mi ataque. Desde su vientre, jugaba con mis manos. Arriba y
abajo, pero sólo llegando a rozar la parte inferior de sus pechos e invadiendo
el monte de venus sin llegar a su coñito. Rozaba su cuello con mis labios, le
lamía detrás de la oreja y dejaba que el sonido de mi aliento llegara a sus
oídos. Poco a poco, con una mano iba rozando sus pechos, suavemente, sin ejercer
presión apenas y sin llegar a tocar sus pezones y, con la otra, bajaba de su
vientre a su culito y de allí, al interior de sus muslos, pero sin acabar de
acariciar su entrepierna. Niobe jadeaba intermitentemente y, por momentos,
cuando más me acercaba a sus zonas más sensibles, paraba de hacer su trabajo.
Con mis labios y mi lengua, me deslizaba desde su cuello hacia sus mejillas,
provocando que ella girara su cabeza para intentar llegar con su boca a la mía.
Pero yo siempre daba marcha atrá y la dejaba con las ganas.
Entonces, presa de su excitación, decidió comenzar a liar la
marihuana, a sabiendas de que no estaba bien triturada. Pero quería terminar ya
para acabar con la tortura a la que la estaba sometiendo. Después de haber
volcado la marihuana con un torpe movimento de muñeca, en el preciso momento en
que ella tenía toda la hierba encima del papel, agarré fuertmente uno de sus
pechos a la par que hundía mi otra mano en su calentísima entrepierna. Fue tal
la convulsión que le sobrevino ante tal ataque que no pudo evitar que la
marihuana se le cayera al suelo. Pero a ninguno de los dos nos importó. A mí
porque me hacía gracia que ella no hubiera podido ni siquiera sostener el porro
en la mano ante mi acometida. Ella simplemente no podía pensar en nada más que
no fuera lo cachonda que le estaban poniendo mis caricias.
Estrujé sus pechos con mi mano, agarrando todo lo que mi
palma podía contener y soltando, una y otra vez la misma operación, intercalando
pellizcos en sus pezones en el momento en que adivinaba que se lo pedía el
cuerpo. Con mi otra mano frotaba su coño por encima del pantaloncito, arriba y
abajo un rato, en círculos al otro y dándole alguna que otra serie de
palmaditas. Ella estaba que se salía de su cuerpo. Restregaba su culo sobre mi
polla con fuerza y sus manos no paraban quietas. Me cogía de la nuca, me
agarraba el culo para apretarse más, me cogía de la mano de sus tetas para
invitarme a que le apretara más fuerte... Tras una serie de besos por su cuello
que le hacían sentir escalofríos, comencé a arañarle la piel con mis comillos,
amenazándola con morderle pero sin llegar a hacerlo. Desabroché su pantalón,
bajé la cremallera y hundí mi mano bajo su braguita. Al notar mis dedos
directamente en sus clítoris, ella comenzó a perder fuerza en las piernas. Sus
jadeos y gemidos habían aumentado hasta convertirse en verdaderos gritos de
placer que prologaban el advenimiento de un gran orgasmo.
-¡Oooohhhhh! ¡Joder, síííííííí! ¡Cómo me estás poniendo,
cabrón! ¡Vas a hacer que me corra! Métemela ya, mi amor, por favor, métmela ya.
En lugar de atender sus peticiones, intensifiqué el ritmo y
la presión de mis dedos en su clítoris y colé mis manos bajo su camiseta para,
tras separar su wonderbra, agarrarle fuertmente de uno de sus pechos. A pesar de
la presión de su pantaloncito, moví mi mano lo más rápido que pude, hasta que
ella ya no pudo más.
-¡Ah, joder! ¡No pares, cabrón! ¡Vas a hacer que me corra,
vas a hacer que me corra como una loca!
Y en ese instante, paré. Saqué mis manos de aquellos lugares
tan calentitos y le agarré los brazos. Con una mano, la cogí por sus muñecas,
juntándolas en su espalda, sin dejar que moviera sus brazos, y con la otra la
mantuve quieta agarrándola por la cadera.
-¡Oh, no! ¡Cabrón! ¡No pares ahora! ¡Me iba a correr! ¡Estaba
a puntito de correrme, cabrón! ¡Ahora no pares, sigue dándome caña, hijo de
puta!
Pero no le hice ningún. Sólo la mantuve agarrada, para que no
puidera acabar el trabajito ella misma, y me rei al ver lo mucho que deseaba
correrse. Movía una pierna sobre otra, intentando frotarse el coño, desesperada
por correrse. Pero no lo logró. Cuando creí que ya se había calmado lo
suficiente, la solté. Se giró hacia mí y me clavó su mirada. Estaba que echaba
fuego por los ojos.
-¡Eres un cabrón! ¿De qué vas? ¿a qué estás jugando conmigo?
Primero me rechazas cuando me tiro sobre ti. jamás me había pasado que un tío al
que atacara, me dijera que parase. ¿De qué vas? Y luego me obligas a hacerme un
porro mientras no paras de ponerme cachonda. ¡Haces que tire el porro a
propósito y cuando me voy a correr, vas y paras de golpe! ¡Eres un hijo de puta!
-Y tú una zorrita que, a pesar de todo, estás loca poque te
folle.
Entonces intentó darme una bofetada. Pobre ilusa, se la paré
sin problemas. Cuando pensó utilizar la otra mano, ya se la tenía agarrada. Me
miró enfurecida, con ojos inyectados de rabia. Entonces, yo abrí mi boca y, con
mis colmillos ya crecidos, le solté un rugido. Ella se quedó con los ojos
abiertos y, acto seguido, la besé con ganas, dominando el ritmo del beso,
colando mi lengua en su boca y volviéndola a retirar una y otra vez. Antes de
separarme de ella, giré mi cabeza para provocar que su boca quedara ante mi
cuello. Como no tenía ninguna duda, ella se lanzó a devorármelo. Me lo besó y lo
lamió de arriba abajo y, cuanto más lo hacía, más quería. Y es que es en cuello
desde donde nuestra fragancia sale más intensamente por los poros, así que ella
no dejaba de lamer mi esencia sexual vampírica y cuanto más absorvía, más
cachonda se ponía y más quería chupar.
La separé de mí y le dije:
-Tu tiempo de descanso ya debe de haber acabado y yo estoy
sediento. ¿A qué hora sales?
-A las cuatro –me respondió.
-Pues quizá esté aquí de nuevo a las cuatro. Pero como venga
y te hayas quitado el calentón con alguien o tú solita, jamás volverás a verme.
¿Entendido?
-Sí, entendido –contestó-, pero no te vayas aún. Yo no me
correré, pero si me das cinco muntitos te puedo hacer una buena mamada antes de
irte.
-No, gracias –le dije sonriendo-, no hace falta. Aún. Pero no
me engañas, tú lo que quieres es ver si mi polla de verdad es lo que recuerdas.
O lo que soñaste. Quizá nos veamos a las cuatro.
Y me fui, dejándola allí sola, pensando en mi polla.
Al salir de la discoteca sentí el agradable olor a mar. Y es
que el local estaba en una antigua nave del puerto. Me fui a un callejón y, tras
comprobar que no había nadie que pudiera verme, salí volando. Eran poco más de
la una de la noche y volando podía ir y volver de mi casa en el campo en menos
de dos horas. Me habían entrado muchas ganas de fumar y esperaba encontrar en mi
buzón los cien gramos de hachís pakistaní que le había encargado a mi amigo
Said. Gratamente, al llegar comprobé que el chií no me había fallado y allí
estaba mi tableta. Me lié un par de porros y volví a salir volando. Un mortal
jamás podrá saber lo que se siente al volar entre el cielo estrellado y las
luces de la ciudad mientras uno se fuma un buen porro. Dos, en este caso, porque
volar a cierta velocidad hace inevitable que la mitad del porro se lo fume el
viento.
Al llegar a las inmediaciones de la discoteca, me posé sobre
una grúa de más de 20 metros de altura y me dediqué a esperar la hora observando
a los simples mortales. Encendí mi ipod. Mi padre era gallego, como yo, pero la
familia de mi madre era de Polonia. Ella me había enseñado a amar la música
klezmer y Kroke, un grupo de de Cracovia (de hecho Kroke es el nombre de la
ciudad en idioma yidish) era mi favorito. Mientras escuchaba su música (http://es.youtube.com/watch?v=UkBVMiR9tbk)
contemplaba como entraba y salía gente de la nave. La mayoría salían a comprar
droga o a metérsela en sus coches o en cualquier rincón. La policía vigilaba los
accesos pero no andaba encima de la gente. "Ya que se ven a drogas de todas a
todas, mejor que lo hagan en el puerto, donde a esas horas no hay ningún
ciudadano de bien para asustarse", debía ser su razonamiento. Allí se movía de
todo: cocaína, LSD, MDMA, quetamina, speed, setas... Desde arriba, todos
aquellos mortales parecían insectos revoloteando alrededor de no se sabe bien lo
qué. Quince minutos antes de las cuatro, Niobe salió por la puerta.
Cruzó unas palabras con uno de los porteros mientras éste le
daba fuego y allí se quedó parada, junto a la puerta, mirando inquieta a uno y
otro lado. No eran pocos los que se le acercaban y a todos los intentaba cortar
cuanto antes. Se veía que era muy popular allí, todo el mundo la saludaba. Dejé
que pasara el tiempo. Quedando diez segundos para las cuatro, Niobe se quedó
mirando fijamente su reloj. Diez segundos después levantó la vista de pronto,
como esperando a que yo apareciera por arte de magia... Seguí dejando pasar el
tiempo y observándola. Dieron las cuatro y cuarto y las cuatro y media. Se le
veía cada vez más nerviosa y, después de cinco pitillos, logró que le rularan un
porro e intentó calmar sus ansias mediante unas largas y profundas caladas.
Aquello me divertía sobremanera y no pensaba parar hasta ver su límite. Cinco
minutos después de las cinco, Niobe pidió que le llamaran un taxi. Justo antes
de entrar en el coche, volvió a dar un repaso a su alrededor, pero no habiendo
mirado a lo alto de la grúa, no pudo encontrar lo que buscaba.
Volando sobre los edificios seguí el trayecto del taxi.
Cuando éste se paró frente a un portal, comprobé que nadie me veía y bajé hasta
el suelo. Niobe despidió amablemente al conductor y, al girarse, me vio apoyado
en el umbral de su puerta. Se quedó pasmada, inmóvil, mirándome incrédula. Yo le
ocultaba mis ojos de la luz de las farolas bajo el ala de mi sombrero, pero le
dejaba ver una sonrisa dinujada en mis labios. Se acercó a mí y comenzó a
hablar:
-¿Pero qué haces aquí? ¿cómo sabes que vivo aquí?
-Espero que no hayas estado esperando por mí tontamente...
–le dije.
-¿Qué? ¡Ah, no, qué va! Soy yo la que espero que no
estuvieras esperando por mí. Al final tuve que currar hasta más tarde... –me
contestó con cara de niña que nunca había roto un plato.
Me gustó que me mintiera, que intentara ocultar que había
estado esperando más de una hora a que yo apareciera.
-No te preocupes –le respondí.
-Pero bueno y ¿tú qué haces aquí? –volvió a preguntarme.
-Vine volando –le contesté irónicamente.
-Ya, volando... –se rio de mi "ocurrencia"-. Y ahora qué
estás aquí, supongo que esperas que te invite a pasar.
-Yo no espero nada. Eres tú la que quieres que entre –lo
cierto es que yo también me moría de ganas de entrar y seguir jugando con ella-.
Si quieres que entre, pídemelo. Si no, me voy...
-¿Volando, no? –me interrumpió-. Me parece que te lo tienes
un poco creído. Que te lo pida, dices. Eres tú el que me lo deberías pedir a mí.
Estaba intentando jugar fuerte, pero se ve que no sabía jugar
al mus. Si no sabría que cuando uno va de farol no debe provocar a nadie que le
pueda mandar un órdago, porque entonces descubren que tu mano no era tan fuerte.
Y así actué:
-Bueno, pues entonces hasta más ver, morena.
Y comencé a caminar hacia la calzada. Cuando estaba en medio
de la carretera, ya no pudo aguantar más:
-Oye, tú ganas. ¿Por qué no entras?
-Eso no es una petición, es una pregunta –le dije. Iba a
protestar ante mi arrogancia, pero supo contenerse. El deseo le podía más que el
orgullo.
-Está bien –me dijo mientras se acercaba a mí, que estaba
apoyado en el capó de un coche-. Quiero que subas a mí piso... quiero que subas
y que acabes lo que antes empezaste.
Entonces me agarró del nudo de la corbata para atraerme hacia
ella y me besó. Besaba muy pero que muy bien, sobretodo por como sabía utilizar
sus carnosos labios. Le agarré su culito con mis manos y la levanté en el aire
hasta hacerla subirse encima del coche. Yéndome encima de ella, le ataqué con
esmero. La besé con ansias, le comí el cuello, le acaricié las tetas y metí mis
dedos entre sus piernas.
-Por favor, aquí no –me rogó entre gemidos-. Aquí no, que me
puede ver cualquier vecino. Vamos dentro ya, anda.
Accedí a su petición y la seguí hasta la puerta. Mientras
cogía las llaves, le deshice el moño que llevaba y, con cuidado y esmero, le
coloqué lo mejor que pude su cabello negro y ondulado sobre sus hombros. Nada
más entrar la agarré por la espalda, igual que había hecho en el área de
descanso de la discoteca, sólo que esta vez le saqué la camiseta. Intenté
llevarla hacia el sillón del salón, pero me pidió que fuéramos a su habitación.
-Es que tengo una compañera de piso que puede llegar en
cualquier momento.
Nos fuimos pues a su habitación. No tenía gran cosa. Un
escritorio con un ordenador portátil, una planta, una alfombra, dos cuadros de
dudoso gusto, un armario y un par de estanterías y una cama de matrimonio. Vino
hacia mí y me besó. Me tiró contra la cama y ella se quedó de pie. Con un dedito
en la boca me miró sensualmente mientras se sacaba los zapatos de tacón. Se le
escapó una risita y, acto seguido, se bajó lentamente sus medias de redecilla.
Encendió su reproductor de música y comenzó a bailar de un modo muy sexy una
canción de Timbalanda, Justin Timberlake y Nelly Furtado
(http://es.youtube.com/watch?v=B07XJGXArfw).
Me dio la espalda mientras no dejaba de mover sus caderas de
una lado a otro, perfectamente al ritmo de la música. Se veía que sabía bailar
muy bien. Y no sólo eso, sino que también lo disfrutaba. Me estaba poniendo muy
cachondo y aún más cuando se puso a quitarse el pantaloncito. Se agachó hacia
delante, formando un ángulo de noventa grados entre su tronco y sus piernas.
Cuando su minúscula prenda llegó a sus tobillos, subió y bajó una y otra vez,
doblando el beat de la música. "¡Joder, con la camarera!", pensé, "ya le pueden
dar buenas propinas porque bailando se iba a sacar una pasta...".
Sus tanguita negra se colaba entre sus nalgas y, además,
pujaba por meterse entre los labios superiores de su coñito. Me levanté de la
cama y ella vino hacia mí.
-No, quédate ahí –le ordené mientras me sacaba el chaleco, la
corbata y la camisa. Volvió a caminar hacia mí, pero se lo impedí con una nueva
orden-. Quítate el tanga y ponte los zapatos.
Yo me quité los míos, junto con los calcetines y me quedé
únicamente con mi pantalón, mi calzoncillo. Ella siguió mis instrucciones y,
cuando iba a comenzar a venir en mi encuentro, frené sus intenciones:
-Quiero ver como te masturbas. Si te corres antes que yo,
haremos las cosas a tu manera. Si acabo yo antes, ya puedes prepararte.
Sólo era un truco. Por supuesto que ella se iba a correr
antes, sólo quería que se lo tomara con todas las ganas del mundo. Ella dudó,
así que intervine:
-Es el último juego –dejé que mi pantalón se cayera al suelo
y apretándome el paquete, considerablemente grande ya pero aún sin empalmar,
proseguí-. Piensa que si ganas ésto será todo tuyo.
Agachó la cabeza y empezó a frotarse el coñito. Intentó
concentrarse en coger el ritmo adecuado y llevó la mano libre a su espalda para
soltar le broche del sujetador. Lo dejó resbalar por sus brazos hasta que se
precipitó al suelo. Se apoyó en el escritorio y retomó sus frotamientos, esta
vez con mayor celeridad. Mantenía su mirada en la alfombra, así que cuando le
lancé el calzoncillo a sus pies, tardó un segundo en reaccionar. Miró el
calzoncillo y desde él dibujó una línea por el suelo que la llevó hasta mis
pies. Subió su mirada por mis piernas y, tras pasar las rodillas, se encontró
con mi prepucio colgando a una altura que lo decía todo. Abrió los ojos como
platos. "Era cierto, entonces. ¡Era cierto! Menudo pollón, joder", parecía estar
pensando. Acrecentó el ritmo de sus tocamientos contemplando mi polla. Yo la
agarré con mi mano y eso debió recordarle que esa polla que adoraba estaba unida
a un cuerpo. Levantó su mirada y la llevó hasta la mía. Se mordía el labio
inferior con ganas, intentando ocultar que los gemidos ya se estaban apoderando
de su garganta. Empecé a masturbarme sin apartar mis ojos de los suyos. Entonces
ella no aguantó más:
-Vamos cariño, acabemos con este juego. Ven aquí y dámela
toda. Quiero mamártelo, quiero que me la metas, que me folles de todas las
maneras posibles. Me pones tan cachonda...
-Vamos, preciosa. Primero quiero ver como te corres –no pude
evitar reirme un poco, socarronamente, antes de seguir con mis palabras-. ¿Te
gusta, eh? No puedes quitarle ojo de encima. Estás deseando que te taladre con
esto, ¿verdad? Pues te la voy a meter tanto que ya ninguna polla más te saciará
después de esta noche. ¡Vamos, quiero que te corras de una puta vez! –le grité,
al tiempo que decidía sacarle de dudas. Seguro que dudaba si lo de la "polla
creciente" había sido tan cierto como lo recordaba o no.
Niobe por entonces ya se estaba metiendo dos dedos en su
coñito perfectamente depilado, con un pequeño triángulo en su pubis. Presa de
una excitación que jamás había sentido, se llevaba uno de sus pezones a la boca
y le pasaba la lengua una y otra vez. Vio que eso a mi me gustó y lo llevó aún
más lejos: atrapó su pezón entre sus dientes y apretó hasta llegar a hacerse
daño. Pero apenas tuvo un segundo para dolerse por su propio error, porque tal y
como se estaba follando su coñito, el placer muy pronto absorvió todo el dolor
que podía sentir.
Solté mi polla, totalmente empalmada, alrededor de los 22 o
23 centímetros, y con un hilillo de líquido preseminal asomando en la punta.
-Vamos, morena. Ahora te voy a refrescar la memoria. Ya verás
que pronto se acaba el juego.
Concentré toda mi excitación en mi miembro y comencé a
hacerlo crecer. Mi polla temblaba tanto que parecía estar dando estocadas al
aire. Ella volvió a sorprenderse. Sin dejar de meterse los dedos (a estas
alturas ya estaba utilizando tres), soltó su pecho y se llevó la otra mano al
clítoris, el cual comenzó a frotar con verdadera vehemencia sexual.
-¡Joder, era verdad! –gritó mientras veía como mi polla
aumentaba de tamaño-. ¡Lo veo y no lo creo, joder! ¡no lo había soñado! Tu polla
crece solita, ¡y cómo crece, joder! ¡era cierto, era cierto! ¡La quiero toda
para mí, la quiero...! ¡dámela ya, joder!
Y mientras me gritaba, su orgasmo se acercaba a pasos
agigantados. Su cuerpo comenzó a sufrir espasmos eléctricos que le hacían
adoptar posturas un poco heterodoxas, sobretodo teniendo en cuenta que estaba
sobre unos tacones de diez centímetros. Yo cogí mi polla con las dos manos. Con
una me agarraba la base y me llevaba los dedos hacia los huevos y el perineo;
con la otra me masturbaba con la mayor rapidez que podía. Quería correrme con
ella y, para ello, iba a necesitar mucha nergía sexual, porque apenas un minuto
antes había hecho crecer mi polla hasta casi los treinta centímetros.
-¡Venga, zorra! Me voy a correr. ¡Me voy a correr antes que
tú, putita! –le grité para animarla.
-¡No... no... no! ¡Me corro, me corro, me voy a correr!
–exclamó Niobe.
Entonces decidí acabar con el truco final. No sabía cómo iba
a reaccionar ella, pero algo me decía que no era una chica normal y que su
reacción no sería normal. Cuando su orgasmo era inminete, levanté el vuelo del
suelo y me dirigí hacia ella. Niobe, al verme volar justo en el momento en el
que un gigantesco orgasmo le invadía cuerpo y mente, se quedó totalmente flipada
y, sin dejar de taldrarse el coño, comenzó a correrse estrepitosamente. A mí
también me vino y, flotando en el aire con mi polla a la altura de su cara, me
corrí. Mis dos primero chorros de semen fueron directamente a lo más profundo de
su boca pero, perdiendo inevitablemente un poco de equilibrio ante la corrida,
le solté el resto en la cara. Élla jadeaba y gritaba tanto que tuvo que tragarse
mi leche para no atragantarse y, en ese preciso momento, le invadió otra ola
orgásmica, esta mucha más fuerte aún que la anterior, provocando que se
retorciera hacia abajo entre convulsiones incontrolables. Cuando parecía que era
imposible que no cayera al suelo, se incorporó eléctricamente, arqueando su
espalda hacia atrás y, sacando sus dedos de su coño de golpe, le sobrevino un
squirting que, mojando mis piernas por el camino, llegó hasta su cama, a más
de tres metros de donde ella estaba.
Finalmente cayó redonda al suelo, con su cuerpo aún preso de
las convulsiones. Emitía sonidos inclasificables; no eran ni gemidos, ni jadeos.
Era algo verdaderamente extraño. Descendí hasta el suelo y me agaché ante ella.
Le hablé, pero no econtré respuesta. Había perdido el conocimiento. Fui a por
una toalla y le limpié sus piernas e hice lo propio con las mías. La acosté en
su cama y la arropé. Me llevé la alfombra, que estaba totalmente empapada de su
líquido, y la metí en la bañera con agua. Sin vestirme, cogí los porros de mi
chaqueta y me fui para el salón. Eran las 6 y media y en un rato comenzaba la
carrera de Fórmula 1.
Una vez liado el porro, lo encendí y en ese momento se abrió
la puerta del apartamento. Mi cabeza no se veía por encima del sofá, así que
quien entró no me vio.
-¿Al final no te vinieron a buscar, zorrita? Pues estarás más
caliente que el pico de una plancha. ¿Qué se le va a hacer, hija? Yo ando igual.
De buena gana me follaba yo a un tipo como el que te llevaste a la sala de
descanso–dijo la voz femenina desde la puerta.
Me giré y me la encontré dándome la espalda, colocando las
llaves en un gancho de la puerta. Sin girarse se quitó el abrigo que cubría
desde su cuello hasta debajo de las rodillas. Me quedé boquiabierto. Aquella
chica tenía un rabo entre las piernas. ¡Era la diablesa de la discoteca! Estaba
de suerte...
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