Laura: Mi Prima, mi Amante
Si bien era Verano, el ambiente mantenía un aire fresco.
Claro está que yo no podía darme el lujo de perderme en esos detalles. Había
cometido algo horrible, y parecía que mi mente quería atormentarme a cada paso
que daba.
Bajamos del autobús, y lo primero que hice fue contemplar los
alrededores... Lo que sería mi nuevo hogar...
Mis tíos ya estaban ligeramente enterados sobre lo que había
ocurrido. Mamá les había llamado por teléfono antes de ir. En cambio, para mí
aún no estaba del todo claro. La noticia me había llegado demasiado rápido, y
probablemente, fue lo que provocó que yo desviara el camino desde el principio.
"Nos quitarán la casa". Me aproveché de eso. Sabía que
tendríamos que abandonar la ciudad, y por eso hice lo que hice, después de todo,
no volvería a ver a nadie nunca más...
Llegamos con mis tíos. Ellos no nos recibieron con sonrisas,
no había nada que festejar. Nos recibieron con una mirada comprensiva y
compasiva. Yo entré con las maletas a cuestas hasta llegar a la sala... Y la vi
a ella... Ahí asomando la cabeza, recargada en el marco de puerta que daba al
pasillo.
Tenía las tupidas cejas inclinadas hacia abajo; con sus ojos
parecía registrar todas nuestras acciones. Una vez que terminó de ver la
cantidad de maletas que cargábamos papá y yo, no alejó por un instante la mirada
de la entrada. Se veía molesta, parecía que no estaba de acuerdo con aquel nuevo
cambio en su hogar. Pero tendría que acostumbrarse, sus padres lo decidieron. ¡Y
por dios! A mí tampoco me gustaba todo eso.
—¿Y Carlos? —Su vocecilla llegó hasta mí, a pesar de la
distancia que nos separaba—. ¿Dónde está Carlos?
Yo no quise contestar. No me importaba.
—No vino Laurita —respondió papá con una sonrisa a medias.
—¿Y cuando vendrá?
—Él no vendrá hija. —Le hizo saber a la sobrina.
Ella arrugó el entrecejo, y torció los labios. Vi que sus
delgadas manos que se apoyaban en el marco de la puerta, se transformaban en
unas garras capaces de destrozar el concreto. Se veía furiosa, lo supe en cuanto
su mirada se cruzó con la mía. Yo tenía un rostro demasiado cansado como
responder a su ira. Ella dio una media vuelta rápida, dejando por un breve
momento su cabello en el aire.
Yo no quise aventurarme más a la casa. De la sala no me
movería hasta que me mostraran el lugar en donde dormiría. Me senté en el
sillón, y mi padre me lanzó unos gestos preocupados. Él se fue dejándome solo.
Seguramente mamá estaba hablando con mi tía... Y sabía que la
conversación acerca de lo que yo había hecho estaba próxima. Sabía que mi madre
sería lo suficiente indiscreta como para decir: "Iván tuvo un incidente. Al
parecer fue una guerra entre pandillas, y él estuvo involucrado"...
¡Sí claro! Sí que diría eso, pero no se atrevería a decir:
"Mi marido fue víctima de un fraude en una transacción, y su socio lo traicionó.
Nos quitaron la casa". ¡Bah! Menuda mierda.
Los ojos poco a poco se me iban entrecerrando, cuando
entonces, unos delicados pies frente a mí me despertaron. Levanté la cabeza y me
reacomodé los anteojos que estaban a punto de caer, para admirar aquellas
zapatillas frente a mí, y a la que me veía encajándome sus ojos cafés.
—
¡Hey primo! ¿No te gustaría
algo de comer?
La voz que usó... Parecía que me ofrecía de mala gana los
panes de la canasta. Como si mi tía la hubiera convencido de hacer aquello.
—No tengo hambre. —Fingí una actitud deprimida, y bajé la
cabeza. Lo que menos deseaba era hablar con ella.
—
Algo me dice que no has comido
en mucho tiempo, ¿no es así? Buuueno, como quieras. Me quedare aquí un momento,
porque sabes, yo sí tengo hambre. —Se sentó a mi lado,
cruzándose de piernas. No era momento de admirar aquella falda, pero no pude
evitarlo. Laura mordió una dona glaseada, y su lengua recorrió sus chicos pero
carnosos labios—. Vaaamos, ¿de verdad no quieres?
No creo que tus problemas sean tan graves...
¿Realmente me veía tan deprimido?
—
Por mi culpa, mi escuela ardió
en llamas —dije aquello, con
la voz más amargada que pude. Quería que me dejara en
paz. Ella suspiró, y le eché una mirada. Nuevamente se le veía molesta.
—¿Y qué es lo que quieres que te diga? —dijo en voz alta—.
¿Quieres que me compadezca de ti?
Era ella de nuevo, mi escandalosa prima. La que siempre me
molestaba cuando éramos unos niños. La que me ponía tierra en los calzones, la
que me echaba jabón en los ojos, la que me trasquiló el cabello mientras estaba
dormido... No había cambiado para nada. Elegí de la canasta un pan espolvoreado
de azúcar, y lo probé.
—Oye primo,
olvidé tu nombre
completo, era Iván algo...
—
Leonardo Iván...
—Contesté, mientras elegía otro pan después de haberme acabado el otro.
—
¿Y cómo te gusta que te digan?
—
Todos me decían Master, pero
supongo que la respuesta es Iván...
—
¿Master? ¿Pero qué diablos es
eso? No, no puedes llamarte de esa forma. Necesitas empezar de nuevo
—insistió. No tenía caso discutir con ella, era la chica más
testaruda que conozco.
—
-Bueno, también me llamaban
"Leo".
—
Leo... me gusta...
—Dijo sonriendo.
Después de aquella conversación en la sala, las cosas ya no
fueron las mismas...
Ya no éramos unos infantes. Nuestra adolescencia daba señales
de madurez en todo nuestro cuerpo. Yo tenía 15 años. Medía cerca del 1.76; según
papá, crecería un poco más en los años siguientes. En ese verano seguía tan
flacucho como siempre. Mis brazos, mis piernas y mi abdomen tan débiles a la
vista, eran las causas por las que muchos pandilleros me subestimaban. Aquel
Julio me había dejado crecer el cabello sin problemas, no iría en la escuela en
mucho tiempo. Los mechones en ocasiones ocultaban mis ojos si no me peinaba la
oscura cabellera. Mi piel morena se asemeja bastante a la de mis tíos, pero lo
curioso es que Laura tenía un color diferente.
Laura tenía una piel hermosa. Morena clara. Podía dejar en
ridículo a aquellos que están obsesionados con las chicas pálidas. Su cabello
también tenía su propia personalidad; rubio castaño, largo hasta la cintura. Sus
redondeadas facciones la hacían ver muy niña, aunque ya hubiera cumplido los 15
años en Mayo. Sus ojos almendrados y vivos como los de una traviesa que no
conocía el cansancio. ¿Debía describir su cuerpo? No me atrevería si a final de
cuentas me quedo corto.
La vez que pude aprenderme de memoria sus líneas femeninas,
fue cuando quiso hacer un juego: "¿Qué te parece si jugamos a La Modelo de Moda?
No tienes que hacer nada, tú serás el público, y sólo tienes que observar
mientras yo te modelo algo de ropa". ¿A quién podría ocurrírsele algo tan
estimulante tan sólo para pasar la tarde? A ella, y tal vez a alguna novia que
quisiera darle el mejor regalo posible a su pareja.
Encerrados en su cuarto, sabiendo de antemano que nuestros
padres no vendrían sino hasta ya noche, ella improvisó una cortina con una
sabana, que cubría su cama y su ropero. Ropa arrugándose, y haciendo contacto
con aquella piel era lo que más se escuchaba.
—Taráaan... ¿Te gusta?
Tenía que empezar de pies a cabeza, sino, me volvería loco.
Zapatillas de tacón blancas, un pantalón ajustado de mezclilla con un cinto
vaquero rodeándole la cadera, y una chaqueta de gamuza sobre una blusa amarilla
escotada. Sus piernas se marcaban divinamente, sobre todo en el área de los
muslos. Pude ver su ombligo coquetamente en ocasiones, adornando un vientre
antojable. Y sus pechos... No pude verlos bien, pero notaba cómo se abultaban
cuando ella cerraba la chaqueta.
—Siguiente... —Volvió a cerrar la "cortina", y nuevamente se
cambió.
El corazón no dejó de latirme, comprobando su existencia
dentro de mi pecho. Tuve que limpiar los anteojos una y otra vez para no
perderme detalle de lo que vería. Ella hizo una especia de banda sonora
canturreando su "entrada", y apareció ésta vez con una falda negra larga, con
una abertura que descubría su pierna izquierda cuando caminaba. Sus curveadas
caderas se dibujaron más que nunca gracias a la delgada tela. Una camisa de
botones de una tela brillosa como la seda no delineaba nada por ser tan holgada.
Una vez que dio sus vueltas por el cuarto, prosiguió con el próximo vestuario.
Sin darnos cuenta, la tarde ya había llegado, y el sol en el
lugar correcto permitió que la cortina se transparentara, mostrando una sombra
probarse indecisa cuál sería su próximo conjunto. Ya había mostrado shorts
ajustados que redondeaban sensualmente sus nalgas, y tops que dejaban sus
delicados hombros al descubierto. Se suponía que cada vez la ropa se "hacía más
chica".
—No hay algo más chico que pueda ponerme... Ni modo que salga
en ropa interior —dijo desde su lugar. Pero ella sabía que salir así no era la
esencia del juego, además, ella jamás se atrevería a tanto—. Adivina qué
encontré... Algo que dejé olvidado... —Dijo con malicia en sus palabras—. Esto
lo compré en secreto, mamá no sabe nada. Me dio mucha pena cuando lo compré en
la tienda de lencería, pero valió la pena.
¿Qué era eso que guardaba tan celosamente, que temía que su
madre descubriera? Tuve que aguardar para saberlo. El velo se descubrió, y salió
con las mejores prendas de toda la tarde...
Botas de tacón negras, una cortísima falda oscura que a
cualquier movimiento brusco podía descubrir sus "encantos", y un saco femenino
también oscuro. Lo que más me había llamado la atención eran sus muslos, se
veían mucho más sensuales que con el mismo short.
—B-bonitas medias... —Le comenté mientras me ensañaba con
ellas.
—Es un liguero. —Ella se puso de perfil, y me mostró que era
cierto. Se alzó la falda dejando al descubierto totalmente la pierna derecha. El
encaje cuidadosamente detallado hizo que me hirviera la sangre—. ¿Verdad que es
lindo? Fue difícil conseguirlo, pero hay que ver los resultados para saber que
vale lo que cuesta.
—¿Cuáles resultados? —pregunté.
—Bueno, jamás había visto a un chico excitarse tanto con sólo
ver un liguero.
Repasé sus palabras, y me sonrojé aún más al ver que ella se
había dado cuenta de mi pasión por aquella lencería. Laura se bajó la falda, y
continuó modelándola para mí. Poco a poco aquello había dejado de ser el juego
de la modelo, y se iba convirtiendo en el mejor show posible. Con un ritmo que
sonaba en el interior de su cabeza, empezó a mover su cuerpo. Su cadera hacía
círculos haciendo que su ropa acentuara y se metiera entre sus nalgas. Después
de que su cintura me mostró lo flexible que era, se quitó el saco como si
estuviera acalorada. Una blusa completamente adornada en encaje se presentó
orgullosa, cargando dos perfectos senos redondos.
—¡¿Cómo es que nunca los había visto así?! —expresé
asombrado. Ninguna de las camisas o prendas que ella solía usar en la casa,
acentuaba tanto sus pechos como aquella blusa.
—¿Son grandes verdad? Lo que no me gusta de ellas es que
cuando no tengo el bra se caen un poco.
¡Qué me importaba eso! Tan sólo el hecho de tenerlas de ese
tamaño hacía que mi pasión por su figura aumentara más. Mi querida prima siguió
con su "sexy-dance", haciendo que su lleno escote cobrara vida propia,
moviéndose según la gravedad ordenaba. Ya no podía más, la cabeza me iba a
explotar por toda la sangre que se me estaba subiendo. Ella debió notarlo,
porque prosiguió con algo mucho más cautivador que su baile: Se sentó en mi
pierna. Sus dos muslos hicieron contacto en mí. Apoyándose sobre sus rodillas,
no dejó los estimulantes movimientos estando en esa posición.
—Te pusiste durito, ¿verdad Leo? —preguntó suavemente,
restregando su trasero justo en mi bulto—. Dime, ¿desde cuando estás durito?
—Pues...
—Dímelo, o si no, se acaba el show.
—C-casi todo el tiempo... Pero mucho más cuando saliste con
esta ropa.
—Jaja, o sea que la falda, el escote, y el liguero fueron los
ganadores —rió sin parar de rozarme por encima del pantalón.
—Sí... Fueron los ganadores —dije con voz temblorosa, debido
al placer que me estaba dando, no sólo por tenerla ahí en mi erectado amiguito,
sino también por la gloriosa vista que daba.
Ella empezó a moverse más frenéticamente. La falda se subió
con la fricción, y una tanga transparente me mostró el camino que separaba las
dos nalgas. Su trasero parecía tragarse aquel hilo dental. La excitación ya
estaba llegando a un punto en el que no lo soporté. Alcé la cabeza y me entregué
a las consecuencias. Me corrí sin quererlo dentro de mis calzoncillos, y Laura
lo sintió. Abrí bien los ojos, cuando vi que su mano de repente salió de su
entrepierna... Se estaba tocando, y yo sin haberme dado cuenta.
—Creo que... Así lo dejamos por hoy, ¿te parece? —sugirió con
la cara igual o más roja que yo.
Pero... ¿Volvería a tener una oportunidad así? Y en primer
lugar, ¿por qué nació la idea de tener ése juego tan erótico?
Era porque Laura deseaba ayudarme... Quería hacerme olvidar
todos mis antiguos problemas, sobre todo, lo que ocurrió en mi escuela.
Los días siguieron y nosotros no volvimos a hablar de aquella
calurosa tarde. Pero estaba algo claro entre los dos... Ambos nos atraíamos, y
ambos sentíamos deseo por el otro. Eso lo sabíamos bien sin tener que decirlo.
No experimentamos a besarnos en secreto, ni a tocarnos entre abrazos. Seguimos
con el papel de los primos... Ella siempre haciéndome una broma, y yo
soportándola... Así, la imagen inocente que tenían nuestros padres sobre
nosotros no se desvanecería.
Viendo televisor salió el tema. "Tenías alguna enamorada en
Lión", quiso saber. Me entristecí bastante por su curiosidad. Era porque no
deseaba recordarlo.
—Sí, la tuve. —Empecé a explicar—. Estuve enamorado de una
chica de mi escuela. Pero... No todo salió como esperaba.
Ella guardó silencio, y se quedó con un rostro serio. Ví en
sus ojos un aire amargo, como si le hubiera dolido tener que escuchar eso. A mí
ya no me importaba, ya no podía afectarme más... Tenía que olvidarme de mi
primer amor...
Después de esa conversación, Laura empezó a tratarme de forma
más fría, como si su deseo por hacerme olvidar mis problemas se hubiera
desvanecido de un día para otro. El desayuno que siempre preparaba para mí con
tanto entusiasmo desapareció, y un: "Te toca prepararte tu propio almuerzo" se
cambió por su sonrisa habitual. Me dolió en parte ya no ver su hospitalidad de
antes, pero lo comprendía en parte.
Entonces llegó ese día.
Mi tía me habló del asunto. Laura era molestada por tipos del
barrio... Así que en todas partes era lo mismo. En mi ciudad natal había
patanes, y aquí también los había. No podía quedarme de brazos cruzados, no si
yo podía hacer algo. Laura, mi prima, me estaba ayudando a recuperar mi
confianza, y yo le pagaría con la misma moneda...
Si se preguntan, sobreviví a tal paliza.
—Leo... —Fue lo único que alcanzó a decir mientras curaba mis
heridas. Después de haber tomado una ducha, ella me untaba pomada en los
moretones. Estaba curándome con caricias, y más de una vez con sus besos en mi
espalda. Poco a poco el límite que había entre nuestro contacto físico se estaba
acortando—. Creo que yo también debería tomar un baño.
—Claro.
—¿Ya no te duele nada?
—No, estoy acostumbrado.
—¿Te solían molestar mucho en tu escuela?
No era la primera vez que me lo preguntaban. Creen que por
ser yo el de los anteojos, forzosamente tengo que ser la víctima. Poder expresar
libremente que solía ser el líder de mi pandilla no era algo a lo que estaba
acostumbrado.
—Algo así.
—Bueno, voy a ducharme.
Sus dedos rozaron mis hombros y salió del cuarto. Yo me eché
en la cama y estiré los brazos. Era otra de esas tardes en las que estábamos
solos en la casa. Algo en mí se sintió incómodo. Me levanté, y me dirigí a la
cocina. Sólo encontré unas rebanadas de sandía. Había más fruta pero la dejé
intacta. De regreso a mi cuarto pasé por el sanitario. El agua de la ducha ya no
se escuchaba. Quise pasar de largo pero su voz me detuvo.
—¿Aún no llegan mis padres? —preguntó desde el otro lado de
la puerta.
—No. Aún no.
—¿Qué hay de comer?
—Hay fresas con crema.
—¡Con lo que me gustan las fresas con crema! —expresó
saboreando aquel postre. El sonido de su toalla se oía levemente—. ¿Y qué vas a
hacer ahorita?
—Tal vez vea televisión un rato —respondí.
—Perfecto, espérame ahí, ahorita voy.
Me encaminé a la sala, y me acomodé en el sillón. Prendí la
televisión, y en vez de distraerme, esperé.
—Qué bien me ha caído el baño —dijo cargando un recipiente
con su adorado festín de fresas. Se sentó a mi lado, y el aroma de frescura me
llenó los pulmones. Vestía bastante ligera, con bermudas cortas y una blusa
cómoda. Algo de brillo labial destellaba en su boca. Se estaba creando un
ambiente excitante una vez más. Tratando de alejarme de la situación, me dispuse
a clavar la mirada en la TV, pero sin resultados—. Qué rico está. ¿Quieres un
poco?
—Claro, pero sólo hay una cuchara.
—Tontito, con la mía basta. —Dicho eso, me acercó un bocado,
y tuve que degustarlo—. Aquí va otra, abre bien la boca. —Obedecí en cada
ocasión, y nuestras miradas chocaron.
Su actitud tierna desapareció, y me observó con unos ojos
deseosos de querer algo. Su cuchara rozó mi mejilla a propósito, dejándome algo
de crema rosada embarrada. Su cuerpo se estiró en un segundo, y me lamió
limpiándome. Ella me quitó los lentes, y los hizo a un lado. Vi cómo sus ojos
dieron cientos de vueltas alrededor de mi rostro. Sus labios entreabiertos
parecían esperar algo. ¡Pero cómo podía adivinarlo! Para ese entonces tan sólo
había besado a una chica... Y eso era porque la mayoría de las mujeres me
consideraban poco atractivo. No tenía experiencia sabiendo cuál era el momento
adecuado para un beso.
Laura pareció decepcionarse ante mi inocencia y regresó a su
lugar original. Yo exhalé y me relajé, como si hubiera acabado una muy difícil
prueba. Sabiendo que ya no ocurriría nada, mi prima volvió a sorprenderme. Vi
como de un bocado engulló una ración de crema, y se me abalanzó apuntando hacia
mi rostro. Mi cuerpo fue a dar al hasta el otro lado del sillón.
Ella se recargó en mí, y su mano apretó mi sexo. Hice un
gemido de sobresalto, y en ese justo momento, mi boca se unió a la de Laura. Con
su lengua repartió en la mía aquel dulce. Su saliva participó también
mezclándose en mi paladar, y el beso se convirtió en un húmedo postre que hizo
latir mi corazón al cien por cien. Su mano no dejó de estimular mi zona, dando
fuertes masajes en todo lo que su palma podía abarcar. Aunque estaba disfrutando
aquello, me sentía incómodo, quería escapar de tan excitante situación. Quise
moverme, y mi rodilla fue a dar a su entrepierna, rozándola. Eso provocó un
gemido suyo, y la motivó a comportarse mucho más enérgica que antes. Dejó caer
sus senos en mi pecho, y me di cuenta que no llevaba nada que los sujetara.
—¿Y tú por qué no me estás tocando? —gimió con una voz que
jamás le había escuchado. Vi sus gestos, parecía que estaba desesperada por
sentir mis caricias. Dudé bastante, tal vez demasiado. Antes de que pudiera
aventurarme a tocar su trasero, escuchamos ruidos en la entrada, y ella se
separó de inmediato. Vi cómo se limpió la boca con la mano, y tuve que hacer lo
mismo deduciendo que nuestros labios eran un desastre.
—¡Hola, ya llegaron! —Su actitud pasional se esfumó en un
instante, y volvió a ser la hija y sobrina de aquellos adultos.
Mientras que yo, con las orejas ardiendo, tuve sabor a fresas
por varios minutos.
Llegó la noche, y el calor aún no se extinguía. Fue peligroso
lo que ella hizo en plena cena. Todos comíamos juntos riendo y conversando como
una familia, debía ser un momento de "tregua" entre los dos, pero no le importó.
Allá del otro lado de la mesa, me observaba de vez en cuando, para luego
proseguir con su papel de hija-sobrima, para después volver a mirarme. No debía
comportarse así estando todos juntos, ¿qué le pasaba? ¿Era tanta su excitación
que había olvidado controlarse? Pero en primer lugar, ¿por qué estaba así? Tan
deseosa de mí... No obtendría respuesta en la cena. Me limité a observar mi
comida para no encontrarme con la mirada fija de Laura. Pero ella no deseaba que
la ignorara. Por debajo de la mesa, empezó a tocarme con su pie desnudo. Volvió
a provocarme una erección con aquellos dedos, haciéndome perder la
concentración.
—¿No tienes hambre hijo? —preguntó mamá al ver que yo no
movía la cuchara.
—Claro que tiene hambre —interrumpió Laura—. Está muy rico,
¿verdad Leo? —dijo aquello incrementando la presión de su pie en mis partes.
—S-sí... —Contesté.
Estaba cayendo en un juego peligroso...
—Fue una cena maravillosa, ¿no lo crees? —Me comentó mientras
me seguía a la habitación.
—Laura, sería mejor que dejaras de hacerlo.
—¿Um? Hacer qué.
—Que hagas eso enfrente de nuestros padres. No está bien.
—Pero si yo no hice nada malo, ¿o sí? —fingió inocencia.
—Entiéndelo, estaremos en problemas si se enteran de esto.
—Tú... ¿Ya no deseas que esto siga? —preguntó con seriedad.
—Pues...
Yo no estaba seguro de lo que quería. Aún si había tenido una
desventura, seguía sintiendo algo por mi primer amor. Y tan sólo al poco tiempo
de estar aquí, ya quería estar con otra persona... Yo no tenía el corazón tan
frío como para hacer algo así.
—Sólo dilo —prosiguió—. Si ya no deseas que haga todo esto
sólo dilo...
La forma en la que lo decía y en la que me veía... Ella
deseaba oír que todo estaba bien entre nosotros. Que las cosas deberían seguir
así hasta donde se pudiera. Pero yo aún tenía mis dudas.
—No lo sé.
—D-de acuerdo... —Sonrió costándole trabajo—. ¿Puedo sentarme
contigo y charlar? Charlar de lo que sea...
Quería saberlo. El por qué se había estado comportando así
tan de repente. Si bien, todos esos días había estado muy unido con ella, mucho
más unido a alguien de lo que había estado en la vida, ¿sería el tiempo
suficiente para sentir algo? ¿Pero por qué le daba tantas vueltas al asunto? La
solución estaba en estar juntos y dejar fluir aquellos sentimientos, o
simplemente mostrarme distante como ella lo había hecho hace poco.
Conversamos más que nunca. Ésta vez quería abrirme a ella, y
mostrarle mi verdadero yo. Laura me escuchaba con extrema atención. Le conté
sobre mi antigua escuela, y sobre los problemas que había tenido con las
pandillas de los alrededores. Pero ella preguntaba insistentemente sobre lo que
había en mi corazón. Entonces, llegué a la parte sobre mi primer amor... Fue
cuando se mostró seria. Quería saberlo todo sobre el asunto, pero a la hora de
escucharlo, se mostró indiferente. No debí decirle que a pesar de todo el
sufrimiento que aquella chica me provocó, aún la seguía queriendo. Al oír eso,
Laura se levantó y me dio las buenas noches.
Con mi habitación en penumbra, no pude dormir por culpa de
mis enredados pensamientos. Fui a la cocina por un vaso de agua, y encontré a mi
padre en la mesa. Me recibió con furia, y me gritó por lo que había pasado en la
tarde. Mi corazón se volcó... ¿Papá sabía lo de Laura y...?
No, él se refería a la riña que tuve con los tipos del
vecindario. Suspiré aliviado.
—Estaba defendiendo a mi prima, no volverán a molestarla
—expuse mi razón como si fuera lo más lógico.
—
¿Y piensas que todo se
resuelve de esa manera? Después de lo que pasó en tu escuela deberías haber
aprendido la lección...
—
Eso...
—
Si sigues así, te parecerás
cada vez más a tu hermano. Después de todo, aprendiste casi todo lo que él
sabía, ¿o no?
Eso fue una advertencia, lo sentí así. Salí de la cocina con
una ira reprimida, y me encerré en mi cuarto.
Y al poco tiempo, alguien llamó a mi puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo...
—¿Qué pasa Laura? —Me limité a hablarle desde el interior.
—¿Eres feliz? ¿Eres feliz estando aquí?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Sólo quiero saberlo...
—¿Escuchaste la discusión con papá?
—Lo siento... Pero no creo que te parezcas a...
—
Mi hermano es un imbécil...
—Dije de repente—. Sé que tú lo quieres mucho, pero así
es como lo veo.. Como un perfecto imbécil. —Empecé a hablar en voz alta a punto
de gritar—. ¡Mira que no querer venir con nosotros, SU familia! —Me controlé, y
exhalé—. Quisiera saber qué pasa conmigo. A "ella"
nunca le gustó que fuera violento. "No me gusta que pelees"...
—Fingí una voz femenina—. No sé
porque me contenía. Sólo porque me dijo eso... Después de todo, para ella nunca
fuimos nada...
—Olvídala...
Nada... No contesté nada por todo un minuto. Abrí la puerta y
la miré. Estaba en camisón, con los brazos juntos, y la mirada vidriosa.
—¿Qué pasa? —Le pregunté desconcertado al verla así.
—¿Crees que esté mal?
—¿De qué hablas? ¿Qué es lo que está mal?
—¿Crees que esté mal..., que me haya enamorado de ti?
Fui empujado para que le permitiera la entrada. Fui arrojado
a la cama, y recibí besos en mis labios cerrados.
—Olvida todo por favor... Tu escuela, tu ciudad, a ésa
chica... Olvídalo todo —dijo respirando cerca de mi oído—. Yo te voy a ayudar...
Yo seré la medicina que cure todos tus males... Así que... Déjame curarte.
De pronto como si hubiera olvidado algo, regresó a la puerta
y le puso el seguro. Con toda la oscuridad que había, vino a mí lentamente para
no tropezar con algo. Sentí su peso en la cama, y como había perdido el camino a
mi boca, empezó a buscarla con sus labios, empezando por mis pies.
Siguió recorriéndome poco a poco hasta llegar a mis muslos.
Con su nariz tocó mi ropa interior, para luego dirigirse a mi ombligo, en donde
encajó la lengua. Seguía mi vientre, mi pecho, mis pezones que mordió con
picardía, y encontró mi cuello. Mientras probaba mi piel, su mano me despojó del
calzoncillo, dejándome expuesto.
—Si quieres que me detenga sólo tienes que decirlo...
Ningún hombre en su sano juicio negaría aquel placer, a
excepción de un enamorado... Y yo lo era... Pero tenía que ser realista. No
vería a mi querida Rojita nunca más... Ahora tenía alguien que no me rechazaba.
Tenía que disfrutarlo.
Decidido, recorrí con mis dedos aquellas nalgas, investigando
qué era lo que usaba. Era una tanga, y era igual de delgada que aquella vez que
bailó para mí... No, en realidad era la misma. Con mi tacto seguí palpando
aquella prenda, y di con la verdad.
—Es tu liguero.
—Te gusta, ¿no? ¿Quieres que continúe?
Le di mi respuesta acariciando sus piernas cubiertas por la
sensual textura de sus medias, pero sin dejar desatendido aquel voluptuoso
trasero. Ella por su parte, me acariciaba el escroto y mis huevos. Ya estaba
totalmente erecto, y lo comprobó tocándome delicadamente. Su pulgar recorrió
todo mi tronco para medirlo.
—No está mal —comentó mordiéndome la oreja, y metiéndome la
lengua—. Sabía que el liguero te pondría mojado. —Con sus dedos esparció mi
líquido pre-seminal en el glande, dando suaves movimientos con las yemas.
Acabado eso, se dedicó a masturbarme con la palma toda la zona húmeda—. ¿Y tú no
piensas tocarme?
Ya no había vuelta atrás. Busqué su entrepierna, y ella abrió
las piernas. Encontré su tanga y la hice a un lado. Tenía bello. Imité lo que
ella me había hecho, y con mi pulgar hice círculos en su clítoris. Ella ronroneó
mientras seguía besándome. Abrí un poco sus ya calientes labios vaginales, e
introduje un dedo para explorar el interior de su vagina. Estaba ardiendo, y mi
mano se mojó bastante. Ella estaba soltando mucho más jugo que yo. Me gustó la
idea, así que quise recompensarla.
—Tus pechos —dije a secas.
Ella se apartó para quitarse el sujetador, lo supe cuando
escuché el broche. Aún en la oscuridad, yo tenía que deducir todo cuanto oía.
Una vez que el sostén cayó a la cama, escuché otra tela despegarse de su cuerpo.
—¿Te estás quitando el camisón?
—Sí.
—No lo hagas, así déjalo. —Le pedí.
Yo me incorporé un poco recargándome en la cabecera de la
cama, busqué sus senos, y los saqué por el escote de la prenda. Ella los acercó
a mi cara, y no dudé en besarlos.
—Sí... —Suspiró—. Era lo que deseaba que hicieras desde hace
mucho...
Esa era una invitación para lamerlos completamente. La acción
la llenó de placer, y gimió cambiando su voz por una extremadamente sensual.
Volvió a buscar mi verga, ésta vez para masturbarme con más fuerza. Yo seguía
dándome un festín con aquellos suaves y ricos pechos apretándolos y lamiéndolos.
La piel era fina, y yo la probé bastante. Chupé con dulzura sus pezones,
despertando más sobresaltos en ella. Intenté algo más atrevido, y se los mordí,
provocándole una respiración entrecortada. Mi oreja recibía directamente sus
suspiros.
—Leo... He estado muy caliente desde la tarde...
—Dime algo que no sepa.
—Hace rato —empezó a articular palabras, dificultándosele a
causa del placer—, cuando me fui a la cama... No dejé de pensar en ti... Me
masturbé Leo... Me masturbé pensando en ti... —Confesó sin dejar de respirar
pausadamente.
Esas palabras eran adictivas.
—¿Y cómo lo hacías?
—Metía mis deditos en mi "conchita"...
—¿Así? —Metí dos dedos en el lugar indicado. Ella soltó un
alarido como si el momento hubiera sido el indicado.
—Sí... Y con la otra mano me agarraba las...
—¿Así?
—Síiiiii... Así... Ya métela... —Chilló.
—¿Que la meta?
—Síiii... Ya estoy muy cachonda... Ya métela...
¿Por qué estaba dudando? Tal vez porque se trataba de mi
primera vez, y no porque fuera mi prima. Qué carajo sabía yo sobre hacerle el
amor. Sólo las insulsas películas que me prestaba Diego eran mi fuente de
información. Y casi todas eran iguales... Podía imitar a los actores y fingir
que sabía lo que hacía. ¡Pero hacerlo no tenía ciencia! Sólo tenía que meterla y
ya, empujarla una y otra vez hasta venirse, ¿cierto?
—Ya no aguanto —avisó, para luego montar su cuerpo en mí, y
dirigir mi verga hacia ella. Entró, y la sensación más placentera del mundo
encerraba mi falo.
Cada centímetro que recorrió envolviendo mi verga fue una
delicia. Mis dedos sentirían envidia si supieran de la sensibilidad que tiene el
pene. Me recosté, y me dediqué sólo a disfrutar. Yo ya tenía placer con sólo
tenerla ahí dentro, pero para Laura no era suficiente. Sus nalgas chocaron
contra mis huevos, cada vez que ella se levantaba y bajaba para frotar con su
vagina mi hombría. En ocasiones, la dejaba completamente adentro, y sólo se
movía hacia adelante y hacia atrás, restregando sus bellos contra los míos.
Ya no tenía dudas. Quería darle placer. La quité suavemente,
y la arrodillé para darle toda la penetración posible en esa posición. Mis
acciones fueron felicitadas con quejidos más delirantes de la chica. Prendí la
luz de la pequeña lámpara que descansaba en el taburete al lado de la cama, y la
luz bañó todo su cuerpo de un color cobrizo.
—N-no prendas la luz —dijo temblando. La posición le daba
vergüenza, pero a mí me llenaba de regocijo.
—Silencio —susurré.
Ella hizo caso recordando el peligro que existía si nos
descubrían. Pero yo como no queriendo dejar su vagina para nada, y como si fuera
la última vez que tendría sexo, empecé a empujársela cada vez más fuerte, todo
lo que se podía. Laura volvió a expresarme con chillidos que no detuviera mi
ritmo.
—Síiii... Todo, dámelo todo.
—Te lo daré todo, pero ya no grites tanto. —Saqué mi verga, y
le empecé a rozar con la punta los labios exteriores, como si fuera una amenaza
de que ya no la penetraría igual.
—Me callaré, me callaré, pero sigue, por favor sigue... —Ví
cómo agarró mi almohada y se la llevó al rostro. Yo con total control de la
situación, me introduje de un sólo movimiento, y ella rompió su promesa con otro
chillido.
—Si sigues así nos van a descubrir.
—Lo siento, lo siento mucho... Ya no escucharás nada de mí.
Me gustaba tenerla controlada. Todo el tiempo era ella quien
mandaba, y ahora era yo el que ponía las reglas.
—Aquí va otra vez, ¿estás segura que puedes controlarte?
—Sí primito, puedo hacerlo, pero no dejes de darme lo que me
gusta.
Volví a introducirla toda de un empujón, y Laura emitió un
gemido ahogado. La vi aferrarse a la almohada con devoción.
—Si gimes una vez más...
—No lo haré primito, lo juro.
Hacerlo una tercera vez sería ser mañoso, así que preferí
causarle temblores en los labios de manera normal. Mi cadera chocó contra sus
nalgas conforme me introducía. Seguí un ritmo lento por algunos instantes para
darme oportunidad de acariciarle los senos que le colgaban y bailaban al más
ligero movimiento que yo hacía.
Laura seguía aferrada a la almohada, pero ésta vez con un
rostro relajado; estaba teniendo placer, y se estaba concentrando en sentir al
máximo todo lo que recibía. Con la tenue luz de la lámpara, y como seguía lento,
tuve otra grandiosa vista de su culo, ésta vez expuesto debido a su posición. La
tanga permanecía a un lado, y de vez en cuando rozaba el tronco de mi verga.
Puse una mano en la prenda, y efectivamente estaba bastante húmeda, como si
hubiera estado recibiendo todo lo que Laura estaba escurriendo.
Debí seguir así por algunos minutos más. Me quité de ella, y
me recosté suspirando.
—¿Ya te cansaste mi vida? —preguntó decepcionada—. Ni modo,
qué se le va a hacer.
No es que estuviera cansado por ser mi primera vez, tal vez
sí agotaba bastante metérsela con tal energía sin provocarle el orgasmo. Pero la
cuestión era que ya no podía resistir, iba a eyacular tan pronto como sintiera
el más mínimo roce de placer, y no iba a hacerlo en su vagina por nada del
mundo. Exhalé, y me dispuse a descansar. Ya me encargaría yo de librarme de toda
esa presión acumulada en mis huevos. No podía pedirle que ella me masturbara,
estaba bastante sucio por tanto...
—¡¿Qué haces?!
—¿Qué crees que hago? Te voy a ayudar a llegar al orgasmo,
para eso estoy aquí.
Después de haberme estado cogiendo a Laura por tanto rato, mi
pene debía estar mojado por mis jugos y los suyos, pero a ella no le importó.
Ella se inclinó lo suficiente para lamerlo. La idea de que estuviera probando
los resultados de nuestro acto sexual me excitaba bastante. Laura continuó
lamiéndome el tronco una y otra vez. Deduje que ella también debía estar atraída
por la idea de probar todo lo húmedo en mí, debido a la forma en la que chupaba.
—Ya voy a... —Traté de avisarle que quitara el rostro, pero
el placer me invadió dejándome mudo. Laura se metió la verga a la boca, y dejó
que mi semen le diera de golpe a la garganta. Qué maravilloso fue aquello. Sentí
que tragó todo lo que había recibido, y empezó a limpiarme los restos que
pudieran haberse escapado a lo largo del pene, y a mis huevos.
—Ay primito, me has dejado a medias. Aún estoy caliente.
—Ven, déjame hacerte lo mismo.
La recosté, y me dispuse a provocar lo que mi penetración no
pudo. Mi lengua sería el sustituto perfecto. Me acerqué a su clítoris, y empecé
a lamerlo en círculos. Laura ya tenía la almohada preparada, y vi que ocultó su
rostro tras él, ya me imaginaría después sus gestos. Su tanga húmeda se me
pegaba a la mejilla, y tuve que acercar mis labios a todo lo que podía abarcar.
Empecé a chupar con euforia sus labios sexuales, y después los abrí para recibir
todos sus jugos. Mi lengua se introdujo lo más que pudo, y recibió lo que había
ido a buscar de inmediato. Laura se arqueó como loca, y no dejé que eso me
interrumpiera. Como pude, metí un dedo mientras lamía, y los resultados fueron
increíbles. Laura soltó un pequeño chorro en mi cara como dando la bienvenida a
su orgasmo. Se quedó quieta tratando re recuperar el aire, aventó la almohada al
piso, se reincorporó y me lamió los labios.
La mañana siguiente yo desperté sintiendo una sonrisa en el
rostro. Abrí los ojos completamente, y salté al recordar lo que había pasado la
noche anterior. Miré a mi lado, y no encontré a la chica. Me levanté, me vestí,
fui al baño y me lavé la cara. Con el corazón recordándome que tenía miedo,
caminé hasta la cocina, y...
—Hasta que por fin despiertas hijo.
Mi madre me recibió con un regaño en broma.
—¿Pues qué hora es?
—Ya casi es la una.
—Parece que mi primito estuvo soñando con los angelitos,
¿verdad?
Mi prima apareció en la puerta dándome la sonrisa más
brillante que había visto en mi vida. El que me hubiera llamado "primito" me
hizo recordar sus gemidos. Me sonrojé al instante y ella lo notó.
—B-buenos días... —Fue lo único que alcancé a decir.
—¿Tienes hambre? ¿Deseas almorzar hijo?
—No se preocupe tía, yo me encargo de eso —proclamó Laura, y
se dispuso a preparar mi comida. Tal vez ella no se dio cuenta, pero empezó a
tararear mientras hacía todo.
—Parece que Laurita está muy feliz hoy —sonrió mamá antes de
salir de la cocina.
—Tal vez —contesté para mis adentros, mientras me sentaba en
la mesa.
Era divino... Despertar y encontrarte a esa persona al poco
tiempo. Pasaría mucho para que yo tuviera a alguien compartiendo mi cama todas
las mañanas, pero el sentimiento fue el mismo. Verla con una sonrisa tan
encantadora mientras hacía algo para mí con esas dulces manos me llenó por
dentro. Ya no sentiría esa tristeza y soledad de siempre... Estaba feliz...
—Aquí tienes, especial para ti. —Laura me guiñó un ojo, y se
sentó frente a mí, ansiosa por esperar a que probara su alimento.
No quise decirle que le había quedado muy salado, y que las
tostadas que había freído en la sartén estaban algo quemadas. No quise decir
nada al verla tan entusiasmada por verme comer algo suyo. Sonreí, y ella hizo lo
mismo.
Pero debí saberlo... Que mi paraíso privado no dudaría mucho.
Ahí probando bocados de queso derretido en pan duro y
chamuscado, reflexioné bastantes cosas que había pasado por alto. Algunos
detalles que no me dejaban tranquilo... Detalles que me dejaban una extraña
sensación... Algunas frases que Laura liberó mientras hacíamos el amor, y el
hecho de que yo entrara con facilidad en ella...
¿Qué no se suponía que para la mujer, la primera vez era algo
doloroso? ¿Qué la vagina no empezaba siendo estrecha al principio? Pero ella
confesó que se masturbaba, tal vez ella acostumbró su cuerpo a...
No... No era eso...
—¿Está rico primito?
—Sí...
No tardaría mucho en enterarme de lo que tanto temía... Mi
prima Laura había perdido la virginidad antes que yo...
***Continuará...
(-----)
*Nota del autor:
¡Hola amigos de Todorelatos.com!
He estado visitando ésta página desde hace ya bastante
tiempo, y me tiene cautivado su sencillez, pero sobre todo, la variedad que
ofrece.
Yo soy un escritor amateur que tan sólo tiene un año y medio
escribiendo, sobre todo historias largas. Me quedé tan acostumbrado a esto, que
decidí que en vez de hacer una historia nueva, quise mostrar un capítulo basado
en mi novela "No apto para Enamorados", pero haciendo la historia lo más amena
posible, y adaptada para entenderse sin haber leído la trama completa.
Aunque mis historias tienen su propia sexualidad tratadas de
la forma más limpia posible, éste vendría siendo mi primer escrito con sexo
explicito. Y como mis personajes no pueden expresar su gusto por el sexo
abiertamente, lo haré aquí, por medio de ésta maravillosa página.
Si desean conocer más sobre los personajes y su búsqueda por
el amor, visítenme en www.ianer.deviantart.com en la sección "No apto para
Enamorados".
Estén por seguros que escribiré la segunda parte de "Laura:
Mi Prima, mi Amante".
Atte: ianer