Saliendo del apartamento, cogí el coche, sin dejar de pensar
en como tenía que tratarla a partir de ahora, ya que si quería seguir con Meaza,
debía de hacer que cada vez se sintiera mas necesita de mí, y que como si yo
fuera su droga, no pudiese vivir sin probarme.
La propia actividad del día a día, me hizo olvidarme de ella,
pero a las siete, antes de ir a casa, decidí que debía de comprarle un detalle,
por lo que sin pensarlo dos veces, busque en internet una tienda de accesorios
africanos.
Encontré lo que deseaba en una tienda del centro. La
dependienta se extrañó que un blanco supiera de su existencia, y mas que
decidiera comprarlo, debido a su alto precio.
-¿Está usted seguro?, me preguntó, y al contestarla que
sí, insistió diciendo:-¿Sabe que es?-.
Ni me digné a contestarla, y pagando la cuenta, salí del
local, pensando que era una pésima forma de vender, la que tenía la señora.
Al llegar a mi piso, no tuve que sacar las llaves, porque
Meaza oyendo que llegaba, me esperaba en el zaguán. Estaba preciosa,
perfectamente maquillada, y vestida con un traje de fiesta. Al preguntarle el
motivo, me respondió:
-Tengo algo que hacer y quiero que me acompañes-.
Me extrañó su respuesta, pero sabiendo que si ella no quería
decirme donde íbamos debía ser por alguna razón y dando por sentado, que me iba
a enterar en pocas horas, solo le contesté, mientras la besaba:
-Como quieres que vaya vestido-.
-¡Así!, no te cambies-.
Mirándome en un espejo, pensé que debía de tener planificado
el ir a un sitio fino, donde fuera estrictamente necesario el ir de corbata, por
lo que solo decidí repasar mi afeitado, ya que aunque esa mañana Meaza, había
puesto todo su interés, no había apurado lo suficiente.
-¿Dónde vamos?-, le pregunté nada más subirnos al coche.
-A la embajada de Etiopía-.
Mirándola de reojo, mientras conducía, podía observar que
estaba en tensión, fuera lo que fuera lo que tenía que celebrar, era algo que
para ella suponía un cambio, y le daba miedo. Yo, por mi parte, era incapaz de
imaginarme el motivo, pero interiormente estaba satisfecho, por que aunque la
mujer se hubiese educado en España, al menos no me había mentido sobre sus
orígenes, y era verdad que estos eran africanos.
La embajada esta muy cerca de la salida a la autopista de
Barcelona, por lo que fue francamente rápido llegar, y antes de que me diera
cuenta de donde me estaba metiendo ya estábamos en frente.
-¿Qué hacemos aquí?-
-Quiero que veas mi renuncia-, me contestó sin darme mas
detalles.
El edificio de la representación diplomática estaba
abarrotado, al menos cien personas, deambulaban por los jardines, charlando y
bromeando. Incómodo, descubrí que yo era el único blanco, y que incluso los
camareros que servían el cóctel eran negros como el betún. Sabiéndome un
infiltrado, me deje llevar por Meaza, ante un hombre mayor, al que se le notaba
a la legua, que era el centro de la fiesta.
El viejo, al ver llegar a Meaza, se levantó de la silla, y
hablándole en su idioma, le dio un abrazo. La muchacha respondió cariñosamente
dándole un beso en la mejilla, y presentándome, en español, dijo:
-Papá, te presento a mi hombre-.
Si yo me quedé sin habla, no fue nada en comparación a lo que
debió de sentir el anciano, ya que se le cayó la copa que llevaba en la mano.
Durante unos segundos, pude percibir como una pelea se producía en el interior
de su mente, hasta que gritando le dijo:
-No es posible, ¡es europeo!, ¡ es un maldito blanco!-.
El chillido del padre, hizo que todos se dieran la vuelta, y
nos miraran, y pude sentir como cien ojos me perforaban, por el mero hecho de
ser de otra raza.
-Padre, mi hombre es mucho mas etíope que toda esa gente,
aunque no lo sepa, lo es naturalmente, y no un negro intentando ser blanco y
europeo, olvidándose de nuestras costumbres-.
-¿Me estas diciendo, que te has entregado sin mi
consentimiento?-
Bajando los ojos, por lo que significaba, le respondió:
-He comido de su mano, y él me ha anudado el vestido-.
-Entonces he perdido una hija, vete y no vuelvas-.
Sin todavía comprenderlo en su totalidad, supe que la
muchacha se había hecho el harakiri, y que acababa de ser repudiada por su
familia. Intuyendo que debía apoyarla, la agarré del brazo y dirigiéndome a su
viejo, le informé:
-Seré de otro color, lo acepto, pero estoy orgulloso de su
hija, y usted debería estarlo-.
Acto seguido, nos dimos la vuelta, abandonando el edificio.
Al llegar al coche, Meaza que hasta entonces se había mantenido serena, se
derrumbó echándose a llorar. Quise tranquilizarla, pero recapacité pensando que
debía pasar su duelo, por lo que encendí el motor y me dirigí a casa.
Todo el trayecto, se mantuvo llorando, y solo cuando aparqué
dentro del parking, dándose la vuelta en el asiento, me dijo:
-Gracias-.
Sin saber que responderle ni que decirle, me bajé del
automóvil y abriéndole la puerta, la cargué hasta el ascensor. No pesaba casi
nada, pero aún así, al entrar y marcar mi piso, la dejé en el suelo.
El rimel se le había corrido, las lágrimas habían dejado,
sobre sus mejillas, un negro rastro en forma de riachuelos.
-Sé a lo que has renunciado-.
Meaza, sin pensárselo, me abrazó y mirándome a los ojos, me
rogó:
-Cuídame-
-Lo haré-, le contesté mientras tomábamos el pasillo
hacia mi apartamento.
La muchacha se soltó de mi abrazo, al entrar a mi piso,
desapareciendo en su cuarto, mientras yo, sin saber a ciencia cierta que debía
de hacer a continuación, me fui al bar y me serví un whisky.
Al cabo de unos minutos, la vi salir vestida de la manera
tradicional de su pueblo, y acercándose a mí, se sentó en mi rodillas. Era una
muñeca rota, su mundo, su familia le había exiliado. Acariciándole la cabeza,
dejé que se acurrucara entre mis brazos, para que rumiara en silencio su
desgracia.
Queriendo distraerla, aunque fuera momentáneamente, le
susurré al oído que le tenía una sorpresa. Sus ojos se iluminaron al escucharme
y dándome un beso, me preguntó que era.
-Ven-, le dije llevándola a mi habitación, la negrita me
siguió sin rechistar,-Cierra los ojos-.
Obedeció sin dudarlo, por lo que sacando mi regalo se lo
puse. Ella solo oyó, cuatro clicks de los cierres, al ajustarse a sus muñecas y
tobillos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, al adivinar cual era mi presente, y
arrodillándose ante mi, me dijo:
-¿Sabes que es lo que me has regalado?-.
Dudé un instante, ya que en internet había leído que era un
adorno típico de su tribu de origen, pero su cara, me hizo pensar que me había
equivocado, y que tenía un significado mas allá del ornamental.
-No-, le respondí.
-Estas cadenas-, me informó, -no solo representan
mi completa entrega, sino que el que tenga la llave, me otorga la primacía entre
todas las mujeres. Nos une de por vida-.
-No lo sabía-, le respondí avergonzado por mi ignorancia.
-¿Quieres quitármelas?-, me preguntó. Era una pregunta,
pero en el fondo descubrí que era un ruego.
-No, son tuyas-.
Su reacción me sorprendió, por que soltando una carcajada de
felicidad, se subió a la cama, y me dijo:
-¿Sabes usarlas?-.
En ese momento, fui, por fin, consciente que no eran solo un
elemento decorativo, pero de igual forma tuve que reconocer que no tenía ni idea
de cómo se usaban.
Riéndose me pidió que sacara la llave, lo cual hice con
rapidez abriendo el cajón de la mesilla.
-Fíjate, que tiene tres enganches-, me dijo con voz
sensual, mientras se tumbaba boca abajo sobre el colchón, -ahora une las dos
cadenas, con la argolla de mi vestido.
Al hacerlo, Meaza tuvo que echar los brazos hacía atrás y
flexionar las piernas, de manera que quedaba atada, con el culo en pompa e
incapaz de moverse.
-Toma a tu esclava, mi señor-
La visión de su cuerpo, en esa postura, era la visión más
excitante que había visto en la vida, el blanco de las sábanas realzaba la
belleza de su piel, por lo que con premura me desnudé mientras Meaza, no dejaba
de mirarme como lo hacía.
Ya sin ropa, me acosté a su lado, y empecé a acariciar ese
cuerpo que se me brindaba indefenso. No se si ese fue el motivo, pero la
muchacha gimió desesperadamente, en cuanto notó que mis manos recorrían su
espalda. Cada movimiento era una tortura porque al estar atada, las cadenas le
impedían hacerlo con facilidad.
No había llegado a su sexo, cuando ya se estaba retorciéndose
por un brutal orgasmo. Y alucinando que se hubiese corrido antes de tocarla, le
pregunté que ocurría.
Con la voz entrecortada, alcanzó a decirme:
-Las ancianas me lo habían dicho, pero yo no las creía-.
-¿El qué?-, cada vez entendía menos.
-El placer supremo, el placer de la esclava-.
Entonces comprendí, era la completa entrega de una hembra a
su macho, la entrega voluntaria de la mujer. El efecto de sumisión total, se lo
había provocado. Sabiendo que era su noche, le separé las piernas y acercando mi
lengua a su cueva, le retiré los labios, dejando su clítoris a mi entera
disposición. Jadeó, en cuanto notó mi respiración aproximándose, y ya sin ningún
reparo berreó su placer, al sentir que me apoderaba de su botón.
De su interior, como si fuera un manantial, el flujo manó
llenándome la boca con su dulzor. No me lo podía creer, pero por mucho que me
intentaba beber el líquido que salía a borbotones de su almeja, era imposible,
por lo que en pocos minutos ya se había formado un charco debajo de mi amante.
Sus orgasmos se sucedían sin pausa, Meaza pasaba de la excitación al placer sin
darse cuenta, hasta que agotada se desplomó sobre el colchón.
Gritó al sentir que las cadenas, forzaban sus músculos, y
sacando fuerzas de su dolor me pidió que la penetrara.
-Debes hacerlo-, me rogó con lágrimas recorriendo sus
mejillas.
Apiadándome de ella, quise desatarla, pero ella se negó,
implorándome que solo la liberara después de haber regado con mi simiente su
interior. Viendo que era su deseo, me coloqué entre sus piernas, y cogiendo mi
extensión con la mano, acerqué el glande a su entrada, y le pregunté si estaba
segura.
Me contestó levantando su trasero de forma que la cabeza de
mi pene se introdujo en su sexo. La propia postura facilitó mi penetración, al
mantenerla completamente abierta. Lentamente la penetré, mientras ella no dejaba
de sollozar por el placer que le estaba dando. Una vez, que toda mi extensión
descansaba en su cueva, oí que me decía:
-Usa las cadenas-.
Supe a que se refería, y sin meditar que al hacerlo, iba a
forzar su columna mas allá de lo humano, agarré las cadenas y usándolas como
anclaje, empecé a cabalgar sobre mi amante. Escuché sus gritos de dolor, ya que
cada vez que la penetraba, tiraba de los eslabones, doblándola de manera
inmisericorde, pero no pude o no quise parar, porque al retorcerse por la
tortura, su vagina se contraía, presionando mi sexo. Era algo nuevo para mí, y
sin saber el porqué, de pronto me vi impelido a continuar, al sentir que todos y
cada uno de mis nervios se contraían por un prolongado orgasmo, y que como si
fuera una llamarada, una energía desconocida empezando en mis pies, me recorría
fundiéndome el cuerpo, y pasando por mi cabeza, volvía a mi sexo, explotando de
placer.
Fue brutal, al eyacular en su interior, me sentí morir y
renacer en cada borbotón y licuándome en su vagina, grité mi placer.
Debí de caer desmayado, porque solo recuerdo, que al abrir
los ojos, Meaza me miraba, con ternura en sus ojos.
-¿Qué me ha pasado?-, le pregunté.
-Mi amor-, me respondió con una sonrisa,-has sentido
lo que entre mi gente llaman el éxtasis del esclavista-.
-No comprendo-
Se rió al ver que realmente no sabía el origen de lo que le
había regalado y dándome un beso me dijo:
-Desátame-.
Liberándola de sus cadenas, me abrazó y susurrándome al oído
me explicó:
-Mi gente es un pueblo guerrero, que durante siglos, ha
esclavizado a sus vecinos. Éstas cadenas surgieron como un medio de tener atadas
a sus cautivas, pero mis antepasados al descubrir su efecto en el sexo, y que
ambos participantes quedaban unidos por el resto de su vida, las prohibieron, y
solo dentro del matrimonio y aún así con mucho cuidado, pueden usarse-.
Me quedé callado, recapacitando sobre lo que me había dicho,
tratando de comprender las implicaciones. Todavía no había entendido su poder,
para mi seguían siendo un instrumento de placer sin más, y así se lo hice saber:
-Un poco exagerados-.
Meaza estuvo a punto de caerse de la cama, por el ataque de
risa que le dominó.
-¿Exagerados?, dime mi amor, ¿estas cansado?, ¿te ves con
fuerzas de hacerme otra vez el amor?-
-Ya sabes que no, me has dejado agotado, esto no se me
levanta hasta mañana-, le contesté muy seguro de mi mismo.
-Estas muy equivocado-, me respondió y levantándose de la
cama, se inclinó sobre la cómoda, de la habitación, y mirándome a los ojos, me
dijo:-¡Tómame!-.
La seguridad con la que me hablo, hizo que levantara la
mirada para verla, y fue entonces cuando comprobé lo que realmente me quería
decir, ya que desde lo mas hondo de mis entrañas renació un insoportable ardor,
que me obligó a salir de entre las sabanas, y apoderándome con ambas manos de
sus pechos, penetrarla con ferocidad.
Con mi pene en su interior, le pregunté la razón de esa
pasión, y ella con la respiración entrecortada por el deseo, me respondió:
-Desde hoy, seremos incapaces de resistir nuestra mutua
atracción-, y confirmando nuestra sentencia, prosiguió diciendo, mientras se
retorcía buscando su placer,- Soy tu esclava, y tú, mi señor, pero debes
saber que también eres mi siervo, y yo, tu dueña.