ME LANCÉ DE UN SEGUNDO PISO
(Adaptado de una noticia del periódico argentino La Nación)
Me llamo Adriana y soy una estudiante de odontología de una
prestigiosa universidad en Bogotá, Colombia. Tengo 19 años, soy trigueña, mido
1.72 metros de estatura y mi complexión es esbelta, no demasiado delgada y mi
figura, a pesar de ser algo normal, destaca por su belleza.
Al regresar a Bogotá de las vacaciones de navidad, a las que
fui donde mi familia, llegué directo al edificio donde vivo. Eran las seis de la
tarde. No sentí nada extraño, sólo el cansancio de estar varias horas en un
asiento de flota. Llego a mi edificio, y me recibe el celador…
-Señorita Adriana, bienvenida de nuevo, ¿cómo le fue?
-Muy bien, gracias, ¿y a usted?
-Igualmente, trabajando, tengo turno de trasnocho hoy…
-Lo acompañaría un rato, pero estoy algo cansadita. ¿Ha
llegado algo para mí?
-No, señorita, nada, ni recibos, ni cheques…
-Gracias de todas formas, iré a descansar. Que le vaya bien.
-Igualmente, señorita.
El celador que estaba de turno hoy, es muy amable conmigo y
lo comprendo mucho. Debe trabajar bastante para poder llevar el sustento a su
familia. Es soltero, así que lo hace para colaborar en su casa. Normalmente él
rota turno con el otro celador, que igualmente es una persona muy colaboradora,
pero algo mayor que él y más distante. Cuando me aburro en mi apartamento lo
acompaño un rato, siempre que no esté cansada, de lo contrario no salgo.
Eso hice hoy, dirigirme al apartamento a dormir y recargar
energías para estudiar el otro día. Me desvestí y me coloqué un pijama común y
corriente, camisa de botones y pantalón de sudadera. Acostumbro vestir así
cuando regreso de viaje y el clima acostumbra recibirme con su frío de montaña.
Encendí el televisor para observar las noticias, y coloqué el temporizador de la
tele para apagarlo si en determinado caso el sueño me ganaba antes de lo
previsto. Me quedé dormida…
Al cabo de una hora, escuché un ruido metálico, como si fuera
el de un cincel ó el de un imán, encendí rápido las luces y me asomé a la
ventana. Apenas pude ver una figura humana, corriendo a toda velocidad. Yo quedé
aterrada. ¿Qué quería esa figura? Con ese pensamiento en la cabeza volví a mi
cama y me arropé bien.
Al otro día, me desperté temprano, pues debía ir a la
Universidad. Me arreglo, me desayuno y salgo normalmente, sin contratiempos. El
otro celador ya había recibido turno y mi amigo ya había dejado el edificio. Me
encuentro con Don Alonso (el otro celador, no el de anoche)…
-Señorita Adriana, buenos días, ¿cómo le fue?
-Muy bien, Don Alonso, gracias… Quería comentarle algo raro…
-¿Qué sucedió, señorita?
-Que anoche escuché ruidos raros cerca de mi ventana, eran
como de algo metálico, como si alguien se trepara…
-Hum… Ya supongo qué es. Debe ser el Hombre Araña que ya
llegó por estos lados. Escuché que ha robado en varios edificios en otros
barrios de aquí y no se me hace nada raro que por acá llegue.
-¿El Hombre Araña? ¿Qué más ha escuchado de él, Don Alonso?
-Es un rumor, señorita, puede ser mentira. Dicen también que
en varios edificios donde ha cometido sus fechorías ha violado jóvenes, pero
como le digo, no me consta. Igual considero que hay que tener cuidado.
-Tenaz, Don Alonso. ¿Ya sabe Javier, ya sabe la
administración?
-Javier ya sabe desde hace rato y según él, anoche estuvo
merodeando, creo que lo alcanzó a espantar. Eso fue como a las ocho ó nueve de
la noche. La administración sabe y nos mantiene alertas. Yo le recomiendo mucho
cuidado, señorita.
-Está bien, Don Alonso, le tendré en cuenta. Nos vemos
pronto, se me hace tarde para ir a estudiar.
-Hasta pronto, señorita, que le vaya muy bien.
Salí hacia la Universidad y me demoré casi todo el día.
Clases, tareas, café con las amigas, comida con los amigos. Llegué al edificio
pasadas las seis de la tarde y ya estaba Javier. Él fue quien me recibió anoche
al regresar de mi viaje.
-Señorita Adriana, muy buenas noches, ¿cómo le fue?
-Muy bien, Javier, ¿y a usted? ¿Sucedió algo raro anoche?
-Bien, señorita, gracias. Pues, cómo le dijera… Sí, sí hubo
algo raro anoche, no sé si Don Alonso le contó.
-Sí, Don Alonso me contó, que alguien estaba merodeando
anoche.
-Señorita, pues, estaba por el lado de la pared que
corresponde a su apartamento, pues yo en la ronda ví una sombra, apenas puse la
linterna para verlo, arrancó a correr y yo me devolví a llamar a la Policía, y
de ahí, pues, nada…
-Pues yo encendí las luces de mi cuarto y ví una figura
humana, alguien corriendo…
-Si mal no me acuerdo, ese debe ser el famoso Hombre Araña.
Don Alonso y yo conocemos el mismo dato que nos han contado, que ha robado en
otros lados trepándose por las paredes y que dice la gente que ha abusado de
varias jóvenes.
-Sí, Don Alonso me contó esta mañana. Con esto es mejor tener
calma y estar preparados, ¿no?
-Así es, señorita, es mejor que vaya a descansar. Yo me
encargo de todo en este trasnocho.
Subí a mi apartamento, que era en un segundo piso, bastante
alto hacia el piso. Me desvestí y elegí esta noche un pijama más sexy, más
revelador, una camisilla tipo esqueleto y un pantalón corto, a la altura de los
muslos. Revisé mi agenda y concluí algunos trabajos pendientes. Encendí el
televisor para observar las noticias y las novelas, pero con el temporizador. Me
ganó de nuevo el sueño…
Mientras tanto, afuera del edificio, había un hombre rondando
por todo el sector. Vestía de negro totalmente, camisa, pantalón, zapatillas,
pasamontañas… Caminaba apurado. Cargaba una mochila donde tenía unos implementos
de escalada y unos imanes para lo mismo. A eso de las diez de la noche llegó al
edificio, por la parte de atrás, que no le fue difícil de burlar y se mimetizó
entre unos árboles para no ser descubierto por Javier.
Javier siguió haciendo rondas demasiado frecuentes, pues
sospechaba que había alguien en las zonas verdes, y normalmente lo hace cada vez
que tiene intuición de algo grave. Desafortunadamente, a eso de las cuatro de la
mañana, Javier se quedó dormido en el puesto, no sé por qué y el tipo aprovechó
que se había quedado dormido. Empezó a escalar sigilosamente por la pared con
los imanes, pues había elementos metálicos y llegó al segundo piso, precisamente
por la ventana de mi apartamento.
No sé si por olvido ó algo así, dejé entreabierta mi ventana,
pero resultado de ese descuido, él abre la ventana… y se cuela sigilosamente por
ahí, entra, revisa todo, y cuando acaba de revisar mi apartamento, me despierta.
-Hola.
Me despierto, sin saber quien es, y al ver esa figura con
pasamontañas, me asusto…
-¿Q-Quién es?
-No te voy a decir.
-Dígame quién es.
-No lo haré.
-¡Dígame quién es ó llamo a la Policía!
-¿A la Policía? ¿Y cómo?
Cuando revisó el apartamento, había agarrado el celular que
estaba en mi escritorio, y tuvo la delicadeza de desconectar la línea
telefónica.
-Tengo tu celular, niña, y no podrás hacer nada… Ja, ja…
-¿Qué va a hacer?
-Hum… Revisé la casa, y noté que no tienes muchas cosas de
valor, y ví tu computador y se ve que no me dan mucho dinero por él en la
prendería… Así que…
Sacó un puñal de su bolsillo y lo esgrimió…
-Me quedaré con tu teléfono y me darás tu dinero, además…
Empezó a acariciarme los brazos.
-Se ve que estás muy linda… No me llevaré un gran botín, pero
sí pasaré una madrugada de placer.
A lo que respondo con una bofetada.
-Uf, qué mujer tan fiera… Pero eso no se hace niña, así que
vas a aprender a portarte bien.
Empezó a acariciarme las extremidades, la cara, la espalda
por encima de la ropa. Le empecé a notar lascivia y estaba resistiendo, cuando
lo aparto de un empujón. En ese momento, el tipo se quita su pasamontañas, y
puedo describirlo mejor. Es de unos 1.80 de estatura, delgado, pero muy fibroso
y ágil, trigueño, con facciones muy marcadas, y con cara de buen chico, no
superaba los veinte años.
Me muestra de nuevo el cuchillo y me lo esgrime hacia mi
tronco. Se abalanza hacia mí y lo esquivo, correteo por todo el departamento y
él me persigue, hasta volver hacia el cuarto. Me arrincono hacia la pared, pero,
siendo presa de los nervios, no puedo escapar, me agarra. Esta vez, me dice.
-Maldita perra, ninguna niña que haya visitado el Hombre
Araña ha salido sana de mi telaraña… Te voy a hacer lo que he querido hacer
durante dos largos años…
En ese momento, sentí que estaría perdida, pero recordé lo
que me dijeron Don Alonso y Javier. El Hombre Araña empieza a besarme
violentamente en mis labios, como si lo quisiera, empecé a soltar algunas
lágrimas de mis ojos… Me contuve, para no equivocarme, me tumba en mi cama y
empieza a explorar mi cuerpo sin quitarme la pijama. Me estaba excitando, pero
no era para bien. Cuando el Hombre Araña, para de besarme, se quita su sweater,
e intenta romperme la camisilla con su puñal, pero en un acto de valentía, le
pateé los testículos…
Se queda retorciéndose en el suelo un minuto, mientras busco
las llaves del apartamento para salir de ahí, pero logra agarrarse de mi pie
izquierdo.
-¡Perra inmunda, te lo hago y luego te mato por ese
atrevimiento!
Intenté soltarme durante unos dos minutos, mientras el Hombre
Araña se recuperaba, y logra levantarse.
-Ahora sí, viene lo mejor.
Me agarra del cuello y me besa, otra vez con lascivia y
apuntándome el puñal a mi nuca. Empezó a acariciarme mis senos y mis nalgas, y
sigo excitándome. Pero tenía que ver como salir de ahí. Javier se despertó en
ese momento y alcanzó a observar una luz encendida, y gritó:
-¡Maldita sea, otra vez me quedé dormido! ¡Cuándo será el día
que me deje de pasar esto!
Javier, muy ocasionalmente, se dormía en el puesto, pero,
gracias a su buena suerte, no le había sucedido nada raro ni a él, ni a los que
residían en el edificio ni al propio edificio. Una vez le pinté bigotes con un
marcador una noche que se quedó dormido, en sus primeros días y ni se imaginan
las burlas que recibió. Inmediatamente, se levantó y notó la luz del cuarto
encendida, e intuyó:
-Un momento, la Señorita Adriana nunca se despierta tan
temprano.
Se acercó al apartamento, por afuera, muy sigilosamente y
escuchó jadeos y uno que otro grito.
-Algo muy raro está pasando en el apartamento de la Señorita
Adriana. Llamaré a la Policía, esto huele muy mal.
En ese momento, cuando Javier da la vuelta para llamar…
El Hombre Araña, me seguía besando, y esta vez, se estaba
quitando sus zapatos y sus pantalones, sin alejarse mucho de mí, en ese momento,
le empujé hacia la cama…
-¿Qué crees que estás haciendo, perra?
Cuando vi su expresión, pensé en lo peor, y la única opción,
era lanzarme de la ventana. Cuando se levantó, le hice cara de "¿Qué esperas?"
se abalanzó sobre mí y… Me lancé…
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Al acercarse hacia mí, aproveché lo grande que era la ventana
y me lancé hacia el suelo, sin importar si me lastimaba ó perdía la vida.
Prefería eso a ser violada. Caí, caí sobre mis manos, y fue duro el golpe. Al
caer, cerré mis ojos y mis demás sentidos un momento. Javier estaba llamando a
la Policía y de paso, pidió una ambulancia urgente. El Hombre Araña se quedó en
la ventana, estupefacto, y mirando cómo podía salir de mi apartamento. Ni
siquiera pensó en qué más podía llevarse. Mientras Javier, llegó a socorrerme,
la Policía llegó y atrapó al delincuente, quien estaba descendiendo por la pared
por sus propios medios.
Me desperté cuando lo agarraron.
-¿Dónde estoy?
-Está en el jardín, señorita Adriana.
-¿Eres Javier?
-Sí, señorita, soy Javier, ¿está usted bien?
-No lo sé. ¿Qué te pasó?
-Discúlpeme, señorita, me quedé dormido pasadas las cuatro,
ya hice ronda otra vez y acá está la Policía.
-Sigue quedándote dormido y te pinto el pelo la próxima vez,
¿oíste?
-Está bien… Don Alonso ya llegó, lo llamé por si me tocaba
irme al Comando.
Llegó la ambulancia por mí y me llevó a la clínica más
cercana. Estaba en shock por lo sucedido, no tanto por el asalto sino por la
caída. Creo que me fracturé un brazo. Los doctores determinaron que hubo fisura
en el hueso del brazo derecho, unas contusiones y laceraciones por fricción.
Nada grave. Una leve incapacidad por la fisura, pero no me impedía hacer vida
normal
La Policía, como les dije, capturó al Hombre Araña y le
estaba haciendo bastante seguimiento. Al poco tiempo supe que había violado tres
chicas de mi Universidad y que una de ellas, casi se suicida por el hecho. Casi
todas las afectadas lo demandaron por violación, incluyéndome a mí y todos los
que se afectaron por sus robos, también lo hicieron. Lo condenaron a diez años
de cárcel.
En cuanto a mí, me dieron de alta casi de inmediato, pues
como no hubo nada de sexo forzado, no se presentó la necesidad de hacer examen,
ni nada de eso. Presenté la demanda. Mi celular lo recuperé. Mi familia estuvo
muy pendiente de mí, Don Alonso y Javier también. A Javier casi lo despiden del
trabajo, pero no lo hicieron, porque supo qué hacer en ese momento; prometió
igualmente no quedarse dormido dentro de lo posible. Tanto él como Don Alonso se
convirtieron en unos buenos amigos. Continué con mis estudios y actualmente
proyecto ser una excelente profesional… Eso espero.