DUELO DE RASTAS III: EMBARRADAS
POR ANUBIS
Un nuevo trueno resonó en la lejanía, unos segundos después
de un cegador relámpago. La tormenta aún no había alcanzado la zona del
solitario campo, pero muy pronto lo haría. Pero otra tormenta estallaría antes.
Sol y Luna se hallaban frente a frente, separadas por casi
cinco metros. Con sus brazos colgando de sus costados, ambas apretaban y abrían
sus puños constantemente. Una fría ráfaga de viento sopló en ese momento durante
un par de segundos, anunciando la cercanía de la fuerte lluvia.
Hacía un par de semanas que Luna había vencido a Sol en la
playa, y la rubia no se había dado por satisfecha con esa ajustada derrota.
Enseguida logró el teléfono de Luna a través de un contacto y la llamó,
retándola a una nueva pelea en mitad de las largas extensiones de campo que
había al norte de la ciudad. Aunque ambas sabían que esta tarde se había
anunciado tormenta, ninguna se echó para atrás.
Resolverían sus diferencias de nuevo, lloviera o
tronara.
Y ahora las dos habían llegado al
lugar acordado, cada una con su coche. Increíblemente, las dos iban
prácticamente vestidas de la misma forma: un top escotado con tirantes -blanco
el de Sol y verde el de Luna-, que se ajustaban
perfectamente a sus esféricos pechos; unos pantalones que parecían sacados del
ejército -con sus distintos tonos de verde-;
y unas botas de un tono verdoso muy oscuro. Realmente parecían dos mujeres
militares, de asombroso parecido por sus vestimentas e idénticos cuerpos y
rostros.
El cada vez mayor frío endureció los pezones de las dos
excitadas muchachas, provocando que sus exiguos tops no ocultaran sus pezones.
Entonces las dos empezaron a girar en círculos, mirándose de
lado con desprecio. Sus miradas, cargadas de arrogancia, eran usadas como armas
arrojadizas por las dos.
Un relámpago estalló en el cielo, dando la señal para
comenzar la pelea. Sol y Luna arremetieron contra la rival con un grito de odio
al mismo tiempo que comenzaba a llover intensamente. Bajo la lluvia ambas se
agarraron de las rastas con las dos manos, dándose duros tirones mutuamente.
Como en sus anteriores luchas, Luna y Sol empezaron a chocar juntas sus tetas
con avidez, queriendo demostrar la superioridad de sus pechos frente a los de la
rival.
Gimiendo por el agudo dolor, las dos bellas jóvenes siguieron
batallando mientras sus cuerpos se mojaban por el aguacero y sus ropas se
transparentaban, dejando poco espacio a la imaginación.
De repente Luna soltó las dos manos del cabello de la rubia
y, abrazando por la cintura a su oponente, la estrujó con fuerza. Al sentir los
pechos de Luna penetrando en sus tetas, Sol gritó angustiada, abrazando la
cintura de la castaña enseguida. Ahora fue Luna quien gritó de dolor al sentir
como sus tetas eran comprimidas por los pechos de Sol. Ambas chicas empezaron a
exprimirse una a otra, pecho a pecho, mientras se tambaleaban por el encharcado
lugar. Chillando afligidas, Sol y Luna siguieron triturándose hasta que cayeron
al suelo.
Entonces las dos jóvenes empezaron a rodar coléricamente, sin
que ninguna lograra mantener la posición superior más de dos segundos seguidos.
Sus espaldas se llenaron de barro, pero este hecho no frenó los violentos giros.
Al fin Sol logró colocarse sobre Luna, sentándose a
horcajadas sobre su vientre. Con sus rodillas firmemente clavadas en el barro,
Sol asió el cuello de la castaña y empezó a estrangularla con todas sus fuerzas.
Luna empezó a gritar desconsolada mientras los pulgares de Sol se hundían en su
garganta. Con los dientes apretados, la rubia siguió estrangulando a una
atormentada Luna, hasta que la castaña reaccionó y, alargando sus manos, agarró
ambas nalgas del culo de Sol, estrujándolas con saña. La rubia gruñó dolorida
por el repentino ataque, y aflojó durante un segundo la garganta de Luna, tiempo
suficiente para que la castaña asiese la sensual cintura de Sol y la derribase a
un lado.
Sol se encontró de pronto tirada en el barro, con Luna
subiéndose sobre ella violentamente. Entonces la castaña decidió vengarse de la
rubia y comenzó a asfixiarla con ambas manos en su cuello, como antes hizo Sol.
La rubia gritó afligida mientras su oponente siguió con el castigo. Luna apretó
los dientes para concentrar todas sus fuerzas en sus dedos, ansiando devolver el
sufrimiento recibido a Sol.
Pero la rubia también imitó a su contrincante, agarrando y
estrujando el trasero de Luna con rabia. La castaña gimió angustiada y soltó la
garganta de Sol, aunque la alegría de ésta duró poco, pues Luna agarró entonces
sus tetas con rencor, apretándolas con todas sus energías. Sol gritó de nuevo,
pero reaccionó y agarró las tetas de Luna, exprimiéndolas con tanta fuerza como
su rival.
Las dos doloridas chicas empezaron a chillar desconsoladas,
pero siguieron lacerándose las tetas una a otra. Sol logró entonces derribar a
la castaña, pero ninguna soltó las tetas a la otra, por lo que empezaron a rodar
por el cada vez mayor barro, gritando y llorando abiertamente bajo la intensa
lluvia.
Finalmente las dos bellas jóvenes, totalmente embarradas,
quedaron tendidas una al lado de la otra, con sus piernas enlazadas. Al estar
bajo uno de lo pocos árboles del lugar, la lluvia apenas caía sobre ellas. Con
sus manos sobre las tetas rivales aún, Luna y Sol descansaron jadeantes durante
un par de segundos, para enseguida comenzar a empujar los pechos rivales con las
palmas abiertas, decididas a aplanarlas. Esta vez ninguna emitió ni un sonido de
queja. Ambas apretaban sus labios para evitar cualquier gemido, para evitar
cualquier muestra de debilidad.
- Si no puedo... ¡uh!...
hacerte gritar de... ¡uf!... dolor aplastándote las tetas con... ¡of!... mis
manos... ¡ah!... te las aplastaré con... ¡of!... mis propias tetas -gruñó
Luna.
- Serán... ¡ah!... mis tetas
las... ¡of!... que trituren a tus... ¡uh!... tetas -replicó
Sol.
Apartando sus manos, lentamente las enfangadas chicas se
separaron y se arrodillaron frente a frente. Inmediatamente Sol y Luna rodearon
el cuello de la rival con sus brazos, juntando sus torsos superiores. Durante
unos segundos las dos bellas muchachas acomodaron sus cuerpos para ajustar sus
tetas en equilibrio, unas frente a otras, totalmente alineadas y erguidas.
Y entonces las dos luchadoras comenzaron a empujar hacia
delante con firmeza, triturando juntos sus idénticos orbes. Con sus cabezas
sobre sus propios brazos, y éstos sobre el los hombros de la rival, Luna y Sol
siguieron estrujándose con cada vez mayor rabia e intensidad.
Con sus pechos idénticamente aplanados, ambas jóvenes
empezaron a sufrir punzantes dolores, que nacían como descargas eléctricas en
sus tetas y recorrían rápidamente el resto de sus agraciados cuerpos.
El duelo estaba claramente estancado, con una igualdad
impresionante, pero entonces Luna agarró con una mano las rastas de Sol por
detrás de su cabeza. Con un duro tirón, la castaña hizo gritar de angustia a la
rubia, que cayó hacia atrás con Luna sobre ella.
Entonces Sol envolvió sus brazos alrededor de la espalda de
Luna, y estrujó ávidamente su cuerpo. La castaña chilló de dolor y soltó a su
oponente, que aprovechó para rodar a un lado y colocarse sobre Luna. Sol, ahora
con la posición superior, abrazó aún con más fuerza a su contrincante, y los
gritos de la castaña se oyeron claramente, pues la tormenta había pasado y un
tímido sol empezaba a asomar por entre las nubes.
Luna aferró los brazos de Sol, intentando apartarlos de su
cuerpo, intentando escapar del funesto abrazo, pero la rubia la aplastaba con
demasiada fuerza. Además, las tetas de Sol se hundían lentamente en sus queridos
orbes, aumentando el sufrimiento de Luna. La castaña sabía que debía hacer algo
o perdería esta pelea.
Soltando los brazos de la rubia, Luna asió con ambas manos la
parte trasera del manchado top -antaño blanco;
ahora en un tono marrón- de Sol, comenzando a
rasgarlo con afán. La rubia, al darse cuenta de la maniobra de Luna, aumentó la
presión de su abrazo, provocando un quebrado gemido de la castaña, que dejó de
romper el top de su rival para agarrarla de las rastas y tirar con fuerza de
ellas hacia arriba. Ahora fue Sol la que gruñó angustiada, soltando a la castaña
y agarrando las manos de ésta para apartarlas de su cabello.
Luna, al sentir las uñas de Sol clavándose en sus muñecas,
soltó las rastas de la rubia con un quejido, pero enseguida abrazó a su rival al
tiempo que giraba su cuerpo hacia un lado. Así ahora fue Luna quien quedó sobre
Sol, estrujándola con todas sus fuerzas y con todo su rencor. La rubia empezó a
gritar atormentada mientras su cuerpo era comprimido y sus tetas, ahora debajo
de los pechos de la castaña, eran allanadas sin piedad. Sol abrazó tras unos
segundos de desolación a Luna, intentando devolverle el favor, pero aunque la
castaña gimió levemente al sentir el apretón de la rubia, enseguida Luna aumentó
la presión, haciendo que Sol soltase a su oponente entre gritos de angustia.
Muy agotada, Sol supo que pronto sería derrotada, y este
hecho le dio fuerzas para seguir. La rubia, mientras agarraba con una mano un
manojo de rastas de Luna, asió con odio un cachete del culo de la castaña.
Tirando y estrujando a la vez, Sol logró que Luna gimiese de pesar.
Rabiando, Luna soltó a su rival y le torteó la mejilla
izquierda con rapidez, pero Sol apretó los dientes para resistir el daño y metió
sus manos entre los dos cuerpos. Apoyando sus palmas abiertas sobre las tetas de
Luna, Sol empujó a la castaña hacia arriba. Gimiendo al sentir como sus pechos
se aplanaban, Luna bajó sus manos y empujó las tetas de la rubia, acercándolas a
la cara de su antagonista. Sol gruñó pero logró cerrar su mano derecha sobre la
teta izquierda de Luna. Entonces torció el pecho de su rival hacia la derecha, y
Luna cayó a un lado con un terrible chillido de agonía.
Muy agotadas y muy doloridas, las dos chicas se levantaron
sobre sus manos y rodillas con lentitud. Alzando la vista a la vez, las narices
y labios de ambas casi se rozaron. Luna entonces torteó la mejilla izquierda de
la rubia. La cabeza de Sol giró bruscamente a un lado, pero la joven resistió
las ganas de chillar y replicó con una bofetada igual de fuerte en la mejilla
izquierda de Luna. Ahora fue la cabeza de la castaña la que viró violentamente a
un lado, pero tampoco Luna gritó.
Rápidamente Sol hundió sus manos y dedos en las rastas de
Luna, mientras la castaña, un segundo después, hacía lo mismo en el rubio
cabello de su enemiga. Tirando duramente de las rastas, Luna y Sol se obligaron
mutuamente a levantarse. El dolor en sus cueros cabelludos era muy intenso, y
los gritos y gemidos de las chicas así lo demostraba, pero las dos siguieron
arrastrando a su antagonista hacia arriba, hasta que ambas estuvieron en pie,
frente a frente, con sus ansiosas manos maltratando el cabello de la otra.
Entonces Sol arremetió con su pecho hacia delante, clavándolo
en las tetas de la castaña, que boqueó afligida. La rubia repitió el golpe de
tetas, y ahora Luna retrocedió varios pasos al tiempo que gritaba de dolor y
rabia. Llevándose las manos a sus pechos, Luna se acarició sus golpeados senos
mientras miraba con rencor a Sol, que sonreía con malicia.
- Ahí tienes la superioridad de
mis tetas frente a las tuyas, furcia -se deleitó
la rubia.
- ¿Por qué no nos quitamos
estos embarrados tops y vemos quien tiene las mejores tetas zorra? -propuso
Luna.
- Como quieras -Sol
se quitó el top, mientras su rival hacia lo mismo, mostrando ambas unos
sujetadores que fueron blancos, pero ahora, a causa del barro y del sudor,
estaban muy sucios-. Pongámonos más cómodas puta.
- Así sea -contestó
Luna, y ambas se desabrocharon los sostenes, liberando sus firmes y medianas
tetas.
Girando en círculos, las dos bellas muchachas en topless se
prepararon para seguir con la pelea. Con sus pantalones llenos de barro y sus
botas en la misma condición, Luna y Sol iban limpiándose la cara, los hombros y
el torso de lodo, sin dejar de observarse, sin dejar de girar alrededor de la
rival.
De repente Luna embistió, abofeteando con su palma derecha el
lateral del pecho izquierdo de Sol, que gruñó de dolor. Pero la rubia reaccionó
y lanzó un duro tortazo sobre la teta izquierda de Luna, que soltó un quejido de
sufrimiento. Entonces Sol echó hacia atrás su puño izquierdo, y un segundo
después lo hundió en la teta derecha de la castaña. Luna sintió como el puño de
su oponente te enterraba en la sensual carne de su pecho, y gritó angustiada.
Retrocediendo un paso, la castaña volvió a chillar al volver a sentir un nuevo
golpe, ahora en su teta derecha. Luna retrocedió un paso más, aunque ahora sí
reaccionó. Cuando Sol iba a volver a golpear la teta izquierda de Luna, ésta dio
un paso adelante y, agarrando con su mano izquierda las rastas de Sol por detrás
de la cabeza, tiró de éstas hacia abajo, obligando a la rubia a mirar
bruscamente hacia el ahora despejado cielo, mientras soltaba un aullido de
tormento. Entonces Luna estampó su puño libre en la teta izquierda de Sol, y la
rubia volvió a gritar. Luna repitió el cruel golpe, y Sol repitió el angustioso
chillido. Y de nuevo Luna preparó otro puñetazo, pero la rubia agarró
furiosamente las rastas de la castaña, forzándola ahora a ella a alzar su
cabeza. Sol apuñeteó la teta izquierda de Luna y, ésta, tras un grito de
sufrimiento, golpeó la teta izquierda de la rubia, que también aulló dolorida.
Así ambas agraciadas chicas se destrozaron una a otra; con
sus zurdas se tiraban del cabello para obligar a la rival a mirar hacia arriba,
mientras sus diestras se clavaban profundamente en la teta izquierda de la
contrincante. Ahora el combate parecía un desalmado juego por turnos, ya que
cuando una de ellas enterraba su puño en el orbe rival, un lamento y un segundo
después la otra se vengaba con un golpe tan intenso como el recibido. Ambas
tenían los ojos apretadamente cerrados, y las bocas agónicamente abiertas y
secas. Pero a pesar de no ver, ninguna fallaba el golpe.
Casi dos destructivos minutos después, las dos sollozantes
muchachas dejaron de lastimar la teta de la otra, pero estaban dispuestas a
seguir rivalizando. Como si hubieran llegado a un silencioso acuerdo, Sol y Luna
dejaron libres las rastas de la otra joven, pero enseguida volvieron a
agarrarlas con sus manos derechas. Entonces, tras tirar del cabello de la otra
para forzarla a mirar desgarradamente hacia el cielo, restauraron su anterior
duelo-castigo, golpeando ahora con la zurda la aún sana teta derecha. Ambas
estaban realmente dispuesta a demostrar la mayor resistencia de sus pechos
frente a los orbes de la contrincante.
El intercambio de brutales puñetazos continuó durante más de
un minuto, haciendo llorar abiertamente a la otra muchacha. Mientras sus
lágrimas caían lentamente por sus mejillas, Luna y Sol seguían gritando
desesperadamente, seguían destruyéndose mutuamente sus amados pechos, hasta que,
sin poder resistirlo más, la bella castaña colocó sus dos manos sobre las
enrojecidas tetas de Sol, que chilló dolorida al sentir como sus orbes eran
aplanados por las palmas de su rival. Entonces Luna la empujó lejos de ella, y
así el duelo de golpes concluyó, pero no el agudo sufrimiento de ambas, ya que
las tetas de las dos chicas palpitaban inflamadas de dolor.
Cayendo sobre sus rodillas, rubia y castaña lloraban y
jadeaban, intentando masajearse sus pechos. Pero cada vez que los rozaban, un
extremo dolor recorría sus fatigados cuerpos. Incluso cuando soplaba una ligera
brisa de aire, sus tetas gritaban angustiadas por el sufrimiento.
Un minuto después, las dos bellezas se miraron a los ojos.
Ahora no había ni odio ni rabia en sus miradas, sino angustia. Pero también
había determinación. La lucha acabaría ahora mismo, cualquiera que fuera el
resultado.
Sol empezó a gatear hacia Luna, muy pausadamente, y la
castaña la esperó. La guapa rubia, cuando estaba cerca de Luna, saltó
repentinamente contra ella, derribando a ambas sobre el barro. Rodando
lentamente, las exhaustas jóvenes intentaron lograr la posición dominante. Sus
tetas se rozaban o aplastaban juntas continuamente, haciendo gritar atormentadas
a las dos. Pero también aullaban doloridas cuando sus pechos chocaban contra
cualquier otra parte del sudoroso cuerpo de la rival.
Finalmente, tras el lento forcejeo, Sol pudo colocarse sobre
Luna. Sin dudarlo, y a pesar de saber el dolor que sufriría, la rubia estampó
sus pechos sobre la cara de Luna, dispuesta a asfixiarla como su oponente había
logrado en su último duelo. Agarrándola de la cabeza, Sol logró inmovilizar a
una agotada Luna, que sin embargo no se rindió. Contorneándose sin fuerzas, las
castaña golpeó con su puño derecho el costado de Sol por dos veces, haciendo
gruñir a su rival. Pero todo fue, para Luna, en vano. Sol, gritando de
sufrimiento al sentir un enorme dolor procedente de sus orbes, logró al fin que
la castaña dejara de luchar y, poco después, de moverse.
Apartándose de Luna, Sol se dejó caer boca arriba, jadeando,
sudando y llorando. Estaba totalmente destrozada, pero ella había ganado, y se
había vengado.
Luna despertó. Estaba sola, embarrada y derrotada. Y en su
boca aún tenía el maldito sabor de las tetas de Sol. Maldiciendo a la rubia,
Luna descansó unos minutos más, pensando en la próxima pelea. Ahora estaban
empatadas, pero pronto tendría lugar un épico desempate.