DUELO DE RASTAS II: EN LA PLAYA
POR ANUBIS
Luna bailaba alegremente en la nueva
discoteca de la ciudad. Esta noche había salido con sus amigos a divertirse tras
haber acabado los exámenes que la habían tenido ocupada durante el último mes.
Con un top rojo muy pegado a su erguido pecho, Luna mostraba un escote
estupendo. La joven llevaba también una falda roja que le llegaba hasta las
rodillas, y una abertura en el lateral derecho de la misma mostraba un sensual
muslo. Luna llevaba las rastas recogidas en un par de coletas. Bailando
alocadamente, el sudor empezó a cubrir pronto el cuerpo de la chica de rastas
castañas, lo cual aumentaba el morbo que despertaba la chica.
Luna siguió bailando más y más, hasta que de pronto vio a
alguien en la otra parte de la pista de baile, a una persona que no había visto
desde hacía más de un mes, y con la cual deseaba resolver una amarga rencilla.
Allí estaba Sol, con un top azul que no sólo marcaba su firme pecho con
claridad, sino que lo mostraba con un sensual escote. La rubia estaba ahora
bailando mientras se agarraba su falda negra, más corta que la de Luna en unos
centímetros. Todos los hombres observaban ilusionados como Sol alzaba sus
piernas y su falda, ansiando contemplar las bragas de la bella chica. Con sus
rastas recogidas tras un pañuelo oscuro que recorría la parte superior de su
frente, la rubia sudaba copiosamente por los minutos que llevaba bailando
alocadamente. Tras unos duros exámenes, la joven necesitaba descargar estrés, y
ahora lo hacía junto a unos amigos.
En ese momento, justo cuando acabó la canción, Sol vio a Luna
observándola. Entrecerrando sus ojos, las dos rivales empezaron a caminar una
hacia otra lentamente, mientras comenzaba a sonar una sosegada balada en la
discoteca.
Ya frente a frente, y sin dirigirse una sola palabra, Sol y
Luna empezaron a bailar cara a cara, separadas por medio metro. Con suavidad y
sensualidad, rodeadas por sus amigos y por varias personas más, las dos bellezas
se fueron acercando más y más, hasta que ambas juntaron sus cuerpos. Moviéndose
muy lentamente, Luna y Sol frotaron juntos sus cuerpos y, en especial, sus
tetas, mientras jadeaban y sudaban. Ambas estaban ansiando demostrar ante todos
quien de ellas era la más sensual, y se esforzaron al máximo por demostrarlo.
De repente el ritmo de la balada aumentó hasta alcanzar una
velocidad vertiginosa. Luna y Sol elevaron el ritmo de su íntimo baile, pero sin
separar sus cuerpos ni un solo milímetro. Los jadeos de esfuerzo y excitación de
las dos eran escuchados sólo por las propias chicas a causa del alto volumen de
la música. Ambas estaban sobreexcitadas, con la sangre ardiendo con
pasión.
Y entonces la música acabó. Sol y Luna
se quedaron quietas, muy abrazadas, con sus idénticos pechos aplanados juntos.
Jadeando aún por el ardiente baile, las dos chicas con rastas notaron el
acalorado aliento de la rival sobre sus cuellos y orejas.
- No está mal para una zorra
como tú -susurró Luna al oído de Sol-.
Pero aún tienes mucho que aprender.
- ¿Aprender? -murmuró
Sol en el oído de su oponente-. He demostrado que
soy mucho más sexy que tú, furcia barata.
- Ni siquiera en tus sueños
asquerosa guarra -Luna ahondó con sus tetas un
poco más en el interior del pecho de la rubia.
- Estás acabada puta -Sol
respondió empujando con sus tetas hacia delante, clavándolas algo más en los
pechos de la castaña.
Ambas desearon golpearse más que nada en el mundo, pero
notaron como la gente murmuraba mientras las dos seguían estrechamente abrazadas
en el centro de la pista de baile.
- En la playa, junto al último
chiringuito de la ciudad, el más cercano al faro –
susurró Luna mientras las dos bellezas se separaban lentamente, sin dejar de
mirarse a los ojos– . En quince minutos.
- Allí estaré -dijo
Sol-. No faltes.
- Ni por todo el oro del mundo
-concluyó Luna.
Los quince minutos habían pasado. Sol se había despedido de
sus amigos alegando que estaba muy cansada y que se iba a dormir. La bella rubia
había cogido entonces su coche para llegar al punto de encuentro: una vacía y
oscura playa, sólo iluminada por una lejana y parpadeante farola.
Sol llevaba esperando un par de minutos, y cuando creía que
Luna se había asustado, la guapa chica de rastas castañas llegó caminando por la
arena. Encarándose, Luna y Sol se observaron durante unos segundos, sabiendo que
esta pelea sería mucho más dura que la anterior, y que aquí nadie las
interrumpiría.
- Pongámonos cómodas puta
-dijo Sol mientras se quitaba su top. Luna la
imitó y pronto ambas se habían librado de sus repegados tops, de sus faldas y
del calzado. Ahora en ropa interior -Luna con un
sensual conjunto negro y Sol con un no menos exuberante conjunto rojo-
y descalzas, las dos jóvenes se acercaron una a otra con parsimonia, ansiando
comenzar la lucha.
De repente las dos bellas jóvenes embistieron a la vez y se
agarraron de las rastas. Con rabia Sol y Luna empezaron a darse bruscos tirones,
haciendo que sus cabezas fueran violentamente de un lado para otro.
Continuamente una u otra liberaba una de sus manos de las rastas de la
contrincante para tortear rápida y enojadamente la mejilla de la otra, para
enseguida volver a agarrar y tironear del cabello de la oponente. Y tanto Sol
como Luna, además, estaban lanzando fieras patadas a las espinillas rivales,
intentando derribar a la enemiga sobre la fina arena de la playa.
Cada tirón y cada tortazo era más duro que el anterior, y los
gritos y gruñidos de dolor de ambas eran cada vez más altos y desesperados. Luna
y Sol iban acalorándose a marchas forzadas, y en sus mentes sólo existía una
única y obsesiva idea: aplastar totalmente a su odiada antagonista.
Durante el forcejeo las tetas de Sol chocaron accidentalmente
contra las de Luna, provocando un áspero dolor en los pechos de la castaña.
Furiosa por la pequeña derrota de sus tetas, Luna soltó las rastas de Sol y
clavó su puño derecho en la teta izquierda de la rubia, aplastándola
completamente. Sol chilló angustiada y dio un paso atrás, soltando el cabello de
la castaña, pero enseguida volvió al combate estampando su puño en la teta
derecha de Luna, que también quedó aplanada durante el fiero golpe. Ahora fue
Luna quien gritó de dolor y retrocedió un paso.
De esta forma empezó un agresivo intercambio de puñetazos
entre ambas chicas, dispuestas a reducir las tetas de la rival a pequeños orbes
mediante sus crueles puños. Las dos aullaban por el extremo sufrimiento que
padecían, pero los golpes no cesaban.
A veces alguna de ellas lograba encadenar un par de puñetazos
seguidos sobre las tetas rivales, pero siempre una enfurecida contrincante
lograba devolverle el favor con golpes aún más duros. A pesar del agobiante
dolor, las dos jóvenes estaban dispuestas a demostrar que eran más resistentes
que la rival, y por supuesto que sus tetas eran más fuertes que las tetas de la
otra.
Pero casi cinco minutos pasaron y ninguna logró sacar ventaja
sobre la oponente. Los golpes empezaron a fallar, y finalmente las dos chicas se
desplomaron sobre la rival, abrazándose para no caer al suelo. Con la cabeza
sobre el hombro de la otra joven, las dos jadeaban y sollozaban, intentando
recuperar fuerzas e intentando apartar de sus mentes el palpitante dolor que
sentían en sus dañados pechos.
Unos segundos después, Luna reaccionó apretando el cuerpo de
Sol contra el suyo. Las tetas de Luna penetraron en los pechos de la rubia, que
gruñó con rabia al tiempo que empujaba lejos de sí a su rival.
Respirando entrecortadamente, y separadas por un par de
metros, rubia y castaña empezaron a girar en círculos una alrededor de la otra,
sin dejar de mirarse maliciosamente a los ojos en ningún momento. Al final las
dos chicas se agazaparon levemente y alzaron sus manos, listas para seguir con
el combate.
Saltando hacia delante al unísono, Luna y Sol agarraron los
antebrazos de la rival y empezaron a forcejear impetuosamente. Pero enseguida
Luna alzó su rodilla y la clavó en el liso estómago de la rubia, que se dobló
sobre sí misma gritando de dolor. La castaña aprovechó para agarrar la cabeza de
Sol e introducirla entre sus piernas. Así los sensuales muslos de Luna
atenazaron el cuello de la rubia. Agarrando ahora los brazos de Sol, Luna
inmovilizó a su oponente, pero el duro forcejeo de la rubia derribó a ambas
bellezas a la arena.
A pesar de ello, Luna mantuvo su llave sobre la arena. Sol
empezó a asfixiarse a causa tanto de los atenazantes muslos de su rival como por
tragar arena al abrir la boca para intentar respirar. Además Luna empezó a
doblarle los brazos hacia atrás con fuerza, causándole un angustioso dolor.
- ¡Ríndete y puede que te deje
ir zorra! -gruñó Luna.
Sol intentó insultar a Luna, pero no podía hablar. La rubia
notaba como iba desvaneciéndose, y este hecho la enfureció. Sacando fuerzas del
odio que sentía hacia Luna, Sol logró de un tirón soltar uno de sus brazos.
Entonces la rubia clavó sus uñas en el muslo de su oponente, y comenzó a arañar
de arriba a abajo la suave carne de Luna. La castaña gimió dolorida y soltó el
otro brazo de Sol, que aprovechó para alzar su otra mano libre hacia arriba,
tanteando el cuerpo de Luna en busca de su objetivo: una teta de la castaña. Al
hallarla, Sol la trituró con fuerza y rencor, haciendo gritar a Luna de
angustia. Sollozando, Luna agarró la muñeca de la rubia para intentar apartar su
mano de su preciada teta, pero el dolor sufrido en su muslo y en la propia teta
impidió que pudiera usar suficiente energías en la tarea. Así Luna abrió sus
piernas y se separó de Sol.
Tiradas en la arena, Sol y Luna descansaron sin dejar de
mirarse con resentimiento. Sol jadeaba mientras se frotaba su cuello, intentando
recuperar la respiración. Por su lado Luna se masajeaba su muslo y su pecho,
mientras contenía las lágrimas como podía.
En menos de medio minuto ambas bellezas se levantaron con
decisión, dispuestas a seguir con la pelea. Aún jadeando, Luna y Sol volvieron a
girar en círculos alrededor de la oponente, hasta que con un grito de
resentimiento Sol lanzó un puñetazo al rostro de Luna. La castaña detuvo el
golpe con su brazo mientras balanceaba su puño libre, directo a la teta
izquierda de Sol. La rubia chilló angustiada, pero replicó rápidamente con un
puñetazo en el riñón de Luna, que gruñó de dolor.
Luna lanzó entonces un nuevo puñetazo al rostro de la rubia,
pero Sol agarró el brazo de Luna y con una zancadilla la derribó a la arena. Sin
darle tiempo a reaccionar, Sol se sentó sobre la espalda de la derribada Luna,
agarrándola de las rastas con su mano izquierda. Tirando del cabello de la
castaña hacia atrás, Sol obligó a Luna a alzar de forma dolorosa su cabeza, al
tiempo que la rubia enlazaba su brazo derecho alrededor del cuello de su rival.
De esta forma Sol empezó a asfixiar a su antagonista, que ahora apenas podía
respirar.
- ¡Ríndete y quizá te perdone
la vida furcia! -gritó Sol.
Al inclinarse hacia delante para agarrar mejor el cuello de
Luna, Sol prensó su cuerpo contra la desnuda espalda de la castaña. Así Luna
notó como los pechos de la rubia se aplastaban contra su espalda, y este hecho
la enfureció.
- ¿Sientes mis tetas puta?
-se burló Sol-.
¡Éstas sí que son unas tetas de verdad engreída!
Luna no pudo responder ante la ofensa de la rubia, porque no
le quedaba aire. Sol iba a ganar, y Luna sacó fuerzas de este pensamiento.
Alargando sus brazos hacia atrás, Luna asió los dos cachetes del firme trasero
de Sol, y enseguida empezó a triturarlos sin piedad. La rubia gritó afligida,
pero mantuvo su agarre. Luna aumentó la presión en el culo de Sol, y Sol apretó
con más fuerza el cuello de Luna y tiró más aún de sus rastas. Gritando de dolor
ambas ahora, las dos siguieron en esta dura batalla hasta que Luna soltó el
trasero de Sol. La rubia creyó que había vencido en este particular duelo, pero
se equivocaba. Apoyando las dos manos en la arena, Luna se impulsó hacia arriba
con tal fuerza que las dos chicas salieron despedidas hacia atrás, cayendo una
al lado de la otra.
Respirando trabajosamente, Luna se sentó en la arena con
dificultad. Sol también se sentó, con una mano en la cabeza por el duro golpe
que se había dado contra la arena. Segundos después unas palabras cargadas de un
ardiente odio rompieron el silencio cargado de jadeos.
- ¿Quieres ahogarme puta?
-dijo Luna entre jadeos-.
Vayamos al mar y veamos quien es la mejor.
- Como quieras zorra -replicó
una fatigada Sol.
Levantándose lentamente, las dos bellezas caminaron hacia el
mar, alejándose de la luz de la farola. En la tenue oscuridad, Sol y Luna
empezaron a adentrarse en el agua hasta que ésta le llegaba a ambas hasta la
altura de la cintura.
- Acércate un poco -dijo
Sol-. Aquí está muy oscuro, y quiero verte bien
para destrozar cada parte de tu patético cuerpo.
- ¿Destrozarme tú a mí?
-dijo Luna cuando las dos estaban separadas por un par de
centímetros-. Pronto estarás suplicándome para que
deje de golpearte.
- Lo veremos -replicó
Sol agarrando repentinamente las rastas de la castaña, que tras soltar un
quejido de dolor agarró anhelantemente las rastas rubias de su enemiga. Mientras
las dos forcejeaban duramente en el agua, con unos tirones de cabello muy
coléricos, los pechos de las dos chicas chocaban juntos constantemente,
aplastándose mutuamente.
- Antes has insinuado...
¡uh!... que tus tetas eran... ¡agh!... mejores que las mías -gimió
Luna-. ¡Demuéstralo ahora!
- Será un... ¡of!... auténtico
placer vapulear tus... ¡ugh!... malditas tetas -gruñó
Sol-. ¡Enfrentémoslas ya!
Asiéndose una a otra de los hombros con hostilidad, Sol y
Luna embistieron con sus pechos. Un doble gruñido de dolor surgió de sus bocas
cuando sus tetas colisionaron con fuerza, nivelándose de igual manera. Enseguida
Luna abrazó a Sol y apretó sus tetas contra las de la rubia, haciendo refunfuñar
a su rival. Sol replicó abrazando a Luna y comprimiendo las tetas de la castaña
con sus propios pechos. Ahora fue Luna quien gruñó angustiada.
Estrujándose por turnos, Luna y Sol siguieron batallando
pecho a pecho durante más de dos minutos. Sus abrazos eran cada vez más
ardientes y rabiosos, y sus quejidos cada vez más intensos.
Entonces Sol empezó a desabrochar el sostén de su oponente
ávidamente, deseosa de liberar los pechos de Luna. Al darse cuenta de ello, la
castaña imitó a su rival, intentando desabrochar el sujetador de la rubia. Tan
ansiosas estaban las dos por lograr su objetivo, que ninguna acertaba a desatar
el sostén de la otra.
- ¡Desengánchate de una vez
maldito! -se quejó Sol.
- ¡Vamos suéltate ya! ¡Vamos!
-protestó Luna.
- ¡Para! -gritó
Sol unos frustrantes segundos después. Sin soltar los cierres de sus
sujetadores, las dos bellas chicas se miraron a los ojos entre jadeos-.
Me quitaré mi sostén, zorra, si tú te quitas el tuyo.
- De acuerdo puta -respondió
Luna mientras las dos chicas retrocedían un paso, despegando sus pegajosos y
sudorosos cuerpos. Mirándose directamente a los ojos con ardor y con evidentes
ganas de seguir con la pelea, Luna y Sol se desabrocharon sus sostenes con
tranquilidad. Una vez liberadas sus tetas, las dos se las miraron con desprecio.
- No diré nada de tus patéticas
tetas, furcia -dijo Luna con menosprecio-.
Cuando nuestros pechos se encuentren ya verás quien tiene las mejores tetas.
- Tampoco diré nada de tus
inservibles orbes, guarra -replicó Sol con desdén-.
Que nuestras tetas hablen por nosotras.
Entrelazando sus manos, Luna y Sol tomaron aliento y, al
unísono, embistieron con sus tetas. El brutal choque de sus desnudos pechos hizo
gemir de angustia a ambas, pero enseguida se recuperaron y empezaron a luchar
con pasión. Con sus brazos extendidos perpendicularmente a sus cuerpos, rubia y
castaña golpearon, embistieron, restregaron, aplanaron, abordaron y defendieron
con sus atractivas tetas. A causa del idéntico tamaño, forma y firmeza de sus
pechos – aunque ninguna aceptaría nunca esta realidad–
, el pasional duelo estaba claramente empatado. Ni Luna ni Sol podían imponerse
a la rival; ni siquiera podían sacar algo de ventaja. Daban y recibían la misma
cantidad de dolor y aversión; una cantidad muy elevada. Gruñendo, gimiendo,
jadeando, renegando y maldiciendo, las dos jóvenes lucharon durante casi cinco
impetuosos minutos de esta manera, sin ceder en ningún momento ante la rival.
Hasta que repentinamente Sol, colérica por el estancamiento,
abrazó con resentimiento a Luna, triturando así las tetas de la castaña con sus
pechos. Luna gimió llorosa, pero pudo replicar con un iracundo abrazo. Sol fue
la que sollozó ruidosamente ahora, al sentir como las tetas de Luna penetraban
en sus pechos.
Muy furiosas las dos, Sol y Luna empezaron a tambalearse por
el agua, con sus cuerpos – y en especial sus pechos–
extremadamente juntos. De un lado a otro, ambas batallaron entre gritos de odio
y sufrimiento.
Sollozantes, las dos chicas cayeron finalmente al agua con un
doble chillido de desolación. Separando sus doloridos cuerpos, Luna y Sol
empezaron ahora un nuevo duelo, pues ambas intentaban ahogar a su rival
introduciendo su cabeza bajo el agua. Continuamente se hundían la una a la otra;
continuamente sus cabezas asomaban del agua ansiando respirar. Las chicas habían
perdido el control, y la lucha era ahora un amasijo de brazos, piernas, cabezas
y cuerpos que giraban, se hundían y volvían a salir, gritaban y blasfemaban.
Hubo un momento en el que las dos guapas jóvenes se hundieron
mutuamente bajo el agua, y desaparecieron de la superficie del mar. Varios
largos segundos pasaron mientras unas excitadas burbujas explotaban en el lugar
donde ambas habían desaparecido. Las burbujas dejaron de aparecer, y unos
segundos más pasaron. Y entonces Luna salió gateando del mar, tosiendo agua
mientras se arrastraba más al interior de la orilla.
Entonces la castaña oyó algo, y mirando a su derecha vio a
Sol saliendo a gatas del agua, a unos tres metros de ella. La rubia también
expulsaba agua de su boca. Y en ese momento Sol la miró, y sus miradas se
cruzaron. Y supieron que, aunque estaban totalmente agotadas, la pelea aún no
había acabado.
Sin fuerzas, castaña y rubia gatearon hacia su oponente. Y
cuando estaban al fin a escasos centímetros de la rival, Luna y Sol se agarraron
de las rastas con odio. Cayendo sobre la arena, que se pegaba a sus mojados
cuerpos, las dos rodaron lentamente por la playa en busca del desenlace.
Fue entonces cuando Luna logró colocarse sobre la rubia y,
agarrando las rastas de los costados de la cabeza de Sol, la inmovilizó contra
la arena. En un último esfuerzo, Luna dejó caer sus desnudas y enrojecidas tetas
sobre el rostro de Sol. La rubia intentó huir, pero ya no tenía fuerzas, por lo
que sólo unos segundos después Sol se desvanecía al no poder respirar. Luna,
extenuada y con todo el cuerpo doliéndole, se dejó caer a un lado. Mirando el
nocturno cielo, Luna descansó durante más de quince minutos, y entonces pudo
reunir las fuerzas justas para levantarse, vestirse y marcharse tambaleante a su
coche.
Y casi veinte minutos después, Sol empezó a despertarse. Aún
sentía el sabor de las tetas de Luna en su boca, por lo que la humillante
derrota le vino enseguida a la cabeza.
« Maldita puta»
, pensó la rubia intentando que su dolorido cuerpo respondiera a la orden de
levantarse. « No creas que esto ha acabado aquí.
Pronto volveremos a pelear, y entonces te demostraré que soy la mejor»
.
Sol pudo unos minutos después levantarse, y mientras buscaba
su ropa, un último pensamiento le vino a la cabeza.
« Y, por supuesto, lamerás mis
tetas»