El Coleccionista de Bragas
A mi marido le encanta coleccionar mis bragas, pero no todas,
sólo las que llevo puestas las veces que le soy infiel, y la verdad sea dicha,
creo que va a tener una gran colección.
Hola, soy Pancho Alabardero y en mi deambular en busca del
mejor sexo del mundo a veces uno se encuentra con regalos inesperados. Ese es el
caso que me sucedió con Fuensanta, una esposa madura que estaba buscando
formulas para que su marido recuperase la alegría de vivir, pues notaba ella que
últimamente su esposo andaba un tanto decaído y aún le esperaba lo peor, porque
próximamente tenia previsto jubilarse.
Creyó Fuensanta que un buen aliciente era el ver publicado un
relato que narrase de manera precisa sus aventuras sexuales y sobre todo sus
últimas infidelidades, y fue por esa razón por la que se puso en contacto
conmigo para que la ayudase en su tarea. Quizás lo logre, quizás consiga que su
marido vuelva de nuevo a sentir bullir su sangre por su cuerpo cuando su esposa
le ponga al corriente de sus infidelidades, y desde luego lo que es seguro que
conseguirá, es que todos podamos disfrutar de este esplendido relato.
Hola, soy Fuensanta, tengo 55 años y vivo en Sevilla. Estoy
felizmente casada con Juanma, casi cinco años mayor que yo, tenemos un hijo de
25 años que se acaba de trasladar a vivir a Madrid, porque ha estudiado
informática y según parece allí las oportunidades de trabajo son mucho mayores
que aquí en Sevilla, de modo que nos hemos quedado solos en casa. Mi marido es
dependiente y trabaja en un gran centro comercial de la ciudad.
Yo también trabajo de dependienta en una joyería de la calle
Sierpes, aunque únicamente lo hago en horario de tarde, de modo que al tener
horarios afines, trabajar cerca de mi marido y no tener obligaciones familiares
ni de otro tipo que nos aten, pues casi todos los días al salir del trabajo,
aprovechamos para tomarnos unos vinos y unas tapas por los bares de la ciudad y
charlar con nuestros amigos antes de regresar a casa, de modo que bien podría
decirse que mi marido y yo vivimos una vida razonablemente feliz, acomodada y
sin sobresaltos.
Bueno, podría decirse tal cosa, pero no sería cierta, porque
realmente desde hace unos cuantos meses mi marido se encuentra un tanto
angustiado porque en su trabajo le están presionando sutilmente para que acepte
un plan de jubilación anticipada, pasando un par de años en el paro para
posteriormente jubilarse a una edad temprana. La verdad es que económicamente no
tenemos problemas, porque tenemos un par de alquileres que nos aportan unos
extras mensuales, y por otro lado nuestros gastos no son importantes, pero no es
ese el problema.
El problema principalmente reside en que mi marido siempre ha
trabajado de dependiente en el comercio y siempre ha estado atado a la rigidez
de los horarios comerciales, de modo que fuera de eso no tiene ninguna otra
afición y esta un tanto angustiado, porque una jubilación tan temprana le puede
crear un problema de adaptación y quizás no sepa resolver adecuadamente cómo
enfrentarse a una vida sin obligaciones y sin responsabilidades laborales.
Yo le animo todo cuanto puedo, incluso hace un par de semanas
que los dos nos hemos apuntado a una academia para aprender a manejarnos en
Internet y ya estamos haciendo algunos progresos, incluso ya intercambiamos
mensajes con nuestro hijo y hacemos nuestros pinitos en foros y nos relacionamos
con desconocidos, pero encuentro yo que eso no le colma lo suficiente y yo misma
me encuentro un tanto angustiada porque temo que todo esto vaya desembocar en
una depresión, porque cada vez le encuentro más decaído y poco a poco esta
perdiendo interés por todo cuanto le rodea, de modo que me he decido a sacarle
del letargo y volver a ilusionarle para que nuevamente recobre la alegría de
vivir.
Verán ustedes, nosotros nos casamos bastante jóvenes. Yo casi
no había cumplido los veinte años y mi marido tenía veinticinco y no tuvimos a
nuestro hijo hasta que yo cumplí casi los treinta años, de modo que nos pasamos
los primeros años de casados embarcados en una continua fiesta.
Por aquellos años tal pareciera que el mundo se iba a acabar
y vivíamos en un eterno hedonismo. Fueron unos años de pasarnos en casi todo,
pero en aquellos años descubrí una afición oculta de mi marido: le encantaba
coleccionar bragas, pero no cualesquiera bragas, no, coleccionaba sólo mis
bragas, pero tampoco todas, sólo aquellas que traía puestas después de que
alguien me hubiese follado.
Ya les digo que por aquellos años vivíamos alocadamente, y
una de las costumbres que por aquellos tiempos se pusieron de moda entre los
progres de la época eran los intercambios de pareja, de modo que nosotros éramos
los reyes del mambo y asistíamos a todas cuantas fiestas de intercambio de
parejas podíamos, y al regresar a casa yo me quitaba las bragas, se las
restregaba a mi marido por la cara, y le contaba con todo lujo de detalles el
polvo que me había echado.
Eso a él le volvía loco y poco a poco se fue interesando más
por coleccionar mis bragas que por satisfacerse él mismo en las fiestas. Incluso
se compró unas cajitas de metacrilato y las tenía cuidadosamente almacenadas en
una mesilla, pero eso terminó como el rosario de la Aurora, porque uno de los
señores con los que follaba habitualmente se creyó con derechos de pernada y
quiso mantener relaciones conmigo fuera de las fiestas.
Al principio, Fermín, un socio de unos amigos nuestros que
tenían un cortijo en una finca próxima a Sevilla y que era el lugar donde los
sábados por la noche nos juntábamos varios matrimonios a cenar, beber y follar,
me empezó a llamar por teléfono y proponerme citas a solas. Fermín era un hombre
bastante mayor que nosotros. En aquel entonces nosotros y nuestros amigos apenas
teníamos treinta años y él pasaba de los cincuenta, pero era el socio rico de
nuestro amigo y se podría decir que casi todo el coste de las fiestas corría por
su cuenta.
Él acudía a las fiestas con su señora, pero la muy puta ya
venía a las fiestas follada y traía a su marido recién folladito, creyendo
ingenuamente que de esa manera ellos iban a permanecer al margen de lo que
hacíamos los otros matrimonios. Lo que no contaba es que Fermín se encoñara
conmigo y que aún conservase fuerzas para echarse un segundo, y si se terciaba,
hasta un tercer polvo en la noche.
Según pasaron las semanas Fermín acudía a las fiestas más
encandilado y casi se podría decir que desde que entraba era un auténtico acoso
y derribo al que me sometía hasta conseguir echarme un polvo, pero se ve que eso
no era suficiente para él, porque llegó a confesarme que su mujer no le dejaba
salir hasta que no la echaba un polvo a ella y Fermín quería cambiar los
términos, es decir, el primer polvo del día para mí y los restos para su mujer.
La pasión que Fermín derrochaba por mí llegó a encelar
seriamente a su mujer y mi negativa de tener encuentros con él fuera de las
fiestas también llegó a obsesionarle a él, de modo que de repente yo me convertí
en el blanco de las intrigas de Fermín y de su mujer, que la muy guarra no sólo
no se dejaba follar por nadie, sino que estaba toda la velada pendiente de lo
que hacíamos mi marido y yo.
Como digo, todo esto terminó como el rosario de la Aurora,
porque yo no acepté sus invitaciones y terminé no queriendo follar tampoco con
él en las fiestas de los sábados. Cierto sábado me presenté en la fiesta
decidida a acabar con la situación de acoso a la que estaba sometida, pero ¡OH
casualidades de la vida!, ese sábado parecía que todo el mundo había decidido
cambiar de costumbres, porque contra todo lo acaecido anteriormente, la mujer de
Fermín fue la primera que se desbrago y ¿adivinen con quién se fue a follar?
exacto, se fue a follar con mi marido, que el pobre no sabía qué hacer para
librarse de ella, de modo que, tuvo que hacer de tripas corazón y se perdió por
uno de los rincones del lujoso y extenso cortijo para pasar la noche follando
con la nueva progre de la reunión.
A todo esto yo aproveché y enseguida me escapé con el marido
de una de mis amigas y nos perdimos en la habitación más alejada que
encontramos, porque no quería saber nada de Fermín, pero no me salió bien,
porque Fermín, sabedor de que su mujer estaba follando con mi marido y que yo
había desaparecido y supuestamente estaría follando con otro, le entró un ataque
de cuernos y se puso como un loco a buscarme, y me encontró.
Como digo, yo creó que ese sábado los planetas estaban
desalineados, porque me encontró en el peor momento, justo cuando yo jadeaba
como una becerra en medio de convulsiones y de una corrida monumental. Fermín se
puso como un loco, apartó a empujones al marido de mi amiga e hizo intención de
follarme por la fuerza, pero no lo consiguió porque enseguida se montó un
guirigay en torno a nosotros y acudieron todos para calmar a Fermín porque se
estaba pegando con todo el mundo.
A todo esto, ni mi marido ni la mujer de Fermín aparecieron
por ninguna parte, de modo que eso le enfureció aún más, que ya no sabía si iba
o si venía, es decir no sabía si estaba celoso porque no había podido follar
conmigo o porque su mujer estaba follando con mi marido. El caso es que como a
eso de dos o tres horas después de todo este follón aparecen por la puerta mi
marido y la mujer de Fermín con una sonrisa más que elocuente.
Que jodios, debían haber follado de tal manera que ambos
parecían recién aterrizados del Paraíso. Fermín al ver a su santa esposa con tal
cara de felicidad y a mi marido con sus bragas en la mano a modo de trofeo, la
agarró y casi a rastras la sacó de la casa y se la llevó en el coche.
Nunca hemos sabido más de esa pareja y poco más hemos sabido
del resto, pero lo que supimos, o mejor dicho experimentamos, fue la venganza de
Fermín y de su mujer. Contaron a todos nuestros amigos, vecinos y compañeros de
trabajo de mi marido y mío lo que les vino en gana. Nos pusieron a caer de un
burro, nos desprestigiaron todo cuanto pudieron y nos hicieron todo el daño que
pudieron.
Mi marido un día, harto de tanta inmundicia, cogió la
colección de bragas, las metió en una bolsa de tela que yo tenía bordadita para
traer el pan y las tiró desde el puente de Triana. A partir de esa fiesta, se
acabaron los excesos, nuestro matrimonio lejos de resentirse se afianzó mucho
más, enseguida tuvimos un hijo y hasta hoy.
Como les dije, yo trabajo por las tardes en una Joyería de la
Calle Sierpes. Llevo muchos años con los dueños, un matrimonio ya casi entrado
en los setenta y me tienen mucho cariño y me hacen mucha confianza. Tanta que
incluso me mandan a mí para que vaya a las ferias de muestras de joyería para
ver las novedades y citar a los representantes para que vengan a visitarnos a la
tienda en Sevilla.
En estos días se celebraba la de Madrid y tuve que ir, no
sólo para ver la feria sino además para visitar a mi hijo. Pero para algo más
quería ir a Madrid. Tenía pensado un plan para sacar a mi marido de la situación
de atonía que atraviesa y pensaba ponerlo en práctica estos días.
Cogí el AVE de Madrid en Santa Justa a primera hora de la
mañana. A esas horas tan tempranas el tren esta lleno de trabajadores de todo
tipo y ejecutivos por todas partes. A mi lado se sentó un chico joven que
enseguida sacó un PC y se puso a trastear. Yo me hacia la despistada y no le
presté la mínima atención, pero de reojo me di cuenta de que todo lo que estaba
haciendo no era otra cosa que hacerse el importante.
Yo permanecí casi todo el trayecto indiferente, pero poco a
poco le fui echando un ojo y bueno, a lo mejor había posibilidades, de modo que
se me ocurrió preguntarle algo intranscendente acerca del PC y el chico
respondió bien. Primero acerca del PC, después me habló de él y posteriormente
me preguntó, me preguntó y me preguntó.
Vaya con el chico, sólo tenía 24 años, es decir era un año
menor que mi hijo, pero el jodido sabía latín. Enseguida me di cuenta de que yo
le atraía, bueno, a él y a medio tren y del otro medio, es decir a las señoras,
pues también alguna se sentiría atraída por mí, y sobre todo por mi culo. Quizás
aún no les haya contado que a decir de uno de mis admiradores en la calle
Sierpes, soy la señora con el mejor culo que pasea por Sevilla, algo que a mi
joven admirador no le paso desapercibido y a modo de piropo me lo recordó cuando
nos dirigíamos a la cafetería a tomarnos un café y seguir intimando.
El viaje llegaba a su fin pero dio de si todo lo que tenía
que dar. El chico era de Madrid y regresaba después de hacer unas demostraciones
concertadas en Sevilla y se ofreció a mostrármelas cuando tuviese tiempo. Yo
tenía el tiempo bastante ajustado, la feria, visitar a mi hijo, pero la noche la
tenía libre. Me alojaba en un hotel en los aledaños del recinto ferial y le
propuse a Javier, mi joven admirador, ese lugar y esa noche para las
demostraciones que él quisiera y aceptó, vaya que si aceptó. Al bajarse del tren
iba como si le hubiese tocado un premio de la lotería, aunque quizás le hubiese
tocado.
-¿Tienes novia Javier?- le pregunté aquella noche en la
habitación de mi hotel a mi nuevo amigo-ligue después de casi cinco minutos de
explicaciones serias y técnicas delante de una pantalla de ordenador que no
hacía más que mostrar gráficos de cosas que ni entendía ni me interesaban.
-Si, llevo con ella 3 años- me contestó un tanto dubitativo
-¿Y follas con ella?- le pregunté descarada.
-Si, claro- contestó quizás un tanto desconcertado por la
pregunta.
-¿Entonces no querrás follar conmigo?- le espeté sin
contemplaciones.
-Si señora, si que quiero. A eso he venido- me contestó
Javier descarado y desafiante, a la vez que me metía mano entre el albornoz para
descubrir por sí mismo lo que se escondía tras aquella entreabierta prenda de
baño. Y lo que se escondía debió de satisfacerle enormemente porque no tardó en
tomar la iniciativa y deslizar la mano entre mis bragas reciente estrenadas y
palpar la enorme mata de pelo que envolvía mi ansioso chocho peludo.
Javier enseguida se excitó quizás en exceso y tuve que tomar
la iniciativa para retenerle, porque temía que se me iba a ir de un momento a
otro, de modo que me senté en el sillón que él ocupaba mientras me enseñaba
aquellos aburridísimos programas y le hice que se arrodillara a mis pies, le
agarré la cabeza entre mis manos y se la enterré entre mis piernas. Así, abierta
de piernas y con la cabeza de Javier entre mis bragas, logré que se sosegara un
poco y que se deleitara con los placeres que se le ofrecían.
Yo creo que el chico nunca antes había tenido la oportunidad
de mamarse un chocho al natural, porque era yo la que en cada momento tenía que
ilustrarle en las cosas que debía de hacer. Que si rómpeme las bragas a
mordiscos, que si acaríciame el chocho con la lengua, que si no tan adentro, que
más superficial y lento, ya saben, cosas de esas que sólo se aprenden con el
paso del tiempo y sobre todo con el intercambio de experiencias entre distintas
sensibilidades.
Pero el chico era listo, vaya que si era listo. Tanto que
enseguida asumió la situación y decidió reconducir el lance. Me levantó y me
llevó a la cama, me desnudó y se montó encima de mí pero en dirección inversa,
es decir, nos pusimos a follar haciendo un 69. Javier se acopló nuevamente en mi
chocho y comenzó una larguisima y trabajada mamada de chocho. Yo le agarré su
polla y me la metí en la boca, pero al contrario de lo que hacía Javier, yo
apenas se la lamía porque seguía teniendo miedo de que se me fuera demasiado
pronto, pero aguantó.
Cuando ya presentía que me venía un multiorgasmo fenomenal,
fue cuando me decidí a mamarle la polla a Javier con toda la intensidad de la
que era capaz y enseguida mi boca se inundó por completo de semen joven y lleno
de vigor. Javier a su vez subió el ritmo de la mamada y enseguida pudo
experimentar las contracciones salvajes de una mujer disfrutando de un orgasmo
múltiple.
-¿Es la primera vez que le mamas el chocho a una mujer
Javier?- le pregunté mientras él se cambiaba de posición y tímidamente trataba
de metérmela con su polla ya medio desfallecida.
-Si, pero no será la última- me dijo contundente, a la vez
que con mi ayuda consiguió metérmela, no demasiado porque su polla ya no estaba
para muchas filigranas, pero el chico apuro la oportunidad y aún consiguió una
buena cabalgada encima de mí. Al regreso a Sevilla y cuando estaba deshaciendo
la maleta le dije a mi marido:
-Mira las bragas que me has regalado, creó que se me han roto
un poco- El las agarró, y enseguida se dio cuenta de que aquellas bragas habían
sido protagonistas de una aventura salvaje en Madrid.
-Qué quieres que haga con ellas ¿le reclamo a la tienda?- me
preguntó con cierto morbo por la situación.
-No, no quiero que reclames ni que las devuelvas, lo que
quiero es que las conserves como recuerdo- le contesté.
-¿Como recuerdo de qué?- me preguntó ya un tanto excitado por
la respuesta que se suponía.
Yo me volví insinuante, glamorosa, llena de sex appeal y
desprendiendo un suave olor a mujer follada y satisfecha, y, con un tono de voz
dulce y sugerente le pregunté: ¿Quieres que te lo cuente ahora o cuando nos
acostemos?
-Acostémonos ahora y me lo cuentas- me dijo.
Y se lo conté. Con todo lujo de detalles, deteniéndome y
recreándome en los pormenores, para no dejar pasar nada por alto, el ambiente,
los olores, los jadeos, las pasiones, esas aparentes insignificancias en fin que
hacen que las cosas se diferencien entre un simple polvo o una tórrida y
apasionante aventura sexual entre un impetuoso e inexperto joven y una mujer
madura repleta de experiencias y ansiosa de revivirlas todas ellas, al socaire
de una gran urbe cosmopolita.
Reconozco que últimamente nos encontrábamos un poco
desganados y faltos de interés por las cosas que nos rodeaban; reconozco que en
ciertos momentos añorábamos aquellos años locos en los que nos revolcábamos por
cualquier motivo y con cualquier extraño que se cruzara en nuestro camino, pero
lo que más añoro de aquellos tiempos es nuestro lema favorito, el grito de
guerra de una juventud que quiso hacer una revolución pero que no consintió
nunca acompañarla con un brazo armado. Eran tiempos de: "haz el amor y no la
guerra". Quizás el movimiento más importante del siglo XX, comparable al
comunismo, al existencialismo o al neoliberalismo.
Y claro, reconozco que echaba mucho de menos la apreciadísima
colección de bragas de mi marido, de modo que mi sugerencia fue lógica: -¿No
Crees que deberías comprar alguna caja de metacrilato para guardarlas?
-Si, creo que lo voy hacer, creo que las voy a guardar como
recuerdo de éste polvo maravilloso, pero ¿crees que debo comprar más? Me
preguntó con un destello de felicidad en su cara.
-Si, cielo, cómprate unas cuantas y no te andes con remilgos,
cómprate por lo menos un par de docenas de cajitas.
Y esta es la historia que Fuensanta me confió para darla a
conocer, pero me pidió algo más, me pidió que solicitase a los lectores que le
enviasen su opinión en los comentarios y sobre todo, que todos los
coleccionistas de bragas, o todos los que adoren unas bragas recién folladas,
que se lo hagan saber, porque eso le alegrará el día a su marido y tomará más
interés por su colección.
alabardero3@hotmail.com