EL VUELO DEL ELECTRA por Masulokunoxo.
Un elegante bimotor carretea en dirección a la pista del
aeropuerto de Lae (Nueva Guinea). El público asistente al histórico
acontecimiento no llega al millar de blancos, la práctica totalidad de la
colonia. Ellas comentan la belleza del aparato y la intrepidez de la piloto.
Ellos apuestan sobre el resultado: 3 a 1 que no lo consigue. Por Dios, ¿dónde se
ha visto que una mujer tan loca?
Los nativos, en mayor número y más efusivos, vitorean con
estruendo al paso del avión y corren tras él con los brazos extendidos, como si
también ellos pudieran volar. No apuestan, pero tampoco confían en que el viaje
termine felizmente. Los dioses vuelan, los pájaros también, pero no los hombres,
salvo los locos y las brujas. ¿No dicen que la mujer blanca tiene el pelo de
color del fuego? Está claro que debe ser una bruja.
El avión enfila la pista, rugen los motores a plena potencia
y el Lockheed Electra toma velocidad para el despegue, salpicando barro y
rebotando en un bache tras otro a lo largo de la enfangada pista. Va
sobrecargado de combustible y Amelia Earhart lucha con el timón y la palanca de
gases, tratando de apurar al máximo la longitud de la pista y conseguir la
velocidad mínima de despegue. Lo logra por poco, rozando la copa de las palmeras
con el tren de aterrizaje. A su lado, Frederick Noonan consigue por fin expulsar
el aire que ha estado reteniendo en sus pulmones, con un ruidoso silbido de
admiración y alivio.
-Ha faltado poco, Amelia. Las apuestas deben estar ahora por
las nubes. Ayer me comentaban, un par amables caballeros, pilares del imperio
británico, el valor que tenía para viajar contigo. No se preocupen, les
contesté, el que pilota soy yo; ella me sirve café y queda muy mona en las
fotos- Una broma, según el retorcido sentido del humor de él y una provocación
insoportable para el ego hiper-desarrollado de ella.
-¡Eres un auténtico cerdo, Fred!, lo sabes, ¿verdad?...aunque
sea una broma. ¿Eres consciente de que en la recepción del gobernador había más
periodistas que distinguidos invitados? Y la mitad de ellos a sueldo de mi
marido. Si llega a olerse que te tomas alguna libertad conmigo…te corta las
pelotas. Si sospecha que quieres llevarte más méritos de los que te corresponden
como navegante y mecánico…te corta las pelotas. Y si yo no hubiera sobornado
generosamente al recepcionista del hotel de Lae…ten la seguridad de que tus
pelotas no valdrían ahora mismo ni un centavo- Amelia podría estar muy pagada de
si misma, pero sabía seguir una broma.
-Enciende la radio y busca una emisora con algo de música que
merezca la pena oír. Y estate calladito un rato, que ya estoy harta de tus
tonterías- Fin de las bromas. La jefa está nerviosa y además tiene disentería.
Mejor que se relaje un poco, piensa Fred.
Summertime,
And the livin' is easy
Fish are jumpin
And the cotton is high.
Your daddy's rich
And your mamma's good lookin
So hush little baby
Don't you cry
Fred aprovechó la pausa musical para hacer un rápido resumen
mental sobre su "compañera" de viaje:
La carrera de Amelia -la novia de América-, como uno de los
primeros fenómenos mediáticos, empezó, paradójicamente, como piloto
automovilístico. Había que tener valor para cruzar los EE.UU. de costa a costa
en los años veinte. Pero valor, o inconsciencia, como no dejaría de repetirle
nunca su madre, era algo que a la chica le sobraba. Además, el deportivo
amarillo chillón (El Peligro Amarillo), no pasaba inadvertido.
El primer avión que vio, con once años (una horrible cosa de
madera y cables oxidados, tal y como se lo describió), no le llamó
particularmente la atención. En 1920 se trasladó con su familia a California y
tuvo su bautismo de vuelo en un espectáculo aéreo ambulante. Breve bautismo de
diez minutos, pero suficiente para hacerle perder la cabeza por los aviones.
Su instructora de vuelo, una pionera llamada Anita (Neta)
Snook, le dio treinta horas de clases de vuelo y le firmó el certificado de
aptitud. Nunca la tuvo en mucha estima personal y era francamente crítica
respecto a sus dotes como piloto.
Siete años más tarde, con unos cuantos records batidos en su
haber, un avispado periodista de Nueva York andaba a la caza de una mujer piloto
que estuviese lo bastante chiflada para repetir el vuelo de Lindberg. Amelia
estaba como un cencerro -un adorable cencerro-, de eso no le cabía la menor
duda; pero no lo bastante para intentarlo ella sola. Aceptó el reto, siempre que
el avión fuera bien grande y lo pilotaran manos más expertas que las suyas.
Recordaba haberla oído decir la vergüenza que pasó cuando
aterrizaron con el monstruoso Fokker trimotor en el Sur de Gales -aterrizaron en
las islas británicas de puro milagro- y un poco lejos de Irlanda, el punto dónde
debían haberlo hecho, por un ligero error de navegación. El caso es que los
ingleses se volvieron locos con la intrépida americana y se olvidaron de los
pilotos que habían hecho el trabajo. Nunca una pasajera, que se había pasado el
vuelo durmiendo y leyendo ecos de sociedad, fue tan agasajada, ni un gancho
publicitario funcionó tan bien.
El avispado periodista, George Putnam, se forró con la
historia, se convirtió en su agente, su sombra y, finalmente, en su marido.
Amelia ya no era una jovencita a sus treinta y cuatro años y le corría prisa
casarse y fundar una familia. Lástima (suerte, para el bueno de Fred) que el
periodista tuviera otros gustos. La flamante esposa se convirtió en muy poco
tiempo en un estorbo que le impedía dedicarse a cortejar muchachitos, pero los
negocios son los negocios y había que dar la imagen de matrimonio bien avenido.
Amelia se desquitó comprándose un carísimo Lockhedd Vega y pulverizando unos
cuantos records más.
El negocio empezó a flaquear y su marido la convenció para
intentar el cruce en solitario del Atlántico, por primera vez desde Lindberg y
¡primicia! la primera mujer en la historia. Ella estaba absolutamente convencida
de lograrlo. Era la única.
Milagrosamente lo logró. Aún mayor milagro fue que aterrizara
en Irlanda, aunque tuvo que aterrizar en un prado y preguntarle a un sorprendido
labriego dónde se encontraba. El tipo le preguntó si venía de lejos y ella le
contestó que de América. El irlandés la miró de arriba abajo y la tomó por loca.
Un tipo sabio, el irlandés.
Toda Europa se volvió a enamorar de ella. En Nueva York
desfiló por la 5ª Avenida, el presidente Hoover la condecoró y el Congreso le
otorgó la Distinguished Flying Cross, concediéndosela por primera vez a
una mujer. El pelo corto, cuidadosamente despeinado, y los pantalones anchos de
vuelo, se convirtieron en 1932 en lo último en moda femenina.
Dos años más tarde, empezó a planear una descabellada
aventura: cruzar el Pacífico, desde las islas Hawai a California. Diez buenos
pilotos lo habían intentado: diez buenos pilotos muertos. El cabronazo de su
marido no intentó disuadirla; de hecho, fue quién se lo sugirió.
Otra vez se la jugó a cara o cruz y ganó. Un emocionado
presidente Hoover la felicitó, pero ya no había más medallas con las que
condecorarla.
Se conocieron, poco después, en la recepción de la embajada
en Ciudad de Méjico, en la que se celebraba el vuelo en solitario de Amelia
desde Los Ángeles. Compartían la misma adicción por el veneno de la aviación, la
ambición por ser los primeros en superar retos imposibles y una insaciable sed
por descubrir qué se esconde tras la línea del horizonte. La atracción mutua fue
instantánea y terminaron la velada en su habitación de hotel. Desde entonces,
Amelia veía cada vez menos a su marido y cada vez más a su navegante.
Al convertirse, sin proponérselo, en la mejor representante
comercial de la firma
Lockheed, le ofrecieron un
flamante Electra 10E; una maravilla tecnológica que alcanzaba una velocidad
máxima de 300 Km/h y contaba con espacio suficiente para una tripulación de
cuatro miembros y diez pasajeros. Siendo sólo ellos dos, el espacio sobrante se
podía aprovechar para instalar depósitos extra de combustible, una cama y un
aseo. Probaron todas las alternativas y todas les parecieron buenas. Tanto, que
en algunas escalas ni salían del avión.
La mayor autonomía de vuelo les posibilitaba intentar la
hazaña definitiva: la vuelta al mundo, siguiendo la línea ecuatorial. Algo con
lo que nadie se había atrevido a soñar.
Despegaron de Los Ángeles el 21 de mayo de 1937, con escalas
en Miami, Puerto Rico, Venezuela, Brasil, África, el Mar Rojo, la India
(logrando un nuevo record de distancia), Birmania, Malasia y Australia. El 29 de
junio de 1937 llegaban a Nueva Guinea.
Amelia estaba agotada, había contraído disentería en Malasia,
el avión no estaba en las mejores condiciones de vuelo y las reparaciones que le
hicieron en Australia resultaron una auténtica chapuza. Pero no hubo manera de
convencerla para que descansase unos días e hiciera efecto el tratamiento. Para
que guardara cama, no; no opuso ninguna resistencia, siempre que él estuviera a
su lado, encima o debajo.
-Llevas dos horas muy callado. No te habrá sentado mal lo que
te dije antes, ¿verdad? Aunque, por la torcida sonrisa que tienes, diría que no.
Tampoco voy a preguntarte en qué estabas pensando…puedo imaginarlo yo solita-
Fin de la cuarentena de silencio.
-Deberías dejarme pilotar un rato y descansar. Tienes mala
cara, dentro de poco tendrás que salir pitando al baño con un ataque de diarrea
y sería una pena que, después de un viaje tan bonito, termináramos
estrellándonos…por una cagalera-
-OK, pero sigo opinando que eres un cerdo. No sé como te
aguanto-
-Lo que tú digas, querida. Perdona si no me levanto para
acompañarte hasta el baño- El Electra, maravilla tecnológica o no, carecía de
piloto automático. Inconvenientes de no haberse aún comercializado.
-¡Fred!- Amelia, gritando desde el baño.
-¡No pasa nada, aún seguimos volando!- Fred, gritando desde
la cabina.
-Si oyes un ruido raro, no es ningún fallo del motor…son mis
tripas- Joder, ¿por qué tendrá siempre que decir la última palabra?
Summertime volvía a sonar, ahora en una emisora americana.
One of these mornings
You're going to rise up singing
Then you'll spread your wings
And you'll take to the sky.
But till that morning
There's anothing can harm you
With daddy and mamma standing by.
Amelia dormía desde hacía cinco horas y sólo se había
levantado tres veces para ir al baño.
El tiempo
seguía empeorando y amenazaba con convertirse en una tormenta tropical. ¡Bonito
día para volar!
-¿Aún no hemos recibido señal del Itasca?- El
guardacostas Itasca de la marina estadounidense, debía encontrarse en las
inmediaciones de la isla Howland, punto en el tendrían que cambiar de rumbo y
enfilar directamente hasta Honolulu.
-He enviado dos reportes por radio con nuestra posición. Aún
falta más de una hora para llegar al punto de encuentro. Sopla un fuerte viento
de cara y nos hemos retrasado. Tendremos que ahorrar combustible, si no queremos
terminar mojándonos los pies-
-¿Ves? Te dejo un momento y sólo me das malas noticias. Anda,
déjale los mandos a una profesional-
-A cambio de un beso, jefa. Por cierto, ¿te has visto la
cara? La misma que tenía mi patrona los domingos por la mañana, después de una
noche entera de juerga. Pero ella era sólo una amateur- Las malas pulgas de
Amelia, antes de desayunar, eran legendarias. Fred ya estaba acostumbrado y
solía responder con"piropos" típicos de Brooklin.
Una hora después, el Itasca seguía sin dar señales de vida.
-Amelia, ¿has pensado en qué ocurrirá cuando finalicemos el
viaje...si el combustible aguanta?-
-Deja las ironías para otro momento, Fred. Sí, llevo dándole
vueltas a la cabeza desde que salimos de Australia. Completar la vuelta al mundo
era mi meta, el motor que me impulsaba a seguir y no desfallecer. Ahora no estoy
segura. ¿Qué podríamos hacer después de esto? ¿Viajar a La Luna?-
-Yo estaba pensando en otro aspecto de la cuestión. Dando por
sentado que todo irá bien, no volveremos a estar a solas en mucho tiempo. Nos
asediarán con recepciones, homenajes y esas zarandajas, a ti mucho más que a mí,
y no tendremos ni un momento de intimidad. Por no hablar de tu marido. ¿Has
dicho ERA?-
-Eso mismo. Estoy enferma, cansada, aún me pone más enferma
pensar en el capullo de mi marido y creo que no podría soportar una sola
felicitación presidencial más. Además, hay otro problema: tú. Eres insoportable,
sarcástico, jamás me has dicho algo bonito, roncas y no tienes un centavo…pero
te quiero, Fred-
-Bonita forma de declararse, jefa. Tendré que pensar, cuando
todo esto termine, si te demando por acoso. Por otra parte, tú eres egocéntrica,
una sabionda marimandona, estás como una cabra, no sabes freír un huevo, te
conservas -para tu edad- y follas aceptablemente, aunque tienes que mejorar la
técnica de felación- En éste punto, Fred tuvo que esquivar la carpeta del plan
de vuelo, en rumbo de colisión con su cabeza.
-OK, era mi forma de decirte que estoy loco por tus huesos,
flaca-
La comunicación del Itasca, casi ininteligible por las
interferencias, señaló su posición e interrumpió el diálogo.
-¡No contestes, Fred! Aún hay más. Vamos a tener un hijo.
Estoy segura, llevo ya dos faltas- Amelia esperaba una reacción, buena o mala.
Pero su navegante la sorprendió con un prologado silencio, mientras tomaba el
mapa y trazaba un nuevo rumbo.
-Gira 135º, SSW. Ya te iré dando el rumbo-
-KHAQQ Electra, llamando al Itasca. 500 millas al Oeste.
Tiempo estimado de contacto (interferencias provocadas al golpear el micrófono
contra la carlinga). Tenemos una fuerte borrasca (más golpes), gastamos
demasiado combustible. Rezamos para poder llegar a isla Howland- Fred cortó la
cortó la comunicación, sin dar tiempo al Itasca a establecer su posición.
-¿Estamos haciendo lo que me temo?-
-Sí, Amelia. Vamos a desaparecer sin dejar rastro. Volamos
hacia Tuvalu, unas islas maravillosas, perdidas en mitad de la nada y con un
buen hospital. Tendremos nuestro bebé y nos ganaremos la vida llevando turistas
de isla en isla. Cuando acabe de hacerle unos "retoques" al avión, no lo
reconocerá nadie-
Summertime,
And the livin' is easy
Fish are jumpin'
And the cotton is high.
Your daddy's rich
And your mamma's good lookin
So hush little baby
Don't you cry
Las dos últimas estrofas de Summertime volvían a sonar en la
radio.
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El Electra comunicó con el Itasca dos veces más.
Comunicaciones cortas y dramáticas. La última era una llamada desesperada de
auxilio, antes de caer al mar. La marina de los EE.UU. organizó una operación de
búsqueda sin precedentes, sin encontrar el más mínimo rastro del avión.
Amelia Earhart se convirtió en mito y Frederick Noonan en
cita a pie de página.
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18 de diciembre de 2007. Funafuti. Tuvalu. Un diario local
inserta un anuncio por palabras: Vendo avión. Modelo desconocido. Antigüedad
para coleccionistas. Perfecto estado de conservación. Volando hasta hace 35
años. Razón: Amelia Noonan.
Apostilla del autor.
Sólo una.
Originalmente, el texto estaba destinado a ser un ejercicio,
presumiblemente en el de canciones –por eso la inclusión de la letra de la
canción, más vieja que la tos-.
Después de más de dos meses de espera, desde su envío, me da
en la nariz que o se ha suspendido el ejercicio o el texto enviado se ha
extraviado en los procelosos canales de los internetes.