EL PLACER DEL CASTIGO.
"¿Te has portado mal?- me dice mi marido al entrar en casa y
verme.
Llevo la ropa de castigo. Corsé negro que me deja los pechos
al descubierto. Mis lolas no son grandes pero los aros en que descansan las
hacen parecer mayores.
Del corsé salen las ligas para sujetarme las medias negras.
Mi cola queda al aire, remarcada al estar ceñido el torso. Mi concha depilada
brilla por la crema que me he puesto.
Los botines de taco muy alto estilizan aun más mi figura.
"¿Qué has hecho?"
"Me he hecho una pajita pensando en otro, no en vos"- le
contesto mirando al suelo, abanicando el aire con mis pestañas alargadas por el
maquillaje.
"Pensaba en Brad Pitt"
"Espérame en el salón, putita mala"
Voy a la sala, me paro bajo la argolla que hay en el techo.
Le espero sabiendo lo que vendrá a continuación.
Mi marido llega desnudo, en la mano una serie de cintas de
cuero unidas en un mango de madera con forma de falo, en la otra el cinturón del
albornoz. Tiene la verga semirrecta.
"Mereces treinta latigazos. Dame las manos, que te ate"
Lo hago y con la tira de algodón me esposa, y luego la pasa
por la argolla, tirando hasta que quedo estirada con los brazos en alto, el
cuerpo dispuesto para el castigo.
Se coloca a mi espalda, y me azota las nalgas. Son diez
latigazos. Me arde, me duele, me excita.
Cuando se para ante mí, la polla parece estallarle. Paso la
lengua por mis labios, relamiéndome de placer.
Le miro a los ojos, entregada mientras castiga mis senos. Los
pezones están duros como fresas, las aureolas rojas por los golpes. Gimo de
vicio, él parece un lobo dispuesto a comerse a su corderita. Son otros diez
latigazos.
Me abro de piernas, mis muslos separados dejan expuesto el
próximo blanco. Mi concha está totalmente mojada.
Ahora son golpes de abajo a arriba, no son tan fuertes. Con
el segundo empiezo a irme.
"¡ Qué puta sos!"
Con voz entrecortada, mientras me corro le contesto: " Soy tu
puta caliente"
He recibido mi castigo, he tenido un orgasmo y me descuelga.
Me quedo a cuatro patas, como una perra, y como una perra me coge.
Se arrodilla tras de mi, y me la clava de un golpe. Empieza
un mete saca violento, profundo y rápido. Los gritos de los dos se confunden
llenos de palabras soeces.
Me da nalgadas sobre la carne roja por los azotes. Me agarra
por la cintura cuando nota que la leche le va a estallar. Yo notando su semen,
vuelvo a venirme.
Me desata, mientras le limpio la pija con la lengua, recuerdo
la primera vez que gocé con el castigo. Tenía doce años, y mi padre me puso
sobre sus rodillas para darme unos azotes, había contestado muy mal a mi madre.
A la tercera palmada , me di cuenta que su miembro se erguía, chocando contra mi
vientre. Me dio apenas cinco golpes más.
Cuando llegué a mi habitación, me masturbé como una loca.