CASANOVA: (13ª parte)
CAPÍTULO FINAL:
Desde luego, estás hecho un sinvergüenza – dijo
Dickie.
Mi institutriz y yo estábamos en la cama de su dormitorio,
sudorosos y agotados tras una de nuestras tórridas sesiones de sexo, que cada
vez más habitualmente, complementaban las lecciones de enseñanza que ella
impartía.
Había pasado una semana desde mi "reconciliación" con Marta y
Marina, periodo que pasé absolutamente agotado, pues ahora que los impedimentos
parecían haber desaparecido, todas las chicas de la casa habían entrado en celo
a la vez, así que pasaba más tiempo hundido entre los muslos de una mujer que
haciendo cualquier otra cosa.
Y era peor cuando la afortunada era mi prima o mi hermana,
pues ellas, decididas a que no se reprodujeran las tensiones anteriores, siempre
acudían a mí en pareja, con el consiguiente esfuerzo físico que eso suponía.
Pero eso sí, yo estaba absolutamente feliz. Todo me marchaba
bien. Tenía a mi disposición un impresionante harén de hermosas mujeres no sólo
dispuestas, sino absolutamente deseosas de hacérselo conmigo, a lo que se unía
la complicidad por parte de mi abuelo, el absoluto desconocimiento por parte
paterna (o al menos eso aparentaba mi padre) y una madre que hacía la vista
gorda.
Pero esa mañana, después de una hora bastante intensa en la
cama de Dickie, una pequeña nubecilla apareció en el horizonte en forma de
frasecita de la inglesa:
¿Estás bien Oscar? Te encuentro un poco cansado.
Eso me dijo la muy puñetera después de que me derrumbara
agotado sobre ella tras correrme sobre su estómago. Ella, por su parte, parecía
no haber alcanzado los cien orgasmos habituales que solían acometerla cuando
estábamos juntos, sino sólo cincuenta, y claro, con su delicadeza habitual, tuvo
que hacerme notar que yo no estaba en plena forma. Hirió mi orgullo masculino
(el objeto más frágil del universo).
Decidido a que se tragara sus palabras, me zambullí entre sus
muslos, comiéndole el coño como un poseso, masturbándola con las dos manos hasta
lograr que se corriera como una burra. A ella le encantó el tratamiento, pero ni
por esas logré que mi polla despertara de nuevo.
Dolido, me tumbé junto a ella y comenzamos a charlar. Yo,
deseoso de justificarme, le expliqué todos los avatares de la última semana y
fue eso lo que provocó su comentario.
Desde luego, estás hecho un sinvergüenza.
Tenía razón.
Helen, lejos de escandalizarse al averiguar que me estaba
beneficiando a mi prima y a mi hermana ("Ya lo sospechaba" – me dijo), me
aconsejó que me tomara la vida con más calma, que ese ritmo que llevaba iba a
acabar conmigo.
Mientras pueda morirme aquí – dije juguetón,
hundiendo el rostro entre sus tremendas tetas.
Ja, ja – rió ella – Muy ladino, pero hoy no has
estado tan bien como siempre.
La puta que la parió. Sabía perfectamente que Dickie decía
aquello para hacerme rabiar, para molestarme y reírse así un poco de mí. Y lo
cierto es que lo consiguió.
Traté de poner buena cara y reírle la broma, pero por dentro
no paraba de darle vueltas a que ella tenía razón. Yo había sembrado vientos y
ahora recogía tempestades. Había seducido a un montón de mujeres una por una y
ahora tenía a un atajo de ninfómanas persiguiéndome a todas horas, de forma que
me encontraba permanentemente derrengado porque, claro, ellas me perseguían y yo
me dejaba atrapar.
Y las peores eran Marta y Marina, pues con las demás contaba
con la inestimable ayuda del abuelo, que se las trajinaba a base de bien, pero
mi primita y mi hermana eran cosa sólo mía y cada vez que nos lo montábamos me
follaban como si fuera la última cosa que iban a hacer en la vida. Carpe Diem.
Continuamente me tenían liado con excursiones a caballo, en
bicicleta, paseos los tres solos. Incluso me hicieron ir a "enseñarles" el
refugio de cazadores en el que sucedió mi aventura con Andrea. Casi lo echamos
abajo.
No me malinterpreten, no podía ser más feliz en aquellos
días, pero es que tenía las pelotas tan secas que al andar no las notaba. No iba
a poder aguantar mucho más. Ni el vigor de la juventud ni leches.
Salí del cuarto de Dickie un poco enfurruñado, sin hacer caso
de las miraditas cómplices y las risitas que me dedicaba Loli, que casualmente
estaba limpiando el polvo en el pasillo y que sin lugar a dudas había estado con
la oreja bien pegada a la puerta oyendo cómo yo conquistaba Inglaterra.
Bajé al recibidor y como aún faltaba un rato para almorzar,
salí a la calle a despejarme. Iba dándole vueltas en la cabeza a mi problemilla.
Se me ocurrían soluciones de lo más peregrinas, comer más, hacer más ejercicio,
comprarme un látigo para mantenerlas alejadas, mudarme lejos… Estupideces, en
fin.
¿Qué pasa Oscar?
Levanté la vista sorprendido y me encontré con Antonio que
llevaba un par de cubos de agua.
Buenas, Antonio. ¿Adónde vas con eso? – respondí yo.
¿Con los cubos? Voy a echarle una mano a Nicolás.
Tenemos que limpiar bien el coche, porque este fin de semana es la
verbena del pueblo y tu abuelo quiere llevarlo.
¡Ah, pues os ayudo!
Cogí uno de los cubos que llevaba Antonio y ambos nos
dirigimos a la parte lateral de la casa, donde había construido un pequeño
techado para el coche. Allí esperaba Nicolás, el dueño de una monumental polla
de 30 centímetros capaz de enloquecer a la más casta de las mujeres.
La situación con Nico no había mejorado mucho desde que le
sorprendí en la cocina con María. Él no sabía nada acerca de mi plan de acoso al
ama de llaves, pero sí era consciente de que yo conocía su "enorme secreto". Por
eso, últimamente me evitaba continuamente. Se veía que no estaba cómodo a mi
lado, le daba vergüenza. Era otro asunto que había que solucionar.
Nico había sacado el coche de debajo del techado, para no
mojar el suelo dentro. Al ver que yo también me aproximaba, el rostro del chofer
se oscureció visiblemente. Antonio notó que algo raro pasaba, pero muy
prudentemente, se abstuvo de hacer ningún comentario. Yo, por mi parte, decidí
aparentar que nada pasaba, así que alegremente me uní a las operaciones de
limpieza.
Más tranquilo al ver que yo no me sentía incómodo con la
situación, Nico comenzó a repartir instrucciones entre los dos: tú limpia los
faros, tú trae más agua, el cristal delantero, quita el polvo… En fin, que nos
cundió bastante el trabajo.
Fue un rato agradable, allí los tres trabajando al sol.
Antonio y yo no parábamos de cotorrear y bromear, e incluso Nico participó un
poco en la conversación. Poco, eso sí, pero eso no era raro pues no era muy
hablador.
Justo cuando terminábamos, Marina llegó en mi busca para
avisarme de que la comida estaba lista. Me despedí de mis compañeros y regresé
con mi hermana a la casa. Cuando doblamos la esquina del edificio, de forma que
nadie podía vernos, Marina aprovechó para darme un buen pellizco en el culo.
¿Qué tal te lo has pasado en clase? – dijo.
¿Eh?
Pues espero que no demasiado bien, porque esta tarde
vamos a ir a buscar espárragos.
Dios mío.
¿Andrea también viene? – pregunté indeciso, puesto
que si mi prima mayor venía, entonces era que de verdad íbamos a buscar
espárragos.
No, que va. ¿Es que no tienes bastante con nosotras?
Me muero – pensé.
Durante el almuerzo, que engullí con ganas, mi mente empezaba
a madurar un plan. Era un tema que ya había considerado antes y no lo había
puesto en práctica por un poco de egoísmo. Me explico.
Un tiempo atrás se me había ocurrido la idea de reunir en una
habitación a Nico y a Dickie, la polla mayor de la comarca con la zorra mayor de
Inglaterra. Estaba seguro de que si lo lograba, a ambos iba a encantarles el
plan, porque entregarle a Dickie tamaño instrumento era el mejor regalo posible
y darle a cualquier hombre la posibilidad de acostarse con semejante mujer…
sobran las palabras.
Pues eso, que si hasta ahora no había intentado llevar a la
práctica ese plan era por temor a que una vez que Helen hubiera catado el
manubrio de Nico, quizás no quisiera saber nada más de mí. Y de eso nada
(egoísmo puro).
Pero ahora yo andaba tan cansado que necesitaba ayuda para
atender a mis "obligaciones", y si lograba tener satisfecha a Dickie… mucho
habría adelantado.
Y es que Dickie era la clave. Con Marta y Marina no había
nada que hacer. Tenía que estar disponible para ellas cada vez que se les
antojase, porque por nada del mundo quería yo que volviesen a enfadarse conmigo
(y por nada del mundo hubiera renunciado yo a hacérmelo con aquellas diosas).
Con las demás criadas no había tanto problema, porque aunque me perseguían (y me
pillaban) siempre cabía la posibilidad de esquivarlas y evitar situaciones
comprometidas (a no ser que no me apeteciera hacerlo y me dejara atrapar). Pero
con Dickie no había escapatoria posible, pues cada mañana pasábamos horas a
solas encerrados en su habitación, y cada vez que la señora tenía ganas de
marcha acabábamos encamados, porque era absolutamente imposible resistirse a
aquella mujer (amén de que yo no quería resistirme).
Pues eso, que estaba dándole vueltas a la idea de que si
lograba tener satisfecha a Helen, podría descansar mucho más y estar en mejor
forma para todas las circunstancias que fueran presentándose, y si algo era
capaz de tener satisfecha a Dickie… sin duda era la polla de Nicolás.
La tarde transcurrió maravillosamente bien, aunque yo regresé
sin ningún espárrago y completamente destrozado, mientras que las chicas traían
una sonrisa de oreja a oreja.
Mentalmente iba dándole vueltas a mi plan, y en eso pasé el
resto de la tarde hasta la hora de cenar, porque la verdad es que no me quedaban
fuerzas para nada más.
A la mañana siguiente desperté completamente dispuesto a
ejecutar mi plan, así que me tomé un buen desayuno y me dirigí a clase. Por
fortuna, Helen se apiadó de mí y aquella mañana nos dedicamos tan sólo a las
clases, cosa que agradecí bastante.
En cierto momento, me mandó realizar una serie de ejercicios
en mi cuaderno, y yo empecé a mantener una charla intrascendente con mi maestra
mientras los hacía.
¿Sabes? – dije en cierto momento – Ayer estuve
ayudando a Nico y a Antonio a lavar el coche.
Estupendo – contestó Helen, sin prestarme mucha
atención.
Y Nico me dijo una cosa muy curiosa.
Ya veo – dijo ella sin hacerme ni caso.
Estuvimos hablando de las chicas que hay en la casa.
Ahá.
Ya sabes, sobre cual está más buena, la que tiene
mejores tetas…
Ay, todos los hombres sois iguales – dijo la
institutriz enfrascada en la lectura de unos papeles.
Pues Nicolás dijo que sin lugar a dudas tú eras la
mujer más bella no sólo de la casa, sino de toda la región.
Al decir esto, logré que por fin Helen se fijara en mí. Alzó
la vista bastante sorprendida y dijo:
¿Cómo?
Lo que has oído. Por lo visto le gustas a Nicolás.
¿No lo sabías?
Anda niño, no digas más tonterías y termina esos
ejercicios.
Tras decir esto, Dickie volvió a sumergirse en sus papeles,
pero yo noté que la había puesto un poco nerviosa. Y es que todas las personas
nos parecemos en esto. Si nos dicen que le gustamos a alguien… no podemos evitar
pensar en él.
La primera parte de mi plan estaba lista. La segunda fue
igual de fácil, pues consistió simplemente en mantener una charla parecida con
Nicolás, dejando caer que me había dado cuenta de que Helen miraba con "ojitos"
al bueno de Nico. Él me dio un coscorrón y dijo que no me burlara, pero yo noté
que se quedó un tanto intranquilo.
En los siguientes días pude ver cómo mi plan iba dando sus
frutos. Era divertido observar lo incómodos que se sentían Nico y Helen cada vez
que se encontraban. Se saludaban entrecortadamente y se marchaba cada uno por su
lado, consiguiendo así que pensaran que yo les había dicho la verdad.
Bueno, aquello había que dejarlo madurar y yo así lo hice. En
alguna ocasión, charlando con alguno de ellos me preguntaron como quien no
quiere la cosa acerca de las palabras exactas que el otro había pronunciado. Ya
saben "Oye, Oscar, ¿qué fue lo que dijo la señorita Dickinson de mí?" o "¿En
serio dijo Nicolás eso? No parece propio de él". Y yo juraba y perjuraba que
todo era cierto.
Pero llegó el fin de semana y tuve que interrumpir mis
planes, pues se avecinaba un acontecimiento bastante importante: las fiestas del
pueblo.
Todos los años esperábamos con ilusión las festividades de la
patrona, pues el pueblo entero se engalanaba para la ocasión, celebrándose una
gran verbena, con baile incluido. La familia acudía todos los años, y nos
pasábamos todo el día de fiesta, bailando y comiendo, hasta bien entrada la
madrugada. Algunos años habíamos regresado a casa al amanecer, después de una
juerga tremenda.
Y no sólo nosotros teníamos ganas de ir a la verbena, sino
que todos los mozos jóvenes de la región estaban deseando que fuéramos, pues
durante las fiestas, todas las chicas del servicio tenían el día libre, con lo
que de pronto aparecían en el pueblo un montón de mocitas hermosas y bastante
cachondas.
El sábado nos levantamos temprano para acicalarnos. La mayor
parte de las criadas no estaban ya en casa, sino que se habían marchado la tarde
anterior para pasar la noche en casa de sus familias. Esto se hacía porque no
teníamos medios de transporte suficientes para irnos todos a la vez al pueblo,
aunque yo estaba convencido de que no hubieran faltado voluntarios para venir a
recogerlas.
Nos vestimos todos con nuestras mejores galas. Las chicas
estaban preciosas, con sus vestidos veraniegos estampados. La verdad es que
aquella mañana no me hicieron mucho caso, pues estaban bastante excitadas con la
perspectiva de pasarse el día coqueteando y enloqueciendo a los mozos del lugar.
Por fin, a media mañana nos pusimos en marcha. Nicolás
conducía el coche, en el que iban mis dos primas y mi hermana en la parte de
atrás y tía Laura en el asiento del acompañante. Por desgracia no había ninguna
razón para que fuera yo también allí, pues me hubiera encantado montarme en el
coche con las chicas, allí bien apretadito.
Así que tuve que conformarme con ir en mi caballo, como
siempre, acompañado del abuelo, que montaba el suyo.
Papá fue el encargado de conducir el carro, acompañado de
mamá, de Mrs. Dickinson, Brigitte y María, únicas empleadas sin familia en la
región, por lo que habían permanecido en casa.
La marcha fue muy alegre y divertida, las chicas incluso
llegaron a animarse a cantar, haciéndolo tan mal que nos reímos todos a gusto.
Yo cabalgaba al lado del abuelo, manteniendo con él una de nuestras charlas, ya
saben, principalmente acerca de mujeres.
Por fin, llegamos al pueblo. Dejamos los caballos en un
establo que había a la entrada de la villa, cuyo propietario lo ponía a
disposición de los visitantes durante las fiestas. Allí dejamos también el carro
y el coche.
Todos juntos nos dirigimos a la plaza mayor, donde estaba
organizada la verbena. Todo estaba decorado; había guirnaldas y farolillos por
todas partes, flores en las ventanas, banderitas, cadenetas… La gente se
aglomeraba allí, charlando y riendo. Aún era temprano, así que la banda del
pueblo aún no había empezado a tocar, pero alguien había llevado un viejo
gramófono que tocaba pasodobles, con lo que algunas parejas se habían arrancado
a bailar.
Había puestos con comida, golosinas, garrapiñados y algodón
dulce, había tenderetes de bebidas, con unos enormes cubos llenos de barras de
hielo, donde mantenían enterradas las botellas de vino y cerveza.
Todo era algarabía y diversión y nosotros, obviamente, pronto
nos dejamos arrastrar.
Entonces eran otros tiempos, no había tantas oportunidades de
salir por ahí a divertirse, así que teníamos que aprovechar bien las que se
presentaban. Enseguida nos repartimos cada uno por su lado, deseosos de
disfrutar de la fiesta.
Durante la mañana, me encontré con varias de las chicas, que
me obligaron a bailar con ellas. Fue divertidísimo ver las caras de envidia de
los mozos mientras me marcaba un buen pasodoble con Vito y con Mar. Y claro, yo
disfruté enormemente del bailecito, ya que, dada la diferencia de estatura, mi
mejilla quedaba cómodamente apoyada sobre los senos de mi compañera de baile de
turno. La gloria.
Así transcurrió la mañana, entre juerga, risa y baile. Había
llegado incluso a beberme un vasito de vino (entonces no había tantas tonterías
como ahora acerca del alcohol, que es como todo en la vida, bueno si es en
pequeñas dosis). Entonces conocí a Néstor.
Era un chico un par de años mayor que yo, que andaba por allí
zascandileando. Me hizo gracia, pues me di cuenta de la forma en que miraba a
las chicas guapas con las que se cruzaba. Me di cuenta entonces de que estaba
echándole mal disimuladas miradas a mi primita Andrea, que en ese preciso
momento bailaba con mi padre.
Decidí acercarme a él, para hacer un nuevo amigo, cosa que a
esas edades es mucho más sencilla.
Guapa ¿eh? – le dije simplemente acercándome.
¡Uf! Guapísima.
Es mi prima Andrea. Si quieres te la presento.
Él me miró sorprendido un segundo. Después sonrió.
No, gracias. No sabría ni qué decirle. Sólo soy un
crío.
Me llamo Oscar – dije.
Yo soy Néstor.
Encantado.
Lo mismo digo.
Y ya está. Entre dos chavales no hace falta mucho más para
conocerse. Pasamos el resto de la mañana juntos, correteando por ahí y pasándolo
bien, especialmente espiando a las chicas.
A mí me hacía gracia todo aquello, pues Néstor era un
adolescente en plena efervescencia, y todo lo que se asemejara al revuelo de una
falda lo atraía. Además, dada su absoluta falta de experiencia, me sorprendía
muchas veces con comentarios absolutamente inocentes y descabellados.
Pero claro, yo no le corregía en nada, pues no hay mejor
manera de estropear una amistad que andar siempre diciéndole al otro que se
equivoca y que no sabe nada acerca de un tema.
Pues así seguimos toda la mañana, charlando y caminando entre
los puestos. Hacíamos comentarios un tanto machistas en cuanto se nos cruzaba
una chica guapa, ya saben, principalmente acerca de su volumen mamario o de la
redondez de su grupa y de cuánto nos gustaría verificar esas medidas por
nosotros mismos.
Inevitablemente la conversación derivó hacia las chicas del
servicio de mi casa, pues en cuanto Néstor se enteró de dónde vivía yo, comenzó
a bombardearme con preguntas sobre las chicas, pues la casa de mi abuelo era muy
conocida en la región (y su fama de mujeriego también).
Cada vez que nos encontrábamos con una de las chicas, yo le
decía a Néstor su nombre y las saludaba para ver cómo mi amigo se ponía verde de
envidia al ver que tenía tanta confianza con aquellas beldades. Yo me reía
interiormente al ver cómo el chico miraba boquiabierto cada vez que una de las
chicas me daba un beso en la mejilla o me preguntaba si quería bailar.
Entonces se me ocurrió darle una pequeña alegría. Y en buena
hora se me ocurrió, pues eso sería el inicio de una aventurilla muy provechosa.
Oye, Néstor – le dije - ¿Te gustaría bailar un poco
con una de ellas?
¿Yo? – dijo incrédulo - ¡Tú estás loco! ¡Me moriría
de vergüenza! ¡Además, no sé bailar!
Vamos, no seas tonto. Que ninguna te va a comer.
¡Mira! Allí está Loli. Es simpatiquísima y le encanta bailar.
Y salí corriendo hacia donde estaba la criada, charlando con
otras mocitas del pueblo y luciendo palmitos ante un grupo de jóvenes que la
miraban embobados.
Hola guapetón – me dijo al verme llegar – Por fin te
has pasado a saludarme, que me tienes abandonada.
Hola Loli – le dije – Muy buenos días – dije
dirigiéndome a sus compañeras de charla.
Mira el niño, qué educadito – dijo una.
Buenos días a ti también, nene – dijo otra.
Sí, sí, nene. Si ellas supieran…
Loli, ¿puedes venir un segundo? Quiero pedirte una
cosa.
Claro, cariño… - respondió la doncella.
Ambos nos apartamos unos pasos y yo le susurré a la muchacha:
Loli, guapa, ¿por qué no te marcas un baile con mi
amigo?
¿Con tu amigo? – dijo ella, sorprendida.
Sí… Verás, es que es un poco tímido.
Loli alzó la mirada y le echó un buen vistazo a Néstor, que
no sabía donde meterse.
El pobre nunca ha bailado con una chica. Y he pensado
que… bailando con una chica tan guapa como tú…
Ya veo – respondió ella.
¿Entonces? ¿Lo harás?
Claro, hombre. Ve y dile a tu amigo que se acerque.
Gracias Loli. Y ya sabes…
¿Qué?
Haz que se acuerde del baile durante mucho tiempo –
dije sonriente.
Ella no respondió, pero la extraña luz en sus ojos me indicó
que había comprendido.
Vamos Néstor – dije acercándome a mi amigo.
¿Adónde? – dijo él, haciéndose el tonto.
A bailar con las chicas.
¿En serio?
Claro hombre. Loli dice que eres muy guapo y que no
le importa bailar una canción contigo.
Venga ya.
Que sí chico, en serio.
Y de un tirón lo arrastré hasta donde esperaba Loli.
Vaya, vaya, tu amigo es muy guapo – dijo la criada en
tono zalamero.
Gr... gracias – balbuceó Néstor.
Ven, hombre... que no te voy a comer...
Diciendo esto, Loli se agarró al pobre Néstor, haciendo que
colocara una de sus manos en su cintura, peligrosamente cerca de su trasero.
Néstor, tieso como un palo y colorado como un tomate, procuraba mantener la
cintura apartada de Loli mientras bailaban, sin duda porque alguna parte de su
cuerpo había despertado, pero lo único que conseguía era que Loli se pegara
todavía más, frotando bien su muslo contra el chico.
Yo, por mi parte, me estaba marcando un bailecito con Mar,
que pasaba por allí, aunque en nuestro caso era yo el que me frotaba
disimuladamente contra el muslamen de mi pareja, con el consiguiente sofoco de
la chica.
Oscar, que nos van a ver – susurraba Mar mientras
trataba de mantenerme alejado.
Me importa un huevo – pensaba yo mientras me pegaba
más.
El baile duró sólo unos minutos, pero estoy seguro de que a
Néstor se le hicieron eternos. Cuando terminó, todos aplaudimos a la banda y yo,
tras despedirme de Mar con un beso en la mejilla, fui en busca de mi amigo. Fue
entonces cuando me di cuenta de que, entre las parejas que bailaban, destacaba
la preciosa Helen acompañada de mi buen amigo Nicolás. Je, je, la cosa marchaba.
Me reuní con Néstor a un lado de la plaza, y la expresión del
chico (un tanto ida), me demostró que se lo había pasado realmente bien.
¿Qué? ¿Te ha gustado bailar con una chica? – le
pregunté.
Tío, ha sido la ostia.
Je, je.
Macho, incluso le he tocado un poco el culo...
¿De verdad?
Sí – dijo él asintiendo vigorosamente - ¡Y no veas
cómo se pegaba!
Es que a Loli le gusta mucho bailar.
¡Ah! ¿Se llama Loli?
¿No te lo ha dicho ella?
Sí, creo que sí, pero sentía un zumbido en las orejas
y no me enteraba de nada de lo que decía.
Yo me reí con ganas de aquello, mientras Néstor me miraba
divertido.
¿De qué te ríes? – me dijo levemente picado.
De ti, tío – respondí riendo – Tienes menos
experiencia que yo con las chicas.
¿En serio? ¿Acaso has visto unas tetas alguna vez?
Porque yo las veo siempre que quiero.
Aquello me interesó bastante.
¿De veras? ¿Las tetas de quién?
No puedo decirlo – dijo Néstor poniéndose serio.
Venga, tío. Que yo he hecho que bailaras con Loli. Y
yo quiero ver tetas.
De hecho, yo SIEMPRE quería ver tetas.
¿Levas pasta? – me soltó de sopetón.
¿Pasta?
Sí, Oscar, pasta, dinero.
No, si te he entendido, pero ¿para qué?
Pues para poder ver tetas – dijo como si fuera la
cosa más natural del mundo.
Aquello me sorprendió bastante.
¿Tú pagas para poder ver tetas?
Claro, no seas crío. Conozco a una chica que te las
enseña por un real.
Os parecerá una tontería, pero, aunque yo era todo un experto
en materia de mujeres, el pagar por estar con una era algo que no se me había
ocurrido.
¿Te refieres a una puta? – pregunté inocentemente.
No, tío, Margarita no es ninguna puta. Es sólo que
enseña las tetas a cambio de dinero. Pero sólo a la gente que es de su
confianza.
Que tiene dinero, vaya – pensé sin equivocarme
demasiado.
Entonces ¿qué? ¿tienes dinero o no?
Sí, claro, mi abuelo nos da dinero para la verbena.
Pues si quieres la buscamos y ya verás.
Pues vamos.
Néstor me miraba un poco sorprendido, supongo que le
extrañaba la tranquilidad con que yo me tomaba la posibilidad de ver un par de
tetas. Él, en cambio, se mostraba cada vez más nervioso a medida que nos
movíamos por el pueblo en busca de la tal Margarita. Dimos unas cuantas vueltas
por la plaza, hasta que, de repente, Néstor localizó a la chica.
¡Allí está exclamó!
¿Dónde?
¡Allí, junto a aquella puerta!
Como un rayo, salió disparado hacia donde se encontraba la
chica, aunque, cuando le faltaban 15 o 20 metros para llegar adonde estaba ella,
frenó bruscamente, avanzando muy despacio.
Alcancé a Néstor y me puse a su lado, echando un buen vistazo
a la chica. En realidad había varias apoyadas en la pared junto a la puerta de
una casa, pero mi instinto me indicó claramente quien era Margarita.
Sorprendentemente (pues no tenía muchas esperanzas) era una
chica bastante atractiva. Tendría unos 18 años, 1,60, pelo castaño rizado suelto
sobre la espalda. Vestido de flores, un tanto ajado y una expresión pícara en su
semblante que hizo que un escalofrío recorriera mi columna. Lentamente,
saboreaba una manzana bañada de caramelo, lo que le daba un toque de lolita la
mar de excitante.
Aquí va a haber tema – pensé.
Nos acercamos lentamente a la chica, mientras ella nos echaba
un desinteresado vistazo, como si no le importara un bledo nuestra presencia.
Nos paramos delante suya, mientras ella fingía ignorarnos. Torpemente, Néstor
comenzó a negociar la transacción.
Ho... hola Margarita – balbuceó.
Hola – dijo ella sin mirarle siquiera.
No sé si te acuerdas de mí. Soy Néstor, el primo de
Bartolo.
Sí, creo que me suenas de algo.
Néstor tragó saliva antes de continuar.
Bueno, me preguntaba si querrías que... ya sabes, si
quieres que te invite a algo.
¿Y tu amigo? – dijo la chica señalándome con la
barbilla.
Yo también quiero invitarte a "algo" – dije con
retintín.
Ella abrió un poco los ojos, sorprendida por mi aplomo.
Supongo que estaba acostumbrada a tratar con críos salidos a los que manejaba a
su antojo, pero yo intuía que a ella le iba otra cosa.
¿Tenéis dinero para "invitarme"? – dijo ella imitando
mi tono.
Cla... claro – acertó a contestar Néstor.
¿Y tú?
Por supuesto preciosa. Suficiente para "invitarte" a
lo que quieras – respondí con descaro.
Pues vamos – dijo ella dándole un último bocado a su
manzana – Toma, acábatela tú.
Tras decir esto, entregó el resto de la manzana a una de las
chicas que la acompañaban, las cuales nos echaban miraditas mientras se reían,
cuchicheando entre ellas.
Nos pusimos en marcha, con Margarita a la cabeza de la
comitiva. Yo me mantenía ligeramente retrasado, para poder admirar el trasero de
la chica, que se mecía con el suave compás que las mujeres saben imprimir a sus
caderas cuando quieren. Néstor, un poco más tranquilo, trataba de conversar con
la chica, pero ella le contestaba sólo con monosílabos, mientras de reojo me
controlaba a mí. Aquello me gustó.
Como el que no quiere la cosa, fuimos apartándonos de la
algarabía del pueblo, metiéndonos por las calles que se alejaban de la plaza.
Cada vez nos cruzábamos con menos gente, hasta que, de pronto, Margarita se
detuvo frente a un portal.
A ver, primero quiero ver el dinero.
Néstor y yo le mostramos unas cuantas monedas, él forcejeando
nerviosamente con el bolsillo de sus pantalones, yo calmado y reposado.
Satisfecha al ver que no íbamos de vacío, Margarita continuó.
¿Es de fiar? – preguntó refiriéndose a mí.
Claro – respondió rápidamente Néstor, que ya olía el
par de tetas – Ya sabes que mi primo me recomendó a ti y yo no traería a
nadie que se chivara.
Pues no sé yo si el Bartolo es muy de fiar.
A Néstor se le hundía el suelo bajo los pies.
Va... vamos Margarita, sabes que...
Anda, déjalo – le interrumpí – Además, dudo mucho que
lo que hay debajo de ese vestido valga un real.
Néstor me dirigió una mirada asesina.
Vaya, vaya con el pimpollo. Así que vas de sobrado...
– dijo la chica – Seguro que ves un par de tetas y te cagas en los
pantalones.
No creo que eso pase – respondí con aplomo – Además
sigo diciendo que las tuyas no son para tanto.
Mientras decía esto, mi mano se disparó hasta los senos de
Margarita, sobándolos un segundo. Ella, tras la sorpresa inicial, me soltó un
bofetón con bastante mala leche, pero yo, que sabía perfectamente cómo iba a
reaccionar la chica, la sujeté por la muñeca y deposité en su mano dos monedas
de un real. Después, con los años, he visto esa misma escena unas cuantas veces,
en el cine. No se crean lo que cuentan los guionistas de Hollywood, eso lo
inventé yo.
Serás cabrito – siseó Margarita.
¿Por qué? – respondí desafiante – Te he pagado el
doble ¿no? Lo justo es que me des un poco más.
Ella me miró con ojos ardientes, deseosa de que me partiera
un rayo, pero entonces sus ojos se fijaron en las dos relucientes monedas de su
mano y su enfado dejó paso a la mentalidad empresarial.
Bueno, vale, pero como el enano éste vuelva a
propasarse le meto un sopapo que...
Sí, vale, vale, lo que tú quieras – respondí yo.
Néstor me miraba con una mezcla de sorpresa y respeto. No
entendía cómo yo era capaz de portarme así con la chica.
Margarita, tras echar sendos vistazos a los lados de la calle
para asegurarse de que no nos veía nadie, sacó una llave de un bolsillo y abrió
la puerta. Nos hizo entrar rápidamente y cerró la puerta tras de sí.
Penetramos en el portal de la casa. Se trataba de un pequeño
edificio de tres plantas, en el que había un total de seis viviendas. El portal
era espacioso, con una escalera que llevaba a los pisos superiores, y al fondo,
tapada parcialmente por la escalera, había una puerta que daba al patio común, y
junto a ella, una ventana cerrada que supuse daba al mismo patio.
¿Tú vives aquí? – pregunté a Margarita, aunque ya
sabía la respuesta al verla usar la llave.
¡Shist! – me indicó la chica – Si haces un ruido más
se acabó el negocio.
Tranquila – respondí – Aquí no hay nadie. Todo el
mundo está en la verbena.
Margarita se dirigió al fondo del portal, junto a la puerta
del patio. Sin esperarnos, se metió bajo el hueco de la escalera, desapareciendo
de nuestra vista.
Vamos – dijo Néstor muy nervioso – Ahí es donde nos
las enseñará.
Con calma, seguí al chico, que parecía a punto de cagarse de
miedo. Nos juntamos en el hueco de la escalera, justo bajo la misma, que era
bastante más grande de lo que parecía desde la entrada.
Allí, esperándonos, estaba Margarita, con la espalda apoyada
en la pared, aunque no podía verla con claridad, pues dentro había poca luz.
Bueno, terminemos rápido – dijo la chica.
Noté que comenzaba a desabrocharse los botones de la pechera
del vestido, pero allí debajo no se veía bien, así que protesté.
Oye, aquí no se ve nada. Hay muy poca luz.
Pues te aguantas – me espetó la moza.
Eso, Oscar, no incordies – me dijo Néstor, nervioso
por si yo fastidiaba lo bueno.
De eso nada – continué en mis trece – te he pagado
muy bien para ver qué escondes ahí debajo, y aquí no se ve nada.
Me di la vuelta y abrí un poco la ventana del patio, dejando
entrar un rayo de luz que deshizo las tinieblas.
¡Cierra ahí, idiota! – exclamó Margarita – Si hay
alguien en el patio nos pillará.
Te repito que hoy todos están en la verbena. ¿Lo ves?
¡Nadie!
Mientras decía esto abrí la ventana de par en par, inundando
el portal de luz. Margarita dio un gritito, cerrándose con las manos el vestido
que ya se había abierto parcialmente.
¡Cierra! – gritó.
Vaya, ya no te preocupa que nos oigan ¿eh? – dije
sonriendo.
A pesar de mi tono irónico, le hice caso y entorné la
ventana, dejando penetrar sólo la luz suficiente para no perderme detalle del
espectáculo.
¡Yo me largo de aquí! – exclamó Margarita
abrochándose los botones - ¡Malditos críos!
Pe… pero Margarita… - balbuceaba Néstor, que veía que
su oportunidad de ver pechuga se esfumaba por momentos.
¡Ni Margarita ni ostias! ¡Putos mocosos del demonio!
Serenamente, me planté delante de la chica.
Bien, si quieres lo dejamos, pero devuélveme el
dinero.
¡Y una mierda te voy a devolver! ¡Quítate de en medio
o te calzo dos tortas!
Hazlo y no tardo ni un minuto en contar por todo el
pueblo la manera que tienes de ganar dinero.
Se quedó petrificada. Me miró fijamente, más asustada que
enfadada, con lo que comprendí que se había tragado mi farol.
Bueno – dijo tratando de aparentar calma, para
demostrar que seguía siendo ella quien controlaba la situación – Tienes
razón, me has pagado y yo necesito el dinero.
Margarita había decidido ignorar mi amenaza, haciendo como si
no se hubiese producido. Entendí que aquello era lo que más miedo le daba a la
chica: que se enterasen de que se exhibía por dinero.
Muy razonable – dije tratando de poner paz – Así
seguro que nos entenderemos.
Margarita reculó, metiéndose de nuevo bajo la escalera. Sin
esperar más, volvió a desabrocharse los botones del vestido y pronto quedó al
descubierto su sujetador, de color blanco, tosco, muy alejado de las finezas que
yo a acostumbraba a ver en mi casa.
La chica estaba dotada de un buen par de senos, de piel
ligeramente tostada, aunque se adivinaba su tono mucho más pálido en la parte
tapada por las copas. No eran ni de lejos las más espectaculares que había
visto, pero de sobra bastaron para comenzar a meterme en situación.
Margarita, coqueta ella, nos permitió contemplar sus bellezas
cubiertas por el sostén durante un rato, disfrutando de la admiración que
despertaba, especialmente en Néstor, cuyos ojos se salían de las órbitas.
Entonces notó que yo no me admiraba tanto como mi amigo, así que su ego hizo que
me preguntara:
¿Qué? ¿Se te ha comido la lengua el gato? Te has
quedado mudo.
No, en absoluto – respondí sin dudar – Es que
esperaba algo un poco mejor.
El chispazo de enfado que brilló en sus ojos me hizo
comprender que había logrado mi objetivo de ofenderla. Néstor también me miró
sorprendido, pero sólo un segundo, pues en seguida volvió a clavar sus ojos en
los pechos de la chica.
Ya, seguro – dijo Margarita riendo – Apuesto a que
son las primeras que ves en tu vida.
Si quieres creer eso… tú misma – respondí – Pero te
aseguro que las he visto mucho mejores.
¿En serio? ¿Mejores que estas?
La chica ya estaba abiertamente enfadada, así que, sin perder
un segundo se desabrochó el sostén y se lo quitó, sin más ceremonias, dejando
sus domingas al aire, con lo que pude constatar que no estaban nada mal.
Agarrándose una con cada mano, Margarita se las levantó,
haciendo que apuntaran hacia mí desafiantes, mientras exclamaba:
¿Y ahora qué, niñato? ¿Qué te parecen? ¿Eh?
No están mal – respondí muy tranquilo – Aunque te
repito que las he visto mejores.
Margarita no supo qué responder, desconcertada. Acostumbrada
a tratar con mozos salidos del pueblo que se la comían con los ojos, de pronto
se encontraba con un crío que no temblaba ante su sola presencia y que se
dirigía a ella con total aplomo. Sin comprender lo que pasaba, sólo se le
ocurrió una peregrina explicación:
Pe…pero ¿tú eres maricón o qué?
Entonces fui yo el ofendido. Decidí que aquella mujer no se
me escapaba viva.
¿Maricón? ¿Yo? ¡En cuanto quieras te hago una
demostración de lo maricón que soy!
Cuando crecí y maduré, dejó de importarme lo que la gente
pudiera pensar de mi condición sexual, pero, a aquellas edades, era algo muy
importante para mí que se supiese lo macho que yo era. Especialmente con un
amigo delante que me miraba como si aquello explicara mi extraño comportamiento
con la chica.
Margarita, contenta pues notó que aquello me había molestado,
se sintió una vez más dueña de la situación, y comenzó a pavonearse, haciendo
oscilar sus pechos frente a mí, mientras se burlaba.
Claro. Ahora lo entiendo – me decía – Es normal que
no te gusten.
Mientras decía esto, balanceaba las caderas en lo que según
ella debía ser una danza provocadora, logrando únicamente que sus pechos
bambolearan de un lado a otro, cosa que a Néstor parecía encantarle.
Te doy dos reales más si me dejas tocarte – le espeté
de pronto.
¿Qué? – exclamó Margarita, sorprendida, deteniendo el
bailecito.
Que te doblo el dinero si me dejas que te toque.
Margarita dudó un instante, pues 4 reales era mucho dinero en
aquella época.
Estás loco – susurró dubitativa.
Venga – insistí – Si soy maricón. ¿Qué más te da? Es
para saber lo que se siente tocando a una mujer.
Sabiendo bien de qué pié cojeaba aquella chica, saqué las
monedas del bolsillo y se las mostré a Margarita, que mantenía fija la mirada en
las relucientes monedas. Mientras, Néstor contemplaba estupefacto la escena, sin
decir esta boca es mía.
La chica seguía dudando, así que le di el arreón final.
Pensándolo mejor… te doy una peseta entera.
La chica me miró estupefacta.
Pero me tienes que dejar que toque donde quiera.
Para quien no lo sepa, una peseta eran 4 reales, lo que unido
a los dos que ya le había dado, sumaban una peseta y media. Un jornalero,
trabajando de sol a sol en el campo podía ganar 3 pesetas en un día.
Mentira – acertó a decir la chica.
Presuroso, deslicé las monedas en el bolsillo y busqué una de
peseta, que lancé a la chica sin dudar. Ella, aún sorprendida por el giro de la
situación, no atinó a cogerla, por lo que la moneda cayó al suelo, rodando hasta
chocar con la pared, donde se detuvo.
Margarita, despertando, se agachó para cogerla, con lo que
sus senos quedaron colgando como racimos de uva. Aquello contribuyó a excitarme.
Me iba gustando la situación.
La chica examinó la moneda, como si temiera que fuese falsa,
olvidándose por completo de que seguía con las tetas al aire, regalándonos a
Néstor y a mí unos segundos extra de espectáculo.
Tras pensárselo unos instantes, alargó la mano, devolviéndome
la moneda.
No puedo, no soy una puta.
Yo estiré mi mano, pero no recogí la moneda, sino que
deposité otra peseta en la suya.
No seas tonta, nadie dice que seas una puta. Nos
metemos debajo de la escalera y me dejas que te toque unos minutos.
Después nos vamos y nadie se enterará de nada. Dinero fácil.
¿Y éste? – dijo señalando a Néstor.
Néstor es buen chico. No dirá nada.
Como vi que Néstor iba a decir algo, me apresuré a añadir.
Además, bastará con que le dejes tocarte un poquito y
ya será cómplice, con lo que no podrá delatarnos ¿verdad?
Néstor decidió que mi idea era mejor que la suya, así que se
limitó a asentir vigorosamente.
¿De verdad me vas a dar las dos pesetas? – preguntó
Margarita, ya derrotada.
Y también los dos reales de antes.
Margarita se lo pensó unos segundos más, aunque yo sabía que
ya se había decidido. Supongo que lo hacía para dar la impresión de que se
resistía, pero tanto dinero era demasiada tentación para ella.
Pero sólo tocar ¿eh? – susurró.
Tocar… y lo que tú quieras – respondí
enigmáticamente.
Ella me miró, dubitativa por mi respuesta, pero yo no le di
tiempo a que se lo pensara dos veces.
Vamos bajo la escalera.
Por fin dócil y obediente, Margarita, se dirigió al hueco
bajo la escalera, visiblemente nerviosa, aunque su estado no era nada comparado
con el manojo de nervios que era el bueno de Néstor, que probablemente aún no se
creía lo que estaba pasando.
Tranquilamente, me metí también bajo la escalera, donde me
esperaba Margarita, que se había colocado al fondo, donde menos luz había. No me
importó.
Sólo tocar – repitió temblorosa la chica, que por fin
había comprendido que junto a ella no estaba un simple niño, sino un
hombre con pensamientos muy adultos en la cabeza.
Con dulzura, posé mi mano sobre su seno desnudo,
acariciándolo tenuemente. Me sorprendió constatar su dureza y el estado de sus
pezones, con lo que comprendí que la situación estaba empezando a hacer mella en
la chica.
Usando mis expertos dedos, comencé a estimular sus senos,
trazando delicados círculos a su alrededor, haciendo que alcanzaran su grado
máximo de excitación, endureciendo sus pezones, sensibilizándolos con mis
caricias.
Umm.
El tenue gemido de Margarita, me demostró que era muy
sensible a mis maniobras, acostumbrada quizás a la rudeza de algún afortunado
mozo del pueblo (para mí estaba claro que no era virgen), percibí que aquel modo
lento y sensual de hacer las cosas era el camino apropiado para hacerme con la
chica.
Justo entonces, Néstor reunió el valor suficiente para actuar
y de pronto noté que sus manos comenzaban también a sobar las tetas de la chica.
Ella, sorprendida por la súbita intromisión, se tensó notablemente, demostrando
que las torpes manos del chico no le agradaban precisamente.
Así no tonto – le aleccioné – Con suavidad, como si
fuesen la cosa más delicada del mundo.
A pesar de la oscuridad, pude notar que mis palabras habían
agradado a Margarita. Le gustaba sentirse deseada, tratada con cuidado y cariño.
Néstor, intentaba seguir mis consejos, pero su nerviosismo,
lo dificultaba mucho. Con torpeza, tironeaba en demasía los delicados pechos de
Margarita, lo que no le gustaba a la chica, aunque he de reconocer que, tratando
de hacer honor a nuestro acuerdo, se dejaba hacer sin quejarse.
Comprendiendo que Néstor iba a ser más bien una molestia,
decidí aprovechar sus nervios para librarme de él.
Así mira.
Mientras decía esto, mis labios se apoderaron de uno de los
pezones de Margarita, estimulándolo delicadamente con la lengua. Ella pareció ir
a protestar, pero la habilidad con que yo le lamía el pezón hizo que sólo fuera
capaz de gemir sensualmente, lo que provocó que un conocido escalofrío de
excitación recorriera mi espalda. Yo ya estaba a punto.
Ya con más confianza, Néstor se apoderó del otro pezón,
dándole sonoros chupetones, como si fuese un bebé tragón, siendo cada vez más
brusco, descontrolándose, hasta que sucedió lo que yo esperaba.
Ahhhhh – gimió Néstor mientras se apartaba de
Margarita, respirando agitadamente.
Al apartarse, salió de debajo de la escalera, con lo que la
luz le iluminó mejor. Pude ver así la mancha que se había formado en sus
pantalones, a la altura de la entrepierna, signo evidente de lo que le había
sucedido al pobre chico.
Un empujón más y nos librábamos de él.
¿Te has meado o qué? – le dije en tono jocoso.
Sé que fue un poco cruel y que no mucho tiempo atrás yo
hubiera estado igual de nervioso que él, pero me apetecía hacer disfrutar a
aquella chica un rato, sin prisas, y Néstor estaba resultando un incordio.
Avergonzado, el chico se dio la vuelta sin decir palabra,
hacia la entrada del portal, pero estaba cerrada con llave.
Si quieres puedes salir por la puerta del patio –
dijo de pronto Margarita.
Néstor, avergonzado, no levantó la mirada del suelo y abrió
la puerta, que sí estaba abierta, cerrando tras de si al salir.
Pobrecito – susurró la chica.
Un ramalazo de remordimientos me sacudió, sabía que no me
había portado bien con Néstor, pero… a mi lado tenía una hermosa mujer con la
que me faltaba un pelo para conquistarla. Ya arreglaría las cosas con Néstor.
Sí, pero no te olvides que gracias a ti ha disfrutado
de una verbena inolvidable – le respondí.
La magia del momento había menguado un tanto, pero yo me
sabía sobradamente capacitado para recuperarla.
Lentamente, regresé a la oscuridad bajo la escalera, donde me
esperaba una hembra deseosa.
Sólo tocar – dijo ella por tercera vez.
Su boca decía una cosa, pero yo sabía que a esas alturas
Margarita estaba más que dispuesta a montárselo conmigo. El dulce tratamiento a
que había sometido sus pechos le mostró que, sin duda, bajo aquella escalera
estaba el más experto amante que ella jamás hubiese tenido.
Con delicadeza, comencé a acariciar de nuevo sus senos,
haciéndole recuperar poco a poco el nivel de calentura de minutos antes.
Jugueteé con sus sensibles pechos durante un par de minutos, y me aproximé más
hacia ella.
Apretando mi cuerpo contra el suyo, hice que la chica notara
mi dureza contra su muslo, haciéndole comprender que mis intenciones iban mucho
más allá de un simple magreo en el portal. Ella, lejos de escandalizarse,
deslizó lujuriosamente su muslo sobre mi erección, demostrándome que estaba más
que de acuerdo con mis maniobras.
Mis labios no buscaron esta vez sus pezones, sino que
buscaron los suyos en la oscuridad, aunque para ello tuve que ponerme de
puntillas. Habilidosamente, mi lengua se abrió paso en su boca, enredándose con
la suya, comprobando así que la chica tenía bastante práctica en esas lides.
Mis manos se perdieron en su espalda, abrazándola y
acariciándole vigorosamente el trasero por encima del vestido, comprobando que
su grupa era tan firme y apetitosa como lo eran sus pechos. Mientras, sepulté el
rostro en su cuello, besando y lamiendo por todas partes. Me entretuve en el
lóbulo de su oreja, pues parecía que le gustaba mucho a la chica.
Entonces me di cuenta de una cosa. Quitando el leve roce de
su muslo sobre mi falo, Margarita no colaboraba en demasía en mis maniobras,
dejándose hacer, sí, pero sin tomar la iniciativa en nada. Extrañado, le
pregunté directamente.
¿Es que no vas a hacer nada?
¿Hacer el qué? Si ya lo haces todo tú solo.
Su respuesta me dejó un poco parado. Aquella chica me
desconcertaba un poco. Decidí que iba a aplicarle mis mejores artes, para lograr
que aquella tarde en el portal fuera para ella un recuerdo imborrable.
Oye – dije - ¿por qué no subimos a tu casa?
Estaríamos más cómodos.
Enseguida comprendí que había sido un error, pues ella, más
que sorprenderse, se horrorizó con la idea.
¿A mi casa? ¡Estás loco! ¡Mi tía puede volver en
cualquier momento! ¡Si me pilla con un chico en casa me mata!
Vale, vale – la tranquilicé – Sólo era una idea.
Volvía a estrecharla entre mis brazos, reanudando el
tratamiento de reina que le estaba dando, pero ella seguía sin poner mucho de su
parte. Se notaba que estaba disfrutando, pero ¿y yo?
Con delicadeza, y sin dejar de besarla y sobarla, agarré una
de sus muñecas, arrastrando su mano entre nuestros cuerpos, tratando de que ella
empuñara mi herramienta. Margarita, notando mis intenciones, forcejeó para
liberarse, resistiéndose.
¿Qué haces? – exclamó.
¿Tú que crees? – respondí airado.
¡Yo no hago eso!
Aquello era muy extraño. Empecé a pensar que quizás Margarita
no era tan experta como yo creía. Lo mejor sería hacerla disfrutar al máximo y
después ya se vería.
Reanudé mis maniobras, besándola y lamiéndola por todas
partes. Sus senos, su cuello, su rostro, todo fue amorosamente acariciado por
mis labios y mis manos, arrancando estremecedores gemidos de placer de la chica,
los cuales me calentaban cada vez más.
Con cuidado, pues no sabía muy bien cómo reaccionaría ella,
fui subiéndole la falda del vestido con una mano, para lograr introducirla bajo
el mismo y comenzar el tratamiento sobre sus muslos. Eran carnosos, firmes y
torneados y pronto me encontré acariciándolos con vigor, cada vez más henchido
de deseo.
La nena seguía sin colaborar, dejándose meter mano ya
descaradamente por todas partes pero casi sin tomar parte activa en la acción,
pero mi cabeza ya no razonaba mucho sobre ello, sólo estaba pendiente de ponerla
a tono y clavársela bien clavada. Y claro, para poner bien a tono a una mujer,
yo acababa siempre recurriendo a mi especialidad: tratamiento extra supremo
sobre el coño.
Deslicé mi mano bajo su vestido a lo largo de su sedoso
muslo, hasta que palpé la tela de sus bragas. Ella soltó un gritito de sorpresa
cuando apreté levemente sobre su vagina, por encima de la ropa interior y
pareció ir a protestar, pero bastó con hacer presión un poco más fuerte para
hacerle olvidar por completo lo que iba a decir.
Con la habilidad propia de la práctica, deslicé mi mano por
la cinturilla de sus bragas, abriéndome paso hábilmente en la humedad que allí
había, dirigiéndome directamente a mi objetivo.
Deslicé mis dedos por su raja, separándolos levemente,
chapoteando y nadando en el mar de líquidos que era el coño de Margarita. Un
estremecedor escalofrío recorrió el cuerpo de la chica cuando comencé a escarbar
con mis dedos en su intimidad, exploradores expertos que sabían perfectamente a
dónde se dirigían y cuál era el mejor camino para llegar hasta allí.
¡Aaaahh! ¡Dios! ¿Qué haces? ¡Eres un guarrooo! –
gemía la pobre Margarita, rendida a mis caricias.
La verdad es que las mujeres siempre me han sorprendido por
las cosas que dicen cuando están excitadas. Decirme guarro a mí. No sé de dónde
sacaría eso.
Sin hacer caso de sus quejas, continué masturbándola
dulcemente, mientras mi boca continuaba besándola y jugueteando con sus pezones,
que estaban listos para cortar cristal.
Margarita comenzó entonces a agitar las caderas en
movimientos espasmódicos, adelante y atrás, sin poder controlarse, signo
inequívoco de que estaba al borde del orgasmo.
Así que paré.
Ella continuó sus golpes de cadera durante unos segundos
antes de darse cuenta de que me había separado de ella. Abrió los ojos y me
encontró enfrente de ella, mirándola divertido.
¿Por qué paras? – dijo sin pensar.
La contemplé unos instantes. Estaba realmente hermosa, sexy
como se dice hoy en día, con las tetas al aire, brillantes en la penumbra por el
sudor y por mi propia saliva.
No he parado – dije tras un segundo – Sólo recobro el
aliento.
Esperé un poco todavía, viendo cómo la chica apretaba
desesperadamente los muslos, deseosa de alcanzar el clímax que yo había
interrumpido. Cuando vi que estaba a punto de meterse mano para terminar el
trabajo ella solita, me decidí a continuar.
Ven – le dije – Siéntate en el suelo.
Ella dudó sólo un instante antes de obedecer. Al parecer ya
había comprendido que, si me hacía caso, aquella sería una tarde que tardaría
mucho en olvidar.
En un revuelo de faldas y vestido. Margarita se sentó en el
suelo. Estaba un poco frío allí debajo, pero seguro que nosotros lográbamos que
pronto echara humo.
Sin perder más tiempo, le enrollé el vestido en la cintura,
dejando al descubierto su muslamen y el tesoro más codiciado.
Con delicadeza, le quité las bragas deslizándolas por sus
piernas. Ella levantó el culo para facilitar mis maniobras, mirándome expectante
para ver qué iba a hacer yo a continuación.
Dejé la tela empapada a un lado e hice lo que todos ustedes
saben que iba a hacer: hundir la cara entre los muslos de Margarita.
¿Qué haces? ¿Qué haces? ¿Qué haces? – aulló la chica
sorprendida al notar mi aliento de lobo entre sus piernas.
Buscar un botón, que se me ha caído – respondí un
segundo antes de hundir la lengua en su rajita.
¡AAAAAAHHHHH! – comenzó a berrear.
Como vi que ya no le importaba que la escucharan, me dediqué
a comer coño con pasión e intensidad, pero sin dejar a un lado la dulzura y la
delicadeza que sabía volvían loca a la chica.
Mis labios se apoderaron de su intimidad, mientras mi lengua
buceaba en el mar de líquidos que destilaba el chochito de mi amiga. Ella gemía
y balbuceaba, tratando de ahogar con la falda de su vestido los gritos de placer
que pugnaban por escapar de su garganta.
Yo, con cuidado, procedí a penetrarla con un par de dedos,
que fui deslizando cuidadosamente en su interior, horadándola, explorándola,
mientras mi juguetona lengua estimulaba cariñosamente su clítoris.
¡Me muero! – creí entender que decía Margarita -
¡Eres un ghghl….!
Entiendan que allí debajo, con los muslos de la chica
apretando mis oídos, era difícil entender todo lo que ella decía.
La postura no era muy cómoda para mí, pues estaba tumbado,
con la barriga apretada contra el frío suelo. Supongo que esa incomodidad
contribuyó a que no perdiera la cabeza y pudiera seguir adelante con la idea que
tenía en mente.
Cuando comenzó a formarse un charquito de jugos femeninos en
el suelo entre sus piernas y las caderas de Margarita comenzaron a bailar
incontroladamente de nuevo, comprendí que la chica estaba otra vez al borde del
orgasmo. Así que volví a detenerme, incorporándome y quedando de rodillas entre
las piernas abiertas de la chica.
Ella abrió los ojos, con un brillo de furia en la mirada,
pues entendía que yo estaba jugando con ella.
¡No pares! – me espetó - ¿Se puede saber qué haces?
Mientras decía esto me agarró lánguidamente de la pechera de
la camisa y tironeó, tratando de acercarme a ella, para que reanudara mis
labores de exploración.
No – dije zafándome de su temblorosa mano – Ya está
bien de jueguecitos.
Ella me miraba intensamente, con los ojos brillando en la
oscuridad, jadeando sonoramente, a punto de correrse pero sin lograrlo.
¿Qué… qué quieres? – acertó a decir.
Yo ya me he divertido bastante…
Fue gracioso ver la expresión de sorpresa y terror de
Margarita cuando pensó que me iba a largar dejándola así.
Pe… pero… - balbuceó.
Ya es hora de que sea mi amiguito quien se divierta.
¿Tu amiguito? – preguntó sorprendida, un segundo
antes de que la respuesta penetrara en su mente.
La verdad es, que la chica no dudó mucho.
¡Ah, claro! ¡Tu amiguito! – dijo mirando directamente
al bulto que había en mi pantalón – No hay problema, ¡sigue!
Mientras decía esto se reclinó hacia atrás, abriéndose bien
de piernas y ofreciéndome su coño indefenso. Pero yo quería forzar la máquina un
poco más.
Bueno, pues sácalo del pantalón – dije.
¿Por qué?, hazlo tú.
Si quieres que sigamos, es hora de que colabores un
poco.
Margarita se lo pensó un instante antes de acceder.
Vale está bien – dijo incorporándose y quedando
sentada - ¿Qué tengo que hacer?
Su pregunta me dejó sorprendidísimo. "¿Qué tengo qué hacer?",
pero ¿qué decía? ¿Acaso no estaba más que harta de acostarse con chicos?
Pero tú – dije entrecortadamente - ¿eres virgen?
¿Yo? – dijo riendo - ¿te parezco virgen?
Desconcertado, no supe muy bien qué decir.
Pues… no. Pero…
No, no soy virgen.
¿Entonces?
Es sólo… que no he hecho ciertas cosas. Como siempre
lo he hecho con el Valentín… A mí nunca me habían chupado ahí, ni… -
dijo avergonzada.
Entonces lo entendí todo. Margarita se había acostado sólo
con un tipo, el tal Valentín, el cual sin duda era tan inexperto como ella, así
que sólo se habían dedicado al típico mete-saca que nos indican nuestros
instintos a los mamíferos, sin sospechar que existían cientos de maneras más de
divertirse en pareja (o en trío, o en cuarteto, o….).
Bueno – dije – pues haz lo que yo te diga.
Va… vale.
Desabróchame el pantalón.
Con manos temblorosas, Margarita forcejeó unos instantes con
los botones del pantalón. El hecho de que mi bulto presionara con fuerza contra
la tela, unido a su falta de experiencia, hacía que su tarea fuera todavía más
difícil
Así que Valentín y tú habéis ido directamente a
follar, sin entreteneros en otras cosas antes ¡qué guarros!
Bueno, verás… - dijo ella avergonzada - ¡Por fin!
La chica había logrado finalmente hacer saltar el botón que
se le resistía y ansiosamente, me bajó los pantalones. El problema fue que, al
estar empalmado, me venían muy justos, así que al bajarlos arrastró a la vez mis
calzoncillos, con lo que la sorprendida chica se encontró de golpe frente a
frente con mi polla, que la miraba con expresión de deseo.
¡Coño! – exclamó la chica.
Justo lo que está pensando mi nabo ahora – pensé yo.
Margarita se quedó mirándomela unos segundos, como
hipnotizada por lo que había surgido de mi pantalón.
Agárrala – le dije.
¿Qué? – respondió ella saliendo de su ensoñación.
Que la cojas y la menees un poco.
Torpemente, Margarita empuñó mi polla. Me encantó sentir la
frialdad de su mano (la había tenido apoyada en el suelo) sobre la calidez de mi
miembro. Poniendo mis manos sobre las suyas, la fui guiando en el movimiento y
ritmo que debía aplicar, y en pocos segundos, conseguí que Margarita comenzara a
aplicarme una torpe pero super morbosa paja.
Margarita, como alumna aplicada, fue aprendiendo con rapidez,
y pronto su mano se deslizaba sobre mi tronco a una velocidad cada vez mayor.
Tra… tranquila – balbuceé – Vas a lograr que me
corra.
¿Te corres con sólo hacerte esto? – preguntó
inocentemente.
¿Y tú no te corres cuando te tocas solita en tu casa?
– respondí.
Yo no hago esas cosas – dijo avergonzada.
Ya, seguro – pensé.
Como quiera que no tenía intención de correrme de aquella
manera, detuve su mano, apartándola de mi polla. Entonces, bruscamente, la
agarré de los tobillos, y tirando, hice que se tumbara, echándome enseguida
sobre ella, apretando con fuerza mi erección contra su cuerpo.
¡Ay! – se quejó dando un gritito de sorpresa.
Sin darle tiempo a decir nada más, busque sus labios con los
míos y la besé con pasión, mis manos se apoderaron de su cuerpo, sobándola y
acariciándola por todas partes, con fuerza, sí, pero sin rudeza, pues yo sabía
que aquella chica necesitaba que la trataran con dulzura.
En pocos minutos y tras haber reanudado la tarea de
masturbarla, la puse a tono de nuevo, llevándola justo al borde de su primer
orgasmo.
Sí… sí… ¡qué bueno! – susurraba ella mientras se
retorcía como una culebra bajo mi cuerpo.
Incorporándome, quedé de rodillas entre sus muslos, con mi
erección apuntando al norte. Margarita, comprendiendo mis intenciones, se abrió
bien de piernas, ofreciéndose completamente.
Yo agarré sus muslos con mis manos y acerqué mi cintura a su
ingle. Lentamente coloqué la polla entre sus labios vaginales e inicié una
delicada caricia sobre su coño, echando el culo atrás y adelante, frotando mi
polla entre sus labios vaginales, estimulándola, pero sin llegar a penetrarla.
Ummmm. ¡Qué bueno! – gemía ella – Hazlo ya, por
favor….
¿La quieres? – dije en un susurro.
Síiii.
Pues dímelo, pídeme que te la meta.
Sí, por favor…. Métemela.
¿Dónde?
En el coño… la quiero en el coño….
Margarita estaba hipnotizada, deseosa de ser penetrada y
alcanzar por fin el ansiado orgasmo que yo llevaba toda la tarde negándole.
Estaba completamente entregada.
¿La quieres? – dije incrementando el ritmo del
frotamiento.
Síiiiii.
Pues devuélveme el dinero – sentencié.
Menudo cabrón es este chico. Seguro que están pensando eso.
Esperen un poco, que no soy tan desalmado.
¿Qué? – dijo Margarita despertando parcialmente de su
ensoñación.
Que me devuelvas las monedas. Entonces te la daré
toda.
A pesar de la poca luz pude ver la expresión de sorpresa,
pena e indignación de Margarita. Incluso atisbé el brillo de las lágrimas en sus
ojos.
Pero… ¿por qué? Yo creí… - balbuceaba la pobre chica
– yo necesito…
Shist – la interrumpí – Es que no quiero que, mañana
cuando recuerdes lo que has hecho hoy con un crío, pienses de ti que
eres una puta que lo ha hecho por dinero. Quiero que comprendas que,
simplemente, eres una hermosa mujer que ha pasado una maravillosa tarde
con un chico que ha conocido.
No sé si mis palabras hicieron que comprendiera mis
intenciones o simplemente la inminencia del orgasmo había vencido por completo
su resistencia. Lo cierto es que no tardó mucho en aceptar, sobre todo porque yo
no había parado de estimularle el coño con mi polla, calentándola más y más.
Eres un cabrón – siseó – Te devolveré tu dinero.
¿Me lo prometes?
Te lo prometo.
Yo no dije nada más, simplemente coloqué mi polla a la
entrada de su gruta y, ayudado por lo increíblemente mojada que estaba, la
penetré de un tirón.
Argghhh – gorgoteó la pobre chica, devastada por el
orgasmo que arrasó su cuerpo.
Margarita se estremeció ostensiblemente bajo mí, con mi
miembro bien enterrado en sus entrañas. El orgasmo, tan deseado, recorrió su
cuerpo en oleadas de placer que la hicieron tensarse tanto que incluso me
levantó a mí, quedando suspendido sobre ella, que se mantenía con la espalda
arqueada, separada del suelo.
Cuando los últimos escalofríos de placer abandonaron su
cuerpo, éste se relajó de golpe, cayendo de nuevo al suelo, y yo sobre ella,
pues no la desclavé ni por un momento. Contento de haberle proporcionado
semejante orgasmo, decidí que ya era hora de pensar un poco en mí, así que, tras
darle unos segundos para que recuperara el resuello, comencé a bombearla
lentamente.
Ella estaba todavía un poco desmadejada, agotada por lo
intenso de su clímax, así que no se resistió en absoluto a mis maniobras. Seguí
a lo mío, enterrándosela hasta las bolas en cada empellón, deslizándome en ella
como un cuchillo caliente en mantequilla, sintiendo su calor en cada fibra de mi
ser.
De pronto, ella me abrazó con fuerza, atrayéndome hacia sí,
señal inequívoca de que había despertado y de que estaba disfrutando con lo que
yo le hacía. Continué con el mete-saca, incrementando el ritmo pero tratando de
controlarme, nada de follármela a lo bestia como estaba acostumbrado con Dickie.
Me amoldaba continuamente a ella, al ritmo y manera que
presentía le gustaba más, disfrutando yo, por supuesto, pero deseoso de que
Margarita no olvidara jamás aquella tarde en su portal.
Sin sacársela, decidí cambiar de postura, para que aprendiera
que había mil formas de disfrutar, y me arrodillé delante de ella, levantando
sus piernas y apoyándolas en mi pecho, de forma que la penetraba desde atrás
mientras ella quedaba tumbada boca arriba, con los pies apuntando al techo.
Mis culetazos hacían que mi vientre aplaudiera contra sus
muslos, en ese sonido tan erótico de dos personas echando un buen polvo. A
medida que mi excitación subía, notaba cómo mi propio orgasmo iba aproximándose,
así que cambié de postura nuevamente, tanto para enseñarla como para
tranquilizarme un poco y alargar aquel mágico momento.
Espera – le dije sacándosela – date la vuelta.
¿Qu… qué? – dijo ella sin entenderme.
Ponte a cuatro patas.
En un confuso montón de vestidos, Margarita me obedeció,
colocándose en la postura requerida. Yo le levanté la falda del vestido, que se
le había bajado, dejando su fenomenal grupa al descubierto. Por un instante el
ominoso pensamiento de encularla cruzó por mi mente, pero instintivamente supe
que aquello sería demasiado para la inexperta chica, así que hice que se
inclinara más, ofreciéndome su rajita. Con habilidad, se la metí en el coño
desde atrás, reanudando aquel delicioso polvo.
Ahhhh – gimió ella al notar cómo la penetraba.
Yo me agarré a sus caderas, marcando el ritmo que a mí más me
convenía, ni muy feroz ni demasiado lento. Ella se movía al compás, mejorando
notablemente en sus nociones de sexo, notando que así se incrementaba el placer
que sentíamos ambos. Entonces, guiada por su instinto, Margarita deslizó una
mano entre sus piernas, acariciándonos a ambos mientras se la metía.
Sentir su ahora cálida mano sobre mi polla en cada empellón
era enloquecedor, aquella chica aprendía rápido. Yo trataba de pensar en otra
cosa, intentando alargar mi orgasmo, de sincronizarlo al menos con el que
presentía iba a inundar a Margarita en breves instantes.
La chica gemía como loca, mientras mis certeros culetazos la
empujaban hacia el abismo insondable de un nuevo y devastador clímax.
Sigue… sigue… más…. – gemía la pobre.
Entonces se lió todo.
De pronto escuché (no sé muy bien cómo) una llave
deslizándose en la cerradura de la puerta del portal y el atronador sonido de la
cerradura al abrirse resonó en la sala.
Margarita, aterrorizada, se encogió en el hueco de la
escalera mientras yo, sin sacársela, me apretaba contra ella, tratando de
ocultarnos lo mejor posible de quien fuera que hubiese abierto la puerta.
El sonido de las bisagras al abrirse fue para mí como los de
la tapa de un ataúd: si nos pillaban estábamos muertos.
La luz procedente de la calle penetró en el portal, lo que
hizo que nos apretujáramos todavía más en nuestro precario escondite. Entonces
escuchamos las voces de los vecinos que habían interrumpido nuestra tarde de
fiesta.
¡Ay, Dios mío! – resonó una voz de mujer anciana –
Encarna, yo ya no estoy para estos trotes.
Margarita se tensó increíblemente entre mis brazos, lo que me
hizo comprender que aquella voz correspondía a la querida tía de mi amante.
Venga, Marisa, no diga tonterías, si la he visto
bailando pasodobles con don Manuel – respondió la voz de la tal Encarna.
Sí, hija, sí. Pero bien cansada que me ha dejado…
Ya, pero ¡que le quiten lo bailado! ¡Que ya vi cómo
le tocaba el culo!
La risa de las dos mujeres resonó en el portal. Entonces
hicieron lo que yo más temía: se pusieron a charlar.
Yo no sabía qué coño hacer, estaba asustadísimo, pues después
de todo el jaleo con Tomasa lo último que quería yo en el mundo era meter en un
lío a otra pobre chica, y esta vez el escándalo no iba a ser en casa de mi
abuelo, sino que se enteraría todo el pueblo.
De pronto, noté algo que me dejó sin respiración: a pesar de
lo peligroso de la situación, Margarita comenzó a agitarse debajo de mí. Ya que
yo había parado de follarla, ella solita había reanudado la acción, moviendo
lentamente su trasero adelante y atrás.
No podía creérmelo, la chica quería seguir follando con su
tía a dos pasos. Yo todavía dudé unos instantes, pero claro, la lujuria innata
en mí más el morbo del momento hizo que fueran sólo eso: unos instantes de duda.
Me incorporé levemente, sin hacer ni un ruido, y retomé el
mete y saca, muy lentamente esta vez, para evitar sonidos de chapoteos o gemidos
estridentes. Margarita, la muy zorra, se tapó el rostro con el vestido, ahogando
así sus propios gemidos, pero yo, de rodillas detrás de su culo, tenía
simplemente que hundirlos en mi garganta apretando los labios.
Seguimos así un par de minutos, aprovechando el morbo de la
situación para llevarnos a nuevos horizontes de calentura. La pobre tía allí,
hablando con su vecina del viejo que le había rozado el culo, mientras que su
sobrinita querida se ocultaba en las sombras ensartada en una polla que la
penetraba con pasión.
Escuché entonces que la puerta del portal se cerraba por
completo y echaban la llave, señal inequívoca de que las viejas iban por fin a
subir a sus casas. Pero el alivio me duró sólo un segundo, pues doña Marisa dijo
algo que heló la sangre en mis venas.
Anda, Encarna, alguien ha vuelto a dejarse la ventana
del patio abierta. Mira que se lo tengo dicho.
Era lógico. Al cerrar la puerta de la calle, la luz huyó del
portal, mostrando entonces la ventana que yo había entreabierto para poder ver
el espectáculo de Margarita.
No se preocupe Marisa, que yo la cierro.
Y justo entonces Margarita se corrió.
Urgrrrlll – susurró ella con la cabeza tapada por el
vestido.
Al correrse, Margarita apretó los muslos con fuerza, de forma
que su coño estrujó increíblemente mi polla, que también estaba a punto de
entrar en erupción. Aquello fue demasiado para mí y alcancé mi propio orgasmo,
acertando solamente a sacársela justo en el momento en que me corría como un
búfalo.
Acojonado, apreté mi cara contra la espalda de Margarita,
para ahogara allí cualquier sonido que escapara de mi garganta, mientras mi
polla, pegada al coño de la chica, vomitaba su carga bajo su cuerpo, poniéndola
perdida de semen. Como todo aquello era culpa de ella, estrujé sus tetas con mis
manos con fuerza, arrancándole un gemido de sorpresa, obligándola a taparse la
boca con la ropa para no dejar escapar ni un ruido.
Mientras todo esto sucedía, con un ojo yo vigilaba la ventana
del patio, que estaba siendo cerrada por la vecina. Gracias a Dios, la buena
mujer estaba de espaldas a nosotros mientras cerraba la ventana, aunque bastaría
con que mirara por encima de su hombro para descubrir a la encantadora sobrinita
de su amiga medio en pelotas, cubierta de leche y con un crío de 12 años
retrepado en su espalda, con la polla vomitando semen y agarrado a sus tetas
cual rémora. Para hacer un cuadro.
Pero Dios protege a lo críos y a los borrachos, así que la
buena mujer (supongo que un poco sorda) cerró por completo la ventana, dejando
todo el portal en tinieblas y regresó junto a su vecina. Ambas comenzaron a
subir la escalera hablando de tomarse una copita de anís en el piso de doña
Marisa.
Nosotros no movimos ni un músculo, conscientes de lo cerca
que habíamos estado de pringarla. Cuando escuchamos la puerta de la casa de
Marisa abrirse y cerrarse, soltamos a la vez un enorme suspiro de alivio, que
nos hizo reír a los dos.
Estás loca – dije separándome de ella y levantándome
para volver a abrir la ventana, para poder ver un poco mejor.
Ha sido divertido – respondió ella – Ajjj, me has
puesto perdida.
Mientras decía esto, se limpiaba con la mano parte de mi
lechada, que había manchado su vientre.
Cualquiera te reconoce ahora, antes querías
abofetearme y después follando como loca con tu tía a dos pasos.
Mis palabras hicieron que Margarita fuera consciente de todo
lo que había pasado. Su expresión se tornó seria y bruscamente, comenzó a
vestirse de nuevo.
¿Qué te pasa? – dije desconcertado.
Espera, que enseguida te devuelvo tu dinero.
Margarita comenzó a rebuscar entre sus ropas, enfadada pues
pensaba que me había aprovechado de ella.
Tranquila – dije arrodillándome a su lado.
Ella me miró inquisitiva.
No quiero que me devuelvas nada.
Pero dijiste… - dijo dubitativa.
Sé lo que dije. Me refería a que no quería que
sintieras que te habías acostado conmigo por dinero, que te comportabas
como una puta como dijiste.
¿Y entonces?
Entonces nada. Conserva el dinero porque yo te lo
doy, porque sé que no andarías por ahí enseñando las tetas si no lo
necesitaras, porque yo, como amigo tuyo, te doy unas pesetas para
ayudarte, no para pagarte por echar un polvo.
Se quedó callada unos instantes, sopesando lo que acababa de
decirle. Entonces acercó su rostro al mío y me dio un tierno beso.
Vaya, parece que eres mejor persona de lo que creía…
- me dijo.
Venga, vamos a vestirnos que te invito a algo en la
verbena…
¡Ah!, pero ¿nos vamos ya?
Mientras decía esto, la mano de Margarita se apoderó de mi
instrumento, pues yo seguía con los pantalones bajados. Estaba algo mustio, pero
yo estaba seguro de que pronto despertaría.
¿No quieres irte? – dije dejándola hacer.
Pensé… que podríamos quedarnos un ratito más… -
respondió zalamera.
¿Para qué? – pregunté siguiéndole el juego.
No sé – dijo ella dándole un delicado estrujón a mi
pene – Quizás podrías enseñarme algo más…
Me acerqué a ella y la besé con pasión, acariciando su
cabello con mis manos. Mientras, su manita continuaba estimulando mi miembro,
que comenzaba a endurecerse con rapidez.
Espera – dije apartándome un poco – Me gustaría otra
cosa…
¿El qué? – dijo ella interesada.
Me gustaría que me la chuparas….
¡¿QUÉ?! – exclamó ella, sorprendida.
No te enfades, es una cosa normal.
¿Normal? ¿Qué te chupe tu… tu…?
Oye, yo bien que te lo he hecho a ti antes.
Margarita dudó unos instantes.
Pero, ¿en serio eso se hace? – preguntó.
Claro y es algo muy placentero.
Será para ti.
Sí, bueno – concedí – Pero de eso se trata el sexo,
de pasarlo bien y de complacer a la pareja.
Muy experto te veo – dijo ella.
Bueno, sí, la verdad es que he estado con varias
mujeres antes.
Y siendo tan crío…
Bueno, es que he salido a mi abuelo…
¿Tu abuelo? – dijo Margarita mientras la luz se hacía
en su mente - ¡Claro! ¡Tú eres el nieto del de la escuela de los
caballos! ¡O sea que las histo