El mamey es una fruta deliciosa
por Rolocacho
Puse mis manos sobre los hombros de Ximena y la empujé
suavemente hacia abajo, para que quedara sentada en el sillón. Abrió los ojos
incrédula.
–¿Qué haces? –preguntó, levantando su hermosa cara para
mirarme a los ojos.
–No te preocupes, Ximena. Sólo relájate, porque te lo voy a
hacer... –y traté de sonar tranquilo, aunque hervía de excitación y de nervios.
–¡¿Estás loco?! –exclamó. Se puso de pie, pero no se alejó de
mí.
–No. No estoy loco, y te lo voy a hacer porque lo estás
deseando tanto o más que yo –y volví a empujarla suavemente al sillón. Ahora no
se resistió, pero trató de convencerme de que no.
–Somos amigos, esto no está bien, Rolo; además, tú estás
casado... y yo estoy casada. Por favor, no insistas.
Mientras Ximena hablaba, me acomodé frente a ella, entre sus
piernas, y empecé a arrodillarme.
–Si es por lo que acabo de decir, olvídalo. Haz de cuenta que
no dije nada. –insistió.
–Demasiado tarde –y le sonreí. Ella también sonrió, nerviosa,
excitada. Entonces supe que se había dejado convencer.
Todo había empezado poco antes en su casa, con una simple
conversación.
Una simple conversación puede llevarte a lugares
insospechados. Así empezó esto. Dos compañeros de trabajo, porque eso somos
Ximena y yo, que nos reunimos en la casa de ella para hablar de asuntos
laborales, aprovechando que su esposo iba a llegar muy tarde ese día.
Discutíamos la pertinencia de publicar un texto muy explícito
sobre sexo en la revista cultural que editamos. El texto hablaba de cómo
disfrutan las mujeres cuando les hacen sexo oral, tanto o más que la penetración
en sí, y se me ocurrió preguntarle a Ximena si eso era cierto.
Lo hice sin intenciones ocultas, de veras. Lo hice sin
pensar. Pero la reacción de Ximena le dio un vuelco a la situación: se puso
nerviosa y no contestó.
En ese momento supe que algo podría pasar entre nosotros. A
mí siempre me ha gustado Ximena y yo sospechaba que yo le gustaba a ella, pero
nunca intenté nada por respeto a nuestros matrimonios. Pero algo cambió ahí en
ese momento. Me imaginé mamando la vagina de Ximena. Me imaginé sus piernas en
mis hombros... Y ya no supe de mí. Pero aún me faltaba convencerla.
–¿Ximena?
–¿Qué pasó?
–No me contestaste.
Sonrió nerviosa.
–No me digas que no te gusta...
Se puso más nerviosa. Se levantó de la mesa para llevarse las
tazas sucias a la cocina. Yo me fui a la sala, donde la esperé de pie junto al
sillón. Cuando llegó a mi lado, le puse las manos en los hombros y la vi directo
a los ojos:
–Ximena, no tengas pena conmigo; somos amigos desde hace
mucho y si te pregunto esto es porque siempre nos hemos tenido mucha confianza;
¿no es cierto?
–Sí –musitó con la vista baja.
–¿Te gusta o no te gusta?
–Claro que me gusta... no seas tonto.
–Entonces, ¿por qué te pusiste tan nerviosa?
–No me puse nerviosa –dijo, pero sin verme a los ojos.
–Yo creo que sí –y entonces le hice la pregunta del millón:
–Luis no te lo hace, ¿verdad?
Ximena, callada, negó con la cabeza. Entonces decidí ayudarla
y, de paso, darme un gusto. Así que, como les decía, la empujé para que quedara
sentada mientras le decía lo que le iba a hacer.
–Relájate y disfrútalo, Ximena. Sólo déjate llevar.
–Por favor no lo hagas, Rolo. Por favor.
–¿Por qué no?
–Porque no voy a poder negarme...
Ya todo estaba dicho. Terminé de hincarme entre sus piernas.
Ella ya no se resistía. Ximena suele ir a trabajar vestida con pantalones, pero
esta vez, por estar en su casa, vestía una falda no muy corta, de mezclilla, lo
que me facilitó mucho las cosas.
Ella se quedó quieta, a la expectativa. Pude ver que las
aletas de su nariz se habían ensanchado, señal de su excitación.
Muy suavemente (no se trataba de apresurarse, además de que
Ximena me mueve más a la ternura que a la agresividad) le abrí las piernas y le
empecé a subir la falda. La respiración de ambos se hizo más profunda y nuestras
miradas se encontraron; la mía, llena de deseo; la suya, suplicándome que
continuara.
Por primera vez toqué la piel de sus piernas: suave, sedosa,
tibia. Me demoré disfrutando esa sensación sin igual de mis manos bajo su falda,
subiendo desde sus rodillas, por la parte externa, lentamente, hasta sus
caderas, donde me topé con su pantaleta.
Nos habíamos sostenido la mirada todo el tiempo. Cuando toqué
su pantaleta sonrió por primera vez y se apoyó en los codos para levantar las
caderas, invitándome a que le quitara la prenda.
Se la empecé a deslizar hacia abajo. Luego de haber levantado
las caderas, Ximena alzó las piernas, primero una y después la otra, hasta que
le saqué por completo la blanca prenda. Sin dejar de mirarla a los ojos, llevé
sus pantaletas a mi nariz y aspiré con fuerza. El olor a sexo inundó mis
sentidos y nubló mi cerebro.
Pero todavía no había llegado a la fuente del placer, a la
fuente original de ese olor subyugante. Me estorbaba la falda.
Me fijé que su falda de mezclilla se cerraba como si fuera un
pantalón, con un broche y un cierre. Sin preámbulos, abrí el broche y corrí el
cierre de su falda, y empecé a jalarla hacia abajo. Una vez más conté con la
gustosa colaboración de Ximena, quien de nuevo alzó las caderas para facilitarme
la tarea. Le quité la falda y el paraíso se abrió ante mí. Ahí estaba medio
cuerpo desnudo de la mujer que en esos momentos me estaba volviendo loco de
gusto. Recorrí con la vista sus piernas, desde la punta de los pies, que ya
estaban convenientemente descalzos, hasta la confluencia de sus piernas, ese
mágico vórtice donde una mata de negro pelo no podía ocultar la divina vagina de
mi amiga.
Mi querida amiga se acomodó mejor, haciéndose un poco hacia
delante, para que sus nalgas apenas tocaran la orilla del sillón. Y abrió las
piernas con una entrega total. Yo estaba en el cielo.
Puse mis manos en la parte interna de sus rodillas y empujé
hacia fuera, para abrirle todavía más las piernas. Sobé la parte interna de sus
muslos, donde las mujeres tienen la piel más exquisita, y acerqué la cara a los
labios vaginales… pero todavía no empecé la faena. Sólo acerqué la nariz al
tesoro de Ximena, para aspirar con deleite su aroma a hembra en celo.
Volví a ver sus ojos. Sonreía con ellos y me invitaba a
seguir. Y lo hice a mi modo… tomé su pie derecho entre mis manos y comencé a
darle un suave masaje. Luego lo besé. Besé los dedos de su pie, uno por uno, con
toda la parsimonia de la que fui capaz. Me metí su pulgar a la boca y lo chupé
como si se tratara del más rico de los caramelos. Ximena gimió quedito… le gustó
lo que le estaba haciendo.
Mientras chupaba y lamía sus dedos, acariciaba su
pantorrilla. Luego empecé a recorrer hacia arriba, trazando un camino de besos y
ligeros chupetones, por su pantorrilla y espinilla, luego su rodilla, donde me
demoré lamiendo, mientras mis manos jugueteaban con su otra pierna.
–¡Qué rico, Rolo! –musitó Ximena y su voz me excitó aún más
–¡Sigue así! ¡Sigue!
Seguí besando y lamiendo su pierna derecha, ahora por la
parte interna de su muslo. Pude ver que su vagina estaba lubricada. Mi amiga
estaba lista para lo que fuera. Lista y deseosa.
Subí y subí con la boca pegada a su pierna, pero antes de
llegar al pubis me detuve y tomé su pie izquierdo, para repetir el tratamiento.
–¡Eres malo! –dijo– ¡Me haces sufrir!
Empecé a chupar los dedos de su pie izquierdo y Ximena gimió
en serio. Su calentura iba en aumento y comenzó a sobarse las tetas sobre la
ropa. Yo seguí el tratamiento bucal en su pantorrilla izquierda: besos,
lametones, chupaditas… todo lo cual la hacía ronronear de gusto. Y seguía
sobándose las tetas.
–Si quieres quitarte la ropa, Ximena, por mí no te detengas.
–¿Quieres que me quite la blusa?
–Si quieres…
–¿Tú quieres?
–Pues… sí.
Se incorporó un poco. Lo suficiente para desabotonarse la
blusa sin que yo dejara de besar su pierna izquierda… yo ya iba por la rodilla,
que resultó una zona muy sensible para ella. Cuando lamí la parte lateral de su
rodilla izquierda, Ximena pegó un cachondo gritito, casi diría que un maullido
que me encendió todavía más.
Ximena empezó a desabotonarse la blusa, con sus ojos fijos en
los míos. En ese momento me di cuenta de que ella y yo jamás nos habíamos
besado. A pesar de que nos gustábamos tanto, nunca lo habíamos intentado.
Entonces dejé de lamer su pierna y acerqué mi cara a la suya.
Ella me recibió con la boca entreabierta. Nos besamos con verdadera pasión, con
los ojos cerrados, con un furioso duelo de lenguas.
–Te habías tardado… –dijo Ximena.
–Tú también –le reviré.
Volvimos a besarnos, intercambiando respiraciones y saliva. Y
estuve de acuerdo con ella: nos habíamos tardado mucho en decidirnos.
Dejamos de besarnos y volví a donde me había quedado: su
pierna izquierda. Ella terminó por quitarse la blusa y siguió con su sostén. En
pocos segundos, ahí estaba el objeto de mi deseo completamente desnuda, hermosa,
cachonda, mirándome con ganas de comerme entero.
Pero yo me concentré en lo mío. Había llegado a donde quería:
la vagina de Ximena.
Antes de poner mi lengua en ella, toqué sus labios mayores
con la nariz. La froté arriba y abajo, empapándome de su olor y haciéndole
cosquillas. Ximena volvió a soltar esa especie de maullido que me estaba
enloqueciendo… alcé la vista y la vi con los ojos cerrados, los puños apretados
sobre su estómago y la boca entreabierta. Estiré las manos hasta sus pechos y
tomé sus pezones entre mis dedos y, ahora sí, ataqué con la lengua. Era lo que
ella esperaba con tanta ansiedad; volvió a maullar y a partir de ese momento
siguió gritando, gimiendo, aullando y pujando como nunca me imaginé que lo
haría. Puso las manos en mi cabeza y me apretó contra ella, para sentirme
plenamente, para que no me alejara.
Con sus manos apretando mi cabeza y acariciándome me dediqué
a lamer sus labios, a chupar, a escupir en su interior y a recoger la saliva con
la lengua. Mi nariz tocó su clítoris antes de que mi lengua llegara a él. Más
gritos de Ximena me indicaron que debía concentrarme en ese pequeño y glorioso
apéndice. Y así lo hice. Se lo atrapé suavemente entre mis labios y le di
pequeños mordiscos y jaloncitos. Las caderas de Ximena se movían ya
incontrolablemente, tuve que aferrarme fuertemente a sus nalgas para que mi boca
no perdiera el contacto con su anatomía. Seguí lamiendo y lamiendo, mi lengua
recorría sus labios de abajo hacia arriba y hacia abajo nuevamente, mientras mis
manos amasaban sus portentosas y firmes nalgas.
Sus gritos y aullidos eran música celestial. Duramos varios
minutos en ese agradable ejercicio, mi boca empezaba a sentirse cansada, cuando
Ximena anunció con grandes gritos que se acercaba su orgasmo.
–Méteme los dedos –alcanzó a decir, mientras su cuerpo
vibraba sin control.
Así lo hice. Estaba tan lubricada y distendida, que le pude
meter de un golpe y sin dificultad tres dedos. En ese momento ella explotó en su
orgasmo. Se convulsionó y tembló durante algunos segundos mientras un largo y
grave gemido salía del fondo de su garganta.
Después, quedó despatarrada, laxa, sin fuerzas sobre el
sillón. Yo dejé de mamarla y me le quedé viendo: creo que no hay mejor
espectáculo en el mundo que una mujer recién venida, sin fuerza ni pudor,
desnuda y despatarrada. Respirando agitadamente y con una inmensa sonrisa.
La vi extasiado hasta que ella recuperó las fuerzas. Abrió
los ojos y me otorgó una mirada llena de agradecimiento.
–Quítate la ropa – me ordenó con la voz ronca todavía.
En ese momento me di cuenta de lo absurdo de la situación.
Ella sin ropa y recién venida y yo, vestido y con una erección de burro.
"Bueno", pensé, "ahora viene lo mejor".
Me puse de pie y me comencé a quitar la ropa. Ella no perdía
detalle. Fuera zapatos, fuera calcetines, fuera pantalón y camisa… cuando sólo
me quedaban los calzones ella se incorporó y me los bajó de un tirón. Mi verga
parada quedó frente a su cara. Su sonrisa me indicó que le había gustado lo que
veía.
–Quiero que te quede clara una cosa, Rolo. No vamos a coger.
De eso nada –dijo–. No voy a engañar así a Pablo… pero me diste tanto gusto que
te voy a devolver el favor.
Y diciendo y haciendo, Ximena tomó mi miembro con una mano y
se acercó para depositar un beso en el glande.
–Mmhhh… huele rico –dijo.
Luego me dio una lamida que hizo que se me erizara la piel.
–Y sabe riquísimo.
Acto seguido, Ximena empezó a darme una mamada como debe ser.
Lamía el tronco de arriba abajo, besaba y chupaba la punta de mi verga y luego
se la metía en la boca y chupaba y chupaba como si no hubiera un mañana. Una de
sus manos sopesaba mis huevos y la otra sobaba mis nalgas. Al más clásico
estilo, yo acariciaba su cabeza mientras ella mamaba.
Ximena chupaba como bebé y alzaba los ojos para establecer
contacto con los míos. Eso es maravilloso: ver a los ojos a la mujer que te da
placer.
Después de la sesión de sexo oral que yo le había dado, la
mamada que ella me obsequiaba hizo que mi orgasmo llegara pronto. Sentí las
contracciones que anunciaban mi eyaculación, y se lo advertí a Ximena, por si no
le apetecía beber leche en ese momento.
–Me voy a venir.
Pero ella no se apartó. Siguió chupando y recibió en su boca
los cuatro o cinco disparos de semen que salieron de mi pito.
Se los tragó. Se los tragó sin chistar.
Cuando hube terminado, debí sentarme junto a ella, porque las
piernas me temblaban.
Nos quedamos quietos un rato, recuperándonos. Creo que
entonces sentimos algo de pena o remordimiento, porque guardamos silencio y
empezamos a vestirnos sin voltear a vernos.
Cuando nos pusimos las ropas no supe qué decirle. Me puse de
pie con el pretexto de buscar un cigarro. Entonces ella rompió el silencio.
–Gracias, amigo.
Volteé a verla y su gran sonrisa me tranquilizó. Me acerqué a
besarla otra vez.
–De nada –le dije.
Nos recompusimos y terminamos de discutir los asuntos de
trabajo que teníamos pendientes. Llegó al hora de irme y, cuando me estaba
despidiendo de ella en la puerta, Ximena pronunció las palabras mágicas:
–Te espero mañana, ¿verdad?
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