Capitulo 14: Aparece un rival
Una figura enorme apareció en el Estadio, con su capa y
capucha nadie podía identificarle. Se veía imponente y poderosa, su altura era
unas dos veces mayor a la de cualquier guerrero. Este sujeto se acercó hacia la
Arena y pidió con voz suave:
Vengo a luchar, dejadme pasar.
¿Quién te crees que eres?- Dijo un guerrero, pero al
darse vuelta se encontró con esa figura.
El Caballero retrocedió, si ese sujeto se enfurecía podía
destrozarle en un instante. La figura avanzó hacia el poste de la Arena y una
vez allí estiró su mano para clavar una daga. Allí, retaba a todo guerrero que
quisiera a luchar en su contra. Y sin más preámbulos se metió dentro de la
Arena.
Allí, parado en medio del cuadro de combate cruzó sus brazos
a la espera del primer rival. Su estatura atemorizaba, por eso nadie se animaba
a dar el primer paso. Y no fue hasta que el líder del clan Honan apareció para
aceptar el desafío. Desde las gradas su clan le apoyaba, mientras Diógenes y
Abigail observaban desde una esquina.
Ariel entró al cuadro y el cambio en sus ropas y armas se
produjo, un aura dorada le envolvió. Sin esperar a más se lanzó al ataque, pero
el desconocido levantando su brazo acerado detuvo el ataque solo con su
muñequera. Al atacante le pareció como si hubiera atacado una pared. Sus brazos
temblaban, era como golpear un pilar de roca. El desconocido rió con ganas,
mientras mostraba su arma. A una sola mano, desenvainó una espada de las mismas
dimensiones que el cuerpo de su rival.
La sonrisa entre socarrona y llena de confianza se dibujó en
su rostro todavía cubierto por la capucha. El maestro del clan se veía en
apuros, había subestimado al extraño que mostraba una fortaleza increíble. Dos
nuevos ataques intentaron llegar al cuerpo del encapuchado que bloqueó los
golpes con su enorme espada sin mayores dificultades.
Era humillante, que el considerado como el más fuerte del
clan fuera tratado de esa forma. Kronion no pudo soportarlo y se lanzó desde las
gradas hacia el cuadro central... Ariel le miró en forma reprobatoria, pero el
Gladiador no podía aguantarlo más. Con sus mazos atacó, pero este rival partió
sus mazos en un solo y limpio corte.
Un puñetazo llegó desde atrás a la nuca del Gladiador que
cayó al suelo sin conciencia; Ariel se disculpaba por la interrupción. Volvió al
ataque, mientras su rival solo le evadía a carcajadas. En un nuevo intento, la
hoja afilada ya casi llegaba a la cabeza del extraño pero este tomó la hoja con
su mano izquierda.
No tienes el poder como para vencerme. Todos tus
ataques han sido inútiles, discúlpame por iniciar una batalla absurda.
Dijo el encapuchado.
Esta bien, solo espero que en algún momento pueda
volver a combatir contra ti. Comprendió el guerrero.
Bien, vete de aquí. Aún espero por un rival fuerte.
Dijo la voz, mientras saludaba a su rival.
Ariel salió de la Arena algo confundido, no esperaba que un
rival de esa talla fuera tan considerado. Los miembros de su clan estaban
confundidos también... era muy duro ver a su referente como un vencido. Esta era
un prueba muy difícil para un clan, ahí se veía en forma palpable cuanta lealtad
tenían. Algunos se arrancaron la cinta que les identificaba y se fueron, otros
se quedaron. Sería muy duro comenzar de nuevo a hacerse fuertes, pero no quedaba
de otra.
La tarde comenzaba a morir y ya habían pasado una centena de
duelos, nadie había podido vencer al encapuchado que seguía parado en el centro
de la Arena. Ni siquiera había sudado, se mantenía calmo allí. Su espada estaba
en la vaina y sus brazos nuevamente cruzados. Los espectadores estaban
helados... había vencido a un gran numero de buenos guerreros.
Los tonos rojizos comenzaron a atenuarse, volviéndose cada
vez más oscuros. La noche se cernía sobre esa región. Los espectadores y
retadores fueron retirándose del lugar, pronto comenzaría a helar. El
encapuchado se quedó en el cuadro hasta que no hubo nadie. Al rato salió de
allí, una fina helada comenzaba a cubrir la desolada y ruinosa rada. Parecía
como si todos hubiesen desaparecido, los campamentos siempre se mantenían
ocultos. Para poder descansar, debían guarecerse de amenazas. Por eso no estaban
a simple vista. El guerrero fue vagando sin rumbo, localizó algunos campamentos,
pero nadie le brindó hospitalidad. Reconocían al guerrero que venció a muchos,
pero nadie quería darle cobijo.
Así, el coloso cayó al suelo cuan largo era... el hambre y el
frío lo estaban matando de a poco. Sus ojos se iban cerrando, parecía el fin de
sus peripecias. Tantos viajes y duelos para nada, tantas dificultades y
privaciones para morir como un gusano en un lugar olvidado. Un sonido fue todo
lo que oyó y luego se desvaneció...
El calor del fuego le despertó, al abrir los ojos pudo ver
que alguien le observaba. Un hombre de cabellos oscuros y mirada dulce esperaba
ansioso su despertar. El encapuchado se levantó de golpe, ambas cabezas
chocaron. Diógenes se agarró la cabeza mientras el encapuchado hacia lo mismo y
aullaban de dolor.
Abigail les miraba divertida y mientras acomodaba los leños
de la fogata dijo:
Bienvenido, guerrero siéntete libre de acompañarnos.
Aunque debo decir que fue Diógenes quién insistió en traerte junto a
nosotros.
El encapuchado se incorporó y acercando su dedo a la garganta
recitó unas palabras. Al instante, un pergamino cayó y su verdadera voz salió a
la luz. Este hecho sorprendió a ambos jóvenes, era la primera vez que veían a un
guerrero usar magia y además... era UNA guerrero.
Gracias por su ayuda, desde que salí de mi aldea
natal no he probado bocado ni he descansado- Salio una voz dulce desde
la capucha
Pero... ¿eres una mujer?- Preguntaron los dos al
unísono.
Claro que si, mi nombre es Schekander. Vengo de la
aldea de Horkenstein, en el extremo norte del mundo- Dijo la mujer,
mientras bajaba la capucha, descubriendo su identidad.
Una mujer de rasgos algo duros y penetrantes ojos celestes
como el cielo limpio aparecieron. Su cabello oscuro caía en ondas sobre esos
hombros poderosos. La sonrisa afable adornaba su cara que poseía unos extraños
símbolos pintados en su piel. Se notaba que no era de estas tierras, sus
facciones eran diferentes. Ambos se miraban, Diógenes fue el primero en hablar:
¿Cómo puedes hacer magia? Aquí solo los magos pueden.
Yo no puedo usar magia, pero con mis pergaminos de
papel mágico y mi tinta si puedo utilizar magia elemental, pero magia al
fin. Lo que usé hace un momento fue un conjuro de distorsión vocal-
Explicó la guerrera.
Increíble, ¿y que son estas marcas?- Preguntó
Diógenes, mientras acercaba su dedo al rostro de la mujer.
Este gesto sorprendió a la mujer, pero mucho más a su
compañera Abigail. No esperaba que ese tonto muchacho se acercara a otra mujer
de esa forma. Era extraño, porque con ella se comportaba de forma diferente; sin
embargo... ahora se acercaba con descaro a esta desconocida. Schekander sonrió y
mirándolo fijo habló:
Estas son las marcas que llevamos los guerreros
escogidos por Odin. La elite guerrera, los Berserkers del extremo norte.
Estas marcas nos distinguen del resto, estas runas mágicas nos brindan
el poder para aplastar a todos nuestros enemigos.
¿Qué es un Berserker?- Preguntó Diógenes.
He oído sobre ustedes, guerreros sin piedad, que no
sienten dolor ni cansancio. Algunos dicen que son mas bestias que
humanos, otros los llaman solo demonios. Es la primera vez que veo uno,
los creía tan fieros como dragones de siete cabezas. Pero, parece ser
que las leyendas mienten un poco- Habló Abigail en tono serio,
dirigiéndose a la mujer.
Heh, es cierto lo que dicen de nosotros. Solo nos
mostramos así en batalla, pero aún nos temen en la cotidianeidad. Mi
gente, me teme; los niños huyen de mí y los ancianos murmuran por lo
bajo a mi paso. Es lo que tengo que sufrir al ser lo que soy- Dijo la
mujer con un poco de pena.
Wow, ¿tan poderosa eres?- Preguntó Diógenes,
incrédulo.
Schekander se paró y tomó al muchacho con una de sus manos.
Lo levantó en vilo sin hacer el mínimo esfuerzo; luego lo lanzó hacia arriba
como si fuera un gatito. El joven voló unos metros en el aire por el impulso
poderoso de ese brazo. Luego al caer, la mujer lo atajó con facilidad. El brazo
apenas se movió al detener la caída del joven. Era increíble pero cierto, la
fuerza de esa mujer era poco menos que terrible.
Diógenes la miraba asombrado, lo mismo que Abigail... jamás
había conocido a alguien que fuera capaz de algo similar. Esa dama podía usar su
lanza Dragón como si fuera un mondadientes. Y a él le parecía un arma pesada,
quería pelear contra ella. Sentía deseos de medirse ante ese coloso moreno y
afable. Pero no sabía como pedírselo, ella era tan agradable.
La mujer del norte bajó al muchacho y los tres volvieron a
sentarse al fuego. El trío siguió charlando hasta altas horas de la noche. Ambos
aprendían mucho de esa mujer extraña. Era con mucho, la guerrera más experta que
habían conocido. Al irse a dormir, Abigail se arrebozó en una capa, mientras su
discípulo le emulaba. Llevaban ya mucho tiempo viajando juntos de ahí que se
movieran casi iguales. La recién llegada se volvió a poner la capucha y apoyando
su espalda contra una roca plana se durmió.
A la mañana siguiente, la mujer se levantó primero que ellos
porque al despertar no la hallaron. Abigail se sintió algo aliviada porque la
veía como una mala influencia para su aprendiz. Diógenes no compartía el sentir
de su mentora, sentía una extraña atracción hacia esa Berserker. Quería
experimentar él mismo ese poder del que tanto habló su mentora. Cuando se
pusieron rumbo a la Arena, Abigail notó al joven muy excitado y por eso le dijo:
Ten cuidado si luchas contra esa mujer. Ella es un
Berserker, eso la convierte en algo mucho mas peligroso que Asura. Ella
no controla sus impulsos asesinos en ese instante, pero por lo que
siento; lucharas.
Si, deseo saber hasta donde puedo llegar- Dijo él,
visiblemente emocionado.
Espero que esa búsqueda no sea tu perdición mí
querido Diógenes- Dijo Abigail con preocupación.
El moreno sonrió, mientras tomaba su lanza y apagando el
fuego ambos salían nuevamente hacia el lugar. Allí, como ya había ocurrido el
día anterior la guerrera encapuchada esperaba nuevos oponentes. Desde que se
presentó, pocos entraron en el cuadro a batirse contra ella. El resultado fue el
mismo para todos ellos, una derrota abrumadora. Sus armas eran inútiles ante esa
espada tan grande y pesada. Sus golpes no podían contra esa mole fibrosa.
La encapuchada se sonrió bajo su capa al ver a esos dos
hospitalarios llegar. Pero le sorprendió ver que Diógenes se preparaba para
entrar. No esperaba que ese jovencito deseara luchar con ella. Recordando los
sucesos de la noche pasada, no podía pensar como ese muchacho deseaba pelear; si
la diferencia de fuerzas era clara. Abigail estaba preocupada, mientras le
dejaba partir, ella aferraba su arco... de ser necesario intervendría, no
importaba que sucediera.
En la entrada al cuadro de lucha, Kronion detuvo al joven. El
gladiador le dedicó una mirada escrutadora. No podía creer la locura de ese
hombre, estimaba imposible que lograra vencer a ese poderoso encapuchado. A
pesar de haber perdido contra él, sabía por experiencia propia que el poder de
ese desconocido era demasiado. Sin embargo, la sonrisa llena de confianza que
Diógenes le dedico, termino desconcertándolo. El guerrero moreno avanzó hacia la
entrada y anotó su nombre en la lista que había clavado Schekander.
Bajo la capucha una sonrisa se dibujó, las articulaciones del
cuello tronaron... luego se dispuso a esperar la entrada del guerrero. Al
entrar, la magia que rodea el lugar produce la transformación de las ropas y su
arma. Estas se vuelven excelentes, como ocurre con cada persona que entra en la
Arena de combate. Pero esta vez el muchacho ya esta concentrado. Tomando su
lanza, se puso en guardia ante su adversario que seguía cruzado de brazos.
Diógenes ya estaba por lanzarse, cuando percibió un movimiento por parte de su
rival. Schekander habló:
No creo que estés listo para probar mi espada, así
que... solo probarás mis puños. Con eso será suficiente para ti,
pequeño.
No subestimes mi poder- Dijo el guerrero.
Basta de charla- Dijo Schekander.
Al grito del muchacho siguió una loca carrera, durante la
cual su enemigo soltó el cinto del que colgaba su espada. Esta cayó al suelo con
estrépito, tal era el peso del artefacto que acarreaba. La lanza describió un
arco y esa hoja buscó su blanco que detuvo la hoja con sus muñequeras. El golpe
era fuerte, así lo sintió la mujer que tomando el arma atrajo al muchacho de un
tirón. Un revés de puño impactó contra la cara del atacante, el golpe le
aturdió. Eso le dio el tiempo justo a la mujer para propinarle un rodillazo tan
fuerte que rompió la armadura del joven.
Sin embargo, el mango de la lanza llegó al hombro acorazado
del encapuchado. Este apenas sintió el golpe... en verdad era asombroso que
pudiera atacar en una posición como esa.
Diógenes cayó al suelo, junto a su pesada lanza. Schekander
sonrió al verlo levantarse, esa era la actitud correcta en un guerrero. Este se
incorporó nuevamente y se lanzó al ataque. Los cortes eran rápidos, pero el
encapuchado los evadió todos. Al cruzarse, fue Diógenes quien llegó a su rival,
dejándolo atónito por unos segundos... Su capa y capucha fueron rasgadas por ese
último cruce.
Esa había sido una gran jugada, ahora revelaba la verdadera
identidad de su adversario; ese rostro bello salía a la luz de nuevo. Ese pelo
negro brillaba ahora con la luz de los rayos solares. La extraña armadura de esa
mujer quedaba ahora a la vista... así y todo seguía siendo enorme. Los tatuajes
que el vio en el rostro de esa chica, ahora podían verse en los brazos también.
Schekander se quedó de una pieza, su identidad como lo que
era había sido descubierta... una berserker entre guerreros. Sin embargo, eso ya
no importaba. Y eso se debía a ese rival sorprendente que ahora tenía frente a
ella. Su cuerpo comenzaba a sentir ese deseo de lucha alguna vez apagado.
Esta vez, fue ella quien se lanzó al ataque. Su velocidad
sorprendió a todos los presentes, porque en un abrir y cerrar de ojos ya se
hallaba junto a un sorprendido muchacho. El golpe fue directo, pero él consiguió
evadirlo casi milagrosamente. La cinta que ataba su pelo cayó cortada por el
golpe, no era algo común. El siguiente llegó, pero la hoja detuvo el ataque,
aunque Diógenes fue arrastrado por el poder de ese golpe terrible.
El moreno no tuvo tiempo para sentirse aliviado, porque esa
presencia a sus espaldas le hizo temer lo evidente... Schekander estaba detrás
suyo. El primer golpe dio en su omoplato, destrozando la hombrera de su
armadura. El otro impacto cayó sobre la región renal. La mano tomó su cráneo con
firmeza, esa fuerza se hacia irresistible aún para los mas fuertes. Lo que
siguió fue una lluvia de golpes que mantuvo suspendido el cuerpo de Diógenes por
varios segundos y que solo se detuvo al alejarse la guerrera.
La caída de ese retador al piso, lleno de moretones silenció
todo el estadio. Demasiado castigo había recibido ese principiante. La morena
cerró sus ojos y suspiró, a pesar de haber destrozado su capa y haberle golpeado
unas pocas veces; ese sujeto era bueno... al menos mejor que el resto. Dándole
la espalda a esa masa de dolor, Schekander se alejaba hacia la salida del cuadro
de combate. Sin embargo, el sonido de la lanza arrastrarse le detuvo. ¿Acaso no
había sido suficiente? ¿No quedaba claro quién era superior? Al darse vuelta
pudo ver como ese hombre se paraba nuevamente. Sus piernas temblaban, pero !ah¡,
en sus ojos estaba la determinación de seguir luchando. Diógenes sonrió
lastimosamente por un momento y luego adoptó su guardia.
Schekander se quedó parada, no atacaba solo observaba al
muchacho. Le hacía gracia verlo tan dispuesto a continuar a cualquier precio.
Pero esto tenía que llegar a su fin, quizá fue por eso que se lanzó hacia el
muchacho.
El borrón que generaron ambos cuerpos no pudo ser distinguido
por un solo espectador, demasiado rápidos los movimientos finales. La mujer
quedó frente al muchacho que miraba sorprendido como su lanza había sido
partida. Ella también estaba sorprendida, porque en el instante que evadió el
primer golpe no logró ver ese segundo ataque que desgarró el costado de su
armadura y la cota de malla. Los nudillos de ella golpearon la frente del
retador que quedó sin sentido.
Diógenes conoció nuevamente el sabor de la derrota, la
golpiza que recibió le dejó como un bulto inanimado. La guerrera le levantó con
una sola mano y saliendo del cuadro de combate le dejó junto a su lanza. Como
muestras de su respeto y aprecio, Schekander cortó la yema de su dedo índice y
con su propia sangre pintó las mismas runas de su rostro en la faz del muchacho.
Al incorporarse sonriente, notó que todos le miraban. Si, esas miradas tan
conocidas para ella... era temor e indiferencia lo que veía en ellas. Desde que
tenía memoria había sentido esa presión, esa sensación de que cada una de esas
miradas deseaba congelarla. Era un recuerdo de algo que jamás debió existir, un
mal proyecto de maquina de guerra.
Tomando la capa del muchacho, la bárbara volvió a ocultar
inútilmente su identidad. Se disponía a irse, cuando una voz le detuvo. Abigail
se acercaba con su rostro lleno de lágrimas. Mirando al rostro de esa mujer, le
dijo:
Él se lo buscó, yo le advertí. Pero nunca me hace
caso, hoy pude ver de lo que es capaz. Sé que no quisiste matarle, no
eres una maquina sin emociones después de todo.
La impasible berserker por primera vez derramó una lágrima.
Alguien finalmente parecía leer su mente y aceptarle. La arquero quedó
sorprendida ante esa imagen, pero no dijo nada ya que Schekander dándole la
espalda volvió al interior del cuadro. La mentora tuvo que llevarse a su pupilo
a la rastra. No era algo muy digno, pero sabía que ese hombre aún estaba
desarrollando su habilidad. Esa mujer había sido demasiado para él, pero así y
todo lo había hecho bien.
Cuando Diógenes volvió en si, se halló recostado sobre una
roca. Dándole la espalda, una rubia pulía y examinaba con cuidado unas saetas.
Un quejido de dolor alertó a Abigail de que ese estúpido había despertado. La
mirada de ella parecía decir: tonto, ves lo que te pasa por estúpido.
Diógenes se percató unos instantes después de que estaba vendado. Ella le había
cuidado mientras él vagaba por su mente, siempre ella. El sol volvía a ponerse
en esa región tan inhóspita y peligrosa. Junto con esos rayos que desaparecían,
una figura apareció en el campamento. Enorme, como de costumbre la guerrera
pidió un lugar en la fogata.
Abigail le invitó a sentarse junto a ellos, Diógenes aceptó
de muy buen grado. La mujer sonrió y quitose la capa, envolviendo con ella a un
desconcertado muchacho. El amoratado sonrió como pudo, entre vendas y chichones.
Schekander besó a ambos en la mejilla y avivó el fuego. Mientras hablaban, la
rubia notó un corte superficial en el costado izquierdo de la berserker. Pero a
la mujer no parecía afectarle, aunque si tenía algo de dolor en el hombro. De no
ser por la insistencia de la guerrera Alfacrux, esa avergonzada germana no
habría cedido nunca a despojarse de su armadura. No importaba mucho lo que
pudiera ver Diógenes, después de todo uno de sus ojos estaba casi cerrado por
los golpes.
Esta bien, pero no quiero que te asustes, guerrera-
Dijo la berserker, mientras desprendía el primer cerrojo de su peto.
No hay de que preocuparse, he visto cosas en mi vida-
Dijo Abigail, intentando calmarla.
Esta bien, luego no digas que no te lo advertí- Dijo
Schekander, mirándola de reojo y terminando de soltar la ultima traba.
La caída de ese peto al suelo produjo un estrépito similar al
que ocurrió cuando cayó su espada. Así de pesada era la coraza que protegía el
cuerpo de esa mujer. La rubia ya estaba con la vendas en sus manos... al ver esa
espalda, la venda cayó de sus manos. No parecía la espalda de una mujer, una
roca de dureza y tersura. Podían contarse por decenas las cicatrices que le
adornaban. Además, esas runas también se hallaban allí, todo su cuerpo las
poseía.
Abigail tuvo que hacer de cuenta que nada había visto y
tomando la venda del suelo, untó el corte con una medicina conseguida solo en
los bosques de Noria. Luego le vendó con cuidado, mientras la guerrera
permanecía quieta. A continuación, untó el hombro de esa mujer con el ungüento.
El aroma impregnó el cuerpo de la berserker que lo aspiró hondamente. La mujer
abrió sus ojos y se encontró con Abigail que algo sorprendida le decía:
He terminado de tratar tu cuerpo. Puedes volver a
ponerte la ropa.
Gracias, amiga. Puedo ver que no te importa ver este
cuerpo mío. Muchos se han sorprendido, pero tu no. En verdad aprecio tu
atención hacia mi, sobretodo después de... tu sabes- Dijo ella.
Diógenes puede cuidarse muy bien solo, creo que ahora
lo sabes mejor que nadie- Dijo Abigail.
Heh, te percataste ¿no?, en efecto estas heridas me
las produjo él- Dijo la mujer del norte.
Si, a pesar de apaliar al muchacho no pudo evitar que esos
ataques llegaran a ella. Sin embargo, su cuerpo estaba endurecido por las luchas
y no era fácil producirle un hematoma. Era impresionante el nivel técnico y de
pericia de ese joven, aunque su fuerza aún no era algo de importancia. Al menos
no para la resistencia de Schekander.
La enorme morena se vistió rápido, le avergonzaba su cuerpo
desnudo. Y es que ver toda esa musculatura impresionaba. Era hasta atemorizante
pensar en que esa mole se abalanzara sobre uno con toda la fuerza de la pasión.
Tal vez los golpes y cortes no serían nada ante los abrazos que podía llegar a
dar esa mujer en un rapto de pasión.
Un nuevo día llegó y con este amanecer un nuevo camino se
abría ahora ante este extraño trío de aventureros.
Continuará…