Sirkka estaba harta de esa arpía sueca. No podía creer que
Lena le hubiera quitado el papel protagonista de la obra de teatro "Romeo y
Julieta". Esa zorra había hablado con el director de la representación, y ahora
sería la sueca la que interpretaría a Julieta junto a Hans, que haría de Romeo.
Si el que el papel hubiera llegado a ella era bastante doloroso e irritante, el
que su ex novio fuera la pareja artística de Lena era, realmente, insoportable.
La odiaba por ello.
Realmente ella había cortado la relación con el alemán
cuando, tras haberse mudado a Berlín, habían estado saliendo casi seis meses.
Estaba cansada de sus paranoias y, sobre todo, de que su concepto de fidelidad
fuera tan "liberal". Pero aún así, le molestaba mucho que esa zorra barata fuera
a ponerle las manos encima, y fuera a besarlo. No estaba enamorada de él ya,
pero una especie de vínculo de propiedad era lo que sentía en su interior. Y sí,
celos también. Celos cada vez que los veía en por la universidad, hablando
juntos de la obra.
Sirkka seguía pensando en ello ese viernes, víspera de la
fiesta de Carnaval. El sol estaba en lo más alto del cielo, haciendo a su cuerpo
en movimiento sudar. La guapa finlandesa hacía "footing", como todas las
semanas, en el enorme parque Schlossgarten. Cruzado por diversas aguas, y con
numerosos árboles y plantas, el lugar era un silencioso espacio donde disfrutar
de la naturaleza. Sirkka cruzó un pequeño puente de madera en su ligera carrera,
vestida con una camiseta blanca ajustada, de tirantes, unas mallas oscuras y
unos calcetines claros. Su blanco calzado deportivo apenas sonaba en el camino
de tierra, mientras su cabello rubio estaba atado en una simple coleta que se
bamboleaba de un lado a otro al ritmo de su cuerpo en movimiento.
Sirkka, desde luego, no pasaba desapercibida al resto de
corredores, ciclista y turistas del parque. Su rostro poseía una belleza
angelical, casi virginal. Ojos azules como glaciales, labios dulcemente rosados,
sin ser muy gruesos ni muy finos, y nariz perfilada. Sus realmente dorados
cabellos tenían un toque casi blanco, resplandeciente. La joven estudiante de
teatro de 22 años iluminaba a los que se atrevían a piropearla con su bella
sonrisa, mostrando así sus blancos dientes perfectos.
Pero esa sonrisa fue cortada bruscamente, y sustituida por un
ceño fruncido. No podía creerlo, pero Lena, esa puta sueca de su misma edad,
estaba haciendo "footing" en ese mismo parque, a la misma hora que ella. Iba por
su mismo camino, en dirección contraria a ella, e iban a cruzarse en segundos.
Los claros ojos de Sirkka recorrieron rápidamente el cuerpo
de su rival, como habían hecho innumerables veces con el mismo resultado: un
aumento de sus celos. Tan alta como ella –ambas medían poco más de 1´70-, Lena
poseía un cuerpo prácticamente idéntico a ella. Ambas eran atléticamente
delgadas, bien marcadas pero sin perder absolutamente nada de su feminidad.
Tanto en Lena como en Sirkka destacaban sus largas piernas fuertes,
extremadamente bellas y firmes, y principal orgullo de sus cuerpos para ambas
junto con sus ojos. Sus vientres planos parecieron endurecerse ante la vista de
la otra chica, donde unos pequeños ombligos destacaban por su casi perfecta
redondez. Sus caderas se contonearon más sensualmente, y sus pechos fueron
observados en detalle por cada chica desde la lejanía: las dos nórdicas poseían
pechos algo más grandes de la media, pero sin ser exagerados. Redondos, bien
colocados, compactos. A causa de esa igualdad, ambas siempre habían deseado
poder ver los otros pezones y aureolas para desequilibrar el empate técnico. Y
ambas creían ciegamente en sus posibilidades. Los brazos de la sueca eran tan
delgados como los suyos, pero Sirkka sabía que tendrían una fuerza mayor de la
que aparentaban, al igual que sus propias extremidades.
Y el rostro de Lena, era, simplemente, una copia –barata
según ella- del suyo propio. Pero había matices que saltaban a la vista de
cualquier observador atento, y eran esos matices donde ambas se basaban para
creerse más bellas que la oponente: el rubio cabello de Lena era algo menos liso
y algo más castaño que el de Sirkka; sus ojos, en lugar de mostrar el azul claro
de la finlandesa, mostraban un azul-verdoso; sus labios, idénticos en cuanto a
grosor y delicadeza, eran más rojizos en Lena que en los rosados de Sirkka. La
nariz de la sueca era levemente más puntiaguda, y la de la finlandesa levemente
más ancha. Pero la suavidad del contorno de sus preciosas caras y la misma forma
del cráneo volvía a acercarlas, y a hermanarlas, al igual que sus nacarados
dientes perfectos que exhibían cuando sonreían.
Pero ahora no era el caso.
Lena estaba disfrutando del caluroso día en Berlín. Había
decidido cambiar su rutina, yendo a Schlossgarten a hacer deporte en lugar de al
Tiergarten, donde solía hacerlo. Con su camiseta de tirantes azul celeste y sus
mallas negras ajustadas a su bello cuerpo, la joven se había colocado sus
calcetines azules y su calzado del mismo tono azulón antes de salir de su piso
compartido. Ahora, con su rubio pelo recogido en una coleta, recorría el
paradisiaco lugar.
Pero esa bella mañana había sido frustrada al girar por esa
curva del parque. Allí estaba esa furcia finlandesa, la que no dejaba de mirarla
con desprecio en la universidad, la que había querido tener su papel de Julieta,
la que había estado saliendo, y acostándose, con Hans. Sólo verla su corazón
latía más deprisa, cargado de celos y odio.
Lena no disimuló sus miradas de desprecio y de análisis
lanzadas al cuerpo y al rostro de Sirkka, y notó como la otra nórdica tampoco se
esforzaba en disimular sus propias miradas. Los labios de Lena hicieron una
mueca de asco cuando, al fin, se cruzaron, girando las cabezas y mirándose
directamente a los ojos con altivez. Unos metros más adelante, Lena no pudo
resistir más su impulso. Giró la cabeza y miró el trasero de Sirkka, y volvió a
verlo tan bien formado como siempre. Al volver a mirar adelante, Lena no pudo
ver como Sirkka había girado su rostro para observar su trasero, ni pudo ver
como una celosa mirada devorada su firme trasero llamativo.
- Puta –masculló Lena, casi presintiendo la mirada de Sirkka.
Sirkka se había parado en un gran césped natural junto a un
lago artificial, entre varios árboles, no lejos del camino de tierra. Echándose
al suelo, empezó a hacer sus ejercicios de estiramiento. En estos momentos,
sentada en el suelo, se estiraba con los brazos para agarrar el pie izquierdo,
al final de su pierna estirada sobre el césped. Con gran flexibilidad, logró
agarrarla y permanecer en esa posición durante 30 segundos, para entonces
cambiar de pierna.
Fue justo entonces cuando un movimiento atrajo su atención.
Mirando a su derecha, vio aparecer a Lena entre los árboles, procedente del
camino. La reacción de la sueca fue obvia: no se esperaba ver allí a la
finlandesa. Sin embargo, no queriendo irse de allí, algo que Sirkka podría tomar
como una especie de victoria, Lena empezó a hacer justo a lo que había venido a
ese algo apartado sitio: sus propios ejercicios de estiramiento.
Sirkka intentó olvidarse de la sueca, que se había echado al
suelo a unos 10 metros de ella. Sin embargo, no pudo evitar mirarla de reojo y
ver como hacía su mismo ejercicio. Inconscientemente, ambas entraron en una
especie de batalla de aguante, siempre manteniéndose en la posición tensa algo
más de lo que el ejercicio realmente requería.
Lena finalmente cambió de ejercicio, espatarrándose en
dirección a Sirkka en una especie de reto silencioso, mientras estiraba al
máximo sus piernas a ambos lados y con sus dos palmas se echaba adelante con su
torso, flexionándose. Sin poder evitarlo, la finlandesa aceptó el desafío
lanzado por la sueca e imitó su pose en dirección a ella, repitiendo su mismo
ejercicio. Ambas trabaron sus ojos claros mientras siguieron con el ejercicio,
aunque a veces alguna de ellas bajaba la vista hacia el otro pecho, intentando
ver algo de él cuando sus camisetas de tirantes bajando con sus torsos. Sin
embargo, estaban tan ajustadas que era misión imposible.
Notando una enorme caldera ardiente bajo su pecho por la
tensión, Sirkka cambió de postura para hacer otro ejercicio de piernas, y Lena
la imitó enseguida. Así, de ejercicio en ejercicio, las dos rubias esculturales
se retaron una a otra a ser capaces de lograr las mismas posturas. Veinte
minutos después, Sirkka decidió dejar ese juego y ver si Lena era capaz de ir un
poco más allá.
La finlandesa se levantó, con su cuerpo brillando por el
sudor a causa del esfuerzo físico. Entonces empezó a caminar hacia el camino, no
sin antes echar por encima del hombro una mirada provocadora a la sueca.
Entonces, volvió a hacer "footing" por el camino, intencionadamente de forma más
lenta. Como esperaba, Lena apareció a su lado en cuestión de segundos, corriendo
a su ritmo. Había aceptado el desafío.
Las dos bellas estudiantes aumentaron levemente el ritmo de
carrera, mientras fueron cruzándose con gente a la que las bellezas no pasaban
desapercibidas. A veces Lena o Sirkka lanzaba una rápida mirada de soslayo para
observar el hermoso perfil de la otra, o el hipnótico rebote de los pechos de la
rival. Incluso alguna vez una de ellas se retrasó intencionadamente un paso para
poner mirar con envidia el bamboleante culo de la otra muchacha. Sólo una vez
ambas giraron sus rostros y se miraron abiertamente a los ojos, pero esta tensa
situación duro sólo un par de segundos.
Pocos minutos después, las chicas se detuvieron junto a una
fuente de agua potable. Sudando, ambas contuvieron sus jadeos para no demostrar
debilidad alguna ante la otra chica. La llegada de las dos llamativas nórdicos
desvió muchas miradas de los que allí llenaban sus botellas de limpia agua, o
bebían de sus chorros. Las chicas bebieron un poco y finalmente se apartaron del
gentío, mientras algunos hombres se deleitaban con sus curvas.
Sirkka llegó hasta un árbol, donde levantó una mano más
arriba de su cabeza y la apoyó sobre el tronco. Poniendo su otra mano en su
cadera, se giró hacia Lena en actitud femeninamente arrogante. Lena levantó una
ceja mientras se colocaba frente a la finlandesa, imitando su postura: una mano
al árbol, otra a la cadera. Las nórdicas se miraron a los ojos unos segundos, en
silencio.
- ¿Qué tal folla Hans? –habló directa y claramente Sirkka,
con una sonrisa en los labios pero con seriedad en los ojos.
- Muy bien, gracias por preguntar –sonrió Lena, que echó una
rápida mirada de desprecio al cuerpo de su rival, de arriba a abajo, antes de
seguir hablando-. Parece que su última novia le dejo MUY insatisfecho –enfatizó
la sueca, mientras la finlandesa sonreía aun más al oírla.
- Escucha, frígida –Sirkka movió su cabeza para ondear su
coleta rubia al viento en un movimiento altanero que provocó en Lena una pequeña
crispación en sus labios-, si fuera así ¿por qué iba a llamarme varias veces
estos días? –la finlandesa fue la que miró ahora con desprecio el cuerpo de
Lena- Quizás su novia ACTUAL sea la que no es capaz de satisfacer a un hombre
tan básico como él.
- Él no te ha llamado, embustera –Lena se puso seria durante
un segundo, para retomar el control de sí misma y volver a sonreír-. Y si lo ha
hecho, será para decirte lo que es capaz de hacer una mujer de VERDAD.
- Una mujer de VERDAD es lo que tienes frente a ti, frígi…
- Si vuelves a llamarme eso, zorra, tendré que…
- ¿Qué harás, furcia? –se calentó Sirkka. Ambas se callaron,
mirándose con odio a los ojos mientras tranquilizaban sus respiraciones. Sus
últimas palabras habían aumentado de tono, y ello había atraído demasiada
atención sobre las dos bellezas. Dándose cuenta, Lena decidió llevar a Sirkka a
otro desafío, lejos de allí.
- ¿Cómo de rápida eres, Sirkka?
- Lo justo para dejarte atrás, Lena –la finlandesa captó el
reto enseguida, y ambas volvieron al camino de tierra, alejándose de la fuente.
Caminando un poco, llegaron a otro camino, menos transitado, que se cruzaba con
el sendero por el que ahora estaban. Zigzagueante, y vacía, la ruta se abría
hasta un pequeño lago.
- Bien, engreída, es hora de ver si eres tan rápida con esas
piernecillas tuyas como lo eres con la lengua –dijo Lena, mirando a su rival.
- Sólo una fanfarrona como tú puede confiar en esas patéticas
piernas tuyas –replicó la finlandesa, mientras intercambiaban miradas con clara
repulsa al otro par de piernas-. ¿Estás lista para ser derrotada?
- ¿Lo estás tú? –concluyó la sueca. Ambas se agacharon
levemente, listas para correr-. La primera que pase aquel cartel del lago
ganará.
- ¿Qué ganará? –desafió repentinamente Sirkka, mirando a
Lena-. ¿Cuál es la apuesta?
Lena miró a Sirkka, desconcertada. No había pensado en
ninguna apuesta, simplemente quería humillar a esa arrogante furcia finlandesa.
Pero no podía dejar sin contestar la última pregunta sin quedar como una
cobarde. Su mirada bajó al pecho de Sirkka.
- Un abrazo –dijo de repente, teniendo una idea sucia-. La
ganadora podrá abrazar a la perdedora, sin que ésta pueda replicar.
- Oh, qué bonito, un amistoso abrazo para zanjar esto –sonrió
irónicamente Sirkka, mirando el pecho de la sueca-. Acepto.
Ambas volvieron a prepararse, con ese abrazo prometido en la
cabeza. Las dos sabían que ocurriría: la vencedora estrujaría el torso superior
de la otra, aplastando sus tetas sin oposición. Aún creyendo cada una de ellas
que sus pechos eran más grandes, más firmes y más bellos que los de la
contrincante, ambas sabían que en un abrazo sin oposición, la humillación y el
dolor de sus orbes serían claros. Y no querían vivir con ello.
- Preparados… listos… ¡ya! –gritó Lena, y al unísono
empezaron a correr. El oscilante camino de tierra fue de un lado para otro,
esquivando árboles y arbustos. A veces, una de ellas tomaba una de las leves
curvas demasiado cerrada, y se raspaba con uno de estos arbustos. Gruñendo, sin
embargo, seguían.
Ya habían recorrido la mitad de la carrera, cuando empezaron
los empujones. Al principio fueron leves choques, hombro a hombro, sin
intención. Pero a cada golpe seguía uno de mayor intensidad, e intencionado.
Estaban tan igualadas, que la frustración y el ardor del duelo les hizo olvidar
toda deportividad. Sólo importaba conseguir ese abrazo que ambas deseaban.
Los últimos metros se abrieron rectos ante ellas. El cartel
se acercó rápidamente, y en un último empujón el brazo izquierda de Sirkka se
enredó con el derecho de Lena. Tropezando una contra otra, ambas se soltaron de
un tirón y tambaleantes, casi cayéndose adelante, recorrieron la recta final.
Instintivamente, las dos estiraron sus manos hacia la rival, como si quisieran
derribar a la inestable rival. La mano derecha de la sueca y la izquierda de la
finlandesa se cerraron juntas, trayendo sus cuerpos cercanos, hasta chocar
hombro a hombro y, finamente, caer a tierra. Jadeando de dolor, ambas lograron
evitar una caída peor al poner las rodillas y la mano libre debajo de sus
cuerpos. Tras unos segundos para recuperarse, ambas alzaron la vista y vieron el
cartel del lago. Estaba a un metro detrás de ellas, por lo que lo habían pasado
en la caída. ¿Pero quién había ganado?
- He ganado, puta –jadeó Sirkka, sin soltar la mano derecha
de la sueca.
- No, he ganado yo, puta –replicó Lena, apretando un poco la
zurda de la finlandesa.
Sobre sus rodillas y su mano libre, las muchachas se
observaron fijamente, no cediendo ante las palabras de la rival. Una lucha de
voluntades se inició, mientras inconscientemente aumentaron el apretón en la
otra mano.
- Bien, no importa eso ahora, Lena, porque éste parece un
sitio tranquilo y… muy solitario –rompió el silencio Sirkka. Lena miró
alrededor: árboles, arbustos y un puente de madera sobre el cercano lago, a unos
30 metros de ellas. Sólo alguien que viniera por el sendero o que cruzara el
puente podría verlas allí, por lo que era, desde luego, un buen sitio para
seguir con su juego.
- Sí, Sirkka. Quizás sea un buen momento para seguir con los
estiramientos –la sueca soltó la mano de la finlandesa y se tumbó sobre su
costado izquierdo, mirando fijamente a su oponente. Sirkka captó la indirecta, y
se tumbó sobre su costado derecho frente a Lena. La finlandesa y la sueca
pensaban en algo en ese momento: había una especie de afinidad entre ellas, que
las llevaba a entender cada silencioso desafío rival, y a saber qué pensaba la
otra en cada momento. Tomando nota mental de ello, Sirkka y Lena terminaron de
ajustarse sus cuerpos frente a frente, a escasos centímetros.
- No sé tú, Lena, pero yo voy a empezar estirando mi pierna
izquierda –dijo Sirkka, alzando su pierna hacia arriba con gran flexibilidad. La
sueca, tras mirar la pierna extendida de la finlandesa, alzó su pierna derecha
en dirección a la pierna de Sirkka.
- Esto va a ser interesante –fue todo lo que dijo Lena,
mientras las dos piernas elevadas de las muchachas rubias se tocaban por las
zapatillas.
Mirando sus pies, las nórdicas los entrelazaron por los
tobillos lentamente. Los calcetines azules de Lena y los blancos de Sirkka las
protegieron del áspero tacto de las zapatillas mientras los músculos de sus
piernas temblaban por la tensión y el esfuerzo de mantener sus largas
extremidades inferiores alzadas. Paulatinamente las bellas jóvenes fueron
estirando y alzando más allá sus piernas, alcanzando finalmente un doloroso
ángulo de 90 grados. Lena soltó un leve gruñido, mezcla de dolor y esfuerzo,
mientras gotas de sudor llenaban su frente. La sueca vio sonreír suavemente a
Sirkka ante su muestra de debilidad, pero la sonrisa de la finlandesa
desapareció enseguida pues de entre sus dientes apretados escapó un pequeño
jadeo angustioso que hizo saltar de su rostro pizcas de sudor.
Ninguna creía lo que estaba pasando. Hacía menos de una hora
estaban tranquilamente haciendo "footing", y ahora estaban enfrentando sus más
preciados tesoros, sus fuertes piernas, con su más amarga rival. Todo había
seguido un camino extrañamente natural desde que se cruzaron en el parque hasta
ahora.
Sirkka bajó la vista de su alzada pierna y miró directamente
a Lena, para encontrarla mirando sus propio rostro. Las rubias enlazaron sus
miradas, buscando alguna muestra de debilidad en los ojos claros de la enemiga.
Sólo el caluroso sol podía ver el duelo de las muchachas, y parecía disfrutar de
ello pues aumentó la intensidad de su luz. El sudor comenzó a caer en chorros
por sus frentes, mejillas, cuellos, vientres y piernas, y por el resto de sus
cuerpos ocultos por camisetas ajustadas de tirantes y mallas oscuras.
Perdiendo la cuenta del tiempo, Lena empezó a notar un enorme
peso muerto en su pierna levantada, mientras las fuerzas la abandonaban. Con un
gruñido frustrado, la sueca intentó mantenerla estirada, pero segundos después
gemía en voz algo más alta. Justo entonces una pareja de ciclistas cruzó el
puente del lago, y el sonido de las bicicletas en las maderas hizo que, como
resortes, las chicas separasen sus piernas y las bajasen, esperando que la
distancia entre el puente y ellas hubiera sido suficiente para que no hubieran
sido descubiertas. Los ciclistas cruzaron, mientras las nórdicas se sentaban
sobre sus traseros y masajeaban sus piernas entumecidas.
- Salvada por esos ciclistas –gruñó Sirkka, limpiándose el
sudor de la frente-. Considérate afortunada, ya te tenía.
- Perra arrogante –replicó enojada Lena, sabiendo que la
finlandesa tenía razón-. Seguramente llevo haciendo ejercicio hoy más tiempo que
tú, y por eso mis piernas están más agotadas –Sirkka sonrió irónicamente ante
ello-. Aún así, no has vencido, pues mi otra pierna está esperando –dijo la
sueca, esperando lograr así una revancha.
- Si te hace feliz que quiebre tus piernecillas suecas… –dijo
Sirkka, encogiéndose de hombros.
- Sigue confiando en tus débiles piernas finlandesas, Sirkka,
porque pronto verás lo que unas piernas de verdad pueden hacer… -concluyó Lena,
mientras ambas te tumbaban sobre el otro costado para encarar sus piernas más
frescas.
Entrelazando sus piernas por los tobillos desde abajo esta
vez, ambas empezaron a alzarlas lenta y tensamente, sin dejar de mirarse
fijamente a los ojos. A mitad de camino, ambas se detuvieron, asustadas por un
ruido en el sendero. Sin embargo, nadie apareció, así que olvidaron la falsa
alarma y siguieron con su duelo de piernas. Finalmente alcanzaron el ángulo
recto, con los pies y las piernas apuntando directamente al soleado cielo azul.
Pero el único azul que ambas veían era el de los ojos de la otra chica. Soltando
alternativamente jadeos y gemidos bajos, Sirkka y Lena batallaron tercamente
durante lo que pareció una eternidad.
La pierna derecha de la finlandesa empezó entonces a perder
fuerza, o eso creyó notar Lena, que usó sus últimas fuerzas para estrujar a la
sumisión a su rival. Sirkka gimió echando levemente atrás su cabeza, soltando
entonces un juramento en su lengua natal.
Y entonces, de nuevo, un ruido sonó cerca, procedente del
camino. Frustrada, Lena bajó su pierna, apartándola de la de Sirkka, mientras
ambas se sentaban justo cuando un perro llevaba al lugar. Una voz masculina
llamó al animal, y éste se marchó enseguida.
- Salvada por un perro, muy apropiado –jadeó Lena, mirando a
Sirkka. Las chicas sacudieron sus brazos, intentando quitarse el sudor de
ellos-. ¿Quién es la perra dominada ahora?
- Parece que olvidas que hace un momento era yo la que te
tenía dominada, zorra presumida –respondió con enfado la finlandesa.
- Bueno, quizás nuestras piernas izquierdas sean algo más
fuertes, pero mi pregunta es…
- ¿Qué pasaría si juntásemos las cuatro piernas a la vez?
–leyó la mente Sirkka, y Lena sonrió.
- Me gusta que pienses como yo, puta. Sólo como piensas
–aclaró rápidamente la sueca-, no que me gustes tú.
- En eso sentimos lo mismo, furcia.
Las dos chicas rubias se arrastraron adelante, quedando
sentadas frente a frente. Poco a poco, fueron pacientemente entrelazando pies,
piernas y muslos en un liso enredo, De nuevo se maravillaron por como sus mentes
pensaban al unísono, y de la misma forma. Así, de cerca, pudieron examinar
pausadamente las piernas de la rival, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Y
parecían tan fuertes, largas, firmes y bellas como las propias. Las dos siempre
habían deseado en secreto compararse en un duelo físico como éste, y en especial
habían estado casi obsesionadas con la comparación de sus piernas, algo que
mucha gente que las veía en la universidad hacía a menudo. Así pues, este duelo
cara a cara con sus mayores orgullos era una cuestión de, prácticamente, vida o
muerte para ellas.
Una vez bien entrelazadas, ambas pusieron sus manos con las
palmas abajo detrás de sus espaldas, alzando sus cuerpos unos milímetros del
suelo. Así, sólo sus manos y sus piernas entrelazadas tocaban tierra, aumentado
la presión sobre sus cuerpos jóvenes. Sin ninguna señal, Sirkka y Lena empezaron
a estrujar sus piernas juntas con sus ya no tan completas fuerzas. Mirando ahora
sus piernas en duelo, ahora los enrojecidos rostros de la otra, las nórdicas
gimieron con suavidad y apretaron sus blancos dientes en la búsqueda de una
victoria física y moral. Sabían que ni una ni otra podía reclamar hasta ahora
alguna victoria clara sobre la oponente, y por ello este duelo adquirió aún más
importancia.
Incómodamente, ambas fueron rectificando con tenues
movimientos sus posiciones, moviendo un poco a la derecha esa palma, o
entrelazando un poco mejor ese tobillo izquierdo. Según avanzaba el duelo, cada
suave cambio de posición provocaba mayor tensión en sus piernas. Las
respiraciones de las rubias iban aumentado en profundidad al tiempo que el sudor
de sus cuerpos aumentaba su presencia. Leves crujidos, casi silenciosos,
resonaron en sus oídos procedentes de sus piernas en duelo. El dolor llegó a ser
insoportable, y así se vio reflejado en las muecas de sus preciosos rostros.
A veces, el lejano puente era cruzado: ahora por una pareja
con un niño pequeño, ahora por unos jóvenes ciclistas, ahora por un tranquilo
jubilado. Cuando ello pasaba, ambas relajaban sus piernas para aparentar estar
realizando algún tipo de ejercicio, y para no llamar la atención demasiado. Y
cuando el "peligro" pasaba, el regreso a la pugna era terriblemente doloroso
para ambas bellezas. Hacía minutos que habían esperado el desmoronamiento del
vigor de las piernas rivales, pero ello no ocurría; al contrario, el duelo se
alargaba indefinidamente en una espiral de angustia y frustración.
Finalmente, mirándose a los ojos, ambas se dieron una muda
tregua. Dejando de presionar, ambas suspiraron audiblemente. Lentamente, con las
piernas intensamente entumecidas, Sirkka y Lena fueron separando sus miembros,
ayudándose de las manos. Entonces, sentadas en la hierba, estiraron sus miembros
inferiores y los masajearon suavemente, mientras cruzaron miradas rencorosas.
- Espero que tus piernas sepan ahora quien manda –jadeó Lena,
mirando con desprecio las piernas de Sirkka.
- Desde luego que lo saben –gruñó la finlandesa, mirando con
una mueca de asco las extremidades inferiores de la sueca-. Saben que ellas son
las que mandan.
- Veo que no sabes cuándo reconocer los fracasos –replicó
Lena-. Quizás quieres volver a poner esas canijas piernecillas contra las mías y
volver a sentir mi supremacía.
- Quizás es justo lo que debo hacer para que esa ridícula
boquita tuya deje de soltar embustes de mis perfectas piernas –Sirkka concluyó.
Ambas dejaron de masajearse las piernas, pero ni una ni otra
se movió más allá de ello. A pesar de sus parrafadas, ninguna se sentía con
fuerzas para empezar de nuevo un duelo de sus largas piernas. Demasiado agotadas
para ello, simplemente se miraron retadoramente a los ojos.
- ¿Aún quieres darme ese abrazo que me prometiste? –dijo
repentinamente Sirkka, encarando la contienda hacia otro lugar. Lena sonrió.
- ¿Quieres dármelo tú? –Lena se inclinó adelante,
arrodillándose, y Sirkka la imitó.
Ambas echaron una rápida mirada final al pecho rival. Sus
camisas claras, a causa del sudor, no ocultaban demasiado bien el pecho de las
chicas. Así, ambas vieron con claridad el sostén de la nórdica que la encaraba
–blanco el de Sirkka, azul el de Lena-, mientras abrían sus brazos a la
contrincante. Deseando haber visto más de las otras tetas, las rubias cerraron
sus brazos alrededor del otro cuerpo lleno de curvas y estrujaron con delicadeza
sus orbes redondos. Un suave quejido lujurioso salió inesperadamente de sus
labios, mientras sus agotadas piernas temblaban sobre sus rodillas.
"Al fin", pensó Lena. Había ansiado tanto saber cómo eran en
realidad esos bonitos pechos de Sirkka… y ahora podía sentirlos. Y como ella, la
finlandesa también se alegró al tantear con sus orbes las tetas de la sueca.
Ambas sintieron sus propios pezones estirarse ante la excitación del momento, al
tiempo que empezaban a notar a los pezones puntiagudos rivales traspasar sus
propias camisetas de tirantes.
- Ahora verás… -susurró Sirkka, moviendo su hombro derecho
adelante para clavar su pezón en la teta izquierda de Lena. Pero fue en ese
momento, cuando la sueca en respuesta también movió uno de sus hombros, cuando
una niña apareció repentinamente. Al verla, ambas quedaron paralizadas. Sus
bellos rostros enrojecieron como volcanes, mientras la pequeña, de unos diez
años, las miraba.
- ¿Qué ha pasado? –dijo la niña con una voz muy infantil-.
¿Se ha caído? –dijo, señalando a Sirkka, que ante la impresión de la repentina
aparición, se había inclinado más abajo que Lena.
- Eh… -empezó Lena-, sí. Sí. Pobrecita, se ha caído y estaba
abrazándola porque llora con mucha facilidad –dijo la sueca, mirando con sorna a
Sirkka ahora. La finlandesa sonrió, pero sus ojos estallaron en odio mientras se
levantaba, deshaciéndose del abrazo.
- No pasa nada, pequeña, esta señora –Lena frunció el cejo al
oír la palabra "señora"-, me ha ayudado, pero no estaba llorando.
- Por poco –susurró malévolamente Lena, y ambas
intercambiaron una corta mirada pasional de aborrecimiento, antes de que la
sueca se dirigiera directamente al sendero, despidiéndose de la pequeña con una
sonrisa y de Sirkka con una nueva mirada desafiante. La finlandesa observó la
parte trasera del cuerpo de su enemiga, sin darse cuenta de la cháchara de la
pequeña.
Lena salió de la ducha, envuelta en una toalla. Su cabeza
también estaba liada con una, para secar su rubio cabello. Descalza, se sentó en
el sofá, mirando sus piernas. Estaban doloridas, y ahora que se fijaba, algo
enrojecidas por la zona de los tobillos y los muslos. Al tocarse, notaba unas
pequeñas palpitaciones, y una sensación de agarrotamiento.
- Esa furcia finlandesa –masculló en su lengua, sin dejar de
pensar en su particular duelo con Sirkka esa misma mañana.
- No, de verdad, no tengo ganas de salir hoy –decía Sirkka al
teléfono a una amiga-. Estoy cansada, sí. Mañana nos veremos en Carnaval, eso te
lo aseguro.
Colgando el teléfono, la finlandesa se dejó caer en la cama.
Sus piernas estaban agotadas, algo lastimadas y en varias partes enrojecidas. Y
sabía que todo era culpa de esa zorra sueca. Esa noche no saldría para
recuperarse, pues sabía –y deseaba- que la rivalidad entre ambas sólo había
empezado, y todo iría a más.
Lena terminó su desayuno, y salió a la calle. Como cada
mañana, la sueca atrajo las miradas de los transeúntes. Vestida con ajustados
vaqueros, camiseta de tirantes rosa y sandalias, Lena llevaba su rubio cabello
suelto, cayendo más allá de sus hombros.
La chica llegó al supermercado, y tras coger una cesta empezó
a llenarla con leche, pasta, pan y legumbres. Lena decidió darse un capricho, e
ir a por algún dulce. Llegando al pasillo de la bollería, dudó entre ese
croissant de chocolate o aquel donut relleno de mermelada.
- ¿Quieres meter más grasa AÚN en ese cuerpo fofo tuyo? –oyó
la sueca a su lado, y antes de girarse ya supo de quién se trataba-. Los
productos light están allí, no aquí.
- Sirkka –sonrió falsamente Lena, mirando a su recién llegada
rival. La finlandesa estaba espléndida con sus ceñidos vaqueros, su camisa
celeste que dejaba a la vista parte de su liso vientre y sus sandalias. Su bello
cabello dorado, como el de Lena, estaba suelto-. Vaya, no soy la única que
buscaba grasa para su cuerpo –Lena alzó la barbilla con orgullo, señalando con
ella la cesta de la finlandesa-. ¿O esa napolitana no tenía como destino tu culo
gordo?
- Mi cuerpo puede permitírselo –sonrió Sirkka, mientras ambas
mantenían las apariencias ante todos los compradores. La finlandesa miró de
arriba a abajo el cuerpo de la sueca, en silencio-. ¿Cuánto pesas, cariño?
- ¿Cuánto pesas TÚ, cariño? –replicó Lena, perdiendo la
sonrisa durante unas milésimas de segundo. Si esa zorra quería comparar cada
detalle de sus cuerpos, ella estaba dispuesta.
- Sólo sé que… -Sirkka dio un paso adelante, quedando muy
cerca del bello rostro de Lena. El tono de voz de la finlandesa descendió-, mis
pechos aportan más peso a mi cuerpo que los tuyos.
- Eso no es lo que tus pechos demostraron ayer –susurró Lena,
que entonces se giró sobre sí misma y se alejó. Cuando estaba a un par de metros
de su rival, la miró por encima de de hombro izquierdo-. Más bien demostraron lo
contrario –concluyó con una sonrisa y una mirada desafiante.
Sirkka frunció el entrecejo, enojada. Su cuerpo ardía por el
duelo de palabras, pero se sentía frustrada porque la otra se apartara. Así, la
siguió. Justo como Lena quería.
Así, Sirkka llegó hasta la zona de venta de los televisores.
Allí, Lena la esperaba ante un televisor de plasma enorme, sonriente. La
finlandesa miró la pantalla, y supo porqué sonreía su enemiga.
- Oh, lucha libre… femenina –Sirkka sonrió a Lena, y ambas
intercambiaron una mirada sugerente.
- Aunque sea puro teatro, siempre me ha gustado ver como dos
mujeres atléticas encaran sus cuerpos, sus virtudes y sus habilidades en
cualquier tipo de desafío –dijo Lena, mirando fijamente a los ojos a Sirkka-. A
cualquier desafío… y en cualquier lugar.
- Incluso en, digamos, ¿un supermercado? –la finlandesa lanzó
la carnaza, y se mordió el labio inferior mientras su corazón se aceleraba.
La sueca miró a un lado y a otro, como si buscase algo.
Finalmente pareció hallarlo, pues volvió a mirar a Sirkka, con fuego en su
mirada.
- Quiero ver la ropa de oferta, ¿vienes? Seguro que habrá
algo que te interese.
- ¿Cómo rechazar una oferta de ti, cariño? –dijo la
finlandesa, que caminó para el sitio rápidamente, queriendo llevar esta vez la
iniciativa. Lena la siguió de cerca hasta que se encontraron frente a un gran
recipiente rectangular lleno de ropa pasada de temporada a un precio ínfimo.
Allí, una docena de mujeres y chicas jóvenes buscaba entre la ropa como aves de
rapiña, con algún empujón leve entre ellas en busca de la aguja en el pajar.
- Zorra lista –sonrió Sirkka mientras las dos se colocaban
lado a lado, metiendo las manos en la ropa. Enseguida el lado derecho de la
cadera de la finlandesa y el izquierdo de la sueca empezaron a rozarse, y a
chocarse con suavidad. Era el inicio. Sus manos se encontraron disimuladamente
bajo la ropa, y sus dedos batallaron. Lena hizo una mueca de dolor cuando la
finlandesa pellizcó el dorso de su mano derecha, y enseguida Sirkka se mordió el
labio al sentir como la sueca doblaba su pulgar izquierdo. Algún pellizco, tirón
y apretón fue intercambiado entre sus manos mientras sus cuerpos se aplastaban
lateralmente, ahora claramente. A ambos lados de las chicas se habían colocado
dos adolescentes que alocadamente buscaban ropa, por lo que tenían la excusa
perfecta para no separar sus cuerpos y batallar silenciosamente. De hecho,
muchas mujeres más, al ver como tantas féminas se interesaban por aquella ropa,
se acercaron a mirar.
Así, Lena aprovechó para empujar lateralmente con su teta
izquierda sobre el costado derecho del pecho de Sirkka. La finlandesa soltó un
suave gemido, que hizo sonreír con arrogancia a Lena. Sin embargo, la finlandesa
empujó con el lateral de su teta derecha para contrarrestar a la sueca, y ambas
comenzaron una batalla lateral de pechos mientras sus manos seguían en duelo
bajo la ropa. Ambas mordieron sus labios para controlar sus respiraciones, pues
las dos nórdicas empezaron a notar cómo una ola de calor –mezcla de odio y
lujuria- recorría sus cuerpos, desde la punta de los dedos de sus pies hasta el
último cabello de sus cabezas.
Justo cuando sus corazones iban a salirse de sus pechos, o
eso parecía, fueron empujadas atrás por la masa de mujeres. Habían estado tan
atentas a su propio duelo que ello les pilló desprevenidas. Tambaleantes, las
dos retrocedieron, pero Sirkka, instintivamente, golpeó con su cadera a Lena,
que cayó sobre su trasero ruidosamente, soltando un jadeo dolorido. Un hombre
ayudó a la sueca a levantarse.
- ¿Te encuentras bien? –dijo el señor educadamente.
- Perfectamente –dijo Lena, sin dejar de traspasar con su
mirada a Sirkka.
- ¡Oh! ¿Estás bien querida? –Sirkka se acercó con una media
sonrisa en la cara. Entonces habló al hombre-. A veces es un poco torpe… -volvió
a mirar a la sueca-, y no sabe cuando parar… sus pies. Alguna vez se hará daño
de verdad.
Que Sirkka le insinuara eso hizo que Lena estuviera a punto
de lanzarse sobre ella, agarrar su bonito pelo y destrozarla allí mismo. Sin
embargo todo ello sólo se tradujo en que Lena entrecerró levemente sus ojos con
odio.
- Cariño, gracias por tu preocupación –replicó Lena, con todo
el veneno que pudo lanzar desde su boca sin que el hombre se percatara de ello-.
Ahora, acabaré mis compras, pero espero verte pronto.
- Quizás antes de lo que quisieras –susurró Sirkka, mientras
ambas se giraron, meciendo sus cabellos rubios orgullosamente, y se separaron.
Lena montó en el aglomerado metro, con su bolsa de la compra.
No había sitio para sentarse, así que tuvo que conformarse con quedar de pie, en
el pasillo del vagón, agarrada a la barra central con su mano izquierda, rodeada
de una masa caótica de gente.
- Hora punta –susurró, agobiada.
La sueca se entretuvo mirando a una joven pareja que, sentada
en los asientos, se besaba dulcemente, agarrados de las manos. Lena pensó en la
última escena de la obra "Romeo y Julieta", donde Hans agarraría sus manos de
esa manera, y le daría un pequeño beso en los labios. Y cuando la obra
terminase, ella y él…
Los pensamientos de Lena fueron interrumpidas por un ligero
golpe en su firme trasero. La sueca hizo caso omiso de él, pues era algo normal
en un vagón de metro lleno. Pero cuando vino un segundo y más enérgico choque,
Lena hizo una mueca de molestia y se giró para pedir a quien fuera que se topaba
con ella que tuviera un poco más de cuidado.
Y entonces, su corazón se paró durante un segundo, para
enseguida acelerarse hasta casi salírsele del pecho. Allí estaba, justo tras
ella, a escasos centímetros. Dándole la espalda, Sirkka le sonreía malévolamente
por encima del hombro, agarrando con una mano la barra del metro y con otra su
bolsa de la compra. La mirada de Lena bajó hasta ver el bien colocado trasero de
la finlandesa. Su propio culo y el de Sirkka sobresalían sensualmente de sus
cuerpos, dándoles un perfil maravilloso. Y ahora entre ellos apenas cabría la
hoja de un cuchillo.
La mirada de Lena volvió arriba. Fríamente, ambas se
sonrieron, con sus ojos ardiendo de impaciencia por comenzar lo que sus mentes
ya habían pensado. Tras una última mirada despectiva, ambas volvieron a mirar
adelante, para disimular su duelo y, aunque no quisieran reconocerlo, para no
mostrar ninguna debilidad a su oponente.
Esta vez fue Lena la que dio el primer paso, con un muy suave
roce de su trasero contra el culo de Sirkka. Las nalgas de la finlandesa
respondieron con la misma delicadeza, y ambas nórdicas entraron en un duelo
lento, metódico y calmado, suavidad contra suavidad. Así se tantearon durante un
minuto completo, hasta que Sirkka decidió que ya habían perdido bastante tiempo.
La finlandesa apartó lo justo su trasero, tomó fuerzas
apretando su culo, y lanzó un bien medido golpe contra las nalgas de la sueca.
El empellón hizo a Lena morderse el labio inferior, pero no perdió tiempo en
imitar la táctica rival: tomó una leve distancia, endureció su culo, y golpeó
como un percutor. Sirkka hizo una mueca de desagrado, y volvió a embestir con la
misma sutileza. Las dos chicas entraron en un juego de intercambio, con golpes
cada vez más firmes pero igualmente indetectables para los numerosos ocupantes
del vagón. El combate por turnos acabó degenerando en topetones simultáneos,
donde sus duras nalgas perdían su forma perfecta durante centésimas de segunda
mientras chocaban para volver a separarse, retomar su silueta original,
endurecerse y volver a chocar.
Sus angelicales rostros ocultaban sus sensaciones, pero de
vez en cuando una de ellas momentáneamente guiñaba un ojo, apretaba sus dientes,
mordía su labio inferior o cerraba con fuerza su mano sobre la barra del metro.
Justamente, a las dos mujeres les vino una imagen mental muy apropiada para el
lugar donde estaban: dos locomotoras chocando, frente a frente.
Sus pechos subían y bajaban al ritmo de sus cada vez más
desiguales respiraciones, mientras gotas de sudor empezaban a formarse en sus
frentes, axilas y alrededor de sus redondos pechos. Habían perdido la noción del
tiempo, del lugar.
El metro hizo entonces una parada, y mucha gente empezó a
bajarse. Las jóvenes detuvieron su duelo por miedo a ser descubiertas, y
esperaron a que más gente entrara para volver a llenar el vagón. Lena miró
fuera, deseando que hubiera suficiente gente para ello. Entonces vio el nombre
de la parada… era la suya. La sueca se mordió el labio inferior, pensativa. Si
no se bajaba ahora, se alejaría mucho de su piso. Pero…
Con el vagón empezando a llenarse, Sirkka volvió a atreverse
a rozar suavemente su trasero contra el de Lena, como si le recordara su
desafío. La sueca tomó su decisión, y apretujó su culo contra la finlandesa. El
vagón se llenó de nuevo, las puertas se cerraron, el transporte empezó a moverse
por los raíles, y sus traseros volvieron a chocar duramente.
Rabiosa por haber perdido su parada por culpa de Sirkka, Lena
decidió demostrar a su rival quién de ellas tenía el trasero más firme, más
duro, más sensual. Así, lo aplastó decididamente contra las nalgas de su
oponente, y Sirkka devolvió el favor de la misma manera, aceptando este duelo a
todo o nada. Sus culos se tensaron bajo sus vaqueros hasta tornarse tan duros
como rocas, aplanándose mutuamente de igual manera, sin tomar una mínima
ventaja. Ambas reajustaron sus cuerpos agarrándose mejor de la barra, mientras
hicieron un enorme esfuerzo de control para no estampar sus bolsas en la cabeza
de la otra chica.
Finalmente, Sirkka logró hacer dar un paso adelante a Lena, e
incluyo creyó oír un suave y bajo jadeo surgir de la garganta de la sueca. El
pecho de Lena quedó aplastado contra la espalda de un alto hombre, provocándole
una leve punzada de dolor. El hombre se giró, sonriente, y Lena se disculpó con
una forzada sonrisa. Cuando el hombre, tras echar una mirada al cuerpo de la
sueca con admiración, volvió a girarse, una enojada Lena usó todas sus fuerzas
para recuperar ese paso perdido y, poco después, obligar a la finlandesa a dar
un paso más. Lena creyó sentir un leve gemido en Sirkka, mientras ésta chocaba
con una chica joven, aplastando sus tetas contra su espalda. Mientras un pequeño
dolor recorría sus orbes, Sirkka tuvo que aguantar la mirada enojada de la
chica, mientras con un gran esfuerzo recuperaba su paso perdido.
El ambiente en el vagón llegó a ser sofocante y agobiante
para ambas. Les faltaba aire, el sudor empezaba a ser molesto y sus traseros
empezaban a embotarse. Pero justo cuando ambas iban a dejar este duelo ante tal
presión, el metro volvió a detenerse. La gente empezó a bajarse, y Sirkka y Lena
aprovecharon para darse un descanso. Separando sus engomados y sudorosos culos,
se giraron para encararse cara a cara por primera vez en el metro. Con sus manos
aún en la barra, se miraron con desprecio.
- Así que te gusta chocar culos con otras mujeres, ¿no
Sirkka? –gruñó por lo bajo Lena, dando un paso adelante.
- Me gusta demostrar que tengo mejor culo que otras, Lena, si
es eso lo que preguntas –murmuró Sirkka, dando a su vez un paso adelante. Ambas
quedaron a escasos centímetros de su rival, mirándose rápidamente las tetas con
un claro desafío silencioso.
- Bien, ahora que YO he destrozado tu patético trasero,
quizás pueda pasar a aplanar totalmente esas pequeñeces tuyas, finlandesa,
cuando este vagón se llene de nuevo –susurró Lena con otra mirada de asco a las
tetas de Sirkka.
- Bien, quizás sea YO la que, tras aplastar tu gordo culo,
acabe con esas miniaturas tuyas, sueca –replicó la finlandesa con una nueva
mirada de repulsa a los otros orbes redondos.
- Señoritas –oyeron de repente. Las dos rubias miraron a un
lado, ruborizándose al creer que habían sido oídas. Fuera del metro, un revisor
de la estación las miraba seriamente, con claras muestras de impaciencia-.
Estáis en la última parada, así que por favor, dejen los cotilleos y salgan del
vagón que las limpiadoras deben hacer su trabajo.
Asombradas, las nórdicas vieron que, en efecto, estaban
totalmente solas en el vagón. Habían estado tan centradas en la rival, en
publicar sus desafíos, que no se habían dado cuenta.
Con una disculpa, las chicas salieron del transporte,
caminando rápidamente hasta salir de la estación de metro. Al salir a la calle,
vieron a muchos niños disfrazados, y recordaron que estaban en Carnaval.
- ¿Por casualidad no irás esta noche a la fiesta de Carnaval
de la Universidad? –preguntó entonces Sirkka, mientras su corazón latía
rápidamente mientras esperaba, y deseaba, una respuesta afirmativa.
- ¿Irás tú? –replicó Lena, deseando con toda su alma que la
finlandesa asistiera.
Ambas bellezas se miraron fijamente, los ojos azules claros
de Sirkka contra los ojos azules verdosos de Lena. Se tomaron incluso esta
pregunta como un duelo, para ver quién cedía antes su información.
- Iré –respondieron al unísono, y ambas sonrieron cruelmente
al oírlo. Sin una palabra más, se separaron, deseando que llegase la noche.
Sirkka volvió a mirarse en su largo espejo, por enésima vez.
- Vamos, Sirkka, estás perfecta –dijo su compañera de piso,
una bonita española morena llamada Verónica. Con su disfraz de Caperucita Roja,
la española estaba fantástica-. ¡Vamos, que llegamos tarde!
- Tengo que estar perfecta, Verónica. Más que perfecta –dijo
la finlandesa, girándose y mirando su trasero en el espejo-. Sabes porqué.
- ¿Por esa engreída sueca robanovios? –dijo la morena-. ¿Por
qué no simplemente agarras su bonito cabello dorado y la destrozar contra el
suelo? –Verónica mostró en gestos lo que decía.
- Esto es distinto –contestó Sirkka-. Nuestra rivalidad debe
resolverse de otra forma –sus ojos azules brillaron-. No me gustaría acabar
peleando delante de todos como al final tuviste que hacer con esa tal Macarena.
- No me recuerdes a esa zorra –gruñó la morena, recordando
sus dos peleas con su antigua amiga. Ya hacía dos años de aquello.
- Bueno –Sirkka seguía mirándose en el espejo. Desde luego,
brillaba con luz propia. Desde pequeña le había gustado mucho el cuento de
Alicia en el País de las Maravillas, y ahora estaba disfrazada como su
protagonista. Su cuerpo se mostraba muy sensual bajo ese corto vestido azul y
blanco, sin mangas, con una falda corta y muy abierta en la misma pieza. El
vestido estaba muy encajado a causa de un corsé azul muy apretado alrededor de
su fina cintura; un corsé decorado con una especie de pequeño delantal blanco
con símbolos rojos y negros sacados de una baraja de naipes. Sus firmes tetas se
empujaban contra tal presión del vestido, exhibiéndose algo bajo el poco escote
del vestido, algo que Sirkka lamentaba. Justo en el centro del escote el vestido
tenía un lazo azul atado. El traje traía además también dos medias blancas, que
llegaban hasta la altura de sus rodillas, y que también estaban decoradas con
corazones, rombos, tréboles y picas. La finlandesa calzaba unos zapatos negros
de ancho tacón, y además había trenzado su bello cabello brillante en dos
coletas largas laterales, con dos lazos azules decorando el final de sus
trenzas. Su rostro estaba perfectamente maquillado, sin abusar: sombra de ojos
clara, pestañas bien definidas, cejas perfiladas, labios pintados de rosa-,
¡estoy lista!
- ¡Al fin! –gritó Verónica.
- Dime que estoy perfecta –pedía Lena a su compañera de piso.
Jennifer levantó la vista de su escritorio, de su libro de física, y tras
recolocarse sus gafas, miró a su amiga.
- Lena, por favor, sabes que eres un bombón –dijo "la
empollona", como la llamaba cariñosamente la sueca-. Más quisiera yo tener ese
cuerpo.
- No seas tan dura contigo –dijo Lena, mirando su reflejo en
el espejo. Jennifer la miró con una mezcla de envidia y orgullo. La sueca estaba
radiante disfrazada de Ricitos de Oro, con su cuerpazo adaptándose perfectamente
al ajustado traje amarillo y blanco, de muy cortas mangas –apenas tapaban poco
más allá de sus hombros- y con una pequeña falda de ancho vuelo en el mismo
vestido. Un corsé amarillo apretaba su cintura y ajustaba el traje contra su
curvilíneo cuerpo; del corsé, quedando justo en la parte frontal de la falda,
salía un trozo de tela blanca a modo de delantal con tres pequeños ositos
pintados. Las redondas tetas de Lena resaltaban ante el ajustado vestido, pero
no mostraban todo su esplendor ante su prácticamente nulo escote, donde
resaltaba un lazo anudado de color amarillo-. Tendría que haber comprado uno más
escotado –se lamentó la sueca, mientras siguió analizando su vestido. En sus
piernas dos medias blancas decoradas con algún osito tapaban desde sus rodillas
hacia abajo, donde dos zapatos oscuros con tacón ancho elevaban algo su altura.
La sueca se había hecho dos coletas con su largo cabello dorado, cada una a un
lado de su rostro, y las había rematado con dos lazos amarillos. Así enmarcaba
su bello rostro, maquillado con exquisitez y perfección: sus labios estaban
pintados de un rojo claro, sus pestañas estaban bien resaltadas, sus cejas
estaban perfectamente perfiladas, y sus ojos resaltados con una ligera sombra
oscura de ojos-. Me voy Jennifer.
- Lena –dijo la compañera en el último momento. Cuando la
sueca la miró, Jennifer sonrió-. ¡Patéale el trasero!
La sueca sonrió, y cabeceó, asintiendo, con una mirada de
determinación en sus llamativos ojos azul-verdosos.
La fiesta de la Universidad era todo un éxito. La enorme
carpa estaba a tope, con una pista de baile llena de bailongos universitarios.
Todo el mundo estaba disfrazado. Sirkka, tras despedirse de Verónica, se cruzó
con Superman, con Marilyn Monroe, con unos cuantos vikingos y con un par de
orcos sacados directamente de "El Señor de los Anillos". Pero sus ojos azules
sólo buscaban a alguien en concreto: a su presa.
Lena rechazó la bebida que le ofrecía uno de los camareros,
vestido de troglodita como el resto. Siguió buscando, casi olfateando el aire en
busca y captura de su objetivo. Sus ojos claros pasaron sobre una pareja
disfrazada de Aladdin y Jasmine, sobre unos cuantos y poco originales
futbolistas, sobre algún Spiderman…
Se vieron al mismo tiempo. O mejor dicho, vieron los otros
dos ojos azules, que mostraban el mismo deseo: encontrar. Casi empujando a la
gente, se acercaron una a otra, sin dejar de enfocar directamente esos preciosos
ojos desafiantes. De nuevo se olvidaron del resto del mundo, e incluso del resto
del otro cuerpo: sólo tenían ojos para, justo, los otros ojos.
Se detuvieron a pocos centímetros de la otra, y entonces fue
cuando parecieron despertar, y ser conscientes del otro cuerpo por completo. Sus
rostros mostraron sorpresa, y luego odio. Sus vestidos eran, prácticamente
idénticos. Igualmente ajustados, igualmente apretados, igualmente sensuales,
igualmente… todo. Simplemente, donde uno era azul, el otro era amarillo.
Lena sintió un ardor nacer en sus entrañas, rápidamente
extendiéndose por todo su cuerpo, resaltando especialmente en sus dos firmes
pechos y en su entrepierna. Sus pezones se marcaron levemente a través de su
disfraz, endureciéndose. La sueca notó esto, e instintivamente bajó su mirada al
pecho de su rival. Allí, percibió dos puntos remarcados a través del traje de
Sirkka, y notó como sus propios pezones se endurecían aún más ante esta erótica
visión. Obligándose a apartar la vista, Lena miró de nuevo el rostro de la
finlandesa, para ver cómo Sirkka miraba su pecho con una mueca de desprecio.
Lena notó como los ojos glaciales de Sirkka miraban directamente a sus pujantes
pezones, y ello la excitó aún más. Con una rápida mirada arrogante, la sueca vio
como los pezones de la finlandesa también se estiraban más y más bajo su
disfraz.
Sirkka puso sus manos en sus caderas, en una posición
desafiante, mientras trataba de controlar el calor que recorría su cuerpo. Ahora
mantuvo sus ojos sobre los ojos azul-verdosos de su oponente, luchando contra su
deseo de mirar los pezones de Lena, y pudo notar en la mirada de la sueca que
ella también estaba usando toda su voluntad en mirar fijamente a sus ojos y no
bajar la mirada. Sirkka casi notó cierto dolor en sus pezones al estar
aprisionados bajo su sostén y su vestido, y deseó que Lena sintiera la misma
sensación de malestar. La sensación de ardor hizo un amago de estallar cuando
vio a la sueca colocar las manos en sus caderas, imitando su posición
femeninamente provocadora. Sus ojos siguieron lanzándose dagas envenenadas,
mientras a su alrededor la gente bailaba, reía, charlaba y ligaba sin darse
cuenta de la lujuriosa batalla silenciosas de voluntades que se daba entre las
dos calientes nórdicas.
Lena explotó finalmente, y sin poder evitarlo, lanzó su cara
adelante. Sus labios se pegaron al oído izquierdo de Sirkka, mientras evitaba
intencionadamente juntar sus excitadas tetas con los firmes pechos de su rival.
Ambas agradecieron esto, pues ninguna se veía capaz de soportar el contacto de
los otros calientes orbes y sus duros pezones en este momento. Sabían que
perderían el control si ello ocurría, y no debían llamar la atención.
- Creo que ha llegado el momento de quitarle a Alicia esa
arrogante mirada de su fea cara –Lena gritó en su oído, pues la alta música
evitaba que pudieran hablar con normalidad. Mientras Lena se refería a ella como
Alicia por su disfraz, Sirkka tembló levemente al notar los suaves labios de la
sueca rozar su oreja, y pensó en su ex novio, Hans, besando esos esponjosos
labios rojizos. Pensó si él compararía sus besos, y si ella era la deseada o la
segundona en este examen. Apartando esos pensamientos fogosos de su mente, la
finlandesa se inclinó adelante, sobre el oído izquierdo de Lena, mientras se
lamía los labios.
- Si quieres luchar, Ricitos de Oro, vamos fuera y resolvamos
esto en el césped, como mujeres –desafió Sirkka, harta de los rodeos. Ambas
siguieron evitando el choque de pechos, mientras durante unos segundos ambas
dieron vueltas en sus cabezas al desafío lanzado. Lena, tras aspirar el aroma de
una coleta de Sirkka, lamió sus labios mientras rabiaba por la sensación de los
dulces labios rosáceos de su rival en su oreja. ¿Hans los echaría de menos?
- No, zorra –jadeó Lena.
- Maldita cobar… -empezó Sirkka, pero Lena siguió su frase.
- Si deseas tenerme, tómame en la pista de baile, como
mujeres –dicho esto, la sueca se separó de la finlandesa, y tras una última
mirada lujuriosa, empezó a caminar hacia el gentío, hacia la abarrotada pista de
baile.
Verónica bailaba con otra chica, una bonita holandesa
disfrazada de sensual duende. A pesar de sus sonrisas, ambas estaban en una dura
batalla por la atención de un atractivo chico, y el duelo estaba lejos de
acabar. Ambas lo sabían.
- Si hace falta, terminaré con mis uñas en tus gordas tetas
–masculló Verónica en español a la holandesa, sabiendo –o eso creía -que no la
entendía.
Entonces, la bella morena vio pasar a Lena, seguida de cerca
por Sirkka. Sonriendo, le deseó mentalmente suerte a su amiga, mientras volvía a
enfocar a su rival. Ella y la holandesa chocaron teta a teta, y cuando sintió
las garras de su rival en su culo, Verónica supo que el duelo había subido de
nivel.
Sirkka siguió al contoneante cuerpo de Lena, muy enojada.
Había perdido la calma hacía unos segundos, retando a su enemiga a una pelea
barriobajera en el césped de la universidad. Lena había rechazado algo tan
vulgar, desafiándola a un duelo mucho más íntimo, controlado y lujuriosamente
caliente. Se odió por no haber sido ella la que hubiera lanzado el guante a su
rival, y ahora sólo pensaba en cómo recuperar la lasciva iniciativa que ahora
llevaba su fogosa antagonista.
Lena, mientras tanto, se movía entre los universitarios, sin
atreverse a detenerse, sin atreverse a mirar atrás. No sabía si Sirkka la
seguía, y no sabía si deseaba que así fuera. De hecho, no sabía cómo había sido
capaz de desafiar a su enemiga a un duelo tan erótico en medio de una atiborrada
fiesta. Había deseado con toda su alma salir fuera del lugar, agarrar las
coletas de su rival y acabar con los vestidos destrozados mientras luchaba en el
césped con ella. Pero algo en su interior le dijo que había otra manera de
resolver sus cada vez mayores y más agrias diferencias.
Tomando aire, Lena, la sueca, se giró para encarar sus
miedos, y sus más íntimos deseos. Y allí, frente a ella, la esperaba Sirkka, la
finlandesa.
En el centro de la pista, separadas por apenas medio metro,
las sensuales nórdicas se circundaron con recelo, empezando a sentir la música
en su interior. Los primeros compases de "Mecasanova", un tema de la cantante
alemana Sandra Nasic, empezaron a sonar en la fiesta, y la gente empezó a bailar
locamente. Recelosas, ambas bailaron en círculos, manteniendo la distancia. Sus
miradas no dejaban de observar en detalle las otras atractivas curvas bajo sus
disfraces.
La pista de baile fue apretándose a su alrededor, mientras
las caóticas luces de colores conferían cierta intimidad a las duelistas. Ambas
cerraron distancia, y se prepararon para el esperado contacto de sus cremosos
cuerpos. La sensualidad llenó sus cuerpos, y, al fin, sus pechos se tocaron en
un rápido frotamiento mutuo. Separándose, con un mudo jadeo, siguieron bailando,
exasperadas porque el contacto les supo a poco. Volvieron a chocar, nariz a
nariz, y esta vez presionaron sus tetas juntas con fuerza durante unos pocos
segundos, los suficientes para sentir la firmeza de las otras tetas, la dureza
de los otros pezones. Jadeantes, las chicas se volvieron a separar, deteniendo
su baile durante un segundo para mirarse las tetas con odio.
Enseguida siguieron bailando, esta vez evitando el contacto
para centrarse en un duelo de movimientos de cuerpos, de marcar su sensualidad
con caderas, pechos y traseros, con coletas al aire y miradas lujuriosamente
azules.
Sirkka supo que debía dar un claro paso adelante en este
duelo, y tomar la iniciativa. Entonces empezó a sonar "She´s Hearing Voices", de
Bloc Party, y con el ritmo más pausado de este tema, Sirkka tuvo una caliente
inspiración: llevaría el duelo a una escala más cercana.
Lena vio la determinación en la cara de Sirkka, mientras la
finlandesa se le echaba encima. Juntando sus cuerpos, frente a frente, desde los
dedos de los pies a sus barbillas, las mujeres empezaron a bailar al pegadizo
ritmo de la batería, frotando la totalidad de sus frentes. Arriba y abajo, a
derecha y a izquierda, bailaron en batalla. Sus manos estaban alzadas sobre sus
cabezas, moviéndolas con lentitud mientras se miraban a la cara con pasión y
envidia, y con mucha seguridad en sí mismas. Los minutos pasaron, y ambas
siguieron con el erótico duelo mientras empezaban a sudar, y a atraer miradas.
Un nuevo tema empezó. Una voz femenina anunciaba el inicio de
"Zerstören", de Rammstein. Al unísono, justo cuando las guitarras hicieron su
potente aparición en la canción, y sin poder resistirlo más, Sirkka y Lena se
abrazaron, bailando muy juntas, y alocadamente. Sus pechos aplastaron, sus
pezones perforaron, sus vientres besaron, sus entrepiernas frotaron.
- ¡No parecen tan grandes, zorra! –se gritaron al oído,
mientras una fiebre lujuriosa las invadía en su constante frotar de tetas.
Pero, para su desgracia, ni una ni otra pudo seguir con este
deseado duelo ardiente. La gente a su alrededor empezaba a murmurar, a mirar
asombrados. Con un mutuo empujón, las bellezas rubias se separaron,
sudorosamente jadeantes. Lena, entonces, se acercó a Sirkka para gritarle en el
oído.
- ¿Aún sigue en pie lo de tomarme en el césped, puta?
La luna brillaba llena en el nocturno cielo, salpicado de
estrellas, mientras una negras nubes casi invisibles se empezaban a otear en la
lejanía. Y esa era toda la luz que necesitaban para su íntimo y personal duelo.
El ruido de la fiesta resonaba a lo lejos, mientras las chicas se encaraban en
el césped de la universidad, tras unos árboles y arbustos que las ocultaban del
camino más cercano.
Ambas se concentraron en la otra, y el sonido de la fiesta se
apagó en sus oídos. En el ahora absoluto silencio de la noche, Sirkka sólo oía
la nerviosa respiración de Lena, y la suya propia. Empezaba a sentir esto casi
como algo irreal: las encantadoras Alicia y Ricitos de Oro de los cuentos,
peleando en una estrellada noche silenciosa, para demostrar quién de ellas era
la mejor mujer.
- ¿Desde cuándo has deseado esto, Sirkka? –rompió el silencio
Lena. Su voz sonó baja, nerviosa y viciosa.
- Podría decir que desde que te vi con Hans, Lena, pero
mentiría –replicó la finlandesa con un susurro excitado y cargado de lujuria-.
Te he odiado desde la primera vez que te vi, sentada en la biblioteca…
- Oh, recuerdo ese día –cortó la sueca-, ha quedado marcado
con fuego en mi corazón, furcia. También te he odiado desde que te vi entrar ese
día en la biblioteca.
- Bien, parece que estamos hechas la una para la otra
–ironizó la finlandesa.
- Debes sentirte humillada por lo de Hans –Lena decidió
hurgar en la herida de su rival, buscando tomar ventaja en este duelo de
palabras-. Debe joderte que me prefiera a mí antes que a ti.
- Cuando esta noche te arranque hasta el último pelo de tu
bonito cabello veremos a quien prefiere ese estúpido –replicó Sirkka, cada vez
más impaciente por empezar.
- Cuando haga explotar esas gordas tetas tuyas en unos
minutos veremos si vuelves a atraer a cualquier otro hombre –dijo Lena, mirando
con desprecio los pechos de su oponente.
- Me has estado evitando mucho tiempo, perra, pero eso se
acabó ahora mismo.
- ¿Evitándote yo? No me hagas reír. Estoy aquí, enfrente
tuya, y estamos solas. ¿Qué vas a hacer?
Sirkka empezó a caminar decididamente adelante, y Lena la
imitó para ir a su encuentro, ansiando agarrar ese bonito pelo dorado. Pero
entonces, sorprendentemente, Sirkka se arrodilló. Lena se detuvo, a escasos
centímetros de ella, con una mueca de extrañeza. La finlandesa, sonriendo, alzó
sus dos manos desnudas, en un claro desafío. Deseaba iniciar una prueba de
fuerza.
- Vamos, puta. ¿Tienes miedo de ir abajo conmigo? –retó
Sirkka.
- Deberías recordar nuestro primer encuentro ayer, en el
Schlossgarten. Así sabrías que soy más fuerte que tú, zorra –respondió Lena,
agachándose frente a su amarga enemiga. La sueca sabía que su duelo de piernas
quedó en claro empate, pero no estaba dispuesta a conceder eso a Sirkka.
- Demuéstramelo ahora –masculló Sirkka, mientras las nórdicas
alzaban sus manos y brazos lentamente, sobre sus cabezas. Sirkka respiró
profundamente, al tiempo que sus yemas de los dedos se tocaban juntas.
Increíblemente, una fuerte presión ya se notaba aquí, procedente únicamente de
las yemas en duelo. Ambas jadearon suavemente, y supieron que el duelo de fuerza
iba a ser largo y duro. Ambas eran chicas muy deportistas, y más fuertes de lo
que aparentaban sus delgados cuerpos. Mirándose directamente a los ojos, Lena y
Sirkka juntaron ahora las palmas de las manos, agregando mucha más presión al
silencioso duelo. Con los dedos separados, las rubias empujaron adelante, aun
manteniendo sus cuerpos superiores separados, mientras abrían algo más sus
rodillas en la tierra para aumentar su estabilidad. Lentamente, acumularon
energía y fuerza tras sus manos, empujando, buscando algún signo de debilidad en
los preciosos ojos de la otra mujer.
La prueba de presión mutua siguió dos minutos más, causando
leves chasquidos de dolor en sus hombros. Lena decidió que así no resolverían
nada, por lo que tomando aire, se puso nariz a nariz con su odiada rival,
trayendo sus pechos en leve contacto. Sirkka y Lena jadearon ante el contacto,
notando como sus pezones y los de la rival se rozaban a través de sus disfraces.
Lena, sin dejarse distraer por las tetas de Sirkka, siguió con su plan,
deslizando con lentitud sus dedos entre los de su oponente. Así, ambas chicas
entrelazaron sus dedos y manos, y el verdadero duelo de fuerza empezó.
Las manos de ambas mujeres se notaban irrompibles, tenaces. Y
así se reflejaba en sus bellos rostros, donde el odio y la frustración se podían
observar con facilidad. Sirkka sentía como sus antebrazos temblaban de tensión,
con molestias, mientras se inclinaba adelante y traía un contacto directo desde
las manos enlazadas hasta las axilas. Ambas jadearon de dolor, con sus brazos
totalmente estirados arriba, mientras sus tetas ahora se aplastaban totalmente
juntas, pezón a pezón. Presionadas mejilla a mejilla, las mujeres reajustaron
sus torsos superiores, causando gemidos de dolor cuando sus pezones, aún bajo
sus vestidos, eran capaces de cortar los otros pechos. Ambas pensaron en qué
serían capaces de hacer los otros pezones si estuvieran desnudas, y se
preguntaron si serían capaces de tomarlo.
Presionadas mejilla a mejilla ahora, las chicas empujaron con
todas sus fuerzas, con brazos, manos y pechos. Ambas se alzaron un poco más
sobre sus rodillas, buscando alguna ventaja, pero su idéntica altura ayudaba a
la igualdad. Sirkka decidió ir más allá, y trajo sus hombros al juego. Lena,
casi como si le hubiera leído el pensamiento, empezó a usar sus hombros al mismo
tiempo que su rival, y ambas jadearon y gruñeron ante la fuerte presión en sus
brazos y en sus tetas.
De repente, un giro brusco de Lena trajo su pecho izquierdo
entre las dos tetas de Sirkka, quedando así atrapada al igual que el pecho
derecho de la finlandesa quedaba encerrada entre los orbes de la sueca. Sus
pechos se condensaron en esta nueva posición, y ambas agradecieron estar
vestidas, pues las sensaciones ardientes que lanzaban sus bustos en duelo
estaban distrayéndolas mucho del duelo de fuerza.
Sirkka ajustó una rodilla por detrás suya, buscando un mayor
impulso en su duelo. Con un gemido de esfuerzo, Lena imitó rápidamente a la
finlandesa, al notar la fuerza extra conseguida por su contrincante. Ambas
jadearon mientras el duelo dejaba de ser lento y silencioso y se volvía
violento, entre gemidos. De repente sus brazos bajaron hasta quedar en cruz con
sus cuerpos, temblorosos por el esfuerzo. Sus tendones ardían, a punto de
explotar.
- Estás temblando, puta –jadeó Sirkka, mientras notaba como
Lena traía al duelo su vientre.
- Tú también, furcia –replicó Lena, notando el plano vientre
de Sirkka luchar contra el suyo a través de sus telas.
- Aún no me has demostrado nada, guarra –gruñó la finlandesa,
casi sin aire.
- Tú me has demostrado aún menos, zorra –jadeó la sueca, con
su pecho aprisionado.
Ninguno pudo hablar más. Las otras tetas y la fuerza del otro
torso superior estaban dejándolas sin aire en sus pulmones. Pensando en ello,
las dos tuvieron la misma idea a la misma vez.
- ¡Es hora de dejarte sin aire! –gritaron a la vez, soltando
sus manos y abrazándose con todas sus fuerzas restantes, justo cuando un lejano
trueno resonó en el aire. Con sus brazos derechos por arriba y sus izquierdos
por sus cinturas, las nórdicas se estrujaron cuerpo a cuerpo sobre sus rodillas,
sin darse cuenta de la tormenta que se acercaba. Sus caras descansaban en los
otros hombros, y las dos sintieron el caliente jadeo de la rival en su cuello.
Sin embargo, sus brazos no podían más, y sus músculos se desinflaron en sólo
unos segundos de duelo agónico. Así, ambas dejaron de presionarse, quedando
abrazadas, arrodilladas, jadeantes, sudorosas.
Tomando aire momentáneamente, ambas descansaron, vertiendo a
veces, y brevemente, algo de sus pocas fuerzas en sus doloridos brazos para
intentar someter a la rival. Pero sus fuerzas se deshacían por momentos, y sus
mutuos quejidos de agotamiento evidenciaban que sus brazos no podían dar más de
sí, al menos durante varios minutos. Había sido un largo duelo, y ahora debían
pensar en seguir con su pelea de otra forma.
Lena pensaba en ello, pero no quería pedir un cambio de
táctica en su enfrentamiento, pues podría quedar como cobarde, o como derrotada.
- ¿Quieres que siga estrujando tu patético cuerpo entre mis
fuertes brazos? –jadeó, amenazantemente, pero deseando que Sirkka no aceptara.
Durante un segundo, la finlandesa estrujó su cuerpo, y algo insegura de seguir,
Lena replicó con otro abrazo con sus últimas fuerzas, pero Sirkka enseguida dejó
la presión.
- Si mis fuertes brazos ya te han dado bastante, podemos
pasar a otra cosa, zorra –replicó Sirkka. Ahora fue Lena la que en respuesta a
sus palabras estrujó a su rival levemente, y la finlandesa replicó con sus
escasas fuerzas. Sólo duró medio segundo.
- Puedo lucharte de cualquier manera que esa sucia mente tuya
piense –jadeó Lena en el oído de Sirkka.
- Y de todas esas maneras, y más, te sometería, sarnosa –la
finlandesa susurró al oído de la sueca. Sirkka notó como el cuerpo de Lena
temblaba bajo sus palabras, y se dio cuenta de que su propio cuerpo palpitaba
también ante sus propias palabras lascivas. Pero no era un temblor de miedo,
sino una mezcla de lujuria, rivalidad y duda ante una línea que cruzar.
Con un nuevo relámpago, seguido enseguida de un trueno,
empezó a llover con suavidad. Pequeñas gotas frías cayeron sobre sus cabezas y
hombros.
- ¿Siguen doloridas esas piernas gordas tuyas? –dijo en voz
baja Lena, con arrogancia en su voz.
- No tanto como esas patéticas piernas tuyas –replicó con un
jadeo Sirkka. La finlandesa quiso tomar la iniciativa iniciada por Lena-. ¿Lo
quieres?
- Lo quiero –masculló con sensualidad la sueca.
Separando sus cuerpos calientes, las dos rubias se sentaron
sobre sus perfectos traseros, mientras la lluvia, aún muy suave, caía sobre
ellas, humedeciendo sus disfraces. Sirkka y Lena se quitaron los zapatos oscuros
de ancho tacón, lanzándolos a un lado del césped. Sus bellos rostros se
endurecieron con una mueca de rivalidad, al tiempo que trababan sus largas
piernas mojadas. Estirándose, sus piernas se entrelazaron como serpientes,
longitud contra longitud, antes de contraerse levemente en su mutuo duelo. Lena
se preguntó de quién sería el par más largo. Siempre había supuesto
presuntuosamente que sus piernas eran mejores en cada aspecto que las de Sirkka,
incluyendo la longitud de éstas, pero mientras ahora miraba con deleite y celos
las otras firmes piernas, la sueca empezó a tener sus dudas. Por el centelleo de
los ojos claros de la finlandesa sobre sus propias piernas, Lena supo que Sirkka
tenía los mismos pensamientos, y titubeos.
Bajo la lluvia, Sirkka jadeó mientras su muslo derecho,
atrapado entre las piernas de Lena, fue estrujado. Ella pudo oír el mismo jadeo
de Lena mientras aún estaban colocándose en posición. La finlandesa, por las
sensaciones entre sus piernas, notó que ambas, a pesar de sus sucias palabras
desafiantes, estaban muy tensas. Por alguna razón este duelo no iba a tener nada
que ver con la lucha de piernas del día anterior. Quizás todo lo que había
ocurrido desde entonces, con sus innumerables piques, y especialmente su
ardiente baile en la carpa sólo unos minutos antes, había cambiado la
perspectiva y el camino de su rivalidad. Las palabras lanzadas sin temor también
habían dado una nueva dimensión lujuriosa al desafío, y ambas sabían
perfectamente que la derrota vendría acompañada de alguna sucia humillación por
parte de la rival.
Las mujeres inclinaron sus torsos atrás, colocando las manos
en el césped tras sus cuerpos tras tomar una buena posición. Sus brazos, poco
recuperados aún de su duelo de fuerza, temblaron visiblemente, pero ambas
apretaron los dientes y resistieron mientras las palmas de las manos se
manchaban con tierra mojada y césped húmedo.
Desde esa posición, Sirkka puedo ver como la falda blanca y
amarilla del disfraz de Lena se alzaba, mostrando más de los muslos de su rival.
Se veían dulces, y apetecibles, y por un momento Sirkka reconoció, con envidia,
que Hans encontrara atractivas esas piernas y esos muslos. Imaginándose al
hombre entre esos muslos, el corazón de la finlandesa latió a gran velocidad,
rabioso, bajo la lluvia. Sirkka pudo ver, brevemente, unas bragas amarillas al
fondo de esos muslos, pero las perdió de vista en menos de un segundo.
Lena tampoco había perdido la oportunidad de analizar más de
los muslos de su oponente. Aprovechando que la falda blanca y azul de Sirkka no
ocultaba ahora los muslos finlandeses, Lena los analizó. Húmedos bajo la tenue
lluvia, esos muslos se mostraban esplendorosos y atractivos. La sueca envidió
esa belleza, y durante un momento un negro pensamiento cruzó su mente: ¿Añoraba
Hans estar entre esos muslos? Siguiendo con esa idea, la sueca intentó ver más
allá, pero sólo tuvo un fugaz vistazo de unas bragas azules más allá de los
muslos de Sirkka.
Con estas reflexiones envidiosas en sus cabezas, las chicas
alzaron la vista de sus muslos a sus ojos. Azules frente a azules, aunque con
tonos rojizos de rabia y furia. Sirkka dio al muslo prisionero de su enemiga un
apretón amenazador, desafiante. Lena replicó con idéntica fuerza, con idéntica
amenaza. Era la señal.
Con mucha lentitud, gradualmente, las chicas empezaron a
estrujar, a acumular presión, sobre las otras piernas y muslos, mientras la
lluvia mojaba todo el frente de sus cuerpos. Las gotas de lluvia se mezclaban
con las de sudor en sus piernas y frentes, saltando bruscamente con cada
apretón. Sus miradas inflamadas subían y bajaban, desde sus piernas en duelo a
sus ojos azules, deteniéndose continuamente en el otro pecho, que se movía
pesadamente bajo sus ropas al ritmo de sus cada vez más irregulares
respiraciones. Ambas podían intuir los otros pezones bajo sus disfraces,
endurecidos por el frío de la lluviosa noche y el calor de sus tensos cuerpos en
duelo.
- Cuando mis piernas humillen a esos debiluchos palillos
tuyos, Lena, seguiré con esas tetas –gruñó calientemente Sirkka. La finlandesa
notó como los pezones de su rival se alargaban ante sus palabras, y sus propios
pezones también se endurecieron bajo su disfraz, provocando cierto dolor ante la
presión a la que estaban sometidos.
- Sirkka –jadeó Lena, pronunciando el nombre como si le
provocara una ardiente lujuria su sola mención-, no creas que tus tetas quedaran
intactas cuando termine de partir tus piernas.
Sus músculos de las piernas se tensaron con adrenalina,
causando un gemido angustiado en ambas chicas. Sus brazos no pudieron mantener
más el peso de sus cuerpos, y se doblaron, lanzando las espaldas de las mujeres
contra el cada vez más embarrizado césped. Tumbadas, siguieron presionándose
pierna a pierna, mientras sus brazos descansaban muertos en sus costados. Sus
cabellos rubios se mancharon de barro al quedar tendidas, por lo que sus
perfectas coletas doradas se oscurecieron mientras el duelo de piernas siguió
bajo la lluvia. Cerrando los ojos y la boca para evitar las frías gotas de la
tormenta que se avecinaba, Lena y Sirkka gimieron de dolor ante el tormentoso
reto. Sus piernas exprimieron totalmente a las rivales con una fuerza que nunca
ninguna de ellas creyó tener, pero aún así ninguno se rindió.
La lluvia fue haciéndose más fuerte, con unos truenos y rayos
cada vez más frecuentes. La intensidad cada vez mayor de la tormenta se
emparejaba con la intensidad cada mayor de su enfrentamiento de piernas. Los
gemidos y jadeos pasaron a ser gritos y sofocos. Nunca habían sentido tanto
dolor en su vida.
- ¡Puta! –jadeó Lena.
- ¡Zorra! –replicó Sirkka.
El dolor pasó a convertirse en algo casi interno, embotado,
constante, mientras también sus piernas iban perdiendo sus fuerzas. Ambas rubias
usaron sus últimas reservas en un intento de tomar ventaja, pero aquello alcanzó
un nivel insoportable de tensión, que concluyó con un doble grito de frustración
mientras sus piernas crujían audiblemente y las chicas dejaban repentinamente de
apretar. Sus largas extremidades inferiores quedaron entumecidas, paralizadas.
Como dos peces fuera del agua, las mujeres jadeaban y se ahogaban bajo la lluvia
mientras muy lentamente separaban sus destrozadas piernas. Cada vez más llenas
de barro y agua, ambas se sentaron, con enorme esfuerzo. Ni sus brazos ni
piernas daban más de sí, pero ni una ni otra quiso pedir una tregua o un
descanso, temiendo quedar como una cobarde.
Lena, entonces, alzó su mano derecha hacia su pecho. Ese
pequeño gesto provocó una mueca de sufrimiento en su rostro, pues los músculos
de su brazo estallaban con eléctricas sacudidas de dolor. La sueca agarró el
lazo amarillo que tenía sobre el cerrado escote, y lo desabrochó, logrando que
sus aprisionadas tetas tuvieran algo más de maniobra bajo su disfraz de Ricitos
de Oro. Lena miró fijamente a Sirkka mientras hacía el gesto de la forma más
desafiantemente posible. La finlandesa imitó su gesto, y con el mismo dolor
abrió su lazo azul, preparándose mentalmente para el duelo que sabía que
vendría.
Mirándose a los ojos, donde lágrimas y agua de lluvia se
confundían, las dos nórdicas se arrastraron torpemente adelante. Sus piernas
seguían sin dar señales de vida, e incluso este movimiento causó jadeos
irregulares en las chicas. Al fin quedaron frente a frente, sentadas. Ambas
estiraron sus derrotadas piernas a un lado de la otra, evitando el contacto
entre ellas, mientras sus embarrados traseros quedaban lado a lado, rozándose.
Ambas giraron sus torsos –Lena a la izquierda, Sirkka a la derecha-, encarándose
bajo la lluvia. Si no podían usar sus brazos o sus piernas para pelear, tenían
que emplearse con otra parte del cuerpo…
- Tráelas de una vez, perra engreída –jadeó Sirkka.
- Tráelas tú, furcia arrogante –replicó Lena.
- ¿Tienes miedo de acabar lo que hemos empezado varias veces?
–dijo la finlandesa.
- Sabes que siempre he tenido ventaja ahí –contestó la sueca.
- Nunca he notado nada destacable ahí.
- Has notado más de lo que he notado yo en ti.
- Tengo ABUNDANTES argumentos ahí mismo, todos para ti –dijo
Sirkka, empujando su pecho suavemente contra el de Lena.
- No son argumentos de suficiente PESO para convencerme,
zorra –replicó Lena, frotando sus tetas contra las de Sirkka con lentitud.
Sirkka sintió como los pezones de Lena traspasaban ambos
vestidos y se clavaban directamente en sus pechos, junto a sus aureolas. Por el
gesto en el bello rostro de la sueca, sin embargo, la finlandesa supo que sus
pezones estaban haciendo bien su trabajo también en las tetas de Lena. Mordiendo
su labio inferior, Sirkka movió levemente los hombros, al tiempo que Lena hacía
lo mismo. Sus cuatro pezones se tocaron bajo sus telas, y las dos rubias
jadearon, mirándose con odio a los ojos.
Cada vez más empapadas por la cada vez más fuerte tormenta,
Lena y Sirkka usaron sus calientes pechos y sus largos pezones duros una contra
otra, siempre lentamente y sin apartar la mirada de la otra cara. Sirkka tuvo
que cerrar momentáneamente sus bonitos ojos cuando el pezón derecho de Lena
dobló su pezón izquierdo durante un segundo. La finlandesa gruñó, y segundos
después logró torcer el pezón izquierdo de la sueca, haciéndola gemir de dolor.
Sirkka se preguntó lo que ambas podrían hacer si no estuvieran separadas por sus
ropas y sostenes, y el daño y la humillación que ello traería al duelo.
Siguiendo el lento combate, ambas bellezas rastrillaron tetas
y pezones, una contra otra, con un ritmo cada vez algo mayor. Ignorando la
lluvia que caía sobre sus cabezas, hombros y espaldas, las dos nórdicas
siguieron inclinadas adelante con sus torsos superiores, moliendo, frotando y
clavando.
Lena entonces soltó un angustiado jadeo al sentir todo el
peso completo de ambos pechos de Sirkka sobre los suyos. Sirkka se había hartado
de jugar con pezones, y ahora embestía con todo. Lena replicó con toda su masa
de carne, y la finlandesa sintió todo el peso completo del otro pecho firme. En
una especie de juego lujurioso, ambas intercambiaron por turnos sus embestidas:
Lena, Sirkka, Lena, Sirkka, Lena, Sirkka. Tras una docena de topetazos, las
nórdicas echaron levemente atrás sus cuerpos, para embestir enseguida duramente.
Tras el golpe, ambas gruñeron de dolor, pero dejaron sus pechos presionados
juntos, comenzando una intensa y lenta pugna de tetas exprimidas. Deseaban saber
cuáles orbes podían soportar más presión, aún cubiertos por sus cada vez más
deshilados y húmedos trajes.
Tras soltar algún que otro jadeo de esfuerzo y sufrimiento,
las chicas apartaron sus doloridos pechos, y sus miradas bajaron a los senos
rivales. A causa de la lluvia y de la presión entre sus cuerpos, ahora sus
disfraces de Alicia y de Ricitos se empezaban a trasparentar a la altura de sus
redondas tetas, donde los sostenes ya no se ocultaban y donde sus pezones
destacaban cada vez más. Rabiosas ante tal visión, ambas volvieron a batallar
pecho a pecho, con bruscos movimientos de hombro y angustiados jadeos de
esfuerzo. La lucha de pechos se tornó áspera, con choques más rápidos, violentos
y descontrolados. El sonido del intercambio combatió con el de los truenos,
mientras la lluvia traspasaba sus ropas.
- ¡Maldita puta! –jadeó Lena, golpeándose frustrada contra
Sirkka, pecho a pecho. Su salvaje golpe derribó repentinamente a la finlandesa,
que cayó todo lo larga que era sobre el embarrizado césped. Entre respiraciones
pesadas, una y otra se miraron, asombradas ambas. La sueca enseguida dejó el
estupor para atacar verbalmente a Sirkka-. ¿Quién tiene las mejores tetas ahora,
Sirkka? ¿Cuáles pechos son los más grandes, eh puta?
Con una mirada asesina, Sirkka alzó su cuerpo para volver a
encarar a su rival. Gruñendo de dolor al tener que apoyarse en sus agotados
brazos, la finlandesa se lanzó con todas sus fuerzas contra Lena, teta a teta.
El duelo de pechos volvió a empezar, ésta vez más ardiente y violento que antes.
Lena tuvo que defenderse de las acometidas rabiosas de Sirkka al principio, pero
finalmente el duelo volvió a igualarse entre sus dañados pechos.
- ¡Cae perra! –gritó Sirkka bajo la lluvia, estampando su
pecho totalmente contra las tetas de Lena, justo al tiempo que un relámpago
cruzaba el nocturno cielo. Lena gritó de dolor, y cayó atrás, derribada por el
ataque de su enemiga. La nueva pausa alivió a ambas, cuyas tetas empezaban a
dejar descargas muy doloridas sobre sus cuerpos. Sirkka miró con desprecio a su
caída rival-. ¿Qué tienes que decir de mis tetas ahora, Lena? ¿Sabes ya qué
pechos son los mejores y los más grandes, zorra?
Lena se levantó como pudo del embarrado suelo, mientras
traspasaba con la mirada a su rival. Encarándose, ambas simplemente se miraron a
los ojos. Esta vez mantuvieron sus tetas apartadas, sin que ninguna se atreviera
a batallar con ellas. Las dos rubias las sentían zumbando, entre tensos dolores.
La tormenta, además, estaba empeorando.
- No serías tan dura sin ese traje cubriéndote, zorra
engreída –masculló agotada Lena, cruzando la línea que ambas deseaban traspasar.
- Justo pensaba lo mismo de ti, puta altiva –replicó