4. Otra vez Yovana.
Yovana se presentó otra vez en mi
piso. No lo hizo como una mujer separada, sino como una dulce y fiel esposa del
dueño de un restaurante. Habían transcurrido dos meses desde nuestro encuentro,
el último encuentro.
-¿Y tú? -preguntó ella amablemente después de terminar su
pequeño vaso de ron-. ¿Has rehecho tu vida?
-Si llamas rehacer la vida a conocer a la mujer de mis sueños
estás equivocada -respondí con seriedad.
Miraba por la ancha ventana la calle. Parecía que la mulata
elegía para las visitas los días con lluvia o oscuros, porque se iban
arremolinandio unas nubes negras y el sol se había ocultado de nuevo. Luego
corrí las cortinas, pues me temía la misma escena.
-¡Ja! -exclamó Yovana en un tono jactancioso mientras
mostraba sus blancos dientes-. No me contestes así, mi amor.
-¿Crees que olvidaré fácilmente a Helga? Mi pequeña Helga...
-continué de un modo lastimoso.
-No me gustan los hombres que se quejan o se refugian en el
pasado. Además, boxeador, te conozco desde aquel día, cuando nos encontramos en
las junglas de The Everglades, en Florida. Tú no estás preocupado por la
soledad. En estos momentos temes que mi marido nos diga algo si descubre mi
primera visita furtiva, mi primer engaño desde la boda.
Sus ojos negros, el pronunciado escote de su blusa blanca y
las curvas de su culo ceñidas en unos pantalones oscuros me dejaban en un
desorden mental. ¿Debía esconder mis sentimientos hacia ella? Estas relaciones
prohibidas todavía excitaban más su líbido.
-Ven conmigo, mi amor -dijo la muchacha melosamente mientras
se desabrochaba la blusa para mostrar un sujetador rojo que encendía más
pasiones.
Y como comprenderéis no me podía resistir. Sin embargo, al
sentarme a su lado, me replicó con unas salvajes palabras.
-No, cariño, esta vez déjame hacer a mí -añadió cuando me
quitó con brusquedad la camisa-. Esta vez yo golpearé primero en mi particular
asalto, boxeador.
Me besó el cuello y con sus labios de carmín rozó un lado. Se
volvieron a escapar mis ahogados gemidos y ella continuó trabajando como una
mujer-vampira en la cripta de una amurallada ciudad en ruinas. Eso acabó en un
simpático chupetón que días después no sabía cómo disimular ante hombres y
mujeres en el gimnasio donde entrenaba.
Pero Yovana siguió. Ahora su lengua se deslizó
vertiginosamente en mi pecho. Se detuvo en mi ombligo mientras sus manos no
paraban de trabajar también pues, sin darme cuenta ya tenía bajados los
pantalones.
Y a continuación se propuso hacerme una felación, algo que no
le había pedido a ninguna chica, ni a ella. Su imparable -e impagable- lengua
rozó mi glande, lo torturó agradablemente por unos instantes con leves golpes y
luego se metió mi pene en su boca. Sus labios acababan de complementar aquella
sublime tarea que me obligaba a retorcerme de placer en el sofá. No sabía si
aguantaría. Se oyeron varias veces mi "¡Ah! ¡Ah!"
Yovana paró por unos instantes y yo no sabía dónde mirar.
-Dámela toda, mi amor -repitió como la última vez.
La mulata continuó porque esta vez quería que eyaculase
mediante el sexo oral. Y lo consiguió después de sus desesperados intentos. La
piel de chocolate de su bonito rostro se salpicó de mi semen. Gotas, su boca
ribeteada de mi líquido blanquecino...
Se incorporó y se marchó al lavabo para lavarse su boca, su
increíble boca y hasta añadiría su garganta. En el sofá quedaron una pequeñas
manchas. ¡Ja! ¡Qué me importaba eso! Luego ya se limpiaría.
Permanecí sentado y aturdido, como si estuviese bajo efectos
de alguna droga. Quizás sí, era la anhelada droga del sexo. Salió ella con una
sonrisa pícara, como si no hubiese hecho nada. Me besó con sus frescos labios de
un modo breve y... frío. Parecía que aquella tarde no quería nada más. Yo estaba
muy animado con deseos de repetir o, al menos, darle placer a la mulata, pero no
quise insistir tampoco.
-He dicho a mi marido que iba a ver a una amiga -contestaba
ella ante mi silencio-. Si llego muy tarde, Fabricio empezará a sospechar. Los
europeos sois muy celosos. Y todavía no quiero destruir mi matrimonio.
Sus palabras me daban cierto temor. No debí iniciar aquella
breve discusión, porque reconozco que en realidad me encantaba seguir su
peligroso juego.
-Así... ¿Ya piensas que vas a hacer dentro de unos meses?
-pregunté-. Eres calculadora, previsora... ¿Coleccionarás en el futuro a más
maridos?
-No me hables con esa sorna -replicó en un tono severo-. No
me la merezco, pues te he tratado a ti bien. Durante la luna de miel se notaba
que Fabricio y yo no éramos la pareja adecuada.
-Ten cuidado, Yovana. No se puede jugar con los sentimientos
de la gente.
-Pero te gusta mi juego. No me lo niegues...
La mulata no dijo nada más, pero su mirada cruel me
aconsejaba que no debía hablar más del asunto. Se limitó a coger su chaleco de
cuero y se marchó de mi apartamento. ¿Volvería a verla? ¿Volvería a sentir sus
habilidades? ¿Sentiría otra vez su boca engullendo exasperadamente mi miembro?
Estaba todavía mi glande enrojecido. Me metí en la ducha y luego intenté cenar,
sin embargo como entenderéis no tenía demasiada hambre.
Francisco