COMO DIOS
Ante todo, decir que esta es una fantasía (no muy original,
por otra parte. Se trata del clásico juego de los tres deseos) que se me ha ido
de las manos. Abandonada la restricción de la realidad, se tiene la tendencia (a
mi por lo menos me pasa) a exagerar. Pero de vez en cuando es divertido.
Abandone, pues, toda esperanza de realidad quien traspase esta puerta. Al fin y
al cabo, es solo para pasar el rato...
CAPÍTULO 1
Todo empezó una noche de sábado, a altas horas de la noche y
borracho cual irlandés el día de Saint Patrick. Volvía a casa, supongo que
haciendo eses, por las calles desiertas de mi pueblo, cuando de repente se me
apareció George Clooney. Lo primero que pensé fue "debo beber menos. Mañana
lo dejo", pero decidí que ya sería racional mañana, cuando se me hubiera
pasado la trompa, así que escuché lo que tenía que decirme. Y lo que tenía que
decirme és que era el genio de la lámpara y que me iba a conceder tres deseos.
Me quedé un poco parado pero, al fin y al cabo, si la gente era capaz de repetir
año tras año y navidad tras navidad que los ángeles tienen la cara de James
Stewart, ¿por que no iban a tener los genios la cara de George Clooney?
-Soy el genio de la lámpara y voy a concederte tres deseos
-dijo pues, George- dime cual es el primero.
-Bueno, bueno, no te lances y dejame pensarlo...-dije yo
- Concedido. Piénsalo. Ese será tu primer deseo.
¡Que cabrón, el genio! ¡Ni que para pensar necesitara que un
genio me diera permiso! Y encima, es que yo cuando mezclo bebidas no estoy para
nada. Así que sólo se me ocurrió decir:
-Oye, ¿Por que no vuelves mañana y lo hablamos? Es que ahora
no estoy para nada...
-Muy bien. Ese será tu segundo deseo. Mañana a la misma hora
me volveré a aparecer, y podrás pedir tu tercer y último deseo.
Y desapareció.
Me fui a dormir jurando no volver a mezclar vodka con
tequila, y a la mañana siguiente me levanté con la consiguiente y reglamentaria
resaca.
Me pasé toda la tarde del domingo sin hacer nada y, hacia a
las ocho de la tarde, por pensar en algo, me acordé de la aparición de George
Clooney. Menuda chorrada, pensé. Pero, por hacer algo, me puse a pensar cual
sería mi tercer deseo en tal situación. Primero pensé : tener un montón de
dinero. Después: tener un montón de mujeres. Pero como sólo tenía un deseo,
debía de ser uno que los englobara todos. Pensé: tener el poder de que la gente
hiciera siempre lo que yo quisiera. Eso lo englobaría todo. Podría ir al banco
y, simplemente, decirle al cajero que me diera el dinero que necesitara. O irme
de los sitios sin pagar. O decirle a la mujer que quisiera que se acostara
conmigo... en fin.
A las cinco de la noche me desperté y se apareció George
(podía haber elegido otras horas, el cabrón. Menos mal que estaba de vacaciones,
y a la mañana siguiente no tenía que levantarme pronto). Fue al grano y me dijo:
-He venido a concederte tu tercer deseo.
Como no tenía nada que perder, le recité lo que había pensado
por la tarde:
-Muy bien. Quisiera que la gente hiciera siempre lo que yo le
digo.
George, con una sonrisa, dijo:
-Concedido. Con sólo mirarlos a la cara, la gente hará lo que
les digas.
Y desapareció.
A la mañana siguiente me levanté con una sensación extraña,
como creyéndome lo del sueño. "No seas gilipollas", pensé. "no seas gilipollas
tu" -me contesté yo mismo.- "¿qué te cuesta probarlo?".
Había que encontrar un banco de pruebas adecuado, porque no
era plan de acercarse a la primera muchacha que pasara y decirle "hola, que tal,
¿quieres acostarte conmigo?" y recibir un sonoro bofetón. Decidí probar con algo
menos peligroso.
Los lunes, desde tiempos inmemoriales, mi madre hace
lentejas. Iba a mirarle a la cara y a pedirle...no, mejor, a ordenarle, que hoy
hiciera macarrones.
Me fui a la cocina, donde estaba trajinando mi madre, la miré
a la cara, y le dije:
-Hola, quiero que hoy hagas macarrones.
Como sin darle importancia, mi madre contestó:
-Vale, así cambiamos un poco.
¡A ver si iba a ser que el George Clooney había dicho la
verdad! De todas maneras, no estaba del todo convencido. Una cosa tan trivial
podía haber sido casualidad. Decidí hacer más pruebas. Me fui el kiosko de la
esquina y compré el periódico, y cuando lo tuve en la mano le dije a la
encargada:
-Oye, que hoy no te pago.
-Vale -me contestó- no te preocupes.
¡Joder, que seguía funcionando la cosa, y yo sin despertarme!
Decidí subir un poquito más el nivel. Me fui al banco. Hice la cola (gilipollas
de mi, porque con mis poderes podía haber hecho que los demás me cedieran el
sitio, digo yo), y cuando llegó mi turno, le dije al cajero:
-Hola, quiero sacar 1000 euros.
-Muy bien, ¿de que cuenta? –me respondió.
Eso no lo había pensado, así que dije lo primero que se me
vino a la cabeza:
-De la del alcalde.
-Muy bien, de la del alcalde -Y se puso a manejar esos
aparatejos que manejan los del banco. Luego sacó el dinero, me lo dió y me fui
tranquilamente con mis mil euros.
Ni que decir tiene que yo estaba en la cima del mundo. Si
aquello seguía funcionando, un sinfín de posibilidades se abrían. Pero decidí
tomarlo con calma. Ahora se imponía ir a casa a comer. Macarrones.
Después de comer me fui a la habitación, porque necesitaba un
tiempecillo para pensar. Y, como hombre con sangre en las venas, a la par que
adolescente en celo, empecé a pensar como sacar partido sexualmente a aquellos
poderes. Decidí empezar por lo más fácil y accesible. Me puse a hacer una lista
mental de las chicas, mujeres, señoras, señoritas etc de mi entorno que me
follaría (quienes estén leyendo esto pueden hacer lo mismo: pensar a quienes de
sus conocidos se follarían ahora mismo, si no tuvieran que pasar por el
inconveniente de tener que seducirlos. Es divertido).
La cuestión es que, lo que hasta ahora había un condicional
muy imperfecto ("me las follaría"), ahora podía ser un futuro casi perfecto ("me
las follaré"). Para empezar, a la mitad de las de mi clase me las pasaría por la
piedra, pero especialmente a Ingrid, a Begoña, a Eva, a Gema, a Arancha y a
María José. A las gemelas del curso de arriba, también. A las dos profesoras que
valían la pena de las que teníamos (a Carmen, la de inglés, y a Isabel, la de
filosofía), también. A la camarera morena del garito donde íbamos los sabados
(bueno, en realidad a las tres camareras, pero especialmente a la morena, que
está pa ponerle un piso...), a la chica del super (Sandra, creo que se llama), a
mi prima Leonor, a su amiga Mireia, a ... En realidad, seguro que, pensando
pensando, salían aun más. Estaba empezando a desvariar, y se me estaba poniendo
dura la polla por no saber por donde empezar.
Pensé en hacerme una paja para aliviarme, pero luego pensé
que, siendo casi todopoderoso, era una gilipollez andarse con pajas. Una mamada
sería lo mínimo con lo que me conformaría a partir de ahora. El problema era
¿quién me la hacía? La única mujer de la casa era mi madre, y no era plan. ¿las
vecinas? La media de edad debía de ser de unos 50 o 60 años. Quizás hubiera
alguna más joven, pero no me venía a la cabeza ¡Ya lo tengo! La chica del
kiosko. No es que sea ninguna belleza, pero no está mal. Tiene unos 25 años y
para un apretón como este podía valer. El problema es que el kiosko no lo abren
hasta las 5, y son las 4. No puedo esperar tanto. Pero se donde vive, tres o
cuatro calles más para allà. Me voy y llamó a su puerta. Abre su madre. La miro
de arriba abajo, desde los rulos a las pantunflas. No, va a ser mejor que sea su
hija quien se ocupe del trabajo.Pregunto por ella y al cabo de unos momentos
aparece Lucía:
-¿Que quieres?
-Oye, mmmm,...¿tú no vendrías a mi casa ahora?
-Bueno, vale. ¿Para que?
¿Me atrevería a pedírselo? Y, sobretodo, ¿Si se lo pedía, no
me daría una ostia?. Pero bueno, todo el mundo sabe, pensé, que es más difícil
que un banco te de dinero gratis que que una tia te haga una mamada (que tampoco
es fácil). Y antes había funcionado, así que me decidí. Con tono todo lo firme
que pude le dije:
-Quiero que me hagas una mamada.
-Bueno, vale.
¡Eureka! Esto marcha, pensé.
-Mamá, me voy un momento a casa Luís –le dijo Lucía de un
grito a su madre.Cogió una chaqueta y salió detrás de mi.
En tres minutos cruzamos por la calle Sagasta, giramos por la
calle Hernán Cortés, atravesamos la plaza Mayor y llegamos a mi casa. Una vez en
la habitación con Lucía, el corazón me va a mil por hora y me siento incapaz de
hacer nada, así que dejo que mi kioskera haga todo el trabajo. Me desabrocha el
cinturón, luego los botones del pantalón, mientras se arrodilla delante de mi,
sin dejar de mirarme a la cara y con una media sonrisa pícara en la cara. Me
baja los pantalones de un tirón, me coge la polla con la mano derecha y empieza
a chupármela.
He de confesar que fue la primera mamada de mi vida, y la
verdad es que la primera vez que los labios de una chica tocan tu polla es una
sensación inolvidable, un recuerdo que todos deberíamos conservar toda la vida.
Luego me han hecho mamadas mejores, pero de aquellos labios de Lucía me acuerdo
y me acordaré toda la vida.
Empezó a mamármela, mientras yo la cogía ligeramente de la
cabeza y notaba mis dedos sobre su pelo negro. Debía de poner una cara de
gilipollas impresionante, porque recuerdo que cerré los jos, eché la cabeza un
poquito hacia atrás y abrí la boca diciendo algo como ¡¡¡¡OOOOHHHH!!!!,
¡¡¡¡OOOOHHHH!!!!, aunque también es posible que fuera ¡¡¡¡AAAAGGGHHHH!!!!,
¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!!, vaya usted a saber.
Como las piernas empezaban a fallarme, porque Lucía le ponía
bastante entusiasmo (eso era de motu propio. Yo sólo le había dicho que me la
chupara), pensé en sentarme. Di un par de pasitos para atrás tipo pingüino (con
los pantalones en los tobillos) y me senté en el borde de la cama, para estar
más cómodo. Lucía hizo el mismo camino de rodillas y empezó de nuevo a
chupármela, ahora seguramente con un mejor punto de apoyo.
En ese momento se abrió la puerta y apareció mi madre con
cara de espanto.
-Luís!!!!
Joder, se me había olvidado ordenarle a mi madre que no
entrara en mi habitación mientras me la estaban chupando...
CAPÍTULO 2
...esto de tener poderes iba a resultar más complicado de lo que parecía.
De momento, Lucía se sacó mi polla de la boca (en realidad se
la quité yo, porque al entrar mi madre instintivamente me levanté y le metí un
pollazo a Lucía que no sé como no le rompí los dientes. Si está leyendo esto,
perdona). Con los pantalones en los tobillos y la polla tiesa, miré a mi madre a
los ojos y le dije que no pasaba nada, que el hecho de que Lucía me la estuviera
chupando era lo más normal del mundo (¿por que no?). Y le dije que lo olvidara.
Afortunadamente, el hechizo seguía funcionando.
De todas maneras, mi madre dijo:
-Han venido unos señores a verte.
Me subí los pantalones, porque aunque ahora fuera casi un
semidios, no era cuestión de recibir a la gente con los pantalones bajados.
Por hacerlo corto, habían descubierto que el cajero del banco
había dado 1000 euros de la cuenta del alcalde que no tocaban. El buen señor no
paraba de repetir que me los había dado a mi (lo conozco desde hace años), pero
que no sabía porque. Una pésima excusa para un desfalco.
Me sentía fatal, porque yo sólo quería hacer una prueba, ni
siquiera había pensado que haría con el dinero. Y, desde luego, no era mi
intención meter a nadie en un lio. Era evidente que al buen señor lo iban a
despedir si no encontraba una excusa mejor.
Necesitaba un momentillo para pensarlo, así que les dije que
se fueran y que se olvidaran del tema.
En realidad cuando recuperé la tranquilidad pensé que, si mis
nuevas capacidades no me abandonaban, la cosa era fácilmente solucionable. A la
mañana siguiente iria al banco, hablaría con el director y le diría que
readmitiera al cajero y que pusiera el dinero de su bolsillo. Con lo que cobra
un señor de esos, seguro que no era ningún gran sacrificio.
El problema, pensé, es que no podía ir haciendo las cosas por
ahí sin pensar, porque luego desfacer los entuertos era un lío y un rollo.
Tendría que ser más cuidadoso con lo que deseaba y hacía.
De momento, y puesto que Lucía se había ido (no me había
acordado de mandarle que me esperara) decidí hacerme una paja en vez de que me
la chuparan. Mañana seguro que lo hacía mejor, eso de ser todopoderoso...
* * *
Que hubiera decidido ser más cuidadoso no quería decir que
hubiera renunciado a utilizar mis nuevos poderes para satisfacer mis apetencias
carnales hasta ahora irrealizables y, lo que es peor, irrealizadas. De eso nada.
De la lista que había hecho el día anterior, elegí a las gemelas Rodríguez como
primer objetivo.
Las gemelas Rodríguez tenían un año más que yo, y tenían un
polvo que no se lo salta un gitano (con perdon de los gitanos. Pero el refranero
español es así). Sobretodo, tenían algo que ninguna otra chica podía tener: eran
dos. De hecho, por eso las gemelas siempre han sido un mito erótico desde que el
porno es porno, y puesto que podía elegir, decidí aplicar el consejo de Sam
Fuller ("hay que empezar con un terremoto, y luego ir subiendo") y
empezar por las hermanitas Rodríguez Sánchez (que nombre más vulgar, coño).
Tanto Marta como María son rubitas, con los ojos ligeramente
achinados. Más bien altas, y con su tierna edad (unos 18 años, supongo. Yo, 17)
se puede decir que lo tienen todo muy bien puesto. En condiciones normales no
hubiera soñado ni en planteármelo, porque además apenas si las conocía, pero en
las nuevas circunstancias decidí que Marta y María no se iban a librar de un
buen polvo antes de que el sol se pusiera.
Decidí hacerlo en mi casa; lo primero era deshacerse de mis
padres, para evitar nuevas y molestas interruciones. Eso fue fácil. Les dije que
hacía un día precioso para irse a la sierra, y estuvieron totalmente de acuerdo.
Ya de paso, y para mayor seguridad, les dije que, buscaran un hotelito con
encanto y que pasaran allí un par de días como dos tortolitos.
Lo siguiente era averiguar donde vivían Marta y María, porque
ni siquiera eso sabía (las había visto algunas veces por el instituto y eso era
todo). Pero preguntando a la señora María, la vecina, que es como la KGB, la CIA
y el Moshad juntos, pero en abuela, lo averigüé.
Ahora sólo faltaba consumar el hecho. Aunque, en la situación
actual, no hacía falta seducir a nadie, me puse mis mejores galas Nunca lo he
entendido demasiado bien, pero fue casi por instinto. Si iba a follármelas, lo
mínimo que podía hacer era arreglarme. Llegué a su casa y llamé. Me abrió su
padre (que, por cierto, también tenía un polvo. Pero decidí seguir con el plan
previsto).
Marta y María no estaban, se habían ido a la piscina
municipal. Bueno, tampoco iba a dejar que tan ligero contratiempo evitara un
polvo que llevaba soñando desde la primera vez que las vi.
Me fui a la piscina, miré a los ojos a la cajera y entré sin
pagar. Le estaba cogiendo gusto a esto. Una vez dentro, el problema era
localizar donde estaban las gemelas, porque tenía poderes, pero no los rayos X
de Supermán. Pero bueno, me di una vuelta y al final las encontré. Bueno, a una
de ellas:
-María!!! –la llamé
-Soy Marta - Marta se rió un poco de mi error .Tampoco en
esto mis poderes me ayudaban demasiado-María está en el bar.
Me acerqué a donde estaba Marta.
- Hola. Soy Luís, mo se si te acuerdas de mi –si, ya se, una
gilipollez darles conversación. Pero hay convenciones difíciles de evitar-
¿Puedes ir a buscar a tu hermana?
-Claro.
La cosa marchaba. En condiciones normales, no me hubiera
hecho ni puto caso.
Salió del agua y se fue hacia el bar moviendo su bonito culo,
al que no no pude por menos que echarle una detenida ojeada. Llevaba un bikini
rojo, más bien pequeño, que se le metía un poco por la raja del culo. Sobra
decir, puesto que ya lo he dicho antes, que estaba muy buena. Me alegré de mi
elección, relamiendome antes de hora, aunque el corazón me iba a mil por hora,
porque no acababa de creerme del todo que aquello fuera a salir bien.
Al cabo de poco volvió Marta con su hermana. Vi que María
llevaba el mismo modelo pero en amarillo, con lo que, cuando estaban juntas,
parecían un poco la bandera española. Tenía su gracia.
Una vez las tuve a las dos reunidas, les dije que se
cambiaran porque nos íbamos a mi casa. Cuando dijeron que vale y estuve seguro
de que la cosa seguía funcionando, añadí "Venga, que os voy a follar a las
dos." No era estrictamente necesario, pero me apetecía decirselo
directamente. Las dos se rieron como si hubiera contado un chiste, y contestaron
que "vale". Las chicas no tenían mucha conversación, pero tampoco ibamos
a hablar de política internacional, así que más o menos daba lo mismo.
Salimos del recinto de la piscina y aproveché para hacer otra
cosa que hacía tiempo que quería hacer: darles un cachete en el culo a cada una,
así, con las dos manos a la vez, una para cada una. Es una chorrada, pero me
apetecía hacerlo. Y podía, que era lo mejor. Ventajas de conocer a George
Clooney. Dieron un saltito para adelante al recibir el impacto de mis manos y se
rieron. Marta (o María), dijo, en broma:
-¡Eh, no te aproveches!
-Si eso fuera lo único que te fuera a hacer esta tarde,
bonita...-le dije yo, mas chulo que un ocho. Nunca lo he sido, pero ahora
tocaba.
Bajamos por la calle Doctor Fleming abajo, giramos por la
calle 1º de mayo (mi pueblo siempre ha sido un poco rojillo), pasamos por
delante del ayuntamiento y, atravesando la plaza mayor, nos dirijimos a mi casa.
A mitad de la plaza me encontre con Carmen, la profesora de
inglés.
Se que no debería haberlo hecho, que estaba abarcando más de
lo que podía apretar, que tres mujeres son muchas para un cuerpo mortal como el
mio...pero no puder resistir a la tentación. Culo veo, culo quiero (nunca mejor
dicho):
-Venga Carmen, vente tu también y follaremos un rato.
Carmen tiene unos 35-40 años y está perfectamente follable.
Como he dicho, me daba inglés en el instituto, con escaso éxito en lo
lingüístico, pero bastante en lo sexual. Más de una paja había caído con ella,
sobretodo imaginando un trio con Isabel, la profe de Filosofía. Carmen tiene el
pelo castaño y liso, que le llega más o menos a los hombros, y una cara un poco
angulosa. Se parece un poco a la Letizia Ortiz, para entenernos, aunque menos
delgada y con más tetas. Más bien tirando a alta, aunque sin pasarse. Siempre
bien vestida. Ese día había salido a pasear, y llevaba una falda más o menos
ajustada, que le llegaba poco más o menos por encima de las rodillas, y una
blusa blanca, todo muy formal.
Carmen no puso ningun reparo a lo que le acababa de decir,
así que nos fuimos los tres buscando horas de lujuria y sexo. Si el cuerpo
aguantaba, claro.
Cuando entramos en el ascensor se me echaron las tres encima,
como dispuestas a devorarme.. Fue Marta (se las distinguía porque Marta llevaba
una camiseta roja, mientras María se había puesto una camiseta blanca con una
flor dibujada en el pecho) quien me puso contra la pared y empezó a besarme en
la boca, mientras Carmen me preguntaba a que piso íbamos. Como pude (tenía la
boca ocupada) se lo dije y ella apretó el botón correspondiente. Mientras Marta
no me dejaba soltarle la boca, Carmen y María, que se habían puesto a mis lados,
me metían mano por donde podían, con lo cual en un momento habían seis manos
femeninas palpándome a la vez, lo cual, os lo puedo asegurar, es bastante
agradable.
Yo también aproveché para tocar lo que pude. Atrapado contra
la pared del ascensor y rodeado de Carmen, Marta y María, empecé por coger lo
que tenía más a mano, es decir, el culo a la que me estaba besando. El culo de
Marta era fantástico, sobretodo muy calentito (o es que era yo el que estaba
caliente). Ella se había limitado a ponerse una camiseta larga encima del
bikini, así que tenía fácil acceso y lo aproveché para meterle mano como nunca
habría soñado hacerlo, apretando y restregando sus carne a manos llenas.
Mientras alguna mano se había introducido ya en mi pantalón y podía notar como
me acariciaba polla, que ni decir tiene que se había puesto dura de contento.
Desgraciadamente, el viaje fue corto. Cuando llegamos al 5º
piso había inclinado mi cabeza a un lado y estaba besando a la otra hermana, sin
soltar eso sí el culo de Marta, no fuera cosa que se me fuera a escapr. Se abrió
el ascensor y nos desenroscamos; y, cuando estábamos a medio camino, se oyó una
puerta que se cerraba. No sabía si nos habían visto, pero me acuerdo que pensé,
con horror, que si la señora María nos había visto, a la mañana siguiente lo
sabría todo el pueblo. Y, con ello, la reputación de Marta, de María y de Carmen
(que, además, está casada), se iba a hacer puñetas. Esto de hacer lo que uno
quiere sin hacer daño a nadie estaba resultando más difícil de lo que parecía.
Pero poco se podía hacer ya, más que rezar. Saqué la llave y,
lo más rápidamente que pude las metí en mi casa. Necesitaba follar.
Después de cerrar la puerta, como instintivamente, las llevé
a mi habitación. Cuando llegamos, fue Carmen la que dijo:
-Con esto no tenemos ni para empezar.
Tenía razón. Ni se me había ocurrido que en mi cama
individual difícilmente íbamos a caber los cuatro.
-No tienes uno más grande –dijo Marta
-El de mis padres –contesté
Y, dando media vuelta, nos fuimos al otro cuarto. Cuando
llegamos a la habitación de mis padres, me sentí impulsivo, me cogí a María, que
era la que tenía más cerca, por la cintura y de un salto me la llevé a la cama.
Caímos los dos riéndonos, pero por fortuna la cama no se rompió. Ella quedó
debajo y empecé a besarla, mientras le tocaba las tetas por encima de la
camiseta. Pronto Marta y Carmen se unieron a nosotros.
Siempre he intentado ser bastante racional. Sólo tengo dos
manos y una polla, así que Marta, María y Carmen a la vez era más de lo que
podía abarcar. Decidí concentrarme de momento solo en una. Les dije a Marta y a
Carmen que se enrollaran entre ellas, mientras yo me quedaba con María. Además,
también me daba morbo ver a aquellas dos dandose el lote.
En casi nada de tiempo, Marta y Carmen estaban desnudas a
nuestro lado, haciendo un 69. La verdad es que tener a aquellas dos comiendose
los relativos conejos con gusto, con sus desnudos cuerpos enroscados y haciendo
obscenos ruidos mientras sus lenguas se perdían entre los muslos de su
partenaire, cuando una semana antes yo era un pringao que no se comía una
rosca, me estaba poniendo la polla a cien. Afortunadamente, mi polla ya estab
dentro de la boca de María.
Tras unos minutos así, le dije a María que se desnudara, que
quería follarla. Así lo hizo, y luego se montó sobre mi verga y empezó a
cabalgarme, al principio poco a poco, y luego con más ganas. Ponía cara de
disfrutar, lo cual hizo que cualquier sentimiento de culpabilidad sobre lo que
estaba haciendo desapareciera.
Poco a poco María fue cogiendo ritmo, mientras yo la cogía
por el culo, que era, de manera nada sorprendente, muy parecido al de su
hermana. Al cabo de unos segundos, ya se oía como un "CLAP CLAP CLAP", del ruido
de su cuerpo al chocar contra el mío, arriba y abajo, mientras vaía como botaban
y rebotaban sus esplendidas tetas al ritmo de la cabalgada.
...mientras notaba, a mi lado, el calorcito de los cuerpos de
Carmen y Marta, que seguían, a lo suyo, enfrascadas en su inesperada sesión de
lesbianismo.
¿Vale la pena que cuente lo que sucedió después? ¿He de dar
más detalles del 69 que me hice con la profe de inglés? ¿He de describir como el
coñito rasurado y rosado como una frambuesa de Marta se distinguía perfectamente
del de María, que había dejado una matita de pelo rubio que era diferente del
castaño de Carmen? ¿Es preciso qué describa como María me folló otra vez como
una loca (así se lo había pedido), haciendo crujir la cama con sus botes? ¿Como,
después, su hermana ocupó su lugar, y botó también sobre mi tiesa polla, hasta
que me corrí?
¿No es mejor que cada uno se imagine lo que es tener tres
lenguas para recuperarse, lo que es una mamada de ese tipo? ¿He de contar como
puse a las gemelas mirando a Cuenca, con las manos en la pared y el culito hacia
fuera, y fui alternando el meterla en el coñito de una con el meterla en el
coñito de la otra, y vuelta a empezar, mientras a mis espaldas mi profesora de
inglés se masturbaba viendo la escena? ¿He de describir como después, puesto que
toda la casa era nuestra, lo hicimos en el comedor, en la cocina, y hasta enculé
a Carmen en el cuarto de la lavadora? ¿He de contar como Carmen, que era la
única que previamente había practicado el sexo anal, nos explicó a los demás
como había que hacerlo? ¿o las prácticas que hicimos aquel día al respecto? ¿He
de explicar lo que se siente al pistonear arriba y abajo del culo de una chica
como María? ¿He de describir el dulce dilema y la ligera confusión de no saber,
por exceso de oportunidades, donde meterla? ¿Qué hago? ¿Me vuelvo a follar a
Marta, o enculo de nuevo a Carmen? ¿O hago que las gemelas hagan un 69, mientras
me follo a cualquiera de ellas por detrás? ¿O quizás le como ese coño rasuradito
a Marta? ¿O pongo en el Google "Kamasutra", y voy haciendo todas las posturas
una por una?
Tantas decisiones...y tan poco fondo físico, porque se me
había olvidado pedirle a George más aguante, y yo no soy, por naturaleza, ningún
atleta. Follé con las tres mientras pude, el fondo físico se me acabó antes que
la imaginación. Me rendí. Eso sí, con cara de felicidad, supongo.
Así que, quizás por primera vez en mi vida, a las 9 de la
noche estaba durmiendo (en la cama de mis padres, que era más grande). Carmen se
había ido a casa (en un último arranque de lucidez, se lo dije. No quería
problemas con su marido), pero las gemelas se quedaron a dormir a mi lado. No
iba a despertar sólo, pudiendo evitarlo.
CAPÍTULO 3
Me desperté, abrí los ojos y comprobé que no había sido un sueño: tenía a
Marta y a María, cada una a un lado y desnudas. Ellas estaban aun dormidas, así
que tuve unos momentos para pensar. Esa mañana me las follaría otra vez, y luego
pasaríamos a buscar nuevos horizontes, que había aun muchas chicas que follar,
mientras pudiera. Vaya usted a saber si mañana se acababan los poderes, y me
quedaba con las ganas.
Me levanté y fui a la cocina. Cogí un zumo de naranja de un brick, y luego me
fui a mi habitación. El ordenador estaba en marcha, porque se estaban bajando
unas cosas del Emule, así que decidí comprobar si había algo de correo. Una vez
lo hube mirado (solo había correo basura, aunque había un anuncio de viagra por
internet que igual sí que me hubiera servido), recordé lo del kamasutra que
había pensado el día anterior. Puse"kamasutra" en el google. Aparecieron unas
cuantas páginas. Abrí una de ellas y comencé a mirar distintas posiciones,
buscando ideas para cuando llegara el momento. Estaba mirándolas, cuando a mi
espalda, oí que una de las gemelas decía:
-¿Qué haces?
No la había oido entrar. Era Marta, y cuando me giré vi que estaba
completamente desnuda y mirando la pantalla, como la cosa más natural del mundo.
-Nada, mirando posturas, para follaros mejor.-A naturalidad no me iba a ganar
nadie, pensé.
Marta se quedó mirando, esperando que hiciera algo, así que decidí abrir uno
de los epígrafes que había en la página. Abrí uno que parecía prometedor: La
postura del placer, ponía.

Con el siguiente texto "Ella
se arrima al borde de la cama o de una silla. El se arrodilla para dejar su pene
a la misma altura que la vagina de ella, que se abre de piernas para recibir el
sexo de su compañero y echar su cuerpo para atrás en una sutil relajación. Al
mismo tiempo, el cuerpo de él es envuelto por las piernas de ella mientras se
ocupa de marcar el ritmo de la penetración.
"
-Que te parece, la hacemos –le propuse a Marta
-Vale. No parece demasiado complicada -respondió
Dejé el ordenador, me levanté mientras Marta se hacía a un
lado y me miraba con una mirada pícara, me acuerdo que apartándose un mechón de
pelo que le caía sobre la cara (es curioso las cosas de las que se acuerda uno).
Me dispuse a pasar a la parte práctica. Puse a Martita al borde de la cama.
Abrió las piernas tal como decía el texto, sin dejar de sonreir y dejando a la
vista su precioso y bien rasurado coñito. Aun la tenía medio floja cuando se la
metí (el precalentamiento había sido escaso), pero rápidamente se fue poniendo
dura dentro de aquel calorcito de la cueva de Marta. Al principio miré la
pantalla del ordenador para ver si era así la postura, pero luego me olvidé del
texto y comencé a follármela con ganas. La vida era bella, el coño de Marta
caliente, sus susurros sexys, el tiempo se hacía más lento y yo estaba
disfrutando cada momento, metiéndosela hasta el fondo con embestidas cortas y
secas, como estocadas hasta tropezar con el fondo, mientras le comía las tetas.
La vida era bella...
Con el ruido que estábamos haciendo, María se despertó.
-Ya veo que habéis empezado sin mi-dijo, desnuda también,
desde la puerta.
-Elige postura, que eres la siguiente.-le contesté, girando
la cabeza por encima de mi hombro y con la polla metida aún en el coño de Marta.
Al principio no lo entendió, pero cuando vió la pantalla del
ordenador, lo captó, se sentó y comenzó a mover el ratón. Yo volví a
concentrarme en follarme a Marta, hasta que a mis espaldas escuché:
-Ya está. Ahora me toca a mi.
No tenía ningunas ganas de parar de follarme a Marta, pero al
mismo tiempo me apetecía casi lo mismo follar con María. Y, como no se debe
hacer esperar a una dama, di una última embestida, se la saqué y fui a ver que
había elegido María.
Espejo de Placer

Esto lo iba a tener que hacer encima de la cama, así que me llevé a María al
catre, mientras su hermana se apartaba. María se echó de espaldas en la cama y
esperó. Le levanté las piernas, mientras miraba el ordenador, y se la enchufé.
Mientras, como música de fondo, Marta leía en voz alta el texto que acompañaba a
la ilustración (luego lo he mirado "La postura permite variar el sentido de
la penetración y la apertura de las piernas. Los rostros no pueden acercarse y
las manos poco pueden hacer en esta posición, lo cual genera una ansiedad
sumamente excitante: ambos cuerpos corren juntos la carrera para llegar al
orgasmo y reflejan en el otro los más variados gestos de placer y lujuria."
Bastante apropiado)
La cama retumbaba cuando me corrí dentro de María.
Pero aquello no había acabado. Las dos hermanitas tenían aun ganas de marcha,
sobretodo Marta, que se había quedado a medias, así que empezó a chupármela para
ponerme a tono, más por egoismo, me temo, porque tenía ganas de follar, que no
por darme placer. Pero no por ello me quejé, porque lo hacía bien, que es lo
importante.
Al cabo de poco se le unió su hermana, y entre las dos me pusieron la polla
otra vez en servicio.
-Quiero esta –dijo Marta, que había elegido de la web la siguiente postura- Y
quiero que me la metas hasta el fondo.
Miré la pantalla:
El Arco,

-Sus deseos son ordenes –respondí. Más aún si sus deseos eran de ese tipo.
Bueno, por no hacerme pesado, diré que esto duró un buen rato. Mientras me
follaba a una, la otra elegía, y luego cambiábamos. No mucho rato para cada
postura, porque si no, no hubieramos podido hacer casi nada. Pero lo suficiente
para tener una idea. Y sin dejar de follar, empalmando a una hermana con otra,
que era lo mejor.
Como digo, para no hacerme tedioso, me limitaré a enumerar, tal como lo
recuerdo, y con la ayuda de la web, lo que hicimos esa mañana y con quien. Puede
que cambie algún orden, pero no lo creo.
La Profunda, con María (y os aseguro que esta fue bien profunda. Se la metí
hasta los huevos)

La Carretilla, con Marta

La amazona, con María (esta no fue fácil, os lo aseguro)

La sorpresa, con Marta (por el culo, para variar)

Y aquí me corrí, llenándole el culo de semen. Quien me lo iba a decir a mi...
Después de correrme por segunda vez esa mañana, y tras sacar la polla del
culo de Marta, decidimos desayunar algo, porque el ejercicio matutino nos había
hecho entrar hambre (y tampoco habíamos cenado la noche anterior, por razones
evidentes.). Preparé unas tostadas, una mermelada que encontré en un armario, un
poco de zumo, y como teníamos hambre, todo nos supo a gloria.
Cuando acabamos, nos quedamos mirando, sin decir nada. Luego, ellas dos se
echaron a reir, como si hubieran comprendido al mismo tiempo lo que todos
estábamos pensando:
-Seguimos, ¿No?
- Claro, claro –respondí. Se supone que los hombres nunca decimos que no, y
con el desayuno sentía que había recargado las pilas y estaba dispuesto a
seguir.
Follamos un rato más, probando otras posiciones, algunas sacadas de internet,
otras improvisadas sobre la marcha, y en eso se nos fue la mañana. A las 12 del
mediodía, decidí que el primer ensayo de utilización carnal de mis nuevos
poderes podía darse por concluido, con un sobresaliente sin paliativos. Las dos
hermanas se vistieron y salieron de mi casa, dejándome sólo. Teniendo en cuenta
que, literalmente, habíamos hecho medio kamasutra antes llegar al mediodía, me
tomé el resto del día libre.
CAPÍTULO 4
Pasaron un par de días después de la macrosesión de kamasutra con las
hermanas Rodríguez, días que me tomé con calma porque, aunque me gusta follar,
no quería morir joven. Un polvo con mi compañera de clase Arancha y una mamada
de la vecina del sexto fue todo lo que hice.
Al cabo de un par de días, me enteré (en los pueblos todo se sabe) de que a
Marta y a María sus padres las habían castigado. Tenía que habérmelo imaginado,
que una noche fuera de casa sin dar señales de vida y sin dar ninguna
explicación no iba a pasar sin consecuencias, pero ni se me había venido a la
cabeza.
De todas maneras me sentía, una vez más, un poco culpable, así que decidí
hacer una buena obra e ir a visitar a sus padres para pedirle (o, mejor dicho,
ordenarles) que le levantaran el castigo a sus hijas. Y de paso, pensé, si
estaban solas igual podríamos recordar tiempos no tan viejos (o sea, echar otro
polvo con las gemelas, que ya me estaban volviendo las ganas de follar).
Llegué a la casa donde vivían, llamé al timbre y me abrió su madre. Se quedó
mirando a aquel desconocido que había aparecido ante su puerta, y como yo
tampoco decía nada, me preguntó que quería. Le dije que hablar con ella y me
dejó pasar al salón, sin quitarme la vista de encima.
La habitación a la que entramos era un salón-comedor arreglado de manera muy
clásica, con muebles buenos pero antiguos. Tampoco tuve mucho tiempo para
fijarme en la decoración, porque enseguida la señora me preguntó de nuevo:
-Y bien, ¿que quieres?
Le eché una mirada y tuve otra vez el mismo mal pensamiento. Yo había venido
a liberar a las dos gemelas de su cautiverio, pero ¿Qué pasaría si de paso me
follaba a su madre? La señora Rodríguez, tal como había intuido la primera vez
que la había visto, y como confirmaba ahora al fijarme con más detenimiento,
tenía un buen polvo. Debía tener unos 40 años, y se conservaba estupendamente.
Era rubia, como sus hijas, alta como sus hijas, y estaba buena...como sus hijas.
Así que decidí aprovechar el viaje.
-Quiero que deje de castigar a sus hijas. Y, ya de paso, si me lo permite, me
gustaría follar con usted y correrme en su cara.
Como se ve, la timidez inicial a la hora de pedir las cosas había
desaparecido. El día que caducaran los poderes, pensé, me iba a ganar una ostia
que se iba a oír hasta en Nueva York. Pero, de momento, no era el caso.
La señora Rodríguez (no tenía ni tengo ni idea de cual es su nombre de pila)
no dijo nada. Pero, tras unos segundos de suspense, me di cuenta de que no se
negaba a la idea. Gracias a Dios, porque mi pola ya se había anticipado a los
acontecimientos, y estaba ya morcillona dentro de mis pantalones. Sin decir
nada, la señora Rodríguez se limitó a acercarse lentamente como una gatita en
celo y a darme un morreo en la boca como en las películas...solo que en las
películas del Hollywood clásico, como se toman en plano medio, no se ve la mano
de la mujer yendo hacía la entrepierna del hombre y acariciándole el paquete,
que es lo que pasaba en realidad... No todo era romanticismo en aquellas
películas, aunque no se viera.
Volviendo al presente, mientras yo hacía lo que podía por devolverle el beso
a la señora Rodríguez, ella me bajó la cremallera del pantalón y metió la mano,
notando como se me estaba poniendo. Satisfecha, dejó de besarme y se fue hacia
abajo, arrodillándose entre mis piernas y desabrochándome el pantalón con sus
hábiles dedos. Mi polla saltó como un resorte, y la madre de mis queridas
gemelas quedó, en pocos instantes, enfrentada con mi polla tiesa y dispuesta.
Sin más preámbulos, la señora Rodríguez se la metió en la boca y empezó a
chupármela, con lo que pudo apreciar como mi verga crecía y crecía aún más en su
boca a cada chupada
A medida que la señora Rodríguez fue chupándomela, fui perdiendo el mundo de
vista. Ella fue cogiéndole el tranquillo a la cosa, y la sangre se me concentró
en la polla (o eso me pareció, incluso físicamente), empecé a notar como un
mareo, cerré los ojos, y mis brazos se movieron incoherentemente hasta cogerle
ligeramente la cabeza y acompañar sus movimientos arriba y abajo, con mis dedos
enredados en su pelo. Eso es todo lo que recuerdo.
Con la polla metida hasta la garganta de la buena señora, oí un ruido.
Nuevamente había sido imprudente, y me había dejado llevar por mis deseos sin
antes comprobar si la casa estaba vacía. No lo estaba. Atraídas por los ruidos
que hacía su madre y los gemidos que yo no podía controlar, las gemelas salieron
de su cuarto. Supongo que ver a su chupándome la polla les hubiera provocado un
shock de por vida, si no fuera porque, rápidamente, les dije que se unieran a la
fiesta.
Marta y María se acercaron a donde estábamos. Superado en número, me dejé
hacer. La señora tomó la posición central entre mis piernas ligeramente
abiertas, y reemprendió su tarea, mientras Marta y María se pusieron una a cada
lado de su madre y, al principio tímidamente, y luego con más decisión,
comenzaron a disputarle la única polla que había disponible en la habitación. Y,
si hasta entonces la mamada ya era buena, con los refuerzos venidos de la
familia fue aún mejor. Entre las tres apenas si cabían para chupármela, pero se
las apañaban bastante bien, combinando sus lenguas sobre mi polla, y el hecho de
que fueran madre e hijas le daban un morbo añadido que la convertía en la madre
de todas las mamadas (nunca mejor dicho).
Era como ser atacado desde todas direcciones, no sabías de donde te iba a
venir la próxima, pero aquello era un no parar en que mi polla estaba siempre
dentro de alguna boca, pero nunca demasiado tiempo en la misma. Una sensación
que casi me hacía correrme de gusto (literalmente). Al final, una de las gemelas
se cansó de tener que pelear por mi polla y se sentó a mi lado en el sofá,
empezando a morrearme, metiendo su lengua en mi boca. Su hermana, al cabo de
medio minuto o así, hizo lo mismo, se colocó al otro lado dejando a su madre
sola trabajándome la polla, mientras alternaba las bocas de las gemelas. Me
sentía rodeado, entre tanta mujer, pero así es como yo la había querido, y ahora
había que apechugar.
Como quería que aquello durara lo más posible , antes de correrme, me levanté
y decidí que pasáramos a un sitio más cómodo. Me las llevé a las tres a la
habitación principal (bueno primero a la cocina, pero eso fue porque me
equivoqué, que no estaba en mi casa). Había una cama enorme y rústica, y al cabo
de nada, estaba yo echado sobre esa cama, con la señora Rodríguez cabalgando
encima de mi, mientras Marta y María se aplicaban mutuamente otra dosis de amor
fraternal.
Se abrió la puerta del piso, pero yo no lo oí.
Lo que sí que pude escuchar fue la gruesa voz del señor Rodríguez, encargado
de correos y padre de familia, marido cornudo, padre gruñón, que decía la
canción, plantado en la puerta y exclamando escandalizado:
-¿Pero que coño está pasando aquí?
Supongo que era una pregunta retórica, es decir, que no esperaba respuesta.
Era evidente lo que estaba pasando: un desconocido, o sea, yo mismo , se estaba
follando a su mujer y a sus dos hijas. Tampoco hacía falta ningún croquis para
entenderlo, pensé. Pero no estaba el horno para bromas. Al señor le estaba
creciendo una cornamenta de alce a ojos vista.
Es impresionante lo rápido que puede pensar uno en estas circunstancias, la
cantidad de cosas que le pueden pasar por la cabeza. Lo primero que pensé fue en
quitármelo de encima y que no molestara. Al fin y al cabo, tenía una faena aun
entre manos, y quería seguir follándome a Marta, a María, y a
como-se-llame-su-madre tranquilamente. Pero luego me dio lástima. Con aquella
cara de amargado, era evidente lo que necesitaba el señor Rodríguez era un buen
polvo. También pensé que a mi no me vendrían mal refuerzos para satisfacer a
tanta mujer, porque si seguía a ese ritmo esas tres me iban a matar.
Aprovechando que nos habíamos quedado todos parados y que se había hecho un
incómodo silencio, le dije al señor Rodríguez:
-No se sulfure y folle.-la cara del señor Rodríguez cambió de inmediato. Los
poderes seguían funcionando, para satisfacción de todos.
Luego se me ocurrió algo más retorcido. Me giré a una de las gemelas, la que
había quedado más cerca de mi, y le dije:
-Venga Marta, chupasela a tu padre.
-Soy María –respondió la interesada.
Pero esa fue la única objeción que hizo. Se levanto y se fue hacia donde
estaba su padre, aun sin entender demasiado bien lo que pasaba. Algo le decía
que aquello no estaba bien, pero era incapaz de actuar en consecuencia, de
moverse, aun cuando veía como su hija se acercaba completamente en bolas y
moviendo sus lindas caderas, llegaba, se arrodillaba delante de él, le abría los
pantalones y le sacaba su miembro, aun medio fláccido. Y cuando María tuvo la
polla del buen señor en la boca, ya era demasiado tarde para volver atrás.
No sé si hice bien al encaminar la cosa en esa dirección. Aunque antes de
marcharme les ordené a todos que no tuvieran remordimientos por lo que habían
hecho, no puedo dejar de pensar que el recuerdo volverá por las noches para
atormentarles...aunque vaya usted a saber, igual les gustó y repiten sin mi.
En todo caso, durante las siguientes dos horas el señor Rodríguez disfrutó de
su familia como no lo había hecho nunca antes. Primero, una vez la mamada le
dejó la polla en condiciones, puso a María con las manos apoyadas en el armario
de pared que había en la habitación y el culo en pompa, y sin decir nada se la
endiñó por detrás, follándosela sin piedad. A María pareció gustarle tanta
energía, porque gritó como no había gritado ninguna vez conmigo. Tras unos
minutos, el señor Rodríguez llamó y se folló a su otra hija, mientras yo pasaba
el rato (es un decir) con su mujer, que por cierto, follaba de puta madre.
Pasamos media tarde follando sin parar. La cubana que me hice con las tetas
de Marta, como botaban las tetas de la señora Rodríguez mientras me cabalgaba,
el reencuentro con el culo de Marta, que tanto me había gustado el primer día y
sobre al que me había prometido repetir, la cara del señor Rodríguez mientras se
follaba a sus hijas...todo eso y mucho más que ahora no consigo recordar,
hicimos aquella tarde, de la que guardo un vago recuerdo de una habitación
pequeña, de ir de un coño a otro, de un culo a otro, de felicidad casi completa.
El momento que ha quedado grabado en mi memoria, por resaltar uno, llegó
cuando le dije (lo que, en esas circunstancias, equivalía a ordenarle) al señor
Rodríguez que entre los dos nos folláramos a su hijas, cada uno por un agujero.
Primero, Marta y luego María, pasaron por tal ritual, intercambiando agujeros.
Las gemelas parecieron disfrutarlo, aunque vaya usted a saber. Eso sí, es
probable que no se pudieran sentar en una semana.
Una cosa sí puedo decir de aquella tarde memorable.
Continuará?...