MUÑECA VICIOSA.
Esta historia completa las contadas en Muñeca Adorable y
Muñeca Perversa.
Todas ella forman parte de la serie autobiográfica Vida en
Pareja.
Argentina estaba en una crisis enorme, y nosotros en aquellos
tiempos nos unimos para siempre en un apetito sexual que hoy sigue.
"Quiero que me rompa el orto"- me exigió Julia besándome con
una lujuria desenfrenada- "Prepárame para él".
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Desde la primera noche que Julia, Lalo y yo hicimos el amor,
una vida de placer inimaginable se había instalado en mí.
Habíamos acabado curso y carrera. Así, aprovechando que
Verónica había vuelto a Paraná, Julia y yo, nos fuimos a vivir a casa de Lalo,
justificándolo diciendo que nos ahorrábamos el alquiler.
Nuestro chico trabajaba y mucho, la situación económica de
Argentina, era tal que para resolver los problemas de la empresa en la que
estaba, salía a las 8 de la mañana y no volvía hasta la misma hora de la noche.
Nosotras nos quedábamos en la cama, desnudas, sintiéndonos,
haciendo fiaca. Poco a poco y a medida que el sol nos calentaba, nos
calentábamos mi muñeca y yo. Un roce, una caricia, una pequeña picardía y sin
darnos cuenta nos iba subiendo la temperatura hasta que abrazadas, en semitijera
, moviéndonos con el ritmo sabroso del sexo, nos llevábamos al punto de no
retorno. No importaba quien acababa antes, la otra , buena amiga, seguía hasta
comprobar que el placer había sido mutuo. Nunca he sabido que es mejor, acabar
antes y ayudar a llegar o viceversa. Eso lo pienso ahora que recuerdo aquellos
gloriosos días en que abría mi cuerpo, y sobre todo mi mente, a la libertad
sexual.
Después el mate en la terraza, con unas toallas bajo la cola
para no hacernos daño con el asiento, leer el periódico y mirarnos.
Estaba preciosa, se le había dorado la piel, y su cuerpo de
adolescente, de ninfa, era una estampa erótica de Newton. Me sonreía con
malicia, y se masturbaba, yo la acompañaba haciendo lo mismo. Para cebar el mate
se necesitan las dos manos, así que una paraba el toqueteo para servir a la
otra, que daba las gracias mientras aceleraba el ritmo de la autocaricia . Tras
la explosión una ducha y crema. No usábamos esponjas, nuestros dedos extendían
el gel sobre la otra , y la ducha con su agua a presión servía para aclararnos.
Para Julia el jabón líquido era una novedad , era una
costumbre gallega que me había descubierto mi novio.
Secarnos la una a la otra y luego la crema hidratante
poniendo la piel suave y lustrosa.
Nos poníamos un vestido, sin nada debajo, las sandalias y a
la calle. De Recoleta a Corrientes a cambiar el vídeo que debíamos ver en el
día. Era una obligación que nos había puesto Lalo.
Elegía un film que debíamos ver, cualquiera pensaría que era
una porno, NO, siempre era un clásico. Julia decía que nunca había visto más "
blanco y negro". Vuelta a casa, en el camino, muchos hombres se giraban para
vernos, querás o no, cuando no llevas nada debajo, se nota. Pero nosotras
modositas, no hacíamos caso de las proposiciones deshonestas que nos hacían.
Pero eso sí, en el apartamento nos reíamos como locas del éxito del paseo.
Almorzábamos una ensalada y coca, después en la cama,
desnudas, veíamos la película. Procurábamos fijarnos bien para saber contestar
las preguntas de mi novio en la noche. Julia sostiene que de aquellos pocos
días, le entró la cinefilia, virus que a mi ya me había infectado mi chico y a
él, su padre. Sin darnos cuenta nos habían dado casi las seis.
A esa hora nos telefoneaba Lalo para quedar o en casa o en la
Biela, en este último caso, sabíamos que íbamos a comer fuera.
Nos volvíamos dos ardillas hiperactivas, si tocaba ir a un
restaurante, ver qué nos poníamos, Julia solía jugar con las minis y musculosas,
para destacar su cola y las piernas, yo vestidos o blusas y pantalones,
procurando lucir escote, no quería que la gente pensara que a mi novio sólo le
gustaban las flaquitas. Elegir el corpiño que me hiciera parecer con más busto
llevaba su tiempo, porque una, entonces, no pasaba de 85.
Después esperarle sentadas, poniendo nerviosos a los hombres
que compartían terraza. A su llegada un beso en la boca, y a cenar. Luego a casa
y devorarnos de pasión.
Si la espera era en el apartamento, nuestro único atuendo era
un hilo dental blanco, eso sí nos maquillábamos los pezones, poniéndoles muy
duros y luego dándoles color.
Hacíamos el amor dos contra uno, o las dos buscando el placer
de mi novio, o él y yo volviendo loca a Julia, o mis dos viciosos me
proporcionaban orgasmos hasta decir basta.
Cuando escribo esto, pasados los años, me doy cuenta que
vivíamos en el Paraíso, como " 2 Evas y 1 Adán", y aunque lo siento como un
largo período, en realidad fue muy corto, no llegó a dos semanas.
La serpiente fue el ambiente de explosión que tenía el país
al borde del abismo. Cuando nuestros padres nos exigieron volver a Paraná, ni
nosotras ni Lalo pudimos negarnos.
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Estábamos en la cama, con una mezcla de fiaca y sensualidad,
desnudas, pegados los cuerpos, sintiendo nuestras pieles, no teníamos nada que
hacer. Mi novio había insistido en que no saliéramos, y que volvería pronto.
Julia me susurró su deseo al oído:
"Quiero que me encule , y vos me prepares. Será el regalo de
Navidad"
Después, pegadita a mi, me dijo como lo quería hacer, y me di
cuenta , que sí, había que prepararla. Quería ser sodomizada sin forro, notar la
leche dentro.
Le pedí que me acompañara al baño y retiré el teléfono de la
ducha, quedaba el cable, con una salida no muy grande. Le dije a Julia, que
entrara en la tina, y que se pusiera a cuatro patas, le di crema en el pequeño
orifico trasero, y tras comprobar la temperatura y la fuerza del agua, se lo
puse en el orto, apenas unos segundos.
La lavativa hizo efecto, y no había pasado un minuto cuando
mi amiga, se cagaba piernas abajo. La pila quedó sucia, limpié juntas bañera y
mujer dando fuerza al chorro.
Me estaba divirtiendo, viendo a Julia, que deseosa de estar
limpia en su trasero, se dejaba hacer cosas que a todas nos son desagradables.
Era una sensación escatológica lo que me excitaba. Decidí repetir la operación,
y ella como un corderito acepto la humillación.
Esta vez el agua introducida salió casi limpia. Y tras volver
a dar un chorrazo a la bañera y a mi amiga, le dije que debía repetir la
lavativa por última vez. Cuando acabe, no quedaba dentro de ella, ni una sola
partícula marrón.
Y nos arreglamos para la ceremonia.
Habían pasado unos minutos de las tres cuando llamó mi novio
que venía a casa.
--" ¿ No sabéis lo que pasa?—me dijo todo preocupado,
precaución que le duró los segundos que tardó en darse cuenta cómo le estaba
esperando .El pelo en un moño, maquillada con rimel, pestañas postizas, labios
rojos, y un corpiño de nido de abeja blanco con aros y una tanga del mismo
tejido y color, con unas sandalias blancas de taco altísimo.
Le besé y le musité: - "Fuera no sé lo que pasa, pero acá
tenés trabajo"
Le tomé de la mano y le llevé al dormitorio, allí Julia
estaba preparada como cordero para el sacrificio. Ya he contado que es muy
menuda, así que las cuatro almohadas bajo su vientre dejaban su cola expuesta,
prácticamente como un blanco al bombardeo.
Lalo se quedó impresionado, y más cuando le ordené a Julia
que dijera lo que deseaba: que la rompieran el culo.
Sin darle tiempo a reaccionar le quité el saco y la corbata.
Cuando cayó de la nube y se dio cuenta que YO, SU NOVIA, le estaba ayudando a
desvestirse, me agarró y me besó como sabe hacer, me dio una tembladera de
muslos y lamiendo su oreja le ronroneé: "Dejáme bien"
Al desnudarle fui besando y lamiendo los pedazos de piel que
quedaban al aire, el boxer, lo último que bajé, era una tienda de campaña
levantada por su verga dura y en alto. Sus ojos brillaban de lujuria, tenían esa
mirada que tienen los hombres cuando se convierten en cazadores primitivos ante
la llamada de la hembra.
Le puse un forro, y embadurné de crema el orto de mi amiga.
Puse la cabeza del miembro en la apertura estrecha, tenía el tamaño de una
lenteja, y el glande parecía imposible que pudiera penetrar en aquella cueva
angosta.
Julia estaba preciosa, los ojos azules brillaban de deseo,
parecía una adolescente sometida a los instintos del marqués de Sade, me daban
ganas de comérmela a besos, pero ese no era mi rol. Con un asentimiento de
cabeza, di la orden de avance a mi novio.
Primero la cabeza comenzó a entrar, sólo la punta, y muy
despacio, muy lentamente el arma se fue deslizando a su funda.
Mi amiga gemía como una gata en celo, apretaba los puños y
agarraba la sábana con fuerza, tenía los nudillos blancos y se mordía los labios
para no chillar. Lalo se quedó quieto, con toda su pija dentro, sin moverse
durante mucho tiempo.
La sacó con el mismo cuidado que la había metido, me fijé que
el preservativo sólo estaba manchado con la crema, las lavativas había
funcionado. Me arrodillé ante mi novio y le retiré el forro. Le lamí la verga
inhiesta, metiéndomela después en la boca, la llené de saliva, me levanté volví
a embadurnar el orto y la lleve de nuevo a la puerta de la cueva.
-"Sírvele de almohada y sujeta sus manos"- pidió Lalo antes
de empujar.
Me tumbé con mi cuerpo sobre sus antebrazos extendidos y
dejando reposar su cabeza en mi pecho.
Fijé mi mirada en el rostro de Julia, estaba totalmente
excitada con una mezcla de miedo y placer. Cuando la pija de mi novio fue
penetrando el cuerpo de la muchacha, ella cerró los ojos, le saltaron unas
lágrimas de dolor, a punto de chillar. Le puse la mano en los labios , la mordió
con fuerza al sentirse llena.
Esta vez, Lalo no se quedó quieto, empezó a bombear dentro y
fuera, lento al principio, acelerando sus movimientos a medida que pasaban los
segundos.
Julia abrió sus enormes ojos azules y me miró. No pude
resistirme y mis labios fueron en busca de los suyos, nos besamos.
Me di cuenta que buscaba la entrega total, no le importaba su
placer, sino el placer que daba. Y también que mi novio no iba poder aguantar
mucho más sin explotar. Debía tener la verga tan aprisionada por el estrecho
esfínter de la mujer, que su geiser iba a llegar en instantes. El beso se
convirtió en un golpe continuo contra mi rostro por las embestidas del macho,
que soltó toda su leche , cayendo sobre el cuerpo de Julia.
Estuvimos unos minutos descansando, los dos me besaban
exhaustos.
Pero aquel romanticismo se rompió por necesidades
fisiológicas. Mis amores se levantaron para ir al baño.
Yo estaba totalmente mojada, y mientras, una se sentaba a
expulsar lo metido, y el otro a higienizarse, yo no pude aguantar más y mis
dedos buscaron mi clítoris para liberarme de tanta tensión.
Fuera, comenzaron a oírse un ruido de cacerolas.
No me dio tiempo a levantarme para conocer su causa.
Los dos volvieron, Julia llevaba en la mano el cinturón del
albornoz. No me dejaron ni preguntar, me ataron las manos, me tumbaron ,y con
unas tijeras me acabaron de desnudar.
El cacerolazo retumbaba en la calle, pero yo sólo podía
actuar y sentir como una gata caliente, ante los placeres que me esperaban en
aquella larga noche.
Elena se casó con Lalo, fueron a vivir a España, tuvieron un
hijo. Durante el embarazo y el postparto , Julia , con una beca , les acompaño
en Madrid.
Con el tiempo han vuelto a Buenos Aires.
Se siguen queriendo y haciéndose felices.
Este es, por ahora , el final de una historia muy personal
que he contado en TR.
El viejo Ford en Liberty Valance decía que en el Oeste, la
leyenda es tan importante como la realidad. En el erotismo pasa lo mismo, el
recuerdo de lo vivido, se adorna y se cuenta como he intentado hacer en esta
serie.